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34. El regreso de las sombras

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34. El regreso de las sombras

La semana había transcurrido con una normalidad casi reconfortante. En la oficina, Juliette y Danilo habían encontrado un nuevo equilibrio después de la noche en el Club Dominius, pero habían vuelto a una rutina profesional que, sorprendentemente, funcionaba para ambos.

Durante el día, eran jefe y asistente, manteniendo la discreción apropiada. Las noches, sin embargo, se habían vuelto más frecuentes, más intensas, como si ambos hubieran decidido silenciosamente dejar de luchar contra lo que fuera que estuviera creciendo entre ellos.

Pero lo que realmente había iluminado la semana de Juliette, lo que la hacía sonreír incluso en los momentos más estresantes, era el progreso de su madre. Esa mañana, durante su visita habitual antes de ir al trabajo, había presenciado un milagro: Su madre, después de meses de inmovilidad, había logrado mover ligeramente su mano derecha.

Su madre no estaba condenada a la inmovilidad perpetua; había posibilidades de recuperación que antes parecían inalcanzables.

—¡Mamá! —había exclamado, con lágrimas de alegría mientras tomaba la mano de su madre entre las suyas. —¡Lo hiciste! ¡Moviste tu mano!

Una sonrisa torcida, lo más cercano a una expresión de felicidad que el ACV le permitía, se había dibujado en el rostro de Elena.

Juliette la había abrazado, con cuidado pero con fervor. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro parecía contener posibilidades en lugar de limitaciones.

Incluso había compartido la noticia con Danilo durante un breve momento a solas en la oficina, y su sincera alegría, su ofrecimiento inmediato de contactar a los mejores especialistas en rehabilitación neurológica, había añadido otra capa de felicidad a su día.

Ahora, mientras abría la puerta de su apartamento, el que Danilo había encontrado para ellas y que había transformado sus vidas de tantas maneras, Juliette sentía una especie de paz que hacía tiempo no experimentaba. Las cosas finalmente parecían encaminarse hacia algo mejor.

—¡Llegué! —anunció, dejando su bolso en la mesa de la entrada.

Digna apareció desde la cocina, secándose las manos en su delantal. —Juliette, qué bueno que llegaste temprano. Ellie está terminando su tarea, y tu madre acaba de tomar su medicación.

—¿Cómo ha estado hoy? — preguntó Juliette, ansiosa por saber si había habido más progresos.

—Bien, tranquila — respondió Digna con una pequeña sonrisa. —Ha estado intentando mover la mano toda la tarde. Es como si hubiera recuperado la esperanza.

Juliette asintió, entendiendo perfectamente. —Voy a cambiarme y luego me sentaré con ella un rato.

Estaba a mitad de camino hacia su habitación cuando su teléfono sonó. Contestó sin imaginar quien sería.

—¿Señorita Juliette Moreau? —preguntó una voz al otro lado de la línea.

—Sí, soy yo —respondió, una sensación de inquietud comenzó a formarse en la boca de su estómago.

—Le hablo del hospital —continuó la mujer al otro lado. —Es respecto a su padre, el señor Josue Moreau.

El mundo pareció detenerse por un momento.

—¿Qué… qué sucede con él? —logró preguntar.

—Quería informarle que su padre despertó hace dos días —explicó la enfermera. —Su condición se ha estabilizado considerablemente y ha estado preguntando por usted. Ha solicitado verla.

Juliette se apoyó contra la pared, de repente insegura de si sus piernas podrían sostenerla. Su padre estaba despierto. Consciente. Pidiendo verla.

—¿Señorita Moreau? ¿Sigue ahí?

—Sí — respondió automáticamente. Yo… iré enseguida.

Colgó antes de que pudiera cambiar de opinión. Durante un largo momento, se quedó inmóvil, procesando la noticia, intentando reconciliar la alegría de la mañana con el terror que ahora se extendía por sus venas.

No le dijo nada a Digna, ni se asomó a ver a Ellie o a su madre. No quería preocuparlas, no quería manchar la felicidad del día con la noticia. Tomó su bolso nuevamente y salió del apartamento.

El viaje hasta el hospital fue un borrón, su mente alternando entre el miedo y un extraño entumecimiento emocional. ¿Qué le diría a su padre? ¿Qué le diría él? ¿Habría cambiado la experiencia cercana a la muerte su carácter, como sucedía en las películas? ¿O sería el mismo hombre cruel que las había aterrorizado durante años?

