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53. Marcas permanentes en el corazón

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53. Marcas permanentes en el corazón

Juliette se había instalado en su nueva casa, arreglando cada detalle de su nueva habitación. Todo era demasiado hermoso, casi irreal. Los amplios espacios llenos de luz, la decoración elegante, la vista incomparable de Manhattan… a veces tenía que pellizcarse para asegurarse de que no estaba soñando.

Esa noche, después de un largo día desempacando y organizando sus pertenencias, salió al balcón de su habitación en el segundo piso. Vestida solo con un camisón de seda color perla, contemplaba las luces de la ciudad que se extendían ante ella como un mar de estrellas artificiales. El aire fresco de la noche acariciaba su piel, trayendo consigo el sonido distante del tráfico y el pulso incesante de Manhattan.

Había algo mágico en este momento, en esta vista. Esta era su ciudad, siempre lo había sido. Y ahora estaba de vuelta, no como la secretaria que luchaba por abrirse camino, sino como la mujer que había conquistado el corazón del hombre más inalcanzable de Nueva York.

Tan absorta estaba en sus pensamientos que no escuchó los pasos que se acercaban. Solo cuando sintió unos brazos fuertes rodeando su cintura por detrás, reconoció la presencia de Danilo. Su cuerpo reaccionó instintivamente, relajándose contra el suyo, como dos piezas de un rompecabezas que encajaban perfectamente.

Danilo apoyó su mano sobre su vientre, un gesto posesivo y a la vez protector que la hacía sentir segura. Juliette se estremeció cuando él hundió su rostro entre su cuello y su hombro, inhalando profundamente como si quisiera impregnarse de su esencia.

—¿Estás feliz? —susurró él, su aliento acarició la piel sensible de su cuello.

—Demasiado, Danilo —respondió ella con sinceridad, cubriendo la mano de él con la suya—. No puedo pedir nada más. ¿Y tú?

Danilo suspiró en su cuello, erizándole la piel y enviando pequeñas descargas eléctricas por toda su columna vertebral.

—Soy el hombre más afortunado del mundo —declaró con esa voz grave que siempre hacía que sus rodillas flaquearan.

Tras unos momentos de silencio, contemplando juntos las luces de la ciudad que nunca duerme, Danilo se separó ligeramente. Juliette giró para mirarlo, apoyando sus manos sobre el pecho de él mientras Danilo la sujetaba firmemente por la cintura.

—Estuve hablando con Alice esta tarde —confesó él.

Juliette sintió cómo su corazón se aceleraba. Alice, la hija de Danilo, era una parte fundamental de su vida, y su aprobación significaba mucho para ambos. Además, Juliette siempre había sentido un cariño especial por ella, a pesar de la cercanía de sus edades que podría haber generado una dinámica incómoda.

—Le conté sobre nosotros —continuó Danilo, manteniendo sus ojos fijos en los de ella.

Juliette se mordió el labio, un gesto nervioso que él conocía bien.

—¿Y qué dijo? ¿Se molestó? —preguntó, temerosa de la respuesta.

Para su sorpresa, Danilo sonrió.

—Nada de eso. Está feliz por nosotros —respondió, acariciando suavemente la mejilla de Juliette—. Dijo que siempre supo que terminaríamos juntos.

Juliette se sonrojó intensamente. Recordaba cómo Alice siempre le hacía bromas cuando iba a la oficina, cómo le decía que debería ser modelo o que debería encontrarse un millonario por lo hermosa que era. En ese momento, había tomado esos comentarios como simples bromas de una adolescente, sin imaginar que Alice veía algo que ni ella misma se atrevía a reconocer: la conexión especial entre ella y su padre.

—Me alegro mucho que todo esté bien con ella —dijo con sinceridad—. Yo la quiero mucho.

Danilo le acarició la mejilla con ternura, sus dedos delineando el contorno de su rostro como si quisiera memorizarlo.

