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6. Un solo paso

El Precio Del Amor 18+ — booknet.com · All chapters

6. Un solo paso

En la pequeña habitación del hospital, el monótono pitido del monitor cardíaco resonaba suavemente. Juliette estaba sentada en una silla incómoda, y Melissa le pasó el teléfono. La pantalla, que iluminaba el rostro pálido de Juliette, mostraba un sitio web lascivo.

—Hay otras formas de conseguir el dinero —dijo Melissa. Juliette miró a su madre en la cama por un momento, conectada a cables y tubos. Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro junto con la impotencia y el shock de la sugerencia de Melissa.

La habitación era pequeña, y de repente parecía grande y sofocante; el silencio, el dolor y la horrible propuesta flotaban en el aire. Juliette se puso pálida. La imagen estaba congelada en el tiempo, y ella estaba sin aliento por la escena.

—¿Qué...? ¿Es esto...? —logró balbucear. Melissa asintió.

—Una solución rápida —dijo fríamente.

—Dios mío, Mel, no puedo hacer algo así.

Juliette temblaba; sus dedos se aferraban al borde de la silla. La pantalla del teléfono de Melissa parecía fría; el pánico brillaba en sus ojos.

—Jul, tienes que salir de ese agujero en el que estás. Si quieres una vida mejor para tu madre y Ellie, te encontrarás haciendo algunos sacrificios, y esta aplicación de citas es tu salida más rápida. —Jul, solo una vez, dinero rápido, y luego te vas de esta ciudad, de este país para siempre —persistió en tratar de convencerla. Ambas expresiones traicionaban la desesperación y el peso de la situación, el silencio entre ellas.

El argumento de Melissa sonaba lógico, implacable, pero desafiaba la moral de Juliette.

—Pero es solo un consejo, Juliette, no es como si tuvieras que sentirte obligada a hacer algo así. Solo te di una opción rápida—,

Melissa trató de suavizar su propuesta, la frialdad anterior reemplazada por un tono más conciliador, aunque la dureza aún subyacía en sus palabras.

Juliette, sin embargo, no la estaba mirando. Estaba mirando a su madre, pacíficamente dormida en la cama del hospital. El silencio cayó una vez más, esta vez cargado de tristeza silenciosa, la disonancia entre la urgencia de la situación y la dignidad de Juliette ante la solución propuesta.

—Porque no sé qué otra opción darte, amiga mía, pero no quiero seguir viéndote así —la voz de Melissa, aunque comprensiva, transmitía una profunda desesperación. Juliette tomó su mano, un gesto de gratitud silenciosa.

—Lo sé, Mel, te agradezco mucho. Eres la única amiga que siempre está conmigo en mis malos momentos—.

Sus palabras, rotas por la emoción, resonaron con una sinceridad abrumadora. Melissa la abrazó fuertemente. Un abrazo cálido y reconfortante fue un breve momento de consuelo en medio de la tormenta de decisiones difíciles que se cernían sobre ella.

Unos minutos después, Melisa se fue, dejando a Juliette sumida en sus pensamientos. Su corazón latía con fuerza en sus oídos, sus manos apretadas. La propuesta de Melissa, tan siniestra y tentadora, comenzó a vibrar en su mente. Una hora después, el mensaje de texto de Melissa, la imagen de la página web, llegó a su teléfono como una bomba.

—Por si quieres hacerlo—. Las pocas palabras, junto con la imagen, encendieron una tormenta dentro de ella. Literalmente, se congeló cuando leyó el nombre, y todo su cerebro entró en un aturdimiento de confusión y terror. Fue una noche muy oscura para Juliette, sentada en el sofá al lado de la cama de su madre, donde dormir era un lujo imposible. La deuda del hospital era una carga pesada, y no podía dormir.

El paso del tiempo y lo que había estado en el folleto de Melisa seguían sin respuesta en su mente, ya que Juliette sentía que era un destino horrible y no podía aceptarlo. Al día siguiente llegó a la oficina temprano y ansiosa.

Se sentó en su escritorio y esperaba con ansias la forma despectiva de saludar de su jefe, y ese día se encontró con una sorpresa.

