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50. Negociaciones del corazón

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50. Negociaciones del corazón

Danilo seguía sentado frente a Juliette, observándola mientras ella sujetaba nerviosamente una hoja de papel entre sus manos. Aunque intentaba mantener la compostura y una expresión seria, no podía evitar quedar embelesado por su belleza. El tiempo lejos de ella no había hecho más que intensificar lo que sentía. Sus ojos recorrieron discretamente su figura, apreciando cómo ese sencillo pantalón se ajustaba perfectamente a sus curvas. Tragó saliva, intentando concentrarse en lo que realmente importaba: escucharla.

Juliette por su parte respiró hondo, como reuniendo valor, y finalmente comenzó.

—Punto uno — comenzó a enumerar intentando mostrarse segura al hablar aunque la hoja temblaba ligeramente en su mano. —¿Tuviste algo con esa Victoria? ¿Estando conmigo o antes?

La pregunta sorprendió a Danilo, aunque en el fondo sabía que este tema saldría eventualmente. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios mientras negaba con la cabeza.

—Ni antes, ni durante, ni después —respondió con absoluta seguridad. —Como te había explicado en su momento, ella era solo una socia, estaba interesada en mis negocios.

—Y en poseerte —replicó Juliette instantáneamente, con un tono que delataba sus celos.

Danilo no pudo evitar sonreír ante esa reacción. Saber que Juliette sentía celos por él alimentaba secretamente su ego, aunque sabía que no debería.

—Ella podía querer muchas cosas, pero no cualquiera puede tenerme —respondió, inclinándose ligeramente hacia adelante. —¿Por quién me tomas, Juliette? ¿Crees que soy demasiado fácil y que me acuesto con cualquier mujer que se me cruza en el camino?

Juliette lo miró sorprendida ante su respuesta tan directa. Pestañeó varias veces, como procesando sus palabras.

—No creo que seas fácil —concedió. —Pero las mujeres se te ofrecían constantemente. Fui testigo de todas las que entraban en tu oficina y duraban más de la cuenta.

Su tono dejaba claro que aquellos recuerdos seguían molestándola. Danilo asintió, reconociendo la verdad que salía de sus labios, pero decidido a aclarar las cosas.

—No me he acostado con todas las mujeres que entraban en mi oficina, Juliette – explicó con calma. —Yo tenía ciertos gustos, no cualquiera pasaba la prueba.

Ella enarcó una ceja, claramente no convencida con esa respuesta.

—Tuviste una cita con ella cuando nosotros ya teníamos el acuerdo —le recordó, con reproche.

—Y recuerdo haberte dicho que no pasó nada — insistió Danilo, mirándola directamente a los ojos. —Fuimos a cenar, luego la llevé al hotel donde se hospedaba y me despedí. Ella no me interesaba ni me interesa como mujer, y menos aún en el tiempo que nosotros ya teníamos el contrato en donde te prometí exclusividad.

Se hizo un silencio entre ellos por unos segundos. Danilo no apartó su mirada de ella, queriendo transmitirle la sinceridad en lo que decía. Finalmente, Juliette asintió levemente.

—Bien, pasemos al punto dos —dijo, bajando la mirada hacia su lista.

Danilo sonrió complacido y asintió, esperando el siguiente tema. Parte de él se sentía aliviado de haber superado el primer obstáculo, pero también sabía que la conversación apenas comenzaba.

—¿Qué pasó el fin de semana cuando fuiste de viaje con tu ex esposa? —preguntó Juliette, levantando nuevamente la mirada. —¿Pasó algo, recordaron viejos tiempos? Le enviaste un ramo de flores — Su voz se quebró ligeramente. —¿Sabes lo que sentí ese día?

Danilo suspiró hondo, pasándose una mano por el rostro. Este tema era mucho más complicado que el anterior.

—Lo siento mucho — comenzó con sinceridad. —No creí que te molestaría, pero veo que sí, y lamento no haber tomado en cuenta eso antes.

Se levantó del sofá, necesitando moverse. Caminó unos pasos hacia el ventanal antes de volverse hacia ella nuevamente.

—Le envié las flores solo para hacerle sentir bien, por lo que ella significó para mí en el pasado, no porque siguiera sintiendo algo romántico por ella — explicó. —Y no, no pasó nada el fin de semana. La invité para hablar de muchas cosas y así también cerrar un ciclo en mi vida.

