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3. Tormenta emocional

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

3. Tormenta emocional

Esa misma noche, mientras la ciudad de Manhattan centelleaba, en la casa de Juliette el ambiente era, sin embargo, muy diferente. La luz de la lámpara de noche apenas alumbraba el cuarto donde se encontraba su madre, resumiendo la difícil situación que Juliette enfrentaba a diario.

Se sentó en una silla junto a la cama de su madre, apreciando los minutos de tranquilidad, aunque su mente no dejaba de ir y venir entre las preocupaciones del trabajo y el cada vez más desesperado estado de su hogar. Miró a su madre, que descansaba entre sueños, agitándose a ratos, atrapada en un cuerpo que ya no le respondía. Su madre había sufrido dos derrames cerebrales; el último la dejó inmóvil, postrada en la cama.

—¿Cómo llegamos a esto, mamá? —pensó Juliette, su corazón oprimido por el peso de la responsabilidad. Recordó los días en que su madre, una mujer llena de vida y sonrisa fácil, había sido el pilar de la familia. Ahora, dependían de Juliette más que nunca.

En la esquina de la habitación, su hermana permanecía en silencio leyendo un libro. De tanto en tanto, Juliette la observaba perderse en un mundo donde las preocupaciones no existían, y deseaba con todo su ser poder ofrecerle una vida mejor.

De repente, la puerta se abrió de golpe, su padre irrumpió en la habitación, el sonido de sus pasos tambaleantes y pesados retumbando en el espacio estrecho. Juliette sintió un nudo formarse en su estómago. Él nunca cambiaba. Su adicción al juego había convertido sus vidas en una constante montaña rusa de angustia y temores.

—¿Dónde está el dinero, Juliette? —preguntó él, con la voz rasgada y el aliento cargado de alcohol.

Juliette se levantó de su silla, elevó la mirada con cansancio, preparada para otro duelo argumentativo que sabía nunca ganaría. —Te di todo lo que pude la semana pasada, papá. No hay más que pueda darte —dijo ella poniéndose como fiera para defenderse, a ella y los suyos.

—Eres una inútil buena para nada, igual que esa basura que está ahí postrada en la cama; no sé por qué no se muere de una vez por todas.

El corazón de Juliette latía tan fuerte que el nudo doloroso apretó su garganta. Quería gritarle muchas cosas a su padre, pero decidió no hacerlo porque ella sabía que contra él no podría. Y no quería que su hermanita presenciara más violencias.

Su padre bufó, exasperado, caminó hasta la puerta, donde se detuvo.

—Consígueme dinero para mañana o las consecuencias serán graves —y salió de la habitación sin decir más. Juliette soltó un largo suspiro, tratando de reprimir el sentimiento de impotencia que la abrumaba. Sabía que debía mantenerse fuerte, por su madre y su hermana. Sin embargo, ya no sabía hasta qué punto iba a soportar todo el peso que tenía sobre sus hombros.

—¿Cuánto más podré seguir así? —se preguntó, mirándose en el espejo. Recordando a Danilo y ese amor irreal que le tenía. ¿Cómo podía amar a alguien que la trataba tan mal? Eso era muy masoquista de su parte.

La puerta del baño se cerró con un suave clic detrás de Juliette. En el pequeño espacio iluminado por la cálida luz de la lámpara, se permitió desmoronarse finalmente. Lloró en silencio, las lágrimas deslizándose por sus mejillas en un torrente que parecía inagotable. Sabía que las paredes delgadas de su hogar podían permitir que su madre escuchara, pero en ese momento, el dolor era un océano que la ahogaba, y no podía contenerlo más.

El sonido del agua corriendo intentaba enmascarar sus sollozos, pero la angustia era un eco en cada rincón de la habitación. Juliette se sostuvo del lavabo, sus dedos aferrándose al borde de la desesperación. Su mente era un caos de recuerdos y anhelos incumplidos, un laberinto emocional donde la salida parecía inalcanzable.

Cuando finalmente se reconcilió con su reflejo en el espejo, vio en sus propios ojos una determinación naciente, una chispa que, a pesar del dolor, no estaba dispuesta a extinguirse. Juliette sabía que debía ser fuerte, no solo por ella, sino por su madre y Ellie. Respiró profundamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, jurándose a sí misma que encontraría una manera de salir adelante.

Mientras tanto, al lado, su madre yacía en la cama, los ojos cerrados, pero no en sueño. Ella sintió cada una de las lágrimas de su hija, cada sollozo que Juliette intentaba llamar. Su corazón dolía viendo la carga que su hija soportaba sola. En su interior, se encendía un deseo ferviente de ver a Juliette feliz, de encontrar un modo para liberarla de las cargas invisibles que la ataban.

<Dios, llévame pronto, libérala de la carga pesada que aprieta sus hombros>, dijo la madre de Juliette en sus pensamientos, mientras una lágrima rodaba por su mejilla.

