32. Cambios necesarios
—Entrega para la señora Rebeca Montero —anunció el joven, leyendo con dificultad la tarjeta adherida al arreglo.
Carmen firmó el recibo y tomó el pesado arreglo, llevándolo al solárium donde Rebeca pasaba la mayor parte de sus mañanas, rodeada de luz natural y de sus plantas favoritas.
—Señora, han traído esto para usted —anunció Carmen, colocando cuidadosamente el arreglo sobre una mesa lateral.
Rebeca, quien había estado hojeando distraídamente una revista de arte, levantó la mirada con sorpresa. Sus ojos, aún brillantes a pesar de la enfermedad que consumía su cuerpo, se abrieron con asombro ante la exuberancia del regalo.
—¿Quién las envía? —preguntó.
Carmen extrajo la pequeña tarjeta del arreglo y se la entregó sin leerla. La caligrafía era inconfundible, firme y decidida como el hombre que la había escrito.
“Hay que vivir cada día como si fuera el ultimo D.”
Algo se expandió en el pecho de Rebeca, una emoción que no había sentido en mucho tiempo. No era amor romántico —ese capítulo entre ellos había terminado definitivamente— sino algo diferente, igualmente valioso.
El teléfono sonó apenas unos minutos después, como si el remitente hubiera estado esperando que las flores llegaran para hacer la llamada.
—Danilo —respondió ella, sonriendo—. Son hermosas.
—Me alegra que te gusten —su voz sonaba relajada, casi ligera, tan diferente de la tensión que había caracterizado sus interacciones pasadas—. Pero ese no es el único motivo de mi llamada.
—¿Oh? —Rebeca acarició suavemente el pétalo aterciopelado de una rosa mientras esperaba.
—¿Qué opinas de Cancún? —preguntó él—. Este fin de semana. Sol, playa, aire fresco…
Rebeca se quedó momentáneamente sin palabras. La propuesta era tan inesperada, tan contraria a todo lo que había esperado después de la firma de los papeles del divorcio, que por un momento creyó haber escuchado mal.
—¿Cancún? —repitió —. ¿Tú y yo?
—A menos que prefieras otro destino —respondió Danilo—. Pensé que podrías usar un cambio de escenario.
—¿Estás intentando enamorarme otra vez, Danilo Brown? —bromeó ella, recuperando algo de ese espíritu juguetón que había sido parte fundamental de su personalidad antes de la enfermedad.
La risa que escapó de Danilo a través del teléfono fue sincera, desprovista de la amargura que había teñido sus interacciones durante el último año. Era el sonido de alguien liberándose de un peso largo tiempo cargado.
—Como amigos, Rebeca —aclaró, aunque no había necesidad; ambos entendían perfectamente la naturaleza de lo que estaba ofreciendo—. Dijiste que no querías pasar el resto de tus días en hospitales, que querías vivir estos últimos meses. Déjame darte un poco de felicidad.
Hubo un momento de silencio, no incómodo, mientras Rebeca consideraba la oferta. Finalmente respondió:
—Me encantaría.
Y así, días después, se encontraban instalados en una lujosa suite con vista al mar turquesa del Caribe. La habitación tenía dos dormitorios separados, un detalle que Danilo había solicitado al llegar al hotel.
Para sorpresa de Rebeca, el viaje estaba resultando ser exactamente lo que necesitaba. La brisa marina parecía infundirle una energía que hacía semanas no sentía, y el simple acto de contemplar el horizonte infinito desde su balcón le proporcionaba una paz que ningún medicamento podía ofrecer.
Esa noche, después de un día tranquilo en la playa, Rebeca decidió hacer un esfuerzo especial. Se puso un vestido ligero de tonos primaverales que había incluido en su equipaje, y dedicó tiempo a maquillarse cuidadosamente, disimulando las ojeras y la palidez que el cáncer había impreso en su rostro. Cuando salió de su habitación, la expresión de sorpresa en el rostro de Danilo fue toda la validación que necesitaba.
—Te ves hermosa —dijo él, y lo decía en serio.
