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45. Posesivo y dominante

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45. Posesivo y dominante

El suave clic de la puerta al cerrarse tras ellos pareció aumentar el silencio de la suite. Danilo se movió hacia el centro de la espaciosa habitación, indicando con un gesto que Juliette podía tomar asiento en cualquiera de los elegantes muebles que componían la sala de estar.

La suite era impresionante: amplios ventanales ofrecían una vista panorámica de Detroit, los muebles caros y pequeños detalles de lujo —flores frescas, una botella de champán enfriándose, una selección de frutas— revelaban la categoría del alojamiento.

Pero ninguno de los dos parecía apreciar estos lujos. Danilo pasaba nerviosamente la mano por su cabello, un gesto que Juliette había visto pocas veces, solo en momentos de extremo nerviosismo e inquietud. Por su parte, ella estrujaba sus propias manos, retorciéndolas como si intentara exprimir la ansiedad que sentía.

El silencio se extendió por varios segundos, hasta que Danilo dio un paso hacia ella. Juliette giró rápidamente, su cuerpo reaccionando instintivamente a su proximidad.

—Espero que te hayan gustado las flores —dijo él despacio.

Su mirada descendió hasta la muñeca de Juliette, donde los diamantes del brazalete brillaban tan hermosos como ella.

—Y veo que también te ha gustado el brazalete —añadió, con una leve sonrisa curvando sus labios—. Lo mandé hacer especialmente para ti.

El corazón de Juliette latía con tanta fuerza que temía que él pudiera escucharlo. Este era el momento que había estado evitando y anhelando simultáneamente. Era hora de hablar con honestidad, de enfrentar todo lo que había quedado sin decir.

—Gracias por las flores —respondió sincera —. Y sí, me ha gustado el brazalete. Lo tomaré como regalo por todos los recuerdos dolorosos que tengo de ti.

La sonrisa de Danilo se desvaneció. Apretó los labios y asintió, como aceptando el golpe que merecía. Por primera vez, Juliette pudo ver claramente el dolor en sus ojos, la evidencia de que él también estaba sufriendo. No era solo ella quien había sido herida en esta historia.

—Rebecca falleció —confesó él abruptamente, como si necesitara quitarse un peso de encima antes de continuar.

La noticia golpeó a Juliette. A pesar de todo lo sucedido, a pesar de nunca haber conocido personalmente a la ex esposa de Danilo, sintió una punzada de tristeza.

—Cuánto lo siento —dijo sinceramente.

Danilo asintió, agradeciendo su empatía.

—No estoy aquí para hablar de ella ni de nadie más —aclaró—. Pero la menciono porque es por donde quiero comenzar.

Juliette comprendió y asintió, incapaz de sentarse, aunque sus piernas temblaban sin control. Danilo permaneció de pie, moviéndose de un lado a otro como un animal enjaulado, como si la energía nerviosa que lo consumía no le permitiera quedarse quieto.

—No fue fácil para mí la traición de Rebecca —comenzó, y en su voz se revelaba una herida que ya había sanado —. Desde ese instante, juré cerrar mi corazón para un romance, para cualquier mujer.

Hizo una pausa, deteniéndose para mirarla directamente.

—Pero tampoco quiero parecer un santo —continuó, con una cruda honestidad en su tono—. Porque cuando aún estaba casado con Rebecca, antes de saber que ella me era infiel y descubrir su infidelidad, tú ya me gustabas.

Juliette abrió los ojos de par en par. Eso si era una gran revelación.

Se pasó una mano por el rostro, como si el recuerdo lo avergonzara y lo excitara a partes iguales.

—Desde que entraste a trabajar como mi asistente, no pude evitar… endurecerme por ti —confesó y su franqueza la desarmó completamente.

Juliette sintió que sus mejillas ardían ante la implicación de sus palabras. Danilo Brown, siempre tan controlado, tan distante, admitiendo que ella había provocado en él una reacción incontrolable.

