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46. Por favor

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

46. Por favor

Danilo Brown había construido su imperio a base de paciencia estratégica. Sabía cuándo atacar y cuándo esperar, cuándo presionar y cuándo retroceder. Era un arte que había perfeccionado en los negocios, calculando cada movimiento, anticipando cada reacción. Ahora, aplicaba esa misma estrategia a la situación más personal e importante de su vida: recuperar a Juliette.

Había decidido darle su espacio, permitir que el tiempo pasara y que ella decidiera si quería estar con él o no. La elección debía ser suya; lo comprendía perfectamente. Pero una cosa Danilo sabía con absoluta certeza: no soportaría si ella decidiera hacer su vida sin él. La mera idea le resultaba intolerable.

El CEO más poderoso de Manhattan se encontraba sentado en un sofá individual de su suite en el Townsend Plaza, con las piernas extendidas hacia adelante y su cuerpo medio reclinado. Su mirada, perdida en el panorama nocturno de Detroit que se extendía más allá de los ventanales. En su mano descansaba un vaso de coñac —el mejor, por supuesto, Danilo Brown nunca se conformaba con menos— mientras gotas de agua aún resbalaban por su torso después de la ducha.

Con apenas una toalla envuelta a su cintura cubriendo parcialmente su cuerpo alto y tonificado, parecía la personificación del poder masculino en reposo. El mismo cuerpo que había hecho que Juliette se estremeciera bajo su tacto, que había poseído cada centímetro de su piel en noches que ahora parecían tan lejanas.

Le resultaba imposible concebir dejarla ir. Simplemente no existía esa posibilidad en su universo. Le daría tiempo, todo el que ella necesitara para sanar, para perdonar, para confiar nuevamente. Pero renunciar a ella sin haber agotado cada posibilidad, sin haber intentado conquistarla nuevamente… eso no estaba en sus planes.

No había construido un imperio cediendo ante los obstáculos. Su éxito se había forjado con constancia, perseverancia y, sobre todo, una paciencia casi sobrehumana cuando la situación lo requería. Y Juliette Moreau valía cada segundo de espera, cada esfuerzo, cada estrategia.

Pero las noches eran largas sin ella. Las horas solitarias en la suite lujosa se estiraban interminablemente, y su cuerpo le recordaba constantemente lo que había perdido. De pronto, casi sin darse cuenta, Danilo llevó su mano a aquella parte de su anatomía que ya comenzaba a doler con solo pensar en su pequeña Juliette. A través de la toalla, comenzó a frotarse suavemente, notando cómo la tela se elevaba en respuesta a sus caricias.

Gruñó entre dientes, bebiendo un largo trago de coñac que quemó su garganta. No quería hacer esto, no de nuevo. Se había convertido en una rutina humillante desde que ella se había marchado de su vida: el gran Danilo Brown, reducido a buscar alivio por sí mismo como un adolescente, fantaseando con una mujer que lo volvía loco.

Pero su cuerpo tenía otros planes. Sin poder evitarlo, la toalla cayó a cada lado de sus caderas y su mano rodeó con firmeza su miembro, comenzando ese movimiento familiar que se había convertido en un pobre sustituto de lo que realmente anhelaba. Subía y bajaba a un ritmo deliberadamente lento, tortuoso, mientras cerraba los ojos y evocaba la imagen de Juliette.

Recordaba con claridad dolorosa cómo se veía ella arrodillada ante él, sus grandes ojos mirándolo desde abajo, sus labios perfectos entreabiertos. Cómo se arqueaba su espalda cuando la tomaba desde atrás, el sonido de su voz cuando gemía su nombre, la sensación de su piel suave bajo sus dedos.

Nunca antes había necesitado recurrir a esto con tanta frecuencia. Las mujeres siempre habían estado disponibles para él, dispuestas a satisfacer cualquier deseo que tuviera. Pero desde Juliette, todo había cambiado. Ninguna otra mujer despertaba su interés, ninguna otra podía saciar esta hambre que lo consumía. Y lo mas imponente, no quería a ninguna otra, solo a mujer.

