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40. Mi muñeca de porcelana

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40. Mi muñeca de porcelana

—Papá —la voz de su hija sonaba quebrada, casi irreconocible entre sollozos—. Tienes que venir. Mamá… está muy mal. Los médicos dicen que no le queda mucho tiempo.

El mundo pareció detenerse por un instante. Rebecca, la mujer que lo había traicionado, pero también la madre de su única hija.

—¿Qué pasó? —preguntó, ya poniéndose de pie.

—Todo se aceleró —respondió Alice, intentando controlar su llanto—. Las metástasis… están por todas partes. El tratamiento dejó de funcionar. Dice que quiere verte, papá. Quiere despedirse.

Danilo cerró los ojos, intentando procesar la información. A pesar de todo lo sucedido entre ellos, a pesar del amargo divorcio, la noticia lo golpeó con una fuerza inesperada.

—Estaré allí mañana —prometió—. Resiste, cariño. No estás sola.

—Date prisa, por favor —susurró Alice—. Tengo miedo, papá. No quiero estar sola cuando… cuando suceda.

La llamada terminó y Danilo se quedó inmóvil por un momento, el teléfono aún en su mano. Luego, como si despertara de un trance, comenzó a moverse. Llamó a su asistente, ordenó que prepararan el jet privado para un vuelo inmediato a Berlín, contactó a Gerardo para informarle que estaría ausente indefinidamente.

En ningún momento permitió que las emociones nublaran su eficiencia. No ahora. Alice lo necesitaba fuerte, resolutivo, capaz.

Durante el vuelo, Danilo no podía dejar de pensar en Juliette.

Y luego, inevitablemente, llegaron mas recuerdos de Juliette. Juliette sonriendo. Juliette dormida en el sofá de su penthouse. Juliette mirándolo con esos ojos que parecían ver directamente a través de todas sus defensas. No extrañaba precisamente el cuerpo perfecto o los dulces gemidos de Juliette, la extrañaba a ella.

La extrañaba con una intensidad que lo asustaba.

Sacudió su cabeza y miró por la ventanilla. Tenía que concentrarse. Su hija lo esperaba. El pasado reclamaba su atención.

El hospital Charité de Berlín era uno de los más prestigiosos de Europa. Pero toda su grandeza y reputación no habían sido suficientes para detener el avance implacable de la enfermedad de Rebecca.

Cuando Danilo llegó a la habitación privada en el ala de cuidados paliativos, la imagen que encontró lo dejó momentáneamente paralizado en el umbral. Rebecca, alguna vez radiante y llena de vida, yacía en la cama como una sombra de sí misma. Su piel, de un tono ceroso, se tensaba sobre los huesos de su rostro. Su cabello, antes abundante y dorado, había desaparecido casi por completo, dejando solo un suave vello que cubría parcialmente su cuero cabelludo.

Junto a ella, sosteniendo su mano, estaba Alice. Sus ojos, idénticos a los de Danilo, estaban hundidos y rodeados de oscuras sombras. Cuando lo vio, su rostro se transformó en una mezcla de alivio y dolor.

—Papá —susurró, levantándose para abrazarlo.

Danilo la estrechó con fuerza, notando lo delgada que estaba. Solo entonces reparó en el pequeño bulto que comenzaba a formarse en su vientre. Alice estaba embarazada. Al principio cuando ella se lo dijo, no lo tomó tan bien, pero Danilo entendió que su hija necesitaba su apoyo mas que nunca y que seria igual a ese hombre si la dejaba sola y no dejaría sola a su única hija. Después de todo, ese niño o niña, llevaba su sangre.

—Tres meses —murmuró contra su pecho. Ya estoy de tres meses.

—Todo estará bien, amor —dijo, besando la frente de su hija—. ¿Cómo está ella?

Alice negó con la cabeza, las lágrimas volviendo a sus ojos.

—Cada vez más débil. Los médicos dicen que es cuestión de días, quizás horas.

Danilo asintió, dirigiendo su mirada hacia la cama. Con cautela, se acercó a Rebecca. Sus ojos estaban cerrados, su respiración superficial y trabajosa.

