49. Una larga lista
Juliette observaba las llaves del Mercedes Benz entre sus dedos, incapaz de procesar lo que acababa de suceder. El lujoso automóvil estacionado frente a ella, con un enorme moño rojo sobre el, representaba mucho más que un simple regalo de cumpleaños. Era un mensaje de Danilo Brown, el hombre que la amaba desesperadamente… el hombre al que ella también amaba con toda su alma.
—¿Vas a quedarte ahí parada todo el día? preguntó Alex con una sonrisa traviesa.
El joven mensajero se había convertido en un aliado inesperado durante las últimas semanas. Siempre estaba ahí para ayudarla a “zafar” de Danilo y su posesividad, como ella lo llamaba, aunque en el fondo sabía que lo que realmente evitaba era enfrentar sus propios sentimientos.
—No puedo aceptarlo, Alex. Es demasiado — murmuró Juliette, aún contemplando las llaves.
—¡Claro que puedes!
—Además —dijo Juliette. —Tengo licencia, pero desde que me mudé de Manhattan no he tocado un volante, y mucho menos uno como este.
Alex se acercó y le puso una mano en el hombro. —Pues hoy es el día perfecto para volver a conducir. Yo seré tu copiloto, ¿qué te parece?
—Alex, no sé, no puedo, lo devolveré, llamaré a la concesionaria y lo devolveré.
—De ninguna manera. Anda. No seas miedosa. Esta preciosidad merece ser conducida. Es una máquina extraordinaria. Y tú lucirás perfecta en el volante.
Después de unos minutos de indecisión, Juliette finalmente cedió. Con manos temblorosas, abrió la puerta del conductor y se deslizó sobre el asiento de cuero. El interior olía a nuevo, a lujo, a Danilo. Alex se acomodó en el asiento del copiloto, tan maravillado como un niño en una juguetería.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, mirando el sofisticado tablero.
Ambos empezaron a inspeccionar los controles, buscando algo. Finalmente, Alex señaló un botón en el volante.
—Creo que es este.
Juliette lo presionó y, como por arte de magia, todo el tablero se iluminó con luces azules y la pantalla central cobró vida.
—¡Wow! —exclamó Alex, con los ojos brillantes. —Yo jamás me había subido a uno así.
Juliette sonrió, recordando. —Yo sí —dijo en voz baja. —Danilo tiene muchos autos de lujo. Me subí con él al menos a cuatro diferentes.
El recuerdo la transportó momentáneamente a aquellos días en Manhattan, cuando todo parecía perfecto. Antes de que el dolor la alejaran del primer hombre que había amado verdaderamente.
Con precaución, Juliette salió a la calle. El lujoso automóvil, aún con el moño encima, no pasó desapercibido. La gente volteaba a mirar, algunos incluso sacaban sus teléfonos para tomar fotos.
—Me siento ridícula —murmuró ella, hundiéndose en el asiento. —¿Sabes que odio llamar la atención?
Alex soltó una carcajada. —La sencillez en persona, conduciendo un Mercedes último modelo. La ironía es deliciosa.
Ambos rieron ante el comentario de Alex.
Mientras avanzaban por las calles, Alex decidió abordar el tema que realmente importaba.
—Deberías darte otra oportunidad, ¿sabes? Con Danilo.
Juliette apretó el volante.
—Se nota que ese hombre te ama más allá de lo material. Este auto es solo una excusa para que vuelvas a él.
—Tengo miedo — confesó ella, con un hilo de voz.
—Todos lo tenemos —respondió Alex con una sabiduría impropia de sus veinte años. —Todos tenemos miedo a cualquier cosa. Mira tú, tenías miedo de conducir y aquí estás. Vamos lento, pero al final te arriesgaste y nada malo ha pasado.
—No es lo mismo, Alex.
—Es exactamente lo mismo, Juliette. Así funciona la vida, el amor, todos los aspectos de nuestras vidas. Y que no sea tarde para ti cuando te des cuenta que no puedes vivir sin ese hombre. Cuando él ya haya dejado de buscarte, de amarte, cuando se haya cansado.