Cuando llegó a la habitación 312, se detuvo frente a la puerta, respirando profundamente para reunir el valor necesario. Finalmente, llamó suavemente y entró.

Y allí, semi-reclinado en la cama hospitalaria, estaba Josue Moreau Se veía diferente a la última vez que lo había visto: su piel había perdido ese tono amarillento enfermizo, los tubos y monitores que antes lo rodeaban habían sido reducidos a un simple suero intravenoso, y los moretones que habían marcado su rostro habían desaparecido por completo.

Físicamente, parecía estar recuperándose bien. Pero cuando sus ojos se posaron en ella, Juliette sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Eran los mismos ojos fríos, calculadores, que había aprendido a temer desde niña.

—Vaya —dijo Josue, esa voz suya era más áspera de lo que recordaba, probablemente por el desuso. —Finalmente te dignas a aparecer.

Juliette permaneció cerca de la puerta, instintivamente manteniendo la distancia máxima entre ellos. —Me acabo de enterar que habías despertado.

Su padre bufó, como si no le creyera o no le importara. —¿Dónde está Elena? ¿Y la tu hermana?

—En casa —respondió Juliette, deliberadamente vaga. No quería que supiera que se habían mudado, que ya no vivían en la casa que había sido escenario de tanto terror.

—¿Y por qué no han venido a verme? — exigió con ira en sus ojos. —Soy su marido, su padre. Deberían estar aquí.

Juliette apretó los puños, intentando controlar la rabia que esas palabras despertaban en ella. ¿Marido? ¿Padre? Esos títulos implicaban protección, amor, respeto —todas cosas que él nunca había ofrecido.

—Te recuerdo que mamá no puede moverse ni levantarse de la cama gracias al ACV que le provocaste.

—No me vengas con esas tonterías — espetó. —Yo no le provoqué nada a tu madre. Fue débil, siempre lo fue. Una inútil así como tú.

Juliette sintió que su sangre hervía, pero se contuvo. No tenía sentido discutir, no con él. Nunca aceptaría la responsabilidad de sus acciones, nunca reconocería el daño que había causado.

—¿Para qué querías verme? —preguntó directamente, deseando terminar esta visita lo antes posible.

Josue la estudió por un momento, como evaluando algo, antes de responder. —Necesito que pagues los gastos del hospital para que me den el alta. No quiero estar un segundo más en este maldito lugar.

Juliette parpadeó, sorprendida por la demanda directa. —No tengo ese dinero.

Era una mentira, por supuesto.

Su padre sonrió, le dio una sonrisa fría que paralizó a Juliette

—Ambos sabemos que eso no es cierto. Tienes un trabajo en esa empresa importante… Tienes dinero, Juliette. Y vas a usarlo para sacarme de aquí.

—¿Y por qué haría eso? —respondió ella, cruzando los brazos sobre su pecho. —¿Por qué ayudaría al hombre que casi mata a mi madre? ¿Que nos ha hecho la vida imposible durante años?

La sonrisa de Josue se ensanchó, volviéndose amenazadora. —Porque si no lo haces, iré a la policía y presentaré una denuncia.

—¿Una denuncia? —repitió Juliette, genuinamente confundida. —¿Por qué?

—Por intento de homicidio —respondió él con una calma escalofriante. —Les diré que fuiste tú quien contrató a alguien para que me golpeara, para que me dejara en coma, esperando que muriera.

El horror ante la acusación dejó a Juliette momentáneamente sin palabras. —Eso… eso es absurdo. Nadie te golpeó. Te caíste porque estabas borracho, como siempre.

—¿Me cai? —su padre soltó una carcajada. —Tú y yo sabemos muy bien que eso no es cierto. Unos hombres me golpearon hasta casi matarme. ¿Quién los envío Juliette? ¿Tú?

Te denunciaré Juliette. Diré que mi hija malagradecida, cansada de ‘supuestos abusos’, contrató a alguien para deshacerse de mí.

Juliette jadeó. Eso no era cierto. Aunque ella tenía la certeza de saber quién fue el responsable.

