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3.

Ella Es Nuestra — booknet.com · All chapters

3.

Minerva

El sonido de su celular impidió que Santiago y yo termináramos haciendo de todo menos hablar. Por unos instantes, agradecí la interrupción de su asistente, pero ese alivio se desvaneció en cuanto escuché el nombre de Rebeca salir de los labios de mi prometido.

—Tienes que irte, ¿verdad? —le pregunté mientras me ponía la camisa.

—Regresaré en cuanto la atienda. Tuve que salir de la oficina y olvidé que ella iría a buscarme.

—Entiendo.

—Dijiste que debo involucrarme más en los asuntos de mis hijos, ¿no es así? Iremos a elegir el salón de fiestas para el cumpleaños de Valentina.

—¿Y yo no puedo ir? —solté.

Santiago se acercó con esa sonrisa que ya conocía muy bien.

—Rebeca no se sentirá cómoda con que la veas. Ella se hizo daño de nuevo.

Mi tendencia a preocuparme por los demás me provocó una punzada en el estómago.

—¿Está mejor?

—Sí, pero me pidió que no vinieras porque se siente avergonzada. Yo no tendría problemas en que nos acompañaras.

Empezó a acariciarme la cabeza. Durante unos segundos sentí que el amor que decía tenerme seguía allí, pero hacía tanto que no me lo decía que ya no estaba dispuesta a creerlo.

—Debes concentrarte en empezar los preparativos para nuestra boda —susurró antes de darme un corto beso en los labios—. No puedes volver a la escuela, Minerva.

—Una cosa no está peleada con la otra —mascullé.

—Nos iremos de luna de miel, ¿cómo podrías trabajar?

Santiago siguió besándome, avivando ese fuego que nacía en mi vientre y quemaba el resto de mi cuerpo.

—Te amo —musitó entre besos.

«Bombardeo de amor. Bombardeo de amor», grité por dentro para no ceder.

—Dime que no lo harás —suplicó—. Quiero tenerte solo para mí.

—Ya vete —le pedí con una risita—. Voy a hacer lo que dices. Me concentraré en los preparativos.

—Bien —dijo, complacido—. No mires los precios, ordena todo lo que quieras.

—Pero…

—Hazlo —me pidió—. Yo organizaré mi agenda para estar contigo. Nos casaremos lo antes posible.

Tuve que morderme la lengua para no soltarle todos los insultos que me rondaban la cabeza. Me limité a sonreír y a darle otro beso para que se fuera de una vez por todas.

—Está bien.

Santiago se fue después de unos minutos y contuve mi rabia hasta que escuché su auto alejarse. Entonces tomé una almohada, me encerré en el baño y grité con la cabeza hundida en ella. De ninguna manera iba a dejar que las empleadas chismosas le dijeran que estaba mal.

—Tengo que irme —espeté, una vez que dejé la almohada en su lugar—. Poco a poco.

Corrí a al vestidor y empecé a sacar cosas como una desquiciada hasta que comprendí que solo levantaría sospechas. No tenía la fuerza para irme sin mirar atrás, así que tendría que hacerlo con calma.

Esa mochila, arrumbada y sucia en el fondo del vestidor, me ayudaría con mi propósito. No era raro que llevara cosas a mi departamento de vez en cuando.

Me senté en el alféizar de la ventana, temblando. Pensar en una vida lejos de la casa que ya veía como mi hogar era muy duro. Debía actuar con inteligencia y reunir todas las pruebas necesarias para no quedar como una tonta cuando Santiago me preguntara por qué lo dejaba.

—Soy una ridícula —mascullé mientras me limpiaba las lágrimas.

Encendí mi celular y busqué el contacto de la directora. Desistí de inmediato de mi intento de llamar. Ella se pondría tan contenta que no habría poder humano que impidiera que viniera a mi casa.

Después de ordenar mi ropa otra vez, bajé al despacho, donde encontré la agenda en la que tenía anotados los números de las empresas favoritas de Santiago para la organización de eventos. Cuando él me dio todos esos contactos, me sentí profundamente amada, pero poco después me di cuenta de que solo lo había hecho para ahorrarse la tarea de organizar nuestra boda.

Una boda que se había ido posponiendo por Rebeca. Siempre por Rebeca.

—Pues no habrá boda —murmuré mientras arrancaba la hoja y la hacía trizas—. Si quieres boda, que sea con ella.

Me calmé un poco y volví a la habitación para arreglarme. Me maquillé como hacía tiempo que no lo hacía y llamé a Sofía para vernos en mi departamento.

—Llevaré cervezas —dijo con entusiasmo en la voz—. Amiga, ¿ya lo enfrentaste?

—No, pero pronto. De momento, quiero ordenar el departamento, vender lo que ya no quiero y tirar lo que no me sirva. ¿Me ayudarías?

—Claro que sí, cariño —respondió de inmediato—. Entonces saldrás poco a poco.

—Sí. También iré a terapia y todas esas cosas. Necesito salir de aquí. Estuve a punto de caer con Santiago.

