9. Lobo feroz
Juliette estaba sentada detrás de su escritorio, mirando la pantalla de su celular, leyendo una y otra vez el mensaje que le había dejado ese hombre misterioso. El resplandor de la pantalla iluminaba su rostro, pero su corazón latía con una intensidad que la hacía sentir como si estuviera atrapada en una tormenta.
<LoboAmericano>, repitió ella como un mantra.
Una mezcla de emoción y miedo burbujeaba en su pecho. Sabía lo que eso significaba; estaba por dar un salto a lo desconocido. Pero no podía compartir la dirección de su trabajo. Ni siquiera pensaba en darle la dirección de su casa; ella no sabía nada del hombre. Ni siquiera sabía si era algún psicópata asesino violador de mujeres. Tal vez ella se estaba arriesgando demasiado en hacer una locura como esa.
Sin saber qué hacer, se mordió el pulgar, un gesto que había adoptado desde la infancia en momentos de incertidumbre. Las palabras danzaban en su mente. Pero a medida que los segundos pasaban, una idea comenzó a formarse. Necesitaba un lugar donde el riesgo se redujera, donde la multitud pudiera ofrecerle un velo de protección y donde el ambiente le diera la seguridad que requería para enfrentar lo que estaba por venir.
Finalmente, tomó una decisión. Con manos temblorosas, tecleó una respuesta rápida.
¿Qué tal si nos encontramos en una cafetería en el centro comercial de la ciudad después de mi turno, a las 7 pm?>Tras enviar el mensaje, sintió como si una pesada losa se hubiera levantado de sus hombros.
Dejó su celular a un lado, bloqueándolo, y se concentró en las muchas tareas que tenía ese día. Incluso su línea telefónica sonó y ella apretó su pecho al llevarse un gran susto.
—Señor —contestó con premura.
—¿No te estás olvidando de algo? —preguntó Danilo al otro lado de la línea. Juliette abrió los ojos muy grandes y se levantó de un salto de su silla.
—Cuánto lo lamento, señor, ahora mismo voy —dijo colgando el teléfono para tomar su iPad y dirigirse nuevamente a la oficina de su atractivo jefe y amor prohibido.
Había olvidado decirle la lista de sus pendientes.
Juliette ingresó a la oficina bajo la atenta mirada de su jefe, quien le prestó la debida atención. Ella, luego de volver a disculparse, comenzó a decirle la lista de pendientes que tenía para ese día.
Juliette sentía la mirada pesada de Danilo sobre ella, algo que no sucedía antes. Él ni siquiera la miraba; ¿por qué ahora sí?, se preguntó mordiéndose el labio inferior.
—Eso es todo por hoy, señor.
Danilo asintió. —Me alegra saber que no tengo tantos pendientes para hoy. Ya que tengo algo importante que hacer.
Juliette pestañeó mirándolo en silencio. No entendía a qué venía esa aclaración de parte de su jefe, ya que él nunca le daba explicaciones de nada.
—¿Algo más, señor? —preguntó Juliette. —No, puedes retirarte —le dijo y justo cuando ella giró sobre sus tacones de aguja que estilizan sus piernas, una mujer voluptuosa con un sugerente escote y un vestido que dejaba muy poco a la imaginación ingresó a la oficina.
—Cielo, ¿cómo estás? —dijo sin pedir permiso, ignorando totalmente la presencia de Juliette, y pasó de largo para sentarse en las piernas de Danilo para rodearlo con sus brazos.
Juliette sintió una punzada de celos atravesar su pecho, dio un pequeño y silencioso suspiro antes de volver a girar hacia la puerta y salir de la oficina en donde ya sabía muy bien lo que iba a pasar. La exuberante mujer, quien era amante de Danilo, y él iban a tener sexo.
Pero justo cuando Juliette apoyó una de sus manos en el pomo de la puerta para abrirla, escuchó la voz gruesa y molesta de Danilo a su espalda.
—No puedes ingresar sin autorización a mi oficina. No lo tienes permitido —gruñó, y tanta fue la curiosidad de Juliette que giró levemente sobre su hombro para ver cómo su jefe levantaba a la mujer de sus piernas y no de una manera caballerosa justo en el momento en que fijaba sus ojos en ella.
Juliette se apresuró en salir de allí, y al cerrar la puerta una pequeña sonrisa se asomó en sus labios.
Se apresuró a llegar hasta su escritorio, en donde tomó su celular y con prisa lo revisó. Pero de pronto se sintió desilusionada al no encontrar ningún mensaje; ninguna respuesta había llegado de LoboAmericano.