Rebeca sonrió, aceptando el cumplido con la gracia de una mujer que había aprendido que la belleza no residía solo en la perfección física.
—¿Listo para tomar algo en ese bar de la playa? —preguntó, señalando hacia la ventana.
El bar estaba animado pero no abarrotado, con música suave. Se sentaron en una mesa con vista al océano, ordenando cócteles tropicales que Rebeca probablemente no debería mezclar con sus medicamentos, pero que representaban una pequeña rebelión contra el control que la enfermedad ejercía sobre su vida.
Fue Danilo quien lo notó primero: un hombre sentado en la barra, de unos cuarenta años, con un aire distinguido y relajado al mismo tiempo, que no dejaba de mirar en dirección a Rebeca. Cada vez que ella reía o gesticulaba animadamente mientras relataba alguna anécdota, los ojos del desconocido parecían atraídos hacia ella como por un imán.
—Tienes un admirador —comentó Danilo con una sonrisa cómplice, inclinándose ligeramente hacia ella.
—¿Qué? —Rebeca siguió discretamente la dirección de su mirada—. No seas ridículo. Probablemente piensa que somos pareja.
Danilo negó con la cabeza, divertido por su reacción. —No ha dejado de mirarte desde que entramos. Y no parece interesarle si estamos juntos o no.
Rebeca echó una carcajada, un sonido que pareció iluminar su rostro entero. —Sí, claro. Una mujer con cáncer terminal, exactamente lo que todo hombre busca.
—Él no sabe eso —respondió Danilo con seriedad—. Solo ve a una mujer hermosa disfrutando de la noche.
Algo en su tono hizo que Rebeca lo mirara con atención. —Deberías… —Danilo hizo un gesto con la cabeza hacia el hombre.
—No, no puedo —negó ella, aunque una parte de ella se sentía halagada por la sugerencia.
—Dijiste que querías disfrutar —le recordó suavemente—. Puedes empezar haciéndolo. No deja de mirarte y es bastante atractivo.
Rebeca volvió a reír, pero esta vez había un toque de nerviosismo en su voz. Miró a Danilo, realmente lo miró, y se dio cuenta de que en ese momento no estaban sentados allí como ex esposos con un pasado complicado, sino como dos amigos, dos personas que se conocían profundamente y se deseaban lo mejor mutuamente.
Con una decisión impulsiva que recordaba a la Rebeca de antes, levantó su copa en dirección al hombre, un gesto sutil pero inequívoco. Él sonrió, claramente complacido, y no pasó mucho tiempo antes de que se acercara a su mesa.
—Disculpen —dijo con una voz agradable y un ligero acento que sugería orígenes europeos—. No quiero interrumpir, pero no estaba seguro si ustedes son pareja o…
—No —respondieron al unísono Danilo y Rebeca, intercambiando una mirada divertida.
—Somos hermanos —añadió Danilo con una sonrisa que no llegaba completamente a sus ojos, el único indicio de que estaba mintiendo.
—Oh, vaya —el hombre pareció relajarse visiblemente—. En ese caso… —se dirigió a Rebeca con una sonrisa encantadora— ¿te gustaría bailar?
Rebeca miró a Danilo, como buscando una última confirmación. Él asintió casi imperceptiblemente, y ella, con una decisión que sorprendió incluso a sí misma, ofreció su mano al desconocido.
—Me encantaría —respondió, levantándose con la elegancia que ni la enfermedad había logrado arrebatarle.
Mientras se alejaban hacia la pequeña pista de baile, Rebeca miró por encima de su hombro y le guiñó un ojo a Danilo, un gesto juguetón que pertenecía a un pasado más feliz, a la mujer que había sido antes de la traición, antes del diagnóstico, antes de que la vida se complicara tanto.
Danilo los observó durante unos minutos, sintiéndose extrañamente satisfecho al ver a Rebeca sonreír mientras el hombre la guiaba suavemente al ritmo de una balada. No había celos, no había arrepentimiento, solo una tranquila aceptación de que ambos estaban exactamente donde debían estar en ese momento.
