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Epílogo

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

Epílogo

Cuatro años habían pasado volando como hojas al viento. Juliette estaba en su oficina, revisando las notas del último paciente del día. Ella había seguido su sueño de ser psicóloga y ahora, recién recibida y con un título universitario colgado con orgullo en la pared, era una flamante profesional.

No solo tenía su propio consultorio médico en uno de los edificios más céntricos de la ciudad, sino que también dedicaba tres días a la semana a trabajar en un hospital nacional, atendiendo a pacientes de forma gratuita. Su sueño siempre había sido ayudar a las personas, tender puentes hacia la sanación mental, y por fin podía hacerlo.

—Doctora —la voz de Daysi, su secretaria, sonó por el intercomunicador—, ya no tiene pacientes por hoy y … su esposo está aquí.

El estómago de Juliette dio un vuelco, como siempre ocurría cuando él iba a buscarla o cuando se encontraban por la noche al llegar a casa. Cuatro años de matrimonio y aún sentían esos nervios, esa emoción que parecía crecer en lugar de apaciguarse con el tiempo. Y es que ellos siempre mantenían viva esa llama de la pasión.

Juliette se sonrojó involuntariamente y se miró en el pequeño espejo que guardaba en su cajón para comprobar su aspecto.

—Dile que salgo en un momento, por favor —respondió, mientras se aplicaba un toque de brillo labial.

Recogió sus cosas con prisa, guardó los expedientes en el archivador con llave, apagó la computadora y las luces, y salió cerrando la puerta de su consultorio. Al llegar a la recepción, vio a Danilo de pie, imponente como siempre con su traje gris oscuro hecho a medida. Hablaba por teléfono con el ceño fruncido y gestos tensos que denotaban su enfado.

Juliette se detuvo un momento para observarlo. Su cabello perfectamente peinado, su mandíbula cuadrada ahora tensa por la conversación, sus hombros anchos bajo el saco de diseñador. Seguía siendo tan atractivo como el primer día, quizás más. Esperó pacientemente que terminara la llamada, y cuando él giró para mirarla, sus ojos se iluminaron por un instante antes de volver a la conversación, decir algunas palabras cortantes y cortar.

—¿Por qué tan enojado, señor Brown? —dijo ella con una sonrisa divertida, arrugando el ceño en una imitación de su gesto.

—Hola, pequeña —la tomó de la cintura y luego se inclinó para besarla suavemente en los labios—. Problemas con un contrato —explicó.

—Muy pronto te van a salir arrugas si sigues así de gruñón, vas a ponerte viejo —bromeó Juliette, pasando un dedo por la frente de él para suavizar su entrecejo.

Danilo gruñó suavemente.

—Y a ti te excita este viejo —le susurró al oído, y ella sintió un escalofrío recorrer su espalda y humedecer sus labios al instante.

Juliette se aclaró la garganta, consciente de dónde estaban, y giró hacia su secretaria, quien miraba hipnotizada a su esposo sin disimulo alguno.

—Daysi, me retiro. Nos vemos mañana —dijo en tono amable.

La pobre muchacha pestañeó con prisa, totalmente sonrojada, para luego asentir.

—Hasta… hasta mañana, doctora —logró articular.

Juliette apretó los labios entre sí para no reírse mientras Danilo, a su lado, sonreía divertido ante la situación. La tomó por la cintura posesivamente y la condujo hacia el elevador.

En cuanto las puertas se cerraron, quedando solos en el pequeño espacio, Juliette se giró hacia él.

—¿Ves lo que causas? —dijo intentando sonar celosa, pero la situación en realidad le resultaba graciosa—. Pobre Daysi, creo que tendrá que tomarse un vaso de agua fría.

—No tengo la culpa de ser irresistible para las mujeres —respondió él en tono burlón mientras se arreglaba la corbata frente al espejo del elevador.

Juliette enarcó una ceja y cruzó los brazos.

—Vaya, qué modestia —dijo con sarcasmo—. Lástima para las mujeres, pero eres mío.

Danilo sonrió de medio lado, ese gesto que siempre la desarmaba, y se acercó acorralándola contra la pared del elevador. Sus hermosos ojos la miraron intensamente mientras acercaba su rostro al de ella.

—Y tú eres mía —murmuró contra sus labios.

Justo cuando iba a besarla, el elevador se detuvo y las puertas se abrieron en el pequeño lobby del edificio.

—Salvada por la campana —dijo Juliette sonriendo mientras salía del elevador, sintiendo el calor en sus mejillas.

Danilo se pasó la mano por el cabello, frustrado, pero divertido.

—No por mucho tiempo —le advirtió, siguiéndola hacia la salida.

El fresco aire de la tarde los recibió cuando atravesaron las puertas de cristal. London los esperaba junto al auto estacionado frente al edificio. Danilo le abrió la puerta trasera a Juliette, y cuando ella se deslizaba dentro, él se inclinó para susurrarle:

—Esta noche voy a mostrarte que tan viejo estoy.

