31. Dulce amargura
La palabra “cáncer” pesó sobre Danilo como jamás imaginó, permaneció inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor. Su mente intentaba procesar la información, reconciliar la imagen de la vibrante y saludable Rebeca, que había conocido, con la mujer frágil que ahora tenía frente a él.
—¿Cuánto tiempo? —logró preguntar finalmente, su voz apenas un susurro.
—Tres meses, quizás cuatro si tengo suerte —respondió Rebeca, intentando mantener la compostura —. El oncólogo dice que el cáncer se ha extendido demasiado. Ya ha alcanzado el hígado y los pulmones.
Danilo pasó una mano por su rostro, como si el gesto pudiera borrar la realidad que acababa de descubrir.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, con reproche con preocupación—. Podríamos haber buscado opciones, especialistas, tratamientos alternativos…
—¿Para qué, Danilo? —respondió ella, su voz temblorosa traicionaba la fortaleza que intentaba proyectar—. ¿Para que te quedaras conmigo por lástima? ¿Para que cargaras con una esposa enferma después de lo que te hice?
Intentó levantarse del sofá , pero sus piernas fallaron. Se tambaleó ligeramente y se volvió a sentar. Fue ese pequeño momento de vulnerabilidad lo que finalmente quebró su fachada. Sus hombros comenzaron a temblar, y aunque intentó contenerlo, un sollozo escapó de su garganta.
—No quería que me vieras así —murmuró entre lágrimas—. Débil, rota, muriendo…
Danilo no lo pensó. A pesar de todo el dolor que había entre ellos, a pesar de la traición que había destrozado su matrimonio, no podía quedarse inmóvil viendo derrumbarse a la mujer que una vez había amado. La envolvolvió en sus brazos, sintiendo lo frágil que se había vuelto, cómo su cuerpo, antes fuerte, ahora parecía desvanecerse entre sus manos.
—Está bien —murmuró contra su cabello, que había perdido el brillo que recordaba—. Está bien, Rebeca.
Ella se aferró a él, como un náufrago a un trozo de madera en medio de una tormenta, sus lágrimas empapando la camisa de Danilo mientras él la sostenía, ofreciéndole un ancla en medio de la tempestad que estaba enfrentando.
—Lo siento tanto —sollozó ella—. Lo siento por todo, Danilo. Por traicionarte, por lastimarte, por ocultarte esto…
—Shh —la calmó él —. Ahora no es momento para eso.
Permanecieron así durante varios minutos, hasta que los sollozos de Rebeca se convirtieron en respiraciones más regulares. Finalmente, ella se separó ligeramente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano en un gesto que le recordó a Danilo a la joven que había conocido años atrás, antes de que la vida los golpeara a ambos de formas que nunca habían anticipado.
—No quería molestarte con mis problemas —dijo ella, secándose las lágrimas —. No después de lo mal que me porté contigo. No merezco tu lástima ni tu ayuda.
Danilo negó con la cabeza, una expresión determinada reemplazando el shock inicial.
—Tonterías, Rebeca —respondió con firmeza—. Esto es algo muy grave. No se trata de lástima o de lo que merezcas. Se trata de hacer lo correcto.
—¿Lo correcto? —preguntó ella con una sonrisa triste—. ¿Qué es lo correcto cuando sabes que no hay futuro?
—Buscar todas las opciones —respondió él sin dudarlo—. Podemos ir a Suiza. Conozco especialistas en Zúrich que están trabajando con terapias experimentales para casos como el tuyo. O Alemania, tienen centros de investigación oncológica de vanguardia.
A medida que hablaba, Danilo sentía renacer en él ese espíritu que lo había llevado a construir su imperio empresarial: la determinación, la negativa a aceptar la derrota, la convicción de que siempre había una solución si se buscaba con suficiente ahínco.
—Ya he explorado esas opciones, Danilo —respondió Rebeca con calma—. He visto a especialistas en Nueva York, Boston, incluso Londres. Todos llegan a la misma conclusión. El tipo de cáncer que tengo… es simplemente demasiado agresivo, demasiado avanzado.
