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52. Segundas oportunidades

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

52. Segundas oportunidades

Danilo Brown no solía sentirse nervioso. Como CEO de una de las empresas más importantes de Manhattan, estaba acostumbrado a tomar decisiones difíciles bajo presión, a enfrentar juntas directivas hostiles y a cerrar negociaciones multimillonarias sin que le temblara el pulso. Sin embargo, mientras conducía hacia la antigua mansión familiar en los suburbios, sus manos sudaban sobre el volante y sentía un nudo en el estómago que no había experimentado en años.

Hoy le contaría a Alice, sobre Juliette.

El tema lo había mantenido despierto durante noches enteras. Alice siempre había sido lo más importante en su vida. Padre e hija habían formado un frente unido contra el dolor, apoyándose mutuamente en los momentos más oscuros. No quería hacer nada que pudiera dañar esa relación.

Pero también amaba a Juliette. La amaba con una intensidad que lo había tomado por sorpresa, con una fuerza que había derribado todas las barreras que tan meticulosamente había construido alrededor de su corazón tras la traición de Rebeca. Y sabía que no podía seguir manteniendo estos dos mundos separados.

Lo que más le preocupaba era que Alice pudiera pensar que había engañado a su madre. Juliette había sido su secretaria durante años, incluso cuando aun estaba casado con Rebeca. Aunque nunca había sucedido nada entre ellos en ese entonces, temía que las apariencias jugaran en su contra. Y luego estaba el tema de la edad… Juliette apenas tenía 25 años, solo dos más que Alice. ¿Cómo tomaría su hija que estuviera con una mujer que podría ser prácticamente su hermana?

Cuando finalmente llegó a la mansión, respiró hondo varias veces antes de salir del auto. La propiedad, con sus jardines bien cuidados y su arquitectura clásica, siempre le traía recuerdos agridulces. Había sido feliz allí durante muchos años, hasta que descubrió la infidelidad de Rebeca. Después de su muerte, no pudo soportar seguir viviendo entre esas paredes cargadas de memorias, por lo que se mudó definitivamente al ático en la ciudad de Manhattan, dejando la mansión para Alice.

Apenas abrió la puerta vio a su hija quien lo miraba con una sonrisa, revelando a una Alice radiante a pesar de su avanzado estado de embarazo. Su vientre, prominente bajo el vestido suelto que llevaba, parecía indicar que el bebé podría llegar en cualquier momento.

—¡Papá! —exclamó con alegría, extendiendo los brazos para abrazarlo.

Danilo la envolvió en un abrazo cuidadoso, sintiendo una oleada de amor paternal que nunca dejaba de sorprenderlo por su intensidad.

—Mi niña —murmuró contra su cabello—. ¿Cómo están ustedes dos?

Se separó ligeramente para posar su mano sobre el vientre de Alice, sonriendo cuando sintió un pequeño golpe bajo su palma. La idea de ser abuelo, aunque había llegado antes de lo que esperaba y en circunstancias no ideales, lo llenaba de una felicidad inexplicable.

—Tu nieto está muy activo hoy —dijo Alice con una sonrisa cansada pero feliz—. Creo que sabe que su abuelo ha venido a visitarnos.

Entraron juntos a la casa, y Danilo notó que Alice lo observaba con curiosidad mientras se dirigían a la sala.

—Has estado ausente estos días, papá —comentó ella cuando se sentaron en los cómodos sofás.

Danilo tomó las manos de su hija entre las suyas, un gesto que solía hacer cuando tenía algo importante que decirle. Alice inmediatamente se puso alerta.

—¿Qué pasa? —preguntó, y su sonrisa se desvaneció un poco—. ¿Estás bien?

—Estoy perfectamente —se apresuró a asegurarle él—. De hecho, estoy… muy bien.

Alice inclinó la cabeza, estudiando su rostro con esa mirada penetrante que había heredado de él.

—Hay algo diferente en ti —dijo ella—. Has estado muy feliz estas últimas semanas. Más de lo normal. Y ahora pareces… no sé, nervioso.

Danilo no pudo evitar sonreír. Alice siempre había sido increíblemente perceptiva, incluso cuando era niña.

—Tengo algo importante que decirte —comenzó, sintiendo cómo su corazón se aceleraba—. Es sobre… bueno, sobre mi vida personal.

Se aclaró la garganta, buscando las palabras adecuadas. Había ensayado este discurso docenas de veces en su cabeza, pero ahora todas las frases cuidadosamente preparadas parecían haberse esfumado.