Las palabras de Alex golpearon a Juliette. Ese era precisamente el pensamiento que la atormentaba cada noche antes de dormir. La posibilidad de que Danilo finalmente se rindiera, de que encontrara a alguien más, alguien sin tanto equipaje emocional.
Finalmente llegaron al edificio donde vivía Juliette.
—¿Lo ves? Llegamos sanos y salvos. Eres muy buena conduciendo, solo debes confiar más en ti.
Ella apretó sus labios, girando para mirar a Alex una vez que aparcó el coche en el estacionamiento. Le tomó la mano con afecto.
—Eres un chico genial, Alex. Me alegro tanto de haberte conocido. Me has dado los mejores consejos que alguien pudo darme en toda mi vida.
Sin previo aviso, Juliette lo abrazó. Alex se quedó momentáneamente sorprendido, pero luego sonrió y le devolvió el abrazo.
—Toma — dijo ella, sacando unos dólares de su bolso, —ve en taxi hasta la empresa a buscar tu motocicleta.
—No hace falta, Juliette. Vine porque quise. Puedo ir en autobús, no queda lejos.
—No seas necio —insistió ella. —Toma el dinero y ve en taxi. No eres menos hombre por aceptar dinero de una mujer.
Alex se echó a reír, haciendo un gesto afeminado en broma. —¡Soy una prostituta! — exclamó, y ambos estallaron en carcajadas.
Después de despedirse, Juliette subió hasta su departamento. Al introducir la llave en la cerradura, no sospechaba lo que le esperaba al otro lado. Giró el pomo y empujó la puerta.
De repente, las luces se encendieron y una lluvia de serpentinas voló sobre su cabeza.
—¡SORPRESA! —gritaron Ellie y Silvia al mismo tiempo.
El apartamento estaba decorado con globos de colores y cartelitos que rezaban —Feliz Cumpleaños — En el centro de la mesa, un hermoso pastel con velas esperaba ser encendido.
Ellie, su hermana, corrió hasta ella y la abrazó con fuerza.
—Feliz cumpleaños, Juls.
Se abrazaron tan fuerte que parecían querer fundirse en una sola persona. Era el primer cumpleaños que Juliette pasaba sin su madre desde que había fallecido. No pudo evitar que las lágrimas rodaran por sus mejillas mientras se aferraba fallecido.
—Gracias, hermana. Gracias por esta hermosa sorpresa —susurró entre sollozos.
Después de saludar y agradecer a Silvia, las tres se sentaron a disfrutar del chocolate caliente que habían preparado para acompañar el pastel.
Cuando Silvia finalmente se retiró, Juliette y Ellie se quedaron solas. Su hermana sacó una pequeña caja de terciopelo azul y se la entregó.
—Feliz cumpleaños.
Dentro había un hermoso collar con un dije en forma de estrella. Juliette lo admiró con emoción antes de ponérselo.
—Es precioso, Ellie. Gracias.
Con una sonrisa misteriosa, Juliette sacó las llaves del Mercedes y las puso sobre la mesa. Ellie abrió los ojos de par en par.
—¿Qué es eso? —preguntó, aunque algo en su mirada sugería que ya lo sabía.
—Un regalo —respondió Juliette, y procedió a contarle toda la historia.
Cuando terminó, Ellie estaba prácticamente saltando de emoción.
—¡Tenemos que verlo ahora mismo!— exclamó, arrastrando a Juliette hacia la puerta.
Mientras bajaban en el ascensor, Juliette no pudo evitar pensar en las palabras de Alex. Tal vez era hora de dejar atrás el miedo y arriesgarse nuevamente. Tal vez era hora.
A las diez de la noche, Juliette estaba sentada en su cama con el teléfono en la mano temblorosa. Su corazón latía agitado mientras contemplaba la pantalla en blanco, indecisa sobre qué escribir. Varias lágrimas traicioneras escaparon de sus ojos; las secaba con el dorso de la mano, pero volvían a correr obstinadamente por sus mejillas.
