33. Limites inquebrantables
El Club Dominius se alzaba discreto pero imponente, ocultando el mundo de placeres prohibidos que albergaba en su interior. El valet se apresuró a abrir la puerta del auto, y Danilo salió primero, extendiendo su mano para ayudar a Juliette a salir con la elegancia que su ajustado vestido y altos tacones exigían.
Mientras subían los escalones hacia la entrada, Danilo mantenía su mano firmemente en la cintura de Juliette, un gesto posesivo que no pasaba desapercibido para los ojos observadores del personal del club ni para los escasos invitados que llegaban al mismo tiempo. No era simplemente el toque de un acompañante; era la marca inconfundible de propiedad.
En la recepción, un hombre de aspecto impecable reconoció inmediatamente a Danilo, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.
—Señor Brown, bienvenido nuevamente — saludó con discreción profesional. —Su área privada está preparada como solicitó.
—Gracias, Marcus — respondió Danilo con amabilidad, pero siempre manteniendo ese toque de autoridad.
Juliette se dejó guiar mientras el hombre tomaba la chaqueta que había usado para cubrir el revelador vestido durante el trayecto. Sin esa capa protectora, se sentía casi desnuda, expuesta a las miradas que no tardaron en recorrer su figura. Danilo, notando la atención que atraía, apretó su agarre en la cintura, un recordatorio silencioso pero inequívoco de que ella le pertenecía.
Las puertas dobles se abrieron, revelando el interior del club en toda su decadente gloria. A diferencia de su primera visita, cuando la sorpresa y el shock habían dominado sus sentidos, esta vez Juliette sabía exactamente lo que le esperaba. Y sin embargo, la visión seguía siendo abrumadora: cuerpos entrelazados en diversas escenas de dominación y sumisión, el sonido ocasional de látigos cortando el aire, gemidos mezclados con música ambiental suave, el aroma de cuero, sudor y deseo permeando el ambiente.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal, con ansiedad y nerviosismo que no podía contener. Su cuerpo recordaba lo que había experimentado aquí, las sensaciones que solo Danilo había sido capaz de despertar en ella, y respondía con una excitación instantánea que se manifestaba en su respiración ligeramente acelerada y en el rubor que comenzaba a extenderse por su pecho.
Danilo la condujo a través del espacio principal, navegando entre las diversas escenas con la confianza de alguien que conoce el territorio perfectamente. Algunos rostros se giraban a su paso con respeto evidentes en sus expresiones. Claramente, Danilo era un nombre que inspiraba cierta reverencia en este círculo exclusivo.
Estaban a mitad de camino hacia su destino cuando una voz femenina, los detuvo.
—Danilo, qué sorpresa encontrarte aquí esta noche.
Se giraron para encontrarse con una mujer impresionante: alta, con curvas generosas perfectamente realzadas por un corsé de cuero rojo que dejaba poco a la imaginación. Su cabello rubio platino caía en ondas hasta la mitad de su espalda, y sus ojos, de un azul glacial, estudiaban a Juliette con una curiosidad apenas disimulada.
—Valeria —respondió Danilo, su tono cordial pero reservado. —Ha pasado tiempo.
La mujer sonrió. —Demasiado, diría yo.
Junto a ella, un hombre alto y de aspecto severo observaba el intercambio con interés. Su mano descansaba posesivamente en la nuca de Valeria, en un gesto que indicaba claramente su rol en la relación.
—Permíteme presentarte a Klaus — continuó Valeria, inclinando ligeramente la cabeza hacia el hombre a su lado. —Mi amo esta noche.
—Un placer — dijo Danilo, extendiendo su mano para un breve apretón. —Klaus, ella es Juliette.
La forma en que Danilo la presentó, sin etiquetas ni explicaciones, dejó a Juliette momentáneamente desconcertada. No era “mi sumisa” ni “mi acompañante”; simplemente “Juliette”, como si su presencia junto a él fuera explicación suficiente.
—Encantada.— murmuró Juliette, intentando mantener la compostura mientras procesaba la situación. No necesitaba que nadie le explicara quién había sido Valeria para Danilo; la familiaridad en su intercambio, la forma en que sus ojos parecían compartir recuerdos tácitos, lo dejaban perfectamente claro.
