48. Feliz cumpleaños
La suite presidencial del Townsend Plaza era lo suficientemente espaciosa como para que Juliette tuviera opciones. Un elegante sofá de cuero en la sala principal parecía cómodo y, definitivamente, era la elección más prudente. Pero la gran cama king size donde Danilo yacía profundamente dormido ejercía una atracción sobre ella que resultaba difícil de ignorar.
De pie en el umbral de la habitación, Juliette contemplaba sus alternativas. Dormir en el sofá era lo sensato, lo que mantendría intactas las frágiles barreras que tanto le había costado construir. Pero la cama… la cama presentaba argumentos convincentes.
Primero, Danilo estaba completamente inconsciente, demasiado intoxicado para notar su presencia allí. Segundo, después de todo lo que habían compartido —cada centímetro de piel explorado— sería casi ridículo sentir vergüenza por simplemente acostarse a su lado. Y tercero, quizás lo más peligroso de todo: quería estar ahí, observarlo dormir, ver esa versión vulnerable y desarmada de un hombre que siempre parecía invencible.
—Solo será esta noche — se dijo a sí misma, como si necesitara justificar la decisión que ya había tomado.
Cautelosa, se quitó los zapatos y los dejó junto a la cama. Consideró brevemente desvestirse, siempre había odiado dormir completamente vestida, pero descartó la idea de inmediato. Dormir en ropa interior sería cruzar una línea, una invitación a complicaciones que no estaba preparada para enfrentar.
Se deslizó sobre las sábanas de seda, manteniéndose en el extremo opuesto de la cama, lo más alejada posible de Danilo. A pesar de la distancia, su presencia era innegable: el calor que emanaba de su cuerpo, el sutil aroma de su colonia mezclado con whisky, el sonido rítmico de su respiración.
A la tenue luz de la lámpara de noche, Juliette permitió que su mirada recorriera la figura de Danilo. Seguía parcialmente vestido: la camisa desabotonada revelaba parte de su torso, los pantalones del traje aun puestos. Tantos recuerdos asociados a ese cuerpo… Momentos de pasión donde había estado encima de él, debajo, siendo aplastada contra el colchón, abrazada con una intensidad que era difícil olvidarlo.
Se mordió el labio inferior, luchando contra el impulso de acercarse, de tocarlo, de comprobar si su piel seguía provocando esa corriente eléctrica que tanto recordaba.
—Debo madrugar —murmuró para sí misma, recordando sus responsabilidades que le esperaban en unas horas—. Tengo que ir a casa a cambiarme para ir a la oficina.
Observó el perfil de Danilo contra la almohada, la línea fuerte de su mandíbula, ahora relajada en el sueño, los párpados cerrados ocultando esos ojos que le hacían temblar las piernas.
—Maldita sea, Danilo, ¿por qué lo complicas todo? —suspiró, dejando que sus propios párpados finalmente cedieran al cansancio.
No supo cuánto tiempo había dormido cuando sintió un cambio en el colchón, un peso desplazándose, y luego —antes de que pudiera reaccionar— un brazo fuerte rodeando su cintura, atrayéndola hacia un cuerpo fuerte y grande. Se despertó completamente, tensándose de inmediato.
El corazón de Juliette comenzó a latir desenfrenadamente. Estaban en posición de cucharita, su espalda contra el pecho de Danilo, su brazo firmemente anclado alrededor de ella como si temiera que pudiera irse. Ella permaneció absolutamente inmóvil, sin saber qué hacer, esperando que él volviera a sumirse en un sueño profundo para poder liberarse sigilosamente.
Cuando sintió que su respiración se volvía más regular, intentó moverse sutilmente, deslizándose hacia el borde de la cama.
—Deja de moverte, pequeña —la voz ronca y profunda de Danilo, directamente en su oído, la paralizó—. Porque mi amigo se está emocionando.
El calor subió inmediatamente a sus mejillas. Danilo no estaba dormido. Y su comentario dejaba dolorosamente claro el efecto que su proximidad estaba teniendo en él. La evidencia física de ese “entusiasmo” se presionaba inequívocamente contra la parte baja de su espalda.
Juliette se removió con más determinación, intentando escapar de su abrazo.