Juliette tragó saliva y se relamió los labios. Ella sabía, claro que sabía lo que ese viejo le hacía de noche, de madrugada, de mañana, de siesta a cualquier hora en que estaban juntos.

—Tengo hambre —dijo Juliette mientras se acomodaba en el asiento trasero del auto—. Últimamente tengo mucha hambre.

Danilo la observó con curiosidad mientras abría la puerta y subía a su lado. En cuanto se acomodó, la atrajo hacia él, haciéndola sentar sobre sus piernas. London, arrancó discretamente el vehículo incorporándose al tráfico de la tarde noche.

—¿Dónde te apetece cenar? —preguntó Danilo mientras deslizaba una mano por el muslo desnudo de ella, justo donde terminaba su falda de tubo.

Juliette le acarició el pecho con ambas manos, sintiendo el firme latido de su corazón bajo la camisa de seda.

—Me apetece comer hamburguesas —declaró con una seguridad que sorprendió incluso a ella misma.

Danilo arrugó el ceño, deteniendo momentáneamente sus caricias.

—Tú detestas las hamburguesas, pequeña —declaró extrañado, buscando en sus ojos alguna señal de broma.

—No sé, pero quiero hamburguesa —insistió ella, mordiéndose el labio inferior—. ¿Me negarás unas hamburguesas?

Su voz sonó ligeramente quebrada, casi al borde de un puchero. Danilo la miró desconcertado. ¿Desde cuándo Juliette hacía berrinches? Su esposa, ahora parecía una niña caprichosa.

—¿Te sientes bien, nena? —preguntó con preocupación, acariciándole el labio inferior con el pulgar.

—Muy bien —respondió ella con una sonrisa radiante—. ¿Por qué preguntas eso?

—No sé. Es extraño —murmuró él, sin dejar de mirarla.

—¿Adónde, señor? —interrumpió London desde el asiento delantero.

—A un local de hamburguesas, London —se adelantó Juliette, inclinándose ligeramente hacia el conductor.

London miró por el retrovisor con evidente confusión. Sus ojos se encontraron brevemente con los de Danilo.

—¿A un local de...? —No terminó la pregunta, como si esperara haber oído mal.

—Sí, London —confirmó Danilo con resignación—, mi hermosa mujer quiere comer hamburguesa.

—Doble con queso cheddar y papas —agregó Juliette, su rostro iluminándose como el de una niña pequeña ante la promesa de un dulce.

London asintió, aún desconcertado, y cambió de dirección. Treinta minutos después, estaban sentados en una mesa de un establecimiento casual de hamburguesas.

Danilo observaba fascinado y algo perturbado cómo Juliette devoraba su hamburguesa triple con evidente placer, alternando bocados con puñados de papas fritas y sorbos de una Coca-Cola grande. Él apenas tocaba su agua con gas.

—¿Te comerás todo eso? —preguntó, incapaz de contener su asombro.

Juliette dejó de masticar y lo miró con ojos entrecerrados. Dejó la hamburguesa en el plato y se limpió la boca con una servilleta.

—¿Por qué? ¿Qué insinúas, que estoy gorda? ¿Es eso, Danilo? —su voz se elevó ligeramente, atrayendo algunas miradas.

Danilo abrió los ojos con sorpresa y negó rápidamente con la cabeza.

—No, nena, por Dios, jamás diría eso —se apresuró a aclarar—. Solo me extraña que tengas tanto apetito si lo único que comes normalmente es lechuga con filete de pescado.

Juliette lo consideró por un momento, luego su expresión se suavizó.

—Bueno, pues siempre hay una primera vez para todo, ¿no? —dijo, recuperando su sonrisa y volviendo a tomar la hamburguesa.

Danilo asintió, observándola con curiosidad. Luego alargó su cuerpo sobre la mesa para hablarle al oído.

—Siempre vas a gustarme gorda, flaca, no me importa —susurró con voz ronca—. De cualquier manera, gorda me la pones.

Las mejillas de Juliette se tiñeron de un intenso carmesí. Miró a su alrededor, comprobando que nadie los escuchaba.

—Danilo, por favor, estamos en un lugar público —le recriminó en voz baja, aunque sus ojos brillaban con deseo—. No me digas esas cosas que tengo ganas de llevarte al baño y chuparte la deliciosa polla que tienes.

Mientras hablaba, deslizó su mano por debajo de la mesa hasta encontrar el miembro de Danilo, que se endureció al instante bajo su toque.

—Pequeña —jadeó él, dando un pequeño salto en su asiento. Miró nerviosamente a los costados y se aclaró la garganta, intentando mantener la compostura.

Juliette sonrió divertida ante su reacción, complacida de tener ese efecto sobre él incluso después de cuatro años de matrimonio.

—No me provoques, Danilo, porque estoy con las hormonas alborotadas y solo pienso en sexo —confesó ella mientras volvía su atención a la hamburguesa, dándole otro mordisco con evidente placer.