La amenaza quedó suspendida en el aire entre ellos, pesada y tóxica. Juliette sabía que era una mentira, una fabricación completa, pero también sabía que su padre era lo suficientemente manipulador, lo suficientemente convincente, para hacer que otros lo creyeran.

—Nadie te creerá —le dijo, pero su voz carecía de convicción.

—¿Estás segura? —su padre se incorporó ligeramente, su postura volviéndose más intimidante a pesar de la debilidad física. –Piensa en lo que pasaría, Juliette. Una investigación policial. Tú como principales sospechosas. Tu hermana posiblemente enviada a un hogar temporal, tu madre desprotegida mientras se resuelve todo… ¿Es eso lo que quieres?

El corazón de Juliette latía desbocado, el miedo apoderándose de ella como no lo había hecho en meses. Conocía a su padre demasiado bien para dudar de que cumpliría su amenaza. Era el tipo de hombre que quemaría el mundo entero si con eso conseguía lo que quería.

—Pagaré —dijo finalmente, odiándose por ceder, pero sabiendo que no tenía opción. —Pagaré los gastos del hospital. Pero después, nos dejarás en paz. A mamá, a Ellie, a mí. Nunca más volverás a molestarnos.

Josué se recostó nuevamente, la satisfacción era evidente en su rostro. —Por supuesto. No quiero saber nada de ustedes.

Pero había algo en su mirada, una expresión maliciosa que Juliette reconocía demasiado bien, que le decía que estaba mintiendo. Que esto era solo el principio.

—Bien —dijo, intentando mantener la compostura.

Se giró para irse, necesitando desesperadamente alejarse de esa habitación, de ese hombre que representaba todo lo que había intentado dejar atrás.

—Juliette — la llamó cuando estaba a punto de salir. Se detuvo, pero no se giró para mirarlo. —Tu madre siempre fue una inútil. Pero tú no deberías desaprovechar tu belleza.

El insulto a su madre, combinado con el cumplido torcido hacia ella, revolvió su estómago. Sin responder, salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con más fuerza de la necesaria.

En el pasillo, se apoyó contra la pared, respirando profundamente, intentando calmar el pánico que amenazaba con abrumarla. Todo lo que habían logrado —el nuevo apartamento, la relativa paz, los pequeños progresos de su madre— parecía repentinamente frágil, amenazado por la sombra de su padre, que volvía a cernirse sobre ellas.

Mientras caminaba hacia la salida del hospital, Juliette no podía sacudirse la sensación de que, a pesar de haber accedido a sus demandas, esto estaba lejos de terminar. Su padre había probado que todavía tenía poder sobre ella, que aún podía manipularla a través del miedo. Y hombres como el nunca se contentaban con nada, siempre querían más.

La inquietud se había convertido en la compañera constante de Juliette durante los días siguientes a la visita al hospital. El recuerdo de los ojos fríos de su padre, de sus amenazas, la perseguía incluso en sus momentos de aparente calma. Había cumplido su palabra, pagando la factura del hospital con el dinero que tenia en su cuenta. No era mucho la cuenta, pero de cualquier manera le pesaba usar su dinero por él.

Josue probablemente ya estaba fuera, libre para cumplir las amenazas que había dejado implícitas en su encuentro.

Después de mucho deliberar, Juliette decidió que no podía mantener esta información para sí misma. Al menos no completamente. No cuando la seguridad de su familia podría estar en juego.

Una tarde, mientras Elena dormía y Ellie hacía sus deberes en su habitación, Juliette se sentó con Digna en la pequeña cocina del apartamento. Esa mujer, que había sido un pilar de apoyo constante, la observaba con preocupación evidente en sus ojos oscuros.

—Digna — comenzó Juliette, bajando más la voz para no ser escuchada por Ellie, —hay algo que necesito contarte. Algo importante.

La mujer asintió. —Te escucho, niña.

—Mi padre despertó —dijo Juliette directamente, viendo cómo los ojos de Digna se ensanchaban con sorpresa y algo parecido al miedo. —Probablemente ya ha salido del hospital.

—Dios mío —murmuró Digna, secándose las manos en su delantal con movimientos nerviosos. —Pero él sabe dónde viven ahora.

—No —respondió Juliette, —pero conociéndolo, no tardaría mucho en averiguarlo si se lo propone. Porque necesitará dinero y yo soy la única que se lo daba.