—Danilo, suéltame —exigió, pero su voz la traicionó al salir más como súplica que como orden.
En un movimiento rápido que demostraba que estaba mucho más sobrio de lo que había aparentado, Danilo cambió sus posiciones. De repente, Juliette se encontró de espaldas contra el colchón, con él sobre ella, apoyado en sus antebrazos para no aplastarla completamente pero aprisionándola con su cuerpo.
La luz de la lámpara de noche les permitía verse claramente. Juliette respiraba agitadamente, su pecho subiendo y bajando en un ritmo irregular que evidenciaba su nerviosismo. Los ojos de Danilo, ahora completamente despiertos y alertas, la estudiaban con una intensidad que resultaba abrumadora para ella.
—Por favor —pidió ella, sin especificar exactamente qué estaba solicitando.
—¿Por favor qué? —susurró él, su voz era tan baja como tentadora.
—Déjame levantarme.
—Es de madrugada —respondió él, como si eso fuera razón suficiente para mantenerla cautiva bajo su cuerpo.
—Tengo que ir a casa —insistió ella, intentando mantener la compostura a pesar de la proximidad embriagadora de Danilo.
—Es peligroso a esta hora.
Era evidente que estaba jugando con ella, probando sus límites, viendo cuánto podía empujar antes de que cediera. Era un juego que conocían bien, uno en el que ambos habían participado muchas veces antes. Pero las reglas habían cambiado, y Juliette ya no estaba segura de cuál era su papel.
—Solo me quedé para no dejarte solo y no hicieras una tontería —explicó, intentando mantener la conversación en terreno seguro.
La expresión de Danilo cambió sutilmente.
—¿Me estabas cuidando, Juliette? —preguntó, y había algo en su tono que sugería que la respuesta era más importante de lo que aparentaba—. ¿Te preocupaba lo que me pasara?
Incapaz de sostener la intensidad de su mirada, Juliette giró el rostro hacia un lado.
—No me gusta el olor a alcohol —mintió, buscando una excusa que no revelara demasiado—. De hecho, lo detesto.
Algo en sus palabras pareció afectar a Danilo. Sin previo aviso, se apartó de ella y se levantó de la cama. Juliette permaneció donde estaba, su respiración aún agitada, observándolo mientras él comenzaba a desvestirse con movimientos deliberados.
Se quitó primero la camisa, luego los pantalones, cada prenda cayendo al suelo alterando a Juliette. Quedó únicamente en bóxers negros, su cuerpo tan magnífico como grande claramente visible en la penumbra de la habitación. Juliette no pudo evitar recorrerlo con la mirada, recordando cómo se sentía bajo sus manos, cómo respondía a su toque.
—Me disculpo contigo —dijo Danilo inesperadamente —. No sé por qué London te molestó. No debió hacerlo.
—No es su culpa —defendió Juliette, incorporándose hasta quedar sentada en la cama—. Estaba preocupado por ti. Deberías agradecerle.
Danilo la miró largamente, como evaluando sus palabras. Luego, sin previo aviso, caminó hacia la puerta de la habitación. Juliette lo observó con confusión hasta que comprendió lo que estaba haciendo: estaba retirando las llaves de la cerradura.
—¿Qué haces? —preguntó, alarmada.
Una sonrisa de medio lado, esa que siempre la hacía temblar, apareció en el rostro de Danilo.
—Sé que en cuanto me meta en la ducha saldrás por esta puerta —explicó, llevando la llave consigo —. Así que le quito las llaves. No te irás, al menos no a esta hora.
Consultó el elegante reloj que reposaba sobre la cómoda.
—Son las tres de la mañana —añadió, como si eso justificara su acción.
Juliette rodó los ojos, dejándose caer nuevamente sobre la cama mientras él, con una última mirada, desaparecía en el cuarto de baño. El sonido de la ducha comenzó a escucharse segundos después.
—Esto es inaudito —murmuró para sí misma, mirando al techo—. No me puede tener encerrada aquí.
Pero incluso mientras protestaba, una parte de ella reconocía la verdad: no necesitaba llaves para mantenerla allí. Bastaba con su presencia, con la promesa implícita en sus ojos, con la electricidad que siempre había existido entre ellos.
