LNCrawler

35. El mundo en pedazos

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

35. El mundo en pedazos

Juliette permaneció inmóvil por un momento, procesando no solo las palabras sino lo que significaban: Danilo estaba confiando en ella, abriéndose de una manera que nunca antes había hecho.

Lentamente, se giró en sus brazos para mirarlo directamente. Lo que vio la dejó sin aliento. El poderoso Danilo Brown, el hombre que controlaba imperios con un gesto de su mano, parecía devastado. No había lágrimas en sus ojos, pero la emoción era casi notoria, como una tormenta a punto de desatarse.

Con una ternura que surgió de lo más profundo de su ser, Juliette levantó sus manos para acunar el rostro de Danilo. Él, en un gesto que hablaba sobre su estado emocional, inclinó su cuerpo, agachándose ligeramente para facilitarle el acceso, para permitirle sostenerlo tanto física como metafóricamente.

—Te necesito —confesó en un leve susurro. —Necesito que te quedes conmigo un momento. Solo… solo regálame unos minutos de tu tiempo.

La vulnerabilidad en su petición conmovió algo profundo dentro de Juliette. Este no era el Danilo dominante y controlador, el que daba órdenes y esperaba obediencia. Este era simplemente un hombre enfrentando el dolor, buscando consuelo en la única persona con quien se sentía lo suficientemente seguro para mostrarse completamente.

—Estoy aquí —respondió ella, con una simplicidad que contenía todas las promesas que no se atrevía a verbalizar. —No me iré a ninguna parte.

Lo guio hacia el sofá en la esquina de la oficina, ese mismo sofá donde habían compartido momentos de pasión desenfrenada. Pero esta vez, cuando se sentaron juntos, se sentía diferente.

Juliette no sabía qué decir, qué palabras podrían aliviar el dolor que veía en él. Así que no dijo nada. En su lugar, se inclinó hacia adelante y lo besó. No fue un beso hambriento o desesperado como tantos que habían compartido antes. Este era suave, tierno, un beso que decía “estoy aquí” más elocuentemente que cualquier palabra.

Danilo respondió con igual suavidad, sus manos recorrieron un camino hacia su rostro, sosteniéndola como si fuera algo precioso, algo que temía pudiera romperse si no tenía cuidado.

No hubo necesidad de palabras mientras el beso se profundizaba. Sus manos comenzaron a explorar, a deshacer botones, a deslizar telas, pero con una lentitud que contrastaba con la urgencia habitual de sus encuentros.

La blusa de Juliette fue lo primero en caer, seguida por la camisa de Danilo. Cada centímetro de piel revelada era venerada, besada, acariciada con una reverencia que hablaba de algo mucho más profundo que el deseo físico.

—Eres tan hermosa —murmuró Danilo contra su piel, sus labios trazando un camino desde su cuello hasta el valle entre sus senos. “Tan perfecta.”

Juliette respondió con suspiros suaves, sus manos recorriendo la amplia extensión de su espalda, memorizando cada músculo, cada curva, cada pequeña imperfección que lo hacía real, humano, vulnerable.

Prenda tras prenda, se desnudaron mutuamente, no con la urgencia frenética de amantes desesperados, sino con la deliberada atención de personas que están descubriendo algo nuevo, algo precioso, en medio de lo familiar.

Cuando finalmente estuvieron completamente desnudos, Danilo la atrajo hacia él, sus cuerpos se encontraron en perfecta armonía. Pero en lugar de tomar el control como solía hacer, permitió que Juliette estableciera el ritmo, que guiara este baile que ambos conocían, pero que de alguna manera se sentía completamente nuevo.

Ella se movió sobre él con una gracia que le robó el aliento, sus cuerpos se unieron de una manera que trascendía lo físico. No era solo sexo; era una comunicación sin palabras, un consuelo ofrecido y recibido, un momento de perfecta sincronía en medio del caos de sus vidas.

—Juliette —su nombre en los labios de Danilo sonaba como una plegaria.

