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36. Solo el tiempo sanará

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36. Solo el tiempo sanará

El resplandor de las velas sobre las paredes de la funeraria era tan amargo y triste como el corazón de Juliette en ese momento, ella permanecía inmóvil frente al féretro, su mirada fija en el rostro sereno de su madre. Parecía dormida, como tantas veces la había visto desde su primer ACV, pero esta vez no habría despertar, no habría más pequeños progresos que celebrar, no habría más oportunidades de decirle cuánto la amaba.

Las horas transcurrían sin que Juliette fuera realmente consciente del paso del tiempo. El dolor se había convertido en algo incapaz de soportar, un peso en su pecho que dificultaba cada respiración, una niebla que nublaba sus pensamientos. Se sentía desconectada de la realidad, como si estuviera observando todo desde un punto distante, separada de su propio cuerpo.

Vagamente, era consciente de la presencia constante de Gerardo a su lado. Desde el hospital, no se había separado de ella excepto cuando era absolutamente necesario. Había gestionado los trámites del sepelio, hablado con la funeraria, arreglado los detalles que ella era incapaz de enfrentar en su estado. Sin su ayuda, Juliette no estaba segura de cómo habría logrado atravesar las últimas veinticuatro horas.

“¿Cómo voy a seguir después de esto?” susurró, la pregunta no estaba dirigida a nadie en particular, porque aunque estuviera rodeada de tantas personas ella se sentía más sola qué mueca.

Gerardo, que estaba a unos pasos de distancia dándole espacio pero sin alejarse demasiado, se acercó silenciosamente.

—Un día a la vez — respondió con suavidad. —A veces, una hora a la vez. A veces, solo un minuto.

Juliette asintió débilmente, agradeciéndole sus palabras de aliento. No había ofrecido palabras vacías ni promesas de que el dolor pasaría pronto. Solo la verdad de que sobrevivir al duelo era un proceso de pequeños pasos, pasos lentos en medio del dolor.

Su teléfono vibró en el bolsillo de su vestido negro. Era la quinta o sexta vez en las últimas horas. Sabía quién era sin necesidad de mirar. Había enviado mensajes a Danilo durante todo el día, mensajes que habían quedado sin respuesta. Y ahora, cuando finalmente parecía estar intentando contactarla, no tenía fuerzas para hablar, para explicar, para procesar el dolor con alguien que estaba a un océano de distancia.

Dejó que la llamada se desviara al buzón de voz. Luego apagó el teléfono completamente.

Las puertas de la sala se abrieron, y Juliette levantó la mirada para ver a un grupo de sus compañeros de trabajo entrando silenciosamente. Rostros que mostraban diferentes grados de incomodidad y tristeza, personas que conocían a Juliette como la eficiente asistente de Danilo, pero que poco sabían de su vida personal, de sus luchas, de la mujer que ahora yacía en el féretro.

Entre ellos estaba Melissa, quien se separó del grupo y se acercó directamente a Juliette, envolviéndola en un abrazo apretado sin decir palabra. No era necesario. La amistad que habían construido a lo largo de los años iba más allá de las formalidades, más allá de las expresiones de condolencia ensayadas.

—Estoy aquí — murmuró Melissa finalmente, separándose para mirarla a los ojos. —Para lo que necesites, cuando lo necesites. Lo sabes mi Jul.

—Gracias —respondió Juliette, su voz apenas audible. —Por estar aquí.

Melissa asintió, comprendiendo lo que esas simples palabras significaban.

El resto de la noche se convirtió en un borrón de rostros y voces. Más personas llegaron: vecinos del edificio, antiguos compañeros de trabajo de Elena de antes de su enfermedad, algunas madres de los compañeros de clase de Ellie. La pequeña dormía ahora en un sofá de la sala contigua, agotada por el llanto y la confusión, custodiada por Digna, cuyo propio rostro mostraba el impacto de la tragedia.

La madrugada avanzó lenta y pesadamente. Muchos se habían retirado, prometiendo volver para el entierro programado para la tarde siguiente. Solo quedaban los más cercanos: Melissa, quien se negaba a dejar a su amiga sola en este momento; Gerardo, cuya presencia había sido un ancla en medio de la tormenta; y algunos compañeros de trabajo.

