10.
Después de varios minutos conduciendo a una velocidad temeraria, Adrián llegó a la antigua casa de Alma. Frenó frente a la entrada y salió del automóvil sin molestarse en cerrar con cuidado. El golpe de la puerta resonó en la calle desierta.
Atravesó el pequeño jardín con la corbata floja y la respiración alterada. Al llegar al porche, golpeó la madera con el puño.
—¡Alma! Abre la puerta.
No obtuvo respuesta. Volvió a llamar, esta vez con tanta fuerza que la hoja vibró bajo sus nudillos.
—¿Qué demonios te pasa? ¿Cómo se te ocurre marcharte de la mansión de esa manera? ¡Tenemos todo preparado para mañana! ¿Acaso olvidaste el acuerdo?
Adrián aguardó, seguro de que ella aparecería en cualquier momento. Esperaba oír sus pasos al otro lado, el giro de la cerradura o, al menos, una contestación furiosa. Sin embargo, dentro de la vivienda no se percibió el menor movimiento.
Presionó varias veces el timbre y esperó de nuevo. La quietud comenzó a incomodarlo. Apoyó una mano en el picaporte y trató de abrir, pero estaba cerrado.
—Alma, sé que estás molesta, pero no voy a quedarme toda la noche aquí. Abre y hablemos.
Sus palabras se perdieron en el interior de la casa. Adrián apretó la mandíbula, bajó los escalones y se dirigió hacia una de las ventanas. Pegó el rostro al cristal y cubrió los costados con las manos para bloquear el reflejo del exterior.
La sala estaba completamente oscura. No había luces encendidas, sombras moviéndose ni señal alguna de que alguien hubiera entrado recientemente. Solo alcanzó a distinguir los muebles antiguos y la taza que permanecía sobre la mesa.
Se apartó del vidrio y contempló la fachada con creciente inquietud. ¿Alma no había regresado allí? Era el único lugar al que imaginaba que podía ir. No conocía a sus amistades, ignoraba si tenía otros familiares en Londres y tampoco contaba con un número al cual localizarla.
Regresó al porche y golpeó una vez más, negándose todavía a aceptar que hubiera llegado demasiado tarde.
—¡Alma!
Esperó con el oído atento. A lo lejos pasó un vehículo, pero en la casa todo continuó igual.
—¡Joder! —exclamó, descargando la palma contra la puerta.
Bajó los escalones y se pasó una mano por el cabello, tratando de contener la mezcla de frustración y ansiedad que comenzaba a dominarlo. Alma no solo había abandonado la mansión: había desaparecido sin dejarle una sola pista.
Adrián dirigió una última mirada hacia las ventanas oscuras.
—Maldita mujer… Te voy a encontrar. Y cuando lo haga, vas a descubrir de lo que soy capaz.
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En otro lugar de la ciudad, Alma salió del cuarto de baño envuelta en una toalla blanca, secándose el cabello con otra más pequeña. El vapor escapó detrás de ella y se extendió por la habitación que había alquilado aquella tarde, un espacio sencillo e impersonal donde nadie pensaría en buscarla.
Su teléfono comenzó a sonar sobre la mesita de noche. Se acercó para tomarlo y sonrió al reconocer el número de su madre.
—Mami, ¿cómo estás?
—Almita, mi vida. Estoy bien —respondió la mujer con una voz más animada de lo habitual—. Acabo de despertar de una siesta y las enfermeras me dieron una cena deliciosa. Hasta me trajeron postre.
Alma se sentó en el borde de la cama y dejó caer sobre sus hombros la toalla con la que se secaba el cabello.
—¿Te sientes estable? ¿No te ha vuelto el dolor?
—Hoy no. La rehabilitación todavía me duele un poco, sobre todo cuando me hacen mover las piernas, pero la doctora dice que estoy avanzando.
—Tienes que seguir esforzándote, mami. Sé que es difícil, pero todo eso te ayudará a recuperar fuerzas.
—Lo sé, cariño. No te preocupes tanto por mí —le pidió su madre con ternura—. ¿Y tú cómo estás? ¿Cómo está Adrián?
La pregunta acabó con la breve tranquilidad de Alma. Su cuerpo se tensó y sus dedos se cerraron alrededor de la toalla húmeda.
Contempló la habitación en la que se había refugiado: la maleta abierta junto al armario, la ropa que había sacado a toda prisa y el vestido nuevo doblado sobre una silla. Había abandonado la mansión impulsada por la humillación, sin detenerse a pensar dónde pasaría la noche o qué haría al día siguiente. Solo sabía que necesitaba alejarse de Adrián.