Giró a mirarla.

—Era necesario para mí, Juliette. Tenía tanto odio, tanto rencor hacia ella… —Su voz se volvió más grave. —Y cuando me enteré que ella sufría de cáncer, después de haberla acusado de tantas cosas sin saber por lo que estaba pasando, quise aliviar un poco la culpa que sentía. Quise hacer algo por ella. Los dos lo necesitábamos. Tal vez tú no comprendas eso del todo, pero para mí fue necesario.

Volvió caminar hasta el sofá y a sentarse.

—Lamento mucho si eso te hizo sentir mal — continuó. —Pero en ese momento yo aún tenía la estúpida idea de que no te debía ninguna explicación porque lo nuestro era solo sexo. —Hizo una pausa, sus ojos buscaron los de ella. —No quería aceptar que ya estaba muy enamorado de ti.

Su confesión movió muchas fibras dentro de Juliette.

—Pero te juro, pequeña, que no he estado con otra mujer desde nuestro contrato. Ni una sola.

Juliette lo escuchaba, mirándolo fijamente. Danilo podía ver en sus ojos el debate interno: quería creerle, pero el miedo a ser herida nuevamente era poderoso.

Sin embargo, por algún motivo, Juliette podía sentir la sinceridad en sus palabras. No había vacilación ni dudas en su explicación. Y esa manera tan dulce de llamarla “pequeña” le gustaba mucho a ella.

—Te creo —declaró finalmente.

El alivio que sintió Danilo fue tan profundo que tuvo que contenerse para no tomarla entre sus brazos en ese mismo instante. En lugar de eso, se limitó a asentir agradecido.

—¿Cuál es el punto tres? —preguntó con suavidad.

Juliette volvió a mirar su lista, respiró hondo y continuó.

El papel temblaba ligeramente entre sus dedos, delatando su nerviosismo que no se calmaba con nada.

—Punto tres —anunció, alzando la mirada directamente a los ojos de Danilo. —Esa mujer con la que te encontré el día de mi renuncia, ¿era tu amante, tu sumisa?

Danilo arrugó el ceño, un gesto involuntario que delataba su incomodidad ante el recuerdo. Luego negó moviendo la cabeza lentamente.

—Ni mi amante ni mi sumisa. Ella era una mujer con quien tuve sexo casual —confesó sin rodeos. —Nada serio, nada que recordar. Pero al parecer ella quería más.

Se pasó una mano por el cabello, un gesto que Juliette reconocía como señal de su frustración.

—Apareció ese día en mi oficina —continuó Danilo. —Me preguntó qué había pasado conmigo, dijo que me extrañaba, que quería volver a repetir lo que pasó una vez — Sus ojos se fijaron en los de Juliette, intensos y directos. —Intentaba coquetear conmigo cuando apareciste tú, pero ya le había dejado claro que no tenía intenciones de tener de nuevo nada con ella.

Juliette asintió lentamente, procesando la información. Por un lado, le dolía imaginar a Danilo con otra mujer, por otro, apreciaba su honestidad brutal.

—Bien, digamos que te creo —declaró, con una voz que intentaba sonar firme pero que no lograba ocultar del todo su vulnerabilidad.

—Debes hacerlo, porque es la verdad — respondió Danilo con determinación. —No te estoy mintiendo, Juliette. Podré tener muchos defectos, pero la mentira no es uno de ellos.

Sus miradas se encontraron y se sostuvieron por un momento que pareció extenderse indefinidamente. Juliette suspiró hondo. Irremediablemente creía todo lo que le decía, y no sabía si él era demasiado convincente, verdaderamente sincero, o ella era simplemente muy ingenua y creía todas sus palabras.

—Punto cuatro —continuó, bajando la mirada hacia su lista nuevamente, como si necesitara ese apoyo físico para mantener la compostura. —Dijiste que cuando yo me fui, tú fuiste con otra mujer en el club — Su voz se tensó visiblemente. —¿Era tu anterior sumisa, Devine? ¿Fuiste con ella?

Los celos se manifestaron en cada sílaba, en cada pequeño temblor de su voz, en la forma en que sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del papel. Danilo lo notó, y por un breve instante, una satisfacción brilló en sus ojos. Le gustaba saber que ella sentía celos, porque eso significaba que le importaba.