—Rebecca —llamó suavemente.

Los párpados de la mujer temblaron antes de abrirse lentamente. Sus ojos, aunque nublados por la medicación, se iluminaron levemente al reconocerlo.

—Viniste —susurró con voz ronca.

—Por supuesto que vine —respondió Danilo, tomando su mano. Estaba fría y tan ligera que temía romperla si la apretaba demasiado.

Una débil sonrisa se dibujó en los labios resecos de Rebecca.

—Siempre fuiste un hombre de palabra —murmuró—. Incluso después de todo.

—¿Por qué no me llamaste antes? —le preguntó a Alice.

Alice miró su taza, evitando sus ojos.

—Mamá me pidió que no lo hiciera. Dijo que tenías tu propia vida.

Danilo sintió una punzada de culpa.

—Nunca estaré demasiado ocupado para ti —dijo con firmeza—. Eres mi hija, Alice. Siempre serás mi prioridad.

Ella lo miró entonces, una pregunta silenciosa en sus ojos.

—¿Incluso ahora? ¿Con el bebé y todo?

—Especialmente ahora —respondió sin dudar—. Ese bebé es mi nieto o nieta. Parte de mí.

Alice sonrió por primera vez desde su llegada, una sonrisa pequeña que le recordó a la niña que solía correr a sus brazos cada vez que lo necesitaba como cuando era pequeña.

En la madrugada del quinto día, Rebecca dejó de luchar.

Danilo le dio un beso en su frente y murmuró un te amo. Descansa en paz. Pero no era un te amo de estar enamorado, era un te amo de una despedida definitiva, una que la dejaba ir para toda la vida y cerrar ese dolor y ese recuerdo del pasado

Murió pacíficamente mientras dormía, con Alice acurrucada junto a ella en la cama y Danilo vigilando desde el sillón cercano. El silencio que siguió al último suspiro fue absoluto, como si el mundo entero contuviera la respiración en señal de respeto.

Alice lloró hasta quedarse dormida, exhausta por el dolor y las semanas de vigilia. Danilo permaneció despierto, observando a las dos mujeres que, para bien o para mal, habían definido gran parte de su vida. Una, ahora ausente para siempre. La otra, llevando en su interior la promesa de una nueva vida.

Un mes después del funeral de Rebecca, la vida de Danilo Brown se había convertido en una rutina mecánica. Despertaba al amanecer, corría hasta el agotamiento, trabajaba hasta que sus ojos ardían, y cuando finalmente llegaba a casa, el silencio lo esperaba como siempre.

La presencia de Alice ofrecía cierto consuelo. Su hija, con el vientre cada vez más prominente, intentaba llenar los espacios vacíos con conversaciones casuales sobre nombres para el bebé o planes para la habitación que estaba acondicionando. Pero incluso esos momentos tenían un sabor agridulce. Alice estaba allí debido a una tragedia. Su embarazo, que debería ser motivo de celebración, estaba marcado por el abandono y la pérdida.

—Papá, ¿cenarás en casa hoy? —preguntó Alice esa mañana, mientras Danilo revisaba distraídamente su correo electrónico en la isla de la cocina.

—Tengo una reunión —mintió, sin levantar la vista de la pantalla—. No me esperes despierta.

Alice lo observó con preocupación. Las “reuniones” nocturnas de su padre se habían vuelto sospechosamente frecuentes, y el olor a whisky que lo acompañaba cuando regresaba en la madrugada hablaba por sí solo.

—Es viernes —insistió ella—. Podríamos pedir algo y ver una película.

Danilo finalmente la miró, notando la esperanza en sus ojos. Se sintió egoísta y miserable. Su hija lo necesitaba, y él estaba demasiado ocupado ahogándose en su propia miseria.

—Lo intentaré —concedió, aunque ambos sabían que era una promesa vacía.

Esa noche, encerrado en su oficina, Danilo contemplaba el vaso de whisky que sostenía mientras la ciudad comenzaba a iluminarse al otro lado de la ventana. Dos meses. Dos meses desde que Juliette se había marchado, llevándose con ella algo vital, algo que no sabía que podía perderse hasta que ya no estaba.

