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Extra. Zoe

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

Extra. Zoe

El tiempo se detuvo en aquel pasillo del hospital. Danilo caminaba de un lado a otro, su figura imponente ahora reducida a la de un hombre consumido por la preocupación. Su camisa, impecable esa mañana, estaba ahora arrugada y parcialmente desabrochada. La corbata hacía mucho que había desaparecido en el bolsillo de su chaqueta.

—Si sigues así, vas a abrir un surco en el suelo —comentó Alice, quien había llegado hacía una hora con el pequeño Adrien, apenas se enteró que Juliette daría a luz.

—No puedo evitarlo —respondió Danilo, pasándose la mano por el cabello por enésima vez—. Lleva cuatro horas ahí dentro.

—Es su primer parto, es normal que tome tiempo —intentó tranquilizarlo Ellie, quien había volado desde Suiza en cuanto recibió también la noticia de que Juliette había entrado en trabajo de parto.

Danilo se detuvo frente a la puerta cerrada de la sala de partos, apoyando su frente contra ella, como si pudiera atravesarla con la fuerza de su voluntad.

—Debería estar ahí dentro con ella —murmuró—. Pero me sacaron cuando empecé a sentir que me iba a desmayar.

Alice no pudo evitar soltar una carcajada, ganándose una mirada asesina de su padre.

—Lo siento, papá, pero tienes que admitir que es bastante cómico. Tu esposa está dando a luz y tú eres quien siente todo.

—El Síndrome de Couvade no es gracioso, Alice —respondió Danilo con el ceño fruncido, aunque una sonrisa traicionera se asomaba en las comisuras de sus labios—. Estaba sudando tanto que la doctora Hentz pensó que me iba a desmayar sobre Juliette.

—Y teniendo en cuenta tu tamaño, eso habría sido un problema —completó Ellie, uniéndose a la broma.

Danilo estaba a punto de responder cuando la puerta se abrió de golpe. Una enfermera salió apresuradamente.

—¡Señor Brown! Su esposa lo está pidiendo. Ya estamos en la fase final.

No necesitó más. Danilo entró como un huracán, olvidando momentáneamente su propio malestar. La imagen que lo recibió quedaría grabada a fuego en su memoria: Juliette, con el cabello pegado a las sienes por el sudor, las mejillas encendidas y los ojos brillantes probablemente de dolor, al menos Danilo agradeció no sentir también los dolores, eso seria demasiado.

—Danilo —susurró ella al verlo, extendiendo su mano hacia él.

Él acortó la distancia en dos zancadas, tomando su mano y besándola con devoción.

—Aquí estoy, pequeña. No me iré, ya no me iré a ningún lado.

—Señor Brown —intervino la doctora Hentz—, si va a quedarse, necesito que se mantenga calmado. Su esposa necesita concentrarse.

Danilo asintió, consciente de que su propia ansiedad solo complicaría las cosas. Se posicionó junto a la cabecera de la cama, sosteniendo la mano de Juliette y secando su frente empapada.

—Vas a hacer algo increíble, nena —le susurró al oído—. Algo que yo jamás podría hacer.

Juliette le dirigió una sonrisa exhausta.

—No es del todo cierto —jadeó entre contracciones—. Has estado sintiendo cada minuto de este embarazo conmigo. Creo que es lo más cercano que un hombre puede estar a dar a luz.

Danilo sonrió, sintiendo un amor tan intenso que casi lo derribó.

—Bien, Juliette —anunció la doctora Hentz—, en la próxima contracción, necesito que pujes con todas tus fuerzas.

Lo que siguió fue una serie de instrucciones médicas, respiraciones entrecortadas y el agarre fuerte de Juliette en la mano de Danilo. Cada vez que ella pujaba, él sentía una contracción fantasma en su propio abdomen.

—¡Veo la cabeza! —exclamó la doctora Hentz con entusiasmo—. Una puja más, Juliette. Una más.

Juliette reunió las pocas fuerzas que le quedaban, apretando la mano de Danilo como si fuera su ancla en medio de una tormenta.

—No puedo —sollozó—. No tengo más energía.

Danilo se inclinó hasta que sus frentes se tocaron, sus ojos fijos en los de ella.

