51. Fuego, pasión y deseo
Juliette bajó con Danilo hasta el estacionamiento donde London esperaba a su jefe. El chófer, levantó la mirada al escuchar los pasos apresurados de Danilo y notó con sorpresa que Juliette venía de su mano. London elevó una ceja, claramente sorprendido al verla allí.
—A casa, London —ordenó Danilo a su chófer mientras le abría galantemente la puerta trasera a Juliette.
London asintió con una media sonrisa cómplice, como si entendiera perfectamente lo que estaba sucediendo entre ellos. Sin hacer preguntas ni comentarios, subió al asiento del conductor y esperó a que su jefe entrara al vehículo.
Una vez que todos estuvieron dentro, London puso el auto en marcha. Con la discreción que lo caracterizaba, cerró todas las ventanillas polarizadas y activó el aire acondicionado, creando una barrera de privacidad para ellos.
Mientras tanto, en el asiento trasero era puro fuego. Apenas el coche comenzó a moverse, Danilo atrajo a Juliette hacia él con una urgencia que había estado conteniendo durante toda su conversación en la oficina. Juliette sin ninguna vergüenza se sentó a horcajadas sobre sus piernas y sus manos fueron a parar a la nuca de Danilo. Sus labios encontraron los de él en un beso hambriento, desesperado, como si hubieran estado sedientos el uno del otro durante siglos.
Juliette fue arrastrada por la intensidad del momento. Las manos de Danilo recorrían su cuerpo con deseo, no había delicadeza en su toque, queria tocarla tanto como podía, el deseo que sentía por ella rayaba la locura, sus manos comenzaron a tocarla por encima de su ropa redescubriendo cada curva, cada rincón que había extrañado durante esos tortuosos meses de separación. Ella enredó sus dedos en el cabello de él, atrayéndolo más cerca, si es que eso era posible.
—Te he extrañado tanto —susurró Danilo contra su cuello, mientras sus labios trazaban un camino ardiente hacia su clavícula—. Cada noche, cada maldito día sin ti fue un infierno.
Juliette apenas podía respirar, mucho menos responder coherentemente. Su cuerpo entero estaba en llamas, reaccionando a cada toque, a cada caricia como si hubiera estado esperando este momento toda su vida. En el fondo de su mente, una pequeña voz de cordura intentaba recordarle que estaban en un automóvil, con London apenas separado de ellos por una delgada división de privacidad. Pero esa voz fue rápidamente silenciada cuando Danilo deslizó una mano bajo el borde de su blusa, tocando la piel desnuda de su cintura.
—Danilo… —logró articular entre jadeos—. London está…
—No puede vernos —la interrumpió él, su voz estaba demasiado ronca por el deseo—. Y créeme, ya escuchó muchas veces tus gemidos —ella se sonrojó automáticamente y él le sonrió travieso. —Es lo suficientemente profesional como para ignorar todo lo que pasa.
Como para probar su punto, presionó un botón en el panel lateral y un suave sonido de música clásica comenzó a sonar, amortiguando cualquier ruido que pudieran hacer.
—Mejor —murmuró Juliette con una sonrisa, recordando cómo Danilo siempre pensaba en cada detalle.
—Solo cuando se trata de ti —respondió él, sus ojos oscurecidos por el deseo—. He soñado con este momento demasiadas veces para dejarlo al azar.
Volvió a besarla, esta vez más lentamente, saboreando cada segundo. Sus manos se movieron hacia arriba, acariciando los costados de su cuerpo con una reverencia casi religiosa. Juliette sentía que se derretía bajo su toque, todo su cuerpo anhelando más, necesitando más.
Danilo levantó la blusa de Juliette dejando a la vista sus hermosos y redondos senos cubiertos por un sostén de encajes. Danilo observó cada detalle de su blanca piel y sin perder tiempo levantó la copa del sostén dejando los senos de Juliette a su vista. Ella se mordió el labio inferior al sentir algo caliente recorrer su cuerpo al ver la mirada tan intensa de Danilo sobre ella.
