47. Ebrio de amor
Danilo permaneció inmóvil observando cómo la motocicleta de Alex se alejaba por la avenida. Aunque ambos habían dejado claro que eran solo amigos, y sus investigadores ya habían confirmado que no existía relación romántica entre ellos —desmintiendo aquella farsa inicial que intentaron hacerle creer— no podía evitar que los celos lo consumieran como un ácido corrosivo.
La imagen de Juliette abrazada a la cintura de ese muchacho, la forma en que se había aferrado a él mientras la motocicleta arrancaba… cada detalle se grababa en su mente con dolorosa precisión. Golpeó el auto con la palma abierta.
Tras unos minutos de batalla interna, se deslizó al asiento trasero del auto y que London, quien había permanecido discretamente en segundo plano durante toda la escena, lo miró por el retrovisor.
—Llévame a un bar —ordenó secamente, sin mirar a su chófer—. Al de siempre.
London lo seguía observando por el retrovisor, con preocupación. No era la primera vez que recibía esta orden después de un encuentro difícil con Juliette, y temía que no sería la última.
—Señor, ¿está seguro que es una buena idea? —se atrevió a preguntar, sabiendo que estaba cruzando la línea invisible que separaba su relación profesional.
Danilo lo miró con dureza, pero London no se intimidó. Después de años como su chófer personal, había presenciado cada capítulo significativo en la vida de Danilo Brown: el matrimonio con Rebecca, la devastadora traición y el doloroso pasado, y ahora, esta nueva vulnerabilidad llamada Juliette.
Nadie más que London había sido testigo silencioso del verdadero sufrimiento de Danilo a lo largo de los años. Detrás de la fachada del poderoso CEO, del hombre implacable en los negocios, del amante dominante, existía un ser humano con profundas heridas que nadie sabía.
—Al bar, London —repitió Danilo, su tono no admitiendo discusión—. Ahora.
El chófer asintió resignado. Era inútil contradecir a Danilo cuando estaba en este estado; nadie podía hacerle cambiar de parecer una vez que había tomado una decisión. Condujo en silencio, lanzando ocasionales miradas de preocupación a su jefe a través del retrovisor.
Lo que más entristecía a London era la soledad que rodeaba a Danilo. Siempre pendiente de los demás asegurándose de que todos estuvieran bien, protegidos, cuidados. Pero, ¿quién se preocupaba por él? ¿Quién le preguntaba si se sentía bien, si algo le dolía, si tenía preocupaciones? Absolutamente nadie.
Y sin embargo, London había notado el cambio que Juliette había provocado en él. Por esta mujer, Danilo había hecho cosas que jamás había hecho por ninguna otra: vulnerarse, exponerse, incluso suplicar. Era tanto más doloroso verlo ahora, derrumbándose día a día ante la imposibilidad de recuperarla.
El auto se detuvo frente a un establecimiento discreto. No era el tipo de bar ostentoso que uno esperaría que frecuentara alguien de la posición de Danilo. Era un lugar sencillo pero elegante, donde la privacidad de los clientes era prioritaria y donde el barman, un hombre de mediana edad llamado Frank, ya comenzaban a acostumbrarse a la presencia de Danilo allí.
Danilo bajó del auto sin esperar nada y entró al bar. Se dirigió directamente a su lugar habitual en la barra, lejos de las mesas ocupadas por pequeños grupos de ejecutivos que terminaban su jornada laboral.
—Lo de siempre, señor? —preguntó Frank, acercándose inmediatamente.
—Una botella —respondió Danilo, aflojándose la corbata—. La Macallan 25, sin hielo.
Frank asintió, sin mostrar sorpresa ante el pedido excesivo. No era la primera vez que Danilo solicitaba una botella completa, aunque usualmente se limitaba a un par de vasos. Colocó la botella y un vaso de cristal frente a él, retirándose discretamente para darle espacio.