Él se detuvo a mirarla, a los ojos, frente a su escritorio. Su cálido y extraño saludo la dejó impactada:

—Buenos días, Juliette —dijo él.

—Buenos días, señor —saludó ella.

—¿Todo está bien? —La segunda pregunta solo la habría desconcertado más. Un torrente de preguntas rugía en su mente: ¿por qué tanta amabilidad? ¿Quién era este hombre, tan diferente de la persona que conocía? La frialdad familiar de Danilo había desaparecido ahora; en su lugar enfrentaba la atención inquietante que le cortaba la respiración.

—Todo está bien, señor, gracias por preguntar —dijo Juliette, con un temblor en su voz.

—Le traeré su café de inmediato —dijo, levantándose rápidamente. Danilo asintió y no dijo nada; luego se fue a su oficina. Se quitó la chaqueta, se sentó en su gran silla de cuero y esperó. Esperó el café, claro, pero también la llegada de Juliette, la hermosa secretaria que había preparado ese café que tanto valoraba, ese elixir que, por cierto, era una excusa para mirarla.

Y cuando ella llegó con la taza humeante, Danilo, como siempre, sintió una sensación de nerviosismo; no pudo ocultar su admiración por ella, una admiración que Danilo había mantenido embotellada, un deseo que había estado reprimiendo durante mucho tiempo. Juliette dejó el café frente a Danilo, con sus manos temblorosas.

Él la miró de reojo, deteniéndose en sus labios y su pequeña nariz.

Mientras Juliette le relataba los pendientes del día, Danilo asentía con seriedad, pero en su interior luchaba contra los sentimientos que, por tanto tiempo, había mantenido reprimidos.

—¿Necesita algo más, señor? —preguntó Juliette sin atreverse a levantar la mirada. Pues sentía que Danilo la estaba mirando.

—No, por ahora nada —respondió con esa voz que Juliette sentía le movía todo su mundo. Era gruesa, áspera, le provocaba cosquillas indescriptibles. Y con las piernas temblorosas, ella abandonó el despacho de ese hombre que le aceleraba el corazón. <Podría ser mi padre>, susurró ella mordiéndose el labio de forma nerviosa, pero aun así ella no podía evitar pensar en su jefe de forma morbosa y romántica.

El reloj marcaba las doce del mediodía en punto y Juliette estaba esperando ansiosa ese momento para hacer lo que tenía pensado. Mientras todos se dirigían al comedor, ansiosos por disfrutar un merecido descanso y el almuerzo. En la mente de Juliette, había una prioridad mucho más urgente que comer: tenía que resolver la situación financiera de su madre, quien se encontraba hospitalizada, y el tiempo corría en su contra.

Juliette se levantó de su escritorio, lanzando una última mirada preocupada a la pantalla de su computadora. Se dirigió a Recursos Humanos con la esperanza de solicitar un préstamo urgente. Caminando por el pasillo, cada paso resonaba en su mente como una cuenta regresiva.

Al llegar, respiró profundo antes de abrir la puerta. La oficina de Recursos Humanos siempre le había parecido un lugar ajetreado y lleno de papeles, y aquel día no era la excepción. Marta, la supervisora del área, estaba al teléfono, pero al ver a Juliette entrar, le hizo una señal para que se sentara.

—Juliette, dime, ¿en qué puedo ayudarte? —preguntó Marta amablemente una vez que colgó el teléfono. Juliette tomó aire una vez más, preparándose para explicar su situación.

—Necesito solicitar un préstamo —comenzó, sacando de su bolso una carpeta con documentos y facturas médicas. —Es para cubrir algunos gastos imprevistos… para mi madre. Está en el hospital y realmente necesito el dinero hoy.

Marta revisó los documentos con atención, consciente de que situaciones personales así requerían rapidez y sensibilidad. Tras algunos minutos de revisión y un par de llamadas, Marta asintió con empatía.

—Entiendo lo urgente que es para ti, Juliette. Aquí está lo que vamos a hacer… —Comenzó a explicar los siguientes pasos y el proceso a seguir para que el préstamo pudiera estar disponible lo más pronto posible. Juliette sintió alivio al escuchar que existía la posibilidad de que el dinero estuviera en la tarde.