El sonido del agua cayendo en la ducha invadía la habitación, y Juliette no pudo evitar que su mente creara imágenes de Danilo bajo el chorro de agua, el líquido recorriendo su cuerpo, esos músculos que conocía tan bien. Se mordió el labio inferior, luchando contra un deseo que parecía crecer exponencialmente con cada segundo que pasaba.
El vapor escapaba del baño cuando Danilo salió, con una toalla blanca envuelta alrededor de su cintura y otra más pequeña en sus manos con la que secaba su cabello húmedo. El agua había lavado los últimos vestigios de alcohol, pero no podía hacer lo mismo con la resaca que comenzaba a manifestarse en forma de un dolor sordo pulsando en sus sienes.
Se dirigió directamente al minibar, sacando una botella de agua que abrió y de un pequeño estuche en el bolsillo de su maleta extrajo un analgésico, que tragó con un largo sorbo de agua.
—Deberías tomar un café —sugirió Juliette desde la cama, donde permanecía sentada con las piernas cruzadas, observándolo.
Danilo se giró hacia ella, con una sonrisa irónica curvando sus labios.
—Debería, sí —concedió, dando otro trago a su agua—. Pero ya no tengo a mi tan eficiente secretaria que preparaba unos exquisitos cafés.
Ella respondió rodando los ojos, un gesto que él encontraba inexplicablemente encantador, incluso cuando estaba dirigido a él con exasperación.
—De seguro ahora tienes una nueva secretaria con grandes tetas —espetó Juliette, con las palabras saliendo de su boca con un veneno que no intentó disimular—. Y no tiene problemas en prepararte el café y hacerte otros servicios adicionales.
La insinuación hizo que Danilo se tensara visiblemente. La botella de agua crujió ligeramente bajo la presión de sus dedos.
—Pues estás muy equivocada —respondió, bajando la voz a un tono más grave—. De ser así, no estaría aquí detrás de mi ex secretaria que me saca de quicio, esperando que me perdone y me dé otra oportunidad por haber sido un idiota y no saber valorarla. Estaría allí en Manhattan con mi nueva secretaria.
Juliette apretó los dientes, un gesto que revelaba más de lo que pretendía. Los celos que había intentado ocultar eran transparentes para Danilo, que lo notó al instante.
—Yo no te he pedido nada —contraatacó ella, levantándose de la cama de forma brusca—. Tú estás aquí porque quieres. La próxima vez que London me llame para decirme que estás ebrio en algún bar, no vuelvo a ir por ti. Eres lo suficientemente grande como para saber lo que haces.
Se dirigió hacia la puerta con pasos decididos.
—Y abre la maldita puerta que me quiero ir.
Pero antes de que pudiera alcanzar el pomo, Danilo la interceptó. Con un movimiento brusco, la sujetó por la muñeca y la giró, presionándola contra la pared. Sus dos manos quedaron inmovilizadas sobre su cabeza, atrapadas por una de las grandes manos de él. Su cuerpo, apenas cubierto por la toalla, se presionaba contra el de ella.
—Tienes la boca tan sucia que quiero castigarte, Juliette —murmuró, con su rostro a centímetros del suyo—. Me provocas tanto, me sacas de mis límites. Eres la única mujer que ha llevado mi control al máximo y, en lugar de enojarme y mandarte al diablo, solo quiero castigarte y… —se detuvo, su respiración estaba agitada, buscando palabras menos crudas—… cogerte duro que nunca se te olvide quién es tu hombre y a quién le perteneces.
Juliette sentía que no podía respirar. El aire parecía haberse vuelto demasiado denso, insuficiente para sus pulmones que luchaban por funcionar bajo la avalancha de sensaciones.
—Te odio —logró articular, su voz temblaba—. Te odio tanto, Danilo. Maldita sea la hora que firmé ese contrato.
—No —negó él, con la mirada fija en los ojos de ella, leyendo cada emoción que intentaba ocultar—. Tú no me odias. Me deseas, me amas, te vuelves loca porque te toque.
Para demostrar su punto, una de sus manos la deslizó lentamente por su cuello, descendiendo hasta rozar el contorno de sus senos por encima de la blusa. Incluso a través de la tela, pudo sentir cómo sus pezones respondían, endureciéndose ante su tacto.