—Son todo lo que deseo en mi boca cada noche, cada mañana, cada segundo de mi jodida existencia —dijo antes de tomar ambos senos y apretarlos con sus grandes manos y luego meterlos a la boca, no solo chuparlos, no, meterlos a la boca para disfrutar toda la dulzura y suavidad de su piel. Ella gimió y por instinto comenzó a moverse contra el duro y gran bulto de Danilo. A pesar de la ropa, ella sentía la fricción entre sus sexos, y tampoco le importó que la humedad de su coño haya traspasado la tela de su pantalón. Ella seguía moviéndose mientras Danilo devoraba sus senos con total devoción, para luego volver a tomar su boca en un beso violento mientras estrujada sus pezones. Ella sentía que estaba a punto de llegar al clímax con ese simple acto. Y es que él no necesitaba penetrarla para darle un orgasmo.
Pero Juliette no queria quedarse atrás y busco desesperada el broche de su cinturón y comenzó a desprenderlo para tocar ese duro miembro que tantas veces había tenido dentro de ella. Lo liberó y lo tomó con ambas manos para sujetarlo bien. Danilo vibró al sentir esas pequeñas manitos suaves moviéndose alrededor de su duro miembro.
—Vas a matarme, pequeña —susurró Danilo echando su cabeza hacia atrás mientras Juliette admiraba su hermoso rostro varonil, con esa barba de unos tres días, esas canas que ya se le notaba a los costados de su cabello castaño claro, esas largas y tupidas pestañas que caía sobre sus mejillas al tener los ojos cerrados y esa deliciosa boca que hacía maravillas. Juliette se inclinó a besarlo mientras aun movía su mano para darle placer mientras ella sentía que se mojaba un poco mas cada segundo.
La ciudad pasaba en un borrón por las ventanas mientras el vehículo avanzaba por las calles de Manhattan. Pero dentro de esa burbuja privada, el mundo exterior había dejado de existir. Solo estaban ellos dos, reconectándose de la manera más íntima posible.
—No sabes cuántas veces imaginé tenerte así de nuevo —confesó Danilo, abriendo los ojos para mirarla —. Pensé que te había perdido para siempre.
Juliette cerró los ojos, dejándose llevar por las sensaciones que la recorrían como ondas eléctricas. Cada palabra, cada susurro de Danilo despertaba, deseos que había intentado enterrar durante meses. Ahora surgían con intensidad, consumiéndola por completo.
—Yo también te imaginé —admitió en un susurro, sorprendiéndose a sí misma con esa confesión—. Cada noche… en mi cama, mientras me desnudaba pensando en ti —confesó Juliette y no pudo continuar porque Danilo capturó nuevamente sus labios, besándola con una pasión que rayaba en la desesperación. Sus manos se volvieron más atrevidas, explorando, reclamando, recordándole a quién pertenecía su cuerpo y su corazón.
El auto redujo la velocidad, señalando que se acercaban a su destino. Con un esfuerzo sobrehumano, Danilo se separó ligeramente de Juliette, aunque mantuvo sus manos firmemente en su cintura.
—Estamos llegando —dijo, su respiración aún agitada—. Y aunque me encantaría continuar esto aquí mismo, prefiero tenerte en mi cama, donde pueda comerte como mereces.
Juliette asintió, incapaz de articular palabras coherentes. Su cuerpo entero vibraba de deseo, de necesidad por ese hombre. Soltó el miembro de Danilo y rápidamente intentó arreglarse la ropa y el cabello, que habían quedado bastante desaliñados tras sus apasionados intercambios.
Danilo la observaba con una sonrisa satisfecha, claramente orgulloso del efecto que tenía sobre ella. Guardando también su trozo de carne que le dolía bastante, dentro de su pantalón.
—No te preocupes —dijo, acariciando su mejilla sonrojada—. Estás hermosa, incluso cuando te he desordenado por completo.
Juliette le dio un ligero golpe en el brazo, pero no pudo evitar sonreír. Se sentía viva de nuevo, como si hubiera estado caminando dormida durante todos esos meses sin él, y solo ahora despertara de verdad.
El vehículo se detuvo frente al elegante edificio donde Danilo tenía su ático. London ingresó al estacionamiento del subsuelo y apagó el motor esperando pacientemente, sin hacer ningún movimiento para salir y abrirles la puerta, dándoles tiempo para recomponerse.
—¿Lista? —preguntó Danilo, entrelazando sus dedos con los de ella.
Juliette respiró hondo, mirándolo a los ojos. En ellos vio deseo, sí, pero también amor, esperanza, promesa de un futuro juntos.
