55. Porcentaje de amor
La sala de espera de la clínica de fertilidad era un espacio diseñado para transmitir calma y esperanza. Sin embargo, para Juliette, cada minuto de espera era una tortura. Sus dedos no dejaban de tamborilear nerviosamente sobre su rodilla mientras revisaba el reloj por quinta vez en menos de dos minutos.
Danilo, sentado a su lado, cubrió su mano inquieta con la suya, ofreciéndole calma.
—Todo estará bien —susurró, aunque él mismo sentía un nudo en el estómago que no recordaba haber experimentado en ninguna negociación multimillonaria.
Después de meses de intentos fallidos por concebir, finalmente habían decidido consultar a un especialista. Las últimas semanas habían sido un desfile interminable de análisis, pruebas, ecografías y preguntas incómodas sobre su vida íntima. Hoy, finalmente, la Doctora Hentz tendría respuestas para ellos.
—Señor y señora Brown —llamó la asistente desde la puerta.
Juliette ni siquiera corrigió el error sobre su apellido. En este momento, cualquier formalidad parecía irrelevante comparada con lo que estaban a punto de descubrir.
—Juliette, Danilo, por favor tomen asiento —dijo, señalando las sillas frente a su escritorio mientras revisaba una carpeta con el logo de la clínica.
Juliette apretó la mano de Danilo con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Él no se quejó; entendía perfectamente su ansiedad.
—Bueno, tengo los resultados de todos los estudios que hemos realizado —comenzó la doctora, colocándose sus gafas de lectura—. Los análisis hormonales de ambos están dentro de los parámetros normales. Danilo, tu conteo espermático es excelente, motilidad y morfología perfectas.
Hizo una pausa, y Juliette sintió cómo su corazón se aceleraba. Si los análisis de Danilo estaban bien, y sus niveles hormonales también, entonces el problema estaba en otra parte. En ella.
—Juliette —continuó la doctora posando sus ojos en ella—, bueno, creo que vamos a comenzar a trabajar en tu fertilización.
La doctora giró su monitor para mostrarles algunas imágenes de las ecografías. Señaló con un bolígrafo varias áreas mientras explicaba:
—Has desarrollado una condición llamada adenomiosis. Es una variante de la endometriosis donde el tejido que normalmente recubre el útero crece dentro de las paredes musculares del mismo. En tu caso, ha creado varias áreas de fibrosis que están impidiendo la implantación del embrión.
Juliette sintió como si todo el aire abandonara sus pulmones. Las palabras de la doctora llegaban a ella como a través de un túnel, distantes y distorsionadas. Su mente solo registraba fragmentos: “problema en el útero”, “impide el embarazo”, “tratamiento difícil”.
—¿Eso significa que no puedo tener hijos? —logró preguntar.
La doctora la miró con compasión.
—Significa que será más difícil, pero no imposible. Esta condición complica la concepción natural, pero tenemos opciones de tratamiento.
Juliette bajó la mirada, intentando procesar la información mientras las lágrimas amenazaban con derramarse. Todos esos meses de ilusión, de planificar una familia con Danilo, de imaginar cómo sería sostener a su bebé en brazos… ¿todo para nada?
Danilo, notando su estado, apretó su mano con firmeza y se inclinó hacia la doctora.
—¿Cuáles son esas opciones, doctora? —preguntó con determinación—. ¿Qué podemos hacer?
Juliette levantó la mirada, agradecida por la fuerza de Danilo. Mientras ella se había quedado paralizada por la noticia, él ya estaba buscando soluciones, negándose a aceptar un “no” como respuesta, tal como hacía en los negocios.
La Doctora Hentz sonrió levemente, apreciando la actitud proactiva.
—Tenemos varias alternativas —explicó—. Primero, podemos intentar un tratamiento hormonal para reducir la adenomiosis y crear un ambiente más favorable. También existe la posibilidad de cirugía para eliminar las áreas más afectadas, aunque es invasiva y no garantiza resultados.
Hizo una pausa antes de continuar:
—Pero creo que en su caso, la fertilización in vitro podría ser la mejor opción. Podríamos recuperar óvulos, fertilizarlos en laboratorio y luego transferir los embriones. Incluso podríamos considerar la preparación especial del endometrio antes de la transferencia para maximizar las posibilidades.