Mientras se movían juntos, encontrando un ritmo que los llevaba cada vez más alto, Juliette se dio cuenta de que nunca habían hecho el amor así. Habían tenido sexo, apasionado, intenso, a veces incluso tierno. Pero esto… esto era diferente. Esto era entrega mutua, uno que ningún contrato podía definir o contener.

Cuando el clímax los alcanzó, lo hizo casi simultáneamente, una ola de placer que los envolvió a ambos, llevándolos a un lugar donde no existían barreras, ni máscaras, ni roles. Solo ellos, Danilo y Juliette, completamente expuestos el uno ante el otro.

Después, permanecieron entrelazados en el sofá, sus cuerpos aún unidos, sus respiraciones gradualmente volviendo a la normalidad. Danilo trazaba patrones sin sentido en la espalda desnuda de Juliette, mientras ella descansaba su cabeza sobre su pecho, escuchando el latido de su corazón.

Se formó un silencio entre ellos. Juliette no presionó por más detalles sobre Rebeca, sobre cómo estaba manejando la situación, sobre qué significaba esto para él. Sabía que hablaría cuando estuviera listo.

—Estoy para lo que necesites, Danilo —dijo finalmente, rompiendo el silencio.

Sintió cómo sus brazos se tensaban ligeramente alrededor de ella, un apretón casi imperceptible que comunicaba más que cualquier palabra.

—Lo sé —respondió él, su voz un rumor bajo que reverberó a través de su pecho. —Eso lo sé, Juliette. Gracias.

Ese simple “gracias”, tan sincero, cargaba tantas cosas, desató un revoloteo de mariposas en su pecho incapaz de describir, porque ella estaba irremediablemente enamorada de el de una forma que nunca podría explicar en palabras.

Un mes transcurrió desde aquella noche en la oficina, un mes de cambios sutiles. Danilo se había vuelto más abierto, más dispuesto a compartir no solo su cuerpo sino también sus pensamientos, sus preocupaciones. Juliette, a su vez, había empezado a bajar algunas de sus propias defensas, permitiéndose creer que quizás, solo quizás, lo que tenían podría terminar en algo más que un contrato, más que una aventura temporal.

Seguían manteniendo las apariencias en la oficina, por supuesto. Durante el día eran simplemente el CEO y su asistente. Pero las noches… las noches eran suyas.

Fue durante una de esas noches, mientras yacían entrelazados en la cama del penthouse después de hacer el amor, cuando Danilo compartió la noticia.

—Tengo que viajar —dijo, sus dedos jugando distraídamente con un mechón del cabello de Juliette.

Ella levantó la cabeza de su pecho para mirarlo, una pequeña arruga de preocupación formándose entre sus cejas. —¿A dónde?

—A Alemania —respondió, sus ojos encontrando los suyos en la penumbra. —Con Rebeca y Alice.

Juliette sintió una punzada de algo que no quiso identificar como celos. No tenía derecho a sentirse así, no cuando entendía perfectamente por qué necesitaba ir.

—¿Cómo está ella? — preguntó suavemente, refiriéndose a Rebeca.

Danilo suspiró. — No bien. El cáncer se está extendiendo más rápido de lo que los médicos anticiparon. Los tratamientos convencionales no están funcionando.

Hizo una pausa, sus ojos se perdieron momentáneamente en recuerdos que Juliette solo podía imaginar. —Pero hay un médico en Berlín, un viejo amigo, que está implementando un tratamiento experimental. Ha tenido resultados prometedores en casos similares.

—Y quieres que Rebeca lo intente —completó Juliette, entendiendo perfectamente.

Danilo asintió. —Sé que probablemente no cambiará el pronóstico final. Los médicos son bastante claros sobre eso. Pero si puede darle más tiempo, menos dolor, una mejor calidad de vida durante el tiempo que le queda…— Su voz se apagó.

Juliette colocó una mano sobre su mejilla, un gesto de comprensión. —No tienes que explicarlo. Lo entiendo.