—Lista —respondió con una sonrisa que iluminó su rostro.
En ese momento, mientras estaba sentada en el lujoso vehículo, con las manos de Danilo entre las suyas y su corazón latiendo desbocado en su pecho, Juliette supo que había tomado la decisión correcta. El camino no sería fácil, aún tenían mucho que hablar, mucho que resolver. Pero por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo, solo nervios y ansiedad por lo que estaba por venir.
London finalmente salió para abrirles la puerta, manteniendo una expresión profesional aunque sus ojos brillaban con lo que parecía ser alegría al ver a la pareja junta nuevamente.
—Bienvenida de vuelta, señorita Moreau —dijo con una leve inclinación de cabeza mientras sostenía la puerta abierta para ella.
—Gracias, London —respondió Juliette con una sonrisa amable—. Es bueno estar de vuelta.
—Ya no te voy a necesitar por hoy, London, puedes tomarte la tarde, hacer cosas, lo que quieras —dijo Danilo intentando disimular una sonrisa. London por el contrario no disimuló, sonrió y asintió. Se notaba el cambio en su jefe y estaba feliz por él, se lo merecía. Danilo también merecía ser feliz, era un buen hombre con muchas heridas.
Y mientras Danilo la guiaba hacia el interior del edificio, su mano firmemente entrelazada con la de ella, Juliette sintió que realmente había vuelto a casa. No al lujoso apartamento que los esperaba arriba, sino al lugar donde siempre había pertenecido: junto a Danilo Brown, el hombre que había conquistado su corazón contra todas las probabilidades.
La tensión entre Juliette y Danilo era evidente en el elevador. Ambos estaban en extremos opuestos: ella en una esquina, visiblemente nerviosa, y él en la otra, con una sonrisa en su rostro que no podía ocultar su interés depredadora. El ascensor comenzó su ascenso silencioso hacia el ático, y cada segundo que pasaba parecía estirar el tiempo en una eternidad cargada de deseo.
Danilo, con su mirada fija en ella, rompió el silencio con una pregunta provocativa:
—¿Tienes miedo del lobo feroz, señorita Kitty?
Esa pregunta hizo que el corazón de Juliette se acelerara y, de forma automática, sus mejillas se tiñeron de un intenso carmesí. En ese instante, los recuerdos inundaron su mente, no recuerdos negativos, sino aquellos que evocaban cómo llegó a ser suya, cómo había caído en sus manos. Aquellos momentos íntimos que habían compartido, las noches interminables, los secretos susurrados en la oscuridad, las promesas hechas con el cuerpo.
Danilo dio unos pasos hacia ella, acortando la distancia que los separaba con movimientos deliberadamente lentos, como un depredador acechando a su presa. La acorraló contra la pared metálica, extendiendo ambos brazos a cada lado de ella, creando una jaula con su cuerpo. Juliette levantó la mirada, encontrándose con esos ojos oscuros que siempre la habían hipnotizado, mientras él inclinaba su cuerpo hacia ella, su aliento a menta golpeándose contra sus labios.
—No, no tengo miedo —respondió ella con voz apenas audible—. Quiero que el lobo feroz me coma.
Su respuesta desató algo primitivo en Danilo, quien dejó escapar un gruñido gutural que reverberó en el reducido espacio del elevador. Ese sonido envió ondas de calor por todo el cuerpo de Juliette, despertando sensaciones que había intentado olvidar durante meses sin éxito.
Y ella, sin saber ni en qué se había convertido en manos de ese hombre, se arrodilló frente a él en un acto de entrega total. Danilo extendió el brazo, alcanzando el panel de control y logrando detener el elevador con un movimiento preciso, preparándose para lo que vendría.
Juliette, con dedos ágiles y decididos, desprendió su cinturón, liberando su miembro para darle ese placer que ella había perfeccionado con todas las veces que estuvieron juntos. Sus labios lo recibieron con una mezcla de reverencia y pasión desenfrenada. Una verdadera sumisa, así como a él le gustaba, con toda esa inocencia que él había corrompido.