El mensaje que debería escribir a Danilo para agradecerle por el Mercedes se había convertido en una montaña imposible de escalar. ¿Qué podría decirle? ¿Un simple “gracias”? ¿O debería mencionar lo mucho que significaba para ella que él haya tenido ese gesto?
—Me gustó mucho el auto… escribió, para luego borrar inmediatamente. Demasiado íntimo.
—Danilo, quería agradecerte por… Borró nuevamente. Demasiado formal.
Suspiró profundamente, dejando caer el teléfono sobre la colcha. En ese momento, la puerta de su habitación se entreabrió y Ellie asomó su cabeza.
—¿Estás despierta? —preguntó, aunque la respuesta era evidente.
Juliette notó que su hermana traía su manta favorita y su almohada bajo el brazo. Sabía exactamente lo que eso significaba: Ellie quería dormir con ella.
—Ven —dijo Juliette, palmeando un espacio a su lado en la cama.
Ellie entró y cerró la puerta tras de sí. Caminó hasta la cama y se acomodó junto a Juliette, ambas sentándose con las piernas cruzadas una frente a la otra, como si estuvieran a punto de iniciar una sesión de confidencias.
—Estás triste —dijo Ellie, y no era una pregunta.
Juliette suspiró, contemplando nuevamente su teléfono como si fuera un objeto extraño y peligroso.
—¿Lo amas? —preguntó Ellie directamente, sin rodeos, con esa franqueza que siempre la caracterizaba.
El pecho de Juliette comenzó a latir aún más rápido. Casi podía sentir cada palpitación como un pequeño martillo golpeando desde dentro.
—Mucho — admitió, y pronunciar esa simple palabra en voz alta hizo que se sintiera extrañamente liberada y aterrorizada al mismo tiempo.
—¿Por qué no lo buscas y se lo dices?
Juliette miró a su hermana y luego volvió su vista al teléfono que descansaba entre ellas, como un puente que podría conectarla nuevamente con Danilo, pero que no se atrevía a cruzar.
—No sé qué hacer, Ell — contestó Juliette con voz quebrada.
Ellie le tomó las manos entre las suyas, apretándolas suavemente en un gesto de apoyo que valía más que mil palabras.
—Él te ama y tú a él. ¿Por qué sufrir si los dos quieren estar juntos?
La pregunta quedó suspendida, tan simple y a la vez tan compleja. Juliette alzó la mirada hacia su hermana, encontrando en sus ojos el reflejo de su propia confusión y anhelo.
—No quiero perderlo —confesó Juliette. —Pero si voy a entregarle mi corazón nuevamente, necesito poner ciertas condiciones.
Ellie asintió con firmeza.
—Totalmente. Estás en tu derecho —afirmó. —Pero no dejes que el miedo te impida ser feliz — Hizo una pausa y añadió: —Esas fueron tus palabras cuando nos mudamos aquí y yo tenía miedo de empezar de nuevo y hacer nuevas amistades.
Juliette sonrió levemente porque era cierto.
—Ya tenemos una vida aquí — argumentó Juliette, aunque sin mucha convicción.
Ellie se encogió de hombros, como si estuviera hablando del clima y no de cambiar completamente sus vidas otra vez.
—Me gusta más Manhattan —confesó. —Creo que nunca voy a acostumbrarme aquí. Detroit es una linda ciudad, pero no es nuestro lugar.
Juliette la miró fijamente, sorprendida por cómo su hermana había articulado exactamente lo que ella sentía en lo más profundo de su ser. Tenían una vida agradable, un apartamento acogedor, Juliette un buen trabajo… pero algo faltaba. Extrañaba terriblemente su ciudad natal, Manhattan, sus amigos, sus calles bulliciosas, incluso el caótico metro en hora punta. Y, sobre todo, extrañaba a Danilo.
—¿Sabes cuánto te amo, Ellie, y que eres mi vida entera? —Juliette extendió la mano para acariciar suavemente el rostro de su hermana.
Los ojos de Ellie brillaron con emoción.
—Y tú la mía, Juls —respondió con voz suave y melodiosa.