Dejando suficiente dinero para cubrir la cuenta, decidió salir a caminar por la playa, dándole a Rebeca el espacio para disfrutar de la noche sin sentir que estaba bajo su vigilancia.
La arena estaba tibia bajo sus pies descalzos, y el sonido de las olas rompiendo contra la orilla creaba una melodía hipnótica que invitaba a la reflexión. A medida que se alejaba de las luces del bar, sus pensamientos, inevitablemente, se dirigieron hacia Juliette.
¿Qué estaría haciendo en ese momento? ¿Pensaría en él como él pensaba en ella? La imagen de su rostro, de su sonrisa, de la forma en que sus ojos se iluminaban cuando hablaba apareció vívidamente en su mente. Se sorprendió deseando que estuviera allí, caminando a su lado, su mano pequeña entrelazada con la suya, compartiendo ese maravilloso momento. Pero negó agitando su cabeza mientras miraba el mar. Danilo ya no quería entregarle su corazón a nadie, a ninguna mujer. Solo quería vivir y disfrutar su vida.
Era sorprendente cómo había cambiado su vida en tan poco tiempo. Hace apenas unas semanas, estaba consumido por el resentimiento hacia Rebeca, incapaz de perdonar la traición que había destrozado su matrimonio. Ahora, estaba ayudándola a disfrutar de sus últimos meses, encontrando en el proceso una paz que no había creído posible.
Y luego estaba Juliette, quien había entrado en su vida como una tormenta silenciosa, alterando todo a su paso sin siquiera proponérselo.
El lunes llegó con la inevitable vuelta a la realidad. Danilo entró al edificio corporativo pasado el mediodía.
Su mente estaba aún parcialmente en Cancún, en las conversaciones que había tenido con Rebeca, en la forma en que habían logrado, contra todo pronóstico, transformar el dolor y resentimiento en algo parecido a la amistad. Habían hablado de todo: de Alice y su futuro, de los errores que ambos habían cometido en su matrimonio, de sus miedos ante la muerte inminente de ella, de sus esperanzas de que, de alguna manera, todo el sufrimiento tuviera algún propósito.
Al llegar a presidencia, lo primero que buscaron sus ojos fue a Juliette. Estaba en su escritorio, concentrada en su computadora.
—Buenos días, Juliette —saludó con una pequeña sonrisa en su rostro.
—Buenos días, señor Brown —respondió ella, apenas levantó la mirada de su pantalla, con su tono perfectamente profesional.
Danilo se detuvo, momentáneamente desconcertado por la frialdad en au voz.
—¿Hay algún mensaje urgente? —preguntó, intentando mantener la conversación.
—Todo está en su bandeja de entrada, señor —respondió Juliette, entregándole una carpeta con documentos que requerían su firma—. Los inversores japoneses confirmaron para el miércoles, y el departamento legal necesita su aprobación para los nuevos contratos antes del final del día.
Danilo tomó la carpeta, sus dedos rozando brevemente los de ella. Juliette retiró su mano como si el contacto le quemara, un gesto sutil que no pasó desapercibido para él.
—Gracias —dijo, estudiándola con atención—. ¿Puedes venir a mi oficina en cinco minutos? Necesito discutir algunos asuntos contigo.
—Por supuesto, señor —respondió ella, volviendo inmediatamente a su computadora, como si estuviera ansiosa por terminar la interacción con él.
En su oficina, Danilo intentó concentrarse en los documentos más urgentes, pero su mente seguía volviendo a la extraña actitud de Juliette. No era solo profesionalismo; había una frialdad, como si estuviera levantando un muro entre ellos.
Cuando ella entró a su oficina exactamente cinco minutos después, con el IPad en mano, Danilo dejó a un lado los documentos y la observó.
—¿Te sucede algo? —preguntó directamente, sin rodeos—. ¿Algo que deba saber?
Juliette levantó la mirada, y por un instante, Danilo creyó ver dolor en sus ojos, rápidamente enmascarado por una sonrisa.
—No, señor. Para nada —respondió, con la voz controlada y sin emoción—. ¿Qué tal su fin de semana con su esposa?
