44. Cerrando ciclos
La mañana en Madison Motors transcurría con la eficiencia habitual que Juliette había logrado establecer en su trabajo. Sentada en su escritorio, repasaba con atención las instrucciones que Matthew Carrigan le daba sobre los informes trimestrales que debían presentarse a la junta directiva.
—Necesitamos enfatizar especialmente el crecimiento en el sector de autopartes ecológicas —explicaba Carrigan, de pie frente a ella con varios documentos en la mano—. Es nuestro punto fuerte para atraer a los nuevos inversionistas.
Juliette asentía mientras tomaba notas, concentrándose en mantener su profesionalismo a pesar de que su mente ocasionalmente divagaba hacia los eventos de la noche anterior. La visita inesperada de Danilo en su apartamento, la confrontación en el pasillo, la revelación involuntaria de Ellie… Todo seguía demasiado fresco, demasiado confuso.
—También quiero que prepares un análisis comparativo con nuestros competidores directos —continuó Carrigan, pasándole otra carpeta—. Necesitamos mostrar por qué somos la mejor opción de inversión en el mercado actual.
—Por supuesto, señor —respondió Juliette, añadiendo la tarea a su lista—. Tendré todo listo para mañana a primera hora.
El sonido del elevador abriéndose interrumpió la conversación. Ambos levantaron la mirada instintivamente hacia las puertas metálicas, desde donde emergió un joven mensajero. Lo que llamó inmediatamente la atención no fue tanto el muchacho, sino lo que cargaba: un impresionante arreglo de rosas rojas, tan abundante que apenas podía verse su rostro detrás de la explosión de color.
Carrigan dejó de hablar, observando con interés al mensajero que avanzaba con cuidado por el pasillo. Él notó el logo en su uniforme: “Bloomfield Luxury Flowers”, la florería más exclusiva y costosa de Detroit, donde un simple ramo podía costar fácilmente varios cientos de dólares.
El joven se detuvo frente al escritorio de Juliette, bajando ligeramente el arreglo para poder ver por encima de las flores.
—Disculpen —dijo educadamente—. Estoy buscando a la señorita Juliette Moreau.
Juliette se quedó completamente inmóvil, sorprendida no solo por la entrega sino también por el uso de su apellido.
—Soy yo —respondió ella con esa voz tan dulce que la caracterizaba.
El mensajero sonrió, aliviado.
—Excelente. Este arreglo es para usted —dijo, colocando cuidadosamente el enorme ramo sobre una esquina del escritorio—. Y también esto.
De su bolsillo extrajo una pequeña caja negra de terciopelo, que depositó junto a las flores con una sonrisa amable.
—Necesito su firma aquí, por favor —añadió, extendiendo una tableta electrónica con un formulario digital.
Juliette firmó mecánicamente, sintiendo como si sus movimientos pertenecieran a otra persona.
El mensajero, tras verificar la firma, asintió satisfecho.
—Que tenga un buen día —se despidió, dirigiéndose nuevamente hacia el elevador.
Cuando las puertas se cerraron tras él, Juliette se encontró bajo la mirada divertida de Matthew Carrigan, quien observaba el espectacular arreglo con una ceja levantada.
—Parece que tienes un admirador, Juliette —comentó con una sonrisa que mezclaba curiosidad y discreción—. Y uno bastante generoso, debo añadir. Bloomfield no es precisamente económico.
Juliette sintió que su rostro ardía, la vergüenza y la confusión mezclándose en un calor que seguramente había teñido sus mejillas de rojo intenso. Su corazón latía tan rápido que temía que Carrigan pudiera escucharlo.
Para su alivio, su jefe pareció captar su incomodidad. Con un gesto que agradeció profundamente, Carrigan recogió sus documentos y dio un paso hacia su oficina.
—Creo que eso es todo por ahora —dijo con tono ligero—. Te dejo estos informes para que los revises cuando… tengas tiempo —añadió, con una mirada significativa hacia las flores y la misteriosa caja.
