41. Cenizas
Detroit recibió a Juliette y Ellie con un invierno implacable. La nieve se acumulaba en las aceras y el viento parecía querer poner a prueba su determinación. Pero si algo caracterizaba a las hermanas Moreau, era su capacidad para resistir las tormentas, literales y metafóricas.
El apartamento que habían conseguido gracias a la hermana de Digna no era lujoso como el penthouse de Manhattan, pero tenía algo acogedor que poco a poco comenzaba a sentirse como hogar. Dos habitaciones, una pequeña cocina-comedor y una sala modesta con ventanas que daban a un parque cercano. Las paredes, inicialmente de un blanco impersonal, ahora lucían fotografías familiares y algunas acuarelas que Ellie había pintado en sus clases.
Juliette se había tomado casi dos meses sabáticos, un lujo que nunca antes se había permitido pero que, con el generoso depósito de Danilo en su cuenta, podía costear sin preocupaciones. Tiempo para ayudar a Ellie a adaptarse a su nueva vida, para explorar juntas la ciudad, para simplemente existir sin la constante presión de sobrevivir que había marcado sus vidas durante años.
—Me gusta este lugar —comentó Ellie una tarde mientras preparaban galletas, una actividad que se había convertido en ritual de los sábados—. Es tranquilo.
Juliette sonrió, observando a su hermana, Ellie mostraba una resiliencia asombrosa. La pérdida de su madre, el acoso de su padre, la mudanza repentina… cualquiera de estos eventos podría haberla destrozado, pero ella parecía florecer en Detroit, haciendo nuevos amigos y adaptándose rápidamente.
—A mí también me gusta —respondió sinceramente—. Creo que tomamos la decisión correcta.
En momentos como ese, con el aroma a vainilla y chocolate llenando el apartamento, Juliette casi podía convencerse de que era verdad. Que habían dejado atrás lo peor y que el futuro prometía algo mejor.
La realidad de su nueva vida tomó forma concreta cuando, tras casi dos meses de descanso, Juliette decidió que era hora de volver al mundo laboral. No por necesidad económica —los doscientos mil dólares seguían prácticamente intactos en su cuenta— sino por necesidad personal. Necesitaba estructura, propósito, algo que llenara las horas que de otro modo dedicaría a recordar.
La oportunidad llegó más rápido de lo esperado. Su impecable currículum, sumado a las entusiastas referencias de su empleo anterior, le abrieron las puertas de Madison Motors, una de las empresas automovilísticas más importantes de la región.
—Estamos impresionados con su experiencia, señorita Moreau—le dijo Harold Madison, el CEO, durante su entrevista final—. No es común encontrar a alguien con su nivel de eficiencia y discreción.
Una semana después, Juliette se instalaba en su nuevo escritorio fuera de la oficina del presidente. El trabajo era desafiante pero común para ella: coordinar agendas, preparar documentos, servir de enlace entre ejecutivos.
Sus compañeros la recibieron con amabilidad, aunque mantenía cierta distancia. Había aprendido su lección en Brown Enterprises: no mezclar lo personal con lo profesional. No volvería a cometer ese error.
A las seis de la tarde, cuando el edificio comenzaba a vaciarse, Juliette recogía sus cosas y regresaba al apartamento, donde Ellie la esperaba con la tarea terminada y, frecuentemente, alguna nueva historia sobre su día.
—Sophie me invitó a su fiesta de cumpleaños el próximo sábado —anunció Ellie durante la cena, dos semanas después de que Juliette comenzara su nuevo trabajo—. ¿Puedo ir?
—Por supuesto —respondió Juliette, feliz de ver a su hermana haciendo una vida normal—. ¿Qué le gustaría como regalo?
La llamada del detective Rodriguez llegó un jueves por la mañana, mientras Juliette revisaba la correspondencia en su escritorio.
—Señorita Moreua —la voz profesional del detective sonó al otro lado de la línea—. Tengo noticias sobre su padre.
Juliette sintió que su corazón se aceleraba, el miedo instintivo que el nombre de Josue Moreau le provocaba.
—¿Qué sucede? —preguntó, esforzándose por mantener la calma.
—Está hecho —respondió la detective—. El juez dictó sentencia ayer. Veinticinco años sin posibilidad de libertad condicional.
Juliette cerró los ojos, dejando que la noticia la atravesara.
—Gracias —dijo con la voz temblorosa—. Gracias por todo.
—De nada—respondió el detective—. Aunque debo decir que la evidencia recopilada fue extraordinariamente completa. Alguien realmente quería asegurarse de que no escapara.