La pregunta lo tomó completamente desprevenido. Danilo pasó saliva, intentando procesar no solo las palabras sino el tono con que habían sido pronunciadas: con una frialdad que congelaba todo a su alrededor.
—Juliette —comenzó Danilo, eligiendo cuidadosamente sus palabras—, creo que ha habido un malentendido.
—No hay ningún malentendido, señor —lo interrumpió ella, —. Usted no me debe ninguna explicación sobre su vida personal. Nuestro acuerdo es claro. Así como yo no le debo explicaciones de mi vida privada.
Por un momento quería saber, quería preguntarle a Danilo que había pasado exactamente, pero recordó todo lo que había llorado el fin de semana y lo que se había prometido a ella misma y algo se endureció dentro de ella. Un recordatorio cruel de la realidad de su situación. ¿Qué importaba realmente el motivo del viaje? Al final del día, ella no era más que una empleada con beneficios adicionales, una mujer con quien él había firmado un contrato. No tenía derecho a sentir celos, a exigir explicaciones, a esperar consideración emocional.
Y lo más importante: no tenía derecho a mostrar vulnerabilidad. No ante él. No cuando había decidido protegerse de más dolor.
Vio la confusión en los ojos de Danilo, el desconcierto ante su tono frío. Antes de que pudiera responder, Juliette decidió dar el golpe final, poner toda la distancia posible entre ellos.
—Hablando de eso, ya cumplimos un mes del contrato —continuó ella, con un tono profesional, como si estuvieran discutiendo términos comerciales—. Quería preguntarle cuándo me depositaría el otro porcentaje.
El cambio en la expresión de Danilo fue sutil. Un endurecimiento casi imperceptible de su mandíbula.
Juliette mantuvo su expresión neutral, la coraza que había decidido construir firmemente en su lugar. Jugaría su juego, se dijo a sí misma. No le demostraría que él le interesaba más allá del dinero, no le daría el poder de lastimarla más de lo que ya lo había hecho.
Danilo pasó saliva, un gesto que traicionaba una emoción que su rostro controlado no permitía identificar.
—Te depositaré hoy mismo —respondió—. ¿Dime, necesitas algo acaso? ¿Te ha hecho falta algo, a tu madre, a tu hermana? Sabes que puedes pedirme lo que necesites Juliette —dijo en tono preocupado por ella.
Ella negó con la cabeza, manteniendo la fachada de indiferencia.
—No, señor, solo que es mi dinero —respondió con una calma estudiada—. Yo he estado cumpliendo parte del trato y solo he recibido 50 mil de los 200 mil que están estipulados.
Algo cruzó por los ojos de Danilo, una sombra que Juliette no supo interpretar. ¿Decepción? ¿Resignación?
—No te preocupes por nada, Juliette —dijo endureciendo aun mas su tono —. Cuando nuestro contrato termine, tendrás los 150 mil que faltan en tu cuenta.
Ella asintió y le regaló una sonrisa apenas, una mueca practicada que cualquier observador casual habría confundido con cordialidad.
—Gracias, señor —respondió—. ¿Necesita algo más?
—No, eso es todo —respondió él, volviendo su atención a los documentos sobre su escritorio, como si la conversación no hubiera sido más que un trámite administrativo rutinario.
Juliette salió de la oficina con la espalda recta, los hombros atrás, cada paso medido y seguro. Mantuvo la compostura mientras cruzaba el piso hasta su escritorio.
Solo cuando estuvo segura de que nadie la observaba, permitió que su máscara se agrietara momentáneamente. Sus dedos temblaron ligeramente sobre el teclado, y tuvo que parpadear varias veces para contener la humedad que amenazaba con acumularse en sus ojos.
Por dentro, Juliette estaba muriendo. Cada palabra que había pronunciado, cada gesto indiferente, cada referencia al contrato y al dinero, había sido como un puñal que se clavaba en su propio corazón.
Porque la verdad, la dolorosa verdad que se había propuesto no admitir ni siquiera ante sí misma, era que se había enamorado de Danilo.
