1.
El estruendo de los aplausos hizo vibrar el salón mientras las luces y las cámaras convergían sobre el centro del escenario. Adrián De Luca se levantó de su mesa y avanzó entre los invitados con la serenidad de un hombre acostumbrado a ser observado.
Alto, vestido con un traje negro hecho a la medida y con la espalda erguida, subió los escalones sin apresurarse. Su sola presencia imponía una distancia que nadie se atrevía a cruzar.
—El reconocimiento al empresario del año es para… ¡Adrián De Luca!
Los flashes estallaron uno tras otro cuando recibió el trofeo. Adrián lo sostuvo frente a las cámaras y esbozó una sonrisa discreta, sin abandonar aquella expresión seria que lo caracterizaba. No necesitaba mostrarse arrogante para recordarles a todos que era el hombre más poderoso de aquella sala.
—Agradezco la confianza que han depositado en mí —declaró con voz firme—. Este reconocimiento también pertenece a cada una de las personas que trabaja conmigo y ha contribuido al crecimiento de la compañía.
Una nueva ovación acompañó sus palabras.
Al fondo del salón, oculta detrás de la barra y vestida con el uniforme negro del servicio, Alma apretó con fuerza la bandeja que llevaba entre las manos. Sus ojos se empañaron, pero parpadeó para contenerse antes de que alguien pudiera notarlo.
Allí estaba Adrián: admirado, respetado y deseado por medio país. La prensa lo presentaba como el heredero perfecto de los De Luca, un empresario brillante con una vida envidiable y un futuro cuidadosamente diseñado.
Y también era su esposo.
Nadie en aquella fiesta lo sabía. Nadie, fuera de un reducido grupo de abogados, podía imaginar que el soltero más codiciado del país llevaba dos años legalmente casado con una mujer a la que jamás reconocería en público.
No se trataba de una historia romántica ni de un amor que ambos hubieran decidido proteger de la prensa. Adrián había dejado claras las condiciones el mismo día en que firmaron los documentos.
—Este matrimonio solo existe sobre el papel. Nunca ocuparás un lugar a mi lado y jamás le dirás a nadie que eres mi esposa.
Dos años habían pasado desde aquella ceremonia rápida y desprovista de emoción en la oficina de un notario. No hubo flores, invitados ni promesas. Tampoco anillos, fotografías o un beso que sellara la unión. Solo una mesa sencilla, dos firmas y un apretón de manos entre desconocidos.
Alma aceptó porque la vida de su madre dependía de un tratamiento que jamás habría podido pagar. Adrián la eligió porque su abuelo le había impuesto una condición para entregarle el control de las empresas familiares: debía casarse y demostrar que estaba preparado para darle continuidad al apellido De Luca.
Él necesitaba una esposa discreta. Ella necesitaba dinero.
Un acuerdo comercial en el que ambos obtenían algo.
Al menos así lo había considerado Alma al principio, antes de comprender que aquel contrato acabaría convirtiéndose en una celda sin barrotes.
Vivía en una pequeña propiedad perteneciente a la familia De Luca y recibía una transferencia mensual con la que pagaba las facturas médicas de su madre. A cambio, debía obedecer una única regla: no existir.
No podía hablar con la prensa, acercarse a Adrián en público ni presentarse ante nadie como la señora De Luca. Tampoco debía intervenir en su vida privada. Y, por supuesto, no podía enamorarse de él.
Esa última condición le pareció ridículamente fácil de cumplir cuando firmó.
El tiempo se encargó de demostrarle lo equivocada que estaba.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
La pregunta de otro camarero la arrancó de sus pensamientos. Alma se apresuró a relajar los dedos alrededor de la bandeja.
—Sí. Perdón, me distraje un momento.
—El jefe está vigilando. Será mejor que sigamos moviéndonos.
Ella asintió y reanudó el paso entre las mesas. Necesitaba concentrarse en su trabajo, terminar el turno y marcharse sin llamar la atención. Había aceptado cubrir aquella celebración porque pagaban casi el triple que en un evento común. No imaginó que la empresa contratante sería una subsidiaria de los De Luca hasta que llegó al hotel y vio el apellido de su esposo proyectado sobre el escenario.
Ya era demasiado tarde para retirarse.
Además, Adrián ni siquiera tenía por qué verla. Para él, Alma llevaba dos años siendo invisible.
Un repentino murmullo cerca de la entrada atrajo la atención de los invitados. Varias cámaras cambiaron de dirección y los fotógrafos comenzaron a disputarse el mejor ángulo.
