Capítulo Final
El viaje a Grecia había sido idea de Danilo. “Necesitamos desconectar,” le había dicho a Juliette después de meses de tratamientos de fertilidad y visitas al hospital. “Solo tú y yo, el mar, el sol, y nada más.” Juliette había aceptado, aceptando que ambos necesitaban un respiro, un momento para recordar que, más allá de sus desafíos, seguían siendo ellos dos, enamorados y juntos contra el mundo.
Mykonos los recibió con su belleza típicamente mediterránea. Habían pasado el primer día explorando las callejuelas estrechas del pueblo, comiendo en pequeñas tabernas y dejando que el ritmo pausado de la isla borrara el estrés acumulado de Manhattan.
La segunda noche, Juliette salió del baño luego de ducharse, con el cabello húmedo cayendo sobre sus hombros y una toalla envuelta alrededor de su cuerpo. Para su sorpresa, encontró sobre la cama un vestido blanco precioso, etéreo y ligero, ideal para la playa, junto a unas delicadas zapatillas blancas. Una nota reposaba sobre la prenda:
“Espero te guste tu vestido porque iremos a bailar a la playa. Te espero abajo, mi amor. D.”
Juliette sonrió emocionada. Estos pequeños gestos, estas sorpresas inesperadas, eran una de las razones por las que amaba tanto a Danilo. Bajo esa fachada de hombre de negocios implacable se escondía un romántico que siempre encontraba formas de sorprenderla.
Miró el vestido con apreciación. Realmente, Danilo tenía un gusto exquisito para elegir prendas. La tela era suave como una caricia, con un corte que parecía diseñado específicamente para ella. Buscó entre su ropa una braga de encaje blanco, pequeña y delicada, para usar debajo del vestido. Luego se peinó con esmero, dejando que su cabello cayera en ondas naturales, y se aplicó un maquillaje sutil que realzaba sus rasgos sin ocultarlos.
Con un último vistazo en el espejo y satisfecha con su apariencia, bajó hacia el lobby del hotel.
Danilo la esperaba sentado en un elegante sillón, con un vaso de whisky en la mano. Juliette notó cómo tomaba un sorbo largo, casi como si necesitara valor líquido para calmar sus nervios. ¿Por qué estaría nervioso? Era solo una noche de baile en la playa.
Cuando la vio aproximarse, se levantó rápidamente, y sus ojos la recorrieron de pies a cabeza con una admiración que aún, después de tanto tiempo juntos, hacía que Juliette se sonrojara.
—Estás bellísima —declaró como si la visión de ella en ese vestido blanco le hubiera robado el aliento.
—Falta algo —dijo Danilo y tomando una flor blanca del inmenso ramo que había sobre la mesa del lobby del hotel se la colocó en la oreja.
—Ahora sí, pareces una diosa bajado del olimpo.
Juliette se sonrojó, notando ahora la apariencia de Danilo. Llevaba un pantalón blanco de lino y una camisa celeste claro, también de lino, remangada hasta los codos, complementando el conjunto con unas sandalias de playa. Era la primera vez que lo veía vestido así, tan relajado y casual, tan lejos de los trajes impecables de Manhattan, y casi se le cae la baba. El contraste entre este Danilo despreocupado y el CEO implacable era fascinante y absolutamente irresistible.
—¿A bailar? —preguntó ella, poniéndose de puntitas para alcanzar sus labios.
Danilo sonrió, inclinando su cabeza para tomar los labios de Juliette en un beso breve pero sensual.
—Sí, a bailar, a disfrutar la noche —respondió, tomándola de la mano.
Salieron del hotel y caminaron por la playa, sus pies hundiéndose suavemente en la arena tibia. El cielo comenzaba a teñirse de tonos púrpura y naranja mientras el sol se despedía en el horizonte. Juliette respiró profundamente, llenando sus pulmones del aire salado, sintiendo una paz interior que no había experimentado en meses.
Danilo caminaba a su lado, sosteniendo su mano, pero Juliette notó que cada tanto se tocaba el bolsillo del pantalón, como asegurándose de que algo estuviera allí. También percibió cierta tensión en su mandíbula, un brillo particular en sus ojos. Algo estaba pasando, pero decidió no preguntar, dejándose llevar por el momento. Porque con Danilo todo era impredecible.
Después de unos minutos de caminata, Juliette divisó algo a lo lejos que llamó poderosamente su atención. En una sección apartada de la playa, habían dispuesto un elaborado arreglo: antorchas clavadas en la arena formando un camino, telas blancas que ondulaban suavemente con la brisa marina, un pequeño altar adornado con rosas blancas y lirios, y pétalos esparcidos sobre la arena. Pequeñas luces, como estrellas caídas, completaban la escena mágica.