—Eres mi maldita tortura, mi muñeca —susurró en la penumbra de la habitación, mientras continuaba dándose un placer que palidecía en comparación con lo que había experimentado en sus brazos.

Su respiración se aceleró, su mano aumentó el ritmo, y por un breve momento pudo casi sentirla allí, con él. Casi pudo oler su perfume, saborear su piel, escuchar sus suspiros. Pero cuando el clímax llegó, lo hizo acompañado de una soledad aplastante que ni siquiera el poderoso Danilo Brown podía combatir.

Permaneció inmóvil por varios minutos, recuperando el aliento, la evidencia de su debilidad enfriándose en su mano. Luego, con movimientos mecánicos, se limpió y volvió a envolver la toalla alrededor de su cintura.

Se sirvió otro coñac y regresó a su posición frente a la ventana. El desahogo físico apenas había aliviado la tensión que sentía. La verdadera solución estaba a solo unos kilómetros de distancia, en un modesto apartamento donde la mujer que había cambiado su mundo probablemente también luchaba contra sus propios demonios.

Su teléfono vibró sobre la mesa de centro. Era un mensaje de su asistente temporal en Nueva York, informándole sobre una reunión importante programada para la próxima semana. Asuntos que requerían su presencia en Manhattan, decisiones que solo él podía tomar.

Danilo observó el mensaje sin realmente verlo. Sus negocios, su imperio, su vida en Nueva York… todo parecía extrañamente lejano ahora, secundario frente a la única meta que realmente importaba: recuperar a Juliette.

Los días pasaron con una lentitud exasperante para Juliette. Cada mañana despertaba con la misma sensación en el pecho, cada noche se acostaba con las misma sensación. La confesión de Danilo —aquellas palabras que tanto había deseado escuchar durante meses— ahora la mantenían en un estado constante de ansiedad.

Se encontraba atrapada en una encrucijada imposible: por un lado, el miedo a confiar nuevamente en Danilo, a entregar su corazón a un hombre que ya lo había destrozado una vez; por otro, el temor igualmente aterrador de que él se cansara de esperar, de que aquella promesa de paciencia infinita tuviera un límite que ella no conocía.

No había tenido noticias suyas desde aquella tarde en la suite. Probablemente había vuelto a Nueva York, a su vida, a sus negocios. La idea debería haberla tranquilizado, darle el espacio que necesitaba para pensar con claridad.

—Es mejor —se repetía mientras organizaba mecánicamente los documentos en su escritorio. —Es lo mejor.

Si lo decía suficientes veces, quizás comenzaría a creerlo.

—¿Todo bien?

La voz de Matthew Carrigan la sobresaltó. No había notado que su jefe llevaba varios minutos de pie frente a su escritorio, observándola con curiosidad. Estaba tan perdida en sus pensamientos que ni siquiera había registrado su presencia.

—Sí, señor —respondió rápidamente, enderezándose en su silla—. Perdón, no lo había notado. ¿Necesita algo?

Carrigan entrecerró los ojos, estudiándola como si intentara leer algo escrito en su rostro. Después de un momento de evaluación, simplemente asintió.

—Sí, acompáñame a un almuerzo —dijo, despreocupado mirando su reloj.

—Sí, sí, claro —respondió ella automáticamente.

No era inusual. En varias ocasiones había acompañado a Carrigan a almuerzos de negocios con colegas o posibles inversionistas. Parte de su trabajo como asistente ejecutiva era tomar notas, manejar detalles logísticos y, en general, asegurarse de que todo transcurriera sin problemas.

Cuarenta minutos después, el auto de la compañía se detenía frente a uno de los restaurantes más exclusivos de Detroit, un elegante establecimiento en el distrito financiero frecuentado por la élite empresarial de la ciudad. Juliette siguió a Carrigan al interior, revisando mentalmente la lista de posibles socios comerciales con quienes podría estar reuniéndose.