Juliette frunció el ceño, confundida por el comentario.
—¿A qué se refiere?
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—Oh, pensé que estaba al tanto —dijo la detective—. Tuvimos ayuda de un investigador privado. Muy profesional, muy exhaustivo. Proporcionó la mayor parte de la evidencia que presentamos ante el fiscal.
—No contraté a ningún investigador privado —respondió Juliette.
—Bueno, alguien lo hizo —concluyó el hombre—. En cualquier caso, el resultado es lo que importa. Su padre no podrá acercarse a ustedes en mucho tiempo. Están a salvo, señorita Moreau.
Después de colgar, Juliette permaneció inmóvil en su silla, procesando la información.
<Danilo>
<Había cumplido su promesa> Susurró.
<Gracias>
Esa noche, mientras Ellie dormía, Juliette se sentó en la pequeña terraza del apartamento. Pensó en todo lo que había logrado en estos dos meses: un hogar seguro, un trabajo estable, una hermana que comenzaba a sanar. Objetivamente, su vida era mejor ahora que cuando llegó.
Y sin embargo.
Las lágrimas, fieles compañeras nocturnas, comenzaron a deslizarse por sus mejillas. No importaba cuán ocupada mantuviera su mente durante el día, no importaba cuántos logros acumulara o cuántas sonrisas fingiera. Cuando la noche caía y el silencio se apoderaba del apartamento, cuando no quedaban distracciones ni obligaciones, el dolor regresaba con toda su fuerza.
Extrañaba a Danilo con una intensidad que la asustaba. Extrañaba su voz, su mirada, la forma en que su mano la tocaba, como sus labios la besaban.
Y el pensamiento que más le atormentaba y le dolía: habrá encontrado otra sumisa, tenido sexo con otras mujeres, ya la reemplazó. Ya no pensaba en ella.
Las noches eran siempre iguales: lágrimas silenciosas hasta que el agotamiento la vencía, sueños donde él la buscaba, donde le decía que la amaba, donde construían una vida juntos. Y luego el amanecer, implacable, recordándole la realidad.
Su teléfono descansaba junto a ella, tentándola. Tantas veces había estado a punto de llamarlo, de escribirle, solo para escuchar su voz una vez más. Pero siempre se detenía en el último momento. Él había sido claro: no podía darle lo que ella necesitaba. No podía amarla como ella merecía ser amada.
—¿Jules? —la voz soñolienta de Ellie la sobresaltó.
Su hermana estaba en la puerta de la terraza, frotándose los ojos, su pijama demasiado grande recordándole lo mucho que aún tenía que crecer.
—¿Qué haces despierta, pequeña? —preguntó Juliette, secándose rápidamente las lágrimas.
—Tuve una pesadilla —respondió Ellie, acercándose para sentarse junto a ella—. ¿Estás llorando?
Juliette consideró negarlo, pero ¿qué sentido tenía? Ellie era demasiado perceptiva.
—Un poco —admitió—. Pero estoy bien.
—Es por él, ¿verdad? —preguntó Ellie, sorprendiéndola—. Por ese hombre de Nueva York. Por tu ex jefe.
Juliette la miró, asombrada.
—¿Cómo lo sabes?
Ellie se encogió de hombros.
—Te escucho llorar por las noches a veces. Y cuando crees que no te veo, miras tu teléfono como si esperaras algo. Y nunca hablas de Nueva York, aunque sé que te gustaba vivir allí.
Juliette rodeó con un brazo los hombros de su hermana, conmovida por su perspicacia.
—Eres demasiado inteligente, ¿lo sabías?
—Mamá siempre decía eso —respondió Ellie con una pequeña sonrisa—. ¿Lo amabas? ¿A ese hombre?
La pregunta, tan directa, tan simple, desarmó a Juliette por completo.
—Sí —admitió, la palabra apenas audible—. Lo amaba. Lo amo todavía.
—¿Y él no te amaba a ti?
Juliette suspiró, buscando cómo explicar algo tan complejo a una niña.
—Es… complicado, Ellie. Creo que sentía algo por mí, pero tenía miedo. Miedo de volver a salir lastimado.
Ellie asintió, pensativa.
—Como cuando me caí de la bicicleta y no quería volver a montarla —dijo—. Pero mamá dijo que a veces hay que ser valiente, aunque duela.
Juliette sonrió a través de las lágrimas.
—Mamá era muy sabia.
