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Extra. Oskar y Alice

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Extra. Oskar y Alice

Oskar

Desde mi habitación de mi nuevo departamento en Madrid podía ver la ciudad mientras en mi mente se formaban un montón de ideas, recuerdos del pasado y mil cosas mas. Cuatro años. Habían pasado cuatro años desde que dejé a Alice creyendo las mentiras de otras personas. Cuatro años sin saber que tenía un hijo. Mi hijo. Adrien.

Recordé las palabras de Danilo "No le demuestres desesperación. Haz que sienta que puede perderte."

Sonreí con amargura. Siempre había sido transparente con mis sentimientos hacia Alice. ¿Cómo pretender ahora que no me importaba, cuando había trasladado parte de mis negocios a España solo para estar cerca de ellos?

La noche que volvimos a estar juntos, hace dos semanas, creí que era un nuevo comienzo. Pero a la mañana siguiente, ella dejó claro que aquello no significaba reconciliación. "Te he perdonado, Oskar, pero eso no significa que vuelva contigo."

Sus palabras me perseguían mientras me preparaba para nuestra reunión de hoy. No era una cita. Era un "encuentro necesario para hablar de Adrien", según sus palabras. Pero esta vez no me presentaría como el hombre arrepentido que ruega por una oportunidad.

Tal vez Danilo tenía razón. Solo tal vez.

Alice

Llegué diez minutos tarde a propósito. No quería parecer ansiosa, aunque mis manos temblorosas al entrar al restaurante me delataban. Oskar no estaba donde habíamos acordado.

Mi corazón latía rápido. ¿Se habría cansado de esperar? ¿Habría decidido que no valía la pena?

—Señorita Alice, el señor Bauman la espera en la terraza privada —me informó el maître luego de que haya preguntado por él.

Por supuesto, Oskar siempre conseguía los mejores lugares. Subí las escaleras tratando de controlar mi respiración. No podía negar que, a pesar de todo, su presencia aún me alteraba demasiado. Ese hombre era aun mi tormento.

Lo encontré charlando animadamente con una mujer. Alta, elegante, con ese aire que solo las europeas de cierta clase poseen. Reía con naturalidad mientras tocaba casualmente el brazo de Oskar.

Me detuve en seco. Él no me había visto aún. Por un momento pensé en marcharme, pero entonces sus ojos se encontraron con los míos. No hubo sorpresa, ni culpa, ni ese destello de adoración al que me había acostumbrado. Me saludó con una sonrisa educada.

—Alice, qué bueno que llegas. Te presento a Isabelle, mi socia en el nuevo proyecto en Valencia.

¿Valencia? ¿Qué proyecto en Valencia? Sentí un nudo en el estómago mientras extendía mi mano.

—Encantada —dije, aunque era mentira.

—Alice, he oído maravillas de tu trabajo —respondió ella—. Oskar no deja de hablar de lo talentosa que eres.

Oskar... no señor Baumman, no "el padre de mi hijo". Solo Oskar, con la familiaridad de quien comparte más que negocios.

—Isabelle tiene que marcharse ya lastimosamente —dijo él, consultando su reloj—. Teníamos una reunión esta mañana que se extendió más de lo previsto.

Ah, o sea que antes se reunió con ella. Mi corazón latía apresurado.

—Fue un placer conocerte, Alice —se despidió ella con un acento español perfecto—. Espero que podamos hablar de ese proyecto conjunto que mencionó Oskar.

¿Proyecto conjunto? Esta era la primera noticia que tenía al respecto.

Cuando quedamos solos, Oskar me ofreció una silla como si fuera una cliente más, no la madre de su hijo, no la mujer con la que había hecho el amor apasionadamente hace solo dos semanas.

—Te ves bien —comentó con naturalidad mientras servía vino en mi copa.

No dijo "hermosa" ni "te extrañé". Solo "bien", como quien cumple con una cortesía necesaria.

—¿Qué proyecto en Valencia? —pregunté, ignorando su cumplido.

—Una expansión. Isabelle tiene contactos interesantes y conoce el mercado español mejor que yo —explicó con entusiasmo profesional—. Pero no estamos aquí para hablar de negocios, ¿verdad? Cuéntame cómo está Adrien. ¿Le gustaron los libros que le envié ayer?