—Gracias, señor —logró responder Juliette, agradeciendo silenciosamente su discreción.
Carrigan asintió y se retiró a su oficina, cerrando la puerta tras él y otorgándole a Juliette el espacio privado que tanto necesitaba en ese momento.
Cuando se quedó sola, Juliette exhaló lentamente, intentando calmar los latidos desbocados de su corazón. El aroma de las rosas, intenso y dulce, impregnaba el aire a su alrededor. Eran perfectas: de un rojo profundo y aterciopelado, con tallos largos y hojas de un verde brillante, dispuestas en un elegante empaque con un gran lazo de un rojo intenso como las rosas.
Con manos temblorosas, dirigió su atención a la pequeña caja negra de terciopelo. La tomó entre sus dedos, notando la suavidad del material y el peso ligero. Por un momento, la indecisión la paralizó. Abrir esa caja significaba aceptar ese regalo de quien sabe quien, aunque no hacia ser un adivino para saberlo.
Finalmente, la curiosidad venció. Con un movimiento decidido, abrió la caja.
Sobre un fondo de seda blanca descansaba un delicado brazalete de platino, tan fino que parecía un hilo de luz capturado en metal precioso. A lo largo de la cadena, pequeñas piedras brillantes que, efectivamente, parecían ser diamantes genuinos. En el centro, como punto focal de la pieza, colgaba un pequeño pero exquisito corazón, también elaborado con diminutos diamantes engarzados con precisión milimétrica.
Juliette jadeó, sorprendida tanto por la belleza de la joya como por lo que representaba. El mensaje era claro: un corazón ofrecido en la forma más permanente y valiosa.
Apartando la mirada del brazalete, buscó entre las rosas la tarjeta que inevitablemente debía acompañarlas. La encontró parcialmente oculta entre los pétalos: un sobre color crema con su nombre escrito en una caligrafía elegante y distintiva.
Con dedos que ahora temblaban visiblemente, extrajo la tarjeta del sobre. Al instante reconoció la letra, esa caligrafía fluida y elegante que había visto tantas veces en documentos y notas durante su tiempo en Brown Enterprises.
“
El tiempo y la distancia no han cambiado lo que mi corazón sabe con certeza: que eres tú, siempre has sido tú. ¿Me darías la oportunidad de demostrártelo? D.”Juliette leyó las palabras una vez, dos veces, tres veces, como si esperara que cambiaran con cada lectura, que revelaran alguna trampa oculta, alguna manipulación. Pero lo único que encontraba era una sinceridad que nunca antes había visto en el, una vulnerabilidad que contradecía todo lo que conocía de su ex jefe.
—Danilo —susurró su nombre, negando suavemente con la cabeza mientras apoyaba las manos sobre el escritorio, intentando anclarse a algo sólido cuando todo lo demás parecía girar a su alrededor.
¿Por qué ahora? ¿Por qué, después de meses, después de haberla dejado ir, después de que finalmente estaba construyendo una nueva vida, decidía aparecer con declaraciones de amor eterno y regalos ostentosos?
La ironía no se le escapaba. Durante tanto tiempo había soñado con este momento, había imaginado a Danilo arrepentido, confesando que la amaba, rogando por una segunda oportunidad. Y ahora que finalmente ocurría, lo único que sentía era confusión y miedo.
Miedo de creer, miedo de confiar, miedo de entregar nuevamente su corazón al único hombre que había tenido el poder de destrozarlo por completo.
El brazalete brillaba sobre la seda blanca, tentador y peligroso como todo lo relacionado con Danilo Brown. Y mientras Juliette lo contemplaba, la pregunta seguía sonando en su mente, tan insistente como los latidos de su corazón: ¿Por qué ahora?