Cuando los primeros rayos del amanecer comenzaron a aparecer. Gerardo se acercó nuevamente a Juliette, quien permanecía sentada junto al féretro, su mano ocasionalmente extendida para tocar la de su madre, como si aún pudiera sentir su calor.

—¿Necesitas algo? —preguntó suavemente. —¿Un café, algo de comer? Deberías intentar descansar un poco.

Juliette negó con la cabeza, incapaz de contener las lágrimas que volvían a formarse en sus ojos enrojecidos. —No puedo — murmuró. —No puedo dejarla sola.

Gerardo se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas con delicadeza . —No está sola — dijo con firmeza. —Nunca lo estará mientras tú y Ellie la lleven en sus corazones.

Las palabras, tan simples pero tan verdaderas, desataron una nueva oleada de llanto. Gerardo no dudó; la atrajo hacia sus brazos, permitiéndole desahogarse contra su hombro. Juliette se aferró a él, a este hombre que apenas conocía realmente, pero que había demostrado ser un pilar de fortaleza en el momento más oscuro de su vida.

—Gracias — sollozó, las palabras ahogadas contra la tela de su camisa. —Gracias por estar aquí.

—No tienes que agradecer —respondió él, acariciando suavemente su cabello. —Solo desearía poder hacer más, aliviar tu dolor de alguna manera.

Juliette se separó ligeramente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. —Has hecho más de lo que podrías imaginar — dijo. —No sé cómo habría sobrevivido a esto sin ti.

A miles de kilómetros de distancia, en un elegante apartamento en Berlín, Danilo miraba por la ventana hacia la ciudad que se despertaba bajo un cielo gris perla. Había dormido poco, inquieto por una sensación persistente de que algo no estaba bien. Los mensajes de Juliette del día anterior habían quedado sin respuesta debido a las largas horas en el hospital con Rebeca, y cuando finalmente había tenido un momento para revisar su teléfono, ya era demasiado tarde en Nueva York para llamar.

Pero ahora era de mañana en ambos continentes, y Juliette no respondía a sus llamadas. No era propio de ella. Incluso en días ajetreados, siempre encontraba un momento para responder, aunque fuera con un breve mensaje.

Marcó nuevamente su número, escuchando con creciente preocupación cómo la llamada iba directamente al buzón de voz. Apagado o sin batería. O quizás, deliberadamente ignorando sus llamadas.

La idea de que pudiera estar molesta con él por su falta de respuesta el día anterior era dolorosa, pero no injustificada. Debería haber hecho un esfuerzo por comunicarse con ella, por explicarle que la situación con Rebeca había sido particularmente difícil, con reacciones adversas al tratamiento que habían requerido su atención constante.

Miró su reloj: las nueve de la mañana en Nueva York. Juliette estaría ya en la oficina, manejando los asuntos en su ausencia como lo había hecho eficientemente durante los últimos días.

Decidido a aclarar las cosas, tomó su teléfono y marcó el número directo de la recepción de la empresa.

—Buenos días, Brown Enterprise — respondió la voz amable de la recepcionista.

—Buenos días, Carol — dijo, reconociendo a la empleada. —Soy Danilo Brown. ¿Podrías comunicarme con Juliette, por favor?

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, una pausa que inmediatamente le indicó que algo estaba mal.

—Oh, señor Brown, buenos días, lo siento, señor — respondió finalmente Carol. —La señorita Juliette no se ha presentado a trabajar hoy. Su madre falleció ayer, señor.

Las palabras golpearon a Danilo, robándole el aliento. La madre de Juliette que recientemente había mostrado signos de mejoría… ¿muerta?

—¿Qué… qué sucedió? — logró preguntar.

—No tengo todos los detalles, señor —respondió Carol. —Solo sé que fue repentino.

—Gracias, Carol —dijo Danilo, terminando la llamada con la mente solo en Juliette.

Se giró para encontrar a Alice en la puerta de la sala, observándolo con curiosidad. Su hija, hermosa incluso con el cansancio evidente en su rostro después de otra noche cuidando a Rebeca, lo estudiaba con esa perspicacia que siempre lo había asombrado.