Hablaba de nuestro hijo con el mismo interés sincero de siempre, pero algo había cambiado. La desesperación, la súplica silenciosa en sus ojos, había desaparecido. Y malditamente me encontré deseando que volviera.

Oskar

Mantener esta fachada de indiferencia me estaba matando por dentro. Cada centímetro de mí quería alcanzar su mano sobre la mesa, decirle que Isabelle no significaba nada, que solo era parte de un plan desesperado para recuperarla y que no había ningún proyecto, ella era solo una amiga que casualmente me encontré al llegar, estaba felizmente casada con un socio y éramos amigos. Rio cuando le comenté lo que estaba pasando en mi vida y me dijo textualmente «Hagamos que la princesa Brown sienta celos»

Y si vi algo en sus ojos cuando entró y nos encontró riendo. Celos, un tipo de posesividad. Por primera vez desde que nos reencontramos, no me miraba con lástima o rechazo.

—Claro, todo lo que tú le envías los adora, Adrien no pasa un día sin preguntar por ti —declaró —. Los libros le encantaron, especialmente el de los dinosaurios.

—Me alegro —respondí, manteniendo mi tono casual—. Estaba pensando en llevarlo este fin de semana a ese nuevo parque temático. A menos que tengas otros planes, claro

—Creí que estarías ocupado con tu... proyecto en Valencia.

Detecté cierto recelo en su voz. Bien. Voy bien.

—Puedo hacer espacio en mi agenda para mi hijo —contesté, y luego añadí—: Isabelle entiende perfectamente que Adrien es mi prioridad ahora.

Alice levantó una ceja.

—¿Isabelle entiende? Parece que han hablado mucho de temas personales.

Tomé un sorbo de vino para ocultar mi satisfacción.

—Es fácil hablar con ella. No juzga mis errores pasados.

Alice dejó su copa con más fuerza de la necesaria.

—Yo no te juzgo, Oskar. Simplemente no puedo olvidar.

—Y yo no te pido que olvides —respondí intentando mostrarme medio indiferente, pero con cada palabra que pronunciaba me mordía la lengua —. Solo que me permitas demostrarte que soy diferente ahora. Pero entiendo que hayas decidido seguir adelante. Yo también lo estoy intentando.

Vi el impacto de mis palabras en su rostro. Por un momento, su máscara de indiferencia se agrietó, revelando a la Alice que conocía.

—¿Eso significa que tú y ella...? —dejó la pregunta en el aire.

—Significa que estoy aprendiendo a aceptar tus términos —contesté, evadiendo su pregunta—. Me dijiste que tu perdón no implicaba una reconciliación. Estoy respetando eso.

Alice guardó silencio. Por primera vez en mucho tiempo, parecía no tener una respuesta preparada.

Alice

El resto de la comida transcurrió entre frases corteses y silencios cargados medio raros. Este nuevo Oskar, seguro y distante, me descolocaba. ¿Dónde estaba el hombre que juraba reconquistar mi corazón a cualquier precio? ¿El que me había sostenido en sus brazos hace dos semanas como si nunca quisiera dejarme ir?

Al despedirnos, no intentó besarme ni siquiera en la mejilla. Un simple "hablamos luego sobre el fin de semana con Adrien" y se marchó, dejándome con una sensación de vacío que no esperaba sentir.

Esa noche, mientras Adrien dormía, me encontré revisando fotos antiguas en mi teléfono. Imágenes de él antes de separarnos.

Pero una llamada interrumpió mis recuerdos. Era papá.

Yo ya sabía que Oskar estuvo por Manhattan para hablar con él y me mando decir que vendrían este fin de semana. Estaba feliz por tenerlos aquí al menos unos días. Amaba la compañía de Juliette y queria ver a la pequeña Zoe.

—Ya cuento los días para tenerlos aquí, los extraño —declaré y él comenzó a decirme que también me extrañaban y que ansiosos estaban preparando y dejando en orden todo para su venida.

Y luego le pregunté por Oskar y me dijo que todo había quedado en buenos términos, que ya no había resentimientos, que él había hablado con la verdad y que él no era un santo para juzgarlo, pero que en mis decisiones él no podría opinar. Su relación con él seria amistosa, pero no podía decidir lo que yo quisiera hacer con Oskar.

