37. Eres libre
Dos semana habían transcurrido desde la muerte de su madre. Doce días que parecían a la vez un parpadeo y una eternidad. El dolor seguía ahí, una como una sombra que la acompañaba a cada paso. Pero Juliette sabía que aún debía mantenerse en pie por Ellie.
Su hermana necesitaba estabilidad. Ellie, que apenas comenzaba a procesar la pérdida de su madre, requería una figura que le proporcionara seguridad, que le mostrara que, a pesar de todo, la vida continuaba. Y Juliette estaba decidida a ser esa figura, aunque por dentro siguiera tan rota como el primer día.
Esa mañana, después de dejar a Ellie en el colegio—donde la directora y los maestros habían sido informados de vigilarla especialmente y de no entregarla a nadie que no fuera Juliette, Digna o el chófer que ahora las llevaba a todas partes—se dirigió a la comisaría del distrito. Necesitaba respuestas, necesitaba saber que se estaba haciendo algo, que el hombre que había arrebatado a su madre de este mundo no quedaría impune.
Juliette se acercó al mostrador de recepción, donde un oficial la miró cuando entró.
—Buenos días, busco al detective Torres — pidió —Está a cargo del caso de mi madre, Elena Moreau.
El oficial asintió, haciendo una breve llamada. Minutos después, un hombre de mediana edad, con cabello entrecano apareció para guiarla a una pequeña sala de entrevistas.
—Señorita Moreau — saludó el detective Torres, indicándole que tomara asiento. —¿Cómo está sobrellevando todo?
Una pregunta estándar, probablemente sincera, pero que Juliette encontraba imposible de responder honestamente. ¿Cómo estaba? Destrozada. Furiosa. Aterrorizada. Todo a la vez.
—Sobreviviendo — respondió simplemente. —Vine a preguntar si hay alguna novedad sobre mi padre. Si lo han encontrado.
El detective Torres suspiró. —Lamentablemente, no tenemos noticias concretas sobre el paradero de su padre —dijo, abriendo una carpeta frente a él. —Hemos estado vigilando su antigua residencia, los bares que frecuentaba, hemos interrogado a sus conocidos. Nadie lo ha visto desde el… incidente.
—El asesinato —corrigió Juliette, su voz afilada como el cristal roto. —No fue un ‘incidente’. Mi padre golpeó a mi madre hasta provocarle un ACV masivo. La mató.
Torres asintió, sin discutir la caracterización. —Tiene razón. Y le aseguro que estamos haciendo todo lo posible para encontrarlo. Tenemos una orden de arresto activa, su descripción ha sido distribuida a todas las unidades, y su fotografía está en el sistema nacional.
—Pero nada — concluyó Juliette, la amargura filtrándose en su voz. —Ha desaparecido.
—Por el momento — concedió Torres. —Pero los hombres como su padre cometen errores. Eventualmente necesitará dinero, o alcohol, o ambos. Y cuando lo haga, lo atraparemos.
Juliette quería creerle. Quería tener fe en el sistema que supuestamente existía para proteger a personas como su madre, como ella, como Ellie. Pero ese mismo sistema les había fallado tantas veces en el pasado…
—¿Y mientras tanto?— preguntó. —¿Qué pasa si decide venir por nosotras?
—Hemos aumentado las patrullas en su vecindario, y hay instrucciones específicas de responder inmediatamente a cualquier llamada desde su dirección.
Palabras. Solo palabras que sonaban huecas frente a la amenaza muy real que representaba Josue Moreau, un hombre que ya había demostrado que no tenía límites, que no se detendría ante nada.
—Entiendo — dijo finalmente Juliette, levantándose. No había más que discutir, no realmente. —Por favor, manténgame informada de cualquier desarrollo.
Torres asintió, extendiéndole una tarjeta. —Día o noche. Si ve algo sospechoso, si recibe algún contacto de él, llámeme directamente.
Juliette tomó la tarjeta y salió de la comisaría, sintiendo una mezcla de frustración y resignación. Afuera, bajo la luz gris de una mañana nublada, Santiago, el chófer que Danilo había asignado a su servicio permanente, esperaba junto al auto negro.
—¿A la oficina, señorita? —preguntó cuando ella se acercó.
Juliette asintió, deslizándose en el asiento trasero. Hoy sería su primer día de regreso al trabajo después del funeral. Danilo había insistido en que tomara todo el tiempo que necesitara, pero ella había decidido que necesitaba la rutina, la normalidad, algo que la anclara mientras el resto de su mundo seguía en caos. Necesitaba dejar esa casa que la mataba al no ver a su madre en esa habitación, en esa cama.
