2.
MinervaTal y como hacía cualquier mujer tonta que quería aferrarse a una relación a toda costa, guardé esas cosas, tomé aire, puse mi mejor cara y no mencioné el tema mientras me despedía de los niños y de Santiago. Si lo confrontaba en ese momento, estaba segura de que él encontraría una explicación lógica a algo que ya era más que obvio.
El último atisbo de esperanza había muerto al leer el ticket. La compra se había hecho pocos minutos después de que él saliera de la casa. También había comprado las gomitas que tanto le gustaban a ella.
Lo que resultaba extraño era que solo hubiera un condón en el bolsillo y no el paquete. O habían jugado bastante —como hacía conmigo— o Rebeca lo había colocado en el saco para que yo me enterara de una vez de que los dos estaban juntos.
—Creo que es lo segundo —dijo Sofía después de analizar el ticket—. Siempre has dicho que Santiago es un hombre meticuloso, que no descuidaría un detalle como este.
—Yo también lo creo —murmuré, bajando la mirada.
A pesar de saberme engañada, estar en la cafetería me ponía nerviosa. Dejar mi celular en casa para que no me rastreara ya me estaba pareciendo una mala idea.
—¿Y qué vas a hacer?
Alcé la vista y fruncí el ceño.
—¿No me lo vas a decir tú?
—Es a ti a quien le están poniendo el cuerno, no a mí —gruñó mi amiga—. Yo llevo meses diciéndote que esa relación entre ellos no es normal, pero no puedo decidir por ti.
—Es que…
Sofía dulcificó la mirada y me tomó de las manos.
—Yo te voy a apoyar en lo que decidas —me dijo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Sofía podía ser muy seria, dura y directa, pero era la mejor amiga del mundo.
—Si quieres que le cortemos sus miserias, eso haremos. Si todavía quieres casarte con él, iré a terapia para superar mis ganas de matarlo.
Solté una risita y negué con la cabeza.
—Mi primer impulso fue ir a gritarle. Gracias a Dios, recordé que los niños estaban en la casa —confesé—. Solamente por ellos me contuve. Santiago no parecía nervioso, así que eso da más peso a la teoría de Rebeca. Ahora sé que es una hipócrita, como decías. Fingió ser la ex buena onda solo para que no desconfiara de ella.
Sofía no respondió de inmediato. Se llevó la taza a los labios y saboreó tanto su té como mis palabras.
—Me sabe mal que hayas tenido que encontrar un condón en su ropa para que te dieras cuenta —dijo al fin—. Pero, ¿cómo culparte? Estás muy enamorada de ese idiota. Creo que deberías regresar a dar clases.
Mi respiración se volvió irregular. Di un sorbo a mi bebida y negué con la cabeza.
—No —respondí—. No soy una buena maestra.
—¿Qué? —preguntó con tono seco—. ¿De dónde sacas eso? Los niños a los que les diste clases todavía me preguntan si vas a regresar. La directora cada mes, sin falta, también me cuestiona. Es tu vocación.
Mi corazón se arrugó. Ya no podía negar más lo que sentía.
—De acuerdo, sí extraño ser maestra —admití, cabizbaja.
—¿Y entonces? ¿Es por Santiago?
—Es por algunos padres de mis alumnos. No sé qué tengo, pero más de uno me invitó a salir.
—Ah, ya entiendo. —Sofía bufó—. No puedo creerlo, Minerva.
—Santiago se moría de celos y yo no quería que nuestra relación se terminara —continué—. Sí, dime que soy una tonta.
—No, lo que me queda claro es que el león cree que todos son de su condición.
Solté un suspiro. Esta conversación estaba doliendo más de lo que imaginaba. Ahora que me escuchaba en voz alta, me daba cuenta de mi estupidez.
—Entonces debo aceptar que Santiago se enreda todavía con Rebeca —balbuceé.
—Si no ha pasado, hay intenciones. Para muestra, un botón. —Sofía alzó el ticket—. Amiga, sé que duele, pero el mundo seguirá su curso si decides dejarlo.
—Lo amo, Sofía —dije con voz temblorosa—. Y, sobre todo, amo a mis angelitos. Si la relación se acaba, no podré verlos. O no creo que Santiago me lo permita. Esos niños necesitan una madre.
—Tú no eres su madre —me recordó mi amiga—. Puedes quererlos con toda el alma, pero no lo eres. No puedes quedarte allí si eso te destruye. Santiago y Rebeca deben velar por sus hijos. No vivir un amorío a tus costillas, mientras esos niños duermen bajo tu mismo techo.