Nada podría haberla preparado para lo que vio cuando el maître los condujo hacia su mesa reservada.

Danilo Brown estaba sentado allí, impecablemente vestido con un traje azul marino que resaltaba el color de su cabello castaño claro con ya algunas canas visibles que lo hacían cada vez mas atractivo. Estaba revisando algo en su teléfono.

El corazón de Juliette se paralizó en su pecho. Por un instante, el mundo entero pareció detenerse, el ruido del restaurante desvaneciéndose. Danilo levantó la mirada, como si hubiera sentido su presencia, y sus ojos se clavaron en los de ella con una intensidad que la dejó sin aliento.

Sus labios se curvaron en una leve sonrisa, con una gran satisfacción al verla que ella reconoció inmediatamente. No necesitaba palabras; su mirada lo decía todo.

Las palabras “te amo” seguían resonando en la mente de Juliette, como un eco imposible de acallar. Era algo que no podía olvidar, que tal vez jamás podría dejar atrás.

Danilo se levantó en un movimiento elegante, que resultó casi sensual para Juliette, extendiendo su mano hacia Carrigan en un saludo cordial.

—Matthew, que placer —dijo, y su voz sonaba profunda y controlada, el tono profesional que usaba para los negocios.

—El placer es mío, Danilo —respondió Carrigan, estrechando su mano con entusiasmo—. No esperaba que quisieras reunirte tan pronto después de nuestra última conversación.

—Los negocios no esperan —replicó Danilo con una sonrisa calculada, antes de dirigir su atención hacia Juliette—. Señorita Moreau un placer verla nuevamente.

Extendió su mano hacia ella, un gesto aparentemente inocente y profesional, pero que para Juliette estaba cargado de significado. Cuando sus dedos se encontraron, sintió esa corriente eléctrica recorrer su cuerpo. Él era tan grande, tan fuerte, que ella se sentía diminuta a su lado, no solo físicamente sino en todo lo que representaba. Danilo Brown era un titán en su mundo, una fuerza de la naturaleza que alteraba todo a su paso.

—Señor Brown —logró responder, agradecida de que su voz sonara más firme de lo que se sentía.

Se sentaron a la mesa, Carrigan retiró la silla para que Juliette se sentara y algo en Danilo se alteró, su cuerpo comenzó a sentir un calor recorrer su rostro, celos, no podía negarlo, celaba de cualquier hombre que se acercaba a ella.

Luego se concentraron en los negocios, Carrigan comenzó a hablar animadamente sobre las posibilidades que se abrían con la inversión de Brown Enterprises. Era evidente que estaba encantado con el desarrollo de los acontecimientos, completamente ajeno a la corriente subterránea de tensión que fluía entre su asistente y su nuevo socio comercial.

Juliette intentó concentrarse en su trabajo, tomando notas cuando era necesario, asintiendo en los momentos apropiados, pero resultaba casi imposible. Durante todo el almuerzo, sentía la mirada de Danilo sobre ella, intensa y persistente, como una caricia física. Cada vez que levantaba la vista de su libreta, sus ojos se encontraban, y él no hacía el menor intento de disimular su interés.

La miraba como siempre lo había hecho: como si fuera la única persona en la habitación, como si pudiera ver a través de ella a la mujer que había tenido en sus brazos, que había gemido su nombre en la oscuridad.

A medida que avanzaba la comida, Juliette sentía que le faltaba el aire. El restaurante de repente parecía demasiado pequeño, demasiado caluroso. Cada vez que Danilo hablaba, su voz grave y sensual enviaba escalofríos por su columna. Cuando sus dedos rozaron accidentalmente los suyos al pasarle una carpeta, el contacto fugaz fue como una descarga que se extendió por todo su cuerpo.

—Si me disculpan un momento —dijo finalmente, incapaz de soportarlo más—. Necesito ir al tocador.