—No voy a negarlo, Juliette —continuó, bajando la voz —. De alguna manera, yo también le fui infiel a Rebecca con el pensamiento. Porque cada vez que entrabas en mi oficina, no podía dejar de mirar tus hermosas piernas, tu hermosa cintura, tu perfecto… —se detuvo, buscando la palabra adecuada—, culo, tus pechos —se mordió ligeramente los labios recomponiendose rápidamente, pero Juliette lo habia visto. Y ese simple gesto la habia humedecido y contuvo la respiración, sorprendida por la crudeza de su confesión.

—Te imaginaba arrodillada frente a mí con mi miembro en tu boquita —continuó, con la mirada fija en ella, evaluando su reacción—. Imaginaba desnudándote y haciéndote mía sobre mi escritorio. Te imaginaba de tantas formas y ninguna eran decentes.

El calor se extendió por el cuerpo de Juliette, cuando en su mente florecieron imágenes prohibidas, recuerdos de lo que habían compartido mezclándose con las fantasías que él describía.

—Y eso me hacía odiarme —añadió Danilo—. Porque yo no era de esos hombres. Siempre había respetado a mi esposa, a mi familia. No podía perder la cabeza por mi secretaria y destruir mi familia. Pensaba… pero a Rebecca no le importó.

Se dejó caer en el sillón frente a ella, repentinamente exhausto, como si estas confesiones drenaran su energía.

—Pensé que me odiabas —dijo Juliette en voz baja, recordando esos meses, la frialdad con que la trataba, la distancia que siempre mantenía.

Danilo negó con la cabeza.

—No, no te odiaba —respondió, su voz más suave—. Intentaba mantener la cordura. Intentaba mostrarme indiferente contigo, a ver si así lograba dejar de sentir lo que sentía por ti.

Hizo una pausa, sus ojos perdidos en recuerdos que ella solo podía imaginar.

—Pensé tanto en convertirte en mi amante —admitió—. Pero sabía la clase de mujer que eras y no lo merecías. No merecías que yo te tratara como una... —sacudió su cabeza.

Todos esos meses interpretando su frialdad como desprecio, cuando en realidad había sido una forma de protección, tanto para ella como para él mismo.

—Entonces, ¿por qué me hiciste firmar ese contrato? —preguntó, necesitando entender la lógica tras ese acuerdo que había cambiado todo entre ellos.

Danilo respiró hondo, como preparándose para la parte más difícil de su confesión.

—Lo pensé mucho —comenzó—. Porque cuando supe que tú buscabas un comprador, no te imaginé en brazos de otro. No quería que ningún bastardo se aprovechara de ti, que te lastimara, que le entregaras algo tan valioso y puro a un total desconocido, a algún depravado.

Se inclinó hacia adelante, posando su intensa mirada en ella.

—No me hacía esa idea —continuó—. Entonces lo decidí. Pero debía poner límites, porque sabía que si mezclaba los sentimientos iba a acabar mal, justo como ahora.

Juliette procesó sus palabras, intentando reconciliar esta nueva información con todo lo que había creído durante tanto tiempo.

—No confiabas en mí —dijo —. Pensabas que era como tu ex mujer, que te sería infiel.

No era una acusación, sino una constatación, una pieza del rompecabezas que finalmente encajaba.

Danilo suspiró.

—Desconfiaba hasta de mí mismo —confesó—. Y tenía miedo de lo que tú me hacías sentir.

—¿Y ahora? —se atrevió a preguntar.

Era la pregunta que lo resumía todo, que podría determinar hacia dónde irían desde este momento.

Danilo la miró.

Se levantó y se acercó a ella, dejándola sin aliento. Juliette no podía explicar como era que ese hombre tenía tanto poder sobre ella, como podía provocarle tantas cosas con solo acercarse.

—Cuando te fuiste, cuando te dejé ir, creí que era lo correcto —continuó—. Que merecías a alguien que pudiera amarte sin reservas, sin los muros que yo había construido. Pero cada día sin ti fue un recordatorio de lo que había perdido y cuanto dolía.

