39. Mereces algo mejor
El tiempo pareció detenerse cuando Juliette abrió la puerta. Danilo estaba allí, de pie en el pasillo, con una expresión de cansancio y dolor. Atrás había quedado la imagen del poderoso empresario; frente a ella solo había un hombre vulnerable, con el cabello despeinado y los ojos enrojecidos.
—Hola —dijo él, casi en un susurro.
—¿Puedo pasar? —agregó rápidamente.
Juliette se hizo a un lado, permitiéndole entrar. Su corazón latía con fuerza.
El apartamento, a medio vaciar, con cajas de cartón esparcidas por todas partes, hablaba por sí solo. Danilo observó el escenario en silencio, su mirada deteniéndose en cada señal de la inminente partida de Juliette.
—Te vas —dijo. No era una pregunta.
—Sí, me voy —confirmó ella, cruzando los brazos sobre el pecho, como protegiéndose.
Danilo asintió lentamente, absorbiendo la información. Caminó hasta la ventana, observando la ciudad.
—¿Por qué estás aquí, Danilo? —preguntó ella, incapaz de soportar el silencio por más tiempo.
Él se giró para mirarla, y había tanta tristeza en sus ojos que Juliette sintió como si algo se quebrara dentro de ella.
—Quería verte una última vez —respondió con voz ronca—. Asegurarme de que estuvieras bien.
No era lo que Juliette esperaba. Una parte de ella, la parte que se aferraba a sueños imposibles, había imaginado que él vendría a detenerla, a confesarle que la amaba, a pedirle que se quedara. Que sus palabras al otro lado de la puerta serían el inicio de algo, no el final.
—Estoy bien —mintió, porque ¿qué más podía decir?—. El dinero… no tenías que hacerlo.
Danilo negó con la cabeza.
—Era lo justo. Lo acordado.
—Pero no cumplí el contrato—insistió ella.
—No importa —respondió él con suavidad—. Nunca fue realmente por el contrato, Juliette. Quería ayudarte y de paso…
—Sacar provecho —dijo Juliette y él solo suspiró hondo. Si Juliette supiera lo que Danilo sentía. Si supiera como su corazón que ya estaba partido por la mitad ahora estaba en pedacitos.
El silencio que siguió pesaba como plomo. Tantas cosas no dichas, tantos sentimientos reprimidos. Juliette dio un paso hacia él, esperando… ¿qué exactamente? ¿Una declaración? ¿Un milagro?
Danilo la miró con una intensidad que le robó el aliento, pero cuando finalmente habló, sus palabras fueron como un puñal en su corazón.
—Juliette, yo… —comenzó, y su voz quebrándose ligeramente—. Lamento no poder darte lo que necesitas.
La esperanza que había florecido en su pecho comenzó a marchitarse dolorosamente. No era una declaración de amor. Era una despedida.
—No entiendo —logró decir, aunque una parte de ella comprendía la cruel verdad.
Danilo se acercó, tomando sus manos entre las suyas. Su tacto era cálido y Juliette quiso aferrarse a esa sensación para siempre.
—Mereces a alguien que pueda amarte como tú mereces ser amada —dijo, y cada una de sus palabras estaban dichas con una dolorosa sinceridad—. Alguien que no tenga miedo de entregarte su corazón por completo. Alguien mejor que yo.
Las lágrimas comenzaron a formarse en los ojos de Juliette, amenazando con desbordarse en cualquier momento.
—¿Y si yo no quiero a alguien más? —preguntó traicionada por el temblor en su voz—. ¿Y si te quiero a ti?
Danilo cerró los ojos brevemente, como si las palabras le causaran un dolor físico.
—Eres una mujer increíble, Juliette —dijo cuando volvió a mirarla—. Inteligente, fuerte, compasiva. Cualquier hombre sería afortunado de tenerte en su vida. Pero yo… —hizo una pausa, buscando las palabras—. Hay partes de mí que están demasiado dañadas, demasiado cerradas. No puedo ofrecerte lo que te mereces.
Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Juliette, imposibles de contener. Cada palabra era como una piedra que se añadía al muro que se levantaba entre ellos, un muro que ella ya no tenía fuerzas para intentar derribar.
—Pensé que habías dicho que me querías —murmuró, las palabras ahogadas por el llanto.
—A veces el amor no es suficiente, Juliette. A veces solo causa más dolor.
Danilo soltó sus manos lentamente, como si le costara un esfuerzo dejarla ir. Se quedaron así, frente a frente, separados por apenas unos centímetros y por un abismo de miedos no superados y heridas no sanadas.