Danilo gruñía como un animal salvaje, dejándose llevar por las sensaciones que solo ella podía provocarle. Sus ojos no podían apartarse de Juliette, quien lo miraba desde donde estaba mientras su boca hacía maravillas. Mientras su lengua capturaba ese manjar que ella disfrutaba con ansias. Ella se había vuelto una sucia, gracias a él y nunca podría arrepentirse, porque Danilo la había sumergido en un mundo de placeres que ella desconocía, despertó en ella esa mujer apasionada, esa sumisa innata que disfrutaba dar y recibir placer.
Esos hermosos ojos hipnotizaban a Danilo aumentando su placer a niveles insoportables.
—Eres tan maravillosa, mi amor —jadeó él, su voz ronca por el deseo—. Ninguna mujer podrá compararse contigo jamás.
Separó más sus largas piernas para anclarse al suelo mientras su respiración se descontrolaba como solo Juliette podría lograrlo en él. La sujetó de su coleta para marcar un ritmo que solo ellos dos conocían, una danza íntima perfeccionada a través de incontables encuentros.
Ella se complementaba tan bien con él que parecía que había nacido para esto, para él. Como si el universo entero hubiera conspirado para unirlos, para que encontraran en el otro la mitad que les faltaba.
Hasta que finalmente, Danilo llegó al clímax con un gruñido profundo que resonó en las paredes del elevador. Con movimientos rápidos y decididos, levantó a Juliette del suelo y la pegó nuevamente contra la pared, sus ojos ardiendo con una intensidad que la dejó sin aliento mientras su respiración intentaba volver a su ritmo normal.
—Mía —declaró con voz ronca, casi animal—. Jodidamente mía.
Y antes de que ella pudiera responder, capturó sus labios en un beso devastador, posesivo, marcándola como suya una vez más. Sin separarse de ella, extendió el brazo para poner en marcha nuevamente el elevador, que continuó su ascenso hacia el ático.
Mientras las puertas se abrían en el piso más alto del edificio, Danilo finalmente rompió el beso, su respiración aún agitada. Apoyó su frente contra la de Juliette, mirándola a los ojos con una mezcla de deseo y ternura que solo ella conocía.
—Esto es solo el comienzo, pequeña —susurró contra sus labios—. Tenemos toda la vida por delante.
Juliette sonrió, sintiendo una felicidad que hacía meses no experimentaba. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía completa, viva, como si hubiera estado durmiendo durante toda su separación y ahora finalmente despertara.
—Toda la vida —repitió ella, entrelazando sus dedos con los de él mientras salían del elevador hacia el ático que una vez habían compartido.
Juliette entró al ático y se detuvo en el umbral, dejando que sus ojos recorrieran el espacio con anhelo, recordando todo lo que habían compartido en ese lugar. Cada rincón guardaba una memoria. El lugar no había cambiado, seguía teniendo esa elegancia sobria y masculina que caracterizaba a Danilo.
Sintió su presencia detrás de ella antes de que la tocara. El calor de su cuerpo, su aroma inconfundible, esa energía que siempre parecía emanar de él. Danilo la abrazó por detrás, rodeando su cintura con sus fuertes brazos y hundiendo su rostro entre el cuello y el hombro de ella, respirando profundamente como si quisiera impregnarse de su esencia.
—Bienvenida a casa, corazón —declaró con voz ronca sin moverse de su posición.
Juliette cerró los ojos, dejándose envolver por esa sensación. Amaba cuando Danilo hacía eso, cuando mostraba ese lado tierno y vulnerable, cuando enterraba su rostro en su cuello y la rodeaba con sus brazos como si temiera que pudiera desvanecerse en cualquier momento.
—Siento una paz que no sé cómo explicar cuando estoy aquí —confesó ella, apoyando sus manos sobre las de él.
—Es porque este lugar siempre fue tuyo —dijo él, deslizando sus manos dentro de la blusa de Juliette para acariciar la piel suave de su abdomen—. Nunca dejó de serlo, incluso cuando te fuiste.
Sus dedos trazaban patrones circulares sobre su piel, enviando pequeñas descargas eléctricas por todo su cuerpo.
—Te amo, mujer —murmuró contra su cuello, sus labios rozándole la piel sensible mientras hablaba—. No sé qué me has hecho. Eres como una maldita droga, una hechicera.
Juliette giró entre sus brazos para mirarlo directamente a los ojos. Lo que vio en ellos la dejó sin aliento: deseo, sí, pero también una vulnerabilidad, una necesidad que solo ella podía satisfacer.