—Sí puedes, mi amor —susurró con fervor—. Has superado cosas mucho peores. Has reconstruido mi corazón roto, has salvado mi alma oscura. Dar vida es lo que mejor sabes hacer. Y ahora, nuestra pequeña Zoe está esperando para conocerte.

Algo en sus palabras encendió algo en los ojos de Juliette. Con un grito que resonó en toda la sala, dio una última puja.

Y entonces, el milagro ocurrió.

Un llanto agudo y con muchas ganas llenó la habitación. Danilo levantó la vista justo a tiempo para ver a la doctora Hentz alzar un pequeño cuerpo cubierto de fluidos, con la piel rosada y arrugada, y las piernas y brazos moviéndose frenéticamente en protesta por haber sido arrancada de su cómodo hogar.

—Es una niña preciosa y muy enfadada —anunció la doctora con una amplia sonrisa—. ¿Papá, quiere cortar el cordón?

Danilo se encontró asintiendo en automático, aunque sus piernas se sentían como gelatina. Con manos temblorosas, cortó el cordón umbilical bajo la guía de la doctora, sintiendo tanto terror de hacerlo mal como una profunda satisfacción .

—Hola, Zoe —susurró, mientras las enfermeras limpiaban rápidamente a la recién nacida—. Te estábamos esperando.

Cuando colocaron a la bebé sobre el pecho de Juliette, el tiempo pareció detenerse para ella. El pequeño rostro arrugado se relajó al contacto con la piel cálida de su madre, calmó su llanto de forma automática y sus puñitos, que antes golpeaban el aire con indignación, se abrieron como pequeñas estrellas de mar.

—Es perfecta —murmuró Juliette, las lágrimas de felicidad rodaban sin parar por sus mejillas—. Mírala, Danilo. Es perfecta.

Danilo no podía hablar. Un nudo del tamaño de un planeta obstruía su garganta. Todo lo que pudo hacer fue asentir, mientras trazaba con un dedo tembloroso el contorno de la diminuta espaldita de su hija.

—Zoe —logró decir apenas—. Vida. Nunca un nombre fue tan apropiado. Habian elegido ese nombre que significaba “vida” en griego.

Juliette lo miró con una sonrisa cansada pero radiante.

—Porque ella nos ha devuelto la vida, ¿no es así? —susurró—. Nos ha completado.

Danilo asintió, incapaz aún de expresar con palabras la avalancha de emociones que amenazaba con ahogarlo. Se inclinó para besar la frente de Juliette, luego la de Zoe, maravillándose ante la suavidad de su piel.

—Te amo —dijo, porque a veces las palabras más sencillas son las que contienen verdades más profundas.

—Y nosotras a ti —respondió Juliette, mientras acariciaba a la pequeña Zoe.

Zoe hizo un pequeño gruñidito.

—Creo que acaba de reconocerte —comentó Juliette con asombro—. Reconoce tu voz.

Danilo sonrió, dejando que su dedo fuera capturado por la diminuta mano de Zoe. Su agarre, sorprendentemente fuerte para un ser tan pequeño, era demasiado abrumador para alguien como Danilo.

—Por supuesto que me reconoce —respondió con voz entrecortada—. Ha estado escuchando mis discursos sobre finanzas durante nueve meses. Probablemente sea la única recién nacida que podría gestionar una cartera de inversiones.

Juliette rió.

—O quizás recuerda tus náuseas matutinas —bromeó—. Nunca olvidaré la imagen del gran Danilo Brown corriendo al baño cada mañana mientras yo desayunaba tranquilamente.

—Ríete todo lo que quieras —respondió él, fingiendo indignación—. Pero ahora tengo una nueva aliada. ¿No es así, princesa? —añadió, dirigiéndose a Zoe—. Tú estarás de parte de papá, ¿verdad?

Como si entendiera, Zoe emitió un pequeño sonido, algo entre un bostezo y un gorjeo.

—Creo que eso es un sí —declaró Danilo con orgullo.

La doctora Hentz, quien había estado dando instrucciones al personal médico en un discreto segundo plano, se acercó con una sonrisa.

—Todo ha ido perfectamente —anunció—. Tanto madre como hija están en excelentes condiciones, pero deben limpiar y vestir a la niña, solo será un momento y luego ya se la devolveremos.