—Así es — admitió sin vacilar. —La volví a llamar.

El corazón de Juliette dio un vuelco doloroso. Una cosa era imaginar que había estado con otras mujeres, y otra muy distinta era escucharlo confirmarlo con esa franqueza implacable. Sintió cómo la bilis subía por su garganta.

—Pero no pasó nada — añadió Danilo rápidamente, inclinándose hacia adelante. —Ella no podía compararse contigo, Juliette. De hecho, ninguna mujer podría.

Se levantó del sofá y caminó hasta acercarse a ella, buscando su mirada que ahora evitaba encontrarse con la suya.

—Aunque pensé que yo podía volver a mi antigua vida, volver a lo mismo antes de ti, no podía — confesó con la voz grave. —Ahí me di cuenta de que solo quería a una mujer en mi vida: a ti.

Juliette tragó saliva. Su pecho latía con fuerza, su pulso estaba alterado. Sentía unos celos enfermizos, irracionales, que nunca antes había experimentado. La simple idea de saber que él había besado a esa mujer, que había compartido con ella el mismo espacio íntimo que alguna vez fue exclusivamente suyo, le provocaba un dolor físico. Aunque Danilo aseguraba que no había pasado nada más, su mente le jugaba una mala pasada, creando imágenes tortuosas que no podía controlar.

—¿Qué pasó exactamente? —preguntó, incapaz de contener la pregunta que la atormentaba. —¿Hasta dónde llegaron?

Danilo tomó las manos de Juliette entre las suyas, notando cómo temblaban ligeramente.

—La besé —admitió, manteniendo la mirada fija en ella. —Intenté llevarla a una de las habitaciones privadas, como solía hacer antes. Pero supe que no podía hacerlo. Danilo decidió omitir la parte en que la había dejado a otro amo. Esa parte ni siquiera era relevante entre ellos.

Se detuvo un momento, como si le costara encontrar las palabras adecuadas.

—Tu recuerdo estaba por todas partes, Juliette. En cada rincón de ese lugar, en cada sombra. Me di cuenta de que estaba intentando reemplazarte, y eso era imposible. —Sus ojos se suavizaron. —La dejé allí, y me fui. Esa fue la última vez que intenté estar con otra mujer.

Juliette cerró los ojos brevemente, intentando procesar sus palabras. Quería creerle, necesitaba creerle, pero los celos seguían quemándola por dentro como un ácido corrosivo.

—Mírame — pidió Danilo suavemente.

Cuando ella abrió los ojos, se encontró con la mirada intensa de él, tan cerca que podía distinguir cada matiz de color en sus iris.

—Te he dicho la verdad, toda la verdad — aseguró. —No quiero que haya secretos entre nosotros, por dolorosos que sean.

Juliette asintió lentamente, reconociendo la sinceridad en sus palabras.

—¿Hay más puntos en esa lista? —preguntó Danilo, con una pequeña sonrisa que intentaba aligerar el ambiente.

Juliette miró la hoja de papel arrugada en su mano. Había más puntos, muchos más. Preguntas, miedos, inseguridades que había acumulado durante todo ese tiempo.

—Sí, hay más —admitió.

Danilo asintió, y al soltarle la mano le rozó levemente el brazo, enviando una corriente eléctrica por todo su cuerpo. Misma corriente que Juliette sintió como un fuego intenso que ardía dentro de ella.

—Sí, aun tienes tiempo. Yo entiendo que eres un hombre ocupado y…

—Tengo todo el tiempo del mundo para responder cada una de tus preguntas —interrumpió Danilo. —Y para demostrarte que esta vez será diferente. Que yo ya no soy el mismo hombre.

Juliette lo miró, permitiéndose por primera vez desde que había entrado en esa oficina, ver realmente al hombre que tenía delante. No al poderoso empresario, no al dominante que la había introducido en un mundo de placeres desconocidos, sino al hombre vulnerable que había detrás de todas esas capas. Al hombre que, al parecer, la amaba tanto como ella a él.

—Punto cinco —dijo Juliette y Danilo la miró desde donde estaba, unos pasos de distancia. —¿Qué quieres de mí, Danilo? ¿Qué esperas de esto… de mí?