—De hecho, el sábado nos espera para cenar en la mansión —añadió.

Juliette asintió, apretando los labios entre sí. La idea de una cena formal con Alice, de formalizar de alguna manera esta relación, la ponía nerviosa pero también la emocionaba. Era otro paso hacia adelante, otra confirmación de que esto era real y duradero.

—Me daré una ducha —anunció Danilo, entrando a la habitación y comenzando a desabotonar su camisa con movimientos lentos—. ¿Vienes?

Su tono sugerente y la mirada en sus ojos dejaban claro que tenía en mente algo más que simplemente bañarse. Juliette lo observaba embelesada, incapaz de apartar la mirada de sus dedos ágiles que iban revelando poco a poco su piel desnuda. Hacía una semana que no lo había visto, que no lo había tocado, y su cuerpo ya ardía con deseo.

Pero cuando Danilo descubrió completamente su torso, desprendiendo todos los botones, Juliette se quedó helada. Sus ojos se abrieron de par en par al notar algo nuevo, algo que no estaba allí la última vez que habían estado juntos.

—Danilo, eso, eso… —balbuceó, acercándose a él como hipnotizada, sus ojos fijos en el pecho de él.

Allí, sobre su corazón, había un tatuaje. No era uno cualquiera. Eran un par de ojos, perfectamente dibujados, con cada detalle capturado con maestría. Pero no eran unos ojos genéricos. Eran sus ojos, los de Juliette. Esos que ella veía cada mañana en el espejo, ahora inmortalizados en la piel de Danilo.

Elevó la mano temblorosa y acarició el tatuaje con la punta de los dedos, como si temiera que fuera a desvanecerse ante su toque.

—Son tus ojos, Juliette —confirmó él—. Te dije que me iba a tatuar tus ojos y tu nombre para que sepan que soy tuyo.

Ella pestañeó varias veces, sin poder creer lo que veía. La precisión del trabajo era asombrosa; cualquiera que la conociera podría reconocer esos ojos como los suyos.

—Son de verdad mis ojos —balbuceó, aún procesando lo que significaba este gesto.

Entonces, Danilo giró lentamente y dejó caer completamente la camisa al suelo. Juliette abrió la boca literalmente cuando vio en su espalda, extendiéndose desde un omóplato hasta el otro, su nombre en una caligrafía elegante y perfecta: “Juliette”.

El impacto de ver su nombre marcado permanentemente en la piel de Danilo la dejó sin palabras. Era un compromiso tan profundo, tan irreversible… Danilo Brown, el hombre que una vez se había jurado a sí mismo no volver a entregar su corazón a nadie, ahora llevaba su nombre y sus ojos grabados para siempre en su cuerpo.

—¿Ahora sí te queda claro que soy completamente tuyo? —preguntó él, girándose nuevamente para enfrentarla.

En sus ojos había una mezcla de pasión y amor que derritió por completo el corazón de Juliette. Este no era un gesto impulsivo; conocía demasiado bien a Danilo para saber que él no hacía nada sin considerarlo cuidadosamente. Este era un hombre que calculaba cada movimiento, que analizaba cada decisión. Y había decidido llevar una parte de ella consigo para siempre.

Juliette sintió cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos, pero no eran lágrimas de tristeza. Eran de una emoción tan profunda, tan abrumadora, que no podía contenerse.

—Danilo… —susurró, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que sentía.

Él tomó su rostro entre sus manos, enmarcándolo con ternura.

—Jamás pensé que lo decías en serio.

—Yo nunca hablo por hablar, Juliette, ya debes saberlo —declaró él mientras ella sentía que su bajo vientre se contraía.

—También deberías tatuarte mi nombre —sugirió Danilo con un toque de humor en su voz con una media sonrisa dibujado en su rostro.

Juliette rió suavemente, abriendo los ojos para mirarlo.

—¿Dónde sugieres? —preguntó, siguiéndole el juego.