Agradecí eso, después de todo, papá tuvo mucha culpa el estar lejos y separada de Oskar, ya que Oskar me había buscado por mucho tiempo y papá nunca me lo dijo, se lo guardó y yo me quedé con ese odio y rencor hacia Oskar.

—¿Cómo esta la cosa entre usted? —pregustó papá luego.

—Bien, aunque…

—¿Aunque que? —preguntó papá.

—Desde que volvió de Manhattan está diferente —admití—. Parecía... distante.

—¿Diferente?

—¿Pasó algo entre ustedes, él te dijo algo? —pregunté curiosa.

—Nada mas de lo que te comenté Alice. Eso es todo.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—Pero Alice, ¿No era eso lo que querías? ¿Que dejara de insistir? ¿Que te dejara en paz?

—Sí, pero...

—Pero ahora te preocupa perderlo de verdad —completó mi padre con una sabiduría que me irritó.

—No es tan simple, papá.

—El amor nunca lo es, hija. Pero a veces, solo cuando sentimos que algo puede escapársenos de las manos, valoramos lo que realmente significa para nosotros.

Después de colgar, miré a Adrien dormido. Tenía los mismos ojos que su padre, la misma determinación en la mirada cuando algo le interesaba. Por cuatro años había sido solo mío, y había funcionado. ¿Por qué entonces me aterraba ahora la idea de que Oskar pudiera encontrar la felicidad con alguien más?

Mi teléfono vibró con un mensaje.

«Recogeré a Adrien el sábado a las 10. Si quieres acompañarnos, eres bienvenida. Si no, entenderé. – Oskar»

Antes, habría insistido en que yo también fuera. Ahora me daba opción de quedarme atrás.

Miré fijamente el "eres bienvenida", tan diferente del "por favor, ven con nosotros" que esperaba.

¿Era esto lo que realmente quería? ¿Una vida donde Oskar finalmente me diera el espacio que tanto había exigido? Que me hiciera su vida como varias veces le había dicho. ¿Por qué ahora sufría al imaginarlo amando a otra mujer?

Mientras contemplaba qué responder, me di cuenta de que, por primera vez desde nuestro reencuentro, el control de nuestra historia ya no estaba únicamente en mis manos. Y eso, más que cualquier otra cosa, me aterraba.

Oskar

Estacioné mi Audi frente al edificio de apartamentos donde vivían Alice y Adrien. El reloj del tablero marcaba las siete y media de la tarde, una hora perfecta para sorprenderlos con la cena. Junto a mí, en el asiento del copiloto, descansaba la caja de pizza que había ordenado especialmente de La Barceloneta, aquel lugar que tanto le gustaba a Alice. Margherita con rúcula y prosciutto, su favorita.

También llevaba el regalo para Adrien. Había pasado la última semana supervisando personalmente a mis mejores ingenieros para crear un astronauta a control remoto único. No era un juguete cualquiera que pudiera comprarse en una tienda; era una pieza de ingeniería en miniatura, con movimientos precisos y una placa dorada en el pecho que llevaba grabado el nombre de mi hijo. “Adrien Baumman”. Cada vez que veía ese nombre sentía orgullo y dolor por los años perdidos.

Respiré profundo mientras subía en el ascensor. No había avisado que vendría; quería ver la sorpresa en sus rostros. Desde nuestra última conversación en el restaurante, había mantenido la distancia emocional que Danilo me aconsejó. Los mensajes con Alice habían sido cordiales pero breves, centrados únicamente en los planes para el fin de semana con Adrien. Nada de “te extraño” ni “pienso en ti”. Nada que revelara cuánto me dolía esta estrategia.

Toqué el timbre, sosteniendo la pizza en una mano y la caja de regalo en la otra. Cuando la puerta se abrió, mi sonrisa se congeló. No era Alice quien me recibía, sino un hombre. Emiliano, como siempre.

Mi garganta se tensó.

—Baumman —saludó el.

—Emiliano —saludé de la misma manera.

Antes de que pudiera decir algo mas, escuché la voz que hacía que mi corazón se acelerara cada vez.

—¿Quién es, Emi? —Alice apareció desde la cocina, y sus ojos se agrandaron al verme—. ¿Oskar? No sabía que vendrías hoy.