—Nací para ti —contestó con una convicción que la sorprendió incluso a ella misma.
Danilo sonrió, una sonrisa lenta y depredadora que hizo que su corazón se acelerara. Con delicadeza, delineó los labios de ella con su pulgar.
—Solo para mí, preciosa —afirmó, y en un movimiento rápido, la levantó tomándola por los muslos.
Juliette, por instinto, rodeó su cintura con sus piernas y se aferró a él con sus brazos. La familiaridad de ese gesto, la forma en que sus cuerpos encajaban perfectamente, le recordó cuánto había extrañado esto, cuánto lo había extrañado a él.
Danilo la llevó hasta la habitación principal, ese santuario íntimo que habían compartido tantas veces antes, solo con ella. La bajó en el centro de la habitación con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada. Luego, con movimientos deliberadamente lentos, comenzó a quitarse la chaqueta, desprenderse los primeros tres botones de la camisa y remangarse las mangas hasta los codos, revelando sus fuertes antebrazos.
Juliette lo observaba fascinada, incapaz de apartar la mirada. Todo en él gritaba poder, autoridad, masculinidad pura. La forma en que se movía, confiado y seguro de sí mismo; la manera en que la miraba, como si fuera la única mujer en el mundo; incluso el simple acto de arremangarse la camisa resultaba hipnótico para ella.
—Desnúdate completa —ordenó él con esa voz autoritaria que humedecía al instante a Juliette —. Solo quiero que te dejes tu braga.
Ella tuvo que abrir la boca para dejar pasar aire, sintiendo cómo su cuerpo respondía automáticamente a esa voz de mando. Tantas veces lo había hecho, tantas veces la había visto desnuda, pero esa sensación de ser observada, adorada y deseada por Danilo mientras se desnudaba bajo su mirada intensa siempre la pondría muy nerviosa, siempre encendería ese fuego en su interior que solo él sabía cómo avivar.
Con dedos ligeramente temblorosos, Juliette comenzó a sacarse la blusa, revelando gradualmente su piel pálida y el encaje de su sujetador. Lo dejó caer al suelo y luego procedió con sus pantalones, deslizándolos por sus piernas hasta quitárselos por completo. Finalmente, con un movimiento lento, se quitó el sujetador, quedando tal como él había ordenado: completamente desnuda excepto por una pequeña braguita negra.
Danilo exhaló hondo, casi con reverencia, al contemplar el pequeño cuerpo de Juliette. La prenda íntima apenas cubría lo necesario con un pequeño triángulo en la parte frontal y unas delicadas tiras a los costados, contrastando exquisitamente con su piel blanca y suave. Su cabello, aunque algo desarreglado, aún mantenía la coleta alta que le daba un aire inocente que contrastaba con lo erótico de la situación.
Para él, era la perfección hecha mujer.
Con paso lento y calculado, Danilo la rodeó para observarla desde todos los ángulos, demorándose especialmente en admirar cómo la braguita se perdía entre sus nalgas, cómo sus caderas curvas adornaban ese hermoso cuerpo, y cómo sus torneadas piernas lo invitaban aún más a pecar.
Finalmente, se posó justo frente a ella, a milímetros de distancia, tan cerca que podían sentir el calor emanando del cuerpo del otro sin llegar a tocarse. Con delicadeza, le levantó el mentón con el dedo índice, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.
—¿A quién le perteneces, pequeña? —preguntó con voz grave.
Ella pestañeó unas tres veces, hipnotizada por la intensidad de su mirada, y contestó sin dudar:
—A usted, señor.
Porque sí, Juliette sabía con absoluta certeza que ella le pertenecía a Danilo Brown. No solo su cuerpo, sino su corazón, su alma, cada fibra de su ser.
Él sonrió de lado, satisfecho por su respuesta. Con movimientos expertos, se colocó detrás de ella, le ató las manos a la espalda con la corbata que él sujetaba en la mano. El contacto de la suave tela contra su piel envió escalofríos por todo su cuerpo.
Juliette tragó saliva y se relamió los labios, anticipando lo que vendría. La vulnerabilidad de estar así, expuesta ante él, con las manos inmovilizadas, despertaba en ella una excitación que iba más allá de lo físico.
