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54. Tuyo para siempre

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54. Tuyo para siempre

Tres meses habían pasado desde que Juliette y Danilo oficializaron su relación ante todos. Tres meses de absoluta felicidad, de construir una vida juntos, de despertar cada mañana en los brazos del otro. Pero también eran tres meses de intentos fallidos por convertirse en padres.

Juliette se encontraba en el baño de su habitación, observando con desaliento la prueba de embarazo que sostenía entre sus dedos temblorosos. Una sola raya. Otro negativo. Otro mes sin quedar embarazada.

Desde que Danilo le había propuesto la idea de formar una familia juntos, ella no había dejado de añorar ser madre. Lo que comenzó como una posibilidad hermosa se había convertido gradualmente en una obsesión, en un deseo tan profundo que dolía cada vez que veía ese resultado negativo mes tras mes.

Con un suspiro de resignación, salió del baño con la prueba aún en la mano y se encontró directamente con los ojos de Danilo, quien acababa de llegar del trabajo. El tiempo pareció detenerse mientras sus miradas se encontraban, comunicando sin palabras lo que la prueba ya había confirmado.

Él se acercó a ella con paso lento, la tomó de la mano y observó la prueba. Juliette negó suavemente, agitando su cabeza, aunque el gesto era innecesario. Danilo la envolvió en un abrazo protector, rodeándola con esos brazos fuertes que siempre habían sido su refugio.

—Mi amor, deja de pensar en eso —le susurró al oído con total ternura y adoración mientras tomaba su rostro entre sus manos—. El estrés y la ansiedad juegan en contra, debes saberlo.

Ella apretó sus labios entre sí, luchando contra las lágrimas que amenazaban con derramarse. No quería llorar, sentirse tonta, pero la desilusión mes tras mes estaba empezando a hacer mella en su espíritu.

—Vamos a seguir intentando —dijo Danilo con una sonrisa, intentando aligerar el ambiente—. Si dos veces al día no es suficiente, hagamos tres o cuatro.

Danilo ensanchó su sonrisa ante su comentario, y ella no pudo evitar reír también. Ese era el efecto que él tenía sobre ella, ese poder de cambiar su estado de ánimo, siempre para bien. Con una simple mirada, con una sonrisa, con un toque, podía transformar su tristeza en esperanza.

—Pero si te hace sentir más segura, podemos ir juntos a un especialista —sugirió él, acariciándole su mejilla con el pulgar.

—Me gustaría, Danilo —asintió ella, agradecida por su comprensión—. Tengo miedo de no poder ser madre y…

Danilo apoyó su dedo pulgar sobre el labio de Juliette, interrumpiéndola suavemente.

—No pienses en eso, mi amor —dijo con firmeza y dulzura—. Lo vamos a seguir intentando miles de veces más hasta que ya mi amigo no funcione.

Juliette echó una carcajada ante su ocurrencia, sintiendo cómo la tensión abandonaba su cuerpo. Era increíble cómo Danilo siempre sabía exactamente qué decir para hacerla sentir mejor, para devolverle la sonrisa incluso en los momentos más difíciles.

—Te amo, Danilo —dijo con sinceridad, mirándolo a los ojos—. No sabes cuánto te amo.

Él le besó la frente con ternura, un gesto que siempre la hacía sentir protegida y valorada.

—Sí sé, sé cuánto me amas —bromeó, guiñándole un ojo.

Comenzó a alejarse de ella, aspirando cansado mientras se quitaba la corbata con movimientos lentos. Juliette observó su lenguaje corporal, reconociendo inmediatamente los signos: había sido un día duro y agotador en la oficina. Probablemente alguna negociación complicada, tal vez problemas con algún proyecto importante.

Danilo se sentó en la cama, dejando escapar un suspiro que parecía venir desde lo más profundo de su ser. Juliette se acercó a él y comenzó a quitarle la chaqueta con delicadeza, dejándola cuidadosamente sobre la cama. Luego, se colocó mas entre sus piernas y comenzó a masajear su cuero cabelludo con las puntas de los dedos, un ritual que habían desarrollado durante estos meses juntos.

Danilo cerró los ojos, entregándose por completo a sus caricias. Las manos de Juliette bajaron por sus anchos hombros, trabajando en los nudos de tensión que se habían formado durante el día.