—Seré yo el único hombre en tu vida —declaró con una convicción absoluta—. No permitiré que nadie te ponga un dedo encima.
Su mano continuó descendiendo hasta la cintura del pantalón de Juliette. Con destreza, desabrochó el botón mientras ella lo miraba, hipnotizada por la intensidad en sus ojos, mientras temblaba con cada uno de sus movimientos.
—¿Piensas que dejaré que otro te tenga? —preguntó, su voz ronca por el deseo apenas contenido. —¿Piensas que dejaré que otra polla entre en tu coño?
Su mano se deslizó más abajo, encontrando su sexo con la evidencia húmeda de que, a pesar de sus protestas, su cuerpo la traicionaba completamente. Un simple roce de su dedo contra su clítoris, contra ese punto más sensible de su anatomía hizo que todo su cuerpo vibrara.
—Danilo —gimió ella, con los labios entreabiertos.
—No serás de nadie más —continuó él, mientras sus caricias se volvían cada vez peores—. Porque nadie más va a amarte como lo hago yo, nadie va a cuidarte y adorarte como lo hago yo. Nadie va a desearte tanto como yo, nadie va a volverse loco con solo verte sonreír. Por ti soy capaz de todo, pequeña.
Juliette cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás mientras Danilo le metía un dedo y comenzaba a cogerla de forma lenta y tortuosa, llevándola al borde del precipicio con movimientos precisos que demostraban cuán bien conocía su cuerpo.
—Así como no habrá otra mujer a quien quiera en mi vida más que a ti, Juliette —confesó con tanta pasión —. No te das cuenta que me muero por ti.
Sin darle tiempo a procesar sus palabras, capturó su labio inferior entre sus dientes, mordiéndolo suavemente antes de reclamar su boca por completo. No fue un beso suave ni tierno. Fue un beso cargado de necesidad, de posesión, de rabia y dolor acumulados durante meses. Un beso que hablaba de pasión desesperada y anhelo incontrolable.
Sus lenguas se encontraron en una batalla donde no existían vencedores ni vencidos, solo un deseo que trascendía la razón, la lógica, incluso el orgullo. Las manos de Juliette, liberadas durante el beso, se enredaron en el cabello húmedo de Danilo, atrayéndolo más cerca, como si quisiera fundirse con él.
Ambos sabían la verdad que ninguno se atrevía a pronunciar en voz alta: se amaban con una intensidad que bordeaba la locura. Una intensidad que asustaba y fascinaba a partes iguales. Danilo lo había aceptado finalmente, había bajado sus defensas, confesando sus sentimientos y ya no queria ocultarlo más. Pero Juliette seguía resistiendo, luchando contra la rendición total, temerosa de entregar nuevamente un corazón que apenas comenzaba a sanar.
Danilo sin pedirle permiso levantó su blusa y de un tirón le arrancó el sostén, estaba como un hambriento, inclinó su cuerpo y se metió a la boca uno de sus pezones antes de saltar al otro, chupando y mordiendo con una maestría única que a Juliette la estaba volviendo loca. Cuando la boca de Danilo volvió a reclamar los labios de su pequeña Juliette, sus grandes manos amasaron esas hermosas y duras montañas de carne. —Tan hermosa, tan perfecta —dijo susurrándole al oído. Eso fue suficiente para que Juliette bajara su mano en la unión de sus cuerpos y revelara el duro y erecto miembro de Danilo que apuntaba hacia arriba. Ella lo tomó con las dos manos y los mensajeó de arriba abajo, torturándolo. El no hizo otra cosa que apoyar su frente en la pared encima de la cabeza de Juliette cubriéndola por completo con su cuerpo.
—No sabes lo que me haces sentir —gruñó con los dientes apretados. Cuando él ya no podía soportarlo mas. La miró a los ojos y eso fue todo lo que necesitó para terminar de quitarle el pantalón y dejarla totalmente desnuda a su merced. A ella se le erizó la piel completamente. Debía estar soñando o completamente loca, pero ahí estaba desnuda de nuevo frente a Danilo. Él le rodeó la cintura con solo uno de sus brazos, y la levantó contra la pared, ella no dudó en rodearle las caderas con las piernas. Lo queria, lo deseaba demasiado, se había vuelto adicta al sexo por su culpa, pero solo lo queria a él dentro.