—Danilo fue mi primer Amo —comentó Valeria, dirigiéndose a Juliette con una sonrisa. —El que me introdujo a este mundo. Un maestro exigente pero extraordinariamente… gratificante.
El énfasis en la última palabra envió una punzada de celos a través del pecho de Juliette. La idea de Danilo con esta mujer, enseñándole, dominándola, llevándola a los mismos límites de placer que ella había experimentado, despertó un sentimiento posesivo que no tenía derecho a sentir según los términos de su acuerdo.
—Espero que estés disfrutando tu tiempo con él — continuó Valeria, sus ojos evaluaban a Juliette con interés. —Danilo tiene un talento especial para descubrir lo que una mujer necesita, incluso antes de que ella misma lo sepa.
—Ya es suficiente, Valeria —intervino Klaus, su acento alemán añadiendo dureza a sus palabras. —Estás siendo indiscreta.
—Solo intento ser amigable —respondió ella, aunque bajó la mirada en un gesto de sumisión que evidenciaba su dinámica. Pero Valeria nunca fue como las demás sumisas. Danilo siempre tuvo la sospecha de que ella encajaba más en la imagen de una dominante qué de una sumisa.
—Ha sido un placer verlos — dijo Danilo, claramente deseando terminar el encuentro. —Que disfruten su velada.
Con un último intercambio de cortesías, se separaron. Danilo guio a Juliette hacia el área más privada del club, donde varios sofás individuales de cuero negro ofrecían cierto aislamiento del bullicio principal. Eligió uno apartado, con buena visibilidad de las actividades del club pero lo suficientemente privado para una conversación íntima.
En lugar de indicarle que se sentara a su lado, Danilo tomó asiento y tiró suavemente de su mano, guiándola para que se sentara sobre sus piernas. El gesto era tanto una demostración de posesión como una forma de mantenerla cerca, de sentir cada reacción de su cuerpo ante lo que los rodeaba.
Una camarera apareció casi inmediatamente, una joven de belleza excepcional vestida únicamente con un pequeño delantal que dejaba su espalda y parte de sus senos al descubierto. Se inclinó respetuosamente, manteniendo los ojos bajos.
—¿Qué desea tomar, señor? —preguntó con la voz suave.
—Whisky para mí — respondió Danilo. —Y para la señorita, un martini de fresas.
La camarera asintió y se retiró silenciosamente para cumplir con el pedido.
—Así que… Valeria —comentó Juliette, intentando que su voz sonara casual, desinteresada, como si el encuentro no hubiera despertado una tormenta de celos en su interior.
Danilo sonrió ligeramente, su mano comenzó un lento recorrido desde su rodilla, subiendo por su muslo expuesto. —¿Celosa, pequeña?
Esas dos palabras provocaron una erupción en el vientre de Juliette.
—¿Por qué habría de estarlo? —respondió ella, manteniendo su fachada de indiferencia a pesar de que su piel reaccionaba instantáneamente al contacto, erizándose bajo sus dedos.
—Hmm —murmuró Danilo, continuando su exploración con las manos, ahora trazando círculos perezosos en la piel sensible del muslo interno de Juliette, acercándose peligrosamente al borde de su vestido. —Dices que no, sin embargo, tu cuerpo cuenta una historia diferente.
Juliette intentó controlar su respiración, mantener la compostura, pero era imposible ignorar el calor que se extendía desde donde los dedos de Danilo acariciaban su piel, irradiando hacia su centro.
—Mi cuerpo responde a estímulos físicos — dijo, intentando sonar indiferente, desapegada. —Es una reacción biológica, nada más.
Danilo rio en un sonido bajo y peligroso que envió nuevos escalofríos por su columna.
—¿Es eso lo que te dices a ti misma, Juliette? ¿Que solo es biología? ¿Que cualquier hombre podría provocar estas… reacciones en ti?
La mano de Danilo se deslizó más arriba, bajo el borde de su vestido, encontrando la evidencia húmeda de su excitación. Juliette ahogó un gemido, mordiéndose el labio para contener el sonido.
—Sin ropa interior, como indiqué —aprobó Danilo, su voz era un ronroneo satisfecho cerca del oído de Juliette.
—Tan obediente en algunas cosas, tan rebelde en otras.
