42. Jugar con fuego
Veinticinco minutos. Veinticinco eternos minutos habían pasado desde que Juliette regresó a su escritorio. Cada segundo parecía estirarse dolorosamente mientras intentaba concentrarse en la pantalla de su computadora, fingiendo trabajar en algo urgente. Sus dedos temblaban sobre el teclado, escribiendo palabras sin sentido que luego borraba, solo para mantener la ilusión de normalidad.
El sonido distintivo del elevador al abrirse sonó de pronto en el silencioso piso se presidencia. Juliette contuvo la respiración, manteniendo deliberadamente la mirada fija en la pantalla. No necesitaba levantar la vista para saber quién había llegado. Su cuerpo ya lo sabía. Un aroma inconfundible, esa mezcla única, que solo podía pertenecer a una persona, invadió sus sentidos, despertando recuerdos que había intentado enterrar durante meses.
Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que temió que pudiera escucharse.
—Buenas tardes.
La voz ronca, profunda, con ese ligero matiz autoritario que tan bien conocía, le erizó la piel de pies a cabeza. Cada vello de su cuerpo se puso de punta, como si respondiera a un llamado primordial que su mente racional intentaba ignorar.
Sé profesional. No le muestres nada. No le des ese poder.
Las palabras resonaban en su mente como un mantra mientras finalmente, con extrema lentitud , levantaba la mirada para enfrentarse a él.
Danilo Brown estaba allí, de pie frente a su escritorio, tan imponente como siempre. Impecablemente vestido con un traje negro a medida que acentuaba sus hombros anchos, camisa blanca y esa postura segura de quien sabe exactamente el efecto que causa. Los meses transcurridos no habían hecho mella en él; si acaso, parecía más atractivo de lo que recordaba, con un ligero bronceado que sugería viajes recientes.
Sus miradas se encontraron, y el tiempo pareció detenerse. En esos ojos penetrantes, Juliette vio la confirmación de sus sospechas: él sabía perfectamente que la encontraría allí. No había sorpresa, no había coincidencia. Danilo Brown nunca dejaba nada al azar.
—Señor Brown —respondió finalmente, orgullosa de que su voz sonara firme y profesional—. Bienvenido a Madison Motors. El señor Carrigan lo atenderá en un instante.
Se puso de pie, alisando su falda lápiz con gestos medidos, y le indicó que la siguiera. Cada paso era un ejercicio de autocontrol. Podía sentir sus ojos sobre ella, siguiendo el movimiento de sus caderas, evaluando, recordando todo de ella. Danilo suspiró hondo relamiéndose los labios al recordar el pequeño cuerpo de Juliette sobre el suyo, esas hermosas y redondas nalgas que rebotaban contra su pelvis cuando… Danilo sacudió su cabeza para borrar esas imágenes de su mente y que no sucediera un accidente en sus pantalones.
La sala de juntas estaba preparada exactamente como debía estar: documentos ordenados, proyector encendido, refrescos dispuestos. Juliette se movió con eficiencia, consciente de que cada gesto era observado por aquellos ojos que conocían demasiado bien cada rincón de su ser.
—¿Le ofrezco un café mientras espera? —preguntó, manteniendo un tono cortés pero distante.
—Por favor —respondió él, sentándose cómodamente como si estuviera en su propia oficina.
Juliette se dirigió a la pequeña estación de café en la esquina de la sala. Sus manos temblaban ligeramente mientras preparaba la bebida, pero se esforzó por disimularlo. Cuando se giró, encontró a Danilo observándola intensamente, sin pretender siquiera disimular su escrutinio.
—Negro sin azúcar —murmuró, más para sí misma que para él, colocando la taza frente a Danilo junto con una botella de agua con gas.
Una sonrisa se dibujó lentamente en los labios de Danilo, esa sonrisa de medio lado que siempre había tenido el poder de debilitar sus rodillas.
—Aún recuerdas todo lo que me gusta —comentó con un tono juguetón, jocoso.
Juliette retrocedió un paso, creando distancia física como si eso pudiera protegerla de los recuerdos que esa voz evocaba.
—Tengo una mente privilegiada para recordar detalles, señor Brown —respondió con ligereza —. Una lástima que usted haya olvidado tan rápido todos mis años de servicio.
La sonrisa de Danilo se amplió mientras tomaba la taza y la llevaba a sus labios, sus ojos nunca se despegaron de los de ella.