—Siempre hay nuevos tratamientos, nuevas investigaciones —insistió él—. Puedo hacer llamadas hoy mismo, conseguir citas con los mejores médicos, financiar lo que sea necesario…
Rebeca colocó suavemente una mano sobre la suya, deteniéndolo.
—Mi decisión es firme, Danilo —dijo con una serenidad que lo desconcertó—. No quiero pasar mis últimos meses de hospital en hospital, sometida a tratamientos dolorosos que solo prolongarán lo inevitable. Quiero disfrutar el tiempo que me queda, con dignidad, con claridad mental, en mi hogar.
Danilo la miró, realmente la miró, y vio en sus ojos una determinación que conocía bien.
—Entiendo —dijo finalmente, aunque una parte de él se rebelaba contra la idea de rendirse—. Pero eso no significa que tengas que pasar por esto sola.
Una expresión de sorpresa cruzó el rostro de Rebeca.
—¿Qué quieres decir?
—Que estaré aquí —respondió él simplemente—. No me iré de aquí, me quedaré contigo para todo lo que necesites. Me aseguraré de que tengas los mejores cuidados paliativos, que no te falte nada.
Los ojos de Rebeca se llenaron nuevamente de lágrimas, pero estas eran diferentes, no de desesperación sino de gratitud.
—No tienes que hacer eso —murmuró—. Después de lo que te hice…
—Lo que hiciste fue doloroso para mí —la interrumpió Danilo, su voz sonaba amargo pero no cruel—. Rompiste mi confianza, rompiste nuestro matrimonio. Pero eso no borra los años que compartimos, lo que fuimos el uno para el otro. Y no voy a dejarte enfrentar esto sola.
—Hay algo que quiero pedirte, Danilo —dijo finalmente Rebeca, su voz adopto un tono más cauteloso—. Te pido que no le digas nada a Alice.
Danilo se tensó visiblemente al escuchar el nombre de su hija.
—Es tu hija, Rebeca —respondió con cautela—. Tiene derecho a saber.
—Ella no tiene por qué venir a cargar con mi enfermedad —insistió Rebeca, con dolor —. No después de que no fui una buena madre para ella.
—Eso no es cierto —protestó Danilo—. Fuiste una buena madre. Tenían sus diferencias pero…
—Ambos cometimos errores con ella —reconoció Rebeca—. Pero ahora tiene su propia vida en Suiza. No quiero que abandone todo eso para venir a verme morir.
—Con ese tipo —gruñó Danilo. Rebeca apoyó su mano sobre la de él. —No podemos juzgarlos Danilo, tal vez ese hombre si ame a nuestra hija y sean muy felices y si no, pues Alice aprenderá de sus errores. Pero ella ya no es una niña y debemos dejarla vivir su vida. No tenerla en una burbuja de cristal.
—Pero cuando finalmente se entere… —comenzó Danilo.
—Me odiará por no haberle dicho —completó Rebeca—. Lo sé. Y estoy dispuesta a cargar con eso. Prefiero que me odie por ocultárselo que verla sufrir durante meses, viendo cómo me desvanezco día a día.
Danilo no estaba convencido, pero sabía que esta no era su decisión. Alice era legalmente adulta ahora, pero seguía siendo su hija.
—Estoy pagando por mis errores, Danilo —dijo Rebeca suavemente, malinterpretando su silencio—. Quizás esto es lo que merezco después de todo lo que hice.
—No —la firmeza en la voz de Danilo la sobresaltó—. No digas eso. Esto no es un castigo, Rebeca. El cáncer no elige a sus víctimas basándose en sus errores morales. Todos cometemos errores, todos lastimamos a personas que amamos en algún momento. Eso no significa que merezcamos morir por una enfermedad terrible.
—A veces se siente así —confesó ella, —. Como si el universo estuviera pasándome factura.
