30. Verdades tardías
—Espero que esta vez firme, Danilo. He hecho los cambios que me pediste.
Dijo su abogado sentado frente a su escritorio.
—¿Los has revisado completamente? —preguntó, pasando las páginas del documento sin realmente leerlas. Conocía cada cláusula, cada porcentaje, cada estipulación.
—Por supuesto —respondió Joaquin ajustándose las gafas—. Todo está como lo solicitaste. La división de bienes es más que generosa para la señora Brown … perdón, para la señora Montero —se corrigió, refiriéndose a Rebeca por su apellido de soltera—. La mansión, el auto, las joyas, la cuenta en Suiza. Es exactamente lo que acordamos.
Danilo asintió lentamente. El arreglo era impecable desde un punto de vista legal. Rebeca no podría quejarse.
—Solo tienen que firmar y ya está —insistió el abogado. —Si deseas, puedo llevarle los documentos yo mismo.
Danilo levantó la mirada, sus ojos oscuros fijándose en su abogado con una intensidad que hizo que el hombre se removiera incómodo en su asiento.
—Yo se los llevaré —dijo con una finalidad que no admitía discusión.
Joaquin pareció a punto de protestar, pero se contuvo. Conocía a Danilo lo suficiente para saber cuándo no debía insistir.
—Como prefieras. Necesito los documentos firmados por ambas partes antes del viernes para presentarlos al juez. Si no firma comenzaré el juicio —dijo el abogado quien lo postergaba por órdenes de Danilo. Diciendo que no era necesario llegar a un juicio para divorciarse.
—Los tendrás —respondió Danilo, guardando los papeles en su maletín.
Cuando el abogado se retiró, Danilo permaneció inmóvil tras su escritorio, con la mirada perdida en el horizonte de rascacielos que se extendía más allá de los ventanales de su oficina. ¿Por qué había postergado esto? La traición de Rebeca había sido imperdonable. Su traición había destrozado cualquier sentimiento que pudiera haber tenido por ella.
O al menos eso era lo que se repetía a sí mismo.
El intercomunicador sonó, sacándolo de sus pensamientos.
—Señor—la voz de Juliette sonaba profesional, como siempre en la oficina—, su reunión con el departamento de finanzas está programada para dentro de diez minutos.
—Cancélala —respondió secamente—. Cancela todo lo que tenga para esta tarde.
Hubo un breve silencio al otro lado.
—¿Todo, señor? —preguntó Juliette, la sorpresa evidente en su voz a pesar de su intento por mantener el tono profesional.
—Todo. Reprográmala. No regresaré para la tarde.
—Enseguida, señor.
Danilo recogió su maletín y salió de la oficina sin dar más explicaciones. Al pasar junto al escritorio de Juliette, notó cómo ella levantaba la mirada, una pregunta silenciosa en sus ojos. Por un instante, sintió el impulso de detenerse, de explicarle a dónde iba, qué estaba haciendo. Pero se contuvo. Juliette por su parte quedó pensando en la actitud de Danilo ese día. ¿Por qué cancelaría todos sus pendientes? ¿Por qué no regresaría en la tarde? No pudo evitar que una sombra de celos se cernió sobre ella.
Danilo por su parte se dirigió hasta su casa, esa casa que aún compartía con Rebeca, al menos las veces en que no estaba en su penthouse.
Cuando el auto cruzó las imponentes rejas de hierro forjado que protegían la propiedad, sintió una extraña sensación de irrealidad, como si estuviera visitando un lugar que pertenecía a otra vida, a otra persona.
Los jardines, antes impecablemente mantenidos, mostraban signos de descuido. Y es que al parecer a ninguno de los dos ya le importaba.
El chófer detuvo el auto frente a la entrada principal.
—¿Quiere que lo espere, señor? —preguntó.
—Sí —respondió Danilo—. No tardaré mucho. A pesar de que era su casa aun. Danilo hace mucho dejó de sentirla como suya, especialmente después de que su hija se marchara y de la distancia que ahora existe entre ellos porque Alice decidió que era más importante un hombre que su propio padre. Que decepción.
Al bajar del vehículo, se dirigió hasta la entrada. La casa estaba sumida en silencio. La ama de llaves apareció desde el gran salón.
—Buenos días, señor.
—Buenos días. ¿Sabes si Rebeca se encuentra en la casa?
—Sí, señor. Está en la biblioteca. Le avisaré que…
—No es necesario —la interrumpió Danilo—. Conozco el camino.
Mientras cruzaba el vestíbulo hacia el ala este de la mansión.
Entró a la biblioteca. Un lugar de la mansión que dejó de visitar desde que Alice ya no vive allí.
La biblioteca, permanecía casi exactamente como la recordaba. Paredes forradas de libros desde el suelo hasta el techo, la gran chimenea de piedra en el centro, los cómodos sillones de cuero, el escritorio de caoba donde tantas veces había encontrado a Alice leyendo o escribiendo algo.
Y allí, de pie junto a la ventana, estaba Rebeca.
Al girarse para enfrentarlo, Danilo sintió un impacto físico ante su apariencia. La mujer que había sido su esposa durante tantos años estaba drásticamente cambiada.
Siempre había sido delgada, pero ahora estaba casi demacrada, sus pómulos prominentes bajo una piel pálida que había perdido el brillo saludable que siempre la había caracterizado. Su cabello, antes una cascada de rizos castaños, estaba más corto y parecía haber perdido volumen y vida. Solo sus ojos, de un verde intenso, permanecían iguales, aunque quizás con una profundidad de tristeza que no recordaba haber visto antes.