—¿Está todo bien? —preguntó, avanzando hacia él.

Danilo pasó saliva, la realidad de la situación se asentaba pesadamente sobre sus hombros.

—Yo… yo debo volver a Manhattan — dijo en voz más baja.

—¿Sucedió algo?— insistió Alice, ahora claramente alarmada.

Danilo miró a su hija. Lo último que quería era abandonarla ahora, cuando finalmente parecían estar reconstruyendo su relación, cuando Rebeca los necesitaba a ambos.

Pero Juliette también lo necesitaba. Y él no podía, no estaría, ausente para ella en este momento crucial.

—Una situación que requiere mi presencia inmediatamente, Alice —respondió, intentando mantener la compostura. —Por favor, ocúpate de tu madre y llámame sea lo que sea, por favor.

Para su sorpresa, Alice sonrió suavemente, una madurez en su expresión que le recordó cuánto había crecido.

—Claro que sí, papá —dijo. —Ve y soluciona lo que tengas que solucionar. Yo me quedo aquí con mamá.

La generosidad de su comprensión, sin preguntas ni reproches, lo conmovió profundamente. Se acercó a ella y depositó un beso en su frente, un gesto que habría parecido imposible solo unas semanas antes.

—Regresaré — prometió, y lo decía en serio. No abandonaría a Rebeca ni a Alice en este momento difícil, pero tampoco podía ignorar el llamado silencioso de Juliette, la mujer que, sin proponérselo, se había convertido en una parte esencial de su vida.

Alice asintió, y en sus ojos Danilo vio una comprensión que iba más allá de las palabras. De alguna manera, su hija había intuido que esto no era solo un asunto de negocios, que había alguien importante esperándolo al otro lado del océano.

Mientras se dirigía a su habitación para hacer la maleta, Danilo sintió un peso en el corazón que no había experimentado en mucho tiempo. La imagen de Juliette, sola en su dolor, enfrentando la pérdida de su madre sin él a su lado, lo atormentaba.

No podía cambiar lo que ya había ocurrido, no podía retroceder el tiempo y estar allí cuando ella mas lo necesitó. Pero podía estar allí ahora, podía sostenerla a través de lo que vendría después, del proceso de duelo, de las decisiones difíciles, de la reconstrucción de una vida después de una pérdida tan significativa.

El avión comenzó su descenso hacia el aeropuerto JFK, y Danilo sintió que las ocho horas de vuelo habían sido una eternidad. Durante todo el trayecto, la ansiedad lo había consumido sin piedad, cada minuto que pasaba era un minuto más que Juliette enfrentaba su dolor sin él. Había intentado dormir, trabajar, leer, cualquier cosa para hacer que el tiempo pasara más rápido, pero nada funcionaba. Su mente volvía constantemente a ella, imaginándola devastada, sola, necesitándolo.

Se había enterado, gracias a mensajes intercambiados con Gerardo, que el entierro ya había tenido lugar. Supo que Gerardo no se había separado de ella y que se había hecho cargo de todo. Algo que provocó en Danilo una mezcla contradictoria de gratitud y celos. Pero en esos momentos dejaría de lado lo segundo. Juliette necesitaba apoyo.

Cuando finalmente el avión tocó tierra, se levantó de su asiento, impaciente por bajar del jet. Su chófer ya lo esperaba con el auto listo afuera del hangar del aeropuerto.

El tráfico de Nueva York, siempre impredecible, parecía conspirar contra él. El auto avanzaba con desesperante lentitud, atrapado en embotellamientos que hacían que Danilo considerara seriamente abandonar el vehículo y continuar a pie. Finalmente, después de lo que pareció otra eternidad, llegaron al edificio donde vivían Juliette, su madre y su hermana Ellie.

Tomó el ascensor hasta el piso correspondiente, su corazón latiendo cada vez más rápido a medida que se acercaba. ¿Qué le diría? ¿Cómo podría consolarla ante una pérdida tan profunda? Las palabras parecían inadecuadas, insuficientes frente a la magnitud del dolor que sabía que estaba experimentando.

Cuando finalmente se encontró frente a la puerta del apartamento, respiró profundamente antes de tocar. Pero entonces escuchó pasos aproximándose desde el interior.