Juliette no queria despegarse de su bebé, pero era necesario. Tanto Danilo como Juliette sintieron un vacío cuando llevaron a Zoe. Pero mientras terminaban de atender a Juliette Danilo esperaba a un lado de la habitación hasta que volvieron con Zoe, ya limpia y vestida.

—Señor Brown, ¿quiere sostener a su hija? —preguntó una enfermera.

Danilo sintió que el pánico subía por su garganta.

—Yo... no sé si... es tan pequeña...

Juliette le dio una sonrisa desde donde estaba.

—No tengas miedo, amor. Solo no la eches.

Danilo sonrió y con infinito cuidado, como si estuviera manejando el más delicado cristal, Danilo tomó a Zoe en sus brazos. La sensación de su peso ligero, su calor, el aroma indescriptible de su piel nueva, lo llenaron de amor y ternura.

—Hola, pequeña Zoe —murmuró, meciéndola suavemente—. Soy tu papá. Y voy a amarte y protegerte cada minuto de cada día por el resto de mi vida.

La bebé que ya abría poquito los ojitos parecía mirar a Danilo. Luego, para asombro de Danilo sus labios se curvaron en lo que parecía ser una diminuta sonrisa.

—¡Está sonriendo! —exclamó Danilo, mirando a Juliette con ojos desorbitados.

—Probablemente es gas —respondió la doctora Hentz con amabilidad—. Los recién nacidos no suelen sonreír conscientemente hasta varias semanas después.

Pero Danilo sabía lo que había visto. Su hija le había sonreído, y nadie podría convencerlo de lo contrario.

—Lo sé, parece imposible —le susurró a Zoe, como compartiendo un secreto—. Que pueda amarte tanto cuando apenas te conozco. Pero la verdad, pequeña, es que te he amado desde el momento en que supimos de tu existencia. Y cada día, te amaré más.

Mientras hablaba, recordó algo que había leído hacía mucho tiempo.

—Sabes, Zoe —continuó, su voz apenas audible—, hay un dicho que dice que cuando nace un bebé, también nace un padre. Creí entenderlo cuando tuve a Alice. Pero ahora comprendo que cada hijo nos hace nacer de nuevo, nos transforma en una versión diferente de nosotros mismos.

Juliette, quien había estado observando el intercambio con ojos húmedos, extendió su mano hacia ellos.

—Ven aquí, ustedes dos.

Danilo se acercó a Juliette quien ya seria trasladada a una sala de maternidad.

—No sabía —murmuró Juliette, acariciando la mejilla de Zoe— que era posible sentir tanto amor. Es como si mi corazón hubiera crecido para hacer espacio para ella.

Danilo asintió, entendiendo exactamente lo que quería decir.

—El amor no se divide, se multiplica —respondió—. Cada persona que amamos no disminuye nuestra capacidad de amar, sino que la expande.

Fueron llevados a la sala de maternidad donde Juliette ya estaba alimentando a la pequeña Zoe con tanto amor. Danilo solo las miraba enamorado, sentado en el sofá al lado de la cama.

Permanecieron así, en su burbuja de felicidad, hasta que unos suaves golpes en la puerta anunciaron la llegada de Alice, Ellie y el pequeño Adrien.

—¿Podemos conocer a la nueva integrante de la familia? —preguntó Alice, asomando la cabeza.

Danilo miró a Juliette, quien asintió con una sonrisa.

—Por supuesto —respondió—. Vengan a conocer a Zoe Brown.

Alice se acercó con Adrien, mientras Ellie los seguía con los ojos brillantes de emoción.

—Es tan pequeña —susurró Alice, inclinándose para ver mejor a su hermana—. Hola, Zoe. Soy tu hermana mayor, Alice. Y este —añadió, señalando a Adrien— es tu sobrino. Nuestra familia es un poco complicada.

Todos rieron ante el comentario, y el sonido pareció agradar a Zoe, quien movió sus piernecitas en respuesta.

—Le gusta la risa —observó Ellie, extendiendo un dedo que Zoe atrapó inmediatamente—. Y tiene fuerza. Será toda una luchadora, como su madre.

—Y testaruda como su padre —añadió Juliette con una sonrisa cómplice.