La había buscado en cada rostro que pasaba, en cada cabello rubio que captaba por el rabillo del ojo. La había soñado tantas veces que a veces despertaba convencido de que estaba a su lado, solo para encontrar la cama vacía y fría.

Sacó su teléfono y miró la pantalla. El alcohol ya había debilitado suficientes de sus inhibiciones como para permitirse lo que sobrio se negaba: abrió el contacto de Devine Williams.

Devine había sido su sumisa durante meses. Una relación puramente física, basada en reglas claras y expectativas mutuas. Ella había entendido el juego, nunca pidió más, nunca cuestionó cuando él terminó el arreglo sin explicaciones.

Sin permitirse pensar demasiado, escribió un mensaje:

“Dominius. 10 PM. Si estás disponible.”

La respuesta llegó casi instantáneamente:

“Estaré allí, Señor.”

Sintió una breve punzada de… ¿culpa? ¿Remordimiento? No tenía sentido. Devine era una adulta que conocía las reglas. No había promesas entre ellos, no había corazones que pudieran romperse. No como con Juliette.

Juliette. Hasta su nombre en sus pensamientos dolía.

Cuando Danilo entró en el elegante espacio, varios rostros familiares lo saludaron con asentimientos respetuosos. Había sido miembro durante ya meses desde que se separó de Rebeca, aunque en las últimas semanas no había ido. La última vez que estuvo allí fue con Juliette.

Devine lo esperaba ya en el club exactamente donde le había indicado. Su cabello negro caía en ondas perfectas sobre sus hombros descubiertos, su vestido rojo abrazaba cada curva con precisión calculada. Objetivamente hermosa, impecablemente presentada.

—Señor —saludó ella al verlo, bajando ligeramente la mirada en un gesto de sumisión practicada.

—Devine —respondió él, levantándole el mentón con su mano —. Te ves bien.

—Gracias, Señor. Ha pasado tiempo.

No había reproche en su voz, solo una constatación. Danilo agradeció silenciosamente su profesionalismo.

—¿Bebemos algo primero? —ofreció, guiándola hacia uno de los sofá individuales bastante discreto mientras ambos disfrutaban de la vista que le ofrecían un grupo de personas teniendo sexo en el centro del club.

Devine se acercó más, su mano deslizándose por el muslo de Danilo con familiaridad.

—Te he extrañado, Señor —murmuró cerca de su oído—. Nadie entiende mis necesidades como tú.

Danilo la miró entonces, realmente la miró. Devine era todo lo que alguna vez había buscado en una sumisa. Experimentada, discreta, hermosa, obediente. Y sin embargo, mientras ella se inclinaba para besarlo, todo lo que podía ver eran las diferencias.

Su cabello no era del tono dorado que capturaba la luz como rayos de sol. Sus ojos, aunque hermosos, no tenían esa mezcla única de inocencia y perversión. Su piel no se sonrojaba como a él le gustaba. No era Juliette.

El beso fue técnicamente perfecto. Sus labios se movían con la presión adecuada, su lengua exploraba con precisión ensayada. Pero Danilo no sintió nada. Ni deseo, ni excitación, ni siquiera el básico placer físico que esperaba. Y estaba seguro que no quería volver a sentir los labios de ninguna mujer sobre los suyos.

—¿Quieres ir a una de las salas privadas? —preguntó ella al separarse, interpretando su silencio como intensidad contenida.

Danilo asintió mecánicamente. Quizás allí, en la privacidad, en el contexto que una vez había sido tan natural para ellos, encontraría lo que buscaba: olvidar a su muñeca de porcelana.

La sala que seleccionaron era elegante y minimalista. Paredes oscuras, iluminación tenue, mobiliario específicamente diseñado para sus propósitos. Devine se movía con confianza en ese espacio, conociendo su papel a la perfección.

—¿Cómo me quieres, Señor? —preguntó, su voz adoptando ese tono suave y sumiso que alguna vez lo había excitado.