Durante el trayecto, su mente volvió a la conversación que había tenido con Danilo la noche anterior. Estaban en la sala de su apartamento, después de que Ellie se hubiera ido a dormir, finalmente exhausta tras otro día de preguntas sin respuesta, de lágrimas intermitentes, de intentar comprender una pérdida demasiado grande para su joven mente.
—La policía no lo encontrará —había dicho Juliette. —Mi padre es… escurridizo. Siempre encuentra la manera de evadir las consecuencias.
Danilo, sentado a su lado en el sofá, había tomado su mano entre las suyas. A lo largo de la semana, había estado presente de una manera que Juliette jamás habría esperado.
—Lo encontraremos — había dicho, con esa certeza inquebrantable que solo podía venir de un hombre acostumbrado a que el mundo se doblara a su voluntad. —Te lo prometo, Juliette. Tu padre pagará por lo que hizo.
Había algo en su tono, una dureza que no había escuchado antes, que le había hecho mirar directamente a sus ojos. Lo que vio allí la hizo estremecer: una determinación fría, implacable, que iba más allá de la justicia legal.
—¿Qué estás planeando, Danilo? —había preguntado, súbitamente alarmada.
—Ya he contratado investigadores privados para complementar la búsqueda oficial.
—¿Y cuando lo encuentren?
Danilo suspiró hondo.
—Irá a prisión —había dicho Danilo. —Pagará por lo que le hizo a tu madre, por el terror que les ha hecho vivir a ti y a Ellie. Te doy mi palabra.
—Por favor júrame que no te ensuciaras las manos por él. Si bien merece estar muerto también por haber matado a mi madre, no quiero que te ensucies las manos por un hombre como él. Deja que la justicia se encargue de él —pidió Juliette.
—Te lo prometo —dijo Danilo besándole la mano.
Y Juliette le había creído.
El auto se detuvo frente al imponente edificio que albergaba las oficinas centrales de Brown Enterprise . Juliette respiró profundamente, preparándose para enfrentar las miradas de simpatía, las palabras de condolencia, la inevitable incomodidad de colegas que no sabían qué decir frente al dolor ajeno.
El trayecto en el ascensor hacia el piso de presidencia le pareció interminable. Su estómago se contraía de ansiedad. Ver a Danilo en un contexto profesional después de todo lo que habían compartido durante estas semanas de duelo, sería extraño, al menos para ella.
Cuando las puertas se abrieron, respiró profundamente antes de dar el primer paso hacia su escritorio. Para su sorpresa, alguien más ocupaba su lugar: Megan, una de las recepcionistas del vestíbulo principal, que levantó la mirada de la computadora al escuchar sus pasos.
—¡Juliette! — exclamó con una sonrisa genuina. —No te esperábamos hasta mañana.
—Decidí volver hoy —respondió Juliette, intentando corresponder a la sonrisa aunque se sentía extrañamente fuera de lugar en lo que había sido su espacio durante tanto tiempo. —Necesitaba… recuperar algo de normalidad.
Megan asintió comprensivamente. —Te entiendo perfectamente. A veces, la rutina es lo único que nos mantiene a flote —Comenzó a recoger algunas de sus pertenencias. —Estaba aquí temporalmente, hasta que regresaras.
—Gracias por hacerlo —dijo Juliette, dejando su bolso sobre el escritorio, reclamándolo silenciosamente como suyo nuevamente.
—Ha sido un placer — respondió Megan, guiñándole un ojo. —Aunque no sé cómo manejas al jefe todos los días. Es intenso.
Algo en su tono hizo que Juliette se tensara ligeramente. —¿A qué te refieres?
—Oh, ya sabes — Megan se inclinó confidencialmente, bajando la voz aunque no había nadie más alrededor. —Tan serio y exigente todo el tiempo, excepto cuando tiene visitas… interesantes.
Juliette mantuvo su expresión neutral, aunque sentía que cada músculo de su cuerpo se tensaba. —¿El señor Brown está en su oficina ahora?
—Oh, sí —confirmó Megan, arqueando las cejas sugestivamente. —Con una mujer que llegó hace unos quince minutos. Muy guapa, por cierto. Y por cómo lo miraba… —Hizo un gesto con las cejas que no dejaba lugar a dudas sobre lo que insinuaba.
El corazón de Juliette dio un vuelco, latiendo tan rápido que por un momento temió que Megan pudiera escucharlo. Una oleada de calor, seguida inmediatamente por un frío helado, recorrió su cuerpo. ¿Una mujer? ¿Quién podría ser? ¿Victoria quizás? ¿O alguna otra mujer de su pasado… o de su presente?
—Entiendo — logró decir, sorprendentemente firme a pesar de la tormenta interior. —Gracias por cubrirme, Megan. Puedo encargarme desde aquí.