Ambos hombres se levantaron educadamente mientras ella se ponía de pie. Carrigan apenas la miró, absorto en los detalles del contrato que estaban discutiendo, pero la mirada de Danilo la siguió mientras se alejaba, tan tangible que casi podía sentirla como una presión física en su espalda.

En la privacidad del elegante baño, Juliette se apoyó contra el lavabo de mármol, observando su reflejo en el espejo. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus pupilas dilatadas, su respiración ligeramente agitada. Parecía una mujer febril, o peor aún, una mujer excitada.

Abrió el grifo y se mojó las muñecas con agua fría, intentando calmar el fuego que sentía correr por sus venas. ¿Cómo era posible que después de todo —el dolor, la separación, los meses de ausencia— Danilo aún tuviera este efecto en ella? ¿Cómo podía una simple mirada suya deshacer toda su cuidadosa compostura?

Se sentía incendiándose por dentro, consumida por una mezcla de deseo, rabia y miedo que amenazaba con desbordarla. Quería huir y quedarse al mismo tiempo, quería abofetearlo y besarlo, quería gritarle que la dejara en paz y suplicarle que nunca la soltara.

—Contrólate —se ordenó a sí misma, respirando profundamente. —Es solo un almuerzo de negocios. Nada más.

Pero mientras se secaba las manos y se preparaba para volver a la mesa, sabía que estaba mintiendo. Con Danilo Brown nunca había sido “solo” nada. Y este reencuentro orquestado dejaba claro que, a pesar de su promesa de esperar pacientemente, no tenía intención de hacerlo desde la distancia.

El trayecto de regreso a Madison Motors transcurría en una bruma para Juliette. Sentada en el asiento del copiloto del auto de Carrigan, asentía mecánicamente mientras su jefe no dejaba de hablar. Toda su atención estaba concentrada en controlar las sensaciones que el almuerzo había despertado en ella, en mantener la compostura cuando su cuerpo parecía estar traicionándola de la forma más vergonzosa posible.

—Brown es realmente impresionante, ¿no crees? —comentaba Carrigan, visiblemente entusiasmado con su nuevo socio comercial—. La forma en que analiza cada detalle del contrato, cómo anticipó cada una de mis preguntas… No es de extrañar que haya construido semejante imperio antes de los cuarenta.

Cada mención del nombre de Danilo enviaba una nueva oleada de calor a través del cuerpo de Juliette. Se removió incómoda en su asiento, demasiado consciente de la humedad creciente entre sus piernas. Era como si su cuerpo respondiera a un llamado primitivo que su mente racional intentaba desesperadamente ignorar.

—Y su visión para la expansión internacional… —continuaba Carrigan, ajeno por completo al tormento interno de su asistente—. Francamente, no esperaba ese nivel de comprensión sobre nuestro sector. Normalmente los inversores externos apenas entienden los fundamentos de la industria automotriz.

Juliette apretó los muslos, intentando aliviar la presión que sentía crecer. Era humillante, frustrante, que después de todo, su cuerpo seguía respondiendo a Danilo como si fuera su dueño legítimo.

—Juliette —la voz de Carrigan la sacó momentáneamente de sus pensamientos—, tú que trabajaste directamente con él. ¿Algún consejo sobre cómo manejar esta relación comercial? ¿Algo que deba saber sobre él, sus preferencias, lo que valora en un socio?

La pregunta la obligó a enfocarse, a encontrar palabras que no revelaran la verdadera naturaleza de su relación con Danilo. Se aclaró la garganta.

—El señor Brown valora la eficiencia y la honestidad —respondió, orgullosa de que su voz sonara profesional a pesar del caos interno—. Detesta perder el tiempo con rodeos innecesarios. Si hay un problema, prefiere que se lo comuniquen directamente.

Carrigan asintió, absorbiendo cada palabra como valiosa información estratégica.

—También es… meticuloso con los detalles —continuó ella—. Revisa personalmente cada cláusula de los contratos, así que cualquier ambigüedad será detectada y cuestionada.