Sentí cómo mi pulso se aceleraba. Llevaba un simple vestido de casa y el cabello recogido descuidadamente, pero para mí seguía siendo la mujer más hermosa del mundo. Y había llamado “Emi” a este hombre.

—Pensé en sorprenderlos con la cena —dije, levantando ligeramente la caja de pizza—. Y traje algo para Adrien.

Como si hubiera escuchado su nombre, la voz infantil de mi pequeño se oyó desde la sala.

—¡Emi, mira mi dibujo!

Me asomé y vi a mi hijo sentado en el suelo, rodeado de papeles y crayones, mostrando orgullosamente una obra de arte infantil. Al verme, sus ojos se iluminaron con un brillo que ningún negocio, ningún éxito profesional podría igualar.

—¡Papá! —gritó, levantándose de un salto y corriendo hacia mí.

En ese momento, todo lo demás desapareció. Dejé la caja de pizza en las manos de Alice y me agaché para recibir a esa pequeña persona que, sin saberlo, había reordenado todas mis prioridades. Lo levanté en mis brazos, sintiendo su pequeño cuerpo contra el mío, inhalando ese aroma a champú infantil y crayones.

—¡Viniste a jugar conmigo! —exclamó con la inocencia y entusiasmo que solo los niños poseen.

—Por supuesto que sí, campeón —respondí, sintiendo una alegría pura y un dolor punzante al pensar en todos los “papá, viniste” que me había perdido en estos años.

Miré de reojo a Emiliano. ¿Cuántas veces habría jugado él con mi hijo? ¿Cuántas veces habría sido él quien secara sus lágrimas o celebrara sus pequeños logros? Un nudo se formó en mi garganta, pero lo disimulé con una sonrisa.

—Te traje un regalo especial —le dije a Adrien, bajándolo suavemente y entregándole la caja.

Sus pequeñas manos apenas podían contener la emoción mientras abría el paquete. Cuando vio el astronauta plateado, su boca formó una perfecta “O” de asombro.

—¡Un astronauta! —gritó—. ¡Mamá, papá me trajo un astronauta!

Alice se acercó, dejando la pizza en la mesa de centro. Su rostro se suavizó al ver la alegría de nuestro hijo.

—Es precioso, Oskar —dijo, y por un instante, y sus ojos se encontraron los míos de esa forma que tanto extrañaba—. Mira, Adrien, tiene tu nombre grabado.

Adrien pasó sus deditos por la placa dorada, maravillado.

—¿Lo hiciste tú, papá? —preguntó, mirándome con admiración.

—Lo diseñé especialmente para ti —expliqué, agachándome a su nivel—. Mis ingenieros lo construyeron siguiendo mis indicaciones. es único en el mundo, como tú.

Su sonrisa se ensanchó aún mas, y por un momento, todo valió la pena. Incluso encontrar a otro hombre en el apartamento de la mujer que amaba.

Me incorporé y, reuniendo todo mi autocontrol, me acerqué a Emiliano. Le ofrecí mi mano, como si no sintiera que cada fibra de mi ser gritaba ante la idea de que este hombre pudiera ocupar un lugar en la vida de Alice. En la vida de mi hijo.

—Gracias por cuidar de ellos durante mi ausencia.

Vi la sorpresa en su rostro, probablemente esperando hostilidad o territoralismo de siempre de mi parte. Lo que no sabía es que internamente estaba luchando contra ambos impulsos.

—Alice y Adrien son personas maravillosas —respondió con sinceridad—. Ha sido un privilegio formar parte de sus vidas.

Sentí una punzada en el pecho. “Formar parte de sus vidas”. Esas palabras me golpearon como un puñetazo. Mientras yo construía una vida basada en mentiras con otra mujer, este hombre había estado aquí, siendo el apoyo que yo debí haber sido.

Alice nos observaba con una expresión indescifrable, sus ojos pasaban de Emiliano a mí. Parecía… ¿confundida? ¿Sorprendida por mi reacción? Recordé el consejo de Danilo: no mostrar desesperación, hacer que sienta que puede perderme. Aunque por dentro me estuviera desmoronando, mantuve mi expresión serena.

Adrien había comenzado a jugar con su nuevo astronauta, completamente ajeno a la tensión adulta que se formaba cada vez que estábamos los tres presentes.