La mañana avanzaba y Juliette seguía alternando miradas entre el brazalete de diamantes y el imponente arreglo floral, intentando procesar el significado de este gesto. Se había puesto el brazalete y no dejaba de mirarlo por su muñeca, era hermoso y sonreía y lo tocaba cada vez que lo miraba, la tarjeta seguía sobre su escritorio, como si necesitara leerla repetidamente para convencerse de que era real.
El sonido del elevador la sacó de sus cavilaciones. Las puertas se abrieron y Alex apareció, vistiendo su uniforme de mensajero y sosteniendo un sobre grande color madera. Como siempre, caminaba con tranquilidad, sin la prisa habitual de las entregas urgentes.
Sus ojos se abrieron de par en par cuando vio el espectacular arreglo floral que dominaba una esquina del escritorio de Juliette.
—¡Wow! —exclamó, acercándose con una sonrisa que mezclaba asombro y picardía—. Sí que ese hombre está intentando conquistarte.
Extendió una mano para tocar ligeramente uno de los pétalos aterciopelados, mientras su sonrisa se ensanchaba aun más.
—Unas flores así no las enviaría un hombre posesivo —añadió con tono conocedor—. Solo un hombre enamorado.
Juliette sintió que su rostro ardía nuevamente, el rubor se extendió hasta su cuello mientras observaba la sonrisa cómplice de Alex. Apenas lo conocía, y sin embargo, ya parecía haberse convertido en una especie de confidente inesperado en este drama personal.
—¿Cómo sabes que es él? —preguntó Juliette, consciente de lo tonta que sonaba la pregunta incluso mientras la formulaba.
Alex soltó una carcajada breve, señalando el arreglo con un gesto amplio.
—Cielos, rubia, este ramo cuesta una fortuna, como cuatro meses de mi salario —explicó con una franqueza refrescante—. Y ese hombre de ayer con su imponente Audi… —hizo un gesto con las cejas.
Seguía sonriendo, claramente disfrutando de la situación mucho más de lo que Juliette consideraba apropiado. Ella negó con la cabeza, suspirando resignada.
—Sí, lo envió él —admitió finalmente—. Y no solo eso, esto también.
Extendió el brazo para mostrarle el delicado brazalete con diamantes que adornaba su muñeca. Los ojos de Alex se abrieron cómicamente, su mandíbula casi cayó con una expresión de asombro.
—Por todos los… —comenzó, inclinándose para observar mejor la joya—. Este hombre no solo está enamorado. Este hombre quiere proponerte matrimonio.
Su tono era de broma, pero la sugerencia hizo que Juliette jadeara, estirando el brazo.
—Basta, Alex, no es cierto —protestó—. No es… no es eso.
Alex depositó el sobre que llevaba sobre el escritorio, aparentemente olvidando momentáneamente el propósito original de su visita.
—Bueno, bonita —dijo, apoyándose casualmente contra el borde del escritorio—. ¿Hoy también quieres que sea tu novio falso? Porque después de estos regalos, creo que la competencia se ha vuelto mucho más intensa.
Había un tono juguetón en su voz, pero también una sincera disposición a ayudarla que conmovió a Juliette. Este joven, prácticamente un extraño hace veinticuatro horas, estaba dispuesto a seguir con la farsa si ella lo necesitaba.
Juliette negó con la cabeza, una pequeña sonrisa formándose en sus labios.
—No, hoy hablaremos —respondió, sorprendiéndose incluso a sí misma con la decisión en su voz—. Creo que es lo mejor.
Alex enarcó una ceja, visiblemente intrigado por este nuevo desarrollo.
—Ayer apareció en mi departamento —explicó Juliette, bajando la voz aunque no había nadie lo suficientemente cerca para escucharlos—. Me suplicó hablar. Y creo que tú tienes razón.
—¿Yo? —preguntó Alex, sorprendido.
—Sobre que realmente parecía celoso, no solo posesivo —aclaró ella—. Debo darle la oportunidad de hablar, al menos.