—Dios, cuánto me relaja esto, mi reina —murmuró con voz ronca, estremeciéndola—. Lo único que deseo después de un día agotador es verte y sentirte.

Sus palabras, parecían simples, pero no para Juliette. Era reconfortante saber que, después de todo lo que habían pasado, después de todas las pruebas que habían enfrentado, seguían siendo el refugio del otro, el puerto seguro donde descansar después de las tormentas diarias.

Ella comenzó a besarle todo el rostro: la frente, los párpados, las mejillas, la mandíbula. Pequeños besos que eran como caricias, como promesas silenciosas de amor eterno. Las manos de Danilo se apoyaron en su pequeña cintura.

Con un movimiento preciso, la sentó a horcajadas sobre él, sus ojos se oscurecieron de inmediato por el deseo. Comenzó a desnudarla lentamente, revelando poco a poco la piel que conocía tan bien pero que nunca dejaba de maravillarlo. La besó con pasión y anhelo, ese deseo que crecía en él cada día más y que parecía nunca tener suficiente de ella.

Pero mientras sus manos exploraban el cuerpo de Juliette, Danilo notó algo. Una pequeña tensión en sus músculos, un brillo en sus ojos. La conocía demasiado bien para no darse cuenta de que algo más la preocupaba, algo que no tenía que ver con la prueba de embarazo.

Se separó ligeramente para mirarla a los ojos, delineando su labio inferior con el dedo pulgar antes de volver a besarla, esta vez más suave.

—¿Me dirás qué sucede o tengo que averiguarlo por mi cuenta? —preguntó de forma seductora, pero con una preocupación en su voz.

Ella se mordió el labio inferior y se sonrojó, un gesto que siempre lo volvía loco. Era fascinante cómo, después de todo lo que habían compartido, Juliette aún podía mostrarse tímida con él en ciertos momentos.

—Pequeña, no me tortures —le pidió con voz suave—. Dime qué pasa.

Juliette respiró hondo, reuniendo valor para lo que estaba a punto de decir.

—¿Qué pasaría si te pido ir de nuevo al club Dominios?

La pregunta impactó directamente en la hombría de Danilo, despertando recuerdos y sensaciones que creía adormecidos. Dominios, el exclusivo club BDSM donde habían comenzado su peculiar relación, donde Juliette había sido su sumisa por contrato antes de convertirse en la mujer de su vida.

—Juliette, ¿acaso quieres…? —dejó la pregunta en el aire, sorprendido pero innegablemente excitado ante la posibilidad.

Ella tragó saliva visiblemente. Era evidente que le costaba admitirlo, quizás temiendo que él lo tomara mal o que malinterpretara sus intenciones. Pero Juliette había descubierto esa parte de sí misma que ansiaba volver a vivir esas experiencias, esa entrega total que solo encontraba en la dinámica dominante/sumisa con Danilo.

—Entiendo que no quieras, pero… —comenzó, insegura.

—Me encantaría, pequeña —la interrumpió él, sus ojos brillando con emoción —. Pero pensé que eso solo lo hacías porque teníamos un acuerdo en el pasado. No sabía que le habías tomado gusto.

—Quiero, Danilo —confesó ella en voz baja—. Me gustaba mucho ir allí, pero serán bajo ciertas condiciones.

—Te escucho atentamente —respondió él, toda su atención centrada en ella.

—Solo seremos tú y yo —declaró con seguridad—. Ni otro amo ni otra sumisa. No vas a compartirme ni yo a ti.

Danilo le sujetó del mentón con firmeza pero sin lastimarla, obligándola a mirarlo directamente a los ojos. Quería que viera la sinceridad en su mirada, que entendiera la profundidad de sus palabras.

—Primero muerto antes de compartirte o que otro hombre te ponga encima un dedo —dijo con la voz cargada de posesividad—. Te pueden mirar, desear con el pensamiento, cogerte con la mirada, pero no podrán jamás tocarte, Juliette.

Ella se mordió el labio inferior, un gesto que revelaba tanto su nerviosismo como su excitación ante sus palabras.