—No he olvidado absolutamente nada de ti, Juliette —dijo después de beber un sorbo, bajando su tono de voz solo para que ella pudiera escuchar—. Recuerdo absolutamente todo. Podría citarte ahora mismo y no me alcanzaría el día para decírtelo.
El calor subió instantáneamente a las mejillas de Juliette, traicionando su cuidadosa compostura. Las imágenes que sus palabras evocaban eran demasiado vívidas, demasiado recientes a pesar del tiempo transcurrido: sus cuerpos entrelazados, sus manos sobre su piel, sus labios recorriendo cada centímetro de su ser.
—Mi jefe llegará en cualquier momento —dijo, ignorando deliberadamente el comentario y retrocediendo hacia la puerta, necesitando espacio para respirar, para pensar con claridad.
—¿Cómo te trata tu nuevo jefe? —preguntó Danilo, bajando la taza con un movimiento deliberadamente lento.
—Muy bien. El señor Carrigan es muy amable conmigo —respondió, sabiendo instintivamente que sus palabras provocarían una reacción.
No se equivocó. El rostro de Danilo se endureció casi imperceptiblemente, su mandíbula se tensó, sus ojos se oscurecieron de celos.
—Nunca tendrás un jefe como yo —declaró con firmeza, como si enunciara una verdad universal.
Juliette lo miró directamente a los ojos, preparándose para responder, cuando la puerta se abrió y Matthew Carrigan entró acompañado por su asesor financiero. El contraste entre la tensión del momento anterior y la cordialidad profesional que debía mostrar ahora era casi físicamente doloroso.
—¡Señor Brown! —exclamó Carrigan con evidente entusiasmo, avanzando con la mano extendida—. Es un honor tenerlo en Madison Motors.
Danilo se puso de pie en un movimiento seguro, transformándose instantáneamente al empresario impecable. Estrechó la mano de Carrigan con firmeza, intercambiando saludos con perfecta cortesía.
—El placer es mío, señor Carrigan. He seguido el desarrollo de su empresa con interés durante algún tiempo.
La reunión comenzó formalmente, y Juliette tomó asiento en un rincón discreto, tablet en mano para tomar notas. Su papel era claro: ser invisible, eficiente, profesional. Pero a pesar de sus esfuerzos por concentrarse en la discusión sobre porcentajes de inversión y proyecciones de mercado, era dolorosamente consciente de cada movimiento de Danilo.
Él dominaba la sala como siempre lo hacía, hablando con la autoridad que viene de un conocimiento profundo y una confianza absoluta. No necesitaba asesores ni notas; manejaba cifras, tendencias y estrategias con la facilidad de quien vive y respira negocios. Cada palabra, cada gesto, recordaba a Juliette por qué era tan exitoso, por qué inspiraba tanto respeto en el mundo empresarial.
Y cada vez que Carrigan miraba sus documentos o consultaba algo con su asesor, Danilo aprovechaba para mirarla. No eran miradas casuales; eran deliberadas, intensas, cargadas de deseo, de pasión. Sus ojos recorrían su rostro, bajaban por su cuello, se detenían en la curva de sus piernas cruzadas bajo la mesa. La estaba devorando con la mirada, marcándola como suya incluso en este nuevo territorio.
La negociación se extendió por casi dos horas. Para cuando llegaron a un acuerdo preliminar, Juliette estaba mentalmente exhausta. El esfuerzo de mantener la compostura, de no reaccionar visiblemente a la presencia de Danilo, había consumido cada onza de su energía.
—Estoy impresionado, señor Brown —dijo Carrigan mientras firmaban los documentos preliminares—. Su visión para esta colaboración es exactamente lo que Madison Motors necesitaba.
—Creo que será beneficioso para ambas partes —respondió Danilo, con la voz profesional y perfectamente medida—. Mis asesores se pondrán en contacto para finalizar los detalles, pero espero poder supervisar personalmente el desarrollo de nuestra asociación.
Juliette sintió un escalofrío. Esas palabras solo podían significar una cosa: Danilo estaría presente regularmente en las oficinas de Madison Motors. Su cuidadosamente construido refugio ya no sería seguro a partir de ese momento.