Valeria Montes acababa de llegar.
La modelo cruzó el salón envuelta en un vestido ajustado que realzaba su figura. Era hermosa y lo sabía; cada paso suyo poseía la seguridad de una mujer acostumbrada a conseguir cuanto deseaba. Saludó a un par de conocidos sin detenerse y caminó directamente hacia Adrián.
Él la recibió extendiendo una mano. Valeria entrelazó los dedos con los suyos y, al llegar a su lado, se levantó sobre los tacones para besarlo en la mejilla. Adrián deslizó el brazo alrededor de su cintura con una naturalidad que hizo estallar una nueva ráfaga de flashes.
Alma sintió que algo se le retorcía dentro del pecho.
Había visto cientos de fotografías de ellos en revistas, periódicos y redes sociales. Conocía los rumores sobre sus viajes, sus cenas privadas y la supuesta boda que ambas familias planeaban anunciar antes de que terminara el año. Sin embargo, contemplarlos juntos a pocos metros de distancia dolía de una forma que ninguna fotografía había conseguido.
Adrián sonrió ante algo que Valeria le susurró. No fue la expresión controlada que había ofrecido durante su discurso, sino una sonrisa cálida, reservada para ella.
Una que Alma jamás había recibido.
—Dicen que se casarán este año —comentó una camarera a su lado mientras acomodaba unas copas.
—Seguro. Todo el mundo sabe que él está loco por ella —respondió otra—. Míralos. Parecen la pareja perfecta.
Alma bajó el rostro y fingió revisar la bandeja para que ninguna de las dos advirtiera su expresión.
Qué ironía tan cruel.
Todo el país esperaba con entusiasmo la boda de un hombre que ya estaba casado.
Casado con ella.
Respiró hondo y continuó atendiendo a los invitados, convenciéndose de que solo debía resistir hasta el final de la velada. Había soportado dos años de indiferencia; podía soportar unas horas viendo a Adrián representar la vida en la que ella jamás tendría cabida.
Sin embargo, la noche todavía no había terminado de humillarla.
El encargado del servicio apareció en la entrada de la cocina y le extendió una botella de champán dentro de una hielera.
—Lleva esto a la mesa principal. Rápido.
Alma quiso pedirle que enviara a otra persona, pero la mirada impaciente del hombre la hizo desistir. Tomó la hielera y avanzó entre los invitados, cuidando que las manos no le temblaran.
Adrián conversaba con un grupo de inversionistas. Valeria permanecía junto a él, riendo y posando cada vez que detectaba una cámara cerca.
Alma evitó levantar la mirada. Su intención era dejar la botella sobre la mesa y alejarse antes de que Adrián reparara en ella, pero, al inclinarse para acomodarla, sintió sus ojos sobre su rostro.
Solo fue un instante.
La mirada de Adrián se endureció al reconocerla. No pareció sorprendido de verla allí; más bien irritado por su presencia, como si Alma hubiera incumplido deliberadamente las condiciones de su acuerdo.
Ella se apresuró a retroceder.
—¡Espera un momento, camarera!
La voz de Valeria la detuvo.
Alma giró despacio. La modelo observaba la falda de su vestido con el ceño fruncido.
—Acabas de derramar champán sobre mí. ¿Tienes idea de cuánto cuesta este vestido?
Alma examinó la tela. No había una sola mancha, pero Valeria pasó los dedos por un punto inexistente y levantó la mirada, exigiendo una respuesta.
—No creo haber derramado nada, señorita. De todas formas, puedo revisarlo y—
—¿Me estás llamando mentirosa?
El tono cortante de Valeria atrajo la atención de las mesas cercanas. Las conversaciones fueron apagándose y varias personas se giraron hacia ellas, ansiosas por presenciar el conflicto.
El calor de la vergüenza se extendió por el rostro de Alma.
—No, por supuesto que no. Solo intentaba decir que la botella no llegó a tocar su vestido.
—La gota cayó cuando la sacaste de la hielera —replicó Valeria, elevando aún más la voz—. Deberían enseñarles a hacer su trabajo antes de permitirles acercarse a los invitados.
Un par de mujeres intercambiaron sonrisas burlonas.
Alma sintió las miradas recorriendo su uniforme, sus zapatos sencillos y la bandeja que todavía sostenía. Valeria no necesitaba gritar para dejar clara la diferencia entre ambas, pero parecía disfrutar haciéndolo.
—Lo lamento —dijo Alma, tragándose la indignación—. Si me permite, puedo ayudarla a limpiarlo.