Juliette no entendía por qué se sentía emocionada. Ella iba a vender su virginidad a un completo desconocido, de quien no sabía absolutamente nada; mucho menos sabía cómo era físicamente.
—¿Y si es un gordo panzón con barbas y huele horrible?
Preguntó en susurros y luego apretó su cabeza.
La mujer que acababa de entrar a la oficina de su jefe salió en cuestión de minutos y no llevaba buena cara. Sus tacones resonaban fuertes en el piso de mármol.
—Parece que a alguien no le fue bien —canturreó Juliette sonriendo. Ella aún fantaseaba con Danilo, pero ella sabía muy bien que se quedaría en eso, en simples fantasías. Sacudió su cabeza y comenzó a revisar su correo electrónico y ver todo lo que tenía pendiente, cuando de pronto una notificación apareció en la barra de su teléfono. Era de la app; su corazón comenzó a latir fuerte, sus manos comenzaron también a sudar y temblorosa tomó en sus manos.
De: LoboAmericanoUn auto la estará esperando a las 19 horas frente a Coffee Crom. Sea puntual. Descuide que no soy un asesino secuestrador de mujeres vírgenes, solo quiero conversar con usted y llegar a un acuerdo que nos favorezca a ambos.Ella pasó saliva. Sus nervios se dispararon y comenzó a hiperventilar.
Este hombre desconocido era muy directo, no daba vueltas. Y tal vez, solo tal vez, podría confiar quizás un poco. Pero el miedo aún estaba ahí presente en su mente.
Para: LoboAmericanoAllí estaré puntualmenteEnvió el mensaje y lo bloqueó con prisa, como si fuera una aberración lo que estaba haciendo.
Ningún mensaje apareció nuevamente en la pantalla y eso, en lugar de calmarla, la puso aún más nerviosa.
Juliette estaba sentada en su pequeño escritorio. Miraba cada segundo el reloj de pared, como si de su mirada dependiera la hora que se acercaba. La pequeña manecilla de los minutos avanzaba lentamente, cada tick resonando en su mente como un recordatorio de lo que pasaría en contadas horas. Tenía que estar puntualmente a las 19 horas frente al Coffee Crom, donde Lobo Americano, el desconocido futuro comprador de su virginidad, la estaría esperando.
Su corazón latía con fuerza, casi como un eco que reverberaba en la habitación silenciosa. Al llegar las 17 horas, una mezcla de ansiedad y determinación la invadió. Se levantó con un suspiro y caminó nerviosamente hacia la oficina de su jefe.
—Disculpe, señor. Si ya no se le ofrece nada más, yo me retiro —dijo, intentando que su voz no temblara. La mirada de su jefe se alzó del monitor, notando la inquietud en la expresión de Juliette. Pero luego una pequeña sonrisa se asomó en su rostro.
—No, Juliette. Has terminado tu hora laboral, puedes retirarte, hasta mañana —respondió. Ella no sospechaba nada de lo que ocurriría en su vida a partir de ese día.
—Está bien, gracias —murmuró, y retrocedió.
Juliette recogió sus cosas con manos temblorosas y se metió al baño antes de marcar su salida. Al llegar al espejo, se detuvo un momento, tratando de calmar la tormenta de emociones que la invadía.
Se miró fijamente, buscando ese destello de confianza que sabía que llevaba dentro. Sacó su pequeña cajita de maquillaje de su bolso y, con manos aún temblorosas, comenzó a retocar su rostro. La luz del baño realzaba la blancura de su tez y acentuaba la belleza de sus rasgos. El castaño claro de su cabello caía en suaves cascadas sobre su espalda, que enmarcaban su rostro, mientras que sus largas y tupidas pestañas enmarcaban esos ojos que tenían tanto por contar.
Juliette sabía que, a pesar de su estatura —apenas medía 1.60—, su atractivo era innegable. Su figura, aunque pequeña, tenía una gracia que atraía miradas. Con cada pincelada de maquillaje, se iba sintiendo un poco más segura, como si ese ritual le diera el poder que tanto necesitaba en ese momento decisivo.
Terminado su retoque, respiró hondo una vez más y, mientras se ajustaba la blusa con un gesto automatizado, seguía mirándose al espejo. Salió del baño, lista para lo que fuera que le aguardara.
Finalmente, Juliette salió de la empresa, sintiendo una mezcla de miedo y nerviosismo. Sabía que aún tenía tiempo, pero la ansiedad la consumía. El edificio donde trabajaba no estaba lejos del centro comercial, y en cuestión de minutos, llegó al animado lugar que albergaba el café donde LoboAmericano la había citado.
