SS - Capítulo 1149
La criatura se desparramó fuera de su jaula. Era una masa repugnante, una montaña imponente de carne grisácea provista de cien extremidades ágiles y un racimo de ojos enormes que resultaban inquietantemente humanos. Todos ellos ardían con un frenesí delirante.Su cuerpo colosal continuaba desplegándose, ocupando fuera del contenedor un espacio mucho mayor del que parecía posible en su interior. Sus extremidades restallaban en todas direcciones, disparando garras afiladas como ganchos. Morrow habría podido resistir a la abominación de haber estado preparada, pero no lo estaba. Su cuerpo estaba maltrecho, sus huesos quebrados, y su mente se fracturó por un instante ante la visión de una criatura que, de algún modo, había escapado a su control.Aquella vacilación solo duró una fracción de segundo, pero fue suficiente. Su figura desapareció bajo una marea de extremidades grises y serpenteantes, y, en un parpadeo... una Maestra del gran Clan Song había sido devorada.Amiran presenció su muerte con una expresión de pura incredulidad. _’Qué ironía...’_. La bruja había sido aniquilada por su propia aberración. La caída de un enemigo tan poderoso debería haberle infundido júbilo, pero en su lugar sintió una punzada de terror absoluto. Ahora le tocaba a él enfrentarse a la bestia y, a pesar de su orgullo, no confiaba en sus posibilidades.Habría sido un necio si no reconociera a aquella monstruosidad por lo que era: un Corrupto. Y, por su aspecto, uno de clase alta. ¿Un Demonio? No, algo mucho peor... un Tirano._’Esos desdichados... ¿Infiltraron a un Tirano Corrupto en una ciudad humana? ¿Planeaban desatar esto entre los muros de una capital asediada?’_.Por supuesto, el propio Amiran se encontraba entre quienes, a sabiendas, permitieron que un Tirano Corrupto fuera introducido de contrabando en una ciudad humana porque convenía a sus objetivos. La hipocresía de su propio desprecio no se le escapó, pero la ignoró; no había tiempo para dilemas morales.El Tirano comenzaba a moverse. Aún quedaban un par de docenas de Despertados con vida en la sala de producción en ruinas, todos aturdidos por el lamento de Morrow. En ese instante, sus lealtades al Clan Valor o al Clan Song carecían de sentido; a la abominación no le importaba a quién sirvieran. Aquellas extremidades grises surcaron el aire, apresando a los soldados más cercanos a la jaula. La sangre regó el suelo de hormigón.Amiran ya estaba en movimiento. —¡Reagrúpense! ¡Concentren sus ataques en el monstruo!Apretó los dientes, sintiendo cómo la toxina drenaba su velocidad y su fuerza. ¿Qué clase de hoja traicionera habría usado aquel Maestro de las Sombras? Un guerrero como Amiran no era fácil de envenenar y, aun así, sentía una debilidad repugnante ramificándose por su cuerpo.Luchando contra la parálisis, rugió y lanzó su martillo con toda la potencia de un Caballero. El arma giró en el aire a la velocidad de una bala y, como si su trayectoria abriera un sendero, un torrente furioso de fuerza invisible lo escoltó.El martillo y el torrente de energía impactaron contra la masa tambaleante del horror con tal furia que desataron una explosión masiva. Un golpe a plena potencia de Amiran era capaz de pulverizar las puertas de una Ciudadela; el Tirano fue proyectado hacia atrás por el impacto, soltando los cuerpos de los Despertados que se desplomaron como sacos de arena.Pero entonces... aquellos cuerpos comenzaron a erguirse con una lentitud antinatural. Ya no poseían rastro alguno de humanidad; una malignidad gélida y alienígena anidaba en sus pupilas, mientras unos hilos negros y fantasmales se extendían desde sus espaldas, conectándolos a las extremidades de la abominación gris.Los rostros de los cadáveres resucitados se contorsionaron antes de abalanzarse con torpeza sobre el Despertado más cercano. La sangre volvió a regar el suelo. Amiran maldijo entre dientes._’Un titiritero...’