Danilo la observaba fascinado, dividido entre la excitación que le provocaban sus palabras y la extrañeza ante su comportamiento.

—¿Quieres? —ofreció Juliette, acercando la hamburguesa a la boca de su esposo.

—No, no, aparta esa cosa de mí —rechazó él con un gesto de repulsión—. Me da náuseas, además tengo mucha acidez.

Bebió un largo trago de su agua con gas, intentando aliviar la sensación ardiente en su esófago.

Juliette se encogió de hombros y continuó comiendo con entusiasmo. Cuando terminó, se reclinó en su asiento con un suspiro de satisfacción y acarició su vientre.

—Estaba deliciosa —declaró, cerrando los ojos un momento—. Y ahora quiero helado de chocolate con fresas.

Danilo la miró incrédulo.

—¿Todavía tienes hambre?

—No es hambre exactamente —explicó ella, pensativa—. Es más como... un antojo. No sé por qué, pero siento que necesito ese helado.

—Como desees, pequeña —concedió él, haciendo una seña al camarero—. Lo que mi reina ordene.

Mientras esperaban el postre, Danilo la observaba con atención. Algo en su mente comenzaba a encajar, como piezas de un rompecabezas. Los cambios de humor, los antojos extraños, ese brillo especial en su piel...

Pero no quería decir nada, no quería darle falsas ilusiones. Llevaban cuatro años intentando concebir y nada lo lograba. Habían visitado especialistas, seguido tratamientos, programado relaciones íntimas según calendarios de fertilidad que habían convertido el acto de amor en algo casi mecánico. Cuatro años de esperanzas que se desvanecían mes tras mes.

Juliette los últimos meses estuvo tan enfocada en terminar su carrera, en su clínica, en la partida de Ellie a Suiza para comenzar la carrera de medicina, que había dejado de preocuparse por el deseo de ser madre. Habían acordado tácitamente darle un descanso al tema, vivir sin la presión constante de la maternidad esquiva.

Danilo la observó devorar el helado con el mismo entusiasmo que había mostrado con la hamburguesa. Su rostro resplandecía aun más. Danilo la veía mas hermosa, mas radiante, mas sensual.

—¿Podemos pedir otra hamburguesa para llevar? —preguntó ella de repente, limpiándose una mancha de chocolate de la comisura de los labios—. Es que por las madrugadas me dan un hambre últimamente, que comerme tu delicioso chorizo no me basta.

Juliette se mordió el labio inferior con picardía y Danilo sonrió negando con la cabeza, tratando de ignorar la punzada de acidez que subió por su garganta ante la mención de comida.

—Todos los que quieras —concedió él, haciendo una seña al camarero.

Pidieron un combo más para llevar y, después de pagar la cuenta, regresaron al auto donde London los esperaba pacientemente.

—London, antes de ir a casa, ¿podríamos pasar por una farmacia? —pidió Danilo mientras se acomodaba en el asiento trasero.

Juliette lo miró con preocupación.

—¿Te sientes mal?

—No, solo compraré pastillas para la acidez —explicó él, aflojándose la corbata—. No soporto esta acidez.

—Mi amor, ¿qué comiste? —preguntó ella, apoyando una mano en su frente para comprobar si tenía fiebre.

—Es justamente eso lo que me preocupa —confesó Danilo, reclinándose en el asiento con incomodidad—. No estoy pudiendo comer nada, absolutamente nada, y de igual manera tengo mucha acidez.

London se detuvo frente a una farmacia de guardia. Juliette decidida bajó a la farmacia y le compró las pastillas con un agua con gas. Mientras esperaba a que el farmacéutico le entregara el medicamento, su mirada se detuvo en la sección de pruebas de embarazo. Por un instante, consideró comprar una, pero sacudió la cabeza, desechando la idea. No quería volver a someterse a la decepción de ver un solo palito aparecer en la ventanilla del test.

Al día siguiente, después de una noche en la que Danilo apenas había dormido por las náuseas, juntos fueron al médico. El Dr. Suárez, su médico de cabecera desde hacía años, los recibió en su consultorio con una sonrisa afable.

—Danilo, Juliette, ¿qué los trae por aquí? —preguntó, invitándolos a sentarse.

—Doctor, he estado teniendo unos síntomas muy extraños —comenzó Danilo, describiendo detalladamente las náuseas matutinas, la acidez constante, los cambios de humor y la aversión a ciertos olores que antes le resultaban agradables.

El Dr. Suárez escuchó atentamente, tomando notas y asintiendo ocasionalmente.

—Vamos a hacerte unos estudios completos —decidió finalmente.

Danilo se realizó un montón de estudios para saber cuál era el problema: análisis de sangre completos, ecografía abdominal, endoscopía. Los resultados llegaron con sorprendente rapidez, gracias a la influencia de Danilo en el hospital.

Esa misma tarde, estaban nuevamente sentados frente al Dr. Suárez, quien revisaba los resultados con expresión intrigada.