Cuando la reunión concluyó, Carrigan acompañó a Danilo hacia la puerta, intercambiando algunas palabras finales. Juliette comenzó a recoger los documentos, intentando parecer ocupada, esperando poder evitar cualquier interacción nuevamente.
Pero por supuesto, Danilo Brown siempre conseguía lo que quería.
—Señorita Moreau —dijo, regresando a la sala después de que Carrigan se marchara—. Necesitamos hablar.
Juliette se tensó, pero mantuvo la mirada fija en los papeles que estaba ordenando.
—No tenemos nada de qué hablar, señor Brown —respondió con frialdad.
Danilo se acercó, invadiendo su espacio personal con su presencia depredadora. El aroma que tanto había extrañado la envolvió nuevamente, debilitando sus defensas.
—Yo creo que sí, mi pequeña Juliette —susurró, con la voz tan baja que casi podía ser imaginada—. Te estaré esperando esta tarde afuera de tu trabajo.
Antes de que pudiera responder, Danilo se alejó, dejándola con el corazón desbocado y la respiración entrecortada. Lo observó salir de la sala con ese paso seguro y elegante que lo caracterizaba, y finalmente desaparecer en el ascensor.
Solo entonces permitió que sus hombros se hundieran, que el temblor que había estado conteniendo se manifestara. Dos meses. Dos meses intentando olvidarlo, construyendo una nueva vida lejos de él, y bastaba una mirada, unas palabras, para que todo su cuidadoso trabajo se desmoronara.
—No —murmuró para sí misma, enderezándose—. No puedes aparecer después de tanto tiempo y pretender que todo siga siendo igual, que puedes ordenar y yo obedeceré. Ya no.
No le daría el poder de trastornar nuevamente su vida. Le demostraría a Danilo Brown que ya no tenía control sobre ella, que aquella Juliette que se rendía a sus deseos había quedado atrás.
Aunque cada fibra de su ser gritaba lo contrario.
El reloj marcaba las 5:30 PM cuando Juliette finalmente apagó su computadora. Había prolongado su jornada deliberadamente, respondiendo correos que podrían haber esperado hasta mañana, organizando archivos que nadie había pedido, cualquier excusa para retrasar el inevitable momento de salir del edificio.
Matthew Carrigan se había marchado una hora antes, deteniéndose brevemente junto a su escritorio.
—Impresionante reunión, ¿no crees? —había comentado con entusiasmo—. Brown Enterprises… nunca imaginé que conseguiríamos un inversor de ese calibre.
Juliette había sonreído mecánicamente, murmurando alguna respuesta apropiada mientras su estómago se retorcía con ansiedad. Si Carrigan hubiera prestado más atención, habría notado la tensión en su rostro, el ligero temblor en sus manos mientras organizaba documentos. La mirada devoradora de Danilo Brown hacia su secretaria. Pero el esta tan emocionado con su nuevo inversionista qué ignoraba todo lo que pasaba.
Ahora, sola en el piso ejecutivo, Juliette contemplaba sus opciones. Podía llamar a un taxi e intentar salir por la entrada lateral del edificio. Podía quedarse trabajando hasta muy tarde, esperando que Danilo eventualmente se cansara de esperar. Podía enfrentarlo directamente, decirle que la dejara en paz de una vez por todas.
Ninguna opción parecía correcta. La primera era cobarde, la segunda solo retrasaría lo inevitable, y la tercera… la tercera requería una fuerza que no estaba segura de poseer cuando lo tuviera frente a frente.
Con un suspiro de resignación, tomó su bolso y se dirigió al ascensor. Mientras descendía, ensayó mentalmente lo que diría: sería breve, profesional, dejando claro que cualquier asunto entre ellos debía limitarse estrictamente al ámbito laboral. No mencionaría el pasado, no permitiría que la conversación se desviara hacia lo personal.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo, sus nervios estaban al límite. Cada paso hacia la salida principal se sentía como una marcha hacia la guerra. A través de las puertas de cristal, pudo ver el elegante Bentley negro estacionado en la acera. Y recostado contra él, con la casual elegancia que solo el dinero y la confianza pueden comprar, allí estaba Danilo.
Incluso a esa distancia, su presencia era magnética. Vestido aún con el traje de la reunión, pero ahora sin corbata y con los primeros botones de la camisa desabrochados, parecía la perfecta imagen de poder relajado. Tenía el teléfono en la mano, aparentemente absorto en alguna conversación importante, pero Juliette sabía que era consciente de cada movimiento en su entorno. Varias mujeres que pasaban lo miraban discretamente —algunas no tan discretamente—, atraídas por esa aura de autoridad y atractivo que lo rodeaba.