Y esa certeza de que su corazón se había involucrado en lo que debía haber sido un simple acuerdo comercial, era devastador. Porque Danilo nunca le había prometido más, nunca le había ofrecido algo diferente a lo que tenían. El contrato era claro, los términos estaban establecidos, y ella había sido lo suficientemente tonta como para esperar más, para imaginar que podría ser algo más que un “sucio y delicioso secreto”.
Ahora, su única protección era la indiferencia fingida, la pretensión de que solo le importaba el dinero, de que podía compartir su cuerpo sin entregar su corazón. Era una mentira, por supuesto, pero una que le permitiría sobrevivir hasta que el contrato terminara y pudiera alejarse definitivamente, sanar sus heridas lejos de la constante tentación que representaba Danilo.
Tres días. Tres interminables días en los que Juliette había mantenido esa fachada de profesionalismo distante que lo estaba volviendo loco. No importaba cuántas veces Danilo intentara iniciar una conversación más personal, ella respondía con una eficiencia cortés que no dejaba espacio para nada más. Era como si hubieran retrocedido en el tiempo, a esos primeros días cuando ella era simplemente su secretaria y él, simplemente su jefe.
Excepto que ya no eran solo eso. No después de todo lo que había pasado entre ellos.
Danilo se paseaba por su oficina como un animal enjaulado, incapaz de concentrarse en los informes financieros que deberían ocupar toda su atención. Su mente seguía volviendo a Juliette, a la frialdad en sus ojos, a la forma en que había reducido todo lo que había entre ellos a una simple transacción monetaria.
“
Solo he recibido 50 mil de los 200 mil que están estipulados.”Las palabras seguían en su cabeza, como un recordatorio amargo de los términos que él mismo había establecido.
El intercomunicador sonó, sacándolo de sus pensamientos.
—Señor, los contratos de la subsidiaria en Argentina están listos para su revisión. ¿Los llevo a su oficina?
La voz de Juliette era profesional y distante, como si nunca hubiera gemido su nombre en la oscuridad, como si nunca hubiera dormido acurrucada contra su pecho, como si nunca hubieran compartido nada más que una relación estrictamente laboral.
—Sí —respondió Danilo. Luego, impulsivamente, añadió: —Y Juliette, necesito discutir algo contigo. En privado.
Hubo una breve pausa, casi imperceptible, antes de que ella respondiera con esa misma calma irritante: —Por supuesto, señor. Estaré ahí en un momento.
Danilo se pasó una mano por el rostro, intentando recobrar la compostura. Necesitaba ser racional, controlar sus emociones, abordar la situación con la misma frialdad calculadora que aplicaba a sus negocios. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba perdiendo el control.
El suave golpe en la puerta anunció su llegada. Juliette entró con los contratos en una carpeta, su postura perfectamente profesional, su expresión cuidadosamente neutral. Vestía un traje sastre gris perla que acentuaba su figura sin ser provocativo, su cabello recogido en un moño impecable, sus labios apenas teñidos con un brillo discreto.
Estaba hermosa, como siempre, pero de una manera deliberadamente inaccesible, como una obra de arte tras un cristal: se podía admirar, pero no tocar.
—Aquí están los contratos, señor —dijo, colocando la carpeta sobre su escritorio.— El departamento legal ha marcado los puntos que requieren su atención especial. ¿Hay algo más que necesite discutir?
Su tono era perfectamente cortés, sus ojos fijos en un punto ligeramente por encima del hombro derecho de Danilo, evitando cuidadosamente el contacto visual directo.
Danilo no respondió. No con palabras, al menos. En un movimiento que sorprendió incluso a él mismo, rodeó el escritorio y se plantó frente a ella, invadiendo su espacio personal de una manera que rompía todas las barreras profesionales que ella se había esforzado tanto en mantener durante los últimos días.
Los ojos de Juliette se abrieron con sorpresa. Y en ese breve instante, antes de que pudiera hacer nada, Danilo vio algo en los ojos de ella que alimentó una esperanza que no sabía que necesitaba: anhelo, el mismo deseo desesperado que lo consumía a él.