—Determinada, por favor —corrigió Danilo, fingiendo ofensa—. Suena mejor.

Adrien, quien había estado observando todo con los ojos muy abiertos, estiró sus bracitos hacia la bebé.

—¿Bebé? —preguntó con su voz infantil.

—Sí, cariño —respondió Alice—. Es tu tía bebé. ¿No es gracioso?

El niño asintió solemnemente, como si entendiera perfectamente la complejidad de su árbol familiar.

—Bebé bonita —declaró con convicción, ganándose sonrisas de todos los presentes.

—Muy bonita —confirmó Danilo, sintiendo cómo su corazón se hinchaba de orgullo—. La bebé más hermosa del mundo.

Juliette lo miró con una sonrisa que contenía todo el amor del universo.

—Gracias —susurró, solo para sus oídos.

—¿Por qué? —preguntó él, confundido.

—Por esto —respondió ella—. Por darme la vida que siempre soñé.

Danilo tomó su mano y la besó con reverencia.

—Somos nosotros quienes debemos agradecerte, pequeña —respondió con voz ronca de emoción—. Por enseñarnos que el amor puede sanar cualquier herida, que la esperanza nunca debe perderse, y que los milagros ocurren cuando menos los esperamos.

Miró a Zoe, quien se había quedado dormida en brazos de su madre, su pequeño pecho subiendo y bajando con respiraciones tranquilas.

—Zoe —murmuró, saboreando el nombre—. Vida. Porque eso es lo que nos has dado, mi amor. Una nueva vida.

Tres meses después

Tres meses habían pasado desde la llegada de Zoe, tres meses de noches interrumpidas, canciones de cuna improvisadas y cambios de pañales a las horas más insospechadas. Tres meses de una felicidad tan abrumadora que hacía que todo lo demás pareciera insignificante.

Esa noche, como tantas otras, Juliette acababa de amamantar a Zoe. La pequeña, con su boquita de cereza y sus mejillas sonrosadas, había succionado con fuerza hasta quedar satisfecha, para luego sumirse en ese estado de felicidad soñolienta que solo los bebés recién alimentados conocen. Juliette la acomodó contra su hombro y le dio suaves palmaditas hasta que un diminuto eructo le indicó que podía acostarla.

La habitación estaba casi en penumbra, iluminada únicamente por la suave luz de una lámpara con forma de luna que proyectaba estrellas en el techo sobre la cuna de Zoe. Danilo dormía, o al menos fingía hacerlo. Juliette sabía que estaba alerta, como siempre, listo para saltar ante el más mínimo llanto.

Con infinita delicadeza, depositó a Zoe en la cuna situada junto a su cama. Ninguno de los dos jamás podría dejarla solita en otra habitación. No eran esa clase de padres. No importaba cuántas veces les hablaran de la importancia de establecer rutinas o de enseñarle a dormir sola. Para ellos, la cercanía era innegociable.

De hecho, Zoe incluso muchas veces dormía en la cama junto a Juliette, mientras Danilo, se instalaba en el suelo sobre la alfombra o en el sofá al lado de la cama, argumentando que su tamaño podría ser peligroso para la bebé durante el sueño.

«Esa era la vida de padres», pensó Juliette con una sonrisa, «caóticamente hermosa»

Estaba a punto de volver a la cama cuando una fuerte sensación de náusea se apoderó de ella con fuerza que apenas tuvo tiempo de correr al baño. Se arrodilló frente al inodoro y vomitó violentamente, intentando hacer el menor ruido posible para no despertar a Danilo ni a Zoe.

Cuando terminó, se enjuagó la boca y se mojó la cara con agua fría. Se miró en el espejo, su reflejo le devolvió una mirada cansada, con círculos oscuros bajo los ojos.

—Es solo la cena — se dijo a sí misma. —Me cayó pesado.

Y tenía sentido. Habían cenado tarde, después de que Zoe finalmente se durmiera tras una rabieta particularmente intensa. Danilo había pedido pizzas con piña, una de sus nuevas obsesiones culinarias, y luego habían comido palomitas de maíz con dulce de leche mientras veían una película que ninguno de los dos recordaría al día siguiente. Bueno, más bien Danilo había devorado esa extraña combinación, porque a Juliette solo le había provocado náuseas el mero olor.