Danilo asintió, absorbiendo cada palabra mientras formulaba más preguntas:
—¿Cuáles son los riesgos? ¿Cuánto tiempo llevaría el proceso? ¿Cuáles son las tasas de éxito?
Mientras Danilo y la doctora discutían detalles del tratamiento, Juliette permanecía en silencio, desmotivada. No podía evitar sentirse defectuosa, como si su cuerpo la hubiera traicionado. Siempre había soñado con ser madre, con formar una familia, y ahora ese sueño parecía alejarse.
—Juliette —la voz de la doctora la trajo de vuelta a la realidad—, ¿tienes alguna pregunta?
Ella negó con la cabeza, incapaz de formular pensamientos coherentes.
—¿Cuáles son realmente mis posibilidades? —preguntó finalmente, —. Quiero saber la verdad, sin endulzar nada.
La Doctora Hentz la miró directamente, apreciando su necesidad de honestidad.
—Con tu condición y considerando todos los factores, diría que hay aproximadamente un 10% de probabilidades de lograr un embarazo viable con el tratamiento que propongo.
Diez por ciento. La cifra golpeó a Juliette. Para muchos, podría parecer desalentadoramente bajo, pero para ella…
—¿Diez por ciento? —repitió, procesando la información—. ¿Es decir que de cada diez intentos, uno podría funcionar?
—Más o menos, aunque no es tan lineal —aclaró la doctora—. Cada ciclo es independiente. Pero sí, estadísticamente hablando, esa sería la interpretación.
Danilo, que había estado observando atentamente las reacciones de Juliette, intervino:
—Un diez por ciento es mucho mejor que cero, ¿no crees? —dijo con una sonrisa alentadora—. Y sabes cuánto me gustan los desafíos, especialmente cuando los expertos dicen que las probabilidades están en mi contra.
Juliette no pudo evitar sonreír a pesar de las lágrimas que comenzaban a formarse en sus ojos. Típico de Danilo, ver una oportunidad donde otros verían una derrota.
—Además —continuó él—, somos Brown. Desafiamos estadísticas todos los días.
La doctora observaba el intercambio con una sonrisa comprensiva. Había visto muchas parejas enfrentar este tipo de noticias, y la forma en que lo hacían solía ser un buen indicador de cómo manejarían el tratamiento.
—El primer paso sería programar la estimulación ovárica —explicó—. Comenzaríamos con inyecciones de hormonas para estimular la producción de múltiples óvulos. Luego, realizaríamos la extracción, la fertilización en laboratorio y finalmente la transferencia de embriones.
Mientras la doctora seguía explicando el procedimiento, Juliette comenzó a sentir algo que no esperaba: esperanza. Sí, las probabilidades eran bajas. Sí, el camino sería difícil y posiblemente doloroso. Pero había una posibilidad, por pequeña que fuera.
Para Juliette, ese 10% no era demasiado poco como había pensado inicialmente. Era mucho. No le estaban diciendo que era imposible. Le estaban diciendo que había un 10% de posibilidades de que ella fuera madre, de que pudiera darle un hijo a Danilo, de que pudieran formar la familia que tanto anhelaban.
—¿Cuándo podríamos empezar? —preguntó ella tomando el valor que se necesitaba.
La Doctora Hentz sonrió, complacida por su determinación.
—Podríamos comenzar con tu próximo ciclo, en aproximadamente dos semanas. Mientras tanto, te daré algunas indicaciones para preparar tu cuerpo: suplementos, dieta, ejercicios específicos.
La doctora comenzó a escribir en su recetario mientras continuaba:
—También recomendaría que ambos consideren apoyo psicológico durante el proceso. La fertilización asistida puede ser emocionalmente demandante, y tener herramientas para manejar el estrés y la ansiedad será crucial.
Danilo asintió, apretando la mano de Juliette.
—Haremos todo lo necesario, doctora. Sin escatimar en recursos ni esfuerzos.
Mientras la doctora terminaba de explicar los detalles prácticos y les entregaba varios folletos informativos, Juliette sintió una calma extraña reemplazando el torbellino inicial de emociones. Sí, la noticia había sido dura. Sí, el camino sería difícil. Pero tenían una dirección, un plan, una esperanza a la cual aferrarse.