Danilo permaneció detrás de ella y comenzó a acariciar su espalda desnuda con su dedo índice, trazando la línea de su columna vertebral desde la nuca hasta la parte baja de su espalda, apenas rozando el borde de su braguita.
—Jamás voy a lastimarte, ni física ni emocionalmente —le susurró al oído, mientras su aliento acariciaba su piel—. Te lo juro por mi vida. Me cortaría la mano o me arrancaría el corazón antes.
Juliette cerró los ojos, absorbiendo sus palabras, permitiendo que penetraran no solo en sus oídos, sino en su corazón. Sabía que era verdad. A pesar de todos los malentendidos, a pesar de las heridas del pasado, sabía que Danilo nunca la lastimaría intencionalmente. Ya no lo haría.
—Lo sé —respondió ella segura —. Confío en ti.
Y era cierto. Confiaba en él no solo con su cuerpo, sino con su corazón, con su vida entera. Esa confianza, más que cualquier acto físico, era la verdadera intimidad entre ellos.
Danilo deslizó una mano por su abdomen, subiendo lentamente hasta cubrir uno de sus senos, mientras la otra mano se enredaba en su coleta, tirando suavemente para exponer su cuello a sus labios.
—Te he extrañado tanto —murmuró contra su piel entre besos—. Cada parte de ti.
Sus labios recorrían la curva de su cuello, alternando entre suaves besos y pequeños mordiscos que la hacían estremecerse. Juliette se arqueó contra él, buscando más contacto, necesitando sentirlo más cerca.
—Danilo… —suspiró su nombre como una plegaria.
—Dime qué quieres, pequeña —exigió él, con la voz ronca por el deseo—. Dímelo y es tuyo.
—A ti —respondió ella sin dudar—. Solo a ti. Por siempre.
Con un gruñido de aprobación, Danilo la giró para que quedaran frente a frente. Sus ojos estaban totalmente oscurecidos por el deseo, la miraban con una intensidad que parecía llegar hasta su alma.
—Por siempre, soy tuyo, todo lo que soy, cada parte de mí te pertenece, pequeña, nunca lo dudes, eres mi vida entera, te necesito en la misma magnitud en que necesito el aire para respirar —declaro él, antes de capturar sus labios en un beso que sellaba esa promesa.
Danilo se alejó de ella de forma brusca, dejándola más deseosa que nunca. El contraste entre la intensidad del momento anterior y la repentina distancia hizo que Juliette sintiera un vacío físico, una necesidad apremiante de volver a sentirlo cerca. Su entrepierna ardía, humedeciéndose cada vez más con la anticipación, mientras su corazón latía tan fuerte que temía que pudiera estallar de emoción.
Lo observó alejarse hacia un armario que recordaba perfectamente. Ese armario donde Danilo guardaba todos sus “juguetes”, como él los llamaba. Un escalofrío de ansiedad recorrió su espina dorsal cuando lo vio regresar con algo en la mano, algo que ella conocía muy bien: una fusta con tiras en las puntas, ese instrumento que tantas veces le había dado placer mezclado con dolor, esa exquisita combinación que solo Danilo sabía administrar a la perfección.
—Te haré el amor, Juliette, sin perder mi esencia y sin negar la tuya —dijo con la voz grave, recorriéndola con ese artefacto que tenía en la mano sin llegar él a tocarla directamente.
Las suaves tiras de cuero acariciaron su abdomen, subiendo lentamente hacia sus senos. Juliette tragó saliva, su pulso latía tan rápido que podía sentirlo en su garganta. Ansiaba cada movimiento de Danilo, cada toque, cada palabra.
—Me lo has hecho en cada encuentro —respondió ella, con la voz entrecortada.
Danilo se detuvo, sus ojos se encontró con los de ella en una mirada tan intensa que parecía atravesarla.
—Porque en cada uno te sentí completamente mío —continuó ella—. No solo tu cuerpo, sino tu corazón.
Él asintió, regalándole una sonrisa seductora que hizo que sus rodillas amenazaran con fallarle.
—Así es, mi amor —confirmó, mientras las tiras de la fusta acariciaban ahora los senos de Juliette, provocándole pequeños escalofríos de placer—. Te amé desde el primer momento en que te tuve entre mis brazos, y cada vez que me lo negaba, te amaba más, con mas intensidad.