_Minutos antes, no le inquietaba demasiado que la criatura escapara de la fábrica hacia la zona industrial; aquello entraba en los márgenes aceptables de la misión. Pero ahora... permitir que un Tirano con la capacidad de crear una legión de marionetas alcanzara a las multitudes de refugiados equivalía a entregarle un ejército invencible.Aquello no podía suceder.La criatura debía ser aniquilada de inmediato, antes de que cosechara las millones de almas que aguardaban en la superficie. A pesar de la astucia inherente a tales engendros, lo lógico habría sido que el Tirano intentara huir de un oponente formidable como Amiran para buscar suministros ilimitados de carne arriba. Sin embargo, por alguna razón incomprensible, la abominación parecía obsesionada con masacrar primero a cada humano en aquella sala subterránea.Amiran no iba a desperdiciar la oportunidad. —¡Atacad, miserables!Su grito de guerra restalló en la estancia, espoleando a los Despertados. Los guerreros de Valor obedecieron sin dudar, mientras los supervivientes de Song vacilaban en una confusión letal.Algunos, con el miedo chorreando por las piernas, se unieron al asalto contra el Tirano. Otros, estúpidos hasta el final, intentaron degollar a sus propios hermanos; a esos los desmembraron primero. Hubo quienes prefirieron correr, pero los cobardes no llegaron lejos. Amiran estaba demasiado hundido en la carnicería como para ver quién les daba caza, pero ninguno logró tragárselo la boca oscura del túnel. Todos murieron en el lodo.El muro de carne gris y su maraña de extremidades se le echó encima. —Tengo que destruirlo... Tengo que... Tengo... En el fondo, Amiran sabía que un Tirano Corrupto no era un enemigo que pudiera despedazar él solo. Menos aún con las venas ardiendo por el veneno y el cuerpo roto tras la lucha contra esa bruja maldita, Morrow. Pero esta abominación se sentía extrañamente débil. Quizás el encierro en la jaula encantada le había podrido la fuerza, o tal vez solo era un parásito cuyo poder dependía exclusivamente de su legión de esbirros.También estaba rabioso y enloquecido, casi...Una bestia idiota. Enfrentar a esa cosa no era distinto a cazar a un monstruo colosal, de no ser por las malditas marionetas que paría sin descanso. Había una oportunidad, una grieta mínima en su destino. Los Despertados caían solo para ser reanimados como títeres de carne, y esos mismos títeres terminaban triturados bajo el acero. Aquel horror deforme y gris empezó a acumular heridas purulentas; sus extremidades infinitas acabaron machacadas o arrancadas de cuajo. A su alrededor, la fábrica misma gemía, desmoronándose como un cadáver de metal.¡Lo voy a destrozar! Amiran se convirtió en una máquina de matar incluso cuando el último de sus hombres fue reducido a carne de cañón. Su espada no solo brillaba, mordía; era un relámpago de acero que escupía ondas de choque brutales contra la masa deforme de la criatura. Tenía los pulmones prendidos fuego y el veneno galopando por sus venas, convirtiendo su sangre en ácido. Su esencia estaba en las últimas, drenándose como una herida abierta, pero se negó a morder el polvo. No iba a fracasar... iba a purgar esa inmundicia costara lo que costara.Y entonces, el milagro se abrió paso entre la sangre. Amiran lo logró. Las marionetas que trepaban por su cuerpo como parásitos se sacudieron en un último espasmo antes de desplomarse como sacos de carne muerta. La mole gris, esa montaña de tejido reseco y podrido, sufrió una convulsión final que hizo temblar el suelo antes de quedar inerte, como un cadáver olvidado en la tierra agrietada.La voz del Hechizo siseó en su oído, marcando el final. Amiran dio un paso en falso, con la visión borrosa y el pecho estallando, sin poder asimilar que seguía vivo. Sus piernas cedieron y se estrelló de rodillas contra el lodo. Estaba seco, vacío; un cascarón roto que apenas lograba retener el aliento.Y aun así, contra todo pronóstico, seguía vivo. Amiran escupió un aliento rancio y cargado de sangre. —¡Gané! —rugió entre dientes. En el silencio sepulcral que devoró la fábrica, una voz gélida restalló a su espalda: —¿En serio lo hiciste?Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Se obligó a girar el cuerpo, alzando la vista con un esfuerzo agónico. Sobre él se erguía una aparición de pesadilla: un demonio embutido en una armadura de obsidiana, con una máscara coronada por tres cuernos retorcidos que parecían desgarrar el aire. Tras las cuencas de la máscara no había ojos, solo un vacío absoluto. —¿Qué…? ¿Quién… quién eres…?La máscara se inclinó apenas unos milímetros. Esos dos pozos de oscuridad le taladraron el alma, paralizándole el corazón. La aparición sentenció: —Supongo que sí.Un latido después, un filo de hielo se deslizó sin ruido por la rendija de su visera. El acero besó su garganta y la luz de Amiran se apagó para siempre.