Era la pregunta más importante, la que realmente importaba. Todo lo demás, los celos, las dudas, los errores del pasado, palidecían ante esta simple pero profunda cuestión.

Danilo la miró directamente a los ojos, sin vacilación.

—Quiero todo, Juliette — respondió con una intensidad que la dejó sin aliento. —Quiero despertar a tu lado cada mañana y dormirme cada noche con tu rostro siendo lo último que vea. Quiero compartir contigo no solo mi cama, sino mi vida. Quiero que conozcas al hombre que soy cuando nadie más está mirando. Quiero que seas el amor de mi vida.

Hizo una pausa, como si estuviera buscando las palabras exactas.

—Quiero amarte como mereces ser amada, sin contratos, sin condiciones, sin límites. Y quiero que tú me ames de la misma manera, con toda la fuerza y la fragilidad que eso implica.

Sus palabras eran demasiado hermosas, demasiado perfecta para ser real. Y sin embargo, la mirada en sus ojos no dejaba lugar a dudas: lo decía en serio.

Juliette sintió cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos, pero esta vez no eran lágrimas de dolor o de miedo. Sino de esperanza.

—Yo también quiero eso —susurró. —Lo quiero todo, contigo —confesó. —Quiero darte lo mejor de mí y me aceptes o me ayudes a cambiar lo peor. Pero no quiero que un día despiertes diciéndome qué ya no me amas. Necesito sentirte seguro.

Danilo dio dos pasos lentos, hasta posarse frente a ella. —Eso jamás pasará Juliette, te quiero para mí para toda la vida.

—Aún no he terminado, Danilo. Déjame acabar con la lista, no intentes confundirme —dijo Juliette temblorosa, apartándose ligeramente cuando él intentó acercarse.

Danilo no pudo evitar soltar una carcajada. Levantó ambas manos en señal de rendición y se recostó contra el sofá, aunque sus ojos seguían devorándola con intensidad. Era evidente que lo único que quería era besar esos labios que lo tentaban desde que ella había cruzado la puerta de su oficina.

—No puedes culparme, pequeña —murmuró con esa voz grave que siempre hacía que las rodillas de Juliette flaquearan—. No puedo resistirme, y sé que tú tampoco.

Danilo extendió su mano y tocó suavemente la coleta de su cabello, un gesto aparentemente inocente, pero para Juliette significaba otra cosa.

—¿O debo recordarte lo que pasó en aquel hotel? —añadió con una sonrisa sugerente.

El rostro de Juliette automáticamente se sonrojó. Claro que lo recordaba. ¿Cómo olvidarlo si estuvo dos días sin poder caminar correctamente? Aquellas horas de pasión desenfrenada habían quedado grabadas a fuego en su memoria y en cada célula de su cuerpo.

—Los puntos que siguen son importantes, Danilo. Déjame terminar —insistió, tratando de mantener la compostura.

Él le dedicó una de esas sonrisas devastadoras que siempre la derretían por dentro, y Juliette sintió cómo su determinación comenzaba a tambalearse. Había planeado mantener esta conversación de manera seria, fría incluso, pero la presencia de Danilo lo complicaba todo.

—Por eso te he pedido que te mantengas alejado hasta terminar, ¿te das cuenta? —protestó, aunque sin verdadera molestia en su voz.

—OK, OK, lo siento. Continúa, pequeña —concedió él, haciendo un gesto con la mano como quien cede la palabra—. El punto… ¿por qué punto íbamos? —preguntó Juliette ya confundida con los puntos citados.

Juliette perdió momentáneamente el hilo de sus pensamientos, desorientada por la intensidad de la mirada de Danilo y el poder de su presencia. Él volvió a reír, satisfecho por el efecto que causaba en ella.

—Creo que por el punto seis —sugirió él, ayudándola.

—Sí, sí, punto seis —Juliette respiró hondo, intentando recuperar la concentración—. El punto seis es que deberás bajarle unos cambios a tu posesividad.

La mirada de Danilo adquirió un brillo especial, entre divertido y desafiante.

—¿Posesividad? No conozco lo que es eso —dijo, ladeando una media sonrisa que contradecía totalmente sus palabras.

—Es un cara dura, señor Brown, ¿sabía? —replicó ella, negando con la cabeza.