Las palabras de Marta se convirtieron en un salvavidas para el peso que Juliette sentía en los hombros. Gracias a la comprensión y eficacia de ella, había esperanza de solución. Al despedirse de Marta, Juliette le agradeció sinceramente.

Con su ánimo un poco más levantado, Juliette caminó de regreso a su lugar de trabajo.

De vuelta en su escritorio, envió un mensaje a Melisa para avisarle que ese día no bajaría a almorzar y que ya había solicitado el préstamo.

<Mucha suerte, mi Jul preciosa> fue la respuesta de su amiga incondicional.

Mientras tanto, Danilo estaba en su oficina, una espaciosa sala con vista al horizonte de la ciudad. El sol de la tarde resplandecía en los ventanales, iluminando su amplio escritorio de caoba. Recostado en su gran silla de cuero, se balanceaba levemente mientras miraba el techo, sumido en sus pensamientos.

De repente, su teléfono vibró suavemente en la mesa. Miró la pantalla y vio el nombre de Joaquín, su abogado, parpadeando, así que contestó la llamada con un tono calmado. —Danilo —dijo una voz al otro lado de la línea. —Ya tengo toda la información que solicitaste sobre tu secretaria.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Danilo, un gesto de satisfacción que reflejaba el control que solía tener sobre cada aspecto de su vida. —Perfecto —dijo con una voz que destilaba confianza. —Pásamela por correo, por favor. —Sin más preámbulos, cortó la llamada, ansioso por recibir los detalles.

Apenas unos segundos después, su computadora emitió un sonido suave, indicando la llegada de un nuevo mail. Con un gesto rápido, abrió el correo y comenzó a leer la información sobre Juliette. Era más de lo que había esperado: datos sobre su origen, educación, redes sociales y hasta algunos aspectos de su vida personal. Se encontró sorprendido por algunos detalles que nunca habría imaginado.

Danilo se reclinó nuevamente, cruzando los dedos detrás de su cabeza, ponderando cómo usar esta nueva información.

Mientras afuera Juliette miraba ansiosa la hora en su ordenador. Cada tic del reloj digital parecía resonar en las paredes de la oficina, burlándose de su impaciencia. Su mirada se posaba en la pantalla sin realmente ver, atrapada en un torbellino de pensamientos entrecruzados. No había recibido la llamada de Marta, y con cada minuto que pasaba, el nudo en su garganta se apretaba más. La posibilidad de no obtener el préstamo que tanto necesitaba se perfilaba en su mente como una amenaza constante.

«¿Qué voy a hacer?», dijo en voz alta mientras se apretaba la cabeza.

Quedaban apenas quince minutos para el final de su jornada laboral, y Juliette no lograba concentrarse en ninguna de sus tareas. La tarde había sido un largo calvario de espera. Cada vez que su móvil vibraba o algún sonido digital emergía, su corazón saltaba.

De repente, el teléfono en su escritorio sonó, arrancándola de sus pensamientos con un sobresalto. Sintió su corazón latir frenético, tan fuerte que parecía que todo el mundo podía oírlo. Respiró hondo antes de mirar el identificador de llamadas: era Marta. Con un movimiento rápido, contestó, luchando por mantener la voz firme a pesar del nudo que apresaba su garganta.

La voz de Marta fue clara y directa, con un tinte de cordialidad que Juliette siempre había admirado. —¡Hola, Juliette! Tengo buenas noticias para ti —dijo la supervisora encargada del área. Por un momento, el mundo de Juliette se detuvo. Apenas pudo procesar las siguientes palabras. Si le otorgaran el préstamo, el dinero ya estaría depositado en su tarjeta de cobro.

Juliette sintió que las lágrimas se agolpaban en sus ojos antes de poder detenerlas. Un sollozo de alivio y alegría escapó de sus labios mientras murmuraba agradecimientos.

—Muchas gracias, Marta, no sabes cuánto significa esto para mí —repetía; y su voz temblaba por la emoción acumulada en el día. Marta respondió con una risa comprensiva, asegurándole que estaba feliz de poder ayudar.