Cada palabra que pronunciaba era como una caricia para su alma, cada confesión un bálsamo para las heridas del pasado. Danilo nunca había sido un hombre de muchas palabras, pero cuando las decía, cuando abría su corazón como lo estaba haciendo ahora, cada sílaba penetraba el alma de Juliette.
—¿Recuerdas tu palabra de seguridad? —preguntó él, su tono cambió sutilmente a uno más serio, el tono del dominante preocupado por el bienestar de su sumisa.
Ella asintió, reconociendo la importancia de ese ritual previo, de ese contrato tácito entre ellos.
—Sí, señor —contestó con firmeza, demostrando que estaba presente, consciente y completamente consciente de lo que estaba por venir.
Los ojos de Danilo brillaron con aprobación y veneración.
—Voy a marcarte, Juliette —declaró en su voz había una mezcla de promesa y advertencia—. Todo tu cuerpo. Así como tú me has marcado.
Para sorpresa de Juliette, Danilo levantó su camisa y giró, mostrándole algunas marcas rojizas en su espalda, marcas de uñas que ella le había dejado hace días cuando estuvieron juntos en Detroit, en ese encuentro furtivo y desesperado que había reavivado todo lo que sentían el uno por el otro.
Ella se mordió el labio inferior y sonrió levemente, un destello de orgullo brillando en sus ojos al ver esas marcas, prueba física de la pasión que compartieron.
—¿Eso te gusta, pequeña gatita, te divierte? —preguntó Danilo en tono juguetón, aunque sus ojos revelaban un deseo feroz.
—Para que sepan que tienes dueña —respondió ella, provocándolo deliberadamente, sabiendo exactamente qué botones presionar para encender aún más su pasión.
La expresión de Danilo se transformó en un deseo intenso que hizo que el aire entre ellos se cargara de electricidad.
—Me voy a tatuar tus ojos, tu nombre, para que sepan a quién pertenezco —respondió él sin dejar de mirarla, y la sinceridad en su voz hizo que el corazón de Juliette diera un vuelco.
Nunca antes Danilo había hablado de algo tan permanente, tan definitivo. La idea de que quisiera llevar una marca de ella para siempre en su piel la excitaba aun mas.
La fusta se alzó en el aire, y Danilo adoptó una postura dominante, controlada.
—Cuenta —ordenó, autoritario—. Quiero oírte, Juliette. Carajos, no sabes cuánto lo deseo.
Y la fusta cayó sobre sus senos con precisión estudiada, lo suficientemente fuerte para sentirla, pero no para lastimarla. Una mezcla exquisita de dolor y placer que hizo que Juliette arqueara la espalda.
—Uno —contó ella con voz entrecortada.
La fusta volvió a caer, esta vez en el otro seno, un poco más fuerte que antes.
—Dos —jadeó, sintiendo cómo su cuerpo respondía, cómo cada terminación nerviosa cobraba vida bajo el toque de Danilo.
El tercer golpe llegó casi de inmediato, y Juliette dejó escapar un gemido antes de poder articular:
—Tres.
Danilo se detuvo, observándola atentamente, calibrando sus reacciones, asegurándose de que estuviera disfrutando tanto como él. Esa era una de las cosas que Juliette más valoraba de él: su capacidad para leerla, para saber exactamente qué necesitaba en cada momento.
Se acercó a ella y, con delicadeza casi reverencial, pasó sus dedos por las marcas rojizas que comenzaban a formarse en su piel. El contraste entre la intensidad de los golpes y la suavidad de esta caricia hizo que Juliette temblara.
—Eres tan hermosa —murmuró él, con admiración—. Tan perfecta. Tan mía.
Otro golpe cayó sobre las nalgas de Juliette, ella tembló. —¿Estás mojada? —preguntó Danilo haciendo a un lado su braguita para deslizar la fusta en medio sus pliegues. Juliette casi convulsionó cuando sintió ese contacto frio contra su carne caliente y sensible. Danilo retiró lentamente la fusta deslizando por el clítoris de Juliette y luego observó como estaba totalmente mojado. —Mira nada más. ¿Estás así por mí, mi amor? —ella se mordió el labio nuevamente.
—S…si señor —tartamudeó.