—Fascinante —murmuró Carrigan—. ¿Y en cuanto a presentaciones? ¿Prefiere información detallada o resúmenes ejecutivos?

Durante los siguientes diez minutos, Juliette se forzó a compartir observaciones superficiales sobre los hábitos profesionales de Danilo, omitiendo cuidadosamente cualquier mención a sus preferencias personales, a la forma en que sus ojos se oscurecían cuando deseaba algo, a cómo su voz bajaba a un tono más grave cuando estaba satisfecho con un resultado.

Carrigan sonreía, tomando nota mental de todo, completamente inconsciente del verdadero valor de la información que recibía: estos eran los detalles que solo alguien que había compartido tanto tiempo con Danilo Brown podría conocer.

Cuando finalmente llegaron a las oficinas de Madison Motors, Juliette casi corrió hacia el elevador, desesperada por un momento de privacidad. Una vez en su escritorio, intentó concentrarse en su trabajo, pero era una batalla perdida. Su mente seguía regresando al almuerzo, a la forma en que Danilo la había mirado, a la intensidad en sus ojos cuando sus manos se rozaron accidentalmente al intercambiar documentos.

Su respiración se había vuelto superficial, su pecho subiendo y bajando visiblemente. Podía sentir el rubor en sus mejillas, el calor extendiéndose por su cuerpo como una fiebre. Cruzaba y descruzaba las piernas, buscando alivio para la tensión que crecía en su interior, apenas consciente de cómo se removía en su asiento, buscando esa mínima fricción que solo aumentaba su frustración.

—No, no, basta Juliette —se reprendió a sí misma en voz baja, intentando recuperar el control.

Pero nada parecía calmar esa necesidad que la consumía. Ni los ejercicios de respiración, ni sumergirse en el trabajo más tedioso, ni siquiera pellizcarse disimuladamente el brazo para distraerse con otro tipo de sensación.

Para su sorpresa y alivio Carrigan salió de su oficina una hora después con una expresión de prisa en su rostro.

—Tengo una reunión inesperada. Probablemente no volveré hoy. ¿Puedes encargarte de reorganizar mi agenda para mañana?

—Por supuesto, señor —respondió ella, mordiéndose el labio inconscientemente.

Cuando las puertas del elevador se cerraron tras su jefe, Juliette permaneció inmóvil por un momento, escuchando. El piso ejecutivo estaba en completo silencio.

Se levantó con piernas temblorosas, casi sin creer lo que estaba a punto de hacer. Caminó apresuradamente hacia el baño privado, un pequeño lujo que solo ella utilizaba en este piso. Una vez dentro, cerró la puerta y la aseguró, recostándose contra ella mientras intentaba recuperar el aliento.

—Esto es una locura — dijo, pero el pensamiento racional no era suficiente para detener lo que su cuerpo demandaba con urgencia casi dolorosa.

Sin poder resistirse más, se levantó el ajustado vestido de su uniforme hasta la cintura, sintiendo el aire fresco contra su piel acalorada. Hizo a un lado la delicada tela de su ropa interior, ya completamente húmeda, y se recostó contra el lavabo, observando su rostro sonrojado en el espejo mientras su mano descendía entre sus piernas.

El primer contacto con su propia humedad la hizo jadear. Estaba increíblemente sensible, casi dolorosamente excitada. Sus dedos encontraron fácilmente el ritmo que su cuerpo anhelaba, mientras en su mente aparecía, con claridad devastadora, la imagen de Danilo.

No era su rostro durante el almuerzo lo que veía, sino recuerdos más íntimos: sus manos grandes recorriendo su cuerpo, sus labios en su cuello, el peso de su cuerpo sobre el suyo. Recordaba la sensación de tenerlo dentro, de sentirse completa, poseída, adorada.