—Quiero que seas feliz —dijo él finalmente—. Que encuentres todo lo que mereces, todo lo que yo no puedo darte.
Juliette lloró entonces sin reservas, las lágrimas corriendo libremente por su rostro. No intentó ocultarlas ni controlarlas. Era un dolor demasiado profundo para ser contenido, demasiado real para ser negado.
Danilo la miró con una mezcla de ternura y remordimiento. Lentamente, como si temiera que ella pudiera romperse, se inclinó hacia adelante y posó sus labios en su frente. Un beso dulce, suave, cargado de todo lo que no podía decir con palabras. Un beso de despedida.
—Nunca te olvidaré, Juliette Moreau —susurró contra su piel—. Nunca.
Y entonces, antes de que ella pudiera responder, antes de que pudiera rogarle que se quedara, que lo intentaran, que le diera una oportunidad a lo que ambos sentían, Danilo se apartó. Sus ojos se encontraron una última vez en un intercambio silencioso de anhelos imposibles, y luego él se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
Juliette no lo siguió. No tenía fuerzas para moverse, para hablar, para hacer nada más que observar cómo el hombre que amaba salía de su vida. La puerta se cerró suavemente tras él, un sonido final y definitivo que marcaba el fin de todo.
Se derrumbó entonces, dejándose caer de rodillas en medio del apartamento a medio empacar, su cuerpo sacudido por sollozos que parecían arrancados desde lo más profundo de su ser. El dolor era inmenso, un vacío en el pecho que amenazaba con consumirla por completo.
No supo cuánto tiempo pasó así, llorando hasta que ya no le quedaron lágrimas, hasta que su garganta dolía y sus ojos ardían. Cuando finalmente logró calmarse, se secó las lágrimas.
—Nunca más. Nunca más permitiré que alguien tenga tanto poder sobre mí. Nunca más entregaré mi corazón para que lo destrocen.
Danilo salió del edificio con pasos pesados, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo sobrehumano. Su mente seguía arriba, en ese apartamento a medio vaciar, con la mujer que acababa de dejar atrás.
Su auto esperaba en la acera, elegante y discreto como siempre. Su chófer, se apresuró a abrirle la puerta trasera. Danilo se deslizó en el asiento de cuero negro sin decir palabra.
Cuando la puerta se cerró Danilo se permitió recostarse hacia atrás, cerrando los ojos. Inhaló profundamente, intentando que el oxígeno disipara el dolor que se expandía desde su pecho hasta cada rincón de su cuerpo. Exhaló lentamente, pero el alivio no llegó.
Desde el asiento del conductor, su chófer lo observaba discretamente por el retrovisor. El hombre había estado con él a través de todo. Lo había visto en sus momentos de triunfo y en sus horas más oscuras. Pero esta vez era diferente, no recordaba haber visto esa expresión en el rostro de su jefe desde aquellos días tras descubrir la infidelidad de Rebeca. No era solo dolor lo que veía ahora; era resignación, era pérdida, era el rostro de un hombre que había tomado una decisión sabiendo que lo destruiría.
—¿A dónde, señor? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio.
Danilo abrió los ojos, encontrándose con la mirada preocupada de su chófer en el espejo.
—Llévame a algún bar.
—Señor… —intentó protestar su chófer. Lo veía mal y lo apreciaba mucho como para verlo hundido en alcohol.
—Estoy bien, London —contestó Danilo y su chófer solo suspiró negando.
El auto se puso en marcha, deslizándose silenciosamente por las calles de la ciudad. Danilo volvió a cerrar los ojos, pero las imágenes de Juliette seguían allí: su rostro descompuesto por el llanto, sus ojos suplicantes, sus labios temblorosos. Su Juliette. Su pequeña Juliette, que había entrado en su vida como un torbellino y ahora se marchaba, llevándose con ella partes de él que ni siquiera sabía que podía entregar.
Un dolor agudo se instaló en su pecho, tan intenso que por un momento pensó que podría ser físico. El nudo en su garganta se apretaba, dificultándole respirar. Quería gritar, quería golpear algo, quería volver corriendo a ese apartamento y suplicarle que no se fuera, que se quedara a su lado. Pero no lo haría. No podía ser tan egoísta.
¿Qué podía ofrecerle realmente? ¿Sexo? ¿Dinero? ¿Una vida de lujos pero sin el amor completo que ella merecía? Juliette era joven, hermosa, inteligente, con toda una vida por delante. Merecía a alguien que pudiera amarla sin reservas, sin miedos, sin las sombras del pasado acechando cada momento de felicidad.