—He estado viendo a alguien —dijo finalmente, decidiendo que la honestidad directa era el mejor enfoque—. Es algo serio. De hecho, es muy serio.

Alice levantó las cejas con sorpresa, pero no dijo nada, esperando que continuara.

—Es Juliette —añadió Danilo, observando atentamente la reacción de su hija—. Mi ex secretaria.

Alice lo miró fijamente durante varios segundos, su rostro inescrutable. Danilo contuvo la respiración, preparándose para cualquier reacción: incredulidad, enojo, incluso rechazo.

—Antes de que digas nada —continuó rápidamente—, quiero que sepas que nunca, jamás pasó nada entre nosotros mientras tu madre vivía. Te lo juro, Alice. Juliette trabajó para mí durante años, sí, pero nuestra relación siempre fue estrictamente profesional hasta mucho después.

Se detuvo, buscando las palabras correctas.

—Sé que puede parecer… complicado. Ella es mucho más joven que yo, apenas un par de años mayor que tú. Y entenderé completamente si te resulta incómodo o si necesitas tiempo para procesarlo. Pero quería que lo supieras directamente de mí, porque eres lo más importante en mi vida, y tu opinión significa mucho.

Alice continuó mirándolo en silencio por lo que pareció una eternidad. Danilo podía sentir cómo el sudor frío recorría su espalda mientras esperaba el veredicto de su hija.

Y entonces, para su absoluta sorpresa, Alice esbozó una amplia sonrisa.

—Pensé que nunca aceptarían lo que sentían —confesó, con un tono que mezclaba diversión y alivio.

Danilo parpadeó, desconcertado por esta respuesta.

—¿Qué?

Alice soltó una risita, apretando las manos de su padre.

—Papá, siempre noté la tensión que había entre ustedes dos —explicó—. La forma en que la mirabas cuando creías que nadie te veía, cómo ella se sonrojaba cada vez que te dirigías a ella, esos silencios cuando estaban en la misma habitación… No era tonta, cada vez que iba a la oficina, parecía un campo minado cuando estaban cerca el uno del otro.

Hizo un gesto con la mano como si fuera algo obvio.

—Para ser un hombre de negocios tan astuto, a veces eres sorprendentemente despistado en cuanto a tus propios sentimientos.

Danilo se quedó sin palabras, procesando lo que acababa de escuchar. ¿Tan obvios habían sido sus sentimientos por Juliette? ¿Incluso antes de que él mismo los reconociera?

—Entonces… ¿no te molesta? —preguntó, aún cauteloso.

—¿Molestarme? —Alice negó con la cabeza—. Papá, aprecio mucho a Juliette. Siempre ha sido amable conmigo, inteligente, trabajadora. Encantadoramente hermosa. Y la forma en que te mira… —Sonrió con ternura—. Es la misma forma en que yo… —Se calló y sacudió su cabeza.

Su voz se apagó ligeramente al mencionar a Oskar, el padre de su hijo, de quien no sabía nada ya muchos meses. Danilo sintió una punzada de rabia al pensar en el hombre que había usado a su hija de la peor manera, la embarazó, se burló de ella, pero se contuvo. Hoy no era el momento para eso. Alice no necesitaba a ese hombre, él se había encargado y se encargaría de que Oskar nunca volviera a ver a su hija y nunca volver a lastimarla.

—En cuanto a la diferencia de edad —continuó Alice, recuperando su tono animado—, ¿a quién le importa? Tienes 48 años, no 88. Estás en tu mejor momento. Eres un sugar daddy.

Movió sus cejas varias veces. —Alice, por favor —reclamó su padre avergonzado.

Ella echó una carcajada.

—¡Ay Papá! en el amor, la edad es solo un número.

Se inclinó hacia adelante, sus ojos brillantes y sinceros.

—Solo quiero verte feliz, papá. Después de todo lo que pasó con mamá, después de todo el dolor… te mereces esta oportunidad. Y si Juliette es quien te hace feliz, entonces tiene mi bendición completa. Sé que Juliette es la mujer indicada para ti. Juliette es dulce. Creo que es perfecta para ti.

Danilo movió su cabeza a los lados intentando eliminar imágenes de su mente. La palabra dulce y perfecta para ti le había provocado recuerdos para nada decentes y algo en su pantalón comenzó a palpitar.

—Sí, la amo, nos amamos —confesó Danilo y Alice le sonrió asintiendo.