El orgasmo la alcanzó con una intensidad que la sorprendió, obligándola a morderse el labio para no hacer ruido. Su cuerpo se tensó por completo antes de relajarse, dejándola temblorosa y jadeante, apoyada contra el frío mármol del lavabo.

Cuando finalmente abrió los ojos, su reflejo la miraba desde el espejo: mejillas sonrojadas, pupilas dilatadas, labios ligeramente hinchados de tanto mordérselos. La imagen de una mujer que acababa de traicionar todas sus resoluciones.

Una risa suave, casi histérica, escapó de sus labios.

—Qué idiota eres, Juliette —susurró a su reflejo, negando con la cabeza—. No puedes estar así por un hombre.

Pero mientras se limpiaba y arreglaba su ropa, sabía que no era “un hombre” cualquiera. Era Danilo. El único que había logrado traspasar todas sus defensas, el único que había conocido cada rincón de su cuerpo y su alma.

Y ahora se enfrentaba a una elección que parecía cada vez más inevitable: seguir dándose un placer solitario e insatisfactorio, o caer nuevamente en las garras de Danilo Brown, con todo lo que eso implicaba.

Lo que más la aterrorizaba no era la posibilidad de entregarse nuevamente a él, sino lo mucho que su cuerpo y su corazón parecían desearlo, a pesar de todas las advertencias de su mente.

El reloj marcaba las 5:30 PM cuando Juliette finalmente apagó su computadora y recogió sus pertenencias. Había logrado, de algún modo, sobrevivir al resto de la jornada laboral después de su vergonzoso episodio en el baño, pero la sensación de insatisfacción persistía. El alivio momentáneo no había hecho nada para calmar el verdadero anhelo que sentía, ese vacío que solo una persona parecía capaz de llenar.

Al salir del edificio de Madison Motors, el aire fresco de la tarde la recibió como una bendición. Se detuvo en los escalones de la entrada, mirando instintivamente a ambos lados, buscando sin querer admitirlo el elegante auto negro que podría estar esperándola.

No había señal de Danilo.

Una mezcla contradictoria de alivio y decepción la invadió. Por un lado, estaba agradecida de no tener que enfrentarlo nuevamente, no después de lo que acababa de hacer pensando en él. Por otro lado, una parte de ella —esa parte que había estado ardiendo todo el día— casi esperaba verlo allí, reclamándola.

—Santo cielos, Juliette, ¿quién te entiende? —murmuró para sí misma, negando con la cabeza ante su propia inconsistencia.

Dio unos pasos, dispuesta a iniciar su camino habitual hacia la parada del autobús, cuando el sonido inconfundible de una motocicleta acercándose captó su atención. Giró la cabeza para ver a Alex deteniendo su vehículo junto a la acera, sonriéndole a través del visor levantado de su casco.

—¡Hey, chica, qué tal! —saludó con su habitual entusiasmo juvenil—. ¿Día difícil?

Juliette no pudo evitar devolverle la sonrisa. Había algo refrescante en la sencillez de Alex, en su actitud despreocupada que contrastaba tan radicalmente con la intensidad abrumadora de Danilo.

—Podría decirse —respondió, sin entrar en detalles.

—¿Necesitas un aventón? —ofreció él, señalando con un gesto el asiento trasero de la motocicleta.

Juliette dudó, evaluando la propuesta. La última vez que había subido a esa moto había sido para escapar de Danilo, una huida desesperada que ahora parecía lejana. ¿Debería aceptar? ¿O era mejor mantener las distancias con Alex, especialmente después de la amenaza que Danilo había lanzado sobre él?

Finalmente, la perspectiva de llegar rápido a casa y el cansancio acumulado del día vencieron sus reservas.

—Si no es molestia —aceptó.

—Para nada —respondió Alex, quitándose el casco—. Tu seguridad primero.

Juliette se colocó el casco, ajustándolo bajo su barbilla mientras se acercaba a la motocicleta. El ajustado vestido de su uniforme le planteaba el mismo dilema que la vez anterior: montarse a horcajadas era impensable sin exponerse indecentemente. Optó por sentarse de lado, como lo había hecho antes.