Danilo la observó mientras ella se sentaba graciosamente en su regazo, sus manos expertas aflojando su corbata. Debería sentir algo. Deseo, poder, control. Cualquier cosa. Pero solo había vacío.

—No eres ella —murmuró, más para sí mismo.

—¿Disculpa? —Devine se detuvo, confundida.

Antes de que pudiera responder, Carlos, un habitual del club y conocido de Danilo, apareció con una sonrisa.

—Brown… —lo saludó, pero se detuvo al reconocer a Devine—. Vaya, no sabía que habías vuelto con Devine. ¿Qué pasó con la rubia? Esa chica era una joya.

Danilo se tensó visiblemente. El nombre de Juliette en labios de Carlos fue como un puñetazo físico. Devine, percibiendo el cambio, se apartó ligeramente.

—Las cosas cambian —respondió Danilo con sequedad.

—Una lástima —continuó Carlos, aparentemente ajeno a la tensión que crecía en el interior de Danilo—. Tenía algo especial esa chica. Se notaba que no era como las demás que suelen frecuentar estos lugares.

—¿Necesitas algo, Carlos? —cortó Danilo, su voz peligrosamente controlada.

Carlos pareció finalmente captar la señal.

—Solo pasaba a saludar —se excusó—. Aunque, ya que estás aquí con Devine… ¿considerarías compartirla esta noche? Por los viejos tiempos.

En otras circunstancias, con otra mujer, quizás habría considerado la propuesta. Había participado en esos intercambios antes, siempre con reglas claras y consentimiento explícito.

Devine esperaba su respuesta, su expresión profesional. Estaba dispuesta, como siempre lo había estado, a seguir sus indicaciones sin cuestionarlas.

—Adelante —dijo Danilo, sorprendiendo incluso a sí mismo con la frialdad de su tono—. Devine es toda tuya esta noche.

Se levantó, depositando suavemente a la mujer de su regazo. Tanto Carlos como Devine lo miraron con asombro.

—¿Estás seguro? —preguntó Carlos, sin ocultar su sorpresa.

—Completamente —respondió Danilo, ajustándose la corbata—. Solo asegúrate de respetar sus límites.

Sin otra palabra, sin una mirada atrás, salió de la sala. Caminó directamente hacia la salida del club, ignorando los saludos y las miradas curiosas. Necesitaba aire, necesitaba espacio, necesitaba…

Necesitaba a Juliette.

No se trataba solo de deseo o anhelo. Era más profundo, Juliette había cambiado algo en él, ella había cambiado las reglas del juego.

Y la había dejado ir.

La mansión estaba en silencio cuando regresó, mucho antes de lo que había planeado. Pero la luz de la sala indicaba que Alice seguía despierta, acurrucada en el sofá con un libro y una taza de té.

—¿Papá? —preguntó sorprendida al verlo—. Es temprano.

Danilo se dejó caer en el sillón frente a ella, súbitamente agotado.

—La reunión terminó antes —murmuró, pasándose una mano por el rostro.

Alice lo observó con esa mirada penetrante que había heredado de él. A veces olvidaba lo perceptiva que podía ser su hija.

—No había ninguna reunión, ¿verdad? —preguntó suavemente.

Danilo consideró mantener la mentira, pero ¿qué sentido tenía? Estaba cansado de pretender.

—No —admitió finalmente.

Alice dejó su libro a un lado y se enderezó, una mano descansando protectoramente sobre su vientre.

—Papá, sé que no es solo por mamá —dijo con cautela—. Hay algo más que te está consumiendo. O alguien más.

Danilo la miró, sorprendido por su intuición.

—¿Tan obvio soy?

—Para mí, sí —respondió ella con una pequeña sonrisa—. Te conozco, aunque a veces ambos olvidemos eso.

Hubo un momento de silencio, cómodo a pesar de la tensión subyacente. Finalmente, Alice continuó:

—Sé que lo de mamá fue complicado. Sé que te lastimó profundamente. Pero ha pasado tiempo, papá. Y sea quien sea esta persona que te tiene así ahora… parece que realmente significa algo para ti.

Danilo cerró los ojos, la imagen de Juliette apareciendo inmediatamente en su mente. Su sonrisa, su inocencia.