Sus palabras todavía le dolían. Dentro de aquella casa se había sentido como un adorno que él podía vestir y colocar donde le resultara conveniente; un objeto que su familia tenía derecho a juzgar, insultar o utilizar porque los De Luca habían pagado el tratamiento de su madre. Si permanecía allí aceptándolo todo en silencio, tarde o temprano terminaría creyendo que en verdad no merecía nada mejor.
Adrián debía de estar buscándola. Tenía demasiados planes preparados como para permitir que desapareciera sin más, pero eso no cambiaba lo ocurrido. Él le exigía cumplir con cada condición mientras ignoraba la única cosa que Alma había pedido a cambio: respeto. Si no estaba dispuesto a concederle eso, ella tampoco veía por qué debía seguir sacrificándose.
Aun así, la culpa no dejaba de atormentarla. Vittorio había salvado a su madre cuando nadie más quiso ayudarlas. Había cubierto operaciones, medicamentos y terapias que Alma jamás habría podido pagar. Marcharse ahora le hacía sentir que estaba traicionando al hombre que les había tendido la mano en el peor momento de sus vidas.
Pero estar agradecida con Vittorio no debía significar soportar la crueldad de su nieto.
—¿Alma? —la llamó su madre desde el otro lado de la línea—. ¿Sigues ahí?
Ella cerró los ojos y suspiró.
—Sí, mamá, sigo aquí —respondió, obligándose a suavizar la voz—. Todo está bien con Adrián. Nada nuevo, ya sabes cómo es.
—Dale mis saludos cuando lo veas. Y come bien, hijita; últimamente te escucho muy agotada.
Alma sonrió con tristeza.
—Tú también tienes que alimentarte bien, mami. Descansa. Nos vemos pronto.
—Te quiero mucho, Almita.
—Y yo a ti.
Terminó la llamada y permaneció sentada en el borde de la cama, contemplando la pantalla apagada del teléfono.
Después de un momento, dejó el aparato a un lado y se obligó a reaccionar. No había comido nada desde que abandonó la mansión y quedarse encerrada, repasando cada insulto de Adrián, solo conseguiría hacerla sentir peor. Se vistió con unos pantalones oscuros y un suéter, recogió su cabello todavía húmedo y tomó el bolso para salir en busca de algo para cenar.
Por el momento permanecería en aquella habitación. No pretendía desaparecer para siempre ni darle la espalda a la promesa que le había hecho a Vittorio, pero tampoco regresaría corriendo después de la forma en que Adrián la había tratado. Primero tendría que comprender que ella no era una posesión y que cualquier acuerdo entre ambos exigía respeto de las dos partes.
Hasta que aprendiera esa lección, podía arreglárselas sin ella.
***
A la mañana siguiente, al otro lado de la ciudad, Adrián estaba cerca de perder la paciencia.
Desde la noche anterior había llamado a los chóferes de la familia, al abogado de Vittorio y a cada persona que pudiera saber algo sobre Alma. También ordenó a su equipo de seguridad que revisara hospitales, estaciones y hoteles, aunque sin armar un escándalo que atrajera la atención de la prensa. Ninguno había conseguido localizarla.
Adrián dejó el teléfono sobre el escritorio tras otra llamada inútil. Llevaba la misma camisa del día anterior, con las mangas recogidas hasta los antebrazos, y no había dormido más de un par de horas. Cada informe sin resultados aumentaba su desesperación.
La puerta del despacho se abrió y Valeria entró sin esperar permiso. Adrián contuvo una maldición. No quería verla a ella ni a nadie en ese momento.
—Por fin te encuentro —dijo Valeria, acercándose al escritorio—. Llevo desde ayer intentando hablar contigo. ¿Qué está pasando?
—Alma desapareció.
Valeria se detuvo.
—¿Cómo que desapareció?
—Después de una pequeña discusión decidió hacerse la digna. Recogió sus cosas, abandonó la mansión y no regresó a la casa donde vivía. Desde entonces nadie sabe dónde demonios está.
—¿Por qué discutieron?
Adrián apoyó la espalda contra la silla y se frotó la frente.
—Rosaura fue a la casa y se enfrentó con ella. Alma terminó golpeándola, yo le llamé la atención y se ofendió. Hizo una escena en mi despacho y se largó en cuanto salí hacia la empresa.
Valeria lo observó con atención.
—¿Eso es todo?
—Es suficiente. Ahora no logro encontrarla y necesito que regrese cuanto antes. Todo está listo, Valeria. No puedo seguir adelante si esa mujer ya no piensa cooperar.