—Bueno, Danilo, tu salud está impecablemente bien —anunció, pasando las páginas del informe—. No tienes nada en el estómago, en la sangre, en nada. Los parámetros están más que excelentes.

—Entonces, ¿por qué no dejo de tener acidez, náuseas y malestar? —preguntó Danilo, frustrado—. No es normal sentirse así cuando todos los exámenes dicen que estoy perfectamente.

El médico se quitó los lentes, apoyó ambas manos juntadas sobre su escritorio y miró a ambos con una expresión enigmática.

—Danilo, Juliette, ustedes están tratando de concebir, ¿no es así?

La pregunta cayó como una bomba en la habitación. Juliette y Danilo intercambiaron una mirada rápida.

—Bueno, lo intentamos durante mucho tiempo —respondió Juliette con cautela—. Pero últimamente nos hemos tomado un descanso de ese tema.

El Dr. Suárez asintió comprensivamente.

—Doctor, ¿está sugiriendo que...?

El médico sonrió.

Juliette abrió los ojos de par en par, incapaz de procesar la información.

—¿Mi esposo está embarazada? —preguntó sin pensar en nada, la confusión y la sorpresa nublando su razonamiento.

El médico, sin poder evitarlo, soltó una risa, mientras Danilo palideció aún más.

—No, Juliette, no él, es posible que usted está embarazada —aclaró el médico, conteniendo la risa—. Pero él siente todos los síntomas.

El silencio que siguió a esa declaración fue absoluto. Juliette y Danilo se miraron, estupefactos, tratando de asimilar la noticia.

—¿Yo? —logró articular finalmente Juliette—. ¿Embarazada?

—Sí —confirmó el Dr. Suárez—. Y lo que le ocurre a Danilo es algo que llamamos Síndrome de Couvade o embarazo psicológico masculino. Es más común de lo que se piensa, aunque raramente se manifiesta con tanta intensidad como en tu caso, Danilo. Básicamente, estás experimentando los síntomas del embarazo de Juliette.

Danilo se quedó boquiabierto.

—Pero... pero... yo soy el que tiene náuseas, el que no puede comer, el que tiene antojos de comida que detesto...

—Y yo estoy comiendo hamburguesas como si no hubiera un mañana —murmuró Juliette, llevándose las manos al vientre—. Ni siquiera me he sentido mal. Pensé que era el estrés del trabajo...

El médico asintió, comprensivo.

—Cada embarazo es diferente, y cada mujer lo vive de manera distinta. En tu caso, Juliette, parece que los síntomas típicos como las náuseas matutinas los está experimentando Danilo. Es fascinante desde un punto de vista médico.

Juliette miró a su esposo con una mezcla de ternura y diversión.

—Estás sufriendo mi embarazo por mí —susurró, tomando su mano—. Eso es... increíblemente dulce, de una manera muy retorcida.

Danilo seguía en shock, pero una sonrisa comenzaba a formarse en sus labios.

—Vamos a ser padres —dijo finalmente, como si acabara de entenderlo—. Después de tanto tiempo... vamos a ser padres.

—Bueno, bueno, antes de adelantarnos, vamos a hacerte la ecografía Juliette, saldremos de dudas inmediatamente —dijo el médico. Juliette miró a Danilo. Estaba demasiado nerviosa. No podía creer, después de mas de cuatro años, seria madre.

El médico comenzó a pasar el ultrasonido por el vientre de Juliette y sonrió. Danilo sujetaba la mano de Juliette.

—¿Quieren oírlo? —preguntó el médico.

—¿Oír que? —preguntó Juliette. Ella no tenía experiencia en esas cosas.

—El corazón de tu bebé Juliette. Estas embarazada y según la ecografía estas embarazada de doce semanas.

Juliette había quedado paralizada. Danilo apretó las manos de Juliette con mas fuerza. El médico hizo escuchar el sonido de los latidos del corazón de su bebé y ella rompió en llanto.

—Dios mío, gracias, gracias por esta bendición —dijo mientras lloraba. Danilo totalmente emocionado se inclinó a besar su frente quedándose así por largos rato.

—Voy a ser papá, voy a ser papa, amor —susurró él sin poder contener las lágrimas. Juliette movió la cabeza varias veces. —Y yo seré mamá, al fin Danilo, seré madre.

Antojos y deseos

Los antojos de Juliette aumentaban cada día. Lo que comenzó con hamburguesas a medianoche se transformó en una búsqueda constante de nuevas combinaciones culinarias que desafiaban toda lógica. Helado de vainilla con pepinillos a las tres de la madrugada. Pizza con mermelada de fresa al mediodía. Sushi con chocolate caliente como merienda. No importaba la hora ni el lugar, cuando el antojo golpeaba, era implacable.

Y Danilo, fiel a su palabra, salía a comprarlos sin cuestionar. Aunque la mera visión de aquellas extrañas combinaciones intensificaba sus propias náuseas, ver la cara de satisfacción de Juliette al devorarlas compensaba cualquier incomodidad.