—El universo no lleva cuentas —respondió Danilo, sorprendiéndose a sí mismo con una filosofía que no sabía que poseía—. Y si lo hiciera, todos estaríamos en problemas.
Una risa débil pero sincera escapó de los labios de Rebeca, un sonido que Danilo no había escuchado en mucho tiempo y que, sorprendentemente, despertó en él una oleada de afecto que creía haber enterrado definitivamente. Ya no era amor, en definitiva, pero si aprecio por lo que ella significó para él.
—Siempre fuiste más sabio de lo que te dabas crédito —dijo ella, su mano encontrando la suya sobre el sofá.
Se quedaron así por un momento, en un silencio que por primera vez en mucho tiempo no estaba cargado de reproches o resentimientos, sino, de un entendimiento mutuo que trascendía el dolor del pasado.
—Deberías descansar —dijo finalmente Danilo, notando las sombras de fatiga en el rostro de Rebeca.
Ella asintió, permitiendo que la ayudara a levantarse. Caminaron juntos hacia la puerta de la biblioteca, Danilo ajustando su paso al ritmo más lento de Rebeca, su brazo firme alrededor de su cintura ofreciendo un apoyo que iba más allá de lo físico.
—Danilo —dijo Rebeca cuando llegaron al vestíbulo, deteniéndose para mirarlo—. No quiero que esto altere tu vida. Sé que probablemente hay alguien más ahora, y no pretendo interferir con eso.
La imagen de Juliette apareció inmediatamente en la mente de Danilo, provocando en él una extraña mezcla de culpa y anhelo.
—No te preocupes por eso —respondió, evitando confirmar o negar su suposición—. Lo importante es que recibas los cuidados que necesitas.
Rebeca lo estudió por un momento, como si pudiera leer en sus ojos la verdad que no expresaba con palabras.
—Sea quien sea —dijo finalmente—, espero que te haga feliz. Lo mereces, Danilo.
Antes de que pudiera responder, Carmen apareció en el vestíbulo.
—Señora, es hora de su medicación —dijo, acercándose para apoyarla—. Y la enfermera llegará en cualquier momento.
—Gracias, Carmen —respondió Rebeca, permitiendo que el ama de llaves tomara el lugar de Danilo a su lado—. Estoy bien, solo un poco cansada.
—Descansa, Rebeca.
Rebeca asintió, con una pequeña sonrisa en sus labios. —Estaré aquí —agregó Danilo.
¿Cómo equilibrar todas estas realidades? ¿Cómo ser fiel a sus compromisos con el presente sin abandonar las responsabilidades del pasado?
No tenía respuestas claras, solo la certeza de que los próximos meses serían un desafío como ningún otro que hubiera enfrentado.
La mañana avanzaba con una lentitud exasperante. Juliette revisaba por tercera vez la agenda del día, confirmaba reuniones que ya estaban confirmadas, y ordenaba documentos que ya estaban perfectamente organizados. Todo por distraerse, por no pensar en el hecho de que Danilo llevaba horas encerrado en su despacho sin solicitar nada, sin llamarla, sin siquiera salir para un café.
Desde el día anterior, cuando había partido repentinamente, algo había cambiado. Juliette lo sentía en el ambiente, en la tensión que emanaba de la oficina cerrada, en el silencio poco habitual que había reemplazado las constantes llamadas y órdenes.
“Es solo trabajo”, se repetía a sí misma. “Está ocupado. No todo gira en torno a ti.”
Pero la inquietud persistía, arrastrándose bajo su piel como una corriente eléctrica. Necesitaba verlo, confirmar que todo estaba bien entre ellos, que la intimidad compartida en el penthouse no había sido un paréntesis, un espejismo que ahora se desvanecía en la rutina diaria.
Después de casi dos horas debatiendo consigo misma, Juliette tomó una decisión. Abrió la agenda digital en su iPad, identificó una reunión que Danilo tenía programada para la siguiente semana, y decidió que necesitaba “confirmar algunos detalles”. Era una excusa débil, lo sabía, pero era mejor que nada.