Él ni siquiera parecía notarlo, acostumbrado desde siempre a ese efecto.
Juliette se detuvo justo antes de las puertas, el pánico creciendo en su interior. Si subía a ese auto, si se quedaba a solas con él aunque fuera por unos minutos, todos sus esfuerzos de los últimos meses se desvanecerían. Lo sabía con la certeza que da el conocerse demasiado bien. Su cuerpo respondía a Danilo como una aguja a un imán, sin voluntad propia, sin capacidad de resistencia.
No puedo. No debo.
En ese preciso momento, como enviado por el destino, Alex Morales, el joven mensajero de la empresa, salió por una puerta lateral. Vestía su característico uniforme con el logo de Madison Motors y se dirigía hacia su motocicleta estacionada en el área designada para empleados.
Juliette lo conocía; siempre subía a presidencia para entregar o recoger correspondencia urgente. Era joven, quizás veintidós años, con una sonrisa amable y modales educados.
Una idea desesperada comenzó a formarse en su mente.
—¡Alex! —llamó, dirigiéndose hacia él con paso decidido.
El joven se detuvo, sorprendido al escuchar su nombre, y se giró para encontrarse con Juliette acercándose rápidamente.
—Hola, Juliette —saludó con una sonrisa amistosa—. No te vi hoy, no tuve que subir a presidencia.
Alex ya se había quitado la chaqueta del uniforme y estaba a punto de ponerse el casco cuando Juliette llegó a su lado. Una idea brillaba en sus ojos mientras tomaba una decisión que sabía imprudente pero necesaria.
—Alex, sígueme la corriente —dijo en voz baja y urgente—. Luego te explico, por favor. Necesito tu ayuda.
La confusión se reflejó en el rostro del joven.
—¿Qué? —preguntó, claramente desconcertado.
—Bésame, por favor —susurró Juliette, lanzando una mirada furtiva hacia donde Danilo esperaba—. Alguien está mirando.
Los ojos de Alex se abrieron de par en par. Instintivamente miró por encima del hombro de Juliette, captando la presencia del imponente hombre junto al Bentley que ahora los observaba con atención.
Antes de que Alex pudiera procesar lo que estaba sucediendo, Juliette tomó su rostro entre sus manos y presionó sus labios contra los suyos en un beso que esperaba pareciera apasionado desde la distancia.
El joven permaneció congelado por un segundo, pero pronto la sorpresa dio paso al instinto. Sus manos encontraron la cintura de Juliette, atrayéndola más cerca mientras respondía al beso con un entusiasmo que ella no había esperado.
El estómago de Juliette se revolvió con una mezcla de culpa, vergüenza y una pequeña satisfacción vengativa al saber que Danilo estaba presenciando la escena. Los labios de Alex eran suaves, gentiles, tan diferentes a los que su cuerpo anhelaba. Era como besar a un amigo, sin chispa, sin esa electricidad que hacía que su piel ardiera cuando Danilo la tocaba. Pero eso no importaba ahora. Lo importante era la imagen que estaban proyectando.
El pobre chico claramente no entendía lo que estaba sucediendo, pero tener entre sus brazos a la hermosa secretaria de presidencia, objeto de fantasía de varios empleados desde hace un par de semanas, no era precisamente un sacrificio.
Lo que ninguno de los dos esperaba era la voz que cortó el aire como un látigo, profunda, autoritaria y con un inconfundible tono de furia.
—¡Juliette!
El sonido de su nombre pronunciado así, como una orden y una acusación al mismo tiempo, hizo que se separara de Alex como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Se giró lentamente para encontrarse con Danilo a escasos metros de distancia, sus ojos oscurecidos por una emoción que conocía demasiado bien: celos posesivos en su forma más pura.
Alex palideció visiblemente, su mirada alternando entre Juliette y el hombre que ahora parecía capaz de reducirlo a cenizas con solo mirarlo.
Jajaja que capitulo. Muy buena jugada Juliette, no te dejes cariño. Repite conmigo: aunque Danilo este más bueno que comer pollo con las manos debemos cerrar las piernas, repito, debemos cerrar las piernas.