—Es lo mejor —murmuró para sí mismo, pero las palabras sonaron huecas incluso a sus propios oídos.
London lo miró de nuevo por el retrovisor, pero no dijo nada. No era su lugar. Años de servicio le habían enseñado cuándo hablar y cuándo guardar silencio. Este era uno de esos momentos en que el silencio era la única forma de respeto.
—Perdóname, Juliette —susurró al silencio—. Perdóname por no ser el hombre que mereces.
Danilo no había dormido más de dos horas, se levantó temprano, se vistió de forma mecánica: traje gris oscuro, camisa blanca, corbata negra.
A las 7:45 de la mañana, su oficina en el último piso del rascacielos estaba vacía y silenciosa. Juliette no estaría allí para recibirlo con esa sonrisa que iluminaba hasta los días más sombríos. Nunca más. El pensamiento era como una herida abierta.
El reloj marcaba exactamente las 8:00 cuando su teléfono sonó.
—Señor Brown, el señor Morrison está aquí —anunció la recepcionista provisional hasta tener una nueva secretaria.
—Hágalo pasar.
Marcus Morrison entró en la oficina con paso seguro. Ex policía, ahora investigador privado, con una reputación impecable y métodos que a veces rozaban los límites de la legalidad. Exactamente lo que Danilo necesitaba.
—Buenos días, Danilo —saludó Morrison, estrechando la mano de Danilo con firmeza.
Danilo lo invitó a sentarse con un gesto. No había tiempo para cortesías.
—Necesito que localice a alguien. Prioridad máxima —dijo, deslizando una carpeta a través del escritorio—. Josue Moreau. Todo lo que sabemos de él está ahí.
Morrison abrió la carpeta, examinando su contenido: fotografías, una dirección válida, antecedentes por delitos menores, y una lista de lugares frecuentados.
Morrison asintió, comprendiendo la urgencia.
—¿Qué quieres exactamente, Danilo? ¿Ubicación? ¿Vigilancia?
Danilo se levantó, incapaz de permanecer sentado. Caminó hasta la ventana, observando el skyline de Manhattan que comenzaba a brillar bajo el sol matutino.
—Tiene orden de captura. La policía no le da mucha importancia. Necesito que lo encuentres.
Se giró para mirar directamente al detective.
—¿Y luego? —preguntó el detective. Danilo guardó silencio por un momento. Recordando que le había prometido a Juliette no ensuciarse las manos por él.
—Quiero un expediente sólido como solo tú lo sabes hacer. Refundirlo en la cárcel.
—Perfecto, Danilo. ¿Y en cuanto al tiempo…?
—Una semana, no más. Suficiente tuvo ese bastardo.
El detective alzó las cejas, sorprendido.
—¿Una semana?
—Tienes una semana, Marcus —repitió Danilo, su tono no admitía discusión—. Contrate a quien necesite. Use los recursos que sean necesarios. Pero encuéntrelo.
El detective Morrison se levantó con la carpeta en mano.
—Mantenme informado diariamente. Sin importar la hora.
Morrison asintió.
—Te estaré avisando Danilo. No te preocupes. Si algo se hacer es encontrar a alguien.
Agradeció Danilo y se despidieron. Cuando el detective salió Danilo suspiró hondo. Sacó su teléfono, contemplando la última fotografía que tenía de Juliette.
—Te lo prometí —susurró a la fotografía—. Y voy a cumplirlo.
Guardó el teléfono y volvió a su escritorio. Había una empresa que dirigir, reuniones que atender, decisiones que tomar. La vida continuaba, implacable. Pero una parte de Danilo Brown, quizás la mejor parte, permanecería fiel a esa promesa, velando por la seguridad de la mujer que amaba desde la distancia.
La mujer que, sin saberlo, se había llevado consigo la posibilidad de que pudiera volver a amar a otra mujer.
Una semana. Siete días exactos desde que Juliette se había marchado, y la oficina de Brown Enterprises se había convertido en un campo minado. Los empleados caminaban de puntillas, hablaban en susurros y evitaban a toda costa cruzarse con el jefe. El humor de Danilo había alcanzado niveles legendarios de irritabilidad.
—Señor Brown, aquí tiene los informes que solicitó —dijo Vanessa Reynolds, la nueva asistente ejecutiva, colocando una carpeta perfectamente ordenada sobre el escritorio.
Danilo la miró con expresión impasible. Vanessa era competente, eficiente, profesional. Graduada con honores, con experiencia en tres multinacionales y referencias impecables. Era, objetivamente, una excelente secretaria.