—Vaya, parece que alguien va a casarse o se han casado —comentó ella, deteniéndose para admirar el escenario—. Cielos, qué romántico.
Danilo se colocó detrás de ella, rodeando su cintura con sus brazos fuertes, y ambos se quedaron allí, contemplando la escena mientras escuchaban el rítmico sonido de las olas rompiendo en la orilla.
—Solo un hombre enamorado locamente de su mujer podría imaginar casarse con el mar y la luna de testigos —le susurró al oído, provocándole escalofríos que recorrieron toda su columna vertebral.
—Qué afortunada debe ser esa mujer —respondió Juliette, sin sospechar absolutamente nada todavía—. Así como yo soy afortunada de tener a un hombre como tú —agregó.
Danilo sonrió contra su cabello y, para sorpresa de Juliette, se separó de ella y dio un paso atrás. Ella permaneció mirando las antorchas cuyas llamas se reflejaban en el agua que besaba la orilla, creando un espectáculo hipnótico.
—Parece que la luna será cómplice —observó, admirando el satélite que brillaba con inusitada intensidad en el cielo ahora casi completamente oscuro—. Mira cómo brilla…
Su voz se desvaneció cuando giró y encontró a Danilo de rodillas frente a ella, sosteniendo una pequeña caja de terciopelo azul abierta que revelaba un anillo que capturaba y multiplicaba la luz de la luna en destellos deslumbrantes.
Juliette comenzó a respirar agitadamente, su mente procesando lentamente lo que estaba sucediendo. ¿Acaso él…? ¿Era posible que…?
—Juliette Moreau —comenzó Danilo—, desde el momento en que entraste a mi oficina por primera vez, supe que había algo especial en ti. No sabía qué era exactamente, pero sentí que mi vida ya no volvería a ser la misma.
Hizo una pausa, como si quisiera asegurarse de que cada palabra quedara grabada en la memoria de ambos.
—Me enseñaste a amar de nuevo cuando creía que esa capacidad había muerto en mí. Me mostraste que la vulnerabilidad no es debilidad, sino la mayor fortaleza. Me hiciste mejor persona, mejor hombre. Contigo he experimentado más felicidad de la que creí posible, y cada día descubro nuevas razones para amarte más. Razones que no me cansaría nunca de citarlas o tal vez no me alcance la vida.
Juliette sentía cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos, nublando su visión.
—No sé qué nos depare el futuro —continuó él—. No sé si seremos bendecidos con hijos o si nuestro camino será diferente al que imaginamos. Pero sí sé, con absoluta certeza, que quiero recorrer ese camino contigo, sea cual sea. Quiero despertarme cada mañana a tu lado, enfrentar juntos cada desafío, celebrar cada victoria, consolarnos en cada derrota. Quiero que seas mi compañera, mi confidente, mi amante, mi mejor amiga… mi esposa.
Las lágrimas corrían libremente por las mejillas de Juliette ahora, pero no hizo ningún intento por secarlas.
—Juliette, nena, ¿me harías el extraordinario honor de casarte conmigo?
El mundo pareció detenerse en ese instante. Solo existían ellos dos, la playa, el mar y la luna como único testigo. O al menos, eso creía Juliette.
—Sí —respondió con la voz temblorosa y emocionada—. Sí, Danilo. Mil veces sí. No imagino una vida sin ti.
La sonrisa que iluminó el rostro de Danilo podría haber competido con el sol en su esplendor. Con manos ligeramente temblorosas, deslizó el anillo en el dedo de Juliette: un solitario de diamante engarzado en oro blanco, elegante y atemporal, exactamente como ella.
Pero la sorpresa no terminaba ahí. Apenas Danilo se puso de pie y tomó a Juliette en sus brazos para un beso apasionado, comenzaron a aparecer figuras caminando hacia ellos desde distintos puntos de la playa. Figuras que, a medida que se acercaban, Juliette reconoció con creciente asombro.
Alice, con su bebe en brazos, caminaba del brazo de un hombre mayor que Juliette. Ellie, su hermana, venía justo detrás, junto con Digna, esa amiga que había sido casi una segunda madre para ella después de la muerte de Elena. Y allí estaban también sus amigas de la oficina, Melisa entre ellas, sonriendo de oreja a oreja. Incluso Alex, el joven mensajero que la había ayudado tantas veces, estaba presente, con una expresión de alegría.