Digna asintió, comprendiendo la gravedad de la situación.

—¿Qué podemos hacer? — preguntó Digna.

—Por ahora, estar alerta — respondió Juliette. —No abrir la puerta a nadie que no conozcamos. No darle información a nadie sobre nuestro paradero o rutinas. Y sobre todo, tener mucho cuidado con Ellie.

—Ya hablé con la directora de su escuela —continuó Juliette. —Le expliqué la situación y acordamos que Ellie solo puede ser recogida por el transporte escolar o por nosotras dos, nadie más.

Digna asintió, la preocupación estaba grabada en su rostro. —Haré todo lo que sea necesario para mantenerlas a salvo — prometió, tomando la mano de Juliette entre las suyas. —Pero, niña… ¿no deberías avisar a la policía? ¿Pedir algún tipo de orden de restricción?

Juliette negó con tristeza. —Sin pruebas concretas de amenazas recientes, no harán mucho.

Era una verdad amarga que había aprendido durante años de intentos fallidos de buscar ayuda. El sistema que debería protegerlas a menudo les había fallado, dejándolas a merced de ese hombre una y otra vez.

—Entiendo — dijo Digna después de un momento, aunque era evidente que la frustración ante la injusticia de la situación la carcomía. —Pero si ese hombre aparece por aquí, si intenta algo…

—Llamaremos a emergencias inmediatamente — aseguró Juliette. —Y tengo otros recursos ahora. No estamos tan indefensas como antes.

Pensó en Danilo, en su poder e influencia, en cómo podría ayudarlas si fuera necesario. Pero algo la detenía de involucrar lo completamente en este problema.

Los días siguientes transcurrieron en un estado de vigilancia constante. Juliette se aseguraba de variar sus rutas al trabajo, de mantener contacto regular con Digna durante el día, de revisar dos veces que las puertas estuvieran bien cerradas cada noche. La sombra de Josue se cernía sobre ellas como una amenaza invisible.

En varias ocasiones, estuvo a punto de contarle todo a Danilo. Las palabras llegaban hasta la punta de su lengua durante esos momentos de intimidad, cuando la barrera entre jefe y empleada se disolvía y solo quedaban ellos dos. Pero algo siempre la detenía: la expresión preocupada que a veces sorprendía en su rostro cuando creía que ella no lo estaba mirando, las llamadas que a veces atendía en privado, la forma en que ocasionalmente cancelaba sus encuentros con explicaciones vagas pero con una tensión evidente en sus hombros.

Danilo tenía sus propios problemas, sus propias preocupaciones. Y aunque no sabía exactamente cuáles eran, no quería añadir las suyas a su carga.

Fue un jueves por la tarde cuando todo comenzó a aclararse.

Alice, la hija de Danilo volvió de Suiza. Juliette no sabía que había pasado, pero dos días después Danilo hizo un viaje relámpago y luego volvió. Luego de eso no le habló a Juliette más que para trabajo, estaba distante, indiferente. Danilo no le había pedido a Juliette para estar juntos nuevamente. Ni le había seducido en la oficina o tener un encuentro rápido sobre su escritorio. Nada de eso había pasado. Juliette quería preguntarle en varias ocasiones, pero se contuvo. Ella pensó que todo había terminado y que el regreso de su hija había significado algo.

Pero fue una tarde cuando Juliette estaba recogiendo sus cosas para retirarse de la oficina cuando Danilo la miraba desde el umbral de su puerta y le pidió un momento. Ella con el corazón latiendo muy rápido y el pulso acelerado caminó hasta él, pasó a su lado y aspiró ese aroma a perfume caro que Danilo siempre tenía y casi suspiró. Danilo cerró la puerta detrás de ella. Juliette pensó que la tomaría como antes lo hacía. Pero jamás esperó lo que vino a continuación. Danilo la rodeó desde atrás con sus manos y hundió su rostro entre su cuello.

—Perdóname Juliette, perdóname mi indiferencia en estos días. Fueron tantas cosas. Mi hija. Alice, Rebeca… —al oír la mención del nombre de su esposa, Juliette sintió una punzada en su pecho, pero luego, esa punzada de celos la quebró al escuchar las palabras de Danilo.

—Rebeca está muriendo. Tiene cáncer terminal. Le queda muy poco tiempo de vida.