—¿Siempre juntas? —preguntó Juliette, extendiendo su dedo meñique en un pacto que habían repetido miles de veces desde siempre.
Ellie cruzó su meñique con el de su hermana, sellando la promesa.
—Siempre juntas.
Permanecieron así por un momento, unidas por ese simple gesto que significaba tanto para ambas. Luego, sin decir palabra, Ellie se recostó junto a Juliette, cubriéndose con la manta. Juliette hizo lo mismo, mirando al techo mientras su mente seguía dando vueltas a la posibilidad de contactar a Danilo.
—¿Sabes qué? —dijo Ellie de repente, girándose para mirar a su hermana. —Creo que deberías escribirle y agradecerle por tan bonito auto.
Juliette asintió lentamente. Tal vez su hermana tenía razón. Tal vez era hora de dejar de esconderse y enfrentar sus sentimientos.
—¿O sabes que es mejor?
Juliette se levantó para mirarla.
—Que se lo digas personalmente.
Mientras tanto, en Manhattan, Danilo miraba su teléfono cada segundo, esperando algún mensaje de Juliette que nunca llegaba. Era viernes al mediodía, tres días después de volver a Manhattan, y ya había perdido las esperanzas. El Mercedes Benz que había enviado como regalo de cumpleaños debía haber llegado, pero no había recibido ni siquiera un escueto “gracias” de su parte.
Sentado en la cabecera de la larga mesa de juntas, intentaba concentrarse en la reunión con sus jefes de departamento, pero su mente estaba a kilómetros de distancia, en Detroit, imaginando a Juliette. ¿Habría rechazado el auto? ¿Lo habría aceptado pero decidido ignorarlo a él? ¿O quizás estaba pensando en él tanto como él pensaba en ella? La incertidumbre lo estaba matando lentamente.
—¿Le parece correcta esa cifra, señor Brown? — preguntó Harrison, su jefe de producción, cuando terminó de exponer sus estadísticas trimestrales.
Todos los jefes de departamento giraron sus cabezas hacia Danilo, esperando su opinión. El silencio en la sala se hizo espeso mientras las miradas se clavaban en él. Danilo volvió bruscamente a la realidad y pestañeó con prisa, tratando de disimular que no había escuchado ni una sola palabra de la presentación.
—Claro, está… está correcto — respondió sin tener la menor idea de qué demonios había dicho su jefe de producción.
La reunión continuó por unos minutos más, con Danilo asintiendo mecánicamente y fingiendo interés mientras su mente seguía vagando por los recuerdos de Juliette: su sonrisa, el aroma de su perfume, la suavidad de su piel, sus besos, sus gemidos. No podía olvidar como hace tres días la había disfrutado nuevamente. Como la había hecho correr cuatro veces. Como gemía y jadeaba su nombre y gritaba pidiendo mas.
La amaba tanto, la deseaba tanto. No tenia cabeza para pensar en nadie mas. Solo en ella. Solo ella era su verdadero amor.
—Bien, si no hay más temas que tratar, podemos dar por finalizada la reunión — anunció finalmente, incapaz de soportar más tiempo la farsa.
Los ejecutivos recogieron sus carpetas y tabletas, abandonando la sala entre murmullos de conversaciones. Solo quedaron él y Gerardo, quien ni siquiera se había movido de su silla y lo miraba fijamente con una mezcla de preocupación y algo que podía llamarse diversión.
—Tierra llamando a Danilo Brown —bromeó Gerardo cuando estuvieron solos.
Danilo sacudió levemente su cabeza, mirando a su amigo con ojos cansados.
—Necesito que me digas todo lo que dijeron en la reunión. No escuché absolutamente nada.
Gerardo sonrió, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Me di cuenta —respondió con calma. —Harrison propuso un aumento del 15% en la producción para el último trimestre, lo cual es completamente insostenible con los recursos actuales, y tú acabas de aprobarlo.
—Mierda — masculló Danilo, pasándose una mano por el cabello perfectamente peinado.