Pero no solo el apetito por la comida había aumentado en ella. Sus ganas sexuales estaban disparadas, quería sexo a cualquier hora y momento. En la ducha antes de ir al trabajo. En el auto camino a sus respectivas oficinas, con London fingiendo no escuchar los gemidos ahogados desde el asiento trasero. En el baño de invitados durante una cena con socios comerciales. La discreción había pasado a segundo plano ante la urgencia de sus deseos.

Mientras tanto, el humor de Danilo empeoraba con cada día que pasaba. Odiaba sentirse mal, sentir acidez, no poder comer nada mientras veía a Juliette devorar lo que quería. Las náuseas matutinas se habían convertido en una rutina tan precisa como el amanecer. Las duchas frías para bajar el calor de su cuerpo, que parecía estar permanentemente a punto de ebullición. Los cambios de humor que lo hacían pasar de la euforia a la irritabilidad en cuestión de segundos.

Pero, ¿cómo negarle algo a su pequeña que estaba tan feliz de ser madre? Nunca podría, y él estaba inmensamente feliz porque de nuevo sería padre y con la mujer que amaba más que a nada. Ese pensamiento lo mantenía cuerdo en los momentos más difíciles, cuando su cuerpo parecía rebelarse contra él mismo.

Ese día en particular, Danilo estaba intratable. Había llegado a la oficina después de una noche en vela, con acidez que ni siquiera las pastillas más fuertes lograban calmar. El café, su elixir vital durante años, ahora le provocaba arcadas con solo olerlo. Y para colmo, una negociación importante estaba estancada por culpa de unos inversionistas indecisos.

Estaba gritando a todo el mundo en su oficina. Nadie se salvaba de su humor de perros. Su asistente había huido prácticamente en lágrimas después de entregarle unos documentos. Los ejecutivos salían de su despacho con expresiones de alivio al sobrevivir a la tormenta Brown. Incluso London, el imperturbable London, mantenía una distancia prudente.

—¡Y dile a Thompson que si no tiene esos números para las tres, puede ir buscando otro trabajo! —vociferó a través del intercomunicador.

Justo cuando estaba a punto de lanzar otra orden imposible, vio una mano delicada empujar suavemente la puerta. Juliette asomó su cabeza con una sonrisa en su rostro, sus ojos brillando con ese destello travieso que conocía tan bien.

—¿Puedo pasar a la cueva de mi lobo gruñón? —preguntó con voz melosa.

Danilo levantó la mirada y automáticamente su rostro se relajó. Era como si alguien hubiera apagado un interruptor. Toda la tensión acumulada en sus hombros pareció evaporarse al verla.

Empujó más su silla hacia atrás y le palmeó la pierna en una invitación silenciosa.

Ella rápidamente entendió y cerró la puerta con llave. El suave clic del seguro fue como una promesa. Caminó a prisa para sentarse en el regazo de su hombre.

Danilo la observó con curiosidad. Juliette tenía una tipo camisa larga hasta las rodillas, la misma solo estaba sujetada con un cinto de tela. A Danilo le extrañó su atuendo. No era la que ella acostumbraba a usar. Faldas tubo, vestidos ajustados, pantalones que realzaban sus nalgas, Juliette siempre había vestido sensual sin llegar a ser vulgar.

—Te extrañé —susurró ella, acomodándose sobre él, presionando suavemente su vientre ligeramente abultado contra el torso de Danilo.

—Nos vimos esta mañana, pequeña —respondió él con una sonrisa, deslizando sus manos por los muslos de ella, notando la suavidad de su piel bajo la tela.

—Demasiado tiempo —declaró Juliette, mordiéndose el labio inferior—. Te tengo una sorpresa.

Se levantó con un movimiento lento, quedando de pie frente a él entre sus largas piernas. Con deliberada lentitud, sus dedos desataron el cinto de la camisa. La tela se separó como cortinas revelando un escenario, y dejó ver su cuerpo desnudo, solo cubierto por un enterizo de encaje negro, con una abertura estratégica en su intimidad que facilitaba todo. Sus senos se veían tentadores bajo el delicado encaje, más voluptuosos ahora por el embarazo. Demasiado voluptuoso y delicioso para la boca de Danilo.

El se frotó la barbilla y se relamió los labios, su mirada recorrió cada centímetro de su cuerpo con hambre. Sus ojos se detuvieron en el pequeño bultito en su vientre que evidenciaba ya su cuarto mes de embarazo. Un calor diferente, uno que nada tenía que ver con sus síntomas, se extendió por su pecho.

—Vas a matarme, pequeña —le dijo con voz ronca, extendiendo una mano hacia ella.

Juliette sonrió victoriosa, sabiendo el efecto que causaba en él. Se acercó lentamente, dejando que la camisa se deslizara por sus hombros hasta caer al suelo.

—Dicen que las embarazadas tenemos un brillo especial —murmuró, inclinándose para besarlo—. ¿Tú qué opinas, señor Brown?