Danilo fingió considerarlo seriamente.

—Mmm, tal vez aquí —dijo, rozando con su pulgar el interior de su muñeca—. O aquí —añadió, acariciando la curva de su cadera—. O aquí —susurró, posando sus labios sobre su cuello en un beso ligero como una pluma.

Juliette sintió cómo su cuerpo se encendía ante sus caricias.

—Podría considerarlo —murmuró, enredando sus dedos en el cabello de él—. Pero mientras tanto, creo que podrías conformarte con marcarme como solo tú sabes hacerlo —susurró ella.

Danilo sonrió contra su piel, sus manos deslizándose por su cintura, atrayéndola más cerca.

—¿Como? —preguntó, con la voz ronca ya por el deseo.

En respuesta, Juliette se alejó de él y caminó en dirección al baño.

—Primero, esa ducha que mencionaste —dijo con una sonrisa traviesa—. Y después… bueno… esto aún no desaparece —dijo Juliette deslizando el camisón por sus brazos cayendo al suelo y señalar sus senos qué aún estaban de un tono violáceo, por el último intenso encuentro de hace poco mas de una semana en Detroit.

—Y esto —señaló Juliette las marcas en sus blancas nalgas.

Danilo se frotó la barbilla y la miró mientras ella caminaba desnuda hacia el baño. —Bueno, creo que esas marcas serán permanentes en tu cuerpo a partir de hoy —declaró él mientras caminaba detrás de ella y se desabrochaba el cinturón.

A la vista de todos

Al día siguiente, Danilo decidió que era hora de que todo el mundo supiera que Juliette era su mujer. No más secretos, no más especulaciones, no más mantenerla en las sombras. Quería que todos en Brown Enterprises —y por extensión, todo Manhattan— supieran que Juliette Moreau era la mujer que había conquistado su corazón.

La noche anterior, mientras permanecían abrazados en su nueva cama, se lo había propuesto.

—Quiero que vengas conmigo mañana a la empresa —Había dicho con esa voz que no admitía réplicas.

Juliette casi se había atragantado con el vino.

—¿A la empresa? ¿Para qué? —preguntó, aunque en el fondo conocía perfectamente la respuesta.

—Para que todos sepan quién eres para mí — respondió él, tomando su mano sobre la mesa. —No quiero esconderlo más. Quiero que cada hombre en la ciudad sepa que eres mía, y que cada mujer entienda por qué nunca me interesé en ninguna de ellas.

Juliette había sentido una mezcla de emoción y terror ante la perspectiva. Una cosa era que Alice, la hija de Danilo, conociera su relación, y otra muy distinta era enfrentarse a todos sus ex compañeros de trabajo, a las miradas, a los comentarios que inevitablemente surgirían.

—Pero… ¿qué van a pensar? Fui tu secretaria durante años. Van a creer que…

—Me importa un carajo lo que crean — la interrumpió Danilo con firmeza. —Tú y yo sabemos la verdad. Y la verdad es que me enamoré de ti no por ser mi secretaria, sino a pesar de serlo. Me enamoré de tu inteligencia, de tu fortaleza, de la forma en que nunca te dejaste intimidar por mí cuando todos los demás temblaban con solo verme. Me enamoré de ti porque fuiste la única capaz de ver mas allá de mí y derrumbar todas mis barreras.

Sus palabras habían sido tan sinceras, tan apasionadas, que Juliette no pudo negarse. Así que había aceptado, aunque el miedo a enfrentar todas esas miradas inquisitivas seguía instalado en su estómago como un nudo persistente.

Esa mañana, se despertó incluso antes de que sonara la alarma. Pasó más tiempo del necesario eligiendo su atuendo, queriendo lucir profesional pero no demasiado formal, elegante pero no ostentosa. Finalmente se decidió por un vestido sencillo pero elegante en color azul oscuro que se ajustaba perfectamente a su figura, realzando sus curvas sin resultar provocativo. Se alzó el cabello en una coleta alta, un peinado que le daba un aire de seguridad que estaba lejos de sentir, y completó el conjunto con unos tacones de aguja que le proporcionaban unos centímetros extra de confianza.