—¿Y lograste contenerte?

—No. Otra vez Rebeca nos interrumpió. Se fue con ella para buscar un salón de eventos para la fiesta de cumpleaños de Valentina.

—Sí, claro —resopló Sofía.

—Parece que ninguno de los dos escucha a su hija. Mi niña eligió hace tres meses el lugar que quería para su fiesta. Y lo dijo frente a ambos, cuando fuimos al hotel a cenar —balbuceé—. No sé qué me duele más, si pensar que están mintiendo o que no prestan atención a sus hijos.

—Las dos cosas son igual de detestables. Aun así, no puedes quedarte para resolverles la vida. Ya basta, Minerva. Tienes que aprender a ver por ti y que ellos se rasquen con sus propias uñas.

—Pero es que…

—Santiago tiene dinero de aquí a setecientas vidas más. Puede buscarse una niñera si no quiere lidiar con sus hijos.

—El amor no se compra con dinero —dije, irritada—. Yo amo a esos niños y me duele perderlos. No puedo dejarlos así como así.

—Sé que te duele, pero ese ya no es tu problema —replicó Sofía—. Amiga, piensa en ti por primera vez. Además, terminar con Santiago no implica necesariamente que tengas que dejar de verlos.

—Si termino con él…

—Rebeca también es su ex y a ella la trata como una reina, le permite hacer todo lo que quiere. ¿Por qué a ti te negaría estar cerca de sus hijos si eso es lo único que piensas pedirle?

Me sequé las lágrimas que había derramado sin darme cuenta y sonreí. Un pequeño halo de esperanza comenzaba a iluminar la oscuridad en la que estaba sumida.

—Tienes razón —susurré—. Aunque tampoco sé cómo va a reaccionar cuando sea yo quien lo termine. Fue Santiago quien la dejó a ella.

—Eso dice él —dijo Sofía con tono burlón—. Si fuera ese tipo quien la dejó, no la trataría así. Abre los ojos, señora.

Me levanté de la cama y empecé a caminar de un lado a otro, sin importarme que la alfombra me raspara los pies. Que alguien me envenenara la cabeza contra Santiago era justo lo que necesitaba para terminar de abrir los ojos y salir de una vez por todas.

—Tienes razón, como siempre —respondí—. Nos vemos en una hora y media, nena. No solo traigas cerveza, trae vino.

—¿Y de dónde lo sacaré? —Se rio—. Todavía no…

—Cómpralo y te lo pago —espeté—. Te daré más dinero del que gastes.

—¿Usando la tarjeta que te dio Santiago?

—Sí, esa. Si él compra condones para usar con su ex mientras yo cuido a sus hijos, ¿por qué yo no compraría bebidas para nosotras con su dinero? Que se vaya al diablo. Me cansé de él y de su tibieza. Como la ex le resultó una mala madre, quiere tener lo mejor de dos mundos. Eso no se puede.

—Cálmate un poco, ¿sí? A partir de ahora tienes que andarte con cuidado.

Después de colgar la llamada, me di los toques finales. Aunque no dejara a Santiago de un día para otro, debía empezar a ver por mí, salir de la casa cuando se me diera la gana y disfrutar de mi semana hasta que tuviera que volver a cuidar de mis angelitos.

Al quitarme el anillo de compromiso y guardarlo en el joyero, se me quitó un peso de encima. Seguía siendo doloroso, pero sospechaba que Santiago podía localizarme a través de él.

Me puse mis zapatillas favoritas, tomé ese bolso que me había comprado con mi último sueldo y que llevaba tiempo sin usar, y bajé las escaleras. Flor me miró boquiabierta cuando me la encontré en la cocina.

—Señora, ¿a dónde va? —me preguntó.

—Dos cosas, cariño —le dije con un tonito arrogante que salió sin pensar—. Una, ya no me llames señora. Soy solo Minerva. Dos, yo puedo salir de la casa sin que al señor le armen un informe completo.

—De acuerdo —me mintió—. ¿Va a salir con el chófer?

—Sí.

Tomé una de las manzanas del frutero y me dirigí a la entrada. Unas voces infantiles me detuvieron y la puerta se abrió de par en par.

—¡Min! —gritaron mis angelitos antes de lanzarse hacia mí.

La alegría de verlos un lunes por la tarde no disipó mi frustración y el dolor que vino después de abrazarlos.

—Vamos a pasar toda la semana aquí —me dijo Camila con un entusiasmo que contagiaba a quien la viera.

—Me encanta la idea —respondí con una sonrisa enorme, rezando por dentro para que Martín no sospechara de mis nervios—. ¿Cómo…?

—Nuestros papás estarán ocupados —me dijo él con seriedad—. Papá fue quien nos mandó aquí para que te hagamos compañía.

***

Ahhh, este pinche desgraciado ya le metió a los angelitos, pero ¿ella se dejará? Bueno, sabemos que ella es débil ante ellos, pero Sofía no muajajajaa.

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Continuará...