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38. Una última vez

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

38. Una última vez

El silencio en la oficina era tan denso que Juliette podía escuchar el zumbido del aire acondicionado como si fuera un rugido. Su corazón latía con tanta fuerza que le dolía el pecho, mientras observaba cómo el rostro de Danilo pasaba de la sorpresa a algo que no supo identificar.

—Entonces eres libre, Juliette —dijo finalmente Danilo.

Aquellas dos palabras cayeron sobre ella como un veredicto.

Juliette asintió. Un nudo se formaba en su garganta, amenazando con ahogarla. Había imaginado mil veces este momento, pero nunca así. Nunca con esta sensación de vacío expandiéndose en su interior.

—Entonces, renuncio —dijo, sorprendiéndose de la firmeza en su propia voz.

Danilo abrió de par en par.

—¿Renunciar? —La palabra salió como un jadeo sorprendido.

Juliette observó la confusión en su rostro, aquellos ojos que tanto amaba ahora oscurecidos. Se obligó a mantener la compostura, a no derrumbarse, no ahí, no frente a él.

—No podré seguir trabajando para ti —explicó, evitando que su voz temblara—. Debes comprender que ya no será lo mismo luego de lo que hubo entre nosotros.

Respiró hondo, buscando fuerzas de donde ya no quedaban.

—No será fácil para mí verte con otra mujer y sentir lo que siento por ti.

Algo cambió en la expresión de Danilo. Se acercó un paso, luego se detuvo, como si una fuerza invisible lo retuviera.

Juliette lo observó, memorizando cada detalle de su rostro. La forma en que su mandíbula se tensaba cuando estaba contrariado, el pequeño pliegue entre sus cejas cuando se concentraba, la manera en que sus labios se curvaban ligeramente en las comisuras cuando intentaba ocultar sus emociones. Detalles que había aprendido a leer durante los meses a su lado, cuando cruzar la línea entre lo profesional y lo personal parecía imposible. Y ahora, imposible era volver atrás.

El corazón de Danilo latía desenfrenado, un ritmo que jamás había experimentado por nadie. La confesión de Juliette había despertado algo en él. Si tan solo pudiera volver a confiar, ofrecerle lo mismo que ella le ofrecía, entregarse por completo… Pero el miedo lo paralizaba, las cicatrices de su pasado aún seguían demasiado profundas. Algo le frenaba, como cadenas invisibles atando su corazón.

Sus ojos se encontraron en un momento de honestidad cruda. Tanto por decir, tantas cosas suspendidas en el aire, y sin embargo…

—Presenta tu renuncia en recursos humanos —fue todo lo que dijo dándole la espalda.

Las palabras golpearon a Juliette como un puñetazo invisible. Había esperado… ¿qué exactamente? ¿Una súplica para que se quedara?

Se había preparado para el rechazo, pero no para esta indiferencia práctica que dolía aún más.

El aire comenzó a faltarle. Su respiración se volvió superficial, acelerada. El pulso le martilleaba en los oídos mientras sentía que la habitación comenzaba a girar. Intentó controlar la hiperventilación, pero era como si su cuerpo entero se rebelara contra la realidad que acababa de aceptar.

Sus ojos se llenaron de lágrimas que luchó por contener, pero que finalmente se desbordaron, deslizándose silenciosas por sus mejillas. No era solo el rechazo de Danilo lo que la quebraba, era todo acumulándose de golpe: la pérdida reciente de su madre, la renuncia a un trabajo que amaba, el alejamiento del hombre que había llegado a significarlo todo para ella. Era demasiado, todo al mismo tiempo, como un tsunami arrasando con cada pilar que sostenía su vida.

—Desalojaré el departamento lo más pronto posible —logró decir entre respiraciones entrecortadas, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

Danilo giró a mirarla y luego negó inmediatamente, un gesto casi violento.

—Ese departamento es tuyo —declaró con firmeza—. No quiero que me devuelvas nada.

Dio un paso hacia ella, pero se contuvo antes de tocarla, sabiendo que el contacto podría quebrar la frágil barrera que ambos intentaban mantener.

—Todo lo que te di es tuyo —añadió, su suavizando la voz—. Y siempre lo será.

Juliette quiso encontrar consuelo en aquellas palabras, pero solo sintió un dolor más agudo. Cosas. Le ofrecía cosas cuando lo único que ella deseaba era su corazón.