Cuando la penetró ella gimió fuerte sintiendo cómo la abría por dentro. —No importa cuanto tiempo pase, cuantas veces te haya penetrado, siempre serás pequeña para mí.
Jadeó Danilo mientras apoyaba uno de sus manos en la pared para sujetarse y con la otra sujetarla a ella.
—Feliz cumpleaños pequeña —susurró Danilo y ella abrió los ojos de par en par. ¿Cómo era posible que ella haya olvidado su propio cumpleaños y como es que Danilo lo recordaba o en todo caso, como lo sabía?
Ella hundió su rostro entre el cuello de su hombre y dejó que la siguiera embistiendo de la forma tan ruda y salvaje que solo él podía hacerlo. Ambos se corrieron en esa posición, pero para Danilo eso no era suficiente, llevaba tanto tiempo sin coger deseándola que una vez, dos o tres veces no eran suficientes.
La bajó y la apoyó contra la puerta. —Levanta el culo —le ordenó y ella lo hizo sin protestar, ahí la volvió a tomar sin preámbulos, mientras ella gemía descontrolada, tomó su largo pelo en puños y la embistió con vehemencia.
Cada ronquido, cada gruñido que escapaba de los labios de Danilo encendían aun mas el fuego que ardía dentro de Juliette. Era ilógico lo que él le hacía sentir, pero esa era la realidad, Juliette se mojaba al recibir ordenes de Danilo, se alteraba cuando escuchaba esa voz ronca y se desarmaba cuando él la tomaba como un animal salvaje.
Danilo disfrutó de ella, de ese momento, la besó, la tocó, la hizo suya de todas las maneras posibles porque sabía que probablemente en mucho tiempo no la volvería a tener así.
El agua caliente caía sobre su cuerpo tembloroso, pero no podía lavar las sensaciones que permanecían impresas en su piel. Juliette se había encerrado en el baño apenas recuperó el aliento, huyendo no tanto de Danilo como de su propia debilidad. Sus manos, sus piernas, todo su cuerpo temblaba mientras intentaba procesar lo que acababa de suceder.
No podía creerlo. Después de meses de resistencia, de intentar reconstruir su vida, de jurarse a sí misma que nunca volvería a caer… había bastado una noche, unas caricias, unas palabras susurradas contra su piel para rendirse completamente. Se había dejado llevar por el deseo, por esa atracción magnética que siempre había existido entre ellos, y había terminado exactamente donde prometió no volver: en los brazos de Danilo Brown.
—Así no irás a ningún lado, Juliette —se reprendió a sí misma, negando con la cabeza mientras el agua se llevaba los últimos vestigios de su encuentro.
Terminó de ducharse y se vistió con la misma ropa de la noche anterior, sin otra opción disponible. Una mirada al reloj de su teléfono sobre el lavado le mostró una realidad alarmante: las 6:00 de la mañana. Tenía apenas una hora para llegar a su trabajo, tiempo insuficiente considerando que necesitaba regresar a casa para cambiarse.
Cuando finalmente salió del baño, encontró a Danilo completamente vestido, esperándola. El traje impecable, la corbata perfectamente anudada, el cabello cuidadosamente peinado. Nada en su apariencia revelaba la noche de excesos y la madrugada de pasión. Había vuelto a ser el CEO implacable, el hombre de negocios que controlaba mundos con un simple gesto.
—Pensé que tomarías una ducha —comentó ella, intentando mantener un tono casual que ocultara las emociones que sentía.
—¿Y quitarme el olor de mi mujer? —respondió él con una intensidad que contradecía su apariencia formal mientras ajustaba su reloj de muñeca—. No, eso no va a suceder.
El comentario, tan íntimo y posesivo, hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Juliette y su rostro ardiera. Este era el Danilo que la desconcertaba: capaz de pasar de la más cruda vulnerabilidad a la dominación absoluta en cuestión de horas.
—Vamos, te llevaré a tu casa —ofreció, tomando su chaqueta.
—Puedo ir en taxi —respondió ella instintivamente, a la defensiva como un mecanismo de protección.
—No, no te dará tiempo de llegar a tu trabajo —contradijo él con lógica —. A esta hora en esta ciudad hay pocos taxis vacíos, y no creo que puedas caminar para tomar el autobús.