—Ella querría que fueras feliz, Jules —dijo Ellie, apoyando su cabeza en el hombro de su hermana—. Yo también lo quiero. ¿No crees que es hora de buscar un amor verdadero?
El estómago de Juliette se revolvió ante las palabras de su hermana. Porque ella tenía razón. Juliette debía dejar a Danilo atrás, debía olvidarlo así como él a ella. Debía darle la oportunidad al amor. Ella era joven y se merecía un amor. Como Danilo le había dicho.
Se quedaron así, en silencio, observando las estrellas dispersas sobre Detroit. Dos hermanas contra el mundo, como siempre habían sido.
Las primeras dos semanas en Madison Motors habían transcurrido con una normalidad casi terapéutica para Juliette. La rutina laboral, predecible y estructurada, le proporcionaba el ancla que necesitaba para no perderse en sus pensamientos. Cada mañana repetía el mismo ritual: despertaba a Ellie, preparaba el desayuno, la acompañaba a la parada del autobús escolar y luego tomaba el metro hasta el edificio de cristal donde ahora trabajaba.
—Buenos días, Juliette —la saludó Vera, la recepcionista, cuando cruzó el vestíbulo aquel miércoles que parecía tan ordinario como cualquier otro.
—Buenos días, Vera —respondió con una sonrisa cordial mientras se dirigía a los ascensores.
Desde su llegada, Juliette había establecido límites claros. Era amable pero nunca demasiado personal, profesional hasta la médula. No compartía detalles de su vida privada, no asistía a las salidas después del trabajo, no daba pie a especulaciones o rumores. “Ni hombres mayores ni jefes”, se repetía cada mañana frente al espejo como un mantra protectora. No cometería el mismo error dos veces.
Matthew Carrigan, presidente de Madison Motors, era un hombre de cincuenta y pocos años, divorciado y con dos hijos universitarios. Amable, respetuoso y con un sentido del humor que hacía agradable el ambiente laboral. En otras circunstancias, quizás Juliette habría bajado la guardia, habría permitido una relación más cercana, pero las cicatrices aún estaban demasiado frescas.
La mañana avanzaba con normalidad cuando el intercomunicador sonó.
—Juliette, ¿podrías venir a mi oficina un momento? —la voz de Carrigan sonaba particularmente animada.
—Por supuesto, señor —respondió ella, tomando automáticamente su tablet para tomar notas.
Cuando entró en la espaciosa oficina, Carrigan estaba de pie junto a la ventana, contemplando el skyline de Detroit con una sonrisa satisfecha.
—Me mandó llamar, señor —dijo Juliette, cerrando la puerta tras ella.
Carrigan se giró, y su expresión era la de un niño a punto de revelar un secreto emocionante.
—Sí, quería informarte que esta tarde tendremos una reunión importante con un nuevo inversionista —anunció, regresando a su escritorio—. Realmente esta es una oportunidad que no puedo desaprovechar.
Juliette arrugó el ceño, sin comprender bien a dónde iba la conversación.
—Entiendo. ¿Necesita algo en particular para la reunión?
—No, simplemente prepara la sala de juntas para las dos de la tarde —respondió Carrigan, hojeando algunos documentos—. Solo quería informarte antes de que te tome por sorpresa.
Algo en su tono encendió una alarma en la mente de Juliette.
—¿Por sorpresa? —preguntó, tensándose imperceptiblemente—. ¿A qué se refiere, señor?
Carrigan levantó la mirada, con una expresión entre curiosidad y entusiasmo.
—El nuevo inversionista es tu antiguo jefe en Manhattan. Brown Enterprises —dijo, como si estuviera comentando el clima.
El mundo se detuvo. Juliette sintió que el suelo bajo sus pies se convertía en arenas movedizas. Su visión se nubló por los bordes y un zumbido agudo invadió sus oídos. Danilo. Danilo vendría aquí, a su nuevo refugio, a su espacio seguro.
Las piernas le fallaron y, antes de darse cuenta, estaba tambaleándose. Carrigan saltó de su silla con sorprendente agilidad para sujetarla antes de que cayera.
—¡Santo Dios, Juliette! ¿Estás bien? —exclamó alarmado, ayudándola a sentarse.
Juliette parpadeó rápidamente, intentando recuperar el control. El aire parecía haberse vuelto denso, insuficiente para sus pulmones. No podía ser. ¿Cómo podía ser esto posible? ¿De todas las empresas en Estados Unidos, Danilo Brown tenía que interesarse precisamente en Madison Motors?
—Yo… lo siento —logró articular, mortificada por su reacción—. Solo fue la sorpresa.