Al salir de la consulta, Danilo la detuvo en el pasillo y la abrazó con fuerza.
—Vamos a lograrlo, pequeña —susurró contra su cabello—. Si hay un 10% de posibilidades, vamos a hacer que funcione. Y si no funciona la primera vez, lo intentaremos de nuevo. Y otra vez. Y todas las veces que sea necesario.
Juliette se aferró a él, agradecida por su fortaleza, por su optimismo inquebrantable, por su capacidad de ver oportunidades donde ella solo veía obstáculos.
—¿Y si nunca funciona? —preguntó, dando voz a su mayor temor—. ¿Y si no puedo darte un hijo?
Danilo se separó ligeramente para mirarla a los ojos, sus manos sujetaron su rostro con ternura.
—Escúchame bien, Juliette —dijo con firmeza—. Te amo a ti. No a la posibilidad de tener hijos contigo, sino a ti. Si somos bendecidos con un hijo, será maravilloso. Y si no, seguiremos siendo nosotros dos, amándonos, viviendo esta vida que hemos construido juntos. En cualquier caso, seré el hombre más afortunado del mundo por tenerte a mi lado.
Juliette sintió cómo las lágrimas finalmente se derramaban, pero esta vez no eran lágrimas de desesperación, sino de gratitud y amor.
—Te amo tanto, Danilo Brown —susurró—. Tanto que a veces duele.
—Lo sé —sonrió él, besando su frente—. Yo también te amo así. Y por eso mismo, vamos a enfrentar esto juntos, paso a paso, día a día. Como hemos enfrentado todo lo demás.
Entre el cielo y la tierraEl cementerio Green Hills se extendía silencioso bajo un cielo parcialmente nublado.
Juliette caminaba con paso lento entre las hileras de tumbas, con un ramo de lirios blancos —las flores favoritas de su madre— firmemente sujeto entre sus manos. Hacía muchos meses desde su última visita. No porque hubiera olvidado, sino porque a veces el dolor de la ausencia era demasiado intenso para enfrentarlo.
Pero hoy necesitaba a su madre más que nunca.
Desde la consulta con la Doctora Hentz tres semanas atrás, Juliette había comenzado el tratamiento de fertilización. Las inyecciones diarias, los constantes análisis de sangre, las ecografías para monitorear el crecimiento de los folículos… todo le recordaba de que su camino hacia la maternidad no sería como el de otras mujeres. No sería natural, espontáneo, sencillo. Sería un camino marcado por la ciencia, la medicina y ese escaso 10% de posibilidades.
Danilo había sido su roca durante todo el proceso. Nunca se quejaba cuando ella estaba irritable por las hormonas, aprendió a administrarle las inyecciones con manos sorprendentemente gentiles para un hombre de negocios, y la sostenía en sus brazos en esas noches en que el miedo y la incertidumbre la mantenían despierta.
Pero hoy, necesitaba otro tipo de consuelo. Uno que solo podía encontrar aquí, en este lugar donde descansaba la mujer que le había dado la vida.
Finalmente llegó a la tumba que buscaba. Una lápida sencilla pero elegante de granito negro.
Juliette depositó los lirios sobre la lápida y, con cuidado, se arrodilló sobre la hierba recién cortada. Sus dedos trazaron las letras doradas del nombre de su madre, como si a través de ese contacto pudiera sentirla nuevamente.
—Hola, mamá —susurró bajito—. Siento haber tardado tanto en venir.
—Han pasado muchas cosas desde la última vez —continuó, acomodándose mejor—. ¿Recuerdas a Danilo Brown? Mi jefe, ese hombre imposible del que me quejaba constantemente…
Una sonrisa triste se dibujó en sus labios.
—Bueno, resulta que me enamoré de él. Y él de mí. Estamos juntos ahora, y es… es maravilloso, mamá. Es el hombre más increíble que he conocido. Desearía tanto que pudieras conocerlo, que pudieras ver cómo me trata, cómo me hace sentir.
Las primeras lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos.
—Ellie está bien también. Se ha convertido en una adolescente muy hermosa e inteligente.