Finalmente, al colgar, Juliette se permitió unos momentos para cerrar los ojos y respirar profundamente. Las lágrimas aún rodaban por sus mejillas, pero eran lágrimas de felicidad pura. Se sentía como si una enorme carga hubiera sido levantada de sus hombros.

Juliette salió de la empresa con una sonrisa radiante en el rostro. La emoción de completar otra jornada laboral era emocionante, pero lo que realmente le alegraba el corazón era saber que le había otorgado el préstamo. Meticulosa como siempre, detuvo su paso unos momentos para revisar su bolso y asegurarse de que su tarjeta de cobro estaba allí. Una vez confirmado, se dirigió con paso ligero hacia el cajero automático más cercano.

El recorrido no era largo, y al llegar, hizo el retiro con cuidado, mirando a su alrededor con discreción, como siempre hacía en este tipo de situaciones. Una vez que el dinero estuvo seguro en su bolso, apretado con cuidado por el cierre, sintió una sensación de alivio. Aunque el autobús era su medio diario de transporte, hoy decidió no tomar riesgos innecesarios; así que levantó la mano para llamar a un taxi.

El recorrido en taxi le permitió contemplar el ir y venir de la ciudad a través de la ventanilla. Los pensamientos de Juliette se centraron rápidamente en su madre, quien se encontraba en el hospital desde hacía unos días. La idea de que pronto podría llevarla de regreso a casa la llenaba de esperanza.

Al llegar al hospital, Juliette se dirigió rápidamente a la planta donde estaba la habitación de su madre. Las enfermeras, como siempre amables, la saludaron al pasar. Al entrar, respiró aliviada al ver a su madre con buen semblante. —Ha estado muy bien hoy —comentó una de las enfermeras al percibir la pregunta implícita en la mirada de Juliette.

—El médico ha dejado el papel del alta para su madre —declaró la enfermera que cuidaba a la madre de Juliette.

Juliette abrazó a su madre con ternura, dejándole un beso en su frente. Aunque su madre no podía hablar ni hacer ningún gesto, sabía que podía escucharla y sentir el amor que Juliette le tenía.

Después, con el objetivo de llevar a su madre a casa, se dirigió a la oficina de admisión para cubrir la deuda pendiente. Mientras se acercaba al mostrador, su mente repasaba rápidamente el monto que necesitaba pagar.

Sin embargo, una sorpresa la esperaba. <Su cuenta está en cero>, le informó amablemente la recepcionista, con una sonrisa. Juliette parpadeó, incrédula.

—¿No hay deuda pendiente? —preguntó incrédula.

—No, señorita, la deuda ha sido cancelada —repitió la recepcionista encargada de los cobros.

—¿Puedo saber quién canceló? —preguntó Juliette.

—Déjame revisarlo —declaró la mujer revisando su ordenador; arrugó el ceño mientras Juliette la miraba impaciente.

—Lo lamento, no me figura el nombre ni otro dato de quién fue el responsable.

Juliette arrugó el ceño sin entender nada.

Un torrente de emociones inundó a Juliette: primero duda, luego alivio y, finalmente, gratitud. Sin comprender del todo cómo sucedió, sabía que alguien había intervenido en su favor. Agradecida, y aún un poco atónita, Juliette pudo irse del hospital con su madre.

—Gracias, Dios —dijo Juliette llegando a casa con su madre.

Juliette regresó a casa con su madre, su corazón rebosante de alivio por haberla sacado finalmente del hospital. El aroma familiar de su hogar les dio la bienvenida al cruzar la puerta. Con un esmero lleno de ternura, Juliette ayudó a su madre a llegar a la habitación y la acomodó suavemente en su cama. Observando a su madre, que yacía inmóvil, sintió la fuerza de su conexión a través de los ojos agradecidos de ella. Esas miradas decían más que mil palabras: un profundo agradecimiento por todo el amor y cuidado que Juliette le brindaba.

A pesar de aquel momento de paz, Juliette pronto sintió el peso de las nubes que empezaban a arremolinarse en su horizonte. Fue a la cocina con la intención de revisar la casa después de estar ausente varios días. Los trastes estaban amontonados y el polvo había comenzado a asentarse sobre las superficies. Sin embargo, no fue el desorden lo que presagió la tormenta.