—Estás hermosa como siempre —le dijo Danilo cuando la miró frente al espejo y él terminaba de abotonarse los botones de sus puños. Sus ojos la recorrieron de pies a cabeza con esa mirada intensa que siempre la hacía estremecer.

—¿No es demasiado? — preguntó, alisando nerviosamente la falda de su vestido.

—Nada es demasiado cuando se trata de ti — respondió él, besándola suavemente. —Aunque podría ponerme celoso de todas las miradas que vas a atraer.

—Como si alguien se atreviera a mirarme estando contigo —replicó ella con una sonrisa temblorosa.

Él soltó una carcajada. Ella se acercó a anudarle la corbata mientras el se perdía en su hermoso rostro. Era lo que Danilo buscaba, una mujer con quien pudiera compartir esos detalles, como dormir abrazado, despertar con alguien en sus brazos, desayunar juntos mientras reían de cualquier cosa, incluso ayudarle a colocarse la corbata aunque no lo necesitare. Pero esos pequeños detalles eran los que llenaban ese vacío vacío Danilo sintió por tanto tiempo, incluso estando casada con Rebeca.

El trayecto hasta Brown Enterprises fue silencioso. Juliette miraba por la ventanilla, intentando calmar los latidos desbocados de su corazón mientras Danilo iba a su lado con esa seguridad tranquila que lo caracterizaba. De vez en cuando, él le lanzaba miradas de reojo, como asegurándose de que estuviera bien.

Cuando finalmente llegaron al imponente rascacielos que albergaba la sede de la empresa, Juliette sintió que sus piernas se convertían en gelatina. Pero no había vuelta atrás. London estacionó en el lugar reservado para el dueño de la empresa y Danilo bajó ajustando su traje para luego rodear el auto y abrirle la puerta.

—¿Lista? —preguntó, extendiéndole la mano.

Juliette respiró hondo y asintió, colocando su mano sobre la de él.

—No, pero no tengo opciones —confesó ella y el volvió a reír. Era lo que mas hacia últimamente.

Danilo entrelazó sus dedos con los de ella en un gesto posesivo y protector al mismo tiempo, y caminaron juntos hacia la entrada principal. En el momento en que cruzaron las puertas abiertas rápidamente por el portero, Juliette sintió cómo todas las miradas se posaban en ellos instantáneamente. En ella especialmente.

El amplio vestíbulo de Brown Enterprises, siempre bullicioso a esa hora de la mañana, pareció quedarse en completo silencio. Las conversaciones se apagaron, los pasos se detuvieron, incluso el incesante tecleo de los ordenadores pareció hacer una pausa colectiva.

Las dos recepcionistas que custodiaban el mostrador principal quedaron boca abiertas. Una de ellas era Melisa, su amiga desde que ambas habían empezado a trabajar en la empresa años atrás. No la había visto adecuadamente desde hace un mes, cuando vino de Detroit para hablar con Danilo. Ese día apenas habían intercambiado unas pocas palabras, aunque habían mantenido contacto a través de mensajes.

Lo que Melisa no sabía —lo que nadie sabía, en realidad— era que Juliette ahora era la novia oficial del gran magnate y dueño de Brown Enterprises. La expresión de absoluto shock en el rostro de su amiga habría sido cómica en cualquier otra circunstancia. Melisa abrió la boca literalmente, sus ojos pasando de Danilo a Juliette y de vuelta a Danilo como si estuviera presenciando algún fenómeno sobrenatural.

Juliette se sonrojó al instante, sintiendo cómo el calor subía desde su cuello hasta sus mejillas. Quería que la tierra se la tragara allí mismo.