—Juliette…

—No —ella lo interrumpió con firmeza, levantando una mano—. Danilo, yo necesito que te controles. No puedes ir por la vida amenazando a todo aquel que se acerque a mí.

—No, solo a los hombres —respondió él con descaro, como si fuera la cosa más lógica del mundo.

Juliette rodó los ojos, exasperada pero no sorprendida por su respuesta. Era tan propio de él.

—Si no piensas ceder en eso, no creo que esto funcione —dijo con seriedad, mirándolo directamente a los ojos—. Yo necesito mi espacio, necesito que respetes mi espacio personal como mujer, mis derechos.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, queriendo que entendiera la importancia de lo que estaba diciendo.

—Amo que quieras cuidarme, que quieras protegerme, pero no puedo tolerar que ni siquiera pueda hablar con hombres o tener amigos hombres.

Danilo se pasó la mano por el pelo y suspiró profundamente. Por primera vez desde que había comenzado la conversación, parecía no estar totalmente de acuerdo con la lista.

—Podemos negociar —dijo finalmente—. Podemos llegar a un acuerdo.

Juliette lo miró con una ceja levantada y una pequeña sonrisa se formó en sus labios.

—Eso ya es un buen inicio —concedió.

Danilo se movió inquieto, sus ojos recorrieron el rostro de Juliette con anhelo.

—¿La lista sigue o aún falta mucho? Porque creo no poder soportar un segundo más sin besarte.

Juliette miró la hoja de papel que sostenía entre sus manos. Había pasado horas la noche anterior anotando cada punto, cada preocupación, cada condición que consideraba necesaria para intentar nuevamente una relación con Danilo. Pero ahora, frente a él, con su mirada intensa fija en ella, muchos de esos puntos parecían perder importancia.

—Hay algunos puntos más, pero creo que podemos dejarlos para otro día —decidió—. Creo que fueron demasiados puntos para una sola vez.

—Demasiados —confirmó Danilo, acercándose a Juliette con movimientos calculados, como un depredador acechando a su presa.

Pero ella extendió la mano, colocándola en su pecho para frenarlo.

—No tan rápido —advirtió, aunque su voz traicionaba su deseo.

—¿No pasé la prueba? —preguntó Danilo, con una mezcla de diversión y preocupación.

—Bueno, sí, pero aún hay mucho que hablar.

Él asintió, respetando su espacio, aunque la tensión entre ellos podría cortarse con un cuchillo.

—Sin dudas, pero yo también tengo algunas cosas que decirte.

Juliette levantó una ceja, intrigada.

—¿Cómo cuáles?

—La mas importante de todas, te quiero de regreso —declaró Danilo sin rodeos—. Quiero a mi mujer de vuelta a mi lado. No soporto tenerte lejos ni un día más.

Sus palabras, directas y sin adornos, impactaron a Juliette como una ola de calor. Ella se mordió el labio inferior, un gesto inconsciente que siempre había vuelto loco a Danilo.

Él le levantó el mentón con la mano, obligándola suavemente a mirarlo a los ojos.

—Tengo que solucionar las cosas aún en Detroit —explicó ella, consciente de sus responsabilidades—. No puedo solo desaparecer, dejar mi empleo y dejar a Carrigan a la deriva. Debo buscar un reemplazo y explicarle la situación.

Hizo una pausa, estudiando el rostro de Danilo.

—Pero dime que no dejarás de invertir en su empresa. Él está muy ilusionado.

Danilo le acarició el labio inferior con el pulgar, un gesto que envió escalofríos por la columna de Juliette.

—Si bien invertir en su empresa fue solo una excusa para estar cerca de ti —confesó con honestidad—, Matthew Carrigan me cayó muy bien. Es un hombre de honor y muy respetable, además de ser confiable, y su empresa tiene buena rentabilidad.

Juliette asintió, aliviada de que sus caminos profesionales no tuvieran que separarse por completo.

—¿Cuánto tiempo necesitas? —preguntó Danilo, y aunque intentó mantener un tono casual, la ansiedad en su voz era evidente.

—Un mes —respondió ella después de considerarlo—. Necesito un mes para dejar todo en orden, encontrar un reemplazo adecuado y entrenarle.

