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Extra reconciliación

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Extra reconciliación

Cerrando ciclos

Danilo estaba en su oficina, revisando unos documentos importantes cuando el intercomunicador sonó con la voz de su secretaria.

—Señor Brown, hay alguien que quiere hablar con usted —anunció con tono cauteloso—. Es el señor Oskar Bauman.

El nombre cayó como una piedra en el estómago de Danilo. Oskar Bauman. Su ex amigo. El padrino de Alice. El hombre que le rompió el corazón en mil pedazos a su hija, que jugó con ella y la abandonó embarazada. O al menos, eso era lo que Danilo había creído durante todos estos años.

Sus manos se tensaron sobre los documentos que sostenía, arrugando el papel sin darse cuenta. La rabia, vieja pero no olvidada, comenzó a bullir en su interior. Por cuatro años se había encargado personalmente de mantener a Oskar alejado de Alice, de que no supiera su paradero ni que tenían un hijo juntos, el pequeño Adrien.

Pero el destino tiene formas extrañas de deshacer los nudos que los hombres atan. Por cosas de la vida, Oskar y Alice se habían vuelto a encontrar. Ahora Oskar sabía que tenían un hijo. Ahora estaba intentando ser el padre que no fue durante esos cuatro años, intentando reconquistar a Alice, el amor de su vida, y por lo visto, también intentando ganarse el perdón de Danilo, su antiguo mejor amigo, abuelo de su hijo y padre de la mujer que, aparentemente, seguía amando a pesar de todo.

Danilo se tomó un momento antes de responder. Respiró profundamente, intentando controlar el impulso de decirle a su secretaria que lo echara del edificio.

—Hágalo pasar —respondió con un nudo en su garganta.

Se frotó el rostro con las manos, como si pudiera borrar la tensión que ya sentía acumularse en sus sienes. Se arregló la corbata, en un gesto automático que hacía cuando necesitaba armarse de valor. Luego, se irguió en su silla de cuero negro, asumiendo esa postura imponente que tantos rivales habían aprendido a temer.

La puerta se abrió lentamente, y allí estaba él. Oskar Bauman, tan alto como lo recordaba, aunque quizás un poco más delgado. Su cabello negro, siempre perfectamente peinado, mostraba algunas canas prematuras.

Danilo sintió un peso en su pecho cuando sus miradas se encontraron. Por un instante fugaz, vio al joven con el que había compartido tantas aventuras, el amigo en quien había confiado lo suficiente como para nombrarlo padrino de su hija. Pero ese instante pasó rápidamente, reemplazado por el recuerdo de Alice llorando desconsolada, embarazada y abandonada.

—Buenos días, Danilo —saludó Oskar, mirándolo fijamente, sin un atisbo de la jovialidad que antes caracterizaba sus encuentros.

Danilo asintió simplemente.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó con tono cortante, directo al grano, sin ofrecer ni un apretón de manos.

Oskar cerró la puerta tras de sí y dio un par de pasos hacia el escritorio, manteniendo una distancia respetuosa.

—Necesitamos hablar —respondió firme —. Hay cosas que deben aclararse.

Danilo suspiró hondo, sintiendo el peso de años de resentimiento y, quizás, una pizca de curiosidad por lo que Oskar tenía que decir. Con un gesto mecánico, le ofreció asiento en una de las sillas frente a su escritorio.

Mientras Oskar se acomodaba, por la mente de Danilo pasaron vívidamente los recuerdos de la pelea que había estallado entre ellos años atrás en Suiza. Había sido brutal, dos hombres adultos yéndose a los puños como adolescentes, con la furia y el dolor nublando cualquier rastro de la amistad que una vez los unió.

—Es sobre Alice —dijo Oskar, interrumpiendo sus pensamientos—. Y sobre nosotros.

Danilo entrelazó sus dedos sobre el escritorio, como si fuera una barrera física para contener las emociones que amenazaban con desbordarse.

—Oskar, si mi hija Alice te perdonó y decidió darte otra oportunidad, es decisión suya —respondió seco—. Ella es lo bastante adulta e inteligente para saber lo que hace. Que quiera creer en ti nuevamente es su maldito problema.

Las últimas palabras salieron con más veneno del que pretendía, pero no se disculpó. Años de ver sufrir a su hija, de consolarla en noches interminables, de ayudarla a criar a un niño que debería haber tenido un padre presente, pesaban demasiado para fingir cordialidad.