Danilo la atrajo hacia sí, haciéndola sentarse a horcajadas sobre él.

—Opino que nunca has estado más hermosa —respondió con sinceridad, sus manos recorriendo la curva de su espalda—. Y que me estás torturando deliberadamente.

Juliette soltó una risita traviesa mientras sus dedos trabajaban en la corbata de Danilo, deshaciéndola con habilidad.

—He tenido una reunión de lo más aburrida en el hospital —comentó casualmente mientras desabrochaba los botones de su camisa—. Y no he podido dejar de pensar en ti, en tus manos, en tu boca…

Sus palabras fueron interrumpidas por un beso hambriento de Danilo. Por un momento, todas sus molestias físicas pasaron a un segundo plano, reemplazadas por el deseo ardiente que solo ella podía despertar en él.

—Me vuelves loco —gruñó contra sus labios—. Incluso cuando quiero darte muchas nalgadas por comer esas abominaciones que llamas antojos mientras yo no puedo retener ni un vaso de agua.

Juliette rió, meciéndose suavemente sobre él, sintiendo su excitación crecer bajo ella.

—Es curioso —murmuró, besando su cuello—. Tú tienes las náuseas y yo tengo los antojos. Tú tienes la acidez y yo tengo las ganas. Es como si nos complementáramos.

Danilo deslizó una mano entre sus cuerpos, encontrando la abertura estratégica del enterizo. Juliette contuvo el aliento cuando sus dedos la exploraron, descubriendo la humedad que evidenciaba su deseo.

—Veo que alguien vino preparada —susurró él con una sonrisa pícara.

—Siempre —respondió ella, sus caderas se movieron instintivamente contra su mano—. Las hormonas me tienen en un estado constante de… disposición.

Danilo capturó sus labios nuevamente mientras sus dedos continuaban su deliciosa tortura. Con su mano libre, liberó uno de sus senos del encaje para acariciarlo, notando su mayor sensibilidad.

—Danilo… —gimió ella contra sus labios—. Te necesito… ahora.

No necesitó más invitación. Con movimientos rápidos y precisos, Danilo desabrochó su cinturón y bajó su cremallera lo suficiente para liberar su erección. Juliette se elevó ligeramente, y con un suspiro de placer, descendió sobre él, tomándolo por completo.

Por un momento, ambos permanecieron inmóviles, saboreando la conexión. Luego, como si respondieran a una señal invisible, comenzaron a moverse en perfecta sincronía.

—Te amo, pequeña —susurró Danilo contra su cuello, mientras sus manos guiaban el ritmo de sus caderas—. A ti y a nuestro bebé.

Juliette envolvió sus brazos alrededor de su cuello, acelerando el ritmo, sintiendo que cada terminación nerviosa de su cuerpo estaba más alerta, más receptiva que nunca.

—Y nosotros te amamos a ti —respondió entre gemidos ahogados—. Incluso cuando estás gruñón amamos a nuestro sexy papi.

Danilo sonrió contra su piel, sintiendo cómo ella comenzaba a tensarse alrededor de él, señal inequívoca de que estaba cerca del clímax. Sus propias sensaciones estaban intensificadas, como si su cuerpo hipersensible por los síntomas del embarazo también amplificara el placer.

Cuando Juliette finalmente se dejó ir, apretando los labios para no gritar en medio de la oficina, Danilo la siguió casi inmediatamente, sofocando su propio gemido en el hueco de su hombro.

Permanecieron así, entrelazados y jadeantes, durante lo que pareció una eternidad. Juliette apoyó su frente contra la de Danilo, sus respiraciones mezclándose mientras recuperaban el aliento.

—¿Mejor humor? —preguntó ella con una sonrisa satisfecha.

Danilo rió suavemente, acariciando su mejilla.

—Mucho mejor —admitió—. Aunque creo que he traumatizado a medio departamento financiero hoy.

—Deberías disculparte —sugirió ella, besando la punta de su nariz—. Y luego llevarme a comer, porque muero de hambre.

Danilo gimió, pero esta vez no de placer.

—¿Qué antojo tienes ahora? —preguntó con resignación.

—Helado de pistache con tocino —declaró ella con absoluta seriedad—. Y tal vez un poco de salsa de soya por encima.

Danilo sintió que su estómago se revolvía solo de imaginarlo, pero la sonrisa radiante de Juliette disipó cualquier queja.

—Lo que mi reina ordene —concedió, besándola nuevamente—. Después de todo, están comiendo por dos.

Juliette se apartó ligeramente para mirarlo a los ojos.

—Y tú estás sufriendo por dos —añadió con ternura—. Te prometo que te compensaré cuando todo esto termine.

Danilo posó una mano sobre el pequeño bulto en su vientre, maravillado por el milagro que crecía dentro de ella.

—Ya lo estás haciendo, pequeña —murmuró—. Ya lo estás haciendo.