La camarera regresó con sus bebidas, colocándolas discretamente en la pequeña mesa frente a ellos antes de retirarse con la misma eficiencia silenciosa. Danilo retiró su mano, permitiendo que Juliette recuperara algo de compostura, aunque el rubor en sus mejillas y su respiración irregular revelaban claramente su estado.
—Bebe —ordenó, alcanzándole el martini.
Juliette tomó un sorbo, agradecida por el frío del cristal contra sus labios y por la dulzura ligeramente ácida que refrescaba su garganta seca.
—¿Por qué me trajiste aquí esta noche? — preguntó, reuniendo el coraje para enfrentar la pregunta que había o rondando su mente desde que recibió el paquete con el vestido.
Los ojos de Danilo se oscurecieron, su expresión se volvió más intensa, casi depredadora. Su mano, que había estado acariciando distraídamente el brazo de Juliette, se detuvo en su nuca, sus dedos se enredaron en los mechones sueltos de su cabello.
—Para recordarte a quién perteneces — respondió con una honestidad brutal. —Para recordarte que, a pesar de tus intentos de mantener distancias, de fingir indiferencia, tu cuerpo te traiciona cada vez que te toco.
Tiró suavemente de su cabello, inclinando su cabeza hacia atrás, exponiendo la línea vulnerable de su garganta. —Para recordarte que puedes pretender que solo se trata de dinero, de un contrato.
Sus labios encontraron el punto donde el pulso de Juliette latía visiblemente bajo la piel, depositando un beso que era tanto una caricia como una advertencia. —Y finalmente, para recordarme a mí mismo por qué, a pesar de todas las complicaciones, no puedo dejarte ir.
La confesión, inesperada y cruda, dejó a Juliette sin palabras.
—Danilo… —comenzó, sin saber realmente qué quería decir.
—Shh — la silenció él, su pulgar trazando la línea de su labio inferior. —No hables. No ahora. Esta noche no se trata de palabras. Se trata de recordar, de sentir.
Se inclinó y la besó, un beso que combinaba posesión y anhelo, dominación y necesidad. Juliette se rindió a él, incapaz de mantener sus defensas ante la avalancha de sensaciones que Danilo siempre provocaba en ella.
Alrededor de ellos, el Club Dominius continuaba con su sinfonía de placeres prohibidos, pero para Juliette, el mundo se había reducido a este momento, a este hombre, a esta conexión que desafiaba toda lógica.
Juliette permanecía en el regazo de Danilo, cada caricia de sus dedos sobre su piel enviaba ondas de calor a través de su cuerpo. Había algo hipnótico en la combinación del alcohol, la música suave, los sonidos ocasionales de placer y dolor que emanaban de las diversas escenas alrededor de ellos, y la presencia dominante de Danilo anclándola a este momento.
—Danilo Brown, el hombre del momento — una profunda voz interrumpió esa burbuja de intimidad. —Pensé que habías abandonado nuestro pequeño santuario.
Juliette sintió cómo el cuerpo de Danilo se tensaba bajo ella, su mano en su cintura apretándose ligeramente. Levantó la mirada para encontrarse con un hombre de unos cincuenta años, impecablemente vestido en un traje gris oscuro, con el tipo de rostro que sugería poder y privilegio. Sus ojos, de un azul acero, la evaluaban con un interés que iba más allá de la curiosidad casual.
—Víctor —respondió Danilo, en tono cordial, poniéndose de pie lentamente sin soltar la pequeña cintura de Juliette. —Solo estaba tomando un descanso. El club sigue siendo uno de mis lugares preferidos para… desconectar.
Victor sonrió. —Y veo que has traído compañía exquisita, como siempre.
Su mirada recorrió a Juliette con una apreciación que la hizo sentirse desnuda a pesar del vestido. —Realmente tienes un ojo excepcional para la belleza.
—Juliette —dijo Danilo, su voz adoptó un tono más formal, —te presento a Victor, un viejo… conocido.
La pausa antes de la última palabra fue sutil pero reveladora. Juliette asintió educadamente, intentando mantener la compostura mientras la mano de Danilo en su cintura se volvía casi dolorosamente firme.
—Un placer — respondió ella, consciente de la tensión creciente entre los dos hombres.
—El placer es todo mío —replicó Victor, sin dejar de mirar a Juliette, recorriéndole el cuerpo entero con una mirada depredadora y descarada. —Danilo y yo compartimos muchas… experiencias memorables.
