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43. Celos y confesiones

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43. Celos y confesiones

Danilo permaneció inmóvil mientras observaba a Juliette en brazos de otro hombre. La escena había aparecido ante sus ojos como una pesadilla: su Juliette, su pequeña, besando a un desconocido que ni siquiera parecía lo suficientemente mayor para afeitarse correctamente.

Los celos se dispararon por su cuerpo como fuego líquido, consumiendo cada pensamiento racional. ¿Por qué se estaba besando con él? ¿Quién era ese muchacho? En todas las investigaciones que había ordenado sobre ella desde su partida, no había aparecido ningún hombre, ninguna relación sentimental. El informe del detective había sido claro: Juliette estaba completamente enfocada en su trabajo y en cuidar de su hermana. No había señales de actividad romántica de ningún tipo.

¿O su detective había obviado esa información? ¿Era posible que Juliette hubiera encontrado a alguien tan rápido, que lo hubiera reemplazado con tanta facilidad mientras él pasaba noches en vela pensando en ella?

La ira, la rabia y los celos se apoderaron de él como una tormenta desatada. Sin ser consciente de sus movimientos, caminó hacia ellos y en dos zancadas ya estaba detrás de Juliette. Pronunció su nombre con voz fuerte, ronca, cargada de una furia apenas que lo sorprendió incluso a él mismo.

—¡Juliette!

Ella giró hacia él con una fría indiferencia. Su cuerpo temblaba visiblemente, pero su expresión se mantuvo normal o al menos eso era lo que intentaba mostrar.

—Señor Brown —dijo ella en tono calmado, como si él ya no le importara en absoluto.

—¿Quién es él? —gruñó, ignorando completamente el saludo, sus ojos fijos en el joven que permanecía demasiado cerca de Juliette para su gusto.

Juliette parpadeó varias veces, como si estuviera procesando la pregunta o decidiendo cómo responder. Finalmente, con una calma que parecía calculada para enfurecerlo aún más, hizo un gesto hacia el muchacho.

—Danilo, te presento a Alex, mi novio —los presentó y cada palabra parecía como un martillo sobre el ya frágil control de Danilo—. Alex, él es Danilo Brown, mi ex jefe —dijo en un murmullo tan bajo que ni el pobre chico alcanzó a oírlo muy bien.

Alex, metiéndose sorprendentemente bien en su papel, extendió la mano con una sonrisa que a Danilo le pareció insoportablemente presumida.

—Un placer, señor Brown —dijo el tal Alex.

Para dar más credibilidad a la situación, rodeó la cintura de Juliette con un brazo en un gesto posesivo que hizo que la sangre de Danilo hirviera. Sus manos se cerraron en puños a sus costados, tan apretados que sus nudillos se tornaron blancos.

No respondió al saludo. No podía. Si estrechaba esa mano, no estaba seguro de poder contenerse. En su lugar, miró al joven como si quisiera reducirlo a cenizas con el puro poder de su mirada.

—¿Necesita algo, señor Brown? —preguntó Juliette, con la voz temblorosa a pesar de su evidente esfuerzo por parecer indiferente.

—Tenemos que hablar —respondió Danilo, y su tono dejaba claro que no era una sugerencia sino una orden.

Juliette no hizo el menor intento de separarse de Alex, quien parecía funcionar como una especie de escudo humano contra Danilo. El joven, aunque visiblemente intimidado por la intensidad de la mirada que Danilo le dirigía, mantenía su posición junto a ella.

—Lo que tenga que decirme puede decírmelo frente a Alex —declaró Juliette con una firmeza que sorprendió a Danilo—. Él es mi novio y tengo absoluta confianza en él. No le oculto nada.

Las palabras fueron como una bofetada. No le oculto nada. La implicación era clara: a diferencia de él, a quien ella había entregado su confianza solo para ser decepcionada.

Danilo endureció sus facciones, sus manos apretándose aún más hasta que casi podía sentir sus uñas clavándose en las palmas. El control que tanto le había costado mantener durante toda su vida se desvanecía rápidamente.

—¿Nena, quieres que te lleve a tu casa? —intervino Alex, dirigiéndose a Juliette con un tono cariñoso que aumentó exponencialmente la tensión del momento.