—Adrien —dije, tomando una decisión que me rasgaba por dentro pero que sabía que era necesaria—, ¿qué te parece si vamos a tu habitación a jugar con tu nuevo astronauta? Así dejamos a tu madre y a Emiliano solos.

Las palabras quemaron mi garganta al salir. Cada sílaba era como ácido. Pero mantuve mi sonrisa intacta.

Alice parpadeó varias veces, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Por un instante, pareció querer decir algo, pero se contuvo.

—¡Sí! —exclamó Adrien, tomando mi mano—. ¡Vamos, papá! Te voy a mostrar todos mis juguetes.

Sí, ya me lo había mostrado cientos de veces y siempre seria inmensamente feliz por volver a verlos.

Mientras subíamos las escaleras, sentí la mirada de Alice siguiéndonos. No volteé. No podía permitirme mostrar cuánto me dolía dejarla abajo con él. Cada escalón que subía era una batalla contra el impulso de regresar, de marcar mi territorio, de declararle nuevamente mi amor.

En la habitación de Adrien, me senté en el suelo mientras él me mostraba orgullosamente su colección de coches y dinosaurios. Hablaba sin parar, saltando de un tema a otro con esa energía infinita de la niñez. Yo asentía, sonreía y respondía, pero una parte de mi mente estaba abajo, imaginando conversaciones, miradas, tal vez incluso algo más.

¿Estaba Alice enamorada de Emiliano? ¿Era él el motivo por el que no quería darme una segunda oportunidad? ¿O simplemente eran amigos, como ella había dicho? El no saber lo que Alice sentía realmente me estaba matando lentamente.

Pero mientras veía a mi hijo jugar con el astronauta que había creado especialmente para él, recordé por qué estaba siguiendo este difícil camino. No era solo por reconquistar a Alice, sino por ganarme el derecho a formar parte de la vida de mi hijo. Por crear un futuro donde pudiéramos ser una familia.

Así que tragué mis celos, enterré mis miedos, y me entregué completamente al momento presente, jugando con Adrien como si nada más importara.

Y si para recuperar eventualmente a Alice tenía que fingir que podía vivir sin ella, que podía aceptar la presencia de otros hombres en su vida, entonces eso es exactamente lo que haría. Aunque cada minuto fuera una pequeña muerte.

Porque algunas batallas se ganan retrocediendo.

Y algunas personas solo se dan cuenta de lo que tienen cuando sienten que pueden perderlo.

La puerta de la habitación de Adrien se abrió quince minutos después de que hubiéramos subido. Estábamos sentados sobre la alfombra, mi hijo y yo, completamente absortos en las aventuras de su nuevo astronauta. En ese momento, el pequeño robot plateado exploraba la superficie de “Planeta Adrien”, un mundo imaginario compuesto por almohadas y libros apilados.

Levanté la vista y vi a Alice en el umbral, sosteniendo la caja de pizza. Mi corazón dio un vuelco, como siempre lo hacía en su presencia, pero me limité a dirigirle una sonrisa breve antes de volver mi atención a Adrien. Debía mantener mi papel, aunque cada célula de mi cuerpo quisiera lo contrario.

—Se está enfriando y la pizza no es rica así —dijo Alice mientras se sentaba junto a nosotros, colocando la caja en el centro de nuestro pequeño círculo.

Adrien no necesitó más invitación. Inmediatamente abandonó el control remoto del astronauta y tomó un trozo, mordisqueándolo con entusiasmo. Yo, mientras tanto, luchaba con sensaciones mucho más complejas.

Alice estaba tan cerca que podía percibir el aroma de su perfume. El vestido casual que llevaba dejaba al descubierto parte de su escote, y al sentarse, la tela había subido más de lo previsto, revelando la piel de sus muslos. Tuve que hacer un esfuerzo consciente por mantener mis ojos en la pizza y no en ella.

Noté que pestañeaba varias veces seguidas, un gesto que conocía demasiado bien. Era su forma inconsciente de mostrar nerviosismo, una pequeña señal que había aprendido a interpretar en nuestro tiempo juntos.

—¿Ya se fue Emiliano? —pregunté con un tono despreocupado, como si realmente no me importara la respuesta, cuando la verdad era que cada fibra de mi ser esperaba tensamente sus palabras.

