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4. Si me importas

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4. Si me importas

Juliette llegó a casa con un sinfín de miles de emociones, cansancio, duda y las palabras de Melissa que no dejan de rondar su cabeza.

—No, eso jamás va a pasar, mi jefe jamás va a sentir nada por mí, más que odio y molestia al verme —dijo Juliette dando un largo suspiro al llegar a casa. Sin embargo, al abrir la puerta, todo pensamiento sobre Danilo se desvaneció instantáneamente.

Allí estaba Ellie, su hermana, con lágrimas cayendo por sus mejillas. Al ver a Juliette, Ellie se lanzó a sus brazos, sollozando incontrolablemente.

—Ellie, ¿qué ha pasado, cariño? —preguntó Juliette, tratando de calmarla mientras su corazón empezaba a acelerarse.

Ellie levantó la vista, sus ojos llenos de miedo y angustia. —Mamá… mamá no se mueve —dijo, temblando con el pánico.

El corazón de Juliette se hundió un poco más con cada palabra. Se apartó de Ellie y corrió a la habitación de su madre. Al llegar, vio a su madre tendida en la cama, respirando débilmente e inconsciente. Sus manos estaban frías, y su rostro tenía una palidez que alarmó a Juliette profundamente.

—Juliette —dijo Digna apenas la vio cruzar el umbral de la puerta.

—¿Qué sucedió? —preguntó ella con desesperación.

—Te llamé tanto y tu teléfono daba apagado. —Juliette lamentó eso porque era verdad, ese día no tuvo tiempo ni de cargar el teléfono.

—Se me ha agotado la batería. ¡Dios mío! Digna, ¿cómo es posible.

—Ya llamé a la ambulancia, llegan en cualquier momento —avisó la mujer. Juliette, tomando fuerte la mano de su madre.

—¡Dios mío! Digna, pero ¿cómo…? —dijo mientras sollozaba al ver a su madre de esa manera.

—Tu padre —mencionó Digna y Juliette levantó la mirada rápidamente, sintiendo que el corazón le explotaría.

—¿Qué le hizo mi padre? —preguntó Juliette con angustia.

—Comenzó a decirle muchas cosas, no pude evitarlo, sabes cómo es tu padre de violento cuando está ebrio.

—¡Dios mío! —dijo ella apretándose la frente.

—Esto no puede seguir así, Juliette, debes hacer algo, deben marcharse de aquí; si tu madre se recupera, llévala lejos, y si no, también; tú y Ellie no se merecen esto.

Mientras esperaba con total angustia, con el peso de las palabras de Digna cayendo como miles de rocas pesadas, se sentó al lado de su madre, sosteniendo su mano con una mezcla de amor y desesperación. Los momentos parecían eternos, el tic-tac del reloj resonando como una cuenta regresiva ominosa. Miró a Ellie, quien permanecía junto a la puerta.

—Todo estará bien, Ellie. La ambulancia está en camino —aseguró Juliette, aunque apenas podía convencer al miedo que latía en su propia voz. Debía ser fuerte; no había espacio para la duda o la debilidad ahora.

Pocos minutos después, que parecieron una eternidad, la sirena de la ambulancia rompió el silencio tenso de la habitación. Juliette se levantó rápidamente y se dirigió a la puerta para recibir a los paramédicos. Les explicó la situación con rapidez y precisión mientras los guiaba hasta la cama de su madre.

Observó con ansiedad mientras los paramédicos trabajaban con profesionalismo y cuidado. Sus movimientos eran rápidos pero seguros, estabilizando a su madre antes de trasladarla a la ambulancia. Mientras observaba todo, Juliette sintió el peso del mundo sobre sus hombros, pero sabía que debía mantenerse firme por su familia.

Finalmente, cuando su madre fue preparada para salir, uno de los paramédicos se giró hacia Juliette. —Vamos a llevarla al hospital más cercano. Puedes seguirnos en tu propio vehículo o acompañarnos en la ambulancia si lo prefieres —ofreció con amabilidad.

Juliette miró a Ellie, que seguía con los ojos llorosos y llenos de incertidumbre. —Voy con ustedes —decidió, su voz llena de resolución. No podía dejar a su madre sola y tampoco tenía coche. —No te preocupes por ella, Juliette, yo la llevaré a casa conmigo, si no tienes inconveniente, porque dejarla aquí con tu padre, no creo que sea buena idea.

—Sí, Digna, llévatela —dijo Juliette y se inclinó para abrazar muy fuerte a su hermana. —Todo estará bien, ve con Digna y quédate con ella, yo iré con mamá.