—Danilo —su voz, al menos, seguía siendo la misma, melódica y clara—. Qué sorpresa.
—Rebeca —respondió él, avanzando unos pasos hacia ella pero deteniéndose a una distancia prudente.
—Lamento la interrupción —dijo él.
Ella hizo un gesto con la mano, restándole importancia. —Sigue siendo tu casa.
—No por mucho tiempo más —dijo él, abriendo su maletín y sacando los documentos—. He traído los papeles del divorcio. Dijiste que los firmarías sin problema la ultima vez que hablamos.
Algo indefinible cruzó el rostro de Rebeca, tan rápido que casi dudó haberlo visto. Luego sonrió, una sonrisa suave que no alcanzó sus ojos.
—Por fin —respondió—. Comenzaba a pensar que habías cambiado de opinión.
Danilo frunció el ceño. —No se trataba de eso. Han sido… meses complicados en la empresa. Se me había olvidado por completo.
La verdad era que no había podido explicarse a sí mismo por qué postergaba algo que debería haber sido simple, directo, un mero trámite para cerrar un capítulo doloroso.
—Por supuesto —asintió ella, sin presionar el tema—. Podemos usar el escritorio.
Se acercó con movimientos que intentaban ser fluidos pero que delataban cierta debilidad, algo en su andar que parecía requerir más esfuerzo del normal. Danilo lo notó inmediatamente, su ceño frunciéndose con preocupación involuntaria.
—¿Estás bien? —preguntó.
Rebeca y sonrió —Sí, por supuesto. Solo algo cansada.
No era convincente, pero Danilo decidió no insistir. No era su lugar preocuparse por ella. No después de lo que había hecho.
—Puedes revisarlo leerlo si quieres, no tengo prisa —dijo Danilo, extendiendo los documentos sobre la superficie—. La casa quedará para ti, así como las cuentas que ya están a tu nombre. Conservarás la asignación mensual por cinco años, como acordamos. Si quieres leer con calma y si no estás de acuerdo en algo, podemos cambiar…
Antes de que pudiera terminar la frase, Rebeca ya había tomado el bolígrafo y firmado en todas las líneas marcadas, con una rapidez que lo dejó momentáneamente sin palabras.
—Tu turno —dijo ella, deslizando los papeles hacia él—. Firma y terminemos con esto. Al fin seremos libres.
Danilo la miró fijamente, desconcertado por su prisa. ¿No quería revisar los términos? ¿No tenía preguntas, objeciones, peticiones adicionales?
—Rebeca, estos documentos afectan sustancialmente tu futuro financiero. Deberías al menos…
—Sé exactamente lo que estoy firmando, Danilo —lo interrumpió, su voz firme a pesar de su apariencia frágil.
Algo en su tono, en la determinación de su mirada, le dijo a Danilo que no tenía sentido insistir. Tomó el bolígrafo y firmó donde correspondía, sintiendo una extraña sensación de finalidad con cada trazo de tinta.
—Todo está hecho —declaró Rebeca cuando terminó.
Danilo comenzó a recoger los documentos, guardándolos cuidadosamente en su maletín.
—Supongo que esto es todo —dijo finalmente, cerrando el maletín.
—Supongo que sí —respondió ella.
Danilo la miró y por un momento se quedaron así, frente a frente, dos personas que habían compartido todo y que ahora eran prácticamente extraños.
—Que te vaya bien en tu vida, Danilo y espero que en verdad seas feliz —dijo Rebeca, girándose para salir de la biblioteca.
Fue entonces cuando sucedió. A mitad de camino hacia la puerta, Rebeca se detuvo abruptamente, llevándose una mano a la frente. Danilo vio cómo su cuerpo se tambaleaba, cómo toda la fuerza parecía abandonarla de golpe. En dos zancadas estaba a su lado, sus brazos sosteniéndola antes de que cayera al suelo.
—¡Rebeca! —exclamó, la alarma evidente en su voz—. ¿Qué sucede?
Ella intentó incorporarse, apoyándose en su pecho, pero era evidente que el mareo no había pasado.
—No es nada —murmuró—. Solo caminé demasiado rápido. Estoy bien.
—¿Qué sucede, Rebeca? —insistió Danilo, su voz volviéndose un gruñido de preocupación—. Y no me digas que nada porque no te creo.
La sostuvo más firmemente, guiándola hacia uno de los sillones donde la ayudó a sentarse. Rebeca evitaba su mirada, sus dedos jugueteando nerviosamente con el dobladillo de su blusa.
—No es necesario que sepas nada, Danilo —dijo finalmente, su voz apenas audible—. Vive tu vida. Ahora eres libre. Ya no somos nada. Somos dos extraños.
—No te dejaré ir hasta que me digas qué carajos te sucede —declaró, mirándola directamente a los ojos.
Rebeca sostuvo su mirada por un largo momento, como si estuviera evaluando cuánto decir, cuánto callar. Finalmente, exhaló profundamente, una rendición silenciosa.
—Tengo cáncer, Danilo —confesó—. Me queda poco tiempo.
El impacto de esas palabras fue como un golpe para Danilo quien se quedó inmóvil, procesando lo que acababa de escuchar, intentando reconciliar esta nueva información con todo lo que creía saber.
—¿Cáncer? —repitió, su voz despojada de toda emoción excepto incredulidad.
Me siento mal por ella. De verdad, ella también se merecía otra oportunidad, pero así es la vida. Triste y dura para todos. Veremos que sucede ahora que él ya sabe la verdad.