Juliette enarcó una ceja, captando perfectamente la insinuación. Danilo intentó disimular una sonrisa perversa, pero no logró ocultarla completamente. Ambos sabían que tenía razón. Tras la intensidad de su encuentro, cada paso era un recordatorio del tamaño de Danilo. Sentía un ardor y punzadas en su sexo que harían de caminar o sentarse una verdadera tortura.
—¿Vamos? —insistió él, sosteniendo la puerta abierta con un gesto que no admitía discusión.
En silencio, descendieron hasta el vestíbulo del hotel, donde London ya esperaba con el auto. El trayecto transcurrió en un silencio. Sentados en el asiento trasero, separados por apenas unos centímetros, parecían estar a años luz de distancia. Ninguno mencionó lo ocurrido, como si ambos hubieran acordado tácitamente que lo de la noche anterior quedaría suspendido en un limbo, ni reconocido ni negado.
—Te espero —dijo Danilo cuando llegaron al edificio de apartamentos donde vivía Juliette.
Ella asintió, consciente de que tenía apenas media hora para cambiarse, despedirse de Ellie y regresar. No había tiempo para reflexiones, para arrepentimientos, para conversaciones. Solo la urgencia pragmática de no llegar tarde al trabajo.
Subió apresuradamente, evitando las preguntas en los ojos de su hermana y de la sobrina de Digna cuando la vieron entrar. Se cambió en tiempo récord, optando por un vestido sencillo que no requiriera mucho esfuerzo, y aplicó un maquillaje mínimo para disimular las ojeras que evidenciaban su noche sin dormir.
—Nos vemos esta tarde —se despidió apresuradamente de Ellie, depositando un beso en su frente—. Hay comida en el refrigerador, solo caliéntala.
Bajó nuevamente, encontrando el auto en el mismo lugar, con Danilo aun esperando en el asiento trasero. Cuando entró, notó que él guardaba su teléfono, como si hubiera estado inmerso en alguna comunicación importante.
El viaje hacia Madison Motors fue tan silencioso como el anterior. Juliette miraba por la ventana, intentando ordenar sus pensamientos, encontrar algún sentido a la montaña rusa emocional que había sido las últimas veinticuatro horas. Estaban a punto de llegar cuando Danilo finalmente rompió el silencio con palabras que cayeron como un balde de agua fría sobre ella.
—Vuelvo a Manhattan —declaró.
Juliette giró la cabeza para mirarlo, intentando descifrar la expresión en su rostro. ¿Era una declaración? ¿Una invitación? ¿Una despedida? Tragó grueso, sintiendo cómo su corazón se contraía dolorosamente en su pecho.
—Que te vaya bien —logró articular, con un nudo que apresaba su garganta.
Por un instante, algo similar a la decepción cruzó el rostro de Danilo. Sus manos se apretaron en puños, como si estuviera conteniendo un impulso, esperando algo más de ella. ¿Qué quería? ¿Qué le pidiera que se quedara? ¿Qué le declarara su amor eterno después de una noche de pasión que bien podría haber sido solo eso, una recaída momentánea?
El auto se detuvo frente al edificio de Madison Motors. Juliette abrió la puerta, pero antes de bajar, se giró una última vez hacia él.
—Gracias por el regalo de cumpleaños —dijo con una débil sonrisa —. Fue realmente satisfactorio.
Sin esperar respuesta, salió del vehículo y cerró la puerta, dejando a Danilo en el interior con la palabra en la boca. No se permitió mirar atrás mientras entraba al edificio, aunque sentía sus ojos siguiéndola, quemándola con la intensidad de su mirada.
Solo cuando las puertas del ascensor se cerraron tras ella, dejándola momentáneamente sola, permitió que una única lágrima escapara. La secó rápidamente con el dorso de su mano.
Si realmente volvía a Manhattan, tal vez era lo mejor. La distancia física quizás podría ayudarla a mantener la distancia emocional que tanto necesitaba.
Pero mientras el ascensor ascendía hacia el piso ejecutivo, una pregunta persistía en su mente: si realmente era lo mejor, ¿por qué sentía como si una parte vital de ella estuviera siendo arrancada nuevamente?