Alex asintió lentamente, su expresión tornándose más seria de lo habitual.
—Es la mejor decisión que tomaste —dijo con sinceridad—. Escucha lo que tenga que decirte y luego toma una decisión.
Hubo un momento de silencio entre ellos, Juliette se sorprendió al darse cuenta de cuánto apreciaba el consejo de Alex.
—¡Oh! —exclamó Alex de repente, como recordando algo importante—. La correspondencia. Casi lo olvido.
Señaló el sobre color madera que había dejado sobre el escritorio.
—Es para el señor Carrigan. Necesita firmarlo personalmente —explicó, volviendo a su papel profesional—. Documentos legales o algo así, según me dijeron.
Juliette tomó el sobre, agradecida por el momentáneo regreso a la normalidad laboral.
—Se lo entregaré ahora mismo —aseguró, levantándose de su asiento.
Pero antes de que pudiera dirigirse a la oficina de Carrigan, Alex la detuvo con una mano suave en su brazo.
—Juliette —dijo, su tono inusualmente serio—. Solo… ten cuidado, ¿de acuerdo?
Ella lo miró, sorprendida por su preocupación en sus ojos.
—¿A qué te refieres?
Alex pareció buscar las palabras correctas, algo raro en alguien habitualmente tan directo.
—Ese hombre… hay algo en él —dijo finalmente—. Una intensidad. No estoy diciendo que sea malo, pero es poderoso. Y cuando los hombres poderosos quieren algo, suelen conseguirlo.
Juliette asintió lentamente, comprendiendo lo que Alex intentaba expresar.
—Lo sé —respondió suavemente—. Créeme, lo sé mejor que nadie.
—Solo asegúrate de que lo que quieres tú tenga el mismo peso que lo que quiere él —añadió Alex, apretando ligeramente su brazo antes de soltarlo—. No te dejes deslumbrar por flores caras y joyas brillantes. Al final del día, lo que importa es cómo te hace sentir cuando están solos.
Las palabras de Alex, sorprendentemente sabias para alguien tan joven, sonaron profundamente en Juliette. Era exactamente lo que necesitaba escuchar: un consejo sincero, de alguien que no tenía nada que ganar o perder en esta situación.
—Gracias, Alex —dijo con una sonrisa amable—. Eres un buen amigo.
—¿Amigo? —respondió él con una sonrisa traviesa, recuperando su habitual ligereza—. ¿Qué pasó con ‘novio falso’? Me gustaba más ese título.
Juliette rio, el sonido sorprendiéndola por lo natural que se sentía después de tanta tensión.
—Considéralo un ascenso —bromeó—. De novio falso a amigo real.
Alex hizo una reverencia exagerada.
—Lo acepto con honor —declaró teatralmente, antes de mirar su reloj—. Y ahora, este amigo real debe continuar con sus entregas si quiere conservar su trabajo.
Se despidió con un gesto casual, dirigiéndose nuevamente hacia el elevador. Antes de que las puertas se cerraran, le lanzó una última mirada.
—¡Mantenme informado! —exclamó—. ¡Quiero saber todos los detalles jugosos!
Cuando el elevador se cerró, Juliette se encontró sonriendo a pesar de la incertidumbre que aún sentía. La conversación con Alex había aclarado algo en su mente: necesitaba escuchar a Danilo, pero desde una posición de fortaleza, no de vulnerabilidad.
El reloj digital en la esquina de la pantalla de su computadora marcaba las 5:00 PM. Juliette se había pasado la última hora pretendiendo trabajar, abriendo y cerrando los mismos archivos, respondiendo correos electrónicos que podían haber esperado hasta mañana, cualquier cosa para retrasar el momento inevitable.
Su corazón latía con tanta fuerza que podía sentir el pulso en sus oídos. Probablemente Danilo ya estaba esperándola afuera. Por un momento, consideró seriamente la posibilidad de quedarse allí escondida detrás de su escritorio hasta que él se cansara y se marchara. Pero sabía que eso nunca ocurriría. Danilo Brown no era un hombre que se rindiera fácilmente.