Oskar asintió lentamente, aceptando el golpe verbal sin responder con la misma moneda.

—Tienes razón —concedió, sorprendiendo a Danilo con su tono conciliador—. Pero no estoy aquí para eso. Quiero que leas esto.

Con un movimiento deliberado, Oskar extrajo un papel de su chaqueta y lo extendió hacia Danilo. El papel estaba visiblemente desgastado en los pliegues, como si hubiera sido abierto y cerrado innumerables veces.

—¿Qué es esto? —preguntó Danilo, sin hacer ademán de tomarlo.

—Lee, por favor —insistió Oskar, casi suplicante—. Es una carta que Alice me había dejado antes de salir de mi vida para siempre.

Algo en el tono de Oskar, hizo que Danilo finalmente tomara la carta. Con movimientos cautelosos, como si el papel pudiera quemarle los dedos, comenzó a leer.

La letra de Alice, pulcra y elegante, le resultaba inconfundible. Conforme avanzaba en la lectura, sentía que el suelo bajo sus pies comenzaba a ceder. En la carta, su hija explicaba a Oskar el motivo por el cual ella le había hecho creer que no lo amaba. Las circunstancias que la habían llevado a tomar esa decisión, las presiones externas, los miedos. Una verdad completamente diferente a la que Danilo había creído durante todos estos años.

Cuando terminó de leer, bajó lentamente la carta y miró a Oskar, viéndolo verdaderamente por primera vez desde que entró a su oficina. El hombre frente a él no era el villano que había construido en su mente. Era alguien que también había sido víctima de circunstancias crueles y malentendidos devastadores.

Un silencio brutal se instaló entre ellos. Oskar fue el primero en romperlo.

—Yo me sentí traicionado —confesó con la voz totalmente quebrada—. La amaba demasiado. No estaba dispuesto a casarme con nadie que no fuera ella. Cuando me enteré de la verdad, ya había sido tarde. Alice ya no estaba en Suiza, y el resto... —hizo un gesto vago con la mano—, tú ya lo sabes todo.

Danilo no respondió. No podía. Las palabras parecían haberse evaporado de su mente mientras procesaba esta nueva realidad.

—El punto es, Danilo —continuó Oskar, inclinándose hacia adelante en su silla—, que yo siempre amé a Alice. Ella fue todo para mí, la única mujer que me hizo sentir de verdad, y la sigo amando desde el primer día. —Su voz se quebró ligeramente—. Pasé días y noches llorando por ella todos estos años. Nunca he intentado estar con otra mujer porque solo la quería a ella.

Danilo observaba a Oskar hablar, viendo en sus ojos el reflejo de un dolor, un dolor que reconocía porque era similar al que él mismo había sentido alguna vez.

—Te pregunto algo, Danilo —dijo Oskar, mirándolo directamente a los ojos—. ¿Qué pasaría si te alejaran de tu mujer y de la madre de tu hija?

El corazón de Danilo latió muy rápido, imaginando un escenario donde estuviera separado de Juliette nuevamente como una vez sucedió, separado de su pequeña Zoe, de los bebés que venía en camino. La idea lo paralizó completamente. Un frío intenso recorrió su espina dorsal. La mera posibilidad le resultaba tan insoportable que tuvo que aferrarse al borde de su escritorio para mantenerse anclado a la realidad.

—No podría... —comenzó, pero las palabras se negaron a salir completas.

—Exactamente —dijo Oskar suavemente—. No podrías soportarlo. Yo tampoco pude. Pero a diferencia de ti, tuve que vivirlo, Danilo. Tuve que pasar cada día sabiendo que la mujer que amaba estaba en algún lugar, creyendo que yo la había dejado de amar, criando sola a un hijo del que ni siquiera sabía que existía. Mi hijo necesitando a su padre, Alice necesitando de mí. Y no estaba, no estaba porque me negaste esa posibilidad.

Danilo se levantó de su silla, incapaz de permanecer sentado bajo el peso de la culpa que comenzaba a carcomerlo. Caminó hasta la ventana de su oficina, observando la ciudad. El cielo estaba nublado, como si reflejara la tormenta que se desarrollaba en su interior.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó finalmente, sin voltearse—. ¿Por qué no me explicaste lo que había pasado realmente?