Carrigan la observaba con creciente preocupación, aún sosteniendo su brazo como si temiera que pudiera desplomarse en cualquier momento.
—¿Pasa algo que deba saber? —preguntó, su tono cauteloso—. Si hay algún problema con el señor Brown…
Juliette negó con vehemencia, quizás demasiado rápido para ser convincente.
—No, no, en absoluto —aseguró, esforzándose por normalizar su respiración—. Es solo que… fue inesperado.
¿Qué podría decirle? ¿Que había huido de Nueva York para escapar del dolor de amar a un hombre que no podía corresponderle? ¿Que había sido la sumisa de Danilo Brown, que se había entregado a él en cuerpo y alma? ¿Que aún despertaba en medio de la noche ahogando su nombre en la almohada?
—No, señor. No sucede nada —reafirmó, enderezándose en la silla—. Simplemente estoy sorprendida. Es mucha casualidad.
La preocupación en el rostro de Carrigan dio paso nuevamente al entusiasmo, aparentemente satisfecho con su explicación.
—Así es —concordó, regresando a su escritorio—. Sus asesores contactaron conmigo hace cuatro días. Quiere reunirse el mismo Danilo Brown conmigo para hablar de negocios. ¿Te imaginas? —su sonrisa se ensanchó—. Creo que me has traído suerte, Juliette, con tu llegada.
Si supiera, pensó ella con amarga ironía. Si tan solo supiera.
—Me alegro, señor —logró responder con una profesionalidad que no sentía—. Me encargaré de que todo esté preparado para la reunión.
Cuando salió de la oficina, Juliette tuvo que apoyarse contra la pared por un momento para recuperar la compostura. Su mente era un caos de preguntas. ¿Era realmente una coincidencia? Detroit estaba lejos de ser el centro financiero que era Nueva York. ¿Por qué, de repente, Danilo Brown mostraba interés en una empresa de automóviles de tamaño medio cuando su conglomerado se enfocaba principalmente en tecnología y bienes raíces?
Con pasos mecánicos, se dirigió a la sala de juntas. La amplia mesa, las cómodas sillas de cuero, las ventanas que ofrecían una vista panorámica de la ciudad… todo parecía irreal, como un escenario dispuesto para una obra que no había ensayado.
Comenzó a preparar el espacio: documentos, agua, la configuración del proyector. Sus movimientos eran precisos, casi robóticos, mientras su mente seguía procesando lo que estaba a punto de suceder.
En menos de tres horas, volvería a ver a Danilo. El hombre que había trastornado su mundo, que había despertado en ella sentimientos que nunca creyó posibles, que le había enseñado tanto sobre sí misma y luego la había dejado ir.
¿Cómo reaccionaría al verla? ¿Sorpresa? ¿Indiferencia? ¿Acaso ya sabía que ella trabajaba allí? La posibilidad de que esto no fuera una coincidencia, de que él hubiera orquestado este encuentro deliberadamente, hizo que su corazón se acelerara.
—¿Qué es lo que quieres, Danilo? —murmuró para sí misma mientras acomodaba meticulosamente las carpetas—. Porque estoy segura que esto no es mera casualidad.
Suspiró profundamente, intentando calmar el tumulto en su interior. Fuera coincidencia o no, tendría que enfrentarlo. Tendría que mirarlo a los ojos sin que su corazón la traicionara, sin que el dolor y el anhelo se reflejaran en su rostro.
Mientras revisaba los detalles finales de la sala, Juliette se prometió mantenerse profesional, distante, impermeable. No permitiría que Danilo Brown volviera a trastocar su vida, no cuando finalmente estaba consiguiendo algo parecido a la estabilidad.
Pero en lo más profundo de su ser, en ese rincón que ni siquiera se atrevía a reconocer, una pequeña ceniza comenzaba a arder. Una parte de ella, la misma que se negaba a olvidarlo a pesar de los meses y la distancia, se preguntaba si quizás, solo quizás, él había venido a buscarla.
El reloj marcaba la 1:30 PM. Treinta minutos. Treinta minutos para prepararse para un encuentro que podría cambiar todo nuevamente. Y ella no sabía si estaba preparada para verlo.
Jajajajaja Danilo no sería Danilo si no hiciera algo así. ¿Qué pasaraaa? Estoy nerviosa.NO OLVIDEN AGREGAR A SUS BIBLIOTECAS Y VOTAR POR MI NUEVO LIBRITO "TE ELEGIRÉ EN MIL VIDAS"