La puerta se abrió para revelar a Digna, cuyos ojos enrojecidos e hinchados evidenciaban que también había estado llorando. Su expresión de sorpresa al reconocerlo fue instantánea.

—Señor Danilo — dijo en voz baja y calmada.

—¿Dónde está? —preguntó Danilo, la desesperación era evidente en su tono de voz —¿Dónde está Juliette?

Digna pareció evaluar por un segundo si debía dejarlo entrar.

—En la habitación que era de su madre — respondió, haciéndose a un lado para permitirle pasar. —No ha salido de allí desde que…

Danilo no necesitó más información. Conocía el apartamento, había supervisado personalmente las adaptaciones para ellas cuando la compró. Sin decir palabra, se dirigió por el pasillo hacia la habitación principal, aquella que había sido especialmente acondicionada para las necesidades de la mujer que ahora ya no estaba.

Se detuvo frente a la puerta cerrada, escuchando. El sonido amortiguado de sollozos de Juliette le atravesó el corazón como un cuchillo. Con suavidad, giró el pomo y entró, cerrando la puerta tras de sí.

La habitación estaba muy poco iluminada. Y allí, en la cama que había pertenecido a Elena, estaba Juliette. Hecha un ovillo, abrazando una manta, su cuerpo temblando con cada sollozo que escapaba de su garganta.

La visión lo dejó momentáneamente paralizado. Nunca la había visto así, tan completamente rota, tan vulnerable. Esta no era la asistente eficiente que manejaba su oficina con precisión implacable, ni la amante apasionada que respondía a sus deseos con abandono. Esta era simplemente Juliette, una joven que acababa de perder a su madre, enfrentando un dolor tan profundo que parecía consumirla por completo.

Con pasos silenciosos, se acercó a la cama y se arrodilló junto a ella. Juliette tenía los ojos cerrados, las lágrimas deslizándose continuamente por sus mejillas pálidas. Su respiración era irregular, entrecortada por sollozos que parecían surgir de lo más profundo de su ser.

—Juliette —murmuró Danilo.

Ella abrió los ojos, parpadeando varias veces como si intentara asegurarse de que no era una alucinación, un producto de su mente agotada por el dolor. La incredulidad dio paso a la comprensión, y nuevas lágrimas brotaron de sus ojos.

—Mi dulce Juliette —dijo Danilo, extendiendo una mano para apartar un mechón de cabello húmedo de su rostro.

Ese simple gesto, esa confirmación de que realmente estaba allí, pareció romper algo dentro de ella. Con un sollozo desgarrador, Juliette se incorporó y se lanzó a sus brazos, aferrándose a él como si fuera un salvavidas en medio de una tormenta.

Danilo la atrapó, envolviéndola firmemente con sus brazos, sintiendo cómo todo su cuerpo temblaba con la fuerza de su llanto. La sostuvo contra su pecho, una mano le acariciaba suavemente su cabello, la otra rodeándole su cintura, manteniéndola aferrada a él.

No dijo nada. No intentó calmarla con palabras vacías sobre cómo todo estaría bien.

En lugar de palabras, ofreció su presencia. Un puerto seguro donde ella pudiera desahogarse sin miedo, sin vergüenza, sin necesidad de ser fuerte para nadie más.

Y así permanecieron, durante lo que podrían haber sido minutos u horas. El tiempo perdió significado mientras Juliette lloraba contra su pecho, sus lágrimas empapando su camisa, sus manos aferrándose a su espalda como si temiera que también él desapareciera si lo soltaba.

Gradualmente, los sollozos se hicieron menos intensos. La respiración de Juliette, aunque aún irregular, comenzó a calmarse. Su cuerpo, exhausto por el llanto y probablemente por días de tensión y dolor, se relajó ligeramente contra el suyo.

Solo entonces, Danilo se permitió hablar, sus labios cerca de su oído.

—Lo lamento tanto, Juliette, lamento no estar contigo cuando mas necesitaste —dijo Danilo. —Pero estoy aquí y no me iré a ninguna parte.

Se vienen ya los capítulos decisivos del libro, no se lo pierdan.