—No necesito tu caridad, Danilo —respondió, recuperando algo de dignidad entre las lágrimas—. No fue por esto que… —se interrumpió, incapaz de terminar la frase.

—No es caridad —respondió él—. Nunca lo fue.

Se miraron en silencio. El reloj en la pared marcaba los segundos con un tic-tac implacable, recordándoles que el tiempo seguía avanzando, incluso cuando parecía que sus vidas acababan de detenerse.

—Presentaré mi renuncia hoy mismo —dijo finalmente Juliette, enderezando los hombros.

—Juliette… —comenzó Danilo, pero ella levantó una mano, deteniéndolo.

—Por favor, no lo hagas más difícil.

Se dio la vuelta, incapaz de seguir sosteniendo su mirada. Cada segundo en su presencia era una tortura, cada palabra intercambiada un recordatorio de lo que nunca tendría. Con pasos decididos aunque temblorosos, se dirigió hacia la puerta.

—Nunca fue solo un contrato —susurró Danilo cuando ella alcanzó el umbral, tan bajo que Juliette casi creyó haberlo imaginado.

Se detuvo un instante, con la mano en el pomo de la puerta, pero no se volvió. ¿Qué significaba exactamente eso?

No podía permitirse el lujo de la esperanza, no ahora. Sin responder, salió de la oficina, cerrando suavemente la puerta tras de sí.

En el pasillo desierto, lejos de su mirada, Juliette finalmente se permitió derrumbarse. Las lágrimas fluyeron libremente mientras se apoyaba contra la pared, las piernas ya incapaces de sostenerla. Libre, había dicho él. Pero nunca se había sentido más prisionera de sus propios sentimientos.

Al otro lado de la puerta, Danilo permanecía inmóvil, mirando el espacio vacío que ella había dejado. Su corazón gritaba lo que su boca no había podido decir. Y en el silencio de su oficina, por primera vez en años, una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

—¿Estás completamente segura de esto, Juliette? —preguntó Martha, ajustándose las gafas—. Tu desempeño ha sido excepcional. El señor Brown siempre ha destacado tu eficiencia.

El nombre de Danilo provocó una punzada de dolor en el pecho de Juliette, pero mantuvo su expresión serena, profesional hasta el final.

—Estoy segura —respondió ella—. Es una decisión personal.

Martha asintió lentamente. Había visto suficientes renuncias a lo largo de su carrera como para reconocer cuando no debía insistir.

—Entiendo que estos meses han sido difíciles para ti —dijo con suavidad—. Perder a tu madre… necesitas tiempo, es comprensible.

Juliette agradeció en silencio que la jefa de recursos humanos interpretara su renuncia como una consecuencia del duelo. Era más sencillo que explicar la verdad, que nadie podía saber lo que realmente guardaba su corazón: un amor imposible por su jefe, un contrato roto, promesas que nunca llegarían a cumplirse.

—Haremos el papeleo necesario —continuó Martha—. ¿Cuándo sería tu último día?

—Lo antes posible —respondió Juliette—. Si pudiera ser hoy mismo…

Martha alzó las cejas, pero no comentó nada sobre lo inusual de la solicitud.

—Necesitaremos que entregues las llaves de acceso, tu identificación, y completar el proceso de salida —dijo, tecleando en su computadora—.

Juliette asintió mecánicamente. Cada palabra, cada paso burocrático la alejaba más de Danilo, sellando la decisión que tanto le había costado tomar.

Una hora más tarde, sentada frente a su escritorio por última vez, intentaba poner orden en su mente. Las pertenencias personales ya estaban guardadas en una pequeña caja de cartón: una planta, un par de fotografías, un tazón que siempre usaba para su café matutino. Tantos meses de su vida reducidos a un puñado de objetos.

Su teléfono sonó, sobresaltándola.

—¿Señorita Juliette Moreau? —preguntó una voz femenina al otro lado de la línea—. Soy la directora Hernández.

El corazón de Juliette comenzó a latir desbocado. Era la escuela de Ellie.

—Sí, soy yo —respondió, incorporándose de golpe—. ¿Ha ocurrido algo? ¿Mi hermana esta bien?

—Necesito que se presente inmediatamente en la escuela —dijo la directora con un tono grave que no admitía réplica—. Es referente a su padre.