Danilo pareció considerar esa respuesta, claramente luchando con su impaciencia.

—Un mes es mucho tiempo —murmuró, acercándose más a ella—. Pero supongo que puedo sobrevivir, siempre y cuando…

—¿Siempre y cuando qué? —preguntó Juliette, sintiendo cómo su corazón se aceleraba ante su proximidad.

—Siempre y cuando me permitas visitarte durante ese tiempo —completó, fijando sus ojos en los labios de ella—. No esperes que te deje ir ahora que por fin te he recuperado.

La intensidad de su mirada hizo que Juliette se estremeciera. Era esa mirada la que la había cautivado desde el primer momento, esa combinación perfecta de autoridad, deseo y poder que solo Danilo Brown podía lograr.

—Creo que eso se puede arreglar —concedió ella con una pequeña sonrisa.

—Bien —dijo él, con la voz ronca—. Porque ya no puedo esperar más.

Esta vez, cuando Danilo se inclinó hacia ella, Juliette no lo detuvo. Sus labios se encontraron en un beso que contenía meses de anhelo, de deseo reprimido, de sueños interrumpidos. Las manos de él se deslizaron hasta su cintura, atrayéndola más cerca, mientras ella enredaba sus dedos en su cabello.

El beso se profundizó, volviéndose más urgente, más desesperado. Era como si ambos intentaran recuperar todo el tiempo perdido en ese único momento. Cuando finalmente se separaron, jadeando por aire, Danilo apoyó su frente contra la de ella.

—¿Sabes cuánto tiempo he soñado con este momento? —murmuró, sus ojos estaban cerrados como si intentara grabar este momento en su memoria.

—Probablemente tanto como yo —confesó Juliette, sorprendida por su propia honestidad.

Él sonrió, ese tipo de sonrisa que rara vez mostraba al mundo y que Juliette sabía que estaba reservada solo para ella.

—Tenemos mucho que reconstruir —dijo Danilo, acariciando su mejilla con ternura—. Pero estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario. Esta vez no te dejaré ir.

Juliette lo miró, viendo no al poderoso empresario que intimidaba a todos a su alrededor, sino al hombre sensible y apasionado que había aprendido a amar. Un hombre con defectos, sí, pero también con una capacidad de amar tan intensa que la abrumaba.

—No quiero irme —admitió en voz baja—. Nunca quise hacerlo.

Esas simples palabras parecieron tener un efecto profundo en Danilo. La abrazó con fuerza, como si temiera que pudiera irse de nuevo en cualquier momento.

—Y yo nunca quise dejarte ir, Juliette, fui un tonto. Te amo, pequeña—susurró contra su cabello—. Te amo más de lo que jamás creí posible amar a alguien.

Ella cerró los ojos, dejando que esas palabras la envolvieran como una manta en una noche fría.

—Yo también te amo, Danilo —respondió, las palabras salieron sin filtros ni reservas.

La lista de Juliette quedó olvidada sobre el sofá, un testimonio del largo camino que habían recorrido y del que aún les quedaba por delante. Pero por ahora, en los brazos de Danilo, todo lo demás podía esperar.

—¿Cuándo debes volver? —preguntó él jadeando en su oído. —Mañana en la tarde —respondió ella con los labios hinchados por los besos apasionados de él.

—Bien, tenemos… —miró su reloj girando su muñeca—, mas de doce horas.

—¿Para qué? —preguntó alarmada. Danilo sonrió de forma seductora y depredadora.

—Para recordar viejos tiempos —la tomó de la mano arrastrándola fuera de la oficina. —Cancela todas mis agenda de hoy y mañana —ordenó Danilo pasando frente al escritorio de su secretaria quien lo miró extrañada mientras el rostro de Juliette ardía de vergüenza y de excitación al saber lo que iba a pasar en unos cuantos minutos mas.

Apenas se cerró el ascensor detrás de ellos, Danilo la aprisionó contra la pared metálica y su gran cuerpo, robándole el aliento en un beso que de tierno nada tenía. Dándole a Juliette una idea de lo que estaba por suceder y ella lo estaba deseando con locura.

Uff yo también quisiera que me hagas recordar algunas cosas Danilo, porque sufro de memoria corta y ya lo he olvidado, ¿cómo para que debía ponerme de rodillas?