—Entonces quiero hacerlo, Danilo —dijo ya con confianza—. Quiero disfrutar contigo tus deseos. No quiero que los dejes por mí, quiero que los disfrutes conmigo.

Lo que Danilo no sabía, o quizás intuía pero nunca habían hablado abiertamente, era que Juliette amaba ser su sumisa. No por obligación, no por contrato, sino porque en esa entrega encontraba una libertad que no experimentaba en ningún otro aspecto de su vida. Paradójicamente, era en la sumisión donde se sentía más poderosa, más en control de sí misma.

Danilo la observó con una mezcla de sorpresa y admiración. Esta mujer nunca dejaba de asombrarlo. Cuando creía que no podía amarla más, que no podía desearla más intensamente, ella encontraba la manera de elevar sus sentimientos a un nuevo nivel.

—¿Estás segura? —preguntó, acariciando su mejilla—. No quiero que sientas que tienes que hacer esto por mí. Soy perfectamente feliz con nuestra vida tal como es ahora.

—Estoy segura —asintió ella—. No lo hago por ti, lo hago por nosotros. Es una parte de nuestra historia, de lo que somos juntos. Y si soy completamente honesta… —su voz se volvió más baja— lo extraño. Extraño esa intensidad, esa entrega total. Extraño ser tu sumisa, Danilo.

Esas palabras encendieron algo perverso en él, algo que había mantenido controlado durante estos meses de relación convencional. La idea de tener nuevamente a Juliette como su sumisa, no por obligación sino por deseo mutuo, era embriagadora.

—En ese caso —dijo, adquiriendo ese tono de autoridad que usaba como dominante—, creo que necesitamos establecer nuevas reglas, pequeña. Si vamos a retomar esa dinámica, quiero que sea perfecta para ambos.

Juliette asintió, emocionada.

—¿Cuándo podríamos ir? —preguntó, y había algo casi infantil en su entusiasmo que contrastaba deliciosamente con la naturaleza adulta de lo que estaban discutiendo.

—¿Qué te parece este fin de semana? —sugirió Danilo—. Tengo algunas reuniones importantes estos días, pero el sábado podría ser todo tuyo. Todo tuyo para hacerte mía nuevamente, en todas las formas posibles.

Nuestro sucio secreto.

El exclusivo club Dominios se alzaba discreto en una zona apartada de Manhattan, su fachada sobria no revelaba nada del mundo que existía tras sus puertas. Para los transeúntes ocasionales, podría ser cualquier establecimiento privado; para los iniciados, era un santuario donde los deseos más profundos encontraban expresión sin juicio.

Juliette sintió cómo sus manos temblaban ligeramente mientras el auto de Danilo se detenía frente a la entrada. Una mezcla embriagadora de deseo y ansiedad recorría cada centímetro de su cuerpo. Bajo el elegante tapado negro que la cubría, llevaba casi nada de ropa, una elección deliberada que la hacía sentirse vulnerable y poderosa al mismo tiempo.

“Si Ellie me viera así…”, pensó, imaginando la reacción de su hermana. Las personas que la conocían en su vida cotidiana —su hermana, sus amigas, incluso Melisa— pensarían que había perdido la cabeza. La Juliette que ellos conocían era inocente, digna, recatada. Pero aquí, en este lugar apartado del mundo convencional, nadie la juzgaba por cómo vestía o lo que experimentaba con Danilo frente a los demás, porque todos compartían esos mismos deseos oscuros, esas mismas “perversiones” que la sociedad exterior condenaba.

Apenas llevaba un vestido negro de seda semitransparente con dos pequeñas tiras que cubrían estratégicamente sus pezones. La parte inferior apenas disimulaba el nacimiento de sus nalgas, complementada con una braga tan pequeña que prácticamente no ocultaba nada. Dos ligas sujetaban sus medias negras que llegaban hasta los muslos, y sus pies estaban enfundados en unos zapatos de tacón negro extremadamente altos. Su cabello, perfectamente recogido en una coleta alta, completaba la imagen de sumisión y sensualidad que tanto excitaba a Danilo.

Ella era la preciosidad en persona, y lo sabía. No por vanidad, sino porque los ojos de Danilo se lo decían cada vez que la miraba con esa intensidad que la hacía derretirse por dentro.

