11.
Alma soltó un suspiro de agotamiento y se secó la frente con el paño que llevaba en la mano. Acababa de terminar su jornada en un concurrido restaurante del centro de Londres, donde había conseguido algunos turnos como mesera mientras decidía qué hacer con su vida.
La última mesa se había marchado hacía poco y el salón comenzaba a vaciarse. Alma recogió las copas que quedaban, limpió la barra y llevó el uniforme al vestidor de empleados. Tenía los pies adoloridos después de tantas horas caminando, pero agradecía el cansancio. Trabajar mantenía su mente ocupada y evitaba que pensara demasiado en Adrián.
Se quitó la camisa blanca y la falda negra del restaurante para ponerse unos pantalones cómodos, un suéter grueso y el abrigo que había llevado esa mañana. Luego guardó el uniforme en su bolso, se arregló el cabello frente al pequeño espejo del vestidor y se despidió de sus compañeros.
Llevaba una semana viviendo en la habitación alquilada. En todo ese tiempo no había intentado comunicarse con Adrián ni había recibido ninguna llamada suya, aunque eso último no resultaba extraño: él ni siquiera tenía su número.
Alma revisaba las noticias cada mañana, esperando encontrar el anuncio de su matrimonio en algún periódico o portal de espectáculos. Sin embargo, no había aparecido nada. Adrián debía de haberlo detenido todo.
Una parte de ella se sentía aliviada. Todavía no estaba preparada para que su rostro apareciera en todos los medios ni para que desconocidos comenzaran a investigar su pasado. La otra parte se preguntaba cuánto tiempo tardaría él en encontrarla y qué ocurriría cuando finalmente lo hiciera.
Al salir del restaurante, una corriente helada la recibió en la acera. Alma se cerró el abrigo hasta el cuello y buscó un taxi. Estaba demasiado cansada para recorrer en transporte público el largo trayecto.
El taxi se detuvo frente a un edificio antiguo de ladrillo oscuro. Alma pagó la carrera, bajó con el bolso colgado del hombro y entró rápidamente para escapar del frío.
Subió las escaleras hasta el segundo piso. El corredor permanecía casi a oscuras, iluminado por una única lámpara amarillenta. Avanzó hacia su habitación mientras buscaba las llaves dentro del bolso, pero sus pasos se frenaron al distinguir una figura junto a la puerta.
Era un hombre alto, vestido completamente de negro y protegido por un abrigo elegante. Tenía una mano dentro del bolsillo y con la otra revisaba el reloj cada cierto tiempo. La tensión de su postura revelaba que llevaba un buen rato esperando y que su paciencia comenzaba a agotarse.
Alma apretó las llaves entre los dedos. No necesitó acercarse más para reconocerlo.
Era Adrián.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella cuando estuvo lo bastante cerca—. ¿Cómo me encontraste?
Él se separó de la pared y se irguió frente a ella, reduciendo el espacio entre ambos hasta dejar apenas unos centímetros de distancia.
—Hola a ti también.
El saludo sonó mordaz. La rigidez de sus facciones y el modo en que apretaba la mandíbula dejaban claro que estaba conteniendo el enojo.
—¿Y bien? —insistió Alma.
—¿Eso es todo lo que vas a decirme después de desaparecer durante una semana?
—Sabes perfectamente por qué me fui. ¿O ahora vas a fingir que no lo recuerdas? —Sacó las llaves del bolso y señaló su habitación—. Hazte a un lado. Necesito pasar.
Intentó rodearlo, pero Adrián le sujetó la muñeca y la detuvo. Alma quiso soltarse; él aprovechó el movimiento para hacerla retroceder hasta que su espalda chocó contra la pared. El pasillo estaba desierto y el cuerpo de Adrián bloqueaba cualquier posibilidad de apartarse.
—Suéltame.
Él no obedeció. Respiraba con fuerza cerca de su rostro y mantenía la mano cerrada alrededor de su muñeca.
—¿Desde cuándo te volviste tan rebelde e insolente? —preguntó entre dientes—. ¿Tienes idea de todo lo que tuve que mover para encontrarte en este cuchitril? Llevo días sin dormir ni concentrarme en una puta cosa por tu culpa. Tuve que detener el anuncio, cancelar reuniones y dejar en pausa cada plan que estaba preparado. Me hiciste quedar como un imbécil delante de todo mi equipo y ahora, cuando por fin doy contigo, me recibes como si no hubiera pasado nada. Esa indiferencia tuya empieza a irritarme.
El corazón de Alma golpeaba con violencia dentro de su pecho. La cercanía, la presión sobre su muñeca y el enojo contenido en la voz de Adrián conseguían intimidarla, pero se negó a demostrárselo. Su rostro conservó una calma impenetrable. Si él solo entendía la distancia y la dureza, eso sería lo único que recibiría de ella.
—Qué mal por ti —contestó—, pero ese es tu problema, no el mío. Ahora suéltame y déjame entrar.
Adrián descargó la palma contra la pared, justo al lado de su cabeza. El estruendo recorrió el corredor y Alma se estremeció, aunque no bajó los ojos.
—¿Tenías que largarte por eso? —reclamó él—. Solo fue una maldita discusión.
—Para ti fue una discusión pequeña porque no fuiste tú quien terminó humillado.
—Rosaura te provocó y tú la golpeaste. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que te felicitara?
—Quería que dejaras claro que nadie tiene derecho a insultarme dentro de la casa en la que pretendes obligarme a vivir