El pequeño milagro

Danilo y Juliette estaban en la sala de ecografías con la doctora Hentz, quien había llevado todo el tratamiento para el embarazo de Juliette desde el principio. La doctora, había sido testigo de cada intento fallido, cada lágrima y, finalmente, de la alegría que trajo la noticia del embarazo.

Ese día era especial. Juliette ya estaba en su quinto mes y sabrían con certeza el sexo del bebé. La emoción era en los rostros de ambos se sentía en la pequeña habitación. Danilo, a pesar de las náuseas que aún lo acompañaban casi a diario, se mantenía firme junto a la camilla donde Juliette descansaba con su vientre expuesto, cubierto por el gel frío para la ecografía.

—¿Quieren saber el sexo del bebé o habrá revelación de sexo? —preguntó la doctora mientras ajustaba el monitor y preparaba el transductor.

Juliette no dudó ni un segundo.

—Llevo queriendo saber el sexo de mi bebé desde que supe de mi embarazo —respondió con impaciencia y emoción—. ¿Cree usted, doctora, que podré soportarlo un día más? Además, eso es algo que queremos disfrutarlo yo y mi esposo antes que nadie.

Danilo le apretó la mano y sonrió, admirando la determinación en su voz. Después de tantos años de espera, cada detalle del embarazo era un tesoro que querían atesorar juntos, en la intimidad de su amor. Solo ellos antes que nadie.

—Sabias palabras, Juliette —dijo la doctora Hentz con una sonrisa cómplice—. Bueno, aquí vamos.

La doctora deslizó el transductor por el vientre abultado de Juliette, presionando ligeramente mientras observaba la pantalla con atención profesional. Danilo y Juliette tenían los ojos fijos en el monitor, donde las formas en blanco y negro mostraban a su pequeño milagro moviéndose suavemente.

—Veamos… —murmuró la doctora, concentrada—. Aquí está la cabeza, pueden ver el perfil… esta es la columna vertebral…

Danilo apretó la mano de Juliette con más fuerza. Verlo allí, tan real, tan vivo, seguía pareciéndole un sueño. Después de tantos intentos, tantas decepciones…

—Y aquí —continuó la doctora, deteniendo el transductor en un punto específico— podemos ver claramente que es… una niña. 100% niña.

—¿Una niña? —susurró Juliette, mientras lágrimas de felicidad brotaban de sus ojos—. ¿Estás segura?

—Completamente —confirmó la doctora con una sonrisa—. Miren aquí, no hay lugar a dudas. Felicidades, van a tener una hermosa niña.

Juliette se giró hacia Danilo, esperando compartir su alegría, pero notó que su esposo se había quedado momentáneamente paralizado, con la mirada fija en la pantalla.

—¿Danilo? —preguntó con suavidad y con un toque de preocupación en su voz.

—Niña —dijo finalmente, como si estuviera procesando la información—. Una niña más en mi vida.

Su voz sonaba distante, casi reflexiva. La doctora Hentz, percibiendo el momento delicado, decidió darles espacio.

—Les daré un minuto a solas —dijo, levantándose—. Voy a preparar las impresiones de la ecografía. Volveré en unos momentos.

Una vez que la doctora salió, Juliette se incorporó ligeramente, limpiándose parte del gel con una toalla que tenía al lado.

—¿Estás bien? —preguntó, buscando la mirada de su esposo.

Danilo parpadeó, como saliendo de un trance, y finalmente sus ojos se encontraron con los de ella. Una sonrisa lenta comenzó a formarse en sus labios.

—Estoy más que bien —respondió, inclinándose para besar su frente—. Solo estaba pensando en lo afortunado que soy. Otra princesa en mi vida.

Juliette sonrió, aliviada, pero algo en su expresión le dijo a Danilo que no estaba completamente convencida.

El resto de la consulta transcurrió con normalidad. La doctora Hentz les entregó las imágenes impresas de la ecografía, les dio las recomendaciones habituales y programaron la siguiente cita. Danilo se mantuvo atento, haciendo preguntas y tomando notas, pero Juliette notaba que algo rondaba por su mente.

Durante el trayecto a casa, en el asiento trasero del auto mientras London conducía, Danilo contemplaba las imágenes de la ecografía con expresión absorta. Juliette lo observaba en silencio, debatiéndose entre respetar su espacio o confrontar sus temores.

Al llegar a casa, la tensión seguía. Danilo se dirigió a su despacho, murmurando algo sobre unos correos que debía revisar, mientras Juliette se quedaba en la sala, acariciando suavemente su vientre.

Después de casi una hora, decidió que no podía esperar más. Con pasos decididos, se dirigió al despacho de Danilo y entró sin llamar. Él estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia el jardín con las manos en los bolsillos.

—Danilo —llamó suavemente.

Él se giró, sorprendido por su presencia.

—Pequeña, no te oí entrar.

Juliette respiró hondo, reuniendo valor para expresar lo que la inquietaba.