Con el corazón latiendo aceleradamente, se levantó de su escritorio, alisó su falda lápiz color azul marino —la que sabía que a él le gustaba porque acentuaba sus curvas—, y caminó hacia la puerta del despacho. Respiró hondo antes de golpear suavemente.
—Adelante —la voz de Danilo sonaba distante, casi distraída.
Juliette entró, cerrando la puerta tras de sí con cuidado. Danilo estaba sentado tras su escritorio, concentrado en la pantalla de su computadora. Varios documentos impresos estaban esparcidos frente a él, y Juliette alcanzó a distinguir títulos relacionados con tratamientos oncológicos.
Su estómago dio un vuelco. ¿Por qué estaría Danilo investigando sobre cáncer?
Danilo levantó la mirada, y por un momento pareció casi sorprendido de verla, como si hubiera olvidado que existía un mundo más allá de lo que estaba leyendo. Rápidamente, cerró varias ventanas en su computadora y reunió los documentos impresos en una pila ordenada.
—¿Sucede algo, Juliette? —preguntó, intentando sonar normal.
Ella se quedó momentáneamente sin palabras, toda su planificación mental se desvaneció ante la intensidad de su mirada. Jugueteó nerviosamente con el iPad entre sus manos.
—Quería… quería confirmar algunos detalles sobre la reunión con los inversionistas del próximo martes —improvisó, consciente de lo débil que sonaba la excusa—. Han solicitado que preparemos una presentación específica sobre las proyecciones del tercer trimestre y…
Se detuvo al notar la leve sonrisa que se dibujaba en los labios de Danilo. No era su habitual sonrisa de satisfacción o deseo; había algo más suave en ella, casi tierno, que la desconcertó por completo.
Sin decir palabra, Danilo empujó su silla ligeramente hacia atrás y palmeó su rodilla, un gesto inequívoco que hizo que las mejillas de Juliette se encendieran instantáneamente.
—Ven —ordenó, su voz adoptó ese tono ronco y sensual que ella había aprendido a reconocer como preludio de momentos íntimos—. Ven aquí.
Juliette miró instintivamente hacia la puerta, su corazón se aceleró tanto por el deseo como por el temor.
—Pero alguien podría… —comenzó, señalando nerviosamente hacia la entrada.
—¿No entendiste mis órdenes? —la interrumpió él, el tono de Danilo dejó claro que no aceptaría excusas.
Ella tragó grueso, la excitación y ansiedad recorrieron instantáneamente su cuerpo. Con pasos vacilantes, se acercó a él, consciente de cómo sus ojos la recorrían de arriba abajo, deteniéndose en las curvas que la ajustada falda apenas contenía.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Danilo la tomó por la cintura y la atrajo hacia él, sentándola sobre sus piernas. El contacto fue electrizante; incluso a través de la ropa, Juliette podía sentir el calor emanando de su cuerpo, la tensión en sus músculos, la evidencia física de su deseo presionando contra ella.
—Te extrañé —murmuró él contra su oído, su aliento enviándole escalofríos por su columna.
Antes de que pudiera responder, los labios de Danilo encontraron los suyos en un beso que nada tenía de tentativo o suave. Era hambriento, posesivo, como si quisiera reclamarla después de una larga ausencia, aunque apenas hubieran pasado veinticuatro horas desde la última vez que se habían tocado.
Juliette respondió con igual fervor, sus manos encontraron su camino hacia el cabello de Danilo, enredándose en los mechones claros sedosos mientras su cuerpo se arqueaba instintivamente hacia él.
La mano de Danilo comenzó un recorrido ascendente por los muslos de Juliette, deslizándose bajo la falda que ahora estaba indecentemente elevada, revelando el encaje de sus medias y el inicio de su piel desnuda. Sus dedos trazaron patrones sobre la cara interna de sus muslos, acercándose peligrosamente a su centro pero sin tocarlo directamente, una tortura exquisita que la tenía jadeando contra sus labios.