Él, por su parte, vestía más casual pero no menos impactante: un pantalón negro de vestir que se ajustaba perfectamente a sus poderosas piernas, una camisa color vino remangada hasta los codos que dejaba entrever los músculos de sus antebrazos, sin chaqueta. Juliette lo miraba idiotizada, consciente de que nunca dejaría de afectarle. El efecto que su físico tenía sobre ella era indescriptible, una reacción química imposible de contener.

Danilo se mostraba imperturbable y serio como siempre. Nadie imaginaría lo que realmente pasaba por su mente en esos momentos. Que Juliette compartiera sus mismas inclinaciones, que hubiera sido ella quien sugiriera volver a este lugar, lo excitaba de una manera contundente que apenas podía disimular bajo su fachada de dominante en control.

Las personas que no compartían esos gustos jamás entenderían. Solo encontrarían defectos en esa relación de dominante-sumisa, catalogándola como degradante o desequilibrada.

Pero quienes compartían ese mundo sabían la satisfacción profunda que provocaba. No era exhibirse por mero exhibicionismo; era el morbo que causaba todo ese juego de roles, la electricidad de ese intercambio de poder libremente consentido, y luego culminar en la intimidad de una habitación privada donde podían continuar con sus más intensos deseos, donde el dolor y el placer se mezclaban en una sinfonía que solo ellos dos comprendían.

Antes de bajar del auto, Danilo giró ligeramente hacia ella. Sus ojos, que ya estaban oscurecidos por el deseo, la recorrieron de pies a cabeza.

—Tu tapado —ordenó autoritaria.

No era una petición, sino una orden clara. Él ya había adoptado su rol de dominante, y Juliette rápidamente se sumergió en ese papel que tanto le excitaba y le encantaba. Con dedos ligeramente temblorosos, se despojó de la chaqueta que la cubría, quedando prácticamente desnuda en el interior del vehículo.

En cualquier otro contexto, se habría sentido expuesta, vulnerable. Pero aquí, bajo la mirada apreciativa de Danilo, encontraba una liberación exquisita. Era como si todas las restricciones, todas las expectativas que el mundo ponía sobre sus hombros se desvanecieran, dejando solo el presente, solo las sensaciones, solo la entrega.

Bajaron del auto y el aire fresco de la noche acarició su piel expuesta, erizándola. Danilo, siempre posesivo, colocó su mano firmemente en su cintura, un gesto que declaraba propiedad ante cualquiera que los observara. Porque él quería que todos vieran a quién traía de la mano, quién era su sumisa, quién era su mujer.

El guardia del club, los reconoció de inmediato. Inclinó levemente la cabeza en señal de respeto.

—Señor Brown. Bienvenidos nuevamente.

Ingresaron al club y Juliette sintió cómo la atmósfera la envolvía inmediatamente: la música suave con bajos profundos que parecían sincronizarse con los latidos de su corazón, las luces tenues en tonos rojos y azules que creaban sombras sugerentes, el aroma a cigarros y perfumes caros mezclado con el inconfundible olor del deseo.

Ya sentía la adrenalina corriendo por sus venas y el placer anticipatorio de ver todo tipo de exhibiciones frente a sus ojos. Esa música hipnótica, esos colores que difuminaban los límites de la realidad, esa oscuridad que invitaba a perderse, esa “perversión” que flotaba en el aire como un perfume embriagador.

Se sentía viva nuevamente. Y por la forma en que Danilo apretaba su cintura, por la tensión casi imperceptible en su mandíbula, sabía que él también.

El interior del club era exactamente como lo recordaba: espacios abiertos donde parejas y grupos interactuaban en diversos niveles de intimidad, áreas más privadas separadas por cortinas de terciopelo negro, barras donde dominantes conversaban mientras sus sumisos esperaban arrodillados a sus pies.

Algunas miradas se posaron en ellos mientras avanzaban. Juliette notó cómo varios hombres la observaban con deseo apenas disimulado, y algunas mujeres con admiración o envidia. Era extraño, pero ese escrutinio, en lugar de incomodarla, la hacía sentirse poderosa y la excitaba demasiado. Aquí no era la ex secretaria, ni la novia del magnate; era simplemente una mujer con sus deseos más profundos, acompañada por el hombre que la complementaba perfectamente.