Tomó sus manos entre las suyas, ella no lo retiró.

—Intenté seguir adelante. Intenté volver a mi vida anterior, a ser el hombre que era antes de conocerte. Pero es imposible, Juliette. Porque ya no soy ese hombre.

Sus ojos, aquellos ojos oscuros que tantas veces la habían mirado con deseo, con dominio, ahora la miraban con algo mucho más profundo, mucho más aterrador: amor.

—Te amo —dijo finalmente, las palabras salieron de sus labios como una liberación—. Te amo de una manera que nunca creí posible. Y estoy aterrorizado por ello.

Juliette contuvo el aliento, las palabras que tanto había deseado escuchar finalmente pronunciadas. Pero en lugar de la euforia que habría esperado sentir, encontró una cautela nacida del dolor pasado.

Ella se alejó de él dándole la espalda. Danilo sintió como si le arrancaban un pedazo de su alma.

—Cuando me fui, cuando intentaste hacer de nuevo tu vida —giró a mirarlo a los ojos. —¿estuviste con otra mujer? —Danilo se quedó callado, recordando que quiso hacerlo para olvidarla, pero no llegó a nada.

—¿Fuiste al club con otra mujer? —preguntó Juliette conteniendo las lágrimas y por el rostro de Danilo ella ya imaginaba la respuesta.

—Lo hice, no habrá mentiras Juliette, no habrá mentiras ni secretos de mi parte.

—Pero no pasó nada. No la toqué.

—¿La besaste? —ella temblaba, miró sus manos y tiritaban sin parar.

—La besé y eso fue todo, no pude, porque solo estabas tú, no podía olvidarte, no podía estar con nadie más, porque solo quería que fueras tú.

Ella negó bajando la mirada a sus zapatos.

—Yo sufrí mucho, sufrí los celos de verte con otras mujeres todos esos años que trabajé para ti. Sufrí amándote en silencio y cuando al fin pude abrirte mi corazón me rechazaste de la forma mas cruel posible.

Danilo asintió entendiéndola perfectamente.

—No es tan fácil para mí —dijo ella conteniendo las lágrimas —. Así como tú tuviste miedo de entregar tu corazón, yo ahora siento lo mismo.

Abrió los ojos, encontrándose con los de él, permitiéndole ver la vulnerabilidad y el dolor que había cargado durante estos meses.

—No confío, Danilo —continuó—. Estoy intentando hacer una vida, una nueva vida. Y estaba bien así.

No era completamente cierto, y ambos lo sabían. Esas noches llorando hasta quedarse dormida, ese vacío que nada parecía llenar… pero era más seguro que arriesgarse nuevamente a ser destruida.

Danilo caminó hacia ella. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón, un gesto que lo hacía parecer sorprendentemente vulnerable para un hombre de su estatura e imponencia.

—Entiendo —dijo con un leve temblor en la voz—. No te obligaré a nada. Si es tu deseo, lo respetaré.

Dio un paso atrás, creando distancia física que parecía simbolizar la emocional.

—Solo quería una oportunidad para que entendieras lo que pasaba en mi vida, en mi mente y en mi corazón —añadió, su mirada fija en algún punto más allá de ella, como si no pudiera soportar verla directamente.

Juliette sintió que un nudo se formaba en su garganta, tan apretado que apenas podía respirar. Quería llorar, gritar, lanzarse a sus brazos y olvidar todo el dolor… pero también quería protegerse, preservar lo poco que había logrado reconstruir desde su partida.

—No puedes simplemente venir a decirme que siempre sí me quieres en tu vida y esperar que yo de nuevo deje todo para volver —dijo, alimentada por meses de dolor —. No es tan sencillo, Danilo. Yo debo sanar, debo dejar todo este dolor en el pasado. Y tú también.

Danilo se frotó la barbilla sin mirarla, como si procesara sus palabras buscando una respuesta. Cuando finalmente levantó la mirada, sus ojos tenían una determinación que ella conocía bien.