Hizo una seña a la camarera, quien se acercó rápidamente. —Un bourbon, cariño.
Una vez que la camarera se retiró, Victor se inclinó ligeramente hacia adelante, su atención fija en Juliette.
—Sabes, pequeña, Danilo y yo solíamos tener un acuerdo muy especial —comenzó, una sonrisa lobuna apareció en sus labios. —Compartíamos gustos similares, y ocasionalmente, compartíamos mucho más.
Juliette sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal ante la implicación. Miró brevemente a Danilo, cuyo rostro se había endurecido.
—Victor —advirtió Danilo, su voz era baja pero contenía una amenaza velada.
Victor levantó las manos en un gesto de falsa inocencia. —Solo estoy recordando viejos tiempos, amigo mío. Como aquella noche con las gemelas Jensen. O cuando me prestaste a esa deliciosa modelo brasileña… ¿cómo se llamaba? Ah, sí, Adriana. Disfruté especialmente observarte mientras la disciplinabas.
La revelación revolvió el estómago de Juliette. La idea de Danilo “prestando” a sus sumisas, observando mientras otro hombre las tocaba, las poseía, creó una sensación de vértigo que amenazaba con abrumarla. Su respiración se volvió acelerada, el aire repentinamente demasiado denso para llenar sus pulmones.
Victor, notando su reacción, sonrió con satisfacción maliciosa. —Oh, veo que no le has contado todo sobre tus… preferencias, Danilo.
La camarera regresó con las bebidas, creando una breve pausa en la conversación. Una vez que se retiró, Victor continuó, sus ojos seguían fijos en Juliette con una intensidad depredadora.
—Tengo una suite reservada esta noche. La Azul, tu favorita, si no recuerdo mal —dijo, dirigiéndose a Danilo pero sin apartar la mirada de Juliette. —¿Quizás podríamos revivir viejos tiempos? Tu puta parece… educable. Y ha pasado tanto desde nuestro último… intercambio.
Juliette sintió que el mundo se detenía. Era la primera vez que alguien la llamaba así. Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que estaba segura de que ambos hombres podían oírlo. La idea de ser “intercambiada”, de ser entregada a este hombre de ojos fríos como si fuera un objeto, un juguete a compartir, la dejó momentáneamente paralizada. El aire no llegaba a sus pulmones; estaba hiperventilando silenciosamente, su pecho subiendo y bajando rápidamente mientras el pánico se apoderaba de ella.
La reacción de Danilo fue instantánea y sorprendente. En un movimiento, movió a Juliette detrás de él colocándose sutilmente entre ella y Victor como un escudo. Su rostro, generalmente controlado en situaciones sociales, mostraba ahora una furia apenas que transformaba sus facciones.
—No —sentenció.
Victor parpadeó, claramente sorprendido por la intensidad de la negativa.
—Vamos, Danilo. Nunca fuiste posesivo antes. Siempre disfrutaste compartir, observar, dirigir la escena. — Se inclinó más cerca, bajando la voz. —Puedo ser muy generoso. A cambio, puedo ofrecerte a Elisa. Ya la conoces, sabes lo talentosa que es con su boca.
La mano de Danilo se cerró en un puño tan apretado que sus nudillos se tornaron blancos.
—No me has entendido, Victor. Juliette no está disponible. Ni para ti, ni para nadie. Nunca.
La declaración, tan absoluta, provocó una oleada de emociones contradictorias en Juliette: alivio, confusión, felicidad.
Victor estudió a Danilo por un largo momento.
—Vaya, vaya —murmuró. —Así que los rumores son ciertos. El gran Danilo Brown finalmente ha sido… domesticado.
—Cuidado, Victor — advirtió Danilo, su voz un gruñido bajo. —Estás cruzando una línea.
—Solo estoy haciendo una observación — respondió Victor, tomando un sorbo de su bourbon con estudiada calma. —Nunca pensé que vería el día en que te negarías a compartir. Debe ser… especial.
Sus ojos se posaron nuevamente en Juliette, pero esta vez había algo diferente en su mirada: una curiosidad.
—Lo es —confirmó Danilo, su tono no dejaba lugar a discusión. —Y esta conversación ha terminado.