—Sujétate fuerte —advirtió Alex mientras arrancaba el motor.

No necesitaba la advertencia. Juliette se aferró a su cintura con ambos brazos, probablemente con más fuerza de la necesaria. No había exagerado cuando se consideraba la mujer más miedosa del mundo.

La motocicleta se incorporó al tráfico. Alex, consciente de su pasajera novata y de su posición precaria, avanzaba a un ritmo deliberadamente lento, mucho más de lo que solía conducir normalmente. Apenas habían recorrido dos cuadras, transitando por una avenida principal, cuando lo impensable sucedió.

Un lujoso sedán negro se cruzó frente a ellos de manera abrupta, cortándoles el paso con una maniobra que en cualquier otra circunstancia habría sido extremadamente peligrosa. Alex, gracias a su prudente velocidad y sus reflejos, logró frenar a tiempo, aunque la brusquedad del movimiento hizo que Juliette se aferrara a él con más fuerza, soltando un grito agudo de puro terror.

—¡¿Qué demonios?! —exclamó Alex, estabilizando la motocicleta con ambos pies en el suelo.

La respuesta llegó inmediatamente, en forma de una puerta azotándose y una figura imponente emergiendo del vehículo. Danilo Brown, con el rostro transformado por una furia, avanzó hacia ellos con pasos amenazantes.

—¡Bájate! —ordenó, con un rugido dirigido exclusivamente a Juliette—. ¡Bájate de esa moto ahora!

Sus ojos ardían con algo que Juliette reconoció instantáneamente: celos puros, viscerales, incontrolables. Era la mirada de un depredador cuyo territorio había sido invadido, la expresión de un hombre llevado al límite de su control.

Juliette se quedó completamente paralizada, incapaz de moverse o responder. Nunca había visto a Danilo así, ni siquiera en sus momentos más intensos. Siempre había mantenido un control férreo sobre sus emociones, incluso en las situaciones más provocadoras. Verlo perder los estribos de esta manera, en plena calle, a la vista de cualquiera que pasara, era tan aterrador como fascinante.

—Oye, amigo, ¿cuál es tu problema? —intervino Alex —. ¡Casi nos matas con esa maniobra!

Danilo ni siquiera lo miró. Sus ojos permanecían fijos en Juliette, como si Alex ni siquiera existiera, como si el mundo entero se hubiera reducido a ella y a la furia que sentía al verla en la motocicleta de otro hombre.

—Te dije que le advirtieras que mantuviera sus manos lejos de ti —dijo finalmente, sin apartar la mirada de Juliette.

La amenaza implícita en sus palabras era inconfundible, y finalmente sacó a Juliette de su parálisis.

—¡Danilo, basta! —exclamó, quitándose el casco con manos temblorosas—. Estás haciendo una escena.

—¿Una escena? —repitió él. —. Te veo abrazada a este… chico, ¿y yo soy el que está haciendo una escena?

Juliette desmontó de la motocicleta, con las piernas tambaleantes. La adrenalina corría por sus venas, en una mezcla de miedo, indignación y, vergonzosamente, excitación. Había algo primitivamente atractivo en ver a este hombre siempre controlado perdiendo los estribos por ella.

—Alex solo me estaba llevando a casa —explicó, intentando mantener un tono razonable.

—¿Por qué parece que estás haciendo todo lo posible por provocarme?

Alex, quien había permanecido sorprendentemente calmado durante el intercambio, finalmente intervino.

—Mire, no sé qué está pasando entre ustedes —dijo, mirando directamente a Danilo por primera vez—. Pero Juliette es mi amiga y solo la estaba ayudando.

Danilo finalmente dirigió su atención completa al joven.

—Tu “amiga” —repitió, el sarcasmo evidente en su tono.

—Danilo, por favor —suplicó Juliette, mortificada por la dirección que estaba tomando la conversación—. Alex no tiene nada que ver en esto.