—Sí, ya tenía cosas que hacer.

Asentí con una tranquilidad que estaba lejos de sentir y tomé un trozo de pizza. Una parte de mí se sentía ridículamente aliviada de saber que él ya no estaba en el apartamento, mientras otra parte se preguntaba si habría algo más en esa amistad que Alice no me contaba.

Estaba masticando distraídamente cuando sentí sus dedos sobre mi rostro. Alice había extendido su mano y ahora limpiaba la comisura de mis labios. Ese simple contacto envió una corriente eléctrica por todo mi cuerpo, despertando recuerdos de intimidades pasadas, de noches de pasión, de una vida que parecía tan lejana ahora.

—Tenías un poco de… —dijo rápidamente, retirando su mano como si hubiera tocado fuego.

—Oh, gracias —respondí, tomando una servilleta para completar el trabajo, fingiendo que su contacto no había alterado cada uno de mis sentidos.

Seguimos comiendo en un silencio incómodo, solo interrumpido por los comentarios entusiastas de Adrien sobre su astronauta. Noté que Alice no había tomado ni un solo trozo.

—¿No vas a comer? —pregunté.

Ella negó con la cabeza, un gesto casi imperceptible.

—No tengo hambre —respondió, su voz un poco más baja de lo normal.

La observé con más atención. Su mirada parecía perdida, su postura tensa. Algo no estaba bien.

—¿Todo bien? —pregunté, preocupado.

—¿Podemos hablar? —Su tono impaciente me tomó por sorpresa.

En otro tiempo, en otra vida, habría dejado todo para escuchar lo que tenía que decirme. Habría puesto sus necesidades, sus preocupaciones, por encima de cualquier otra cosa. Pero ahora estaba siguiendo un nuevo guión.

—Antes de irme —respondí con una calma estudiada.

Vi cómo sus ojos se agrandaban ligeramente ante mi respuesta. Claramente no era lo que esperaba. Una pequeña parte de mí, la más mezquina, se regocijó al ver su desconcierto. Pero la mayor parte solo sentía un dolor sordo por tener que mantener esta distancia.

Terminamos de cenar entre conversaciones triviales, principalmente dirigidas a Adrien. Mi hijo comenzó a bostezar, sus pequeños párpados caían ya pesadamente. Era hora de dormir.

Lo ayudé con su rutina nocturna, cepillándole los dientes, poniéndole el pijama con estampados de cohetes espaciales. Le leí su cuento favorito de dinosaurios, disfrutando de cada momento de esta paternidad. Cuando finalmente se quedó dormido, besé su frente y salí silenciosamente, cerrando la puerta tras de mí.

Al bajar las escaleras, encontré a Alice sentada en el sofá de la sala. Sostenía una botella de vino en la mano, llevándosela directamente a los labios para dar un largo trago. No había copas a la vista; esto no era una degustación casual.

—Wow, ve lento con eso o vas a emborracharte —comenté, esbozando esa media sonrisa que sabía que le gustaba, un pequeño desliz en mi máscara de indiferencia.

Me senté a su lado, manteniendo una distancia prudente. No confiaba en mí mismo si estaba demasiado cerca de ella, especialmente con alcohol de por medio.

—¿De qué quieres hablar? Tengo unos minutos —dije, consultando ostentosamente mi reloj. Todo era parte del teatro, del plan. Si ella supiera que lo único que deseaba era quedarme allí toda la noche, hablando de todo y de nada, simplemente existiendo en su presencia.

—¿Por qué? ¿La española esa te espera? —espetó Alice, viendo como su rostro se contrajo en una mueca de disgusto mal disimulado.

No pude evitar sonreír. ¿Eran celos lo que detectaba en su voz? ¿Estaba funcionando la estrategia de Danilo?

—No sé a qué viene la mención de ella, Alice —respondí, manteniendo mi tono neutro.

—¿A qué juegas, Oskar? —preguntó abruptamente, su frustración era demasiado evidente.

—¿A qué juego de qué? —Me hice el desentendido, aunque sabía perfectamente a qué se refería.

—¿De la noche a la mañana ya no te importo? ¿Ya dejaste de amarme?