—Lo intenté —respondió Oskar con un suspiro cansado—. Te llamé docenas de veces. Te envié emails, cartas. Incluso fui a tu casa en dos ocasiones, pero nunca me recibiste. Y la única vez me echaste a patadas con la policía. Tu odio hacia mí era tan grande que habías cerrado cualquier posibilidad de diálogo.

Danilo cerró los ojos, recordando las llamadas que había rechazado, los correos que había eliminado sin leer, las veces que había instruido a sus empleados para que no permitieran que Oskar se acercara a él o a Alice.

—Y luego la encontraste a pesar de mis esfuerzos por mantenerla alejada de ti.

—No fue fácil todos estos años para mí —admitió Oskar—. Fue una casualidad, sí, pero yo nunca dejé de buscarla. Algo dentro de mí se negaba a creer que todo había sido una mentira, que nuestro amor había sido solo una ilusión.

Danilo se giró para enfrentar a su antiguo amigo. La rabia que había sentido al principio se había transformado en algo más, había tanta culpa en él, arrepentimiento y una pizca de admiración renuente por la perseverancia de Oskar. Porque él se había vuelto loco cuando Juliette se marchó de su vida y estuvo sin ellas apenas unos meses. No queria imaginar estar separado de ella por años.

—Y ahora quieres mi perdón —dijo, no como una pregunta sino como una afirmación.

—Quiero mucho más que eso, Danilo —respondió Oskar, levantándose también—. Quiero recuperar a mi familia. A Alice, a Adrien, y sí, también a ti, mi amigo. Han pasado cuatro años, pero para mí, sigues siendo mi hermano. El hombre al que admiraba, al que quería parecerme.

Danilo recordó los buenos tiempos, las risas, las aventuras juveniles, las confidencias intercambiadas en noches de copas. Recordó cómo Oskar había estado con él en sus peores momentos.

—No será fácil —dijo finalmente Danilo, —. Hay mucho daño, mucho tiempo perdido.

—Lo sé —asintió Oskar—. No espero que sea inmediato. Solo pido una oportunidad, Danilo. Una oportunidad para demostrar que sigo siendo el hombre en quien una vez confiaste lo suficiente como para nombrarme padrino de tu hija. El hombre que daría su vida por Alice y por su hijo... mi hijo.

Al mencionar a Adrien, algo se ablandó definitivamente en el semblante de Danilo. Ese niño, con sus ojos idénticos a los de Oskar y la sonrisa de Alice, era inocente de todo el drama que los adultos habían creado a su alrededor.

—Adrien merece tener un padre —admitió Danilo en voz baja—. Un padre presente, que lo ame y lo guíe. Y Alice...

—Alice nunca dejó de amarme —completó Oskar con suavidad—. A pesar de todo, a pesar de los años, de las mentiras y los malentendidos. Nuestro amor sobrevivió, Danilo. ¿No es eso un milagro digno de una segunda oportunidad? Prometí enamorar de nuevo a Alice cada día de mi maldita vida, hasta borrar todo el dolor que causé en ella y que nuestro amor renazca puro y mas fuerte que nunca.

Danilo pensó en Juliette, en cómo ella había entrado en su vida cuando él creía que no merecía ser amado nuevamente. En cómo había derribado sus muros, uno a uno, hasta llegar a su corazón herido. En cómo le había dado una segunda oportunidad a la vida, al amor.

Con un suspiro profundo que parecía liberar parte del peso que había cargado durante años, Danilo extendió su mano hacia Oskar.

—Una oportunidad —dijo con firmeza—. Por Alice, por Adrien, y por lo que alguna vez fuimos.

Oskar tomó su mano, y por un momento, parecía que iba a decir algo más. Pero en lugar de palabras, simplemente asintió.

—Gracias —murmuró Oskar—. No te defraudaré. No esta vez. Haré las cosas bien, como debí hacerlo.

Mientras se estrechaban las manos, Danilo sintió que algo se desprendía de su interior, algo pesado que había estado cargando demasiado tiempo. No era perdón completo, no aún. Pero era un comienzo. Un paso hacia la reconciliación, hacia la sanación de heridas que habían sangrado durante demasiado tiempo.

—¿Estás aquí en Manhattan por negocios, vacaciones o…?

—Solo volé hasta aquí para tener esta conversación contigo. Ya no podía soportarlo mas, Danilo. Necesitamos cerrar ciclos, necesitaba arreglar esta situación contigo y avanzar.