Regresó a la cama, metiéndose bajo las sábanas con cuidado de no despertar a Danilo, quien ahora parecía dormir profundamente.

—Te amo, gruñón —susurró Juliette antes de cerrar los ojos.

La mañana llegó demasiado pronto como todos los días, anunciada por los pequeños sonidos de Zoe, quien parecía tener un despertador interno programado para las 5:30 a.m. Danilo fue el primero en levantarse, tomando a la bebé en brazos para dejar que Juliette durmiera un poco más.

—Buenos días, princesa —lo escuchó murmurar mientras salía de la habitación—. Vamos a dejar que mamá descanse un poco, ¿sí? Ha tenido una noche difícil.

Juliette sonrió sin abrir los ojos, agradecida por ese pequeño gesto de amor. Se permitió dormitar media hora más antes de finalmente reunirse con su familia en la cocina.

La escena que encontró era digna de una fotografía. Danilo, con su imponente figura de casi dos metros, sostenía a Zoe con un brazo mientras con la mano libre preparaba café. La bebé, vestida con un mameluco amarillo con estampado de jirafas, lo observaba fascinada, como si su padre estuviera realizando la tarea más extraordinaria del mundo.

—Buenos días, pequeña —saludó Danilo al verla, inclinándose para besarla—. ¿Cómo te sientes?

—Sobreviviré —respondió ella con una sonrisa, tomando a Zoe en sus brazos—. Hola, mi amor. ¿Has estado ayudando a papá?

Digna llegó puntual como siempre a las siete. Ella era quien cuidaba exclusivamente a la niña. Mientras el personal de servicio les daba su espacio.

—Buenos días, señores Brown —saludó alegremente—. ¿Y cómo está mi princesita hoy?

—Despierta desde el amanecer —respondió Danilo—. Y con energía para correr un maratón, aunque aún no sepa caminar.

Digna rió, tomando a Zoe.

—Vamos a dar nuestro paseo matutino, ¿verdad, corazón? —dijo, colocándola en su carrito—. Recorreremos toda la casa mientras mamá y papá desayunan tranquilos.

Digna comenzó su ritual diario de pasear a Zoe por toda la mansión, narrándole en voz alta todo lo que veían como si estuvieran en una excursión por tierras exóticas. La voz de Digna se fue alejando por el pasillo: “Y aquí tenemos el salón principal, con esas cortinas que tanto le gustan a tu mamá … y mira ese jarrón chino, dicen que tiene más de doscientos años…”.

Juliette y Danilo quedaron solos en la cocina, sentados frente a frente en la isla central. Ella jugueteaba con su avena, sin mucho apetito, mientras él untaba generosamente mermelada en una tostada.

—Zoe durmió muy poco anoche —comentó Danilo, dándole un mordisco a su tostada—. O tal vez nosotros dormimos demasiado antes de ser padres.

Juliette sonrió débilmente, pero un nuevo una ola de náuseas la hizo hacer una mueca.

Danilo se dio cuenta inmediatamente que algo le pasaba. Estaba pálida y hacía gestos como si estuviera conteniendo el impulso de vomitar.

—¿Estás bien? —preguntó, alarmado—. Pareces enferma.

—Anoche vomité —confesó ella, apartando el plato de avena—. Y sigo con náuseas esta mañana.

—¿Crees que comiste algo en mal estado?

—Debe haber sido la cena de anoche —respondió, mirándolo acusadoramente—. Te dije que esa combinación era nauseabunda. ¿Desde cuándo te gusta la pizza con piña y las palomitas con dulce de leche?

Danilo se encogió de hombros despreocupadamente mientras le daba un mordisco a una tarta de manzana que acababa de sacar del refrigerador, acompañándola con un sorbo de su café negro.

Juliette elevó una ceja, observándolo con atención. Danilo odiaba las cosas dulces en la mañana y mucho menos mezcladas con el café. Decía que era un sacrilegio para el paladar iniciar el día así.

Sus miradas se encontraron y algo hizo clic en ambos simultáneamente. Una sospecha que parecía absurda pero que explicaría tantas cosas…

—Naaa —dijeron los dos al unísono, y luego rieron nerviosamente.