Los ojos de Juliette se abrieron de par en par, como si no esperara esa intervención, pero rápidamente se recompuso.

—Sí, por favor —respondió, sonando aliviada por la ayuda extra que le estaba dando.

Se volvió hacia Danilo con una seriedad que contrastaba brutalmente con la intimidad que acababa de presenciar.

—Buenas tardes, señor Brown —dijo, como si estuviera despidiéndose de un cliente más en un día ordinario de trabajo.

Alex, interpretando su papel con un entusiasmo que Danilo encontró intolerable, tomó un casco de motocicleta y lo colocó cuidadosamente sobre la cabeza de Juliette, ajustando las correas con gestos que pretendían mostrar romanticismo y cariño. La escena era tan dramática, tan íntima, que Danilo sintió náuseas.

—Un placer, señor —dijo Alex, dirigiéndole una última mirada antes de subir a su motocicleta.

Juliette, limitada por su falda de tubo, se sentó de lado en el asiento trasero, visiblemente tensa. Era evidente para Danilo que no estaba acostumbrada a esto, que quizás nunca antes había subido a una motocicleta. Este detalle, esta pequeña inconsistencia en la imagen de pareja establecida que intentaban proyectar, encendió una chispa de duda en su mente.

Pero antes de que pudiera procesar esa información, el rugido del motor ahogó cualquier otro sonido. La motocicleta arrancó, llevándose a Juliette, quien se aferraba a la cintura de Alex como si temiera caerse.

Danilo se quedó allí, de pie en el estacionamiento, la furia ardiendo dentro de él como un volcán a punto de erupcionar. Observó hasta que la motocicleta desapareció de su vista, y solo entonces permitió que una maldición escapara de sus labios.

Con movimientos rígidos, regresó a su auto y se deslizó en el asiento trasero. London, su chófer, le dirigió una mirada interrogante a través del retrovisor, pero sabiamente guardó silencio.

—¿Sucedió algo con la señorita, señor? —Danilo lo miró por el retrovisor.

—Al parecer la señorita si tiene una relación sentimental, ¿puedes creerlo? Porque yo no.

Gruñó tomando su teléfono para marcar el número de su detective.

—Joaquín, dame una jodida explicación de porque en tu información sobre Juliette Moreau no aparece ningún jodido hombre o relación amorosa.

Gruñó Danilo a través del teléfono apretando el aparato tan fuerte.

—Señor Brown, la información que yo le pasé es precisa y certera. Ella no esta en una relación amorosa. Y usted sabe que mi trabajo es preciso y sin errores.

Danilo exhaló hondo recostando su cabeza en el respaldo del asiento de cuero de su lujoso automóvil.

—Más vale que sea cierto, de lo contrario date por despedido.

Contestó colgando la llamada. Quedándose así por unos minutos. Luego ordenó a su chófer ir a la dirección que tenía de Juliette. La enfrentaría y no saldría de allí hasta tener una buena respuesta.

Juliette creía que esto había terminado, estaba muy equivocada. Si pensaba que podía jugar este juego con él, pronto descubriría que Danilo Brown nunca perdía. Y ciertamente no iba a perderla a ella. No de nuevo. No sin luchar.

La motocicleta de Alex serpenteaba ágilmente entre el tráfico de Detroit, mientras Juliette se aferraba a su cintura con más fuerza de la necesaria. Nunca había estado en una motocicleta antes, y la combinación de velocidad, viento y la adrenalina del encuentro con Danilo la tenía al borde del pánico.

Veinte minutos después, que a Juliette le parecieron horas, Alex finalmente estacionó frente a un modesto edificio de apartamentos en un barrio tranquilo.

—Llegamos —anunció, apagando el motor.

Juliette desmontó con piernas temblorosas, quitándose el casco y entregándoselo a Alex con manos que apenas podía controlar. Se sentía como si hubiera corrido un maratón, cada músculo de su cuerpo tenso hasta el punto del dolor.

Alex apagó completamente la motocicleta y observó su estado con preocupación. Sin decir palabra, tomó sus manos entre las suyas, sorprendiéndola con el gesto inesperadamente gentil.

—¿Te sientes bien? —preguntó, con preocupación.

—Demasiadas emociones en un solo día —respondió Juliette, intentando sonreír—. Y nunca me había subido a una moto.