El día transcurrió con una lentitud agonizante para Juliette. Sentada en su escritorio, intentaba concentrarse en los informes financieros que Matthew Carrigan le había pedido revisar, pero su mente se negaba a cooperar. Cada pocos minutos, sus pensamientos derivaban hacia la misma dirección: Danilo y su anuncio de que volvía a Manhattan.
La incomodidad física no ayudaba. Cada movimiento, cada vez que se reacomodaba en su silla, le recordaba la intensidad de la madrugada, las marcas visibles que Danilo había dejado en su cuerpo le recordaba lo salvaje que era ese hombre. Pero más insistente que el dolor físico era el vacío que sentía en el pecho, esa sensación que la acompañaba desde que escuchó aquellas palabras.
“Vuelvo a Manhattan.”
Tan simples, tan definitivas. Sin explicaciones, sin promesas, sin fecha de retorno. ¿Significaba eso el final? ¿Después de todo lo ocurrido simplemente se marcharía?
—¿Volverá? ¿Y si no vuelve? —murmuró para sí misma, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Las horas pasaron entre documentos, llamadas y reuniones, pero Juliette operaba en modo automático, su mente dividida entre las obligaciones profesionales y el caos emocional que Danilo Brown siempre provocaba en ella.
Cuando el reloj finalmente marcó las 5:30 PM, se permitió un suspiro de alivio. Podría ir a casa, abrazar a Ellie, quizás tomar un largo baño caliente y tratar de ordenar sus pensamientos. Estaba guardando sus cosas cuando el teléfono de su escritorio sonó.
— Juliette —la voz de Elisabeth, la recepcionista del vestíbulo, sonaba inusualmente animada—. Hay un paquete para ti en la entrada del edificio.
Juliette arrugó el ceño, momentáneamente distraída de sus preocupaciones.
—¿Por qué no lo suben hasta mi piso? —preguntó, extrañada.
Era el procedimiento estándar. Los paquetes y la correspondencia siempre eran entregados directamente por Alex, o alguno de sus compañeros del departamento de correo.
Una risita escapó del otro lado de la línea, aumentando su confusión.
—Dudo que se pueda subir hasta ahí —respondió Elisabeth, sin ocultar su diversión.
—De acuerdo, ya bajo —dijo Juliette, colgando el teléfono con más fuerza de la necesaria.
Intrigada y ligeramente irritada por el misterio, apagó su ordenador, organizó los documentos pendientes para la mañana siguiente y tomó su bolso. Durante el descenso en el elevador, su mente repasaba las posibilidades. ¿Un mueble quizás? ¿Algún equipo voluminoso que había ordenado el departamento? No recordaba ninguna entrega programada para hoy.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo, Elisabeth la recibió con una sonrisa expectante desde el mostrador de recepción.
—¿Dónde está mi paquete? —preguntó Juliette, acercándose.
La recepcionista, sin decir palabra, simplemente señaló hacia la entrada principal del edificio, donde los ventanales de cristal ofrecían una vista clara de la calle.
Juliette siguió la dirección de su dedo y literalmente sintió que su mandíbula caía. Estacionado justo frente a la entrada, destacando como una joya entre los vehículos comunes, había un Mercedes-Benz de última generación, color gris plata con acabados cromados que reflejaban la luz. Sobre el techo, un enorme moño rojo completaba la imagen, como si hubiera salido directamente de un anuncio de lujo.
—¿Qué es eso? —logró articular, aunque la respuesta era dolorosamente obvia.
Alex, quien aparentemente había estado observando su reacción, se acercó a ella con una expresión entre divertida y asombrada. Se colocó a su lado, cruzando los brazos sobre el pecho mientras contemplaba el vehículo.
—Eso, mi reina, es tu regalo de cumpleaños —dijo, con un silbido de admiración.
—¿Qué? —la voz de Juliette sonó varios tonos más aguda de lo normal.
Su cumpleaños. Había estado tan absorta en el drama con Danilo que casi lo había olvidado de nuevo.
—Si no me crees, ve a verlo tú misma —continuó Alex, empujándola suavemente hacia la puerta—. Afuera te espera un hombre para entregarte tu regalo personalmente.
Juliette avanzó como en trance, sus piernas moviéndose mecánicamente mientras su cerebro intentaba procesar lo que estaba sucediendo.