Danilo negó moviendo la cabeza, pero volvió a mirar su tarta de manzana con expresión confundida, como si no entendiera cómo había llegado a su plato.

—Juliette —comenzó con cautela—, no estarás…

—Naaa —volvieron a decir los dos, aunque con menos convicción que antes.

Un silencio se instaló entre ellos. Juliette repasó mentalmente las últimas semanas: el cansancio que había atribuido a las noches en vela con Zoe, la sensibilidad en sus pechos que había relacionado con la lactancia, y ahora estas náuseas…

—Creo que llamaré a la doctora Hentz —dijo en voz baja.

Danilo asintió, con un expresión de total pánico.

—Sí, creo que… creo que deberías llamarla y concretar una cita —respondió, pasándose la mano por el pelo en un gesto nervioso.

Se miraron nuevamente.

—¿Sería posible? —preguntó ella—. Quiero decir, apenas han pasado tres meses desde que nació Zoe y…

—Y no hemos tenido exactamente una vida sexual tranquila —completó Danilo. Pero en ambos sonaba esa idea. Y esa sola idea ya estaba haciendo temblar a Juliette.

Juliette y Danilo en el consultorio de la doctora Hentz, estaban allí nuevamente, sentados frente al escritorio, esperando los resultados de los análisis de sangre.

Juliette apretaba la mano de Danilo con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Él, por su parte, mantenía su expresión serena, aunque el rápido tamborileo de sus dedos sobre su rodilla delataba su nerviosismo.

La doctora Hentz entró con una carpeta en las manos. Se sentó frente a ellos, colocó la carpeta sobre el escritorio y los miró a ambos, apretando sus labios entre sí como si estuviera considerando cuidadosamente sus palabras.

—Yo en su momento les había explicado cómo el tratamiento de fertilidad por tan largo tiempo podría repercutir en el cuerpo de Juliette, ¿no es así? —comenzó con tono cauteloso.

Ambos se miraron, confundidos. Por la mente de Danilo pasaron un montón de cosas, cada una más alarmante que la anterior. El tratamiento de fertilidad… ¿habría causado algún daño permanente? ¿Habría complicaciones con futuros embarazos? ¿O peor aún… su Juliette estaba enferma? El pensamiento comenzó a dejarlo sin aire.

—¿Y qué tengo, doctora? ¿Estoy enferma? —preguntó Juliette alarmada, expresando exactamente los mismos temores que atormentaban a Danilo.

La doctora Hentz, para sorpresa de ambos, sonrió de lado, una sonrisa divertida, como si estuviera conteniendo una reacción mayor.

—Bueno, no precisamente —respondió con calma—. Aunque tus síntomas desaparecerán en nueve meses. —Hizo una pausa, y luego añadió con voz más suave—: Felicidades, Juliette, estás embarazada de nuevo. O debo decir, están embarazados.

El silencio que siguió a esas palabras fue tan denso que parecía que estaban en un campo minado. Danilo y Juliette se miraron entre sí, pestañeando sin poder creer lo que oían. Parecía que el tiempo se había detenido en ese pequeño consultorio mientras la noticia se asentaba lentamente en sus mentes.

Finalmente, Danilo fue el primero en reaccionar. Se rascó la frente con el dedo índice, con muecas en su rostro, con el pulso latiendo a mil. Sus ojos, ligeramente más abiertos de lo normal, traicionaban su completa incredulidad.

—¿Cómo es eso posible? —logró articular —. Apenas y hemos tenido una vida sexual desde que nació Zoe, fueron contadas veces en que no usé protección, y en esas contadas veces fui precavido de… ya sabe…

—Además que estoy amamantando, doctora, y no me ha venido la regla —agregó Juliette, ya con la voz temblorosa.

La doctora Hentz sonrió con más amplitud esta vez, como si la reacción de la pareja confirmara algo que ya esperaba.

—Eso sería en mujeres normales, Juliette —explicó con paciencia—. Tú y Danilo han estado sometidos a múltiples tratamientos de fertilidad por cuatro años. Incluso un método anticonceptivo en tu caso podría haber fallado. Por eso les recomendé que usaran preservativo para hacerlo más seguro y que evitaran tener relaciones en fechas fértiles.