No lo pensó. No calculó los riesgos ni consideró las consecuencias. Simplemente actuó, impulsado por una necesidad que trascendía la razón.
Sus manos enmarcaron el rostro de Juliette y sus labios encontraron los suyos en un beso que nada tenía de suave o controlado. Era desesperación pura, hambre acumulada, una declaración silenciosa de todo lo que no podía expresar con palabras.
Juliette se quedó inmóvil, paralizada por la sorpresa y la intensidad del momento. Sus manos se elevaron instintivamente, como para empujarlo, pero en lugar de eso se posaron sobre su pecho, sintiendo el acelerado latido de su corazón bajo la palma.
El beso se prolongó, profundizándose, transformándose en deseo apasionado. Danilo la besaba como si fuera oxígeno y él un hombre ahogándose.
Cuando finalmente se separaron, ambos jadeaban ligeramente. Danilo mantuvo su frente apoyada contra la de ella, sus manos aún acunando su rostro, sus ojos cerrados como si temiera lo que vería si los abriera.
—Hoy a las 8 pasaré por ti — susurró con esa voz ronca y agitada.
No era una pregunta, ni siquiera una invitación. Era una declaración, casi una súplica, la necesidad de reconectar con ella y derrumbar las barreras que se habían levantado entre ellos.
Si hubiera abierto los ojos, habría visto el caos de emociones que cruzaba el rostro de Juliette: confusión, deseo, miedo, esperanza. Habría visto cómo temblaba ligeramente, cómo sus pupilas se dilataban, cómo su respiración se volvía irregular. Habría visto que, a pesar de su aparente indiferencia de los últimos días, ella se veía tan afectada por su proximidad como él por la suya.
Pero no lo vio. Y Juliette, fiel a la decisión que había tomado de proteger su corazón, rápidamente recompuso su expresión, ocultando la tormenta interior tras una máscara de calma.
—Sí, señor — respondió casi en susurros.
Danilo finalmente se apartó, creando nuevamente espacio entre ellos, aunque cada fibra de su ser anhelaba mantenerla cerca. Observó cómo ella alisaba imperceptiblemente su falda, como si necesitara ocupar sus manos en algo para recuperar la compostura.
—Puedes retirarte —dijo, volviendo a su lado del escritorio, necesitando la barrera física para contener el impulso de tocarla nuevamente.
Juliette asintió y salió de la oficina sin añadir nada más, cerrando suavemente la puerta tras de sí.
En cuanto se encontró sola en su escritorio, Juliette tuvo que hacer un esfuerzo consciente para mantener la calma exterior que había perfeccionado. Por dentro, era un caos. Su corazón latía tan fuerte que podía sentir su pulso en la garganta, sus manos temblaban ligeramente, y su mente reproducía una y otra vez la sensación de los labios de Danilo sobre los suyos, el calor de sus manos en su rostro, la intensidad en sus ojos antes de besarla.
A pesar de toda su determinación de mantener las distancias, de protegerse del inevitable dolor que vendría cuando el contrato terminara, su cuerpo la traicionaba. Una sola mirada, un solo toque de Danilo, y todo su sistema nervioso reaccionaba como si tuviera voluntad propia.
Una hora más tarde, mientras intentaba concentrarse en responder correos electrónicos, un mensajero llegó con un paquete para ella. Sin necesidad de ver la tarjeta que lo acompañaba, Juliette supo de quién venía y lo que significaba.
Con manos ligeramente temblorosas, abrió el paquete discretamente, asegurándose de que nadie más en la oficina pudiera ver su contenido. Dentro, cuidadosamente envuelto en papel de seda, había un vestido negro de seda que parecía más apropiado para una amante que para una cita casual. Era extremadamente corto, con un escote que prometía revelar más de lo que ocultaba. Junto al vestido, un par de medias de seda y unos tacones rojos de aguja completaban el conjunto. No había ropa interior incluida, una omisión deliberada que enviaba un mensaje claro.
El Club Dominius.
