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5. Catástrofe

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

5. Catástrofe

El moretón violáceo en la mejilla izquierda de Juliette era innegable.

—¿Qué te pasó, Juliette? —volvió a preguntar Danilo, con una voz suave pero segura. Con un tono de preocupación que sorprendió a Juliette. Sus ojos, de un gris profundo, buscaban una respuesta en los ojos de ella.

Juliette apartó la mirada, sus dedos jugueteaban nerviosamente con el iPad en la mano. Un rubor escarlata se extendió por su cuello. —No es nada, señor. Anoche me he caído en el baño —contestó en ese tono bajo casi imperceptible, evitando la mirada.

Danilo frunció el ceño, negando con la cabeza. No era creíble. La mentira estaba presente en el ambiente, tan clara como el silencio que se hizo entre ellos. La verdad permanecía oculta tras la frágil fachada de una explicación inverosímil. La historia de la caída en el baño sonaba a una excusa barata, demasiado simple para convencerle. Había algo preocupante en ese moretón.

Danilo, con un tono inusualmente suave, preguntó.

—¿Tienes problemas en casa? Puedes contarme si lo deseas.

Juliette parpadeó, desconcertada. ¿Era este el mismo hombre que solía espetarle órdenes sin mirarla siquiera? Ahora sus ojos la buscaban con una calidez que jamás había visto en él.

—N-no, señor —tartamudeó, desviando la mirada—. Todo está perfectamente.

Mentira. Nada estaba bien. Pero la verdadera incomodidad no venía de su casa, sino de estar ahí, bajo el peso de esa mirada amable que no sabía cómo interpretar. Quería salir corriendo, esconderse entre las montañas de archivos de su escritorio, cualquier cosa con tal de no enfrentar esta versión desconcertante de su jefe.

Un escalofrío le recorrió la espalda. No sabía si era por el torbellino de emociones en su pecho o por el aire acondicionado que parecía funcionar a temperatura ártica. Probablemente ambos.

—¿Necesita algo más, señor Danilo?

Sus manos, entrelazadas con fuerza, no dejaban de temblar. Danilo la observó en silencio, con esa expresión indescifrable que solía usar en las reuniones importantes. Exhaló lentamente y asintió, solo eso. Ni una palabra más.

Juliette mantenía la vista clavada en algún punto del escritorio. No se atrevía a mirarlo directamente, pero podía sentir sus ojos sobre ella como un peso físico. Algo había cambiado. En todos esos meses trabajando para él, nunca la había mirado así.

Se dio media vuelta y caminó hacia la puerta con pasos rápidos, casi huyendo. El silencio de esa oficina la perseguía como un juicio silencioso.

Cuando finalmente cruzó el umbral y cerró la puerta tras de sí, se detuvo. Llevó la mano al pecho, donde su corazón galopaba sin control, y trató de recuperar el aliento que no sabía que había estado conteniendo.

Observó sus manos, notando cómo vibraban exageradamente.

Caminó hasta su escritorio, en donde se dejó caer en su silla; el respaldo recibió su cuerpo con un suspiro de alivio. Sus dedos, temblorosos, acariciaron la mejilla; la zona amoratada pulsaba con un dolor sordo. El contacto le trajo una oleada de recuerdos, imágenes fugaces de la mirada de Danilo, inquisitiva, penetrante, como si leyera sus pensamientos más íntimos, analizándola con frialdad. —¿Desde cuándo me mira así? —se preguntó, la voz apenas un susurro. El recuerdo la dejó helada.

El repentino timbre del teléfono la hizo saltar de la silla como si la hubieran electrocutado. Juliette respondió con su habitual profesionalismo, la voz firme y controlada, una máscara perfecta que ocultaba el temblor que aún persistía en sus manos.

El resto de la jornada transcurrió en una especie de letargo; realizaba sus tareas con una mecánica precisa, como un autómata. El inquietante encuentro con Danilo quedó en un segundo plano, un momento que afortunadamente no volvió a repetirse. El silencio de su jefe fue el mejor de los consuelos.

Sin embargo, al otro lado de esas paredes que los separaban a los dos.

Danilo se encontraba en su oficina, mirando por la ventana con los pensamientos enredados en una maraña de emociones y decisiones. La imagen de Juliette, con aquel moretón que no había podido explicar, seguía nublando su mente. Sabía que no podía continuar ignorando el instinto que le decía que había más en la historia de Juliette de lo que ella dejaba ver. Aunque llevaba tiempo intentando mostrarse indiferente ante ella y ante lo que le hacía sentir esa joven mujer. Ese día no pudo ignorar algo tan grave como eso.