—Se fue —dijo finalmente—. La dejé ir porque creí que era lo mejor para ella.

—¿Y quién decidió eso? —preguntó Alice, su tono gentil pero firme—. ¿Tú solo?

La pregunta lo atravesó como una flecha, la misma que Gerardo le había lanzado semanas atrás. ¿Había sido arrogante al decidir por Juliette? ¿Había proyectado sus propios miedos sobre ella, negándole la posibilidad de elegir?

—El pasado no tiene por qué definir tu futuro, papá —continuó Alice ante su silencio—. No todas las personas son como mamá. No todas las relaciones están destinadas al mismo final.

—No es tan simple —objetó Danilo.

—Nunca lo es —concedió ella—. Pero si realmente la amas, si ella te ama a ti, ¿no merecen al menos intentarlo? La vida es demasiado corta para desperdiciarla en miedos.

Las palabras de su hija resonaron en él con una claridad que el alcohol, el trabajo y las distracciones no habían logrado penetrar. La vida era, efectivamente, demasiado corta. La muerte de Rebecca le había recordado esa verdad fundamental.

—Tienes razón —admitió finalmente—. Pero… no sé.

Alice sonrió, una sonrisa que le recordó a la niña que solía correr a sus brazos cuando volvía a casa.

—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo simplemente—. Pero primero, tienes que decidir si estás dispuesto a arriesgarte.

Danilo contempló las palabras de su hija.

Esa noche Danilo no durmió pensando en las palabras de Alice. Al día siguiente estuvo tres horas mirando a la nada mientras tamborileaba sus dedos sobre su escritorio.

—Juliette, Juliette, mi muñeca —susurró. —No sabes cuanto te extraño. Si supieras lo que destrozaste al marcharte. ¿Dónde estás, estarás con alguien? ¿Me olvidaste?

Preguntaba en voz alta. ¿Aprendiste a vivir sin mí? ¿Me dejaste de amar?

Su corazón latía con tanta fuerza. —Deja tu miedo por una jodida puta vez, Danilo Brown y búscala, antes de que te deje de amar, que se enamore de otro y ya no haya vuelta atrás, ¿eso es lo que quieres?

El mismo se recriminaba.

—Es lo mismo que digo yo —dijo Gerardo con una sonrisa mientras lo miraba. Danilo estaba tan perdido en sus pensamientos que no se había percatado de que Gerardo estaba allí en su oficina.

—¿En que jodido momento entraste? —le dijo Danilo, pero no había molestia en su voz.

Gerardo suspiró. —Justo en el momento en que dijiste Juliette, Juliette… —Gerardo sonrió ampliamente.

—La amo, siempre la amé y no quería aceptarlo —confesó Danilo mirando a su amigo.

—Dime algo que no sepa, Danilo —Gerardo caminó hasta estar frente a su escritorio y le extendió unos papeles. Danilo lo tomó de forma mecánica.

—Pero ya no está. Y no sé donde encontrarla.

Gerardo levantó ambas cejas. —Estoy seguro que eso es algo que para el gran Danilo Brown no es problema, así que no pongas excusas, más bien, ponte los pantalones y afronta tus sentimientos, no tengas miedo a ser feliz, porque ya has perdido suficiente. Ni todo el dinero del mundo va a llenar ese vacío que tienes allí —le señaló el pecho.

Gerardo caminó hacia la puerta. —Gerardo —lo llamó Danilo y él se detuvo girando hacia él.

—Gracias.

—¿Por qué? ¿Por aguantarte a pesar de todo y seguir siendo tu amigo? ¿Por seguir siendo tu gerente, por no haberte quitado tu chica? —bromeó y Danilo sonrió negando.

—Por todo. Eres un buen amigo.

Gerardo asintió. —Tú también lo eres. Y quiero ver a mi amigo feliz. Búscala, pídele perdón, dile que la amas y hazla feliz, puede que aún estés a tiempo y te perdone.

—¿Y si no?

—Sí sigues ahí sentado pensando y auto lamentándote, y no haces nada, nunca lo sabrás.

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