No te preocupes, ya hablaré con él después de tu aprobación. Le diré que revisarías los números con más detalle y le darías tu respuesta definitiva el lunes.
—Gracias —suspiró Danilo. —Te debo una.
—Me debes muchas, pero ¿quién lleva la cuenta entre amigos? — Gerardo inclinó la cabeza, observando con atención el rostro demacrado de Danilo. —¿Qué sucede?
Danilo se levantó de su silla y caminó hasta el ventanal que dominaba la vista de Manhattan. Los rascacielos brillaban bajo el sol del mediodía, pero él no veía nada de eso. Solo veía el rostro de Juliette reflejado en el cristal.
—Me estoy volviendo loco, Gerardo — confesó sin girar. —La estoy perdiendo. Siento que se me va de las manos y no puedo hacer nada para evitarlo.
Gerardo entendió inmediatamente que se refería a Juliette. Había sido testigo de primera mano de cómo se había derrumbado cuando ella se marchó.
—Si ya hiciste todo, si ya le abriste tu corazón, solo queda esperar —dijo Gerardo con voz calmada. —Si vuelve, será tuya de nuevo.
Danilo giró lentamente para mirar a su amigo, con una expresión de dolor tan profunda que Gerardo casi pudo sentirla como propia.
—¿Y si no vuelve?— preguntó con voz quebrada.
—Entonces nunca lo fue —respondió Gerardo con la honestidad brutal que caracterizaba su amistad.
Esas palabras devastaron por completo a Danilo. Sentía como si le hubieran arrancado el corazón del pecho y lo hubieran pisoteado frente a sus ojos. Pero en el fondo, sabía que su amigo tenía razón. No podía obligar a Juliette a amarlo. No podía comprar su amor con regalos caros ni forzarla a volver. Tenía que aceptar la posibilidad de que quizás ella ya había seguido adelante con su vida, que estaba mejor, sin él.
—Vamos — dijo Gerardo, poniéndose de pie. —Te invito a almorzar. Hay un nuevo restaurante italiano a dos cuadras que dicen que tiene el mejor risotto de la ciudad.
Danilo asintió mecánicamente y siguió a su amigo fuera de la sala de juntas. Mientras caminaban por el pasillo, Gerardo intentaba animarlo con bromas sobre la nueva secretaria de marketing que aparentemente tenía un crush con él, pero él apenas sonreía por cortesía.
Al llegar al lobby de presidencia, Danilo quedó paralizado. Una figura femenina que estaba sentada en la salita de espera se levantó al verlos y lo miró directamente a los ojos.
—¿Juliette? — preguntó él, incapaz de creer lo que veía.
Ella sonrió tímidamente y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, un gesto que él conocía tan bien y que siempre le había parecido adorable.
El corazón de Danilo latía tan rápido que temía que pudiera oírse. Su respiración comenzó a alterarse al verla allí, tan hermosa con un sencillo pantalón negro de jean y una blusa color verde musgo. No necesitaba más; para él, estaba deslumbrante.
Gerardo le palmeó el brazo, sacándolo momentáneamente de su trance.
—Llegó por quien llorabas —le dijo en voz baja, con una sonrisa cómplice.
Luego se alejó de Danilo y se acercó a Juliette con la familiaridad de quien conoce a alguien desde hace tiempo.
—Tanto tiempo, Juliette. ¿Cómo estás?
—Señor Gerardo, muy bien, gracias. ¿Y usted? —respondió ella con cortesía.
—Perfectamente. Me alegra verte después de tanto tiempo.
Juliette intentaba ser amable con Gerardo, pero todo su ser temblaba y ardía al sentir la mirada tan intensa de Danilo sobre ella.
Gerardo, notando la tensión entre ambos, se despidió con un gesto y se marchó discretamente, dejándolos solos en el lobby.
Danilo dio pasos lentos hasta posarse frente a ella, como si temiera que fuera una ilusión que pudiera desvanecerse si se acercaba demasiado rápido.
—Estás aquí — dijo más para sí mismo que para ella, casi incrédulo.