—¿Danilo, qué es esto? —preguntó, mirándolo con incredulidad mientras todos se acercaban con inmensas sonrisas.
—Dijiste que sí, ¿no es así? —respondió él con una sonrisa traviesa.
Ella asintió, aún confundida.
—Casémonos entonces —propuso, como si fuera la cosa más natural del mundo—. ¿Qué más podríamos esperar?
Juliette se cubrió la boca con las manos y lloró nuevamente, esta vez de pura felicidad. Movió la cabeza varias veces, asintiendo frenéticamente mientras Danilo la abrazaba con fuerza.
—¿Ahora? ¿Aquí? —logró preguntar entre sollozos de alegría.
—Ahora. Aquí —confirmó él—. Con las personas que amamos como testigos, y la luna como cómplice, tal como dijiste.
Fue entonces cuando Juliette comprendió que todo había sido planeado meticulosamente. El viaje a Grecia, el vestido blanco, la “caseta” que supuestamente era para otra pareja… Todo había sido orquestado por Danilo para crear el momento perfecto.
Ellie se acercó a su hermana y la abrazó con fuerza.
—¿Sabías de esto? —preguntó Juliette, aún incrédula.
—Por supuesto —respondió Ellie con una sonrisa traviesa—. ¿Por qué crees que insistí tanto en que vinieras a este viaje y no te preocuparas por mí?
Juliette se sonrojó intensamente mientras todos reían. Danilo se acercó nuevamente a ella y tomó sus manos entre las suyas.
—¿Entonces? ¿Estás lista para convertirte en la señora Brown bajo las estrellas griegas?
Juliette miró a su alrededor: las personas que más amaba en el mundo reunidas en este lugar paradisíaco, el hombre de sus sueños mirándola con adoración, y el escenario más romántico que podría haber imaginado.
—Más que lista —respondió con una sonrisa radiante.
Un hombre mayor, que Juliette no había notado antes, se acercó a ellos. Danilo lo presentó como un juez, amigo suyo de hace años, que había accedido a oficiar la ceremonia.
Y así, con el mar, las estrellas brillando en el cielo y la luna como testigo principal, Juliette Moreau y Danilo Brown unieron sus vidas en un vínculo que prometía ser tan eterno como el océano que se extendía ante ellos.
Cuando el juez pronunció las palabras finales y Danilo besó a su ahora esposa, todos los presentes estallaron en aplausos y vítores. Alguien encendió música, otro descorchó botellas de champán, y la celebración comenzó.
—¿Cómo lograste traer a todos hasta aquí sin que yo sospechara nada? —preguntó, aún maravillada por la magnitud de la sorpresa.
Danilo sonrió con esa expresión de satisfacción que siempre tenía cuando uno de sus planes salía a la perfección.
—Tengo mis métodos —respondió enigmáticamente, para luego añadir—: En realidad, fue sorprendentemente fácil. Todos te aman tanto que saltaron ante la primera mención de una boda sorpresa en Grecia.
Juliette apoyó su cabeza en el pecho de Danilo, sintiendo una plenitud que nunca antes había experimentado.
—Gracias —susurró—. Por esto, por todo. Por amarme así.
Danilo besó su frente con ternura.
—Es lo mínimo que mereces, señora Brown.
Señora Brown. El nuevo título sonaba extraño y maravillosamente correcto al mismo tiempo.
—¿Sabes qué dicen sobre las bodas en Grecia? —preguntó Danilo después de un momento.
—¿Qué?
—Que traen buena fortuna y fertilidad. Los antiguos griegos creían que Hera, diosa del matrimonio, bendecía especialmente a las parejas que se casaban bajo el cielo de su tierra.
Juliette sintió cómo su corazón se emocionaba ante la implicación. Quizás, solo quizás, esta noche mágica traería más que la unión oficial de sus vidas. Quizás la bendición de Hera, o de la luna, o simplemente del amor puro que compartían, les concedería ese milagro del 10% que tanto anhelaban.
Pero incluso si no era así, incluso si su camino hacia la maternidad seguía siendo complicado o tomaba rutas inesperadas, esta noche Juliette supo con absoluta certeza que tenía todo lo que necesitaba para ser completamente feliz: el amor del hombre extraordinario que ahora era su esposo.
Quisiera aprovechar el final de este hermoso libro para recomendar otro de mis libros que también les encantará. Tiene mucho romance y drama como sé les gusta. Se llama Te recordaré en mil vidas. La protagonista es una Venezolana que te va a fascinar y él, él es un canadiense que te hará suspirar. La encuentras aqui mismo en mi perfil de Booknet.