Un escalofrío recorrió la espalda de Juliette.

—Voy para allá —dijo, sintiendo que le faltaba el aire.

Colgó y tomó su bolso con manos temblorosas. Sin pensarlo dos veces, llamó a Megan nuevamente para que la cubriera otra vez.

—Megan, tengo una emergencia familiar —dijo, intentando controlar el temblor en su voz—. ¿Podrías cubrirme de nuevo?

La joven, percibiendo la urgencia en su rostro, asintió de inmediato.

—Claro, no te preocupes. Ve tranquila —respondió Megan.

Juliette le dio las gracias apresuradamente y se dirigió al ascensor. Mientras las puertas se cerraban, se dio cuenta de que ni siquiera había pensado en avisar a Danilo. Ya no era necesario. Ya no era su jefe. Ya no era nada suyo al final de cuentas.

El trayecto hasta la escuela fue una tortura. El taxi avanzaba con desesperante lentitud entre el tráfico de Manhattan, mientras la mente de Juliette imaginaba los peores escenarios. Cuando finalmente llegó, corrió por los pasillos hasta la oficina de la directora. Allí, sentada en una pequeña silla, con los hombros hundidos y la mirada fija en el suelo, estaba Ellie.

—¡Ellie! —exclamó, abalanzándose sobre su hermana y la envolvió en un abrazo protector—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

Ellie se aferró a ella con fuerza, temblando ligeramente.

—Papá vino —murmuró contra su hombro—. Quería llevarme con él.

La directora, se acercó a Juliette apenas la vio.

—Su padre se presentó durante el recreo —explicó—. Intentó convencer a Ellie de que saliera con él. Por suerte, uno de nuestros profesores notó algo extraño y dio aviso. El señor se marchó rápidamente cuando el personal de seguridad se acercó.

Juliette abrazó con más fuerza a su hermana, como si quisiera protegerla de un peligro invisible pero omnipresente.

—Gracias por avisarme —dijo con voz temblorosa—. Me la llevaré a casa por hoy.

La directora asintió con comprensión.

—Por supuesto. Y señorita Moreau … —añadió cuando Juliette se dirigía a la puerta—, quizás debería dar aviso a la policía sobre este incidente.

Juliette asintió, agradeciendo el consejo. En el taxi de regreso, mientras Ellie descansaba la cabeza en su hombro, Juliette sacó su teléfono y marcó el número que el detective le había dado.

El detective prometió revisar las cámaras de seguridad de la escuela y reforzar la vigilancia en los alrededores del edificio donde vivían, pero Juliette temía que cada vez fuera peor y eso terminara en una tragedia.

Al llegar al departamento, el teléfono de Juliette comenzó a vibrar insistentemente. El nombre de Danilo apareció en la pantalla, enviando una oleada de emociones a través de su cuerpo. Con manos temblorosas, silencio la llamada.

—Ya no —murmuró para sí misma, aunque las palabras se sentían como cuchillos en su garganta—. Ya no tengo por qué darle explicaciones de mi vida.

Había renunciado. Ya no había nada entre ellos, excepto los recuerdos y un dolor que parecía no tener fin.

Ellie la observaba con curiosidad mientras se preparaban una merienda improvisada en la cocina.

—¿Estás bien, Juls? —preguntó demasiado perceptiva —. Pareces triste.

Juliette intentó sonreír, pero la sonrisa fue tan efímera.

—Solo estoy cansada, pequeña —respondió, acariciando el cabello de su hermana—. Ha sido un día largo.

Cuando Digna, llegó al departamento, Juliette le contó lo sucedido. La mujer de mediana edad escuchó con preocupación creciente.

—Ese hombre no se va a detener —dijo Digna —. Tienes que pensar en la seguridad de Ellie y la tuya, Juliette.

Juliette asintió, dejándose caer en el sofá, el peso de las decisiones por tomar aplastándola.

—No puedo seguir así, Digna —confesó finalmente—. No puedo seguir viviendo en Manhattan, no después de… —se detuvo, incapaz de mencionar a Danilo—. Además, ahora con papá rondando… Necesito llevarme a Ellie lejos de aquí.

Digna la observó en silencio por un momento, como evaluando la seriedad de sus palabras.