—Necesito que hablemos sobre lo que pasó hoy en la consulta —dijo directamente—. Sobre tu reacción cuando supimos que tendríamos una niña.

Danilo frunció el ceño, confundido.

—¿Mi reacción? ¿Qué quieres decir?

Juliette se acercó a él, con las manos protectoramente sobre su vientre.

—Te quedaste paralizado cuando la doctora dijo que era niña. Y luego dijiste “otra niña más en mi vida” como si… —su voz se quebró ligeramente—. Como si no fuera lo que esperabas.

Juliette bajó la mirada, reuniendo fuerzas para continuar.

—Quiero que sepas que si no estás feliz porque querías un niño, lo entenderé. Sé que los hombres a veces desean tener un heredero varón, continuar el apellido y todo eso… —levantó los ojos, húmedos por las lágrimas —. Pero si no la vas a amar tanto como yo ya la amo, necesito saberlo.

Danilo la miró con incredulidad por un momento, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. Luego, en dos zancadas, estuvo frente a ella. Con infinita ternura, sujetó su rostro entre sus manos, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.

—Escúchame bien, nena —dijo con voz firme pero dulce—. Jamás, jamás vuelvas a decir que no voy a amar a mi hija. No me importa que sea niña o niño, lo único que me importa es que es tuyo y mío. Nuestro, nuestro pequeño milagro.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de Juliette, pero Danilo las secó con sus pulgares.

—La voy a amar más que a nada en el mundo, nena —continuó, su voz vibrara con emoción—. Tú y ella serán mis mayores tesoros.

—Y Alice —añadió Juliette en un susurro.

—Y Alice —confirmó él con una sonrisa—. Y el pequeño Adrien.

—Ustedes son mi vida —respondió Danilo, apoyando su frente contra la de ella—. Mi vida entera.

Juliette se dejó envolver por sus brazos, sintiendo cómo la tensión abandonaba su cuerpo.

—¿Entonces por qué reaccionaste así? —preguntó contra su pecho, necesitando entender.

Danilo suspiró, besando su cabello antes de responder.

—Por un momento, me abrumó la idea de tener otra hija. No de forma negativa, sino… —hizo una pausa, buscando las palabras correctas—. Pensé en Alice, en lo mucho que la amo, en cómo cambió mi vida. Y luego pensé en ti, y en cómo me salvaste de mí mismo. Y de repente, la doctora dice que tendré otra niña, otra mujer que me tendrá comiendo de su mano desde el primer día.

Una risa suave escapó de sus labios antes de continuar.

—Me di cuenta de que estoy rodeado de mujeres extraordinarias. Y ahora viene una más, parte de ti y de mí. Me quedé paralizado porque me golpeó lo afortunado que soy, lo bendecido que estoy. Y el pavor que me provoca eso. No quiero que mi niña sufra por culpa de ningún bastardo. Ya vi sufrir a Alice. Y no quiero volver a pasar por lo mismo.

Juliette levantó el rostro, sus ojos brillantes por las lágrimas pero ahora también por la felicidad.

—¿De verdad?

—De verdad —afirmó él, besando suavemente sus labios—. Además, cualquier hombre que dice preferir un hijo varón es porque nunca ha tenido una hija. No hay nada, absolutamente nada, como el amor entre un padre y su hija.

Juliette sonrió, sintiendo cómo su corazón se expandía de amor por este hombre.

—Te amo tanto, Danilo Brown —susurró.

—Y yo a ti, mi pequeña —respondió él, acariciando su vientre con reverencia—. A las dos.

Permanecieron así, abrazados en medio del despacho, unidos por el amor y la promesa de la nueva vida que crecía entre ellos. Después de un momento, Danilo se apartó ligeramente, con una chispa traviesa en su mirada.

—Ahora que hemos aclarado esto —dijo con una sonrisa—, creo que deberíamos empezar a pensar en nombres. Y en cómo decorar la habitación. Y en qué clase de ropa le compraremos. Y en…

Juliette lo silenció con un beso, riendo contra sus labios.

—Una cosa a la vez, señor Brown —dijo cuando se separaron—. Pero sí, necesitamos un nombre perfecto para nuestra pequeña.

—Tengo algunas ideas —confesó Danilo, guiándola hacia el sofá del despacho para sentarse juntos—. He estado pensando en ello desde que supimos del embarazo.

—¿En serio? —preguntó Juliette, sorprendida y conmovida—. ¿Qué nombres te gustan?

Mientras comenzaban a discutir posibilidades, compartiendo ideas y sueños para su hija, la última sombra de duda se disipó del corazón de Juliette. Esta niña sería amada, profundamente amada, por ambos. Y eso era todo lo que importaba.

Y Danilo estaba seguro de una sola cosa: encerraría bajo llave a su hija, ningún bastardo va a hacerla llorar. Y de eso él iba a encargarse personalmente.

Vida mia, Danilo, eres todo lo que esta bien en la vida.

Por favor lean la nota que les dejo a continuación.