Danilo asintió. —Tienes razón, debemos avanzar —respondió Danilo. —¿Alice, mi nieto? —preguntó Danilo de nuevo.

—En España, están muy bien, fuimos de viaje, unos días los tres juntos y…

Oskar guardó silencio y Danilo vislumbró un atisbo de sonrisa en su rostro como si hubiera recordado algo.

—Me alegro, al menos mi nieto se merece tener momentos felices junto a ambos.

—Fueron cuatro largos años, pero desde que supe que Adrien es mi hijo, no he pasado un día sin verlo, sin hacerle saber lo mucho que lo amo, sin sacarle una sonrisa, intentando recuperar todo ese tiempo en que no estuvimos juntos.

Danilo asintió nuevamente sintiendo una pequeña alegría en su pecho al saber que aunque su hija y su nieto estaban lejos de él, al menos tenía alguien que los protegiera, además de Emiliano.

—¿Y como está la situación con Alice? —preguntó un Danilo curioso.

Oskar sonrió levemente agitando la cabeza. —No hay un punto aun entre nosotros. Nos llevamos bien por Adrien, yo la amo, pero no he logrado derrumbar esa barrera que ella se ha autoimpuesto. Aunque todos los dias le demuestro el inmenso amor que le tengo y aunque ella haya dicho que me ha perdonado todo, sé que no es así. Y hasta que ella no llegue a sanar esa herida que aun está abierta, sé que no me perdonara.

Danilo dio unos pasos hacia Oskar.

—Dale tiempo, sanará, créeme lo hará, las heridas se cierran, pero con amor, paciencia y… —Danilo hizo un gesto con su rostro y una ligera sonrisa. —Tal vez Alice deba sentir que puede perder ese amor definitivamente y… —Oskar lo miró con los ojos muy abiertos.

—No quiero causarle nuevamente un dolor a Alice y mucho menos alejarme, mendigaré su amor toda la vida si es necesario.

Danilo agitó su cabeza. —No, no digo eso. Solo digo que, ella sabe que tú estarás detrás de ella todo el tiempo, como ya lo has dicho, mendigando su amor, mendigando atención, pero si ella siente o se da cuenta de que no todo el tiempo estarás así rogando, suplicando por su atención, ella también sienta que puede perderte. Algunas veces necesitamos que alguien nos de una sacudida para recapacitar y entender que todo tiene un límite, todo se acaba si no se cuida. Alice te ama, lo sé. Pero ella está convencida de que tú estarás detrás de ella siempre y nunca sentirá esa necesidad de cerrar esa herida y darte otra oportunidad de intentarlo y mientras los dos sufren.

Oskar suspiró analizado las palabras de Danilo.

—¿Me hablas por experiencia? —bromeó Oskar y por primera vez se permitió una sonrisa. —Danilo también lo hizo.

—Sí, te lo digo por experiencia, también te pasó a ti. Uno debe sentir que puede perderlo todo para darnos cuenta del valor de las personas.

Oskar asintió y le ofreció la mano extendiéndolo hacia Danilo.

—Gracias, por tus palabras, por esta tregua.

Danilo le dio la mano sin dudarlo. —Ahora haz las cosas bien, cuida a tu hijo cuida a mi hija de todo y de todos. Y si el amor de ustedes es tan fuerte nada lo derrumbará. Y solo el tiempo es capaz de sanar todas las heridas.

—Así es. Adrien y Alice son mi mundo entero, lo único que me mantiene de pie y con fuerzas para luchar por cualquier cosa. Puedes estar seguro Danilo que Alice no volverá a derramar una lágrima por mi causa. Tienes mi palabra.

Danilo asintió sintiendo muy sinceras las palabras de Oskar.

—Dile a mi hija que en dos semanas estaremos por España. Juliette y yo tenemos una noticia que darle.

Oskar asintió y despidiéndose de Danilo, sintiendo que el peso que tenia sobre sus hombros las había dejado. Ya no sentía esa opresión en el pecho, ahora se sentía aliviado. Y mientras bajaba del edificio, analizó las palabras de Danilo. ¿Debía hacer que Alice sintiera que podría perderlo?

¿Y si no funcionaba?

Este extra corresponde al libro "Amor en secreto" que trata de la hija de Danilo. Las que leyeron el libro, pidieron este extra de ellos, asi que les dejé otro capítulo más, vayan a leer.