Y realmente lo entendía.

—Alice está destrozada —continuó Danilo, agradecido por su comprensión. —Ver a su madre deteriorarse día a día… es demasiado para ella. Necesita sentir que estamos haciendo todo lo posible, incluso si es solo para ganar tiempo.

—Por supuesto —asintió Juliette. —¿Cuánto tiempo estarás fuera?

—Una semana, quizás un poco más —respondió. —El tiempo suficiente para establecer el tratamiento, asegurarme de que todo está en orden, hacer los arreglos necesarios para su cuidado continuo.

Había una pregunta implícita en sus ojos, una que no se atrevía a formular directamente: ¿estaría ella bien con esto? ¿Entendería realmente por qué necesitaba hacer esto, no solo por Rebeca sino también por Alice, por sí mismo?

—Estaré aquí cuando vuelvas —dijo Juliette, respondiendo a la pregunta no formulada. —Y si necesitas cualquier cosa mientras estás allá, solo tienes que llamar.

El alivio en su rostro fue inmediato. —Eres extraordinaria, ¿lo sabías? — murmuró, atrayéndola hacia él para un beso suave pero cargado de emoción.

—Solo estoy siendo humana —respondió ella contra sus labios. —Una que entiende que a veces, el pasado y el presente se entrelazan de maneras que no podemos ignorar.

Danilo la miró por un largo momento, como si estuviera viendo algo en ella que no había notado antes. —La mayoría de las mujeres no serían tan comprensivas. Estarían celosas, inseguras, exigirían garantías…

—Yo no soy la mayoría de las mujeres — respondió Juliette con una pequeña sonrisa. —Y tú no eres la mayoría de los hombres…Si Danilo tan solo supiera cuan enamorada estaba ella y lo que daría por tener un poco de su amor también, su corazón probablemente lloraría.

Era verdad. Lo que habían construido, lo que estaban construyendo, no se ajustaba a ningún molde convencional.

—No, no lo eres —concordó él, su voz adquiriendo un tono más serio. —Eres mucho más de lo que jamás esperé encontrar, Juliette.

Esas palabras quedaron suspendidas entre ellos. Y Juliette no tenia ganas de preguntar más. Prefería quedarse con eso y seguir soñando como una tonta.

Mientras Danilo la atraía nuevamente hacia sus brazos, Juliette se permitió creer, aunque fuera solo por esa noche, ella era el amor de su vida.

Por ahora, era suficiente estar aquí, en sus brazos, siendo su refugio como él era el suyo. El resto podría esperar.

Dos días. Solo habían pasado dos días desde que Danilo partiera hacia Alemania con Rebeca y Alice, pero para Juliette se sentían como una eternidad. La oficina, que siempre era un espacio de actividad constante, parecía extrañamente vacía sin su presencia. Los correos electrónicos y llamadas que gestionaba en su ausencia eran un pobre sustituto de sus interacciones diarias, de esos momentos robados en los que sus miradas se encontraban a través de una sala de conferencias, de la electricidad que sentían cuando estaban cerca.

Juliette se encontró revisando compulsivamente su teléfono, esperando, pero no había nada.

—Eres patética —se reprendió a sí misma mientras guardaba el teléfono en el cajón de su escritorio, intentando concentrarse en el informe que debía preparar. —La mujer está muriendo, por el amor de Dios.

La culpa por sus celos irracionales la carcomía. ¿Qué clase de persona envidiaba el tiempo que un hombre pasaba con su ex esposa terminal? ¿Qué clase de monstruo egoísta se sentía amenazada por una mujer que luchaba por unos pocos meses más de vida?

Rebeca estaba en sus últimos días, enfrentando un destino que nadie merecía. Danilo estaba haciendo lo correcto al estar allí para ella, para Alice. Era lo que cualquier persona decente haría. Lo que ella misma habría hecho en su lugar.