Dejé escapar un sollozo y me cubrí el rostro con ambas manos. Agradecía al cielo que mi todavía prometido no fuera a llegar temprano. Eso me daría tiempo de descongestionarme.
—Ya no es mi techo —murmuré—. Esa es la casa que compró él. Menos mal que no vendí mi departamento. Santiago no logró convencerme.
—Bien, eso es genial.
Su tono entusiasta me hizo dejar de llorar.
—Nos vemos luego —le dije cuando mi alarma sonó—. Necesito arreglarlo todo.
—¿Lo vas a enfrentar hoy?
—No tengo idea —admití—. Tengo que irme. Él puede darse cuenta de que salí de casa.
—Dios…
—Aunque lo dudo mucho a estas alturas. —Reí con amargura—. En estas últimas semanas, él apenas repara en mi existencia. Ni siquiera desayunó con nosotros esta mañana.
—¿De verdad quieres casarte con un hombre así? Imaginemos que no es infiel. ¿Quieres ser la esposa de un hombre para el que no eres prioridad?
—No, no quiero —respondí de inmediato—. Aun así, tengo cosas en las que pensar. Él todavía me toca, me busca, me…
—Hay hombres que saben fingir muy bien. No dudo que te desee y que sienta algo por ti, pero eso no significa que hayas desplazado a Rebeca de su mente y de su corazón. Hay personas que no funcionan en pareja, aunque se sigan amando.
Me levanté con cuidado de la silla y asentí.
—Sí, supongo que tienes razón. Tengo que dejarlo, solo que aún no sé cómo. No tengo idea de cómo hacer que mi corazón entienda que él no es para mí. En el fondo, aún conservo la esperanza de que nada de esto sea cierto.
—¿Entonces irás a esa farmacia?
—Sí, eso haré.
A la mitad del camino, decidí posponer ese plan. Era poco probable que alguien que atendiera a mediodía también estuviera en la madrugada.
Me detuve en un semáforo e intenté relajar el cuerpo. Era imposible. Siempre había sido firme cuando algo no me parecía, pero con él todo era diferente. Lo amaba tanto que me resultaba imposible imaginar una vida lejos de él y de mis angelitos. Mi vida entera giraba alrededor de su existencia, incluso cuando hacía cosas para mí.
Un auto se detuvo a mi lado. Giré la cabeza con apatía, pero me enderecé al ver a Santiago con los ojos brillantes de ira.
—¿Qué estás haciendo?
Recobré la compostura y solo me encogí de hombros.
—Conduciendo —respondí, volteando hacia el semáforo—. Lo mismo que haces tú.
—A la casa —ordenó.
El semáforo se puso en verde y arranqué. Santiago fue detrás de mí todo el camino y yo no pude pensar qué diablos iba a decirle por haber salido sin el chófer y con mi licencia de conducir vencida.
Al llegar a casa, Santiago se bajó del auto y fue a abrirme la puerta para sacarme sujeta del brazo.
—¿Qué hacías en esa cafetería con Sofía? —preguntó con brusquedad—. ¿Por qué no llevabas el celular? Estuve llamándote.
—¿Cómo sabes lo de la cafetería?
Mi prometido cerró la puerta y me acorraló. Su mirada se endureció aún más y presionó su cuerpo contra el mío.
—Siempre sé adónde vas —susurró—. ¿Qué estabas haciendo y por qué no me lo dijiste?
Apreté los dientes y puse las manos sobre su pecho. No cedió ni un poco.
—Suéltame —exigí—. Solo fui a tomar un café con Sofía. ¿Qué tiene eso de malo?
—No puedes salir sin el chófer, tu licencia…
—No te preocupes. Muy pronto la voy a renovar.
Santiago metió una rodilla entre mis piernas para impedir que me moviera. Todo su cuerpo gritaba lo que quería de mí en ese momento. Y, para mi pesar, yo también pensaba en lo mismo. Deseaba olvidar todo ese asunto y que me convenciera de ser la única mujer a la que amaba.
—¿Qué es lo que te ocurre? Tú aceptaste quedarte en casa.
—Pues creo que ya me arrepentí —repliqué con una sonrisa que no supe de dónde salió—. Volveré a trabajar. Me aburrí de estar siempre sola y solo hablar con alguien los fines de semana.
—¿De qué hablas?
Su mirada rabiosa dio paso a la confusión. O tal vez al miedo. Temía perder a la mujer que cuidaba de sus hijos cuando a su amor le pasaba algo.
—Que pienso regresar a la escuela —anuncié con una tranquilidad fingida—. Quiero volver a ser algo más que tu simple prometida.