Valeria tensó la mandíbula. Si Alma se negaba a cumplir, Adrián podía perder la herencia y con ella el futuro que la familia Montes llevaba años planeando. No permitiría que una camarera resentida echara todo a perder por una pelea doméstica.
Rodeó el escritorio y se situó detrás de Adrián. Apoyó las manos sobre sus hombros, acariciándolos con suavidad para aliviar la tensión acumulada.
—Cálmate. Vas a encontrarla —le aseguró—. Pero cuando lo hagas, no puedes volver a tratarla de la misma manera. Tienes que cambiar de estrategia.
Adrián ladeó el rostro.
—¿Qué propones?
—Finge que estás arrepentido. Pídele perdón.
Él giró la silla para mirarla.
—¿Que le pida perdón?
—Eso dije.
—Ni loco. No voy a rebajarme de esa manera. Yo no le pido perdón a nadie y, en este caso, no tengo nada de lo que arrepentirme.
Valeria dejó escapar un suspiro impaciente.
—No te estoy diciendo que lo sientas, Adrián. Te estoy diciendo que finjas. Si llegas gritándole, amenazándola y recordándole todo lo que tu familia ha hecho por ella, volverá a huir. Ahora que sabe que el testamento la respalda, se cree con derecho a imponerte condiciones.
Él guardó silencio. No le gustaba admitirlo, pero Valeria tenía razón en algo: la intimidación no había funcionado. Alma había preferido marcharse sin saber adónde ir en lugar de soportar otra orden suya.
—Tienes que ser inteligente si quieres recuperar lo que te pertenece —continuó Valeria—. Haz que confíe en ti. Trátala bien, dale la razón de vez en cuando y permite que crea que has cambiado.
—¿Y por qué funcionaría algo así?
Valeria esbozó una sonrisa astuta.
—Porque le gustas.
Adrián la contempló como si acabara de decir una estupidez.
—¿De qué demonios hablas?
—Esa mujer está enamorada de ti, o muy cerca de estarlo.
—Estás loca. Alma y yo prácticamente no nos conocemos.
—Tú no la conoces a ella, que es diferente. Soy mujer, Adrián. Nos damos cuenta de esas cosas con rapidez. La forma en que te mira, lo mucho que le afecta que la rechaces, la expresión que tenía cuando me abrazaste frente a ella… Le gustas, aunque jamás vaya a reconocerlo.
Adrián hizo una mueca incrédula. La idea le parecía absurda, pero recordó el dolor que había visto en el rostro de Alma cuando la llamó sanguijuela. En ese momento creyó que solo se sentía humillada; ahora se preguntó si detrás de aquella reacción había algo más.
—Continúa —le pidió.
Valeria regresó detrás de la silla y deslizó las manos por sus hombros.
—Sedúcela. No necesitas acostarte con ella ni romper lo que me prometiste. Solo hazle creer que comienzas a verla de otra manera. Sé atento, compórtate como el esposo que siempre quiso tener y consigue que vuelva a la mansión. Cuando haya cumplido su parte y recuperes la herencia, te divorcias y la botas de tu vida.
Adrián tamborileó los dedos sobre el brazo de la silla, considerando la propuesta.
—Si se enamora, podría convertirse en un problema.
—Ya es un problema. Al menos de esta forma podrás controlarlo —respondió Valeria—. Eres un hombre de negocios y has convencido a personas mucho más difíciles. Esto no debería costarte nada. Cuando tengas que sonreírle o decirle algo amable, recuerda por qué lo estás haciendo. Si te resulta desagradable, mírala a los ojos e imagina que soy yo.
Una sonrisa lenta y arrogante apareció en los labios de Adrián.
Presentado de esa manera, el plan parecía sencillo. Fingir interés durante unos meses no podía ser más complicado que cerrar una negociación. Solo tendría que ganarse la confianza de Alma, mantenerla satisfecha hasta cumplir la condición de Vittorio y apartarla cuando dejara de ser necesaria.
Los sentimientos que ella pudiera desarrollar no eran asunto suyo.
—De acuerdo —concedió—. Lo haré a tu manera.
Valeria se inclinó y depositó un beso en su mejilla, satisfecha de haber recuperado el control de la situación. Adrián volvió la atención hacia el teléfono para redoblar la búsqueda.
Sí, podía hacerlo. Podía fingir arrepentimiento, mostrarse amable e ilusionar a una mujer enamorada con la promesa de un matrimonio que jamás sería real.
¿Qué podía salir mal?
...
En realidad, muchas cosas saldrán mal 😅 que conste que Valeria lo propuso, que no llore si se hace realidad jaja las leo, espero que les esté gustando la historia.