Danilo sirvió el primer vaso y lo bebió casi de un trago, ignorando el sacrílegio que suponía tratar así a un whisky de tal calidad. El líquido ámbar quemó su garganta, un dolor bienvenido que momentáneamente distrajo del otro dolor, mucho más profundo, que carcomía su interior.
Varias mujeres en el bar notaron su presencia —era imposible no hacerlo— y lo observaban con interés. Alto, poderoso, evidentemente adinerado y sin anillo de matrimonio; representaba el premio máximo en este ambiente. En otros tiempos, quizás habría respondido a alguna de esas miradas, encontrando compañía para la noche, una distracción momentánea. Pero ahora, ni siquiera las registraba. Solo existía una mujer en su mente, y no estaba allí.
Un vaso siguió a otro mientras el nivel de la botella descendía alarmantemente. Frank, quien había estado observándolo con creciente preocupación, finalmente se acercó, rompiendo su habitual política de no entrometerse.
—¿Todo bien esta noche? —preguntó con tono casual mientras limpiaba la barra.
—Perfectamente —respondió Danilo, con las palabras ligeramente arrastradas delatando su estado de embriaguez.
Frank apoyó ambas manos en la mesada y lo miró directamente, con la confianza que solo alguien que ha servido tragos durante tres décadas puede tener.
—Con todo respeto, señor —dijo con una pequeña sonrisa—, esa es la mentira que más he escuchado en toda mi vida trabajando aquí.
Danilo levantó la mirada, sorprendido por la franqueza.
—Y los hombres que vienen aquí a beber así, como usted lo está haciendo —continuó Frank, señalando la botella ya medio vacía—, casi siempre es por lo mismo: mujeres.
Una risa amarga escapó de los labios de Danilo.
—¿Qué haríamos sin ellas? —murmuró, levantando su vaso en un brindis solitario antes de vaciar su contenido.
La noche avanzaba y la botella se vaciaba. Danilo, usualmente tan controlado, tan medido en cada aspecto de su vida, se abandonaba a un estado que raramente se permitía.
Cerca de las diez, London entró al bar, alarmado por el tiempo transcurrido y su jefe no salía. Lo que encontró le confirmó sus temores: Danilo estaba visiblemente ebrio.
—Señor, creo que es hora de irnos —sugirió, acercándose cautelosamente.
—No me voy a ninguna parte —respondió Danilo, con la voz más fuerte de lo necesario—. Aún no he terminado.
—Ha bebido suficiente por esta noche —insistió London respetuoso—. Permítame llevarlo de vuelta al hotel.
Danilo lo miró con ojos nublados por el alcohol y la miseria.
—¿Para qué? —preguntó, con el dolor notorio en su voz—. ¿Para estar solo en esa habitación, pensando en ella? No, gracias.
London nunca había visto a su jefe en este estado, tan completamente derrotado. Intentó nuevamente persuadirlo de que se marcharan, pero Danilo se resistió con obstinación. El nombre de Juliette comenzó a aparecer repetidamente entre sus palabras incoherentes.
—La necesito, London —confesó con la poca dignidad que le quedaba —. Necesito a mi Juliette.
Fue en ese momento que London tomó una decisión que sabía podría costarle su empleo. Con discreción, extrajo el teléfono de la chaqueta de Danilo. Buscó en los contactos hasta encontrar el número de Juliette, que sabía su jefe nunca había eliminado a pesar de la separación.
Alejándose unos pasos, marcó el número, consciente de que estaba violando la privacidad de Danilo pero convencido de que era lo correcto. Después de varios tonos que parecieron eternos, una voz femenina respondió.
—¿Hola? —la voz de Juliette sonaba cautelosa, sorprendida.
—Señorita Moreau, soy London, el chófer del señor Brown —se identificó rápidamente.
Hubo un momento de silencio confuso al otro lado de la línea.
—¿London? ¿Por qué tienes el teléfono de Danilo? ¿Está bien, que sucedió, le pasó algo? —la preocupación en la voz de Juliette no le pasó desapercibido a London.