Juliette empezó a caminar, observando todo a su alrededor, aunque apenas podía concentrarse. Cada pulso de su corazón resonaba en su mente como un recordatorio de la cita que se avecinaba.
El café estaba justo al final de las tiendas frente al centro comercial, y a medida que se acercaba, sus músculos se tensaban con cada paso.
Sabía que aún faltaba media hora para la cita, pero eso solo aumentaba su ansiedad. Se sentó en una mesa tratando de calmarse y recordar las palabras de ánimo que se había repetido en el camino. Observó los rostros de las personas que pasaban, cada uno con su propia historia, mientras ella esperaba, atrapada entre la anticipación y el temor.
Sacó su teléfono, revisando la hora, y respiró hondo. Tal vez podría distraerse un poco. Mientras deslizó el dedo por la pantalla en busca de alguna aplicación que le pudiera ocupar la mente.
Justo a las 19 en punto, una notificación hizo que su corazón diera un salto de nervios. “
Un auto negro te está esperando” , decía el mensaje de LoboAmericano. Juliette tragó grueso. En ese instante, la duda se apoderó de ella. Aún tenía tiempo para arrepentirse, para decir que no y huir de allí. Sin embargo, la imagen de su madre y su hermana apareció en su mente, recordándole la importancia de enfrentar sus miedos y hacer esto por ellas.
Con un largo suspiro, se levantó de la silla y dirigió su mirada hacia el lujoso automóvil que la esperaba. Caminó hacia él con paso vacilante, y cuando estaba a punto de llegar, un hombre de mediana edad, elegantemente vestido, bajó del auto para interceptarla. Juliette sintió un nudo en la garganta y pasó saliva.
—¿Señorita Kity? —preguntó el hombre; su tono era firme pero cálido.
Ella asintió, sintiéndose aún más nerviosa.
—¿U–usted es LoboAmericano? —se atrevió a preguntar.
Él negó con la cabeza.
—No, yo la llevaré junto a él. La está esperando —dijo mientras abría la puerta del auto, invitándola a subir al asiento trasero.
Juliette miró hacia dentro del vehículo, observando el asiento vacío, y sintió dudar. Sus palmas estaban húmedas, y una ráfaga de miedo la envolvía. Sin embargo, en el fondo sabía que este momento podría abrirle las puertas a una nueva vida. Aun así, la incertidumbre la mantenía temblando.
Finalmente, respiró hondo y, con determinación, decidió que no iba a dejar que el miedo la detuviera esta vez. Con un paso firme, subió al automóvil, cerrando la puerta detrás de ella con un leve estruendo que resonó en su mente como una señal de que estaba lista para enfrentar lo desconocido.
El hombre conducía en silencio, sus manos firmes en el volante. Juliette mantenía un agarre decidido sobre el gas pimienta que llevaba en su bolso, una pequeña medida de seguridad que le recordaba que debía estar preparada para cualquier cosa. El nerviosismo aún corría por sus venas, y su mente imaginaba escenarios improbables, pero la realidad era que el hombre parecía totalmente concentrado en la carretera.
A medida que avanzaban, una suave y relajante melodía comenzó a fluir desde los altavoces del automóvil. Las notas llenaron el espacio, creando una atmósfera tranquila que contrastaba con la agitación que sentía Juliette. Ella intentó distraerse pensando en la música, dejando que los acordes la envolvieran lentamente.
Se permitió cerrar los ojos por un breve instante y dejar que la música la guiara a un lugar más seguro.
Mientras tanto, el hombre, concentrado en la conducción, parecía estar completamente inmerso en su tarea. No decía palabra y eso aumentaba la tensión en Juliette.
De repente, sintió una punzada de curiosidad que la impulsó a formular la pregunta que llevaba reprimiendo.
—¿Trabaja para él? —¿Cómo es? —preguntó de pronto, tratando de leer la expresión del hombre a través del retrovisor.
El hombre la miró brevemente; sus ojos pueden resultar serios y cautelosos.
—Sí, trabajo para él. Es un hombre importante —respondió, con un tono seco que no convidaba a más charla.
Juliette sintió una mezcla de frustración y curiosidad. La imagen de aquel personaje se tejía en su mente como un rompecabezas, y no podía evitar querer más piezas.
—¿Pero cómo es físicamente? —insistió, su interés creciendo a cada palabra.
El conductor desvió nuevamente la mirada hacia la carretera, evitando la mirada de Juliette.
—No tengo permitido dar esos detalles —respondió.