Juliette regresó a la habitación después de recomponerse, encontrando a su madre con los ojos medio abiertos, mirándola con infinita ternura y preocupación. Se sentó a su lado en silencio, tomando su mano suavemente entre las suyas, comunicando sin palabras el amor que aún existía entre ellas. Juliette le secó las lágrimas de sus mejillas.

—No llores, mamá, todo estará bien. Te va a recuperar, te amo —le dijo y le besó la frente. Su madre quería abrazarla, apretarla entre sus cálidos brazos, pero no podía.

Mientras el silencio cubría la habitación, Juliette se recostó en la cama en el otro extremo de la habitación. Ya en la oscuridad de la noche, con solo una lámpara alumbrando la imagen de su madre al otro lado, Juliette pensó en Danilo. La imagen de su jefe en su mente la perturbaba cada noche. Juliette, en medio de todo el caos, la soledad y el dolor que amenazaba su vida personal, siempre se excitaba al pensar en ese hombre a quien veía cada día y que cada día era aún más inalcanzable. Se preguntaba si algún día el destino les permitiría cruzarse de nuevo en un contexto diferente, uno donde las barreras no eran tan definidas. <Él me odia>, susurró y se puso de lado cerrando los ojos para intentar conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, Juliette se levantó con una determinación renovada. A pesar de las lágrimas de la noche anterior, un propósito se había cristalizado en su corazón. Decidió que afrontaría el día con optimismo, esperando que el universo finalmente le concediera un respiro. Mientras el sol de Manhattan iluminaba su pequeña habitación, se preparaba para el trabajo, su mente concentrada en las tareas que le aguardaban. Tareas que resultaban a veces demandantes.

Se despidió de su madre, quien ya estaba despierta, dejó un beso en la cabeza de su hermana, quien aún dormía despreocupada, y salió de la habitación para encontrarse ya con Digna, la mujer que cuidaba a su madre mientras ella trabajaba. Aunque cada día se le hacía más difícil pagarle, mantener la casa y, para colmo, su padre le sacaba dinero que encontraba de ella. Así era el día a día de Juliette, mes tras mes desde que su madre sufrió el accidente.

Al llegar a la corporación Brown & Co., el bullicio habitual de la mañana la saludó. Comunicaciones importantes y el constante repiqueteo de teclados componían la banda sonora rutinaria en la que Juliette usualmente encontraba consuelo. Mientras organizaba su escritorio, no pudo evitar que sus pensamientos vagaran hacia Danilo, pero no pasó mucho tiempo para que el sonido del elevador le anunciara su llegada.

—Buenos días, señor —saludó ella nerviosa como cada mañana en que lo veía llegar.

—Buenos días —saludó amargo. Pasando de largo. Apenas se encerraba en su oficina, la hermosa Juliette corría a prepararle su café.

—Permiso, señor, aquí le traigo su café. —Él ni siquiera levantó la mirada para prestarle atención. Era como si su presencia le molestara demasiado.

—Mi agenda para hoy —exigió en tono grave. Juliette dio un pequeño suspiro y comenzó a dictarle su apretada agenda.

—¿Necesita algo más, señor?

—No, retírate —ordenó y ella tragó saliva. Abandonó la oficina y, al llegar a su escritorio, bajó el iPad y se recostó un momento en el escritorio.

—¿Hasta cuándo soportaré todo esto? —se preguntó en voz alta.

La mañana pasó entre llamadas, notas, corriendo de aquí para allá cumpliendo órdenes; luego se recostó en la pared para tomar aire un momento.

Fue entonces cuando apareció Gerardo. Con su sonrisa amable y actitud despreocupada, él siempre había conseguido arrancarle una sonrisa en los peores momentos.

—¡Buenos días, Juliette! —saludó Gerardo con entusiasmo, su voz clara resonando por el pasillo—. Hoy vienes radiante, ¿cuál es tu secreto? ¿Un nuevo café milagroso? —bromeó, ya que en más de una ocasión Gerardo había probado el café que ella preparaba y realmente era exquisito.

Juliette soltó una risa suave, agradecida por la ligereza del momento. —Si se lo digo, tendría que matarlo. —Bromeó ella, dejando entrever su sentido del humor, a pesar de la tormenta emocional que guardaba dentro, pero nadie lo sabía. Nadie, excepto una de las pocas amigas que hizo allí en la empresa. La recepcionista principal de Brown & Co. Desde el primer momento ambas congeniaron. Intercambiaron números de teléfono y empezaron a hablar.

El intercambio inocente cobró un tono distinto cuando Danilo apareció repentinamente abriendo la puerta de su oficina, su presencia imponente llenando el espacio. Su expresión revelaba sorpresa y celos mal disimulados. Fijó su vista en ellos y arrugó el ceño.

—Gerardo —dijo, llamando la atención de su amigo. Juliette, por su parte, se puso seria, se alejó de Gerardo y volvió a su escritorio. Sin levantar la mirada. Danilo la mira desde su posición.