—Me temo que no, señorita —respondió con sinceridad—. El señor Brown está en un bar, bastante… indispuesto. Ha bebido considerablemente y se niega a marcharse.
Hizo una pausa, dudando sobre cuánto revelar.
—No hace otra cosa que llamarla, señorita —añadió—. Nunca lo había visto así. Creo que necesita su ayuda.
Otra pausa, más larga esta vez. London casi podía imaginar el debate interno de Juliette.
—¿Dónde están? —preguntó finalmente.
London le proporcionó el nombre y la dirección del bar, agradeciendo silenciosamente que hubiera accedido.
—Llegaré en veinte minutos —dijo Juliette antes de colgar.
London regresó junto a Danilo, quien parecía haberse hundido aún más en su miseria durante la breve ausencia. Por primera vez en quince años, veía completamente derrumbado al hombre que siempre había parecido inquebrantable.
Todo lo que podía hacer ahora era esperar que Juliette realmente viniera, y que su presencia pudiera hacer lo que él no había logrado: consolar al hombre que se ahogaba lentamente en su propio dolor.
Juliette temblaba mientras el taxi avanzaba por las calles nocturnas de Detroit. La llamada de London la había tomado completamente por sorpresa. Estaba en casa, terminando de ver una película para distraerse, cuando el nombre de Danilo apareció en la pantalla de su teléfono. Por un instante, su corazón se había detenido.
“El señor Brown está muy ebrio… No hace otra cosa que llamarla… Nunca lo había visto así…”
Las palabras del chófer seguían resonando en su mente mientras miraba por la ventanilla. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué había accedido a ir? Debería estar en casa, manteniendo la distancia que tanto le había costado establecer. Y sin embargo, aquí estaba, corriendo a su lado ante la primera señal de que la necesitaba.
Ya no sabía qué pensar respecto a lo que sucedía entre ellos. ¿Era amor? ¿Obsesión? ¿Una adicción mutua de la que ninguno podía liberarse?
—Llegamos, señorita —anunció el taxista, deteniéndose frente al bar.
Juliette pagó la tarifa y bajó del vehículo, ajustándose nerviosamente el abrigo ligero que había tomado apresuradamente al salir. Había cambiado su vestido formal de trabajo por unos jeans y un suéter sencillo, su cabello recogido en una coleta descuidada. No había tenido tiempo de arreglarse lo único que importaba era llegar rápido.
Con cautela, empujó la puerta del bar y entró. No era el tipo de lugar bullicioso que había imaginado, sino más bien un refugio para quienes buscaban beber en soledad elegante.
Sus ojos recorrieron el espacio hasta encontrarlo. Danilo estaba sentado en la barra, su imponente figura ligeramente encorvada, London permanecía de pie a su lado, como un guardián vigilante, su rostro reflejando una preocupación por su jefe.
Respirando profundamente para armarse de valor, Juliette se acercó a ellos. London fue el primero en verla, un alivio cruzó su rostro.
Sin decir palabra, Juliette colocó su mano suavemente sobre el hombro de Danilo.
—Vamos a casa —le dijo suavemente.
Danilo se giró lentamente, su mirada desenfocada intentando registrar quién le hablaba. Cuando finalmente la reconoció, una expresión de incredulidad se reflejó en su rostro.
—No eres real —murmuró, negando ligeramente con la cabeza—. No eres real.
Juliette nunca había visto a Danilo así, despojado de todas sus defensas, de toda su armadura. Era como observar a un hombre completamente diferente.
—Lo soy —aseguró ella, acercándose más—. Estoy aquí, estoy aquí.
Con movimientos torpes, Danilo extendió una mano hacia su rostro, sus dedos rozaron suavemente su mejilla como para comprobar si era verdad. El contacto envió una corriente eléctrica a través de Juliette, recordándole cuánto había extrañado su toque.
—Te llevaré a casa —dijo, resistiendo el impulso de inclinarse hacia su mano.