—Mi hermana vive en Detroit —dijo finalmente—. Si la llamo y le cuento tu situación podría ayudarte a encontrar un lugar para quedarte mientras te estableces.

Juliette consideró la idea. Detroit. Lejos de Manhattan, lejos de los recuerdos, lejos de Danilo. Un nuevo comienzo para ella y para Ellie.

—Tengo ahorros —dijo, más para sí misma que para Digna.

Digna asintió, aprobando la decisión que veía formarse en los ojos de Juliette.

—Llámala —dijo Juliette con repentina determinación—, Iré Digna, donde sea. Necesito hacer esto, por Ellie, por mí.

Esa noche, mientras Ellie dormía, Juliette se sentó con su teléfono en la mano para revisar sus finanzas. Necesitaba saber exactamente con cuánto contaba, planificar cada detalle de su nueva vida lejos de Manhattan, lejos de todo lo que conocía.

Cuando accedió a su cuenta bancaria, sus ojos se abrieron de par en par. Su mano comenzó a temblar incontrolablemente mientras miraba la pantalla, incapaz de creer lo que veía.

Ciento noventa y cinco mil dólares.

—¡Oh por Dios! —jadeó. A pesar de que ella había renunciado, a pesar de que no había cumplido el tiempo acordado, él le había depositado la totalidad del dinero.

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Era muchísimo dinero, más de lo que jamás había tenido, más de lo que necesitaba para empezar de nuevo. Pero más allá del valor material, era el gesto lo que hacía que su corazón se contrajera dolorosamente en su pecho.

¿Por qué lo había hecho? ¿Era su forma de despedirse? ¿De compensarla?

Con dedos temblorosos, Juliette tomó su teléfono. Había quince llamadas perdidas de Danilo. Quince oportunidades para escuchar su voz una última vez. Quince posibilidades de debilidad.

Apagó el teléfono y lo dejó sobre la mesa. Mañana sería otro día. Mañana comenzaría a planear su viaje a Detroit, lejos de Manhattan, lejos de él. Con casi doscientos mil razones para irse y solo una, la más poderosa de todas, para quedarse.

La mañana llegó con una extraña melancolía. Juliette había pasado gran parte de la noche despierta, planificando cada detalle de su inminente partida, haciendo listas mentales de lo que debían llevar y lo que dejarían atrás. El sol apenas comenzaba a asomarse cuando Digna llegó, mucho más temprano de lo habitual, con noticias.

—Mi hermana Carmen dice que tiene un apartamento disponible en el edificio donde viven, que el dueño tiene un departamento disponible para rentar —anunció mientras preparaba café para ambas—. No es muy grande, pero tiene dos habitaciones y está en un buen vecindario. La renta es razonable.

Juliette asintió, agradecida. Abrazó fuerte a Digna. Había temido que encontrar un lugar para vivir en una ciudad desconocida fuera el mayor obstáculo, pero ahora ese problema parecía resolverse con sorprendente facilidad.

—Gracias, Digna. No sé qué haría sin ti —dijo, aceptando la taza de café que la mujer le ofrecía—. El dinero no es un problema —añadió, aún sin poder creer del todo la cantidad que había aparecido en su cuenta bancaria—. Tengo casi doscientos mil dólares en mi cuenta Digna —confesó ella sonriendo mientras bebía su café.

Digna la miró, impresionada.

—Dios bendito, ¡eso es mucho dinero! —exclamó, sentándose frente a Juliette—. ¿De dónde…?

—Prefiero no hablar de ello —interrumpió Juliette suavemente—. Lo importante es que podemos empezar de cero. Tendré suficiente para mantener a Ellie mientras encuentro trabajo sin sentirme presionada.

No era la vida asegurada, por supuesto. En Manhattan, doscientos mil dólares apenas alcanzarían para unos años. Pero en Detroit, con un costo de vida más bajo y una administración cuidadosa, podrían darles un respiro considerable, tiempo para sanar y reconstruirse.

Ellie apareció en la cocina, todavía en pijama, frotándose los ojos somnolientos.

—¿Cuándo nos vamos? —preguntó directamente, sin buenos días ni preámbulos.

Juliette intercambió una mirada con Digna antes de responder.

—En unos días, cariño. Estoy organizando todo.

Ellie asintió, su rostro inexpresivo mientras se servía un vaso de jugo.