Juliette sintió una ola de calor recorrer su cuerpo, seguida inmediatamente por una sensación de pánico que le dificultaba respirar. Comenzó a hiperventilar levemente, abrumada por los recuerdos de su primera noche allí, por la ansiedad de lo que podría ocurrir esta noche, por el conflicto entre su determinación de mantener distancias emocionales y su innegable respuesta física a todo lo que Danilo provocaba en ella.
Su teléfono vibró con un mensaje que terminó de confirmar sus sospechas:
—Puedes retirarte ahora. Ve a casa, deja todo en orden y luego dirígete a mi penthouse para prepararte. London te llevará. Estaré allí puntualmente a las 8.
No era una sugerencia. Era una orden, y a pesar de todos sus esfuerzos por recuperar algo de control en su relación, Juliette sintió el impulso inmediato de obedecer, de someterse a su voluntad como lo había hecho desde el principio.
Respiró profundamente, intentando calmar el mar de emociones contradictorias. Podía negarse, por supuesto. Podía inventar una excusa, podía simplemente decir que no. El contrato no la obligaba a acceder a cada demanda, a cada capricho.
Pero no quería negarse. A pesar de todo el dolor, a pesar del miedo a involucrarse más profundamente solo para salir herida, una parte de ella anhelaba esta noche, anhelaba la liberación que encontraba en la sumisión, la simplicidad de entregarse completamente a sus manos, de no tener que pensar, de solo sentir.
El reloj marcó las ocho en punto cuando el elevador privado anunció la llegada de Danilo a su penthouse. Puntual, como siempre. En el mundo de los negocios, valoraba la puntualidad como un signo de respeto; en sus encuentros con Juliette, la consideraba una extensión de su control, una demostración de que incluso el tiempo se plegaba a su voluntad.
Al abrir la puerta, se detuvo en el umbral, permitiendo que sus ojos se adaptaran no solo a la iluminación del apartamento, sino también a la visión que lo esperaba.
Juliette estaba de pie junto a los ventanales. El vestido negro que le había enviado se adhería a cada curva de su cuerpo como una segunda piel. Era escandalosamente corto, revelando el nacimiento de sus muslos donde comenzaban las medias de seda, creando un contraste perfecto con su piel. Los tacones rojos añadían varios centímetros a su altura, estilizando sus piernas y dándole una postura que gritaba sensualidad a pesar de la evidente tensión en sus hombros.
Se giró al escucharlo entrar, y Danilo pudo ver el temblor casi imperceptible de sus manos, la forma en que su pecho subía y bajaba con respiraciones ligeramente aceleradas, la vulnerabilidad en sus ojos que contrastaba con la audacia de su atuendo.
La contempló en silencio, permitiendo que su mirada la recorriera lentamente, desde los mechones sueltos que enmarcaban su rostro hasta la punta de sus tacones rojos. No era una mirada casual; era una evaluación deliberada, posesiva, que dejaba claro que estaba apreciando lo que consideraba suyo.
—Estás exquisita — dijo Danilo de una manera sensual y ronca.
Juliette tragó grueso, un gesto pequeño que no escapó a la atención de Danilo. A pesar de la indiferencia que había mostrado en la oficina, a pesar de su intento de mantener distancias emocionales, su cuerpo la traicionaba. Respondía a él como siempre lo había hecho.
Se cerró la puerta detrás de Danilo y avanzó hacia ella con pasos medidos, cada uno aumentando la tensión en el cuerpo de Juliette. Vestía un traje negro impecable, cortado a medida para resaltar sus hombros anchos y su figura atlética. No llevaba corbata, y los primeros botones de su camisa estaban desabrochados, ofreciendo un atisbo de la piel suave debajo. Su cabello, generalmente perfectamente peinado para la oficina, tenía un aspecto ligeramente despeinado, como si hubiera pasado sus dedos por él repetidamente en un gesto de impaciencia.
Lo que Juliette no podía saber era que ese gesto de impaciencia había sido real. Su día había estado lleno de distracciones, de obstáculos que lo separaban de este momento, de este encuentro que había estado anticipando desde que la besó en su oficina.