Extendiendo su mano hacia Juliette. —Nos retiramos.
Victor asintió, reconociendo la derrota con una sonrisa. —Una lástima — dijo, levantando su vaso en un brindis burlón. —Pero respeto tu… territorialidad. Si alguna vez cambias de opinión…
—No lo haré —lo cortó Danilo.
Tomando la mano de Juliette, la guio lejos de Victor, a través del espacio principal del club. Su agarre era firme, casi demasiado apretado, revelando una tensión que su rostro intentaba ocultar.
—¿A dónde vamos? —se atrevió a preguntar Juliette cuando se hizo evidente que se dirigían hacia un área del club que no habían visitado antes.
—A un lugar privado —respondió él, su voz aún tensa. —Necesito estar a solas contigo.
Llegaron a un pasillo discreto donde varias puertas, cada una identificada con un color diferente, ofrecían privacidad a los miembros más exclusivos del club. Danilo se detuvo frente a una puerta marcada con una placa dorada que simplemente decía “Suite Roja”. Pasó una tarjeta por el lector electrónico y la puerta se abrió silenciosamente.
La suite era una combinación perfecta de lujo y funcionalidad BDSM: una cama king-size dominaba un lado de la habitación, mientras que diversos equipos —un banco de azotes, una cruz de San Andrés, ganchos en el techo para suspensión— ocupaban el resto del espacio. La iluminación era tenue pero estratégica, creando un ambiente íntimo sin sacrificar visibilidad.
Una vez dentro, con la puerta cerrada tras ellos, Juliette finalmente liberó el aliento que no sabía que estaba conteniendo. Su corazón aún latía aceleradamente, su mente procesando todo lo que acababa de ocurrir, todo lo que acababa de descubrir sobre el pasado de Danilo.
—Pensé… —comenzó, su voz apenas un susurro. —Por un momento, pensé que ibas a… que me entregarías a él.
Danilo se giró hacia ella, y la intensidad en su mirada la dejó momentáneamente sin palabras. En dos zancadas estaba frente a ella, sus manos enmarcando su rostro con posesividad.
—Eso no sucederá jamás —declaró. —Ni en mis más retorcidos sueños. Tú eres solo mía, Juliette. Solo mía.
Sus pulgares acariciaron suavemente sus mejillas, contrastando con la intensidad de su declaración. —Ningún hombre te pondrá un dedo encima. Ningún hombre te verá como yo te veo. Ningún hombre te tendrá como yo te tengo.
—¿Por qué? — preguntó, necesitando entender qué la hacía diferente, qué la separaba de las Adrianas y las gemelas Jensen que habían venido antes que ella. —¿Por qué yo soy diferente?
Danilo la miró por un largo momento, como si estuviera buscando las palabras adecuadas, o quizás luchando con una verdad que no estaba listo para admitir completamente.
—Porque lo eres — respondió finalmente, simple y directo. —Porque contigo, todo es diferente. Porque la sola idea de otro hombre tocándote me vuelve loco de una manera que nunca había experimentado.
Danilo observó a Juliette, su mirada recorriéndola lentamente desde sus tacones rojos hasta su rostro ligeramente ruborizado. Había algo depredador en su evaluación, una intensidad que hacía que el aire entre ellos pareciera cargado de electricidad.
—Sabes por qué estamos aquí? — preguntó.
Ella asintió, aunque no estaba completamente segura. Después del encuentro con Victor, después de la declaración posesiva de Danilo, podría haber esperado muchas cosas: una conversación sincera, quizás, o simplemente la necesidad de reafirmar su conexión de la manera más básica e instintiva.
—No, no lo sabes —contradijo él, con una sonrisa apenas perceptible en sus labios. —Pero lo sabrás pronto.
Se acercó a una consola decorativa, abriendo un cajón del que extrajo algo que mantuvo fuera de la vista de Juliette. Cuando se giró nuevamente hacia ella, su expresión había cambiado, adoptando esa expresión de dominación absoluta que ella había aprendido a reconocer.
—Esta noche —dijo, acercándose a ella con pasos medidos, —voy a castigarte.
El corazón de Juliette dio un vuelco, la ansiedad y excitación recorrió su pequeño cuerpo ante esas palabras.
—¿Castigarme? —repitió, su voz era apenas un débil susurro.