Y la detestaba por ello.
—Esto debería haber estado en mi escritorio hace veinte minutos —respondió secamente, sin molestarse en abrir la carpeta—. Y el café está frío.
Vanessa asintió, manteniendo su expresión profesional a pesar del injusto reproche.
—Lo siento, señor. Traeré otro café inmediatamente.
Mientras la mujer salía de la oficina, Danilo se recostó en su silla, frotándose las sienes. Sabía que estaba siendo irrazonable. Vanessa había llegado media hora antes, había reorganizado todo el sistema de archivos en tres días y había manejado su agenda con impecable precisión.
Pero no era Juliette.
No tarareaba suavemente mientras trabajaba. No dejaba notas manuscritas en los márgenes de los documentos importantes. No le traía su café exactamente como le gustaba sin que tuviera que pedirlo. No entraba a su oficina sin anunciarse cuando sabía que necesitaba una distracción. No lo desafiaba con esa mirada entre divertida y seria cuando estaba siendo irracional.
No era ella. Y ese era su único defecto imperdonable.
El teléfono sonó, interrumpiendo sus pensamientos.
—Señor Brown, el señor Gerardo solicita verlo —anunció Vanessa por el intercomunicador.
Danilo suspiró.
—Que pase —respondió, preparándose mentalmente para otra confrontación.
Gerardo entró en la oficina con paso decidido. A diferencia del resto del personal, no mostraba temor alguno ante el temperamento volátil de Danilo. Se dejó caer en una de las sillas frente al escritorio sin esperar invitación.
—Necesitamos hablar —dijo sin preámbulos.
—Si es sobre el proyecto Milano, ya te dije que…
—No es sobre ningún maldito proyecto —interrumpió Gerardo, inclinándose hacia adelante—. Es sobre ti comportándote como un tirano durante toda la semana. El departamento de Recursos Humanos está a punto de declararse en huelga.
Danilo lo miró con irritación.
—Exageras.
—No, no lo hago. Dos personas han renunciado esta semana. Y tu pobre secretaria esta a punto de correr. Y todo el mundo se pregunta qué demonios pasó con Juliette.
El nombre cayó entre ellos como una bomba. Danilo se tensó visiblemente, su mandíbula apretándose con fuerza.
—Renunció. Fin de la historia.
Gerardo soltó una risa incrédula.
—¿En serio? ¿Eso es todo lo que vas a decir? Desaparece de un día para otro la mujer que ha sido tu mano derecha durante meses, y tu única explicación es “renunció”
Danilo se levantó abruptamente, caminando hacia la ventana para evitar la mirada acusadora de su amigo.
—¿Qué quieres que te diga? Decidió que era hora de seguir adelante. Tenía asuntos que atender.
Gerardo lo observó en silencio por un momento, estudiando la rigidez de sus hombros, la tensión en su postura.
—Me gustaba, ¿sabes? —dijo finalmente, su voz más suave—. Juliette, lastimosamente ya no tengo oportunidad con ella.
Danilo se giró bruscamente.
—Ella no es mujer para ti.
—Maldita sea, Danilo —Gerardo se pasó una mano por el cabello. —¿De todas las mujeres en Manhattan tenias que lastimar a Juliette?
—No fue así —respondió Danilo, apretando los dientes entre si—. No tienes idea de lo que estás hablando.
—¿No? Entonces ilumíname. Porque desde donde yo estoy, parece que te acostaste con ella, la usaste y luego la dejaste ir. O peor, la obligaste a renunciar.
Danilo dio un paso amenazante hacia su amigo.
—Cuidado con lo que insinúas.
Pero Gerardo no retrocedió. Años de amistad le habían enseñado que bajo esa fachada intimidante, Danilo era más vulnerable de lo que jamás admitiría.
—Si no la hubieras metido en tu cama, ella seguiría aquí —dijo con dureza, las palabras deliberadamente crueles.
La frase golpeó a Danilo como una bofetada física. Se quedó inmóvil, el color abandonando su rostro.
—Vete —gruñó.
Gerardo sonrió triste mientras negaba.
—Dije que te vayas.
Gerardo se levantó lentamente, reconociendo que había cruzado una línea. Pero antes de llegar a la puerta, se detuvo.
—No sé lo que habrá pasado entre tú y Juliette, pero sea lo que sea que pasó entre ustedes, está claro que no lo has superado. Y está afectando a todos a tu alrededor.
Danilo no respondió, su mirada fija en algún punto distante a través de la ventana.
—Si realmente te importa —continuó Gerardo—, ¿por qué no la buscas? Tal vez no sea demasiado tarde.