Además, se recordó mientras revisaba su calendario, pronto nada de esto importaría. El contrato que habían firmado estaba cerca de expirar. Tres meses habían sido el acuerdo, y ese tiempo estaba llegando a su fin. Pronto recibiría el pago final, y con él, la libertad de alejarse de esta situación cada vez más complicada.

Porque eso era lo que planeaba hacer. A pesar del dolor que sabía que sentiría al separarse de Danilo, a pesar de los momentos que compartió a su lado, a pesar de todas las formas en que se había deslizado bajo su piel y en su corazón, Juliette había tomado una decisión: presentaría su renuncia y se iría lejos con su madre y Ellie. Harían una nueva vida en algún lugar distante, lejos de Manhattan, lejos de los recuerdos, lejos de la amenaza que presentaba su padre.

Y lejos de Danilo, el hombre que le había mostrado las alturas del placer y las profundidades de la pasión, pero que nunca podría ser realmente suyo.

Sí, era lo mejor. Un corte limpio. Sin prolongar el inevitable final. Sin pretender que lo que tenían podía evolucionar en algo permanente, algo real.

Porque no importaba cuántas veces hicieran el amor, cuántas confesiones compartieran en la oscuridad, cuántas barreras cayeran entre ellos; al final del día, seguían siendo lo que eran: un poderoso CEO con un mundo de complicaciones y responsabilidades, y una joven de orígenes modestos cargando con el peso de una familia disfuncional y un dolor que se negaba a soltarla.

Con esa determinación, Juliette se sumergió en su trabajo, permitiendo que los detalles administrativos y las tareas rutinarias ocuparan su mente, manteniéndola alejada de pensamientos más dolorosos. Las horas pasaron en un borrón de correos electrónicos, llamadas y reuniones que presidía en ausencia de Danilo.

Era casi el final de la jornada cuando su teléfono sonó. Al ver el nombre de Digna en la pantalla, sintió una inmediata aprensión. Digna rara vez llamaba durante sus horas de trabajo, prefiriendo enviar mensajes de texto para no interrumpirla.

—¿Digna? —respondió claramente preocupada. —¿Está todo bien?

El sonido de llanto al otro lado de la línea hizo que su corazón se detuviera. —¡Juliette! —La voz de Digna era apenas reconocible, distorsionada por el pánico y las lágrimas. —¡Tienes que venir! ¡Ahora!

—¿Qué pasó? —Juliette ya estaba de pie, recogiendo su bolso, su cuerpo respondiendo a la urgencia incluso antes de que su mente procesara completamente lo que estaba escuchando.

—¡Tu padre! —sollozó Digna. —Apareció en el apartamento. Estaba borracho, como siempre. Entró a la fuerza, no pude evitarlo.

Un sollozo interrumpió sus palabras, enviando una ola de terror helado a través de Juliette. —Digna, ¿qué pasó? ¿Están bien? ¿Mamá? ¿Ellie?

—Ellie está conmigo —respondió Digna, intentando controlar su voz. —Está asustada pero no le hizo daño. Pero tu madre… Dios mío, Juliette, maltrató físicamente a tu madre. La empujó, la golpeó… Llamé a la policía, pero escapó antes de que llegaran. Están llevando a Elena al hospital general, está muy mal, no responde bien…

El mundo alrededor de Juliette comenzó a desvanecerse, los sonidos volviéndose distantes, como si estuviera escuchando a través del agua. Su mayor temor, la pesadilla que había intentado evitar a toda costa, se había materializado.

—Voy para allá —logró decir apenas —¿A qué hospital?

— Date prisa, Juliette. No sé si…

No terminó la frase, pero no era necesario. El miedo en su voz comunicaba más que cualquier palabra.

Juliette colgó, sus manos temblando tan violentamente que casi dejó caer el teléfono. Intentó dar un paso hacia la puerta, pero sus piernas parecían incapaces de sostenerla. La habitación giraba a su alrededor, el pánico amenazando con derrumbarla completamente.

—¿Juliette?