Todos, absolutamente todos, dejaron de trabajar para mirarlos. ¿Quién no conocía a Juliette? Había sido durante años la guardiana del despacho de Danilo, la eficiente e intocable Miss Moreau que mantenía a raya a todo aquel que quisiera acercarse al temido CEO. Aquella que manejaba la agenda del magnate de Manhattan.

Y ahora estaba allí, de la mano del hombre más poderoso del edificio, en una demostración inequívoca de intimidad que nadie podría malinterpretar.

El asombro era doble: por un lado, era la primera vez que veían al gran Danilo Brown con una mujer de la mano, mostrando abiertamente una faceta personal que siempre había mantenido celosamente resguardada. Por otro, esa mujer era nada menos que su ex secretaria, alguien a quien todos conocían y respetaban, pero que nadie habría imaginado en ese rol.

Mientras Juliette moría de vergüenza bajo el escrutinio de docenas de pares de ojos, Danilo la llevaba de la mano con orgullo evidente. Su postura era más erguida que de costumbre, su mirada desafiante, como retando a cualquiera a hacer un comentario inapropiado. Era como si finalmente pudiera mostrar lo que siempre había querido: que ella era su mujer, suya.

—Buenos días —saludó autoritario como siempre, rompiendo el silencio sepulcral que se había instalado en el vestíbulo.

Como si su voz hubiera roto algún tipo de hechizo, de repente todos volvieron a sus actividades, aunque los murmullos comenzaron a extenderse como fuego en un rastro de pólvora. Juliette podía prácticamente escuchar los pensamientos colectivos: “¿Desde cuándo están juntos?”, “¿Por eso renunció?”, “¿Por eso se fue a Detroit?” ¿era su amante?

Danilo, imperturbable, la guió hacia su ascensor privado, ignorando olímpicamente las miradas indiscretas y los susurros mal disimulados.

—Respira, pequeña — le susurró al oído mientras subían al ascensor. —Estás palideciendo.

—Todos nos están mirando —murmuró ella, apretando su mano con fuerza.

—Déjalos mirar —respondió él con una sonrisa satisfecha. —Que vean lo afortunado que soy.

Una vez solos en el ascensor, Juliette dejó escapar el aliento que no sabía que estaba conteniendo.

—Eso fue… intenso —murmuró, apoyándose contra la pared del ascensor.

Danilo se acercó a ella, colocando sus manos a ambos lados de su cabeza, acorralándola suavemente.

—Y apenas estamos empezando —respondió con una sonrisa depredadora. —Espera a que lleguemos a la sala de juntas. Harrison y los demás nos esperan para la reunión trimestral.

Juliette lo miró con horror.

—¿La sala de juntas? ¿Reunión trimestral? ¿Es una broma, verdad?

—Completamente en serio — respondió él, acariciando su mejilla con ternura. —Si vamos a hacer esto, lo haremos bien. Quiero que todos sepan que eres parte de mi vida en todos los aspectos. Jefes, directores, inversionistas.

—Pero yo ya no trabajo aquí, no tengo nada que ver con la empresa ahora —protestó ella, sintiendo cómo el pánico amenazaba con apoderarse de ella nuevamente.

—Eres mi mujer, pronto mi esposa y la copropietaria de todos mis patrimonios, Así que sí, tienes mucho que ver con la empresa.

Juliette se quedó sin palabras, con la boca abierta, ante esa declaración que sonaba peligrosamente a una propuesta de matrimonio indirecta. Antes de que pudiera procesar lo que acababa de escuchar, el ascensor se detuvo en el último piso.

—Vamos —dijo Danilo, tomando nuevamente su mano. —Hagamos que todos entiendan que Juliette Moreau ha vuelto para quedarse, y que esta vez no es mi secretaria, sino como la mujer mas importante de Manhattan y de mi corazón.

Danilo yo podría tatuarme tu nombre allí mismo donde a ti te gusta, no sé, piénsalo daddy.