Hizo una pausa, respirando profundamente mientras reunía el valor para compartir lo que realmente la había traído aquí hoy.
—Mamá, yo… —su voz se quebró—. Estamos intentando tener un bebé, Danilo y yo. Pero no puedo… hay algo mal en mí. Los médicos dicen que tengo adenomiosis, que mis posibilidades son muy bajas.
Las lágrimas comenzaron a caer libremente, rodando por sus mejillas y cayendo sobre la hierba.
—Estoy haciendo todo lo que puedo. Tratamientos, inyecciones, dietas especiales… pero estoy tan asustada, mamá. Tan asustada de fallar, de no poder darle un hijo a Danilo, de no poder experimentar lo que tú experimentaste conmigo y con Ellie. De no poder ser madre. Anhelo mucho ser madre.
Un sollozo escapó de su garganta, y de repente, toda la compostura que había intentado mantener se derrumbó. Lloró amargamente, dejando salir toda la frustración, el miedo y la tristeza que había estado conteniendo durante semanas.
—Te necesito tanto —sollozó, abrazándose a sí misma—. Necesito tu consejo, tu abrazo, tu forma de hacer que todo pareciera posible incluso en los peores momentos.
Por unos minutos, solo se escucharon sus sollozos en el silencio del cementerio. Cuando finalmente logró calmarse un poco, secó sus lágrimas con el dorso de la mano y miró fijamente la lápida.
—Sé que estás en algún lugar, escuchándome —dijo temblorosa —. Sé que sigues cuidando de mí, como siempre lo hiciste. Por eso he venido a pedirte algo.
Respiró hondo, juntando sus manos como en una plegaria.
—Habla con Dios, mamá. Pídeselo tú, que estás más cerca de Él. Pídele que me permita ser madre. Que me dé la oportunidad de amar a un hijo como tú nos amaste a nosotras. No pido mucho, solo… solo esa pequeña oportunidad.
Una brisa suave sopló de repente, meciendo los lirios que había dejado sobre la tumba. Juliette cerró los ojos, queriendo creer que era una señal, un gesto de su madre diciéndole que la había escuchado.
—Te extraño tanto —susurró—. Cada día. Y si algún día tengo la bendición de ser madre, le hablaré de ti todos los días. Le contaré sobre su abuela Elena, la mujer más fuerte y amorosa que jamás conocí.
Con delicadeza, besó la punta de sus dedos y luego los posó sobre el nombre grabado en la piedra.
—Te amo, mamá. Por siempre.
A unos cien metros de distancia, Danilo Brown esperaba pacientemente, recostado contra su auto. Había insistido en acompañar a Juliette al cementerio, entendiendo lo importante que era este momento para ella, pero también había respetado su necesidad de privacidad en este momento tan íntimo.
Desde su posición, podía ver la figura de Juliette arrodillada frente a la tumba de su madre. No podía escuchar sus palabras, pero la postura de sus hombros, la inclinación de su cabeza, le decían todo lo que necesitaba saber sobre el dolor que estaba procesando.
Mientras esperaba, Danilo reflexionaba sobre el camino que habían recorrido juntos y los desafíos que aún tenían por delante. El tratamiento de fertilidad había sido agotador para ambos, pero especialmente para Juliette. La veía esforzarse cada día, sometiéndose a procedimientos incómodos, soportando los efectos secundarios de las hormonas, todo con la esperanza de ese 10% de posibilidades.
Lo que Juliette quizás no entendía completamente era que, para él, ese 10% era irrelevante en el gran esquema de las cosas. Sí, haría todo lo posible por ayudarla a cumplir su sueño de ser madre. Movería cielo y tierra, gastaría cada centavo de su fortuna si fuera necesario. Pero no porque necesitara un hijo para sentirse completo, sino porque quería ver feliz a la mujer que amaba.
Danilo nunca había imaginado que podría amar a alguien como amaba a Juliette.
Estaba dispuesto a hacerla la mujer más feliz del mundo, con o sin hijos. Lo único que realmente importaba era que se amaban y que, juntos, podían superar cualquier obstáculo que la vida pusiera en su camino.
¿Qué podría decir de este hombre? Nada, porque es un sueño. ¿Existirán hombres asi? Espero que si, de lo contrario estaría muy decepcionada.