Alex asintió, devolviendo la sonrisa que resultaba reconfortante después de la intensidad del encuentro con Danilo.

—Perdóname, te debo una merienda o una cena —dijo Juliette, sintiéndose en deuda con este joven que se había visto arrastrado a su drama personal.

La sonrisa de Alex se ensanchó.

—Si no amanezco muerto mañana —bromeó, aunque había un matiz de preocupación real en su tono.

Juliette se llevó una mano a la frente, la culpa cayó sobre ella con todo su peso.

—Tranquila, no fue tu culpa —continuó ella—. La verdad es que no estuvo bien, te expuse y…

Alex negó con la cabeza, sin perder su sonrisa.

—Hermosa, un poco de emoción a la vida no le viene mal a nadie —interrumpió con ligereza—. Pero debo decir que el que no estuvo para nada emocionado era ese hombre. Si sus ojos mataran, yo estaría a diez metros bajo tierra. Estaba furioso, muerto de celos.

El corazón de Juliette comenzó a latir con fuerza ante esas palabras. ¿Celos? ¿Danilo celoso? La idea era tan tentadora como peligrosa.

—No, ese hombre no está celoso —se apresuró a negar, más para convencerse a sí misma que a Alex—. Simplemente no tolera que yo pueda estar con otro hombre porque se cree mi dueño. No son celos, es solo posesividad.

Bajó la mirada, incapaz de sostener la de Alex mientras exponía esta verdad dolorosa que había aceptado hace tiempo.

—¿Tu ex, dijiste ? —preguntó él, con curiosidad.

Juliette suspiró profundamente, considerando cómo responder. ¿Qué había sido exactamente Danilo para ella? ¿Jefe? ¿Amante? ¿El hombre que había amado con todo su ser solo para ser rechazada?

—Ex, pero ex jefe —respondió finalmente, optando por la explicación más simple.

Los ojos de Alex se abrieron de par en par, claramente sorprendido.

—Vaya, tu vida parece más una novela —comentó, impresionado—. Creo que te aceptaré un café y me cuentas todo.

Luego, con una sonrisa traviesa, añadió:

—Y si quieres que siga fingiendo que soy tu novio, adelante, úsame. Así les daré tanta envidia a los compañeros de la empresa.

Soltó una carcajada que rompió momentáneamente la tensión que habia.

—Dios mío —murmuró Juliette, apretándose las sienes, dividida entre la vergüenza y un extraño alivio por haber encontrado un aliado inesperado.

Alex encendió nuevamente su motocicleta, preparándose para marcharse, pero antes de hacerlo, se volvió hacia ella con una expresión más seria.

—Pero te diré algo, hermosa Juliette —dijo, en tono reflexivo—. No parecía solo un hombre con complejos de posesividad. Ese hombre realmente se veía celoso. Te lo digo yo, que soy hombre.

Antes de que Juliette pudiera procesar o responder a esa observación, Alex aceleró el motor.

—¡Nos vemos mañana, novia falsa! —exclamó sobre el rugido de la motocicleta, y con un guiño juguetón, se alejó calle abajo.

Juliette se quedó allí, en la acera frente a su edificio, temblando no solo por la adrenalina de la moto o el encuentro con Danilo, sino por las palabras de Alex que resonaban en su mente.

Ese hombre realmente se veía celoso.

¿Era posible? ¿Podía Danilo Brown, el hombre que le había dicho claramente que no podía darle lo que necesitaba, estar realmente celoso? ¿Y qué significaba eso para ella, para ellos?

Con piernas aún temblorosas, Juliette entró en su edificio, consciente de que había iniciado un juego peligroso. Y Danilo Brown no era un hombre que aceptara fácilmente la derrota. ¿cierto?

El ascensor del edificio de apartamentos se movía con una lentitud exasperante mientras Juliette se apoyaba contra la pared metálica, intentando controlar su respiración. Los eventos de la tarde —la aparición de Danilo en Madison Motors, la improvisada farsa con Alex, la huida en motocicleta— habían drenado cada gota de su energía. Lo único que deseaba ahora era llegar a su apartamento, abrazar a su hermana, y tal vez, si encontraba las fuerzas, preparar algo de cenar.