Danilo sonrió ligeramente de medio lado.
—¿A la mía o a la tuya? —preguntó, arrastrando las palabras, su lengua enredada por el alcohol.
—A la tuya —respondió Juliette, permitiéndose una pequeña sonrisa ante su comentario.
—Eres tan linda —murmuró él, y sus ojos la recorrieron con una admiración descarada que la hizo sonrojar.
Era extraño, casi desconcertante, ver a Danilo sin filtros, expresando abiertamente sus pensamientos sin la calculada reserva que normalmente mantenía.
Con la ayuda de Frank y London, lograron levantar a Danilo de su asiento. Era sorprendentemente pesado, todo músculo sólido, y se tambaleaba ligeramente mientras lo guiaban hacia la salida. Juliette notó las miradas de otros clientes hacia ellos.
London había estacionado el auto justo frente a la entrada. Con esfuerzo, lograron meter a Danilo en el asiento trasero. Juliette subió junto a él insegura de qué hacer o decir ahora que estaban solos dentro del vehículo.
Danilo dejó caer su cabeza hacia atrás, cerrando los ojos mientras el auto arrancaba. Su respiración era profunda pero irregular, y ocasionalmente murmuraba palabras ininteligibles. Juliette lo observaba en silencio, notando los detalles que el estrés y el alcohol habían marcado en su rostro: pequeñas líneas de tensión alrededor de sus ojos, un ligero hundimiento en sus mejillas, la sombra de barba incipiente en su mandíbula.
London condujo en silencio hasta el Townsend Plaza. Con discreción admirable, el personal del hotel les permitió acceder directamente a los ascensores privados, evitando el vestíbulo principal. Nadie parecía sorprendido, lo que hizo que Juliette se preguntara si esta no era la primera vez que Danilo regresaba en tal estado.
Subir a Danilo hasta la suite fue un desafío, pero finalmente lograron depositarlo sobre la amplia cama. Quedó tendido de espaldas, su imponente figura ocupando gran parte del colchón, su corbata torcida y la camisa parcialmente desabotonada.
—Llámeme para lo que necesite, señorita —dijo London con tono formal y amable, extendiendo una tarjeta con su número personal—. A cualquier hora.
Juliette tomó la tarjeta, agradecida por el gesto.
—Gracias por llamarme —respondió sinceramente—. Y por cuidar de él.
London asintió, ambos se preocupaban por Danilo, cada uno a su manera.
—Buenas noches, señorita —se despidió, cerrando suavemente la puerta de la suite tras él.
Y así, Juliette se encontró sola con un Danilo Brown completamente ebrio e indefenso.
Con nerviosismo, se acercó a la cama y comenzó a desatarle los zapatos. Los retiró cuidadosamente, colocándolos a un lado. Luego se quedó contemplando el resto de su atuendo, debatiéndose sobre cuánto debería desvestirlo. Los pantalones de traje difícilmente eran cómodos para dormir, pero quitárselos parecía cruzar una línea de intimidad que no estaba segura de querer traspasar.
—Juliette —balbuceó Danilo repentinamente, sobresaltándola.
—Estoy aquí —respondió, acercándose a su rostro.
Sus ojos seguían cerrados, pero sus labios se curvaron en una sonrisa al escuchar su voz.
—Quédate conmigo —murmuró—. No te vayas… por favor.
Y ahí estaba de nuevo ese “por favor”
—Aquí me quedo —prometió suavemente—. Duerme.
Decidió finalmente que los pantalones podían quedarse. En su lugar, aflojó un poco más su corbata y terminó de desabotonar los primeros botones de su camisa para que pudiera respirar cómodamente.
Se sentó en el borde de la cama, observándolo mientras su respiración se volvía más profunda y regular, señalando que había caído en un sueño pesado.
¿
Qué hacemos con Danilo? ¿Le damos una oportunidad o seguimos leyendo como juega con su amiguito grandote debajo de la toalla? Guiño guiño.