Danilo tuvo que contenerse, autocontrolarse para no sacudir a Juliette y exigirle el nombre del bastardo que se atrevió a ponerle una mano encima.

Danilo intentó mantenerse al margen. Abstenerse de saber de esa pequeña mujer que lo descontrolaba con solo batir sus pestañas, con solo ver esos cortos pasos que sus piernitas le permitía.

Intentó controlar esas ganas que le entraban de besarla cuando la veía sonreír, cuando la veía cantar algunas veces mientras trabajaba absorta en sus funciones.

Danilo tampoco podía negar que era imposible para él comenzar el día con ese mágico café que solo ella sabía preparar.

Todos esos sentimientos y esas emociones los intentaba ignorar y disimular con sus malos tratos hacia ella, su profunda indiferencia. Pensando que así, tal vez así, dejaría de sentir lo que sentía por ella. Dejaría de sentir ese fuego ardiente que ardía cuando ella cruzaba el umbral de su oficina.

Dejaría de tener esos malos e indecentes pensamientos hacia ella. Porque Danilo sabía que una mujer como ella se merecía cosas buenas, cosas que él jamás podrá ofrecerle. Porque Rebeca había matado todo lo bueno que él podía llegar a ofrecer. Danilo ya no era capaz de sentir amor por nadie. Rebeca se había encargado de marchitarlo. Rebeca había sido su primer amor, su musa, la madre de su adorada hija.

Pero ella se había encargado de destruir todo lo bueno que alguien podía llegar a albergar en su corazón.

Ese día Danilo decidió ignorar todo eso para llamar a su abogado privado.

Con cada paso firme, el abogado personal de Danilo, Joaquín Castillo, cruzó la puerta de la oficina. Joaquín era un hombre de unos cincuenta años, siempre pulcro, con el cabello ligeramente canoso; transmitía confianza y experiencia.

—Gracias por venir tan rápido, Joaquín —dijo Danilo, mientras lo invitaba a tomar asiento frente a su escritorio.

—Siempre a tu servicio, Danilo. Veo que estás preocupado por algo, ¿en qué puedo ayudarte? —respondió su abogado.

Danilo lo miró fijamente a los ojos, una determinación silenciosa presente en su semblante. No se trataba de su caso típico de negocios, y eso hacía que el peso de su solicitud requiriera un manejo delicado.

—No quise decírtelo por teléfono porque es un tanto delicado y particular. Necesito que… —Guardó silencio sopesando el peso de sus palabras.

—Necesito que investigue a alguien. —Mi secretaria —comenzó Danilo, permitiéndose una pausa antes de agregar con voz más baja—. Quiero toda la información posible sobre su familia, sus antecedentes. Siento que ella está en problemas y creo que quizás no está dispuesta o no puede contar lo que realmente ocurre.

Joaquín asintió, acostumbrado a recibir instrucciones directas, pero no a menudo relacionadas con asuntos personales. —Entiendo, Danilo. —Será discreto, por supuesto —respondió mientras anotaba los detalles esenciales en su libreta con precisión.

—Necesitaré sus datos personales.

—Te la enviaré a tu correo particular. Necesito lo más urgente que puedas —pidió.

—Mañana mismo lo tendrás, no te preocupes, Danilo —dijo Joaquín.

Danilo se reclinó en su silla y suspiró, grabando la conversación que había sostenido con Juliette. La culpa le rozaba los pensamientos, pero también había un fuerte sentido de protección que lo impulsaba a asegurarse de que ella estuviera segura y protegida.

—Confío en tu discreción, Joaquín. No quiero que esto le cause ningún daño o incomodidad a Juliette. Simplemente, necesito saber si hay algo que pueda hacer para ayudarla —enfatizó Danilo, asegurándose de que la misión se llevara a cabo con la máxima consideración y respeto.

Joaquín se levantó de su asiento, guardando cuidadosamente la libreta en sus portafolios. —No te preocupes, Danilo. Me ocuparé personalmente y te informaré lo antes posible. Ahora descansa un poco, no parece que hayas tenido un buen día —le sugirió con una sonrisa tranquilizadora, al tiempo que se dirigió a la puerta.

Cuando Joaquín salió de la oficina, Danilo se quedó allí, contemplando las luces de la ciudad que comenzaban a encenderse al caer la tarde. Revisó mentalmente si había hecho lo correcto: el bienestar de Juliette parecía valer esto y más. Sabía que las revelaciones que Joaquín podría descubrir podían cambiar muchas cosas, pero era un riesgo que estaba dispuesto a asumir para asegurar que Juliette no estuviera sola ni indefensa. Pero, ¿por qué lo hacía? ¿Qué conseguiría con eso? ¿Qué él podría ofrecerle?