Cuando finalmente la puerta del ascensor se abrió en su piso, Juliette caminó con pasos pesados hacia su apartamento. Sus tacones, que había llevado todo el día, ahora parecían instrumentos de tortura. Sus piernas aún temblaban ligeramente.

Al abrir la puerta, fue recibida por el acogedor ambiente de su modesto hogar. El apartamento no era lujoso como el penthouse de Manhattan, pero en estos meses se había convertido en un verdadero refugio. Fotografías familiares en las paredes, los libros favoritos de Ellie esparcidos por la mesita de café, el aroma del estofado que seguramente Silvia había preparado para la cena.

—¡Silvia! —llamó, dejando su bolso sobre la mesa de la entrada—. Ya estoy en casa.

La muchacha apareció desde la cocina, secándose las manos en un paño. A sus veinte años, era una joven vivaracha y responsable, estudiante de enfermería que encontraba en este trabajo a tiempo parcial la manera de costear sus estudios. Hija de la hermana de Digna, había sido una bendición para Juliette, ocupándose de recoger a Ellie del colegio y acompañarla hasta su regreso.

—Hola, Juliette —saludó con su habitual sonrisa—. ¿Día difícil? Pareces agotada.

Juliette asintió, quitándose los tacones con un suspiro de alivio.

—Ni te imaginas —respondió, sin deseos de entrar en detalles—. ¿Cómo ha estado Ellie?

—Bien, terminó su tarea de matemáticas y luego vimos un programa de naturaleza juntas —informó Silvia, recogiendo su mochila—. Hace unos diez minutos se fue a su habitación para darse una ducha.

—Gracias, Silvia. No sé qué haría sin ti —dijo Juliette sinceramente.

La joven se encogió de hombros con modestia.

—Para eso estamos. Además, Ellie es genial, hace que mi trabajo sea fácil —se dirigió hacia la puerta—. Debo irme, tengo un examen mañana y aún necesito repasar algunos capítulos.

—Por supuesto. Buena suerte con tu estudio.

Juliette acompañó a Silvia hasta la puerta, observando cómo la joven se dirigía hacia el ascensor. Vivía con su madre en el piso inferior, una conveniencia que había resultado ideal para este arreglo.

Cuando cerró la puerta, Juliette apoyó la espalda contra ella y cerró los ojos, permitiéndose finalmente un momento de vulnerabilidad. Su corazón, que había estado acelerado desde que vio a Danilo en su oficina, comenzaba apenas a recuperar su ritmo normal.

¿Cómo había llegado a esto?

Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Seguramente Silvia había olvidado algo. Sin pensar, giró y abrió la puerta.

—¿Te olvidaste…? —comenzó, pero las palabras murieron en sus labios.

No era Silvia quien frente a su puerta. Era Danilo.

Juliette se quedó paralizada, como un animal sorprendido por los faros de un automóvil. Danilo Brown, en toda su imponente presencia, estaba de pie frente a ella.

—¿Puedo pasar o tu novio no te permite recibir visitas? —preguntó él, su voz carente de todo humor, cada sílaba cargada de sarcasmo.

La sorpresa dio paso rápidamente a la indignación y el miedo.

—¿Qué hace usted aquí? —demandó Juliette sorprendida y nervosa —. ¿Cómo sabe dónde vivo?

Danilo ladeó la cabeza, estudiándola con esa mirada penetrante que siempre la hacía sentir completamente expuesta.

—Yo sé todo, Juliette. Todo —respondió con una calma inquietante—. Así como que hace una semana atrás tú no tenías novio y ese chico no era nada tuyo. Ahora explícame cómo es que ahora es tu novio.

Un escalofrío recorrió la espalda de Juliette. ¿La había estado vigilando? ¿Durante cuánto tiempo? La idea de que Danilo hubiera estado siguiendo sus movimientos, investigándola, la llenó de una mezcla de indignación y un perturbador cosquilleo de emoción que se apresuró a reprimir.

—¿Me ha estado siguiendo? —preguntó, con la voz temblorosa a pesar de su esfuerzo por sonar firme.

—Yo primero te hice la pregunta —gruñó Danilo, dando un pequeño paso hacia adelante, reduciendo el espacio entre ellos.

El miedo a que Ellie pudiera aparecer en cualquier momento y encontrarse con esta situación impulsó a Juliette a actuar.