Danilo respiró profundamente, pasándose una mano por el cabello en un gesto que Juliette reconoció como un intento de recuperar el control.

—Mi auto está ahí —dijo finalmente, señalando el sedán estacionado de manera irregular junto a la acera—. Voy a llevarte a casa.

No era una pregunta ni una petición. Era una declaración, una orden, expresada con la certeza absoluta de que sería obedecida.

Juliette enarcó una ceja y apoyó ambos brazos en su cintura en forma de jarra. —¿Y crees que simplemente yo voy a seguir tu orden? ¿Quién te crees Danilo? No tienes derecho a reclamarme nada. No tienes derecho sobre mí.

Danilo respiraba agitado mientras en sus ojos ardía una llama que apenas comenzaba.

—Nena, no me provoques, porque…

—¿Por qué, qué? ¿Ah? No, Danilo, tu problema es que quieres que todos sigan tus órdenes, que todos estén sometidos a tu voluntad. ¿y sabes que? No tienes poder sobre mí. Todo es una orden para ti, no hay un por favor, no hay una ¿Quieres? No, para ti todo es vamos, anda, camina, salta, come.

Y esa era una gran falacia, pues Juliette sabia bien que sí tenía, tenía tanto poder que ahora mismo temblaba mientras se enfrentaba a él, pero por una parte estaba cansada. Debía dejarle en claro a Danilo que ya no sería siempre como él quería.

Él de pronto entendió que estaba haciendo mal las cosas, que así solo alejaría a su pequeña Juliette, ¿pero como podía controlar esos celos enfermos de verla con otro.

Danilo exhaló exasperado. —Te llevaré a casa... por favor.

Dijo y en verdad Juliette se controló para no sonreír.

Alex ni siquiera disimuló su sonrisa al oír a Danilo decir por favor después de que le había ordenado.

Juliette negó. —Deja de perseguirme, deja de acosarme, así no funcionan las cosas, Danilo Brown —Juliette giró hacia Alexa.

—Por favor, llévame a casa —le dijo volviendo a ponerse el casco. Y luego sucedió algo que la dejó totalmente paralizada. Con las manos temblorosas intentaba ajustarse el casco y no podía, entonces Danilo se acercó a ella y se lo ajustó haciendo un clic al cerrarse el seguro. Se miraron a los ojos.

—Anda, vete —le dijo y eso fue una puñalada en el pecho de Juliette. Alex arrancó la motocicleta y se alejó de allí mientras Juliette temblaba como si estuviera electrificada.

Cuando llegaron unos minutos después frente a su edificio, ella bajó, se quitó el casco entregándoselo a Alex, mientras él sonreía.

—No digas nada —pidió ella. Alex rió mas.

—Pagaría lo que fuera por volver a escuchar ese por favor —dijo Alex riendo a carcajadas. Juliette sonrió negando.

—Está muy celoso.

—Lo sé —dijo Juliette mordiéndose el labio.

—Entonces, ¿no le darás una oportunidad? —preguntó Alex.

Juliette suspiró hondo. —Estoy consultando con mi almohada —sonrió —,pero necesito que él entienda que ya no será como antes, que sepa lo que se siente perder a la persona que amas. Así como yo sufrí.

—Chica lista —declaró Alex. —Te estas vengando.

—No, no me estoy vengando, solo quiero que entienda que debe controlar su posesividad que entienda que yo no soy un objeto, que yo también tengo derecho a decir si o no. Que no todo es negro o blanco.

—Creo que ya le quedó claro, hoy, dijo por favor —Alex volvió a reír. Y arrancó su moto.

—Mejor me voy, no vaya a aparecer y me arrolle con su auto de lujo.

Juliette jadeó. Pero probablemente Alex tenia razón conociendo a al gran Danilo Brown.

Jajaja mi vida, Danilo esta mas loco enamorado de la Juls. Les dejo otro capítulo, vayan a leer... Por favor jajaja