La voz la sobresaltó. Levantó la mirada para encontrar a Gerardo en la puerta del elevador, su expresión cambiando de curiosidad a alarma al ver su estado.

—¿Qué sucede? —preguntó, acercándose rápidamente. —Estás pálida como un fantasma.

—Mi madre —logró articular, pero no podía continuar por el llanto y el estado del shock —. Hospital. Tengo que… tengo que ir…

Gerardo sin dudarlo, tomó su brazo con gentileza. — Te llevaré —dijo con firmeza. —Mi auto está en el estacionamiento. Vamos.

En cualquier otro momento, Juliette habría dudado, habría recordado la advertencia de Danilo sobre mantener distancia con Gerardo. Pero ahora, con el miedo consumiéndola, con la imagen de su madre herida ardiendo en su mente, cualquier advertencia no importaba.

—Gracias —murmuró, permitiendo que Gerardo la guiara hacia el ascensor.

El trayecto hasta el estacionamiento pasó en segundos. Juliette apenas registró las miradas preocupadas de sus compañeros, las puertas del ascensor abriéndose y cerrándose. Su mente estaba completamente ocupada por su madre, por Ellie, por la culpa aplastante de no haber podido protegerlas a pesar de todas sus precauciones.

El auto de Gerardo, un sedán negro de aspecto deportivo, esperaba en una plaza reservada. La ayudó a entrar cerrando la puerta antes de rodear rápidamente el vehículo para ocupar el asiento del conductor.

—¿Qué hospital? —preguntó, encendiendo el motor.

—General, el hospital general — respondió automáticamente con su temblorosa voz.

Gerardo asintió, poniendo el auto en marcha con una urgencia que reflejaba la gravedad de la situación. Mientras se incorporaban al denso tráfico de Manhattan, Juliette intentó llamar nuevamente a Digna, necesitando desesperadamente más información, necesitando saber que su madre estaba bien, que todo sería como antes.

Pero en el fondo, sabía que nada sería como antes.

Las lágrimas comenzaron a caer, silenciosas al principio, luego en sollozos desgarradores que sacudían todo su cuerpo. Gerardo le lanzó una mirada preocupada, pero sabiamente no intentó consolarla con palabras vacías. En su lugar, aumentó la velocidad tanto como el tráfico lo permitía, zigzagueando entre vehículos con una determinación que en otras circunstancias habría sido alarmante.

Entre sollozos, Juliette logró contactar nuevamente con Digna. La conversación fue breve, fragmentada, pero suficiente para confirmar que habían llegado al hospital, que Elena había sido ingresada en urgencias, que Ellie estaba físicamente bien, aunque no emocionalmente.

—Vamos a llegar pronto —dijo Gerardo cuando terminó la llamada. —Tu madre es fuerte, Juliette. Sobrevivió antes, sobrevivirá ahora. Estará bien.

Juliette asintió, aferrándose a esas palabras como a un salvavidas, aunque una parte de ella sabía que algunas tormentas son demasiado feroces para ser sobrevividas, que algunos golpes rompen más que huesos.

Cuando finalmente llegaron al hospital, el hombre detuvo el auto directamente frente a la entrada de emergencias, ignorando las señales de no estacionamiento.

—Ve —dijo, colocando una mano brevemente sobre la suya. —Te alcanzaré dentro.

Juliette asintió, incapaz de expresar adecuadamente su gratitud en ese momento. Salió del vehículo y corrió hacia las puertas automáticas, su corazón latiendo tan fuerte que parecía a punto de estallar.

El interior del hospital era un caos, personal médico moviéndose apresuradamente, pacientes esperando con expresiones que iban desde el aburrimiento hasta el dolor agudo, el constante sonido de monitores y anuncios por altavoz.

Sus ojos recorrieron frenéticamente el área, buscando a Digna y Ellie. Finalmente las vio, sentadas en una esquina alejada de la sala de espera. Ellie, con los ojos enrojecidos de tanto llorar, estaba acurrucada contra el costado de Digna, quien mantenía un brazo protector alrededor de sus hombros.