—Te esperaré —declaró con absoluta certeza—. Te esperaré todo el tiempo que sea necesario. No me cansaré de esperarte.

Dio un paso hacia ella, acortando nuevamente la distancia.

—No quiero a otra mujer en mi vida —continuó—. Solo quiero y necesito a mi pequeña Juliette.

Antes de que ella pudiera reaccionar, se acercó completamente, tomando su rostro entre sus manos con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada. Sus dedos, suaves, acunaron sus mejillas como si sostuvieran algo infinitamente valioso.

—Quiero a mi mujer a mi lado —murmuró, tan cerca que Juliette podía sentir su aliento—. En mi cama cada noche, en mis brazos cada mañana. Quiero prepararle su comida favorita, tomarla de la mano para presumirla, que todos vean la mujer hermosa que llevo del brazo.

Las lágrimas que Juliette había estado conteniendo comenzaron a deslizarse silenciosamente por sus mejillas. Danilo las secó suavemente con su pulgar, el gesto tan tierno que solo provocó más.

—Así que seré paciente —prometió—. Esperaré. Y si aun después de todo ese tiempo me amas, yo estaré para ti.

Su voz se suavizó aún más, adquiriendo un tono de resignación que Juliette nunca había escuchado en él.

—Pero si decides que necesitas un nuevo amor, también lo entenderé. Y te dejaré ir.

Las palabras se sentían como una despedida, y Juliette quiso protestar, decir algo, cualquier cosa que detuviera esta sensación de final inminente. Pero antes de que pudiera encontrar su voz, Danilo se inclinó hacia ella y posó sus labios sobre los suyos.

El beso fue suave, tan diferente de los besos apasionados que habían compartido en el pasado. No había demanda en él, solo una declaración más elocuente que cualquier palabra.

—No sabes cuánto extrañaba estos labios —susurró contra su boca antes de separarse y alejarse, como si la proximidad le resultara físicamente dolorosa.

Se dio la vuelta, dándole la espalda.

—London te llevará de regreso a tu casa —dijo sin mirarla, no quería hacerlo más. Haría una tontería si seguía viéndola.

Juliette se quedó inmóvil, demasiado abrumada para moverse, para responder. Su cuerpo entero temblaba, aunque ella apenas era consciente de ello. El nudo en su garganta se había convertido en una presencia física tan dolorosa que le impedía hablar, incluso si hubiera sabido qué decir.

Con piernas temblorosas, se dirigió hacia la puerta. Sentía como si estuviera moviéndose a través de un sueño, todo ligeramente irreal, ligeramente distorsionado por las lágrimas que nublaban su visión.

Había casi alcanzado la salida cuando la voz de Danilo la detuvo.

—Ah, nena —dijo, cambiando sutilmente el tono de su voz, adquiriendo ese filo posesivo que ella conocía tan bien y que de manera enferma y peligrosa, lograba excitarla como nadie —. Dile a ese chico que mantenga alejadas sus manos y sus pensamientos de ti. Los accidentes pasan.

Juliette abrió los ojos de par en par, sorprendida por el cambio repentino, por la amenaza dirigida hacia Alex.

Eso era un recordatorio de que, bajo todas las capas de hombre romántico y vulnerable Danilo Brown seguía siendo un hombre peligroso cuando se trataba de lo que consideraba suyo.

No respondió. No podía. Sin una palabra, abrió la puerta y salió de la suite.

En el pasillo, se apoyó contra la pared por un momento, intentando recuperar el aliento, intentando procesar todo lo que acababa de ocurrir. Las confesiones de Danilo, sus promesas, ese beso que aún podía sentir en sus labios como una marca.

Y esa última advertencia, ese Danilo posesivo y controlador que tan bien conocía. Un recordatorio de que, si decidía volver a él, estaría eligiendo todo lo que era ese hombre: lo bueno y lo malo, la ternura y la posesividad, el amor y el control. ¿Estaba dispuesta a aceptarlo?

Por favooorrr ¿donde consigo un Danilo? Necesito urgente en mi vida, es para una tarea.