—Por favor… —susurró ella sin saber exactamente qué estaba pidiendo, solo consciente de la necesidad que crecía dentro de ella.
—¿Por favor qué? —preguntó él, con la voz que parecía un rumor bajo y peligroso—. Dime lo que quieres, Juliette.
—A ti —respondió ella sin dudar—. Te quiero a ti.
Una sonrisa depredadora curvó los labios de Danilo. Sus dedos finalmente encontraron su camino bajo la tela de su ropa interior, descubriendo la evidencia húmeda de su excitación.
—Tan lista para mí —murmuró apreciativamente—. Siempre tan receptiva.
Juliette se estremeció cuando los dedos hábiles de Danilo comenzaron a explorarla, encontrando ese punto de placer que la hacía perder toda coherencia. Sus caderas se movieron instintivamente, buscando más contacto, más fricción, más de esa deliciosa presión que la acercaba al borde.
—Danilo… —suspiró, su nombre una plegaria y una súplica al mismo tiempo.
Él intensificó sus movimientos, sus dedos deslizándose dentro de ella mientras su pulgar continuaba su dulce tortura. Con su otra mano, sujetaba firmemente su nuca, manteniéndola cerca, sus ojos fijos en los suyos, observando cada expresión, cada reacción a sus caricias.
—Eres mía —declaró, su voz un gruñido posesivo—. Solo mía.
La combinación de sus palabras, sus caricias y la intensidad de su mirada fue demasiado. Juliette sintió cómo la tensión en su interior alcanzaba su punto máximo y finalmente se liberaba en oleadas de placer que sacudieron todo su cuerpo. Se aferró a los hombros de Danilo, sus gemidos ahogados contra su cuello mientras él la guiaba a través del clímax, prolongando el placer hasta que finalmente ella colapsó contra su pecho, exhausta y satisfecha.
Por un momento, permanecieron así, sus respiraciones calmándose, sus corazones latiendo acelerados. Luego, con suavidad, Danilo la levantó de sus piernas, ayudándola a ponerse de pie. Juliette se sintió momentáneamente desorientada, aún aturdida por el intenso orgasmo y confundida por la súbita separación.
Con un movimiento deliberado, Danilo llevó los dedos que habían estado dentro de ella a sus labios, saboreándolos lentamente, sus ojos seguían fijos mirándola a ella.
—Para que no olvides a quién perteneces —dijo, con satisfacción y advertencia.
Juliette sintió un nuevo escalofrío de deseo, a pesar de la saciedad que aún recorría su cuerpo. Con manos temblorosas, arregló su falda y pasó los dedos por su cabello, intentando recomponerse, consciente de que en cualquier momento alguien podría llamar a la puerta.
—Necesito que hagas algo por mí —dijo Danilo, cambiando su tono a uno más profesional, aunque sus ojos aún brillaban con el recuerdo de lo que acababan de compartir.
—Por supuesto —respondió ella, agradecida por la oportunidad de volver a un terreno mas tranquilo a lo que acaba de pasar entre ellos. Danilo le había dado la respuesta que ella quería desde la tarde anterior. Ella aún significaba algo para él o al menos eso pensó hasta que…
—Quiero que hagas una reservación en un hotel en Cancún, México —indicó mientras volvía a su posición tras el escritorio—. A mi nombre, para dos personas, una sola habitación. Para este fin de semana.
El corazón de Juliette dio un vuelco de emoción. ¿Un fin de semana en Cancún? ¿Los dos juntos, en un hotel paradisíaco? Era más de lo que habían compartido hasta ahora, un paso hacia algo más…
—¿Por trabajo, señor? —preguntó, incapaz de contener la esperanza en su voz, imaginándose ya caminando por playas de arena blanca del brazo de Danilo.
La expresión de Danilo cambió sutilmente, algo indefinible en su rostro antes de que negara con la cabeza.
—No, Juliette —respondió, suave—. Solo haz la reservación para dos personas por un fin de semana a mi nombre.
Una pausa, y luego:
—Y por favor, envía un ramo de rosas rojas a mi casa, a nombre de Rebeca.