—Madre mía, madre mía —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Danilo, ¿por qué me haces esto?
Apenas puso un pie fuera del edificio, un hombre joven vestido con un impecable traje oscuro se aproximó a ella. Su actitud profesional y su porte elegante sugerían que representaba a la marca del vehículo.
—¿Usted es la señorita Juliette Moreau? —preguntó con formalidad.
Ella asintió automáticamente, su mirada alternando entre el representante y el lujoso automóvil que, según todos los indicios, ahora le pertenecía. Un vehículo que probablemente costaba más que todo lo que había ganado en su vida laboral hasta el momento.
—Esta es una entrega especial para usted —continuó el hombre, extendiendo una carpeta de cuero con documentos—. Por favor, firme aquí.
Con manos temblorosas, Juliette firmó donde le indicaban, todavía en estado de shock.
—Esta es la llave —explicó el representante, entregándole un elegante llavero con el emblema de Mercedes—. Es solo para abrirla, el motor tiene encendido eléctrico.
Le extendió la carpeta con un gesto ceremonioso.
—Estos son los documentos del vehículo. Espero disfrute mucho usándolo. Es nuestra línea de alta gama, recientemente lanzada al mercado.
Juliette tomó los documentos mecánicamente, consciente de que Alex y Elisabeth se habían acercado y observaban la escena con evidente fascinación. Otros empleados que salían del edificio se detenían para admirar el vehículo, susurrando entre ellos y lanzando miradas curiosas en su dirección.
—Ah, y feliz cumpleaños —añadió el hombre con una sonrisa profesional antes de despedirse y dirigirse a otro vehículo que lo esperaba.
Juliette se quedó inmóvil en la acera, la llave en una mano y los documentos en la otra, incapaz de reaccionar. Y fijó su vista en una pequeña tarjeta pegada a la carpeta de cuero. Con manos temblorosas lo sacó del sobrecito negro y lo leyó.
—Para mi mujer, siempre lo mejor.Feliz cumpleaños
Siempre tuyo, Danilo.—¿Vas a quedarte ahí parada toda la tarde o vas a probar tu nuevo juguete? —preguntó Alex con una sonrisa, rompiendo el silencio.
Pero el corazón de Juliette se había emocionado tanto, no por el lujoso auto, sino por lo que decía la tarjeta.
—Yo… no puedo aceptar esto —logró decir finalmente, sacudiendo la cabeza—. Es demasiado.
—Por favor —intervino Elisabeth, quien raramente dejaba su puesto en recepción pero evidentemente no quería perderse este espectáculo—. Si un hombre me regalara algo así, lo aceptaría sin pensarlo dos veces.
—No entiendes —insistió Juliette—. No es… no es apropiado.
—¿Qué no es apropiado? —replicó Alex—. ¿Que alguien que claramente tiene los medios quiera hacerte un regalo especial? Mira, no sé exactamente qué hay entre tú y el señor intimidante, pero esto —señaló el Mercedes— no es el gesto de alguien que solo quiere jugar contigo.
Juliette miró nuevamente el automóvil, la realidad de la situación finalmente asentándose. Danilo se marchaba a Manhattan, pero antes había dejado una declaración imposible de ignorar. No con palabras, sino con un gesto típico de él: grandioso, excesivo, innegable.
Con pasos vacilantes, se acercó al vehículo y pasó la mano por la superficie lisa y fría. El moño rojo, con su absurda opulencia, casi la hizo sonreír. Era tan propio de Danilo: hacer una declaración que nadie podría ignorar, marcar su presencia incluso en su ausencia.
—Al menos da una vuelta a la manzana —sugirió Alex, acercándose—. Puedo acompañarte si quieres.
Juliette contempló la llave en su mano. Aceptar el regalo significaba mucho más que recibir un automóvil. Ella estaba aceptando que, aunque se negara ella seguía siendo su mujer.
Ya paren todo, me voy de aquí, esto ya fue demasiado. O sea, ¿donde miércoles consigo un Danilo que me coja asi dejándome como bambi y para colmo me regale un auto último modelo? ¿Dios, acaso no merezco un poco de tu amor? Parece como si fuera que yo hubiera parido a Judas. No mames.