Danilo mantuvo la puerta abierta, permitieron que su amigo ingresara y, luego de dar una última mirada a Juliette, cerró con una fuerza incontrolada.

Juliette lamentó que de nuevo su jefe la hubiera visto sonreír y hablar con Gerardo. Minutos después, ambos hombres salieron nuevamente.

—Juliette, a mi oficina —dijo Danilo, su tono formal aunque ligeramente teñido de molestia.

Gerardo, captando la tensión inmediata, hizo un gesto comprensivo mirando a Juliette antes de excusarse y continuar su camino hacia el elevador. Juliette, con el corazón acelerado por la dualidad de la situación, asintió, siguiendo a Danilo mientras trataba de mantener su compostura. —¿Y ahora qué? —se preguntó.

Una vez en la oficina, la puerta se cerró tras ellos, marcando el inicio de una conversación que prometía ser más personal que profesional. Danilo, apoyado en el escritorio, la miraba con una mezcla de frustración y algo que ella no podía distinguir del todo.

—Lo siento si interrumpí algo —comenzó Danilo, su voz templada por los celos.

—Perdón, señor, no entiendo —dijo ella.

Él hizo un gesto con las cejas y sonrió con ironía.

Juliette regresó a su escritorio, donde un cúmulo de papeles guardaba su atención. Se sentó allí con la mirada fija en un punto fijo mientras intentaba entender qué era lo que sucedía en su vida.

¿Tanto me odias, Dios?

Se preguntó ella cuando una lágrima corrió por su mejilla.

Su mente recordaba la conversación que acababa de tener con Danilo. El reproche velado en su advertencia la había dejado intranquila. “Si andas de coqueta con los empleados”, esas palabras fueron un dardo preciso que, lejos de disiparse, reverberaba insistentemente en su cabeza.

La acusación de Danilo le parecía injusta y fuera de lugar. Aunque no lo admitiría fácilmente, Juliette no quería que él la viera de esa forma. Empezaba a preguntarse si su admiración platónica por él en un momento no se convertiría en un profundo odio hacia él.

Al terminar su turno, y saliera más tarde de lo habitual por el inmenso trabajo que tenía, su amiga Melissa también marcaba su salida.

—¿Qué ha pasado, Juliette? Porque tienes cara de velorio —comentó Melissa, bajando la voz y lanzando una rápida mirada alrededor.

Juliette suspiró. —Nada, vamos hasta la parada y te cuento todo lo que está pasando en mi vida —dijo y juntas salieron para dirigirse a la parada. —Es solo que el jefe me advirtió algo que no tiene sentido —guardó silencio un momento antes de continuar. —Me acusó de coquetear con los empleados y mencionó que si seguía así, pediría un cambio de secretaría. —Juliette no pudo evitar sentir una mezcla de frustración e incredulidad mientras relataba lo sucedido.

Melissa arqueó una ceja, perpleja. —¿En serio? ¿De verdad dijo eso? Todos aquí sabemos que eres muy profesional. O hay un malentendido, o tal vez él proyecta sobre ti algo erróneo —reflexionó, tratando de buscar una explicación lógica.

—Supongo que algo le molesta de mí o no me soporta. No es normal. Además, lo noto más tenso últimamente —la preocupación en su voz era palpable; a pesar de todo, le importaba demasiado lo que a él lo pudiera estar ocurriendo.

—O es eso o… —Melissa se detuvo.

—¿O que? —preguntó Juliette.

—No, nada, no me hagas caso —contestó su amiga.

—Melissa, dime, no me dejes así con la duda.

Melisa sonrió. —¿Qué? —Juliette rodó los ojos.

—Que tal vez le gustes.

Juliette abrió los ojos tan grandes que casi se les cae.

—¿Estás loca? —gritó, pero en tono bajo.

—¡Ay Juliette! No es algo impensable. Eres bellísima, inteligente. Él es soltero, al menos eso es lo que dicen los medios. Desde que se separó de su esposa, nunca volvió a tener una relación seria. Puede que le gustes y eso le provoca celos, celos al verte hablar con otros.

—Estas demente. ¿Cómo crees que a un hombre como él voy a gustarle? Yo una simple chica pobre, una secretaria. No, eso no es así. Él me odia, me trata mal, apenas y me mira.

Melisa se encogió de hombros.

—Intento encontrar una explicación —declaró Melisa.

—Bueno, intenta que tú explicación sea lógica, no algo tan irreal como eso.

Su amiga le rodeó el hombro con sus brazos. —Solo decía. Pero si, tienes razón, esas cosas no le suceden a chicas como nosotras. Eso solo suceden en los libros de ficción, aquí en la vida real, sufrimos por idiotas feos que nos ponen los cuernos con otra mas fea.

Juliette echó una carcajada dándole la razón a su amiga. Aunque ella no tenía experiencia en el amor. Porque el único de quién se ha enamorado era de su jefe, ese hombre imposible.