Danilo sintió cómo un peso enorme se levantaba de sus hombros. Sin poder contenerse, abrazó a su hija, cuidando de no presionar demasiado su vientre.

—Gracias, mi niña —murmuró, sintiendo una emoción que amenazaba con desbordarse—. Tu opinión significa más para mí de lo que puedas imaginar.

—Además —añadió Alice con un toque de picardía cuando se separaron—, ya era hora de que dejaras de ser tan gruñón. Juliette parece ser la única persona capaz de suavizar ese ceño fruncido tuyo.

Danilo rio, sintiéndose ligero, casi eufórico.

—Ella tiene ese efecto en mí, es cierto —admitió con una sonrisa que iluminaba todo su rostro.

—¿Y cuándo voy a verla? —preguntó Alice, ajustándose en el sofá para encontrar una posición más cómoda—. Ahora que es oficialmente la novia de mi padre, tenemos que ponernos al día. Hay un montón de historias sobre ti que ella debe saber.

—Dios me libre —gruñó Danilo, aunque sin verdadera molestia—. De hecho, estaba pensando en organizar una cena este fin de semana. Juliette, tú, yo, y también su hermana Ellie.

La palabra “familia” salió naturalmente, y al pronunciarla, Danilo se dio cuenta de cuánto la había anhelado. Una familia real, unida no solo por la sangre, sino por el amor y el respeto mutuo.

—Me encantaría —dijo Alice con entusiasmo—. ¿Podríamos hacerlo aquí? Últimamente no me siento muy cómoda saliendo demasiado. —Acarició su vientre con ternura—. Este pequeño parece estar preparándose para su gran entrada.

—Por supuesto —asintió Danilo—. Por favor pídele a Margaret que prepare todo para la cena del sábado.

—Excelente, deja a mi cargo papa, yo organizo todo, vamos a hacer que Juliette se sienta en casa y que nunca quiera irse de tu lado —sonrió Alice—. Y papá, recuerda: no te preocupes por lo que digan los demás. Tu felicidad es lo que importa. Si Juliette te hace feliz, entonces es lo correcto, sin importar su edad, su pasado como tu secretaria, o cualquier otra cosa que la gente quiera murmurar.

Danilo asintió, sintiendo un gran orgullo por la mujer sabia y comprensiva en la que se había convertido su hija.

—¿Cuándo te volviste tan inteligente? —preguntó con una sonrisa cariñosa.

—Tuve un buen maestro —respondió ella, guiñándole un ojo.

Y mientras continuaban conversando sobre los detalles de la cena y los planes para el nuevo bebé, Danilo no podía dejar de pensar en lo afortunado que era. Tenía a su hija, que lo apoyaba incondicionalmente. Pronto tendría un nieto, una nueva vida que llenaría la casa de risas y alegría. Y tenía a Juliette, la mujer que había devuelto la luz a su vida cuando pensaba que todo era oscuridad.

Y muy pronto Juliette también le daría un hijo o todos los que vengan. Eso lo emocionaba mas que nada.

De vuelta a casa

El jet privado de Danilo Brown aterrizó suavemente en el aeropuerto de Manhattan bajo un cielo despejado de primavera. Había pasado exactamente un mes desde que Juliette prometiera regresar, treinta días que habían parecido eternos para ambos, a pesar de las frecuentes visitas de Danilo a Detroit.

Dentro del avión, Juliette apretó la mano de su hermana mientras sentían el toque de las ruedas contra la pista.

—¿Nerviosa? —preguntó Ellie con una sonrisa cómplice.

Juliette negó con la cabeza, aunque su corazón latía acelerado.

—Emocionada —corrigió—. Siento que por fin estamos volviendo a donde pertenecemos.

—Te lo dije —respondió Ellie, inclinándose para mirar por la ventanilla—. Detroit nunca fue nuestro lugar.

Durante ese mes, ambas hermanas habían cerrado su capítulo en Michigan. Juliette había entrenado meticulosamente a su reemplazo en MadisonMotors, una joven prometedora llamada Dulce que había captado rápidamente todos los procedimientos. Matthew Carrigan había entendido su decisión, especialmente después de que Danilo le asegurara personalmente que su inversión en la empresa no solo se mantendría, sino que aumentaría.