Juliette estaba sentada en el pequeño rincón del hospital asignado a su madre, sumida en sus pensamientos mientras el tenue brillo del monitor médico lanzaba destellos intermitentes en la habitación. La situación que enfrentaba era abrumadora, y cada pitido de la máquina parecía resonar con el peso de sus preocupaciones. Acababa de venir de admisiones y la realidad de los costos médicos comenzaba a sentirse como una soga ahogante, cada vez más apretada sobre su cuello. El costo de los medicamentos que no cubría el hospital era bastante. Dinero con el cual ella no contaba y no sabía a quién pedir ayuda. Tal vez podría solicitar un crédito en el banco, lo cual tardaría días. Su madre ya sería dada de alta mañana, pero debía cubrir los gastos primero.

Sabía que no podía permitirse que su madre permaneciera en el hospital por mucho más tiempo, pero la salida parecía un laberinto sin fin de gastos y facturas impagables.

En el fondo de su mente, Juliette sabía que debía encontrar una manera de generar ingresos adicionales. No podía depender únicamente del trabajo en la empresa, más aún considerando que su tiempo allí podría verse comprometido por las responsabilidades familiares.

Además, si quería buscar una mejor vida para su madre y su hermana, debía encontrar una salida, una solución. ¿Pero cuál era esa? ¿Cómo podría conseguir dinero extra? Y mucho dinero.

Juliette miraba las sombras en la pared del hospital mientras el sonido continuo de los monitores resonaba en sus oídos. Una voz familiar interrumpió sus pensamientos. Melissa, su amiga había decidido pasar al hospital para verla. Juliette se sorprendió de lo mucho que había ansiando un rostro amistoso entre todas las preocupaciones que ocupaban su mente.

—Hola, Mel. —Ella se levantó y la abrazó sin dudar.

Melissa entró con una energía vivaz que contrastaba con el ambiente apagado de la habitación.

—¡Hey, chica! ¿Qué carajos te pasó en el rostro, Jul?

Dijo Melissa, mirándole el rostro amoretonado, y su rostro se tensó, colocando una pequeña bolsa de bocadillos en la mesa junto a Juliette.

Juliette suspiró. —Papá —declaró; a ella no le negaba ni ocultaba nada.

—Maldito hijo de puta, Jul, esto no puede seguir así. Deben salir de ahí, deben alejarse de ese hombre por amor a Cristo.

—Es fácil decirlo, Mel, pero, ahora mismo, ni siquiera sé cómo cubriré los gastos del hospital para sacar a mi madre de aquí.

Sus palabras fueron dichas en un susurro, pero la carga de su significado pesaba entre ambas.

Melissa se sentó lentamente a su lado, tomándole la mano a Juliette para darle apoyo, comprendiendo la gravedad de la situación. —Es muy duro lo que estás pasando —murmuró, mirándola con empatía. —Pero, ¿has considerado alguna opción para aliviar la carga económica? Además de tu trabajo, quiero decir.

Juliette se encogió de hombros.

—¿Qué opciones podría ser Mel? Conseguir dinero de forma rápida; lo necesito para sacar a mamá del hospital y cubrir los gastos. Mañana iré al banco antes de pasar a la oficina. Espero que mi jefe no me despida por mis llegadas tardías.

Melisa hizo un gesto. Ella sabía cómo Danilo se comportaba con Juliette y lo mal que la trataba.

—Eso sería una catástrofe ahora mismo —dijo Melisa.

—Sin dudas —respondió Juliette.

—Vale, eso es una buena idea, puedes pedir un préstamo al banco, o en todo caso a recursos humanos en la empresa. Tú ya tienes antigüedad allí y eres una buena empleada, puedes internarlo —dijo Melisa. Juliette levantó ambas cejas. No había pensado en eso, y su amiga tenía razón.

—Creo que me has dado una buena idea. Mañana mismo pediré. Será lo más rápido. Rogando a Dios que me lo den —dijo Juliette.

—Te lo darán, estoy segura. Pero, Jul, hablando en serio. ¿Has pensado en alguna opción para mejorar la situación económica, dar una mejor vida a tu madre y a tu hermana lejos de tu padre?

—No sé qué hacer, Mel, por más que pienso y pienso, no sé, no tengo ideas.

—Yo tengo una, pero no sé si te gustará.

Juliette la miró pestañeando.

—Mel, ahora mismo, estoy dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de conseguir dinero y huir de la casa de mi padre. Ahora mismo solo importan mi hermana y mi mamá.

Melisa suspiró hondo.

—¿Cuál es esa idea? Dímela, por favor —suplicó Juliette, desesperada por una solución.

—Vender tu virginidad.