—Sí —confirmó Danilo, deteniéndose a un paso de distancia, lo suficientemente cerca para que pudiera sentir el calor emanando de su cuerpo, pero sin tocarla aún. —Por lo rebelde que has sido estos días. Por mantener distancias. Por fingir indiferencia.
Dio un paso más, eliminando el espacio entre ellos, su mano se elevó para acariciar suavemente su mejilla. —Por torturarme —continuó, su voz fue bajando a un tono más íntimo, —por hacer que te desee de esta manera… tan desesperadamente.
La vulnerabilidad en esa última confesión contrastaba con la firmeza de su toque, creando una disonancia que dejó a Juliette momentáneamente sin palabras.
—Date la vuelta —ordenó, recuperando su tono de mando.
Juliette obedeció, presentándole su espalda. Sintió las grandes manos en los tirantes de su vestido, deslizándolos por sus hombros con deliberada lentitud. La seda negra se deslizó por su cuerpo como agua, acumulándose a sus pies en un charco oscuro.
Sin el vestido, solo le quedaban los tacones rojos, su cuerpo completamente expuesto a la mirada depredadora de Danilo. A pesar de la intimidad que habían compartido, a pesar de las veces que él la había visto desnuda, Juliette no pudo evitar el rubor que se extendió desde sus mejillas hasta su pecho.
—Hermosa — murmuró él, su voz reverente a pesar del contexto. —Perfecta.
Sus manos recorrieron su espalda, descendiendo por su columna en una caricia suave.
—Ahora, camina hacia la cruz.
La cruz de San Andrés se alzaba imponente en una esquina de la habitación, sus vigas de madera oscura pulida brillando bajo la luz. Juliette avanzó hacia ella, cada paso marcado por el sonido de sus tacones contra el suelo.
—Brazos y piernas extendidos — indicó Danilo cuando ella se posicionó frente al aparato.
Con el corazón latiendo aceleradamente, Juliette se colocó contra la cruz, extendiendo sus extremidades hacia las cuatro esquinas. Danilo se acercó con algo en las manos: esposas de cuero forradas en suave terciopelo rojo.
—¿Confías en mí? — preguntó mientras aseguraba la primera esposa alrededor de su muñeca derecha.
–Sí, señor — respondió ella sin dudar, y era verdad. A pesar de todo, a pesar de los celos, las dudas, los momentos de indiferencia fingida, confiaba en él de una manera que desafiaba toda lógica.
Una a una, Danilo aseguró sus muñecas y tobillos a la cruz, ajustando las correas para que fueran firmes pero no dolorosas. Cuando terminó, Juliette estaba completamente inmovilizada, vulnerable, expuesta.
Danilo se inclinó, sus labios rozando su oído mientras susurraba: —Estás tan hermosa así, completamente a mi merced.
Se apartó, y Juliette vio cómo se movía por la habitación. El sonido de cajones abriéndose y cerrándose, el tintineo de metal contra metal, la ansiedad construyéndose con cada segundo de espera.
—¿Recuerdas tu palabra de seguridad, Juliette?— preguntó desde algún lugar detrás de ella.
—Sí, señor —respondió con la voz ligeramente temblorosa.
—Bien. Solo debes decirla y me detendré inmediatamente. Sin preguntas, sin juicios.
Juliette asintió, aunque no estaba segura de si él podía verla desde su posición.
—Necesito escucharte decirlo —insistió Danilo.
—Si señor.
Danilo reapareció en su campo de visión, ahora sosteniendo una fusta de cuero negro en su mano. Era un instrumento elegante, diseñado tanto para el placer como para el dolor, y la visión envió un escalofrío de nervios por la columna de Juliette.
—Tu castigo — declaró, su voz adoptó un tono de autoridad absoluta, —será diez golpes. Contarás cada uno, y después de cada golpe, me dirás ‘gracias, señor’. ¿Entendido?
—Sí, señor — respondió automáticamente, cayendo en el rol que habían establecido desde su primera noche juntos.
Danilo comenzó a caminar a su alrededor, como un depredador estudiando a su presa, la fusta golpeando suavemente contra su palma en un ritmo hipnótico. El sonido, combinado con la imposibilidad de seguir todos sus movimientos mientras estaba fijada a la cruz, intensificaba cada sensación.