Quería reírme por lo absurdo de la pregunta. ¿Dejar de amarla? ¿Cómo podría explicarle que cada momento lejos de ella era una pequeña muerte? ¿Qué mantener esta fachada de indiferencia me estaba desgarrando por dentro?

Pero me contuve. Tragué con dificultad y me aclaré la garganta.

—No es eso —comencé, eligiendo cuidadosamente mis palabras—. Pero Alice, tienes razón, no puedo obligarte a que me sigas amando. Yo cometí mi error, y de eso siempre estaré arrepentido. Pero necesito avanzar o me destruiré poco a poco y también debo dejarte rehacer tu vida, con Emiliano o con quien sea.

Las palabras salieron de mi boca como afilados trozos de vidrio, cortándome la garganta en su camino hacia el exterior.

Vi cómo sus ojos se humedecían ligeramente. ¿Era dolor lo que veía en ellos? ¿O simplemente el efecto del vino? Tuve que contener el impulso de tomar su mano, de confesarle que todo era una farsa, que la amaba más que nunca.

—No entiendes nada —dijo en voz baja, mirando la botella en sus manos como si contuviera todas las respuestas—. Absolutamente nada.

—Entonces explícame —la desafié suavemente.

Alice levantó la vista, sus ojos se encontraron con los míos en una mirada tan intensa que sentí que podía ver a través de mi alma, de mi estrategia, de mis mentiras piadosas.

—Emiliano es gay, Oskar —soltó finalmente—. Ha sido mi mejor amigo y apoyo durante estos años, casi un tío para Adrien. Nunca ha habido nada romántico entre nosotros.

La revelación me dejó momentáneamente sin palabras. Había construido todo un escenario de celos y rivalidad en mi cabeza, completamente infundado.

—No sabía… —comencé, pero ella me interrumpió.

—Por supuesto que no sabías. Asumiste, como siempre haces. —Tomó otro trago de la botella—. La cuestión es que no entiendo qué ha cambiado. Hace dos semanas me jurabas amor eterno, y ahora parece que apenas te importa si estoy con otro hombre o no.

Estaba atrapado en mi propia red. Si le decía la verdad, que todo era parte de una estrategia, parecería manipulador. Si mantenía la fachada, corría el riesgo de alejarla aún más.

—Lo que ha cambiado —dije finalmente— es que he decidido respetarte. Respetarte de verdad, no solo de palabra. Y eso significa aceptar tus decisiones, incluso si me duelen.

Alice me miró con incredulidad.

—¿Y eso incluye empezar a salir con otra mujer apenas una semana después?

—No estoy saliendo con Isabelle —aclaré—. Es estrictamente profesional.

—No parecía estrictamente profesional en el restaurante —replicó con amargura.

Por un momento, me permití sentir un rayo de esperanza. Si estaba celosa, si le molestaba la idea de verme con otra mujer, entonces quizás…

—¿Te molesta la idea de que pueda interesarme en alguien más? —pregunté, manteniendo mi tono casual aunque mi corazón latía desbocado.

—No me molesta —respondió demasiado rápido—. Solo me parece hipócrita que jures amor eterno un día y al siguiente coquetees con otra.

—No he coqueteado con nadie —me defendí—. Y mis sentimientos por ti no han cambiado, Alice. Solo mi forma de expresarlos.

Se hizo un silencio entre nosotros. Podía escuchar el tictac del reloj de pared, el zumbido distante del refrigerador, mi propio pulso retumbando en mis oídos.

—Debería irme —dije, levantándome del sofá.

Pero Alice se levantó abruptamente.

—No, no te vayas.

Sus ojos me suplicaban mas que sus palabras.

—¿Para que quieres que me quede? Adrien ya se durmió y no despierta hasta mañana.

—No es por Adrien, es… —levanté su mentón con mis dedos obligándola a levantar la cabeza y mirarme. Olvidaba que sin tacones era pequeñita.

—¿Es que, Alice?

—Quiero que te quedes a dormir conmigo.

Jajaja madre mía Alice, jaja yo también quiero que Oskar se quede a dormir en mi cama. Te mando a mi marido y me lo mandas tu a ese bizcochito.

Mis amores, subiré mas extras de estos dos. Para aquellas personas que quieren leer la apasionante historia de Alice y Oskar, la encuentran aquí mismo en Amor en secreto. No se arrepentirán.