—Seguimos esa recomendación, doctora —afirmó Danilo, pasándose una mano por el pelo, un gesto que siempre traicionaba su nerviosismo.

—Bueno, no todas —intervino Juliette, con las mejillas sonrojadas—. Tal vez no tuvimos en cuenta un par de fechas, pero…

La doctora echó una carcajada, rompiendo la tensión del momento.

—Lo hecho, hecho está —dijo con tono ligero—. Ahora quiero saber qué deciden.

—¿Decidir qué? —preguntó Danilo alarmado, irguiéndose en su asiento como si se preparara para un enfrentamiento.

—Pues si quieren tener a este bebé o…

Juliette jadeó alarmada, llevándose instintivamente una mano al vientre en un gesto protector, mientras Danilo negaba rotundamente con la cabeza.

—Por supuesto que lo tendremos, doctora —declaró con firmeza, como si la mera sugerencia de lo contrario fuera absurda—. Es nuestro hijo —aseveró Danilo.

Juliette y Danilo se miraron, y en ese momento toda la confusión y el shock inicial se transformaron en algo diferente.

—Nuestro segundo hijo —dijo Danilo con voz suave, tomando la mano de Juliette y llevándosela a los labios para besarla con reverencia.

Juliette comenzó a llorar en silenciosas lágrimas de alegría que rodaban por sus mejillas sin control. Porque sí, después de no poder concebir por tanto tiempo, después de años de tratamientos dolorosos y esperanzas rotas, ahora sería madre de otro hijo más. Y eso, eso era una bendición que no había imaginado posible.

—Discúlpenme si mi pregunta los alarmó —dijo la doctora Hentz con sincero arrepentimiento—. Como médico, debo presentar todas las opciones, pero como persona que los ha acompañado en este largo camino, sabía cuál sería su respuesta.

Danilo asintió, aceptando la disculpa, mientras abrazaba a Juliette, quien continuaba llorando silenciosamente contra su pecho.

—¿Cuánto tiempo? —logró preguntar Juliette entre lágrimas.

—Por los niveles hormonales, yo diría que aproximadamente cuatro semanas —respondió la doctora, consultando el informe—. Lo que coincide con…

—El cumpleaños de Danilo —completó Juliette, sonrojándose profundamente al recordar aquella noche.

—Siempre he dado buenos regalos —murmuró Danilo con una sonrisa traviesa, ganándose un golpe juguetón en el brazo por parte de Juliette.

—Dios mío, tendremos otro hijo —susurró Juliette.

—Y afortunadamente, ahora soy yo el de los antojos y tu la de los vómitos, gracias, no soportaría nueve meses mas de vómitos, náuseas y dolores de cabeza —dijo Danilo juntando las manos y mirando al techo.

Juliette rodó los ojos.

Pero a pesar de todo lo que les quedaba, era la noticia mas hermosa que ha podido recibir.

—¿Quieres hacerte una ecografía Juliette para salir de dudas? —preguntó la doctora.

—Si, si quiere —respondió Danilo rápidamente, estaba demasiado nervioso. La doctora soltó una pequeña risa levantándose para preparar el equipo de ultrasonido.

Ya en la camilla Juliette estaba lista para la exploración. La ecografía comenzó y Danilo miraba el monitor de la doctora con extrema impaciencia.

—Vaya, vaya —exclamó de pronto la doctora.

—¿Qué, que sucede? —Danilo estaba demasiado ansioso.

—Creo que se vienen grandes cosas para ustedes, Juliette y Danilo, no solo serán padres de Zoe, también serán padres de dos hermosos bebés mas. Niñas o niños, eso solo Dios lo sabrá y nosotros mas adelante.

—¿Qué? —preguntó Juliette.

—Juliette estas esperando gemelos. Aquí, ves, hay dos bultitos y están en el mismo saco, están juntitos. ¿Lo ven?

—Carajo —dijo Danilo sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies y de pronto todo fue demasiado para él que cayó al suelo sin aviso.

El pobre se había desmayado con la noticia.

Primer extra prometido. Nacimiento de la pequeña Zoe y una noticia inesperada con Danilo desmayado y todo. ¿Qué mas quieren? Jaja