Gerardo lo miró con una mezcla de compasión y exasperación.
—Ella merece más de lo que yo puedo darle.
—¿Y tú decidiste eso por ella? Típico de ti, amigo. Siempre pensando que sabes lo que es mejor para todos.
Con esas palabras, Gerardo salió de la oficina, dejando a Danilo solo con sus pensamientos.
Lo peor no era la crueldad de la frase, sino la verdad que encerraba. Si hubiera mantenido las cosas profesionales, si no hubiera cedido a sus impulsos, si no hubiera permitido que esa atracción inicial se transformara en algo más profundo… Juliette seguiría allí, eficiente y brillante, iluminando sus días con su presencia.
Pero no. Había sido egoísta. Había querido tenerla, poseerla, aunque fuera brevemente. Y cuando ella le ofreció su corazón, él no había tenido el valor de aceptarlo.
El teléfono vibró sobre la mesita de luz a las 11:42 de la noche. Danilo, con la corbata aflojada, lo miró con aprensión. Nadie llamaba a esa hora a menos que fueran malas noticias. O exactamente lo contrario.
—Brown —respondió con voz tensa.
—Lo tenemos —dijo Marcus Morrison sin preámbulos—. Josue Moreau está bajo custodia policial en este momento.
Danilo se sentó en el borde de su cama, la fatiga de las últimas horas disipándose instantáneamente.
—Esas son buenas noticias —respondió Danilo.
—Lo interceptamos en un motel de Queens. Tenía documentos falsos, pero dimos con él.
Danilo cerró los ojos un momento, permitiéndose saborear la noticia. Después de semanas de búsqueda, finalmente habían encontrado al hombre que tanto daño había causado a Juliette y su familia.
—¿Cargos? —preguntó, volviendo a su pragmatismo habitual.
—Una lista impresionante —respondió el detective, y Danilo pudo detectar la satisfacción en su voz—. Extorsión, amenazas, falsificación de documentos, posesión de sustancias ilegales, violación de una orden de restricción previa, violencia familiar, asesinato premeditado… El fiscal está encantado con el caso.
Una sonrisa, la primera en semanas, se dibujó lentamente en el rostro de Danilo.
—Buen trabajo, Marcus —dijo finalmente—. Muy buen trabajo.
—Fue un caso satisfactorio —admitió el detective—. Pocas veces tengo la oportunidad de atrapar a alguien que realmente lo merece. Este tipo… —hizo una pausa—. Este tipo es exactamente la clase de persona que debería estar encerrada.
Danilo asintió aunque su interlocutor no podía verlo.
Tras finalizar la llamada, Danilo se quedó con el teléfono en la mano permitiéndose un momento para procesar lo ocurrido. Una buena noticia. Una victoria en medio de tanta derrota personal. La promesa que había hecho a Juliette, cumplida.
Desbloqueó de nuevo su teléfono y abrió WhatsApp. Allí estaban, intactas, todas sus conversaciones con Juliette. No había borrado ni un solo mensaje, ni una sola fotografía. A veces, en noches especialmente solitarias, releía, torturándose con el recuerdo de una felicidad que había dejado escapar.
Su dedo se posicionó sobre el teclado virtual. ¿Qué podría decirle? ¿Cómo comunicarle que el hombre que había amenazado su seguridad y paz mental ya no era un peligro, sin reavivar todo lo demás que había entre ellos?
Comenzó a escribir:
“Juliette, quería que supieras que tu padre ha sido detenido. Está enfrentando múltiples cargos y no hay posibilidad de fianza. Tú y Ellie están a salvo ahora.”
Miró el mensaje, insatisfecho. Lo borró.
Con un suspiro de resignación, dejó el teléfono sobre la mesita sin enviar nada. Quizás era mejor así. La noticia le llegaría eventualmente a través de canales oficiales. La policía seguramente la contactaría como parte familiar de la víctima. No necesitaba que él reapareciera en su vida para eso.
Se levantó y caminó hacia la ventana de su habitación.
—Al menos estás a salvo —murmuró a la ciudad silenciosa—. Al menos pude darte eso.
Y entonces su teléfono sonó, se sobresaltó un poco y miró el número. Rápidamente contestó.
—Alice.
—¡Papá, es mama!
Dijo Alice, llorando y el corazón de Danilo se detuvo por un momento.
Me dueles en el cora Danilo. Te sientes tan solo y vacío y crees que no puedes dar amor, pero se que estas llenito de amor para entregar. Por favor no pierdas a Juliette para siempre.