El mundo pareció detenerse. Juliette sintió como si un balde de agua helada le hubiera caído encima, extinguiendo instantáneamente el calor que aún persistía en su cuerpo. Su pulso se aceleró por razones completamente diferentes ahora, y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para mantener su expresión neutral.
—¿Rebeca? —repitió, el nombre apenas un susurro. ¿Su esposa?
Danilo la miró por un instante. Ya no era su esposa. Ya no había ningún lazo entre ellos, aún así, no encontró la necesidad de aclararle nada.
—Sí —confirmó Danilo, volviendo su atención a los documentos sobre su escritorio—. Rosas rojas, un arreglo grande.
Juliette asintió mecánicamente, su mente era un torbellino de preguntas y emociones contradictorias. ¿Rebeca? ¿Su esposa? ¿La mujer que lo había traicionado, por quien había sufrido tanto? ¿Estaba enviándole flores y planeando un fin de semana romántico en Cancún con ella?
Y lo que era peor: ¿acababa de hacerla terminar en sus brazos, con sus dedos, para luego pedirle que organizara una escapada romántica con otra mujer? ¿Con su ex?
El sabor de la humillación era amargo en su boca, mezclándose con los restos del placer que aún recorrían su cuerpo, creando una combinación nauseabunda.
—Por supuesto, señor —respondió finalmente, apenas podía controlar su voz —. Me encargaré de inmediato.
—Gracias, Juliette —dijo Danilo, volviendo su atención nuevamente en su computadora, como si lo que acababa de ocurrir entre ellos, lo que acababa de pedirle, no fuera nada extraordinario. De hecho para Danilo no lo era. Pero él ignoraba todo lo que pasaba por la mente de Juliette y como ese pedido le estaba causando un dolor dentro de su pecho.
Ella salió de la oficina con la espalda recta y la cabeza alta, manteniendo la compostura hasta que la puerta se cerró tras ella. Solo entonces, sentada de nuevo en su escritorio, permitió que la realidad de la situación la golpeara plenamente.
¿Qué había esperado? ¿Qué, uno de los hombres más poderosos y adinerados del país, la viera como algo más que una distracción conveniente? ¿Qué los momentos de intimidad compartidos, los secretos susurrados en la oscuridad, significaran para él lo mismo que significaban para ella?
Mientras abría el sistema de reservas y buscaba hoteles de lujo en Cancún, Juliette se enfrentaba a la dolorosa verdad que había intentado ignorar durante semanas: para Danilo, ella no era más que una empleada con beneficios adicionales, una mujer a la que pagaba no solo por su trabajo administrativo sino también por su cuerpo, su disponibilidad, su discreción.
El contrato que había firmado no era más que eso: un contrato. Un acuerdo comercial donde él obtenía placer y ella recibía compensación económica. Que hubiera empezado a sentir algo más, algo que se parecía peligrosamente al amor, era problema suyo, no de él.
Las lágrimas que amenazaban con derramarse fueron contenidas con un esfuerzo supremo de voluntad. No lloraría, no aquí, no donde alguien pudiera verla. Guardaría ese dolor para la soledad de su habitación, donde nadie pudiera ser testigo de su debilidad, de su ingenuidad.
Porque al final del día, esa era la verdad que más dolía: había sido lo suficientemente tonta como para creer que podía ser algo más que un cuerpo en la cama de Danilo, algo más que un “sucio y delicioso secreto”.
Y mientras confirmaba la reservación y programaba la entrega de las flores, una pregunta seguía resonando en su mente, una pregunta para la que temía no tener respuesta:
¿Cómo seguiría trabajando para él, sometiéndose a él, entregándose a él, sabiendo que su corazón pertenecía a otra y nunca le pertenecería a ella? Y la pregunta más importante, ¿podrías soportar dos meses más siendo su mujer?
Mi niña Juliette, falta poco, aguanta cariño y luego, bueno, luego solo la escritora sabe. Jajajaja