—¡Digna! ¡Ellie! —llamó, corriendo hacia ellas.

Ellie levantó la mirada, y al ver a su hermana, se soltó del abrazo de Digna y corrió hacia ella. —¡Julie! ¡Julie! —sollozó, lanzándose a sus brazos con tanta fuerza que casi la derriba.

Juliette la abrazó estrechamente, sintiendo cómo el cuerpo de su hermana temblaba contra el suyo. —Estoy aquí, cariño —murmuró contra su cabello. —Estoy aquí ahora. Todo va a estar bien.

Una promesa vacía, quizás, pero era todo lo que podía ofrecer en ese momento.

Con Ellie aún aferrada a ella, se acercó a Digna, quien se había puesto de pie. El rostro de la mujer estaba hinchado por el llanto, con un moretón formándose en su mejilla derecha, evidencia de que también había enfrentado la violencia de Josue al intentar proteger a Elena.

—¿Mamá? —preguntó Juliette, temiendo la respuesta.

—La están atendiendo —respondió Digna, su voz se quebraba nuevamente. —Llegó inconsciente. Los médicos dicen que parece otro ACV, más severo que el anterior. Están haciendo todo lo posible, pero…

No completó la frase…

—¿Cómo nos encontró? —preguntó Juliette, guiando a Ellie de vuelta a los asientos, sin soltarla ni un momento.

Digna negó con la cabeza, la culpa evidente en sus ojos. —Fue en el momento en que Ellie llegó del colegio, le abrí la puerta y el apareció a unos metros, intenté cerrar la puerta rápidamente, pero él es mas fuerte, empujó la puerta tirándome hacia atrás —Digan no pudo continuar porque el nudo en su garganta de nuevo la apresaba y el llanto de nuevo salía sin parar.

—Lo siento, Juliette, no quise, yo, no pude…

—No es tu culpa —la interrumpió Juliette. —Conoces a mi padre. Cuando quiere algo, nada lo detiene. Y ya era raro que estuviera tanto tiempo sin aparecer.

Gerardo apareció entonces, acercándose con expresión preocupada. —¿Cómo está tu madre? —preguntó directamente.

—No sabemos todavía —respondió Juliette, agradecida por su presencia a pesar de las circunstancias. —Están atendiéndola.

Ellie miró con curiosidad al recién llegado, momentáneamente distraída de su angustia. Juliette hizo las presentaciones brevemente, explicando que Gerardo era un compañero de trabajo.

Los minutos se estiraron interminablemente mientras esperaban noticias. Gerardo se sentó a su lado, en silencio. Digna alternaba entre sentarse inquietamente y pasearse por la sala, acercándose al mostrador de enfermería cada poco minuto para preguntar si había alguna noticia.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad pero que el reloj en la pared marcaba como apenas diez minutos, un médico de aspecto cansado apareció en la sala.

—¿Familiares de Elena Moreau? —llamó, consultando una tablilla en sus manos.

Juliette se levantó inmediatamente. Con piernas que apenas la sostenían, se acercó al médico, consciente de que Gerardo la seguía a una distancia respetuosa.

—Soy su hija —dijo.

El médico la estudió por un momento, y había algo en sus ojos, una compasión profesional que hizo que su estómago se contrajera dolorosamente.

—Señorita Moreau —comenzó, y el tono formal, cauteloso, confirmó sus peores temores incluso antes de que las palabras fueran pronunciadas. —Lamento informarle que su madre sufrió un accidente cerebrovascular masivo. A pesar de nuestros mejores esfuerzos, no pudimos revertir el daño. Hicimos todo lo humanamente posible, pero…

Hizo una pausa, como buscando la manera más compasiva de entregar la noticia devastadora. Pero no había forma suave de decir lo que seguía.

—Su madre falleció hace unos minutos. Lo siento mucho.

Si lloraron este domingo no es mi culpa.