—No quiero irme —dijo triste —. Tengo amigos aquí. Mi escuela está aquí. Mamá está aquí.

Las palabras golpearon a Juliette como un puño en el estómago. No había considerado lo que significaba para Ellie dejar el cementerio donde descansaba su madre. El único lugar donde podían “visitarla”.

—Lo sé, Ellie —respondió, acercándose para abrazar a su hermana—. Yo tampoco quiero dejar atrás a mamá. Pero ella no está realmente ahí, ¿sabes? Está aquí —tocó suavemente el pecho de Ellie, justo sobre su corazón—. Y aquí —tocó su propia sien—. En nuestros recuerdos.

Ellie no parecía convencida, pero asintió de todas formas. Juliette sabía que su hermana entendía más de lo que expresaba. Entendía que su padre representaba un peligro, que los recuerdos en este apartamento, en esta ciudad, estaban teñidos de dolor. Que a veces, empezar de nuevo era la única forma de seguir adelante.

—Podrás hacer nuevos amigos —intentó animarla Digna—. Y mi sobrina tiene una niña de tu edad. Ya tendrás una amiga esperándote.

Ellie esbozó una pequeña sonrisa, aunque sus ojos seguían tristes. Juliette sintió una punzada de culpabilidad. Su hermana ya había perdido tanto en su corta vida, y ahora ella le pedía que renunciara a lo poco familiar que le quedaba.

Las horas siguientes transcurrieron en un borrón de actividad. Cajas de cartón comenzaron a llenar el apartamento mientras decidían qué llevar y qué dejar atrás. Era sorprendente cómo toda una vida podía reducirse a unas cuantas cajas, cómo los objetos que una vez parecieron importantes ahora se revelaban prescindibles.

Digna las ayudaba en silencio, su rostro cada vez más triste a medida que el apartamento se vaciaba. Juliette sabía que no era solo el trabajo lo que la mujer temía perder; en los últimos años, se habían convertido en una familia improvisada, unidas por el cuidado de la madre de Juliette y luego por el afecto que había crecido entre ellas.

—Te echaremos de menos, Digna —dijo Juliette, deteniendo su labor de empacar para mirar a la mujer que tanto había hecho por ellas—. Mucho.

Digna asintió, sus ojos brillantes por las lágrimas que no quería derramar para no añadir mas dolor a todo lo que sentían.

—Y yo a ustedes, mis niñas —respondió con la voz temblorosa—. Pero es lo mejor. Necesitan un nuevo comienzo, lejos de aquí. Lejos de los recuerdos. Lejos del peligro. Lejos de su padre.

“Lejos de Danilo” pensó Juliette.

El timbre sonó, sobresaltándolas a las tres. Eran casi las seis de la tarde y no esperaban visitas. El miedo fue inmediato e instintivo.

—Ellie, ve a tu habitación —ordenó Juliette—. Digna, por favor, quédate con ella, cierren con llave.

—Por favor te cuidado —dijo Digna.

Juliette tomó su teléfono, lista para marcar al detective al menor indicio de peligro, y se acercó cautelosamente a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó, intentando que su voz sonara firme a pesar del miedo que le atenazaba la garganta.

Hubo un momento de silencio al otro lado, un latido durante el cual Juliette contuvo la respiración, su dedo índice suspendido sobre la pantalla del teléfono, listo para marcar.

—Juliette, soy yo, Danilo.

La voz grave atravesó la puerta, atravesando también todas las defensas que Juliette había intentado construir. Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que temió que pudiera escucharse a través de la madera.

Se quedó paralizada, incapaz de moverse, de hablar, incluso de pensar con claridad. ¿Qué hacía él aquí?

—Juliette, por favor —insistió él— Necesito hablar contigo.

Su mano temblorosa se posó sobre el pomo de la puerta, pero no lo giró. Una parte de ella quería abrir, verlo una última vez, escuchar lo que tuviera que decir. Otra parte, la que había llorado hasta quedarse dormida las últimas noches, la que había decidido empezar de nuevo lejos de él, le gritaba que no lo hiciera.

—No hay nada de qué hablar —logró decir finalmente, con el nudo doloroso apresando su garganta —. Ya tomé mi decisión.

—Lo sé —respondió él, y había algo en su tono —. Solo… necesito verte una última vez.

Ay Santo Dios. ¿La dejará ir?