El sonido irregular de la puerta al abrirse con violencia anunció la llegada de su padre, con la marca familiar del alcohol en sus pasos tambaleantes y su aliento cargado. Juliette se tensó, el corazón acelerado al anticipar lo inevitable. Sin esperar, su padre comenzó a descargar insultos y exigencias, pidiéndole dinero con un tono que rayaba entre la exigencia y la agresión.

Juliette se enfrentó a él con la firmeza que la experiencia le había otorgado. Le explicó, una vez más, que no tenía dinero que darle; que lo poco que tenía era para el bienestar de su madre y para asegurarse de que nada faltara en casa. Pero la conversación se tornó en discusión, enredándose en un ciclo exasperante del que ella apenas lograba salir ilesa emocionalmente.

Al día siguiente, regresó a casa después de un largo día de trabajo, con la esperanza de encontrar un fragmento de tranquilidad. Subió directamente a su habitación, su lugar de refugio. Al abrir la caja donde cuidadosamente guardaba su dinero, el hueco vacío que encontró la llenó de un frío desgarrador. Su corazón latía violentamente mientras las lágrimas se asomaban con ímpetu.

Su mente se rebelaba contra la realidad: su padre había tomado todo.

Juliette dejó que las lágrimas fluyeran sin contención por un momento

Juliette sintió un torrente de rabia y desesperación cuando confrontó a su padre tras descubrir el robo de sus ahorros. Su voz temblaba de indignación cuando exigió la devolución de su dinero.

—Papá, ¡necesito que me devuelvas el dinero que tomaste! Eso es para el cuidado de mamá. No puedes simplemente llevártelo.

—¿Devolverlo? No te voy a devolver nada. Ese dinero es tan mío como tuyo. Como tu padre, estoy en mi derecho y tú estás en la obligación de ayudarme.

—¡Ese dinero no es tuyo! No puedes venir y tomarlo sin más.

—¡Ni una palabra más! Lo tomé porque lo necesito. No te das cuenta de lo malagradecida que eres. Después de todo lo que he hecho por esta familia…

Juliette, con lágrimas en los ojos, le gritó a su padre con rabia. —No somos tu banco, papá. Necesitamos ese dinero para sobrevivir. ¿No ves lo que nos estás haciendo pasar?

Su padre desvió la mirada

—No quiero oír más de esto. Hazte cargo de tus problemas sin importunarme.

Su padre se marchó, dejando a Juliette con la impotencia y el dolor consumiendo su alma entera.

La impotencia se apoderó de Juliette, dejándola sin palabras y con un dolor punzante en el pecho.

Se refugió en el baño, cerrando la puerta tras de sí con manos temblorosas. Allí, lejos de las miradas de su madre inmovilizada en su cama y de su pequeña hermana Ellie, rompió en llanto. Las lágrimas corrían libremente por su rostro, cada una cargando fragmentos de frustración y tristeza que ya no podía contener.

En medio de aquella tormenta emocional, el recuerdo de una conversación reciente con Melisa se abrió paso en su mente. La solución descabellada planteada por su amiga, una que inicialmente Juliette había rechazado por ir en contra de sus principios. Pero en ese momento de desesperación, comenzó a reconsiderar.

La idea de finalmente liberarse del control opresivo de su padre se hizo cada vez más atrayente, a pesar del dilema moral que representaba. Juliette se dio cuenta de que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para cambiar su situación, para proteger a su madre y a Ellie, y para vivir una vida en paz.

Mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano, tomó una determinación silenciosa. Sabía que debía actuar, que debía ser valiente y luchar por el futuro que deseaba. Así, decidió seguir el consejo de Melisa, aun cuando significara cruzar líneas que nunca pensó cruzar. Sabiendo que esta decisión podría cambiarlo todo.

Tomó su celular, buscó el mensaje de Melisa. Leyó una y otra vez el nombre del sitio web, dio un largo suspiro y comenzó a buscar la app de citas.

Estaba a un solo paso, solo necesitaba un usuario y estaría a un paso de hacer algo que jamás imaginó: vender su pureza a cambio de dinero