—¿Estás segura? —preguntó la recepcionista, estudiándola con genuina preocupación. “
—No tienes que volver a tiempo completo de inmediato, sabes. Todos entienden que necesitas tiempo.
—Estoy bien —insistió Juliette, forzando una sonrisa. —De verdad. Necesito esto.
Megan asintió, recogiendo su botella de agua y su pequeño bolso. —Pero si necesitas algo, o simplemente alguien con quien hablar durante el almuerzo, estoy en el vestíbulo.
—Lo aprecio —respondió Juliette, agradecida por la amabilidad de la joven.
Una vez que Megan desapareció en el ascensor, Juliette se quedó sola, inmóvil frente a su escritorio, con el corazón todavía martilleando en su pecho. No debería importarle, se dijo. No tenía derecho a sentir celos, a cuestionar con quién se reunía Danilo en su oficina. Su relación, cualquiera que fuera exactamente, no le daba ese derecho.
Y sin embargo…
Antes de que pudiera reconsiderarlo, sus pies la llevaron hacia la puerta de la oficina de Danilo, intentando que sus tacones no hicieran ruido en el suelo de mármol. Una parte de ella reconocía lo absurdo, lo poco profesional de su comportamiento, espiando como una adolescente celosa. Pero otra parte, la más herida, necesitaba ver con sus propios ojos, confirmar lo que su corazón ya temía.
Con infinito cuidado, giró el pomo de la puerta, abriéndola apenas lo suficiente para mirar dentro sin ser notada inmediatamente.
La escena que se desplegó ante sus ojos confirmó sus temores: Danilo estaba de pie junto a su escritorio, y frente a él, demasiado cerca para ser un simple contacto profesional, se encontraba una mujer que nunca había visto antes. Era hermosa, y muy sensual, con un vestido azul marino y una postura que denotaba confianza absoluta. Sonreía a Danilo con una familiaridad que hizo que el estómago de Juliette se contrajera dolorosamente.
Sin poder contenerse, abrió la puerta un poco más, lo suficiente para que el movimiento captara la atención de Danilo.
Sus ojos se abrieron de par en par al verla, una expresión de sorpresa cruzó su rostro antes de que pudiera controlarla. Se apartó de la mujer con una rapidez que, en otras circunstancias, podría haber sido cómica.
—Buenos días, señor Brown —saludó Juliette, adoptando el tono profesional que había sido su armadura durante tanto tiempo, utilizando deliberadamente el apellido formal con el que se dirigía a él en contextos oficiales.
—Juliette — respondió él, en su voz se notaba la sorpresa. —¿Qué haces aquí?
La pregunta, aunque probablemente inocente, cayó como un cuchillo en el corazón ya herido de Juliette. ¿Qué hacía allí? ¿No era obvio? Era su lugar de trabajo. A menos que… a menos que no esperara verla allí tan pronto. O quizás, la verdadera pregunta era: ¿por qué estaba allí interrumpiendo lo que sea que estuviera ocurriendo entre él y esa mujer?
—Veo que está ocupado — dijo, retrocediendo necesitando escapar antes de que el dolor se volviera demasiado evidente. —Volveré después.
—No —sentenció Danilo y se apresuró hacia ella, adquiriendo ese tono de autoridad que no admitía réplica. —Ella ya se iba.
La mujer arqueó una ceja perfectamente delineada, observando el intercambio con evidente interés. Después de un momento, sonrió, una sonrisa medio coqueta que no pasó desapercibida para Juliette y recogió su elegante bolso del escritorio.
—Esperaré ansiosa su llamada, señor — dijo, su voz melódica cargada de una promesa implícita que hizo que los celos mordieran el estómago de Juliette como ácido.
La desconocida caminó hacia la puerta con la gracia estudiada de alguien acostumbrada a ser observada, pasando junto a Juliette con una mirada evaluadora que la hizo sentirse inadecuada, pequeña, insignificante. En ese breve momento de contacto visual, Juliette sintió como si la mujer pudiera ver a través de ella, leer cada inseguridad, cada miedo, cada deseo no confesado.
Cuando la puerta se cerró tras la visitante, un silencio denso cayó sobre la oficina. Juliette permaneció inmóvil, incapaz de mirar directamente a Danilo, temiendo lo que podría revelar su expresión.
—No te esperaba hasta mañana —dijo él finalmente, rompiendo la tensión.
—Evidentemente —respondió ella, la amargura se notaba en su tono a pesar de sus esfuerzos por mantener un tono neutral.
Danilo suspiró, pasándose una mano por el cabello en un gesto de frustración que rara vez se permitía. —No es lo que estás pensando.
—¿Y qué estoy pensando exactamente? —preguntó Juliette, encontrando finalmente el valor para mirarlo directamente.
—No tienes que explicarme nada —dijo finalmente, recuperando algo de su compostura. —No tengo derecho a cuestionarte sobre tus reuniones.