Frustrada, Juliette se recostó en el asiento trasero del automóvil, cruzando los brazos. El suave zumbido del motor apenas podía ahogar sus pensamientos. Las luces de la ciudad se iban desvaneciendo poco a poco, dando paso a una noche que nadie sabía lo que traía consigo.
De pronto el automóvil ingresó a una propiedad.
Juliette observó cómo la elegante propiedad se erguía ante ella. Su corazón latía con fuerza mientras la intriga se apoderaba de sus sentidos.
—¿Él está aquí? —preguntó, el temor y la excitación entrelazándose en su voz.
El conductor volvió a mirarla por el retrovisor, con sus ojos serios asintiendo con un leve movimiento. Detuvo el automóvil y, con un gesto firme, salió del vehículo para abrirle la puerta. Juliette, sintiendo una mezcla de ansiedad y determinación, bajó con cautela.
Frente a ella se desplegaba una casa lujosa, de líneas modernas y un estilo sobrio. No era grande, pero la elegancia de su diseño era indiscutible. A uno de los lados, un pequeño jardín que le gustó a Juliette, y se imaginó ella viviendo con su familia en un lugar así, aunque la presencia de guardias en cada esquina recordaba que eso estaba lejos de la realidad.
El hombre hizo un gesto con la mano, invitándola a caminar hacia el interior. Juliette le siguió, sintiendo el peso de cada paso sobre el mármol fresco. La entrada estaba decorada con obras de arte que hablaban de riqueza y refinamiento.
—Por aquí —dijo el hombre, indicándole una escalera que se alzaba majestuosamente al final del vestíbulo. Juliette llevó su mano a la barandilla, sintiendo su frío metal bajo sus dedos. Cada peldaño que ascendía parecía acercarla a un destino desconocido.
El silencio era ensordecedor a medida que subían, y con cada paso, Juliette sentía que su corazón se detenía por un instante. ¿Quién era realmente ese hombre al que iba a conocer? ¿Qué significaba “importante”? Las preguntas continuaban girando en su mente, mientras su pulso se aceleraba.
Finalmente, llegaron a un pasillo decorado con más arte y elegancia. Se detuvieron frente a una puerta.
—Está esperando —murmuró el hombre, mirándola.
Juliette respiró profundamente, preparándose para cruzar el umbral hacia lo desconocido.
Ella sintió cómo la tensión aumentaba en el aire cuando empujó la puerta y la cruzó. Al entrar la figura del hombre alto, de espaldas la recibió; era una silueta imponente frente al ventanal, donde la luz tenue creaba un halo que acentuaba su misterio. La habitación, con su suave iluminación, parecía absorber todos los sonidos, sumiendo a Juliette en un silencio inquietante.
Cerró la puerta detrás de ella con un susurro, sintiendo que estaba sellando su destino.
—Ponte el antifaz —ordenó una voz gruesa que hizo que un escalofrío recorriera su columna vertebral. Era el tipo de orden que llevaba consigo un peso innegable, una autoridad implícita que no podía ignorar. Y, aunque el temor surgió en su interior, había algo familiar en esa voz que le hizo dudar.
Juliette vaciló, mirando al hombre que, aunque estaba de espaldas, emanaba una energía que la fascinaba y a la vez la aterraba. Se preguntó por qué, de repente, parecía reconocerlo tan bien, incluso sin poder ver su rostro. La confusión la envolvía mientras su mente intentaba conectar.
Poco a poco, sus ojos buscaron el antifaz hasta que lo vio encima del mueble a su lado, una prenda que simbolizaba tanto un juego de seducción como un secreto. Finalmente, con una respiración profunda, se acercó un poco más y tomó el antifaz, preparándose para cumplir con la orden.
—¿Por qué debo usar esto? —se atrevió a preguntar, sintiendo que su voz se quebraba al salir. Había un desafío en sus palabras, una pequeña chispa de valentía que aún habitaba dentro de ella. Pero aun así se lo puso.
El hombre se giró lentamente y sonrió al verla con el antifaz puesto. Juliette respiró profundamente al oler un aroma que a ella le gustaba mucho. El perfume de Danilo. Ella tragó grueso al escuchar los pasos del desconocido acercarse a ella de forma lenta, aumentando los latidos de su corazón.
Sintió cómo él se posó detrás de ella y cómo comenzó a acariciar su cabello. Ella comenzó a temblar.
—Gira. —Le dio una orden y ella, temblorosa, lo hizo; eran simples palabras, pero Juliette sabía que detrás de esto había algo más o más bien alguien.
—¿Quién eres? —preguntó ella y sintió la mano del desconocido acariciar su cuello.
—El lobo feroz que va a comerte.