—¿Quieres beber algo? —preguntó Danilo, ronco cerca de su oído.

—Sí, señor —respondió ella automáticamente, cayendo con naturalidad en el protocolo.

Se dirigieron a la barra, donde un camarero con torso desnudo y collar de cuero los recibió con profesionalidad. Danilo ordenó un whisky para él y un martini para Juliette. Mientras esperaban, él mantuvo su mano firmemente en la parte baja de su espalda, un recordatorio de su dominio sobre ella.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él, momentáneamente saliendo de su rol para asegurarse de su bienestar.

Juliette le sonrió, apreciando ese pequeño gesto que demostraba que, incluso en este contexto, su preocupación por ella siempre seria su prioridad.

—Feliz —respondió con sinceridad—. Como si hubiera recuperado una parte de mí que había quedado dormida.

Danilo asintió, comprendiendo perfectamente. Para ambos, este mundo no era solo sobre sexo o dominación; era sobre confianza, sobre entrega, sobre explorar juntos los límites de lo que podían compartir.

Sus bebidas llegaron y Danilo le entregó la suya. Sus dedos se rozaron brevemente, y esa simple caricia envió escalofríos por todo el cuerpo de Juliette. Era asombroso cómo, después de tanto tiempo juntos, el más mínimo contacto podía encender esa electricidad en ella.

Danilo la guio a uno de los sofás de terciopelo rojo y la sentó sobre sus piernas.

Bebieron en silencio, observando el club, re acostumbrándose a la atmósfera. En un rincón, una mujer atada con cuerdas intrincadas pendía del techo, su cuerpo convertido en una obra de arte viviente mientras su dominante trabajaba en los nudos con precisión experta. En otro espacio, un hombre recibía azotes de una dominatriz vestida completamente de cuero rojo, su rostro demostraba el dolor y éxtasis.

Juliette sintió cómo su respiración se aceleraba ligeramente ante estas visiones. No era morbo vulgar lo que sentía, sino una conexión profunda con ese intercambio de poder, con esa vulnerabilidad consentida, con esa entrega total que ella misma anhelaba.

—¿Ves algo que te interese? —preguntó Danilo, notando su mirada.

—Todo —confesó ella con un susurro—. Pero sobre todo estar aquí contigo, ser tuya de nuevo de esta manera.

Los ojos de Danilo se oscurecieron aún más ante sus palabras.

Danilo comenzó a susurrarle a Juliette mientras le ordenaba que mirara una escena en donde una sumisa estaba siendo sometida por dos dominantes.

—Observa, pequeña —mientras hablaba la gran mano de Danilo recorrían los muslos de Juliette hasta llegar a su sexo el cual ya estaba totalmente húmeda.

—No dejes de mirar, nena —le susurró al oído. Ella ya recostó su espalda en el pecho de Danilo, mientras ya temblaba ante tantas sensaciones en su cuerpo.

Ella miraba la escena, veía en los ojos de la mujer como disfrutaba ser sometida, como intentaba controlar sus gemidos.

El ya comenzaba a jugar con su cordura tocándola de forma suave, sintiendo cómo su carne se hinchaba, mientras su otra mano la rodeaba la cintura.

—Mira como disfruta ser sometida, mira como desea cada toque, cada nuevo movimiento de sus amos.

Le susurraba Danilo y ella mordía fuerte sus labios para callar sus gemidos. Cuando Danilo sintió que el cuerpo de su pequeña Juliette temblaba se detuvo y retiró su dedo de su empapado sexo.

—Quiero seguir disfrutando de la vista, pero no soporto tenerte así y no hundirme en ti —le susurró al oído.

—Sígueme —ordenó, recuperando completamente su rol de dominante.

Juliette obedeció sin dudar, dejando su martini apenas tocado. Atravesaron el club, pasando junto a escenas que en otro momento habrían captado su atención, pero ahora solo existía Danilo, su presencia poderosa guiándola hacia lo desconocido.

Llegaron a una puerta discreta que Danilo abrió con una tarjeta. Al otro lado había un pasillo iluminado con luces tenues que conducía a varias habitaciones privadas. Juliette recordaba este lugar; aquí era donde habían compartido algunos de sus momentos más intensos durante su “contrato”.