Danilo dio un paso hacia ella. —Juliette…
—No —lo interrumpió, levantando una mano. —Por favor. Estas semanas han sido… difíciles. Estoy agradecida por todo lo que has hecho, por cómo has estado ahí para mí y para Ellie. Pero necesitamos… necesito recordar cuál es mi lugar.
—¿Tu lugar?— repitió él, frunciendo el ceño.
—Soy tu asistente —respondió ella con una calma que no sentía. —Y temporalmente, según nuestro contrato, algo más. Pero no tengo derecho a sentir celos, a cuestionar con quién te reúnes o qué haces cuando no estamos juntos.
Danilo suspiró hondo. —Has pasado por un dolor muy grande Juliette, estas un poco aturdida por todo lo que pasó. Será mejor que regreses en unos días a la oficina. Tu puesto es tuyo, nadie te lo va a quitar.
Juliette negó moviendo la cabeza.
—No me preocupa mi puesto. Y no estoy aturdida. Y sabes que… sí, si quiero una explicación, pero no quien era esa mujer, quiero saber que va a pasar con nosotros cuando termine este contrato, que solo faltan unas semanas, ¿qué pasará? ¿Terminará y todo seguirá igual, yo como tu asistente?
Danilo la miró, arrugó el ceño. —Así es, yo te dije que nada cambiaría, que mantendrías tu trabajo.
—¿Y será así nada más de sencillo? Nos veremos todos los días a la cara y ya.
Danilo se alejó de ella dándole la espalda. —¿Qué es lo que esperas de mí, Juliette? —preguntó él sin darse la vuelta a mirarla, manteniendo las manos en los bolsillos.
—No sé que es lo que realmente espero de ti. Creo que me he hecho ilusiones a lo tonta —susurró bajando la cabeza. Fue ahí donde Danilo giró hacia ella.
—Yo no te he prometido amor. Juliette, te prometí seguridad, sexo, te prometí que velaría por ti económicamente, pero no te prometí una relación amorosa —la voz de Danilo se oía temblorosa.
—Lo sé, y me lo he repetido cada segundo de mis días. Pero… —se calló abruptamente.
—Pero, ¿qué, Juliette? —Danilo dio un paso hacia ella, pero se detuvo.
—Tenía esperanzas.
—¿Esperanzas?
Ella asintió sin levantar la mirada. —Tenía esperanzas de que al menos sintieras algo por mi, pero fui muy ilusa, ¿Cómo un hombre como tú se fijaría en alguien tan poca cosa como yo? —ella levantó la mano señalando hacia él y la volvió a bajar rápidamente.
—Juliette, yo lo lamento. Desde un principio he sido claro. No quiero volver a tener compromisos con ninguna mujer, me gusta mi vida, mis gustos, mis perversiones, es todo lo que yo te ofrezco.
Juliette se mordió muy fuerte su mejilla interior. Aunque las lagrimas ya no las podía controlar.
—He sido bueno contigo, Juliette, te di todo y te seguiré dando todo lo que tú me pidas.
Juliette negó. —Nunca me darás lo que yo necesito —susurró ella.
Él se pasó la mano por el rostro. Su corazón latía muy rápido, su pulso estaba acelerado. Apretaba sus manos en puños, quería decirle tantas cosas, quería decirle la verdad, todo lo que sentía. Pero, no confiaba y juró no confiar en ninguna mujer. Ella como todas solo seria sexo.
—¿Sí yo incumplía alguna regla del contrato, se terminaba no es así? ¿tendría que devolverte el dinero pagado?
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Danilo con la mandíbula apretada.
—Sólo Contéstame lo que te pregunté, por favor —suplicó con un dolor que le desgarraba por dentro. La muerte de su madre aun le dolía como si fuera ayer y ahora era como si su corazón se terminaba de romper por completo en miles de pedazos.
—No, no tienes que devolver nada. El dinero es tuyo.
—Bien, porque quiero terminar el contrato.
—¿Qué? —se exaltó Danilo arrugando el seño, tragó grueso y su pulso latía acelerado.
—Usted dijo que no habría sentimientos de por medio, que se terminaría en el preciso momento en que uno de los dos se enamorara del otro. Y yo… —ella pasó saliva y lo miró con los ojos llorosos. —Yo me he enamorado de ti y ya no puedo ocultarlo más.
Danilo apretó sus manos en puños, respiraba agitado. Su mente era un caos.
—Entonces eres libre —pronunció esas palabras que Juliette por algún motivo, en algún momento tan efímero consideró que no lo diría. Ella simplemente movió la cabeza varias veces y asintió.
—Entonces renuncio.
Espero les haya gustado estos dos super capítulos mis amores.