Sin saber que horas antes, mientras revisaba documentos en la mansión que aún compartía con Rebeca, su ex esposa había aparecido en el estudio, con un aspecto mejor del que había tenido en semanas. El viaje a Cancún parecía haberle dado un respiro en su enfermedad, un breve receso en el constante deterioro.
—
Estaba pensand o —había dicho Rebeca, apoyándose en el marco de la puerta con una sonrisa que recordaba a tiempos más felices, —
podríamos ver una película esta noche. Tengo palomitas, y encontré esa cinta francesa que tanto te gustaba. ¿Qué dices? Como en los viejos tiempos.La oferta había sido tentadora, no en un sentido romántico —ese capítulo estaba definitivamente cerrado— sino por la sencillez que prometía, por la posibilidad de un momento de normalidad en medio de todo el caos que representaba su enfermedad.
Pero Danilo había declinado rotundamente “¿
Tal vez otro día? ” había ofrecido, con una sonrisa.
Porque lo único que ocupaba su mente, lo único que anhelaba con una intensidad que rozaba lo irracional, era estar con Juliette. Tomar su cuerpo, sí, reclamarla, recordarle a quién pertenecía, recordarse a sí mismo que, a pesar de todas las complicaciones, a pesar de todos los obstáculos, había algo entre ellos que trascendía los contratos, los arreglos, las circunstancias.
—Date la vuelta— ordenó cuando estuvo a un paso de distancia, con ese tono de mando que no admitía cuestionamientos.
Juliette obedeció, girando lentamente, permitiéndole una visión completa del vestido que apenas cubría lo esencial, que revelaba más de lo que ocultaba.
—Perfecto — murmuró, más para sí mismo que para ella.
Se acercó hasta que apenas unos centímetros los separaban. Juliette podía sentir el calor emanando de su cuerpo, oler su colonia mezclada con ese aroma que era únicamente suyo, percibir la tensión en cada uno de sus músculos.
Danilo levantó una mano y, con deliberada lentitud, recorrió la línea de su columna con un dedo, desde la nuca hasta donde el vestido se encontraba con la parte baja de su espalda. Un toque simple, apenas una caricia, pero Juliette sintió que una corriente eléctrica la recorría de pies a cabeza, despertando cada terminación nerviosa en su camino.
—Te he extrañado — dijo él, con un murmullo cerca de su oído.
Juliette cerró los ojos, absorbiendo el impacto de esas palabras, luchando contra el impulso de girarse y arrojarse a sus brazos, de confesar que ella también lo había extrañado, que los días de distancia autoimpuesta habían sido una tortura, que cada momento de indiferencia fingida había sido una pequeña muerte.
—El auto nos espera —continuó Danilo, sus labios rozándole la sensible piel detrás de su oreja, enviando escalofríos por todo su cuerpo. —Esta noche, en el Club, recordaremos algunas lecciones que pareces haber olvidado.
No era una amenaza, no exactamente. Era una promesa, cargada de intenciones que hacían que el pulso de Juliette se acelerara, que su respiración se volviera más superficial, que un calor líquido comenzara a acumularse en su centro.
—Sí, señor —respondió automáticamente.
Danilo sonrió contra su piel, complacido por esa pequeña victoria, por ese indicio de que, a pesar de la frialdad de los últimos días, Juliette seguía siendo suya, seguía respondiendo a él con esa mezcla única de sumisión y deseo que lo volvía loco.
—Vamos —dijo, apartándose para quitarse la chaqueta y cubrir a Juliette. No permitiría que nadie viera a su mujer, ella era suya y de nadie más.
¿
Cómo resistirse a ese papacito? Pero buena esa Juliette, muéstrale mueje qué tú también puedes jugar el mismo juego y que no te mueres por él como yo, porque yo no puedo, si fuera yo ya estaba ahí arrodillada frente a él. Jajaja (Pero, no puedo culpar a mi sensual hombre de chocolate, el sufrió mucho, y tenía miedo de volver a entregar el corazón, aunque ya lo hizo sin darse cuenta)