Danilo acercó la fusta a la boca de Juliette. —Lame, prueba y recuerda lo deliciosa que eres. Juliette lo hizo sin dudar. No era la primera vez y a ella le encantaba probarse a ella misma.
—Mierda, eres tan preciosa, tan sumisa.
Jadeó ronco Danilo mirándola. Tiró la fusta en el suelo. Juliette miró el objeto en el piso y luego sus ojos volvieron a Danilo.
Con manos rapidas, desató la corbata que mantenía prisioneras las muñecas de Juliette, liberándola. Pero antes de que ella pudiera moverse, la tomó en brazos y la depositó suavemente en la cama.
—¿Sabes por qué te libero? —preguntó, sus ojos oscuros permanecían fijos en los de ella.
Juliette negó con la cabeza, hipnotizada por la intensidad de su mirada.
—Porque quiero que me toques —confesó Danilo—. Quiero sentir tus manos en mi cuerpo, tus uñas en mi espalda. Quiero que me marques tanto como yo te marco a ti.
Se inclinó sobre ella, su rostro a centímetros del suyo.
—Porque esto no se trata solo de dominación, Juliette. Se trata de pertenencia mutua. Yo soy tuyo tanto como tú eres mía.
Y con esas palabras, capturó sus labios en un beso que contenía toda la pasión, toda la ternura, toda la complejidad de su relación. Un beso que era a la vez un reclamo y una entrega.
Juliette enredó sus dedos en el cabello de Danilo, atrayéndolo más cerca, sintiendo cómo sus cuerpos se fundían en un abrazo que borraba cualquier distancia, cualquier duda que hubiera quedado entre ellos.
—Te amo —susurró ella contra sus labios—. Te amo tanto que a veces duele.
—El amor siempre duele un poco, pequeña —respondió él, apartando un mechón de cabello de su rostro con ternura—. Pero también sana. Y te prometo que a partir de ahora, no habrá mas dolor.
—Fóllame Danilo, por favor —suplicó.
—No —respondió él mientras se levantaba para quitarse la camisa quedando con el torso desnudo y luego bajó su mano hasta su pantalón quitándose hasta quedar desnudo frente a ella.
Volvió a subirse sobre el pequeño cuerpo de Juliette apoyándose sobre sus brazos y luego le abrió doblándole las piernas, la despojó de la última tela que quedaba entre ellos. El coño de Juliette brillaba por su humedad. Danilo se pasó la lengua por todos sus labios mirándola deseoso.
—No voy a follarte, Juliette, esa no es la palabra. Yo voy a cometerte, disfrutarte, devorarte completa, voy a llenarte mientras te hago el amor como la reina que eres.
Juliette arqueó la espalda cuando la lengua de Danilo se apoderó de su sexo. Gimió, lloriqueó y se entregó a él sin poder y sin querer contenerse. Sintiendo como la barba de Danilo hacia estragos allí abajo. Hasta que solo bastaron pocos segundos para que ella lo mojara completa.
Cerró los ojos y se dejó ir, perdiendo toda noción del tiempo. Cuando abrió los ojos vio a Danilo sobre ella, mirándola con esa intensidad que la desarmaba.
—¿Aun usas anticonceptivos? —ella negó.
—Bien —dijo él.
—¿Estás en tus días fértiles?
Ella afirmó con la cabeza sin decir una palabra.
—Perfecto —volvió a responder.
—Danilo, espera, ¿qué, que harás? —preguntó ella apoyando sus dos manos en el pecho de él. Danilo dibujó una media sonrisa en sus labios.
—Algo que debí hacer hace mucho tiempo.
Ella abrió los ojos alarmada. —Voy a preñarte, Juliette, quiero un hijo con la mujer de mis sueños, con esos ojos, con esa sonrisa tuya. O una niña. No me importa con tal de que sea tuyo.
Señor Lobo feroz, no tengo esos ojos, ni esa sonrisa y probablemente ni el cuerpo de Juliette, en realidad parezco un tamalito mal envuelto, pero....peero podría darte todos los hijos que quieras y también cocino rico. No puedes rechazar esa oferta.Pdta. Vuelvan a leer el capítulo con crazy in love de sofia Karlberg de fondo y verán que se siente diferente. O métanle cualquier canción que les guste, este capitulo sin duda merece una canción de fondo.