—Deja de ser cobarde —se murmuró a sí misma, cerrando finalmente el archivo que había estado mirando sin ver durante los últimos veinte minutos.
Era hora de enfrentar la situación de una vez por todas y, si era necesario, cerrar definitivamente ese círculo en su vida. La incertidumbre era peor que cualquier respuesta final, por dolorosa que pudiera ser.
Respiró hondo, guardó sus pertenencias en su bolso.
—Puedes hacerlo —se dijo en voz baja mientras apagaba su computadora—. Solo es una conversación.
Respiró hondo y se dirigió al elevador. Durante el descenso, intentó calmar sus nervios practicando técnicas de respiración. Inhaló profundamente, contó hasta cuatro, exhaló lentamente. Repitió el proceso varias veces, pero el nudo en su estómago permaneció obstinadamente.
Cuando las puertas del elevador se abrieron en el vestíbulo, Juliette titubeó brevemente antes de dirigirse hacia la salida principal. A través de las puertas de cristal, pudo verlo inmediatamente: Danilo Brown, recostado contra su elegante auto negro, vistiendo un traje gris oscuro que parecía haber sido creado específicamente para realzar su figura imponente. No llevaba corbata y los primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, dándole un aire más relajado pero no menos impactante.
Es ahora o nunca, pensó, empujando las puertas y saliendo.
Danilo la vio de inmediato. Sus ojos se encontraron a través de la distancia, y por un momento, el mundo pareció detenerse alrededor de ellos. Juliette avanzó con pasos que esperaba parecieran más seguros de lo que se sentían, consciente de que varias personas en las cercanías observaban la escena con curiosidad mal disimulada.
Al acercarse, notó cómo la mirada de Danilo descendía rápidamente hacia su muñeca izquierda, donde el brazalete capturaba la luz del sol. Una sonrisa de medio lado, esa que siempre hacía que el corazón de Juliette saltara, se dibujó en su rostro.
—Juliette —saludó él, con una voz cariñosa.
—Danilo —respondió ella, sorprendida de que su propia voz sonara relativamente estable a pesar del temblor interno que sentía.
El aroma de su perfume, llegó hasta ella enloqueciéndola, revolviendo su estómago con una mezcla de nostalgia y deseo que intentó ignorar desesperadamente.
Con un movimiento rápido, Danilo se apartó del auto y abrió la puerta trasera para ella, un gesto de cortesía anticuada que siempre había mantenido, y a Juliette le encantaba.
Juliette dudó solo un segundo antes de subir al vehículo, inmediatamente reconociendo el lujoso interior que tantas veces había ocupado durante su tiempo en Nueva York. Al acomodarse en el asiento de cuero negro, sus ojos se encontraron con los del chófer a través del retrovisor.
—Hola, London —saludó, con una pequeña sonrisa formándose involuntariamente en sus labios.
El hombre le devolvió la mirada con una expresión amable.
—Tanto tiempo, señorita Juliette —respondió con su característico acento británico—. Es un placer verla nuevamente.
Ella asintió, repentinamente consciente de cuánto había extrañado incluso estos pequeños aspectos de su vida anterior.
Danilo subió al auto y se sentó a su lado, cerrando la puerta y creando un espacio íntimo que inmediatamente pareció demasiado pequeño. Juliette se deslizó sutilmente hacia la ventana opuesta, intentando mantener la mayor distancia posible entre ellos. No se trataba solo de protegerse; era una necesidad física. La proximidad de Danilo nublaba su juicio, siempre lo había hecho.
Danilo notó el movimiento y sonrió ligeramente, pero no comentó al respecto.
—¿A dónde vamos? —preguntó Juliette, rompiendo el silencio que comenzaba a volverse incómodo.