Juliette salió de la casa, siguió a los paramédicos hacia la ambulancia y se subió junto a su madre. La noche envolvía la ciudad con un manto de incertidumbre, pero Juliette se llenó de una determinación férrea. Estaba decidida a encontrar un camino para salir adelante, para su madre, para Ellie y para ella misma. Debía alejarse de su padre de forma urgente. ¿Pero cómo podría lograr tal cosa?

En el vehículo, entre el tumulto de sirenas y luces intermitentes, Juliette contempló los desafíos que la vida les lanzó. La imagen de Danilo cruzó su mente fugazmente. Pero ahora, debía centrar toda su energía en su madre y hermana, en asegurarse de que estuvieran bien.

Mientras la ambulancia se dirigía al hospital, ella solo rogaba a Dios que le diera una oportunidad más a su madre. Aún no quería perderla.

El sol de la mañana apenas comenzaba a filtrarse entre los altos edificios de Manhattan cuando Juliette despertó en la silla junto a la cama de su madre en el hospital. Los eventos de la noche anterior se sucedieron en su mente, dejándole una sensación de pesadez que luchaba por dispersar. Se levantó lentamente, tratando de estirar sus músculos entumecidos. La máquina a un lado de su madre emitía un pulso tranquilo, acompasado, que confirmaba que, al menos por ahora, su madre descansaba con una relativa estabilidad. Su madre había sufrido un tercer ACV, pero afortunadamente ella logró sobrevivir nuevamente.

Juliette revisó su reloj; había perdido la noche anterior tratando de no pensar en el reloj. Se sintió fuerte; recordar ese hecho la mantuvo firme. Debía encontrar a alguien que cuidara a su madre mientras no estaba, pero la tarea era más difícil de lo que había concebido al principio. Con Digna cuidando a Ellie, las opciones de Juliette eran limitadas.

Se abalanzó hacia su bolso buscando su teléfono y llamó a una vieja amiga de la familia que vivía cerca. Tras una breve pero cargada conversación, le aseguró que iría a quedarse con su madre durante el día. Con un suspiro de alivio y una culpa persistente por dejarla, Juliette se preparó para partir hacia la oficina una hora después de su hora normal.

Aquella mañana, la oficina exudaba su típico zumbido de actividad, amplificada por el retraso de Juliette, que aumentaba su ansia. Se apresuró a entrar, ocultando su fatiga tras una máscara de compostura profesional.

Danilo paseaba impaciente delante de la ventana de su oficina, observando el paisaje urbano que se extendía más allá del vidrio polarizado. Los minutos parecían alargarse interminablemente en el tenso silencio de la habitación, mientras esperaba a Juliette con una mezcla de frustración y anticipación. Su mente vagaba entre pensamientos turbios sobre la jornada tumultuosa en el trabajo y la disputa interna que se libraba en su corazón.

Finalmente, la puerta se abrió con un suave rechinido, y Juliette apareció en el umbral, su rostro reflejando una mezcla de ansiedad y disculpa. Danilo la observó sin parpadear, sintiendo un nudo de emociones que no podría desatar fácilmente.

Juliette avanzó en la oficina con pasos medidos, esforzándose por mantener la compostura. Sabía que el tema de la impuntualidad era importante para Danilo, pero también sentía la necesidad de que comprendiera las circunstancias personales que le habían impedido cumplir con el horario habitual.

Antes de que pudiera formular una disculpa, Danilo levantó una mano, indicándole que aguardara. Su expresión era severa, sus ojos reflejaban una rigidez que no dejaba lugar para explicaciones.

—Juliette, sabes que detesto la impuntualidad. —dijo Danilo con voz firme, sus palabras meticulosamente pronunciadas resonando en el espacio entre ellos.

—No hay excusas que puedan justificar el tiempo perdido. No te pago para que llegues a la hora que se te antoja.

—Señor, yo… —Que te quedes dormida hasta tarde o tus excusas personales no es de mi incumbencia —le dijo.

Juliette sintió que una oleada de dolor subía por su pecho, pero se obligó a permanecer serena. Había esperado tal reacción de él, pero la frialdad de sus palabras golpeó más fuerte de lo anticipado.

—Lo siento, señor, no volverá a ocurrir —respondió ella, tratando de mantener su tono neutral y no echarse a llorar por todo lo que sentía; estaba cansada, agotada física y mentalmente.

Danilo mantuvo su mirada clavada en ella por un momento más, sus pensamientos un remolino de evaluaciones internas. Aunque aún sentía la frustración latente, algo en la sinceridad y calma de Juliette lo hizo suavizar su rigidez interior.

—Espero que no se repita —concedió finalmente.

—Así será, señor.