Ellie, por su parte, había transferido su matrícula, para dar los exámenes finales en Manhattan. La joven había florecido durante ese mes, mostrando una madurez que sorprendió a Juliette. Las visitas de Danilo a Detroit habían servido no solo para mantener viva la llama entre él y Juliette, sino también para que Ellie conociera mejor al hombre que había conquistado el corazón de su hermana.

El avión finalmente se detuvo y la tripulación abrió la puerta. Juliette respiró hondo antes de levantarse.

—Es hora —dijo, ajustándose nerviosamente el vestido primaveral que había elegido para la ocasión.

Ellie la observó con ternura.

—Estás preciosa, Juls. Va a quedarse sin aliento cuando te vea.

Ambas hermanas descendieron la escalerilla del jet tomadas de la mano, sus dedos entrelazados en ese gesto familiar que siempre habían compartido en los momentos importantes. El sol de la tarde las recibió, cálido y acogedor, como dándoles la bienvenida a su hogar.

Y allí estaba él.

Danilo esperaba recostado contra su Aston Martin negro, con los brazos cruzados sobre el pecho en una postura relajada con unos lentes oscuros. Vestía un traje gris oscuro sin corbata, los primeros botones de su camisa desabrochados, como si hubiera intentado verse menos formal pero sin perder esa aura de autoridad que siempre lo acompañaba.

Cuando las vio, se enderezó inmediatamente despojándose de sus gafas, Juliette notó cómo sus ojos la recorrieron de pies a cabeza, con esa mirada que siempre la hacía sentir como la única mujer en el mundo y que lograba incendiarla.

—Creo que acabo de ser testigo de lo que llaman “desnudar con la mirada” —susurró Ellie con una risita.

Juliette le dio un codazo juguetón, pero no pudo evitar sonreír. Era cierto. La forma en que Danilo la miraba era casi tangible, como una caricia a distancia.

Avanzaron hacia él, y con cada paso que daba, Juliette sentía que el tiempo que habían pasado separados se desvanecía. Un mes, una semana, ya no importaba. Estaban aquí, ahora, y el futuro se extendía ante ellos.

Cuando finalmente llegaron hasta él, Danilo sonrió, esa sonrisa reservada y auténtica que pocas personas tenían el privilegio de ver.

—Bienvenidas a casa —dijo, con esa voz ronca enviando escalofríos por la columna de Juliette.

Primero se acercó a Ellie, sorprendiéndola con un abrazo paternal que demostraba cuánto había evolucionado su relación durante ese mes.

—Gracias por traer a mi hermana de vuelta, señor Brown —dijo Ellie con una sonrisa pícara cuando se separaron.

—Gracias a ti por acompañarla siempre —respondió él con sinceridad—. Y por darme tu bendición.

Ellie asintió, satisfecha. Durante las visitas de Danilo a Detroit, ella había tenido varias conversaciones privadas con él, asegurándose de que sus intenciones con Juliette fueran sinceras. Lo que había comenzado como recelo se había transformado gradualmente en respeto y, finalmente, en una especie de complicidad.

Entonces, Danilo se volvió hacia Juliette. Por un momento, ambos se quedaron inmóviles, mirándose como si quisieran memorizar cada detalle del otro.

—Hola, pequeña —la saludó, con esa voz que solo usaba con ella.

—Hola —respondió Juliette, sintiendo cómo el mundo a su alrededor parecía desvanecerse y su cuerpo temblaba.

Danilo dio un paso hacia ella y, sin importarle quién pudiera estar mirando, la envolvió en sus brazos, levantándola ligeramente del suelo. Juliette rodeó su cuello, inhalando su aroma familiar, sintiendo cómo cada parte de su ser reconocía a este hombre como suyo.

—Te extrañé tanto —susurró él contra su cabello.

—Y yo a ti —respondió ella, apretándose más contra él—. Cada minuto.

Cuando finalmente se separaron, los ojos de Danilo brillaban con una emoción que pocas veces mostraba en público.

—Tengo una sorpresa para ambas —anunció, volviéndose para incluir a Ellie en la conversación.

—¿Más sorpresas? —preguntó Juliette, arqueando una ceja—. Con el jet privado y el recibimiento personal creo que ya es suficiente.

Danilo sonrió enigmáticamente mientras abría la puerta trasera del auto para ellas.

—Confía en mí —dijo guiándole un ojo a Ellie.

El trayecto desde el aeropuerto hacia Manhattan fue como un viaje en el tiempo para Juliette. Cada calle, cada edificio, cada parque que pasaban le traía recuerdos. Esta era su ciudad, siempre lo había sido. Detroit había sido solo un paréntesis, un desvío en el camino que debía recorrer. Una experiencia que dentro de todo, nunca podrá olvidar.