—¿Limpiarlo tú? —Valeria soltó una risa desdeñosa—. No podrías pagar ni la etiqueta de esta prenda.
Algunas risas ahogadas se escucharon alrededor de la mesa.
Entonces Adrián se acercó y ocupó su lugar junto a Valeria.
El corazón de Alma dio un vuelco absurdo. Una parte de ella, la más ingenua, esperó que pusiera fin al espectáculo. No necesitaba defenderla como su esposa ni revelar el secreto que tanto se esforzaban en ocultar. Bastaba con que le pidiera a Valeria que se calmara. Con que evitara que continuara degradándola frente a todos.
Adrián clavó los ojos en los suyos.
Alma alcanzó a ver el reconocimiento en su mirada. Él sabía perfectamente quién era, conocía los sacrificios que la habían llevado a firmar aquel contrato y entendía que ella no podía defenderse sin arriesgar la salud de su madre.
Aun así, la observó con la indiferencia que le habría dedicado a cualquier desconocida.
—Si no sabe hacer su trabajo, que la retiren del salón —ordenó.
Sus palabras cortaron a Alma con más profundidad que todas las burlas de Valeria. Sintió que algo se quebraba dentro de ella, pero se obligó a mantener la espalda recta.
Un hombre de seguridad se acercó y la sujetó del brazo con firmeza.
—Acompáñeme a la salida, por favor.
—No es necesario que me agarre —murmuró Alma—. Puedo caminar sola.
Dejó la bandeja sobre una mesa y permitió que la condujeran entre los invitados. No protestó ni intentó explicar lo ocurrido. Habría sido inútil. En aquel salón, la palabra de Valeria Montes valía más que la verdad de una camarera.
Antes de cruzar las puertas, Alma miró hacia atrás.
Adrián ya le había dado la espalda. Valeria se aferraba a su brazo mientras él retomaba la conversación con los empresarios, como si nada hubiera sucedido. Como si la mujer a la que acababa de echar no llevara dos años unida legalmente a él.
Las puertas dobles se cerraron detrás de Alma.
Fue entonces cuando comprendió cuál era su verdadero lugar en la vida de Adrián: no era su esposa, ni siquiera una esposa escondida en las sombras. Era una obligación incómoda, un nombre estampado en un documento y un estorbo que debía desaparecer en cuanto amenazara con entrar en su campo de visión.
Cuando salió del hotel, la lluvia caía con tanta fuerza que en pocos pasos empapó su uniforme. Alma siguió caminando por la acera, sin preocuparse por buscar refugio. El agua fría le corrió por el rostro y se mezcló con las lágrimas que ya no pudo contener.
Se había prometido no llorar por Adrián.
Había repetido muchas veces que conocía las condiciones, que él nunca le había ofrecido cariño y que no tenía derecho a reclamar algo que jamás formó parte del trato. Pero ninguna condición podía prepararla para verlo amar a otra mujer mientras fingía que su propia esposa no existía.
El teléfono vibró dentro del bolsillo de su delantal.
Alma estuvo a punto de ignorarlo. Pensó que sería el encargado del catering, quizá para informarle que no volverían a contratarla. Sin embargo, la insistencia de la llamada la obligó a sacar el aparato.
Número privado.
Se secó la mejilla con el dorso de la mano, aunque la lluvia volvió a mojarla de inmediato, y contestó.
—¿Sí?
—¿Hablo con la señora De Luca? —preguntó una voz masculina, grave y envejecida.
Alma se detuvo en mitad de la acera.
Hacía dos años que nadie se dirigía a ella utilizando aquel apellido. Ni siquiera Adrián lo había pronunciado después de casarse.
—¿Quién es usted?
—Mi nombre es Lorenzo Bianchi. Soy el abogado personal de don Vittorio De Luca.
Un escalofrío, ajeno al frío de la lluvia, le recorrió la espalda.
—¿Ocurrió algo?
Al otro lado de la línea se produjo un breve silencio.
—El abuelo de su esposo falleció hace una hora.
Alma cerró los dedos alrededor del teléfono.
—Lo siento mucho —alcanzó a decir—. Pero no entiendo por qué me llama a mí.
—Antes de morir, don Vittorio me confió un sobre sellado y dejó instrucciones muy precisas sobre su entrega.
—¿Qué clase de instrucciones?
La voz del abogado adquirió un tono solemne.
—La carta debe llegar únicamente a sus manos, señora De Luca. Su esposo no puede conocer su contenido hasta que usted la haya leído.
—¿Qué contiene esa carta?
—La última voluntad de Vittorio De Luca.