Mientras regresaba a su escritorio, Juliette respiró profundamente, decidida a seguir adelante con su tarea diaria. Sus pensamientos solo estaban en su madre y en su hermana.

Llamó a Digna para saber si Ellie estaba bien y al menos por ese lado estar tranquila.

Esa tarde volvió al hospital y escuchó atenta el pronóstico no tan bueno de su madre.

—Otro ACV y no va a resistir, Juliette —dijo el médico y ella cerró los ojos dejando caer una lágrima. Ella asintió solamente.

Esa noche besó a su madre en la frente y decidió ir a darse una ducha y cambiarse de ropa, ya que llevaba dos días sin cambiarse.

Llegó a su casa y, para su desgracia, se encontró con su padre medio ebrio.

—¿Dónde carajos se supone que se fueron todas? Par de inútiles buenas para nada —gritó su padre acercándose a Juliette.

—Por tu culpa mamá está en el hospital, papá —gritó. Su padre sonrió con maldad.

—Deja a ese estorbo que se muera de una vez ahí. Ya no tiene solución la desgraciada.

—¿Cómo puedes decir eso, cómo puedes ser tan malo, papá? —Ella es mi madre —reclamó Juliette mientras lloraba frente a su padre.

—Y yo soy tu padre y debes atenderme; anda, hazme de cenar y ve a comprarme cervezas.

—No haré nada ni te compraré nada, iré con mamá. Ella me necesita —contestó Juliette, cosa que no le había gustado para nada a su padre.

—Eres una perra malparida, zorra como tu madre, malagradecida para variar. —Una bofetada aterrizó en el rostro de Juliette, una que le había roto el labio. No contento con eso, su padre la tomó del cabello y la tiró por un mueble, golpeándose la cabeza por el impacto.

—Lárgate de aquí si no vas a servirme para nada —dijo su padre dejándola ahí tirada en el suelo.

Juliette se levantó como pudo, se tocó la cabeza y estaba sangrando; con prisa corrió hacia su habitación, entró al baño y se miró al espejo. Usó unas toallas y comenzó a apretarse la cabeza para que la sangre parara. Una vez lo hizo, se echó un poco de agua oxigenada para desinfectar y luego se lo pasó por el labio roto.

Sin darle mucha importancia, se duchó y volvió a salir de su casa para volver al hospital. Al pasar las horas, la hinchazón en su rostro dolía mucho; su cabeza también. Pidió en enfermería unos analgésicos porque le dolía mucho.

Al día siguiente, el golpe en su rostro era totalmente notorio. Tenía un gran moratón y el labio partido. Cuando se miró al espejo recordó una cosa. No había llevado su maquillaje para intentar disimular el golpe que le había propiciado su padre.

—Mierda, Juliette, ¿cómo te olvidaste? —se recriminó. ¿Cómo voy a llegar así a la oficina? Pero si vuelvo a llegar tarde, el señor Danilo me va a correr, estoy segura.

Sacudió su cabeza, salió del baño y su amiga nuevamente estaba ahí para cuidar de su madre; cuando la vio, jadeó indignada. —¿Hasta cuándo, Juliette? ¿Por qué no lo denuncias? —dijo su amiga.

—Ya sabes lo que pasó la última vez que lo denunciamos, mamá está así por su culpa. No, veré qué hago, tranquila, debo irme o llegaré tarde al trabajo —dijo Juliette tomando su bolso y despidiéndose de su madre con un beso en su frente. Salió del hospital con prisa hasta llegar a su trabajo. Afortunadamente, era temprano y se escabulló como pudo para que nadie viera su rostro.

Se sentó en su escritorio. —Afortunadamente, el señor Danilo nunca me mira a la cara —dijo ella.

Su corazón se aceleró al escuchar el sonido del elevador abrirse, anunciando la llegada de su jefe. Danilo, como todos los días, pasó frente a ella con un “buen día” sin voltear a mirarla. Juliette se levantó y caminó hacia la sala de cafés para prepararle una taza.

Ingresó a la oficina con las manos temblando; Danilo escuchaba el tintineo de la taza con el platito.

—Aquí tiene su café, señor. Le diré su agenda —dijo sin levantar la vista de su iPad.

Danilo la notó rara y, aunque Juliette pensó que él nunca la miraba, eso no era cierto. Danilo siempre estaba pendiente de todo lo que hacía y cuando él posó sus ojos en el hermoso rostro de Juliette y vio el gran moratón en casi toda su mejilla, se levantó de forma abrupta.

—¿Quién fue? —preguntó con la ira corriendo por sus venas. Juliette levantó la mirada, temblorosa.

—¿Quién fue? —repitió Danilo dejándola perpleja.

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