Se detuvieron frente a una puerta marcada con el número 7. Danilo la abrió y le indicó que entrara primero. La habitación era exactamente como la recordaba: paredes de un rojo oscuro, una cama amplia con sábanas de seda negra, varios implementos cuidadosamente dispuestos en las paredes, una cruz de San Andrés en una esquina, esposas y cadenas discretamente instaladas en puntos estratégicos.

Pero había algo nuevo: sobre una mesa baja, una rosa roja en un jarrón de cristal. Un detalle romántico en medio de este espacio dedicado a placeres más sucios.

—Para recordarte —dijo Danilo, notando su mirada en la flor— que incluso aquí, incluso en nuestros momentos más oscuros, lo que nos une es el amor.

Juliette sintió cómo su corazón se expandía ante ese gesto. Este era el Danilo que amaba: capaz de ser el dominante más implacable y también el hombre más tierno, a veces en el mismo instante.

—Gracias, señor —respondió, manteniendo el protocolo pero dejando que sus ojos transmitieran todo lo que sentía.

Danilo cerró la puerta tras ellos, y el sonido del pestillo encajando resonó en la habitación como una promesa de lo que estaba por venir.

—Arrodíllate —ordenó en ese tono autoritario que hacía que las rodillas de Juliette se debilitaran.

Ella obedeció inmediatamente, descendiendo con gracia hasta que sus rodillas tocaron la alfombra suave. Inclinó ligeramente la cabeza, manteniendo los ojos bajos en señal de sumisión, aunque una pequeña sonrisa jugaba en sus labios.

Danilo caminó lentamente a su alrededor, observándola desde todos los ángulos, apreciando la visión de esta mujer poderosa e independiente en su vida diaria, ahora arrodillada ante él por elección propia. No había mayor afrodisíaco para él que ese contraste, esa entrega voluntaria de control.

—Has estado pensando en esto por mucho tiempo, ¿no es así? —preguntó, deteniéndose frente a ella.

—Sí, señor —admitió Juliette—. Más de lo que estaba dispuesta a reconocer, incluso a mí misma.

—¿Y qué es exactamente lo que has estado anhelando, pequeña? —continuó él de forma cautelosa y peligrosamente perversa —. Dímelo con precisión. Quiero oírlo de tus labios.

Juliette sintió cómo un rubor intenso cubría sus mejillas, pero no por vergüenza. Era la excitación de nombrar sus deseos más íntimos, de hacerlos reales a través de las palabras.

—Anhelo someterme a usted, señor —comenzó, —. Anhelo sentir su dominio sobre mí, su control. Anhelo el dolor mezclado con placer que solo usted sabe darme. Anhelo…

Se detuvo, buscando las palabras exactas para expresar lo que realmente sentía.

—Anhelo la libertad que encuentro en la sumisión —completó —. Esa paradoja que solo tiene sentido cuando estoy con usted.

Danilo extendió su mano y acarició su mejilla con una ternura.

—Y yo anhelo darte todo eso, Juliette —respondió—. No porque sea tu dominante, sino porque soy el hombre que te ama más allá de cualquier rol, de cualquier juego. Te amo en cada versión de ti misma: la profesional dedicada, la mujer independiente, la amante apasionada y, sí, también la sumisa que se entrega a mí con tanta confianza.

Sus palabras tocaron algo profundo en Juliette, ese núcleo de su ser que sabía que con Danilo podía ser auténtica en todas sus facetas, sin temor al juicio o al rechazo.

—Ahora —continuó él, su tono cambiando sutilmente mientras volvía a su papel de dominante—, vamos a recordar por qué este lugar significa tanto para nosotros. Vamos a explorar nuevamente esos límites que solo nosotros conocemos, a redescubrir ese placer que solo nosotros compartimos.

Extendió su mano y le levantó la barbilla.

—¿Confías en mí, Juliette?

Ella levantó la mirada, encontrándose con esos ojos que conocía tan bien, que habían visto cada parte de su alma y la habían amado sin reservas.

—Con mi vida, señor —respondió.

Madre mía, visitaré esos clubes próximamente, es para una investigación académica, nada más. Es importante la cultura general.