Ella se mordió el labio inferior, un gesto nervioso que Danilo recordaba perfectamente y que siempre había despertado en él un deseo incontrolable de besarla, de tocarla y…
—¿Tendrías tiempo para hablar?— preguntó ella con esa voz suave que a Danilo le volvía loco, que penetraba en su piel y se instalaba en lo más profundo de su ser.
—Todo el tiempo que desees — respondió él con voz grave, enviando ondas eléctricas por el cuerpo de Juliette.
Danilo extendió su brazo en un gesto caballeroso, indicándole el camino hacia la puerta de su oficina. Antes de seguirla, se giró brevemente hacia su nueva secretaria.
—Que nadie me moleste —ordenó con tono firme. —Cancela todas mis reuniones de la tarde.
La mujer asintió eficientemente, y Danilo cerró la puerta de su oficina tras ellos.
Una vez solos, el silencio se instaló entre ambos como un tercer invitado no deseado. Juliette permanecía de pie en medio de la espaciosa oficina, observando cómo todo seguía en el mismo lugar. Danilo, por su parte, no podía apartar la mirada de ella, admirando cada detalle de su presencia como un hombre sediento que finalmente encuentra agua en el desierto.
—¿Quieres sentarte? —preguntó él, señalando el sofá de cuero de la pequeña salita. Juliette giró a mirar y tragó suave al recordar las veces en que él la había hecho suya en ese mismo sofá. Pero ella no se movió de su sitio.
—Recibí tu regalo — comenzó ella, rompiendo finalmente el silencio. —El Mercedes… es demasiado, Danilo.
Él sonrió levemente, también sin moverse.
—Nada es demasiado cuando se trata de ti — respondió con sinceridad.
Había ensayado tantas veces lo que quería decirle, pero ahora, frente a él, todas las palabras preparadas se habían esfumado.
—Yo… —comenzó, pero su voz se quebró.
Danilo dio unos pasos hacia ella quedando frente a frente.
Juliette lo miró fijamente, reuniendo todo su valor.
—Estoy aquí porque… necesitamos aclarar muchas cosas —confesó finalmente.
Danilo dio un paso más, acortando la distancia entre ellos, pero sin tocarla aún.
—Aclararé todas las dudas que tengas, todos esos miedos que te atormentan, no te iras de aquí hasta que no te quede claro, cuanto es que te amo, cuanto es que muero por una vida a tu lado y que vuelvas a mí es lo que mas anhelo en mi vida. Así que Juliette, puedes empezar por donde mas quieras — Respondió Danilo con ternura que derrumbó todas las barreras que Juliette se había puesto.
Ella cerró los ojos un momento, dejando que esas palabras calaran en su interior.
—Pero necesito que tú te sientes allí y yo aquí, porque cuando estas cerca no puedo pensar coherentemente —declaró Juliette sincera. Danilo echó una carcajada que la encendió en segundos logrando que su rostro ardiera.
Danilo asintió, estaba inmediatamente feliz de tenerla allí, eso ya significaba mucho y no permitiría que ella volviera a irse de su lado, como se llamaba Danilo Brown.
Tomó asiento en el sofá viendo como Juliette buscaba algo en su bolso y extrajo un papel que extendió en la mano. Él arrugó el ceño sin entender.
—¿Tengo que firmar algo? —bromeó ese hombre que la volvía loca mientras ladeaba una media sonrisa. Ella negó agitando su cabeza sin poder contener una sonrisa nerviosa.
—No, tuve que escribir una lista de todo lo que tengo que decirte, porque tú me alteras y se me olvida todo.
—¿Una lista? —Danilo se pasó la lengua por sus labios mientras se frotaba la barbilla.
—Si, una lista. Así que comenzaremos por el punto número uno.
Danilo asintió. —Escuchemos entonces el punto uno —respondió sin dejar de mirarla de esa manera que parecía querer desnudarla con los ojos.
Eso Juliette has tu lista de navidad y agrega al final de esa lista un Danilo para mí también de preferencia ese mismo que tienes ahí. No seas egoísta porque asi no entrarás al cielo.