—Has estado muy fría últimamente, Juliette —dijo Danilo. —Muy distante. Muy… profesional.
El último adjetivo fue pronunciado como una acusación, casi como un insulto.
—Como si fuéramos solo jefe y empleada —continuó. —Como si no hubiera nada más entre nosotros que un contrato y dinero.
La fusta acarició suavemente la parte posterior de sus muslos, una advertencia.
—Como si no temblaras cada vez que te toco —la fusta se deslizó más arriba, entre sus muslos, rozando peligrosamente cerca de su centro. —Como si no te humedecieras con solo escuchar mi voz.
La excitación era casi insoportable. Juliette podía sentir su respiración acelerándose, su cuerpo tensándose, preparándose para el primer golpe.
—Como si no me pertenecieras en cuerpo y alma —concluyó Danilo, y entonces, sin más advertencia, la fusta cortó el aire.
El primer impacto cayó sobre la parte superior de su muslo derecho, un golpe preciso que dejó una línea de fuego en su piel. No era excesivamente duro, pero lo suficiente para excitarla más.
—Uno — jadeó Juliette después de un momento de shock. —Gracias, señor.
—Bien —aprobó Danilo. —Muy bien.
El segundo golpe llegó casi inmediatamente, esta vez en su muslo izquierdo, creando una simetría perfecta.
Para el tercer y cuarto golpe, Danilo se concentró en la parte superior de sus glúteos, los impactos lo suficientemente fuertes para dejar marcas temporales pero cuidadosamente calculados para no causar daño real.
—Tres… gracias, señor. Cuatro… gracias, señor.
A medida que avanzaba el castigo, algo extraño comenzó a suceder. El dolor inicial de cada golpe se transformaba rápidamente en una sensación diferente, un calor que se extendía por su piel y parecía conectar directamente con su centro. Era como si cada impacto enviara ondas de placer mezclado con dolor a través de su cuerpo, despertando nervios que no sabía que tenía.
Para cuando llegaron al séptimo golpe, Juliette estaba jadeando no solo por el impacto, sino por una excitación que crecía con cada contacto de la fusta contra su piel. Su cuerpo se había rendido completamente a la experiencia, encontrando placer donde otros podrían encontrar solo dolor.
Danilo lo notó, por supuesto. Nada escapaba a su atención cuando se trataba de las respuestas del cuerpo de su pequeña Juliette. Se acercó, su mano libre se deslizó entre sus piernas para confirmar lo que ya sospechaba.
—Tan húmeda —murmuró. —¿Ves lo que estaba diciendo? Tu cuerpo no puede mentir, Juliette. No a mí.
Sus dedos exploraron brevemente, provocando pero sin dar suficiente, una tortura de otro tipo. Luego se retiró, volviendo a su posición para continuar el castigo.
Los últimos tres golpes fueron los más intensos, cada uno llevando a Juliette más cerca del borde, más cerca de un clímax que nunca habría creído posible bajo estas circunstancias.
—Diez —jadeó finalmente, su cuerpo tenso, temblando.
Apenas había pronunciado las palabras cuando sintió a Danilo presionado contra su espalda, su cuerpo cubriendo el suyo, su calor la envolvió a pesar de la barrera de ropa que él aún llevaba.
—Has sido tan buena — murmuró contra su oído mientras sus manos se deslizaban alrededor de su cintura para explorar nuevamente entre sus piernas. —Tan perfecta. Tan mía.
Sus dedos encontraron su centro, iniciando un ritmo que sabía la llevaría rápidamente al límite. Su otra mano se enredó en su cabello, tirando suavemente hacia atrás para exponer su cuello a sus labios, a sus dientes.
—Di a quién perteneces —exigió Danilo con la voz ronca por el deseo que ya no soportaba.
—A ti — jadeó Juliette, su cuerpo arqueándose contra sus restricciones, buscando más contacto, más fricción. —Solo a ti.
—¿Y yo? —presionó Danilo, aceleró el movimiento de sus dedos, llevándola cada vez más cerca del precipicio.
—Mio —respondió ella.
Para su sorpresa, Danilo no la corrigió. En cambio, sus dientes se clavaron ligeramente en la sensible unión entre su cuello y su hombro, marcándola, reclamándola.
—Sí —confirmó contra su piel. —Tuyo.