—A un lugar donde podamos hablar sin interrupciones —respondió él con una voz ronca—. Donde nadie nos moleste.
Juliette enarcó una ceja y, su ansiedad se incrementó con esas simples palabras. “Un lugar sin interrupciones” sonaba demasiado privado, demasiado peligroso.
—Preferiría un lugar público —dijo, intentando que su voz sonara firme—. Un restaurante, tal vez.
Danilo la miró con intensidad, como evaluando sus palabras.
—Entiendo tu preocupación —respondió —. Pero lo que tengo que decirte no es para oídos ajenos. Te prometo que respetaré cualquier límite que establezcas.
No había forma de discutir sin sonar paranoica o infantil, así que Juliette guardó silencio, observando cómo las calles de Detroit pasaban a través de la ventana del lujos auto. Tras aproximadamente veinte minutos, el auto se detuvo frente a uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad, el Townsend Plaza, un imponente edificio de cristal y acero que se elevaba hacia el cielo como un monumento al lujo y la opulencia.
Juliette sintió que su corazón se aceleraba nuevamente cuando comprendió su destino.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó, sin poder ocultar la alarma en su voz.
—Es donde me hospedo —respondió Danilo con simplicidad—. Pensé que podríamos hablar en la suite. Es más privado que un restaurante y más cómodo que una sala de reuniones.
Juliette quiso protestar. Estar a solas con Danilo en una habitación de hotel, por muy suite que fuera, era peligroso. No porque temiera que él hiciera algo contra su voluntad; Danilo nunca había sido ese tipo de hombre. El peligro era ella misma, su propia debilidad, su tendencia a perder toda resolución cuando él estaba demasiado cerca.
Como si leyera sus pensamientos, Danilo añadió:
—No tienes por qué temer, Juliette. Solo quiero hablar contigo. Nada más.
El “nada más” sonó en sus oídos aumentando sus nervios. Tragó con dificultad, considerando sus opciones. Podía negarse, insistir en un lugar público, incluso pedir que la llevaran de regreso a su apartamento. Pero una parte de ella, esa parte que había extrañado desesperadamente a este hombre durante meses, quería este momento de privacidad, esta oportunidad de realmente hablar sin máscaras ni testigos.
Tras un largo momento, respiró hondo y asintió.
—De acuerdo —concedió—. Solo hablar.
Danilo bajó del auto y dio la vuelta para abrirle la puerta. Mientras se deslizaba fuera del vehículo, Juliette repetía mentalmente:
Solo hablar, solo hablar, como un mantra prnerviosa, intentando convencerse de que podría mantener la compostura, que no sucumbiría a la atracción magnética que siempre había existido entre ellos.
Caminaron lado a lado a través del lujoso vestíbulo del hotel, manteniendo una distancia prudente pero conscientes de cada movimiento del otro.
Mientras esperaban el elevador, Juliette notó que Danilo la observaba por el rabillo del ojo.
El elevador llegó con un suave tintineo, y al entrar, Juliette se encontró repentinamente consciente de lo real que era todo esto. No era un sueño, no era una de las muchas fantasías que había tenido durante los meses. Estaba realmente aquí, a punto de tener la conversación que podría cambiarlo todo, para bien o para mal.
Mientras el elevador ascendía silenciosamente hacia el piso más alto del hotel, Juliette se preguntó si estaba cometiendo un error. Si acaso no era mejor dejar el pasado en el pasado, seguir adelante con la vida que tan cuidadosamente había comenzado a construir.
Pero cuando las puertas se abrieron y Danilo le indicó con un gesto que pasara primero, supo que no había vuelta atrás. Algunos círculos necesitaban cerrarse. Algunas historias demandaban un final apropiado.
Y tal vez, solo tal vez, algunas historias merecían un nuevo comienzo.
Les dejo otro capítulo para que no digan que las dejé en la mejor parte jajaja.