—Maldita sea, maldita sea —murmuró, empujando a Danilo hacia atrás con ambas manos contra su pecho.

Salió al pasillo, cerrando la puerta tras de sí. El contacto con su cuerpo, aunque breve, envió una corriente eléctrica por sus brazos que ignoró deliberadamente.

—¿Qué carajos quieres? —exigió cansada, molesta —. ¿Por qué invertir en la empresa donde trabajo ahora? ¿Por qué apareces después de todos estos meses?

La furia, la confusión y el dolor de los últimos meses se concentraron en cada palabra que lanzaba contra él. Su cuerpo temblaba, pero ya no de miedo sino de una rabia que ya no podía contener.

—¿Qué es lo que quieres ahora? —continuó, dando un paso hacia él, enfrentándolo—. ¿Qué siga siendo tu muñeca, tu juguete, tu bolsa donde depositas tu…?

Se detuvo abruptamente, consciente de que sus palabras estaban tomando un rumbo demasiado explícito, demasiado crudo. Pero el daño ya estaba hecho. Sus mejillas ardían de vergüenza y rabia mientras Danilo la miraba fijamente, sus ojos oscuros indescifrables.

El silencio entre ellos era denso, cargado de mucha tensión.

—¿Terminaste? —preguntó Danilo, su voz sonaba extrañamente suave, casi gentil, contrastando con la dureza de su mirada.

Juliette apretó los labios, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto protector. No respondió, temiendo que cualquier palabra solo alimentara el fuego que ardía entre ellos.

—No vine a pelear contigo, Juliette —continuó Danilo, pasándose una mano por el cabello en un raro gesto de exasperación —. Vine porque necesitamos hablar. Realmente hablar.

—¿Sobre qué? —respondió ella, la desconfianza era evidente en su tono—. Fuiste bastante claro la última vez. No podías darme lo que necesitaba, ¿recuerdas? Me merecía a alguien que pudiera amarme como yo merecía ser amada. Tus palabras exactas. Bueno, eso es lo que encontré en Alex, un hombre que realmente me da lo que necesito.

Danilo cerró los ojos brevemente, como si las palabras le causaran dolor físico. <Nadie podrá hacerte sentir lo que yo te hago sentir> susurró entre dientes para él mismo.

—Las cosas han cambiado —declaró mirándola.

—¿Qué cosas, exactamente? —presionó Juliette, negándose a facilitarle el camino.

—Todo —respondió él—. Yo he cambiado. Mis sentimientos, mis...

Juliette soltó una risa incrédula, aunque el sonido carecía de humor.

—Claro que sí. Y ahora que ves que yo si puedo estar con otro hombre, de repente has “cambiado” —dijo, dibujando comillas en el aire—. Demasiado conveniente, ¿no crees?

—No es así —insistió Danilo, dando otro paso hacia ella—. No tiene nada que ver con ese chico. Esto es sobre nosotros, sobre lo que dejé ir.

—No hay un “nosotros”, Danilo, nunca lo hubo y no lo habrá—respondió Juliette, odiando el temblor en su voz—. Tú mismo te encargaste de eso. Y ahora, después de meses, ¿apareces en mi trabajo, en mi casa, en mi vida, esperando qué exactamente? ¿Volver a desordenarlo y convertirlo en un caos?

La pregunta quedó suspendida entre ellos, un desafío directo que Juliette no estaba segura de querer que respondiera. Porque una parte de ella, esa parte que aún despertaba llorando su nombre en la oscuridad, temía la respuesta tanto como la anhelaba.

—Una segunda oportunidad —dijo Danilo como si fuera tan sencillo —. Eso es lo que espero. Lo que te pido.

Juliette sintió que sus piernas amenazaban con fallarle. De todas las cosas que esperaba que dijera, esta era la que menos había anticipado. La vulnerabilidad en su mirada, la honestidad cruda en su voz, eran tan diferentes del Danilo que conocía que por un momento se preguntó si estaba soñando.

Antes de que pudiera responder oyó la voz de Ellie al otro lado.

—Jules, ¿estás ahí? Escuché voces y… su hermana abrió la puerta y se detuvo al ver a Danilo. Sus ojos curiosos viajaron de su hermana al imponente hombre que estaba demasiado cerca de ella.

—Hola —saludó Ellie reconociéndolo al instante.

—Hola, Ellie —saludó Danilo y Juliette sintió unas cosquillas en su estómago al escuchar a Danilo saludar a su hermana de forma amable casi dulce.

Juliette se giró hacia su hermana, intentando componer una expresión neutral.

—Ellie, vuelve adentro, por favor. Estaré allí en un minuto.

Ella sin embargo no se movió, sus ojos evaluaron a Danilo.

—¿Es él, verdad? —preguntó sorprendentemente—. ¿El hombre por el que lloras por las noches?

Las palabras de Ellie cayeron como una bomba entre ellos. Juliette sintió que el rubor subía por su cuello hasta sus mejillas, mientras Danilo la miraba con una intensidad que le causó entre conmoción y sorpresa.

—Ellie, por favor —suplicó Juliette, mortificada—. Ve adentro.

Esta vez, su hermana obedeció, pero no sin antes lanzar una última mirada molesta a Danilo.

—Si haces llorar a mi hermana otra vez, no me importa lo grande que seas —advirtió con seriedad—. Encontraré la manera de hacerte pagar.

Y con eso, cerró la puerta, dejándolos nuevamente solos en el pasillo.

El silencio que siguió estaba cargado de una nueva tensión, diferente a la anterior. La revelación involuntaria de Ellie había cambiado algo, había expuesto una verdad que Juliette hubiera preferido mantener oculta.

—Juliette… —comenzó Danilo.

—No —lo interrumpió ella, levantando una mano—. No digas nada. No ahora.

Tomó una respiración profunda, intentando ordenar sus pensamientos.

—Ellie me necesita. Tengo que entrar —declaró queriendo que la tierra la tragara —. Y tú necesitas irte.

—¿Lloras por las noches?

—Lo hago, pero no por ti, no te creas la gran cosa, lloro por mi madre, por lo dura que ha sido la vida conmigo. Por todo lo que dejé en Manhattan, mis amigos, mis conocidos.

Danilo la miró largamente, como si estuviera memorizando cada detalle de su rostro.

—Me iré —accedió finalmente—. Pero esto no ha terminado, Juliette. No cuando ahora sé que sigues sintiendo algo por mí, igual que yo por ti.

Juliette no respondió. No confiaba en su voz, no cuando su corazón parecía querer saltar de su pecho.

—Mañana —dijo Danilo, retrocediendo un paso—. Hablaremos mañana. Y esta vez, realmente hablaremos y no me importa que tengas novio, amante o esposo, si tengo que quitarlo de mi vista lo haré sin dudar, Juliette.

Ella negó bajando la mirada. —Ese es tu maldito problema. Todo se tiene que hacer a tu manera, todo tiene que girar de acuerdo a tus voluntades, ¿y sabes que? Estoy harta. De tus juegos, de tu forma posesiva de pensar que yo te pertenezco.

Danilo apretó sus dientes entre sí dando un paso hacia ella, pero se detuvo apretando las manos en puños intentando controlarse para no tomarla de la cintura, para no abrazarla.

—No sabia lo que estaba perdiendo cuando te dejé ir, Juliette, fui un maldito idiota. Solo te pido una oportunidad para hablar, escucha lo que tengo que decir y si después de eso aun quieres que me vaya de tu vida, lo haré, lo juro, pero al menos escúchame. Porque si no te digo todo lo que tengo atorado aquí —señaló su pecho—, voy a explotar.

Ella temblaba y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. —Te daré una oportunidad para hablar y luego de eso quiero que te vayas, quiero que te olvides de mí, quiero que me dejes vivir mi nueva vida.

Danilo asintió. —Lo prometo —dijo con el nudo doloroso apresando su garganta.

Con esas palabras, se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor. Juliette lo observó alejarse, Solo cuando las puertas del ascensor se cerraron tras él, se permitió soltar el aliento que había estado conteniendo y las lágrimas que comenzaban a salir por montones.

Con piernas temblorosas, se recostó en la puerta.

¡Dios Mío! ¿Por qué me envías estas pruebas tan difíciles?

Eso mi Juls no te dejes mamacita, demuéstrale que no se te cae la bombacha por él, bueno, un poco tal vez, pero no seas tan obvia.