En el asiento trasero, Ellie miraba por la ventana con ojos brillantes, señalando ocasionalmente lugares que reconocía, edificios nuevos que habían surgido durante su ausencia, tiendas que quería visitar. Danilo, desde el asiento del conductor, respondía pacientemente a sus preguntas, compartiendo anécdotas sobre los lugares donde irían.

Juliette los observaba en silencio, maravillada por cómo estos dos seres tan importantes en su vida parecían haber desarrollado una relación propia, independiente de ella. Era reconfortante ver cómo Danilo, siempre tan reservado con los demás, se mostraba abierto con Ellie.

—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó de pronto Juliette, cuando notó que no se dirigían ni al ático de Danilo ni a su antiguo apartamento.

—Es extraño que London no esté —dijo Juliette. Danilo sonrió. —Le di el dia libre, el pobre necesita vacaciones —bromeó Danilo sonriendo. Juliette amaba esta faceta de él, en donde dejaba de ser el implacable CEO para ser simplemente un hombre normal. Aunque Danilo, jamás podría ser solo “un hombre normal”

—Paciencia —respondió él, lanzándole una mirada a través del espejo retrovisor—. Casi llegamos.

Unos minutos después, el auto se detuvo frente a un enorme portón negro en el Upper East Side. El cual se abrió al instante y Danilo siguió por un camino corto de flores. Era una hermosa casa minimalista, con un pequeño pero precioso jardín lleno de flores. No era tan ostentoso , pero destilaba clase y exclusividad en cada línea arquitectónica. El lugar perfecto que Danilo sabia Juliette amaría.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Juliette mientras Danilo las ayudaba a bajar del auto.

—Nuestra nueva casa —respondió él con simplicidad, aunque sus ojos revelaban lo importante que era este momento para él.

Juliette lo miró boquiabierta, sin poder procesar completamente sus palabras.

—¿Nueva casa? Pero tu ático…

—Mi ático es perfecto para un soltero —explicó Danilo—. Pero ahora somos una familia. Tú, Ellie, yo. Necesitamos un lugar que sea nuestro, no mío, no tuyo, sino de los tres.

Ellie dejó escapar un pequeño grito de emoción, mirando la casa con nuevos ojos.

—¿Quieres decir que viviré aquí también? —preguntó, incrédula.

Danilo asintió.

—Por supuesto. Eres la hermana de Juliette, eres parte del paquete —dijo con una sonrisa—. Además, me caes bien —se echaron a reír. Juliette había visto ya un montón de veces a Danilo bromear con Ellie y le encantaba la complicidad entre ellos.

—Siempre y cuando no me robes las donas del desayuno —agregó Danilo.

—No prometo nada —respondió Ellie con una sonrisa traviesa.

Juliette observaba este intercambio con lágrimas en los ojos. Nunca, ni en sus sueños más locos, había imaginado que Danilo Brown, el hombre que una vez pareció incapaz de comprometerse emocionalmente, estaría aquí, creando un hogar no solo para ella, sino también para su hermana.

—¿Cuándo…? ¿Cómo…? —balbuceó, incapaz de formar una pregunta coherente.

—He estado trabajando en esto desde que prometiste volver —explicó Danilo, tomando su mano—. Quería que tuviéramos un nuevo comienzo, en un lugar que fuera completamente nuestro.

La condujo hacia la entrada de la casa, donde un hombre uniformado les abrió la puerta con una respetuosa inclinación de cabeza.

—Buenos días, señor Brown. Señoritas —saludó.

—Buenos días, Robert —respondió Danilo—. Ellas son la señorita Juliette Moreau y su hermana Ellie. Las nuevas dueñas de la casa.

—Un placer conocerlas —dijo el portero con una sonrisa genuina—. Bienvenidas a su casa.

Juliette caminaba con Ellie delante de Danilo, mirando todo con absoluto asombro.

—Cierren los ojos, tengo una sorpresa —Juliette giró a mirarlo entrecerrando sus ojos. —¿otra? —preguntó con una sonrisa.

—Sí, otro, pequeña. Ellas obedecieron, solo escucharon pasos. Hasta que… —Pueden abrirlos. —ordenó Danilo y ellas abrieron los ojos. Ambas dieron un grito de alegría cuando vieron a Digna. Corrieron ambas para abrazar a la mujer. Esa mujer que fue una segunda madre para ellas. Danilo la buscó. Supo que no tenia una trabajo seguro, hacía trabajos temporales desde que Juliette se mudó a Detroit, entonces Danilo le ofreció un trabajo en donde triplicaba el salario legal en Manhattan. Digna no pudo creer cuando le habia ofrecido el empleo. Ama de llaves de la nueva casa donde podría vivir nuevamente con Juliette y Ellie, además de un tratamiento para su hijo enfermo.

—Digna, Digna —gritaron ambas y la abrazaron emocionadas.

—Mis niñas, están aquí nuevamente. Las extrañé tanto —ella estaba tan emocionada que las lágrimas salieron sin importar.

—Estaremos juntas de nuevo —dijo Digna. Ellie no se despegaba de ella y Juliette caminó hacia Danilo y lo abrazó fuerte.

—Sabía que te gustaría la sorpresa —le dijo Danilo abrazándola también.

—Gracias, eres el mejor.

—Siempre para ti, pequeña —le dijo besándole la cabeza. Luego la tomó de la mano y la guió al interior de la casa.

Cuando Juliette vio en interior, se quedó sin aliento. Estaban en un amplio vestíbulo que daba paso a un espacio luminoso y elegante. Grandes ventanales dejaban entrar la luz, iluminando un salón decorado con un equilibrio perfecto entre el estilo minimalista que caracterizaba a Danilo y toques más hogareños que evidentemente habían sido añadidos pensando en ella.

—Dios mío —susurró, avanzando lentamente, tocando los muebles, las paredes, como para asegurarse de que todo era real.

Ellie ya había salido disparada a explorar el resto del apartamento, sus exclamaciones de asombro resonando desde diferentes habitaciones.

—¿Te gusta? —preguntó Danilo, y por primera vez desde que lo conocía, Juliette detectó un atisbo de inseguridad en su voz.

Se volvió hacia él, con lágrimas de felicidad rodando por sus mejillas.

—Es perfecto —respondió, abrazándolo con fuerza—. Absolutamente perfecto.

Danilo la estrechó contra su pecho, besando su frente con ternura.

—Quería darte un hogar, Juliette —confesó en voz baja—. Un verdadero hogar, no solo un lugar donde vivir. Te dejo para que agregues tu toque, fotografías, cuadros, lo que desees, Juliette, es tu casa.

—Nuestra —aclararon Juliette. Danilo la tomó del rostro con ambas manos. —Sí, Nuestra casa mi amor —inclinó su cuerpo para besarla.

—¡Juls! ¡Tienes que ver esto! —gritó Ellie desde algún lugar del apartamento—. ¡Mi habitación tiene un vestidor más grande que todo nuestro apartamento en Detroit!

Juliette rió, secándose las lágrimas.

—Creo que Ellie ya se adueñó de un dormitorio —declaró Juliette.

—Eso parece —concordó Danilo—. Pero lo que realmente me importa es si a ti te gusta. Este es nuestro nuevo comienzo, Juliette. Sin contratos, sin condiciones, solo nosotros construyendo algo juntos.

Juliette lo miró a los ojos, esos ojos que una vez le habían parecido impenetrables y que ahora eran tan claros y abiertos para ella.

—Te amo, Danilo Brown —dijo con toda la sinceridad de su corazón—. Y no puedo imaginar un mejor lugar para comenzar nuestra vida juntos.

Él sonrió, esa sonrisa que solo ella podía provocar, y se inclinó para besarla de nuevo, un beso que sellaba todas las promesas que se habían hecho, todas las pruebas que habían superado.

—Bienvenida a casa, señorita Moreau —susurró contra sus labios.

Y Juliette supo, con absoluta certeza, que después de todos los desvíos, las dudas y los miedos, finalmente había encontrado su lugar en el mundo: junto a Danilo, junto a Ellie, en esta ciudad que tanto amaba. Por fin estaba donde debía estar. Por fin estaba en casa.

Les dejo otro super capítulo mis chicas.

Aclarar una pequeña cosa: si bien la historia de Alice en Amor en secreto es paralelo a este libro, en la última parte hay una pequeña modificación en cuanto a la línea de tiempo, de lo contrario los capítulo serían demasiado extendidos. En el libro Amor en Secreto, Alice no supo de la relación de Juliette con su padre hasta que ella dio a luz a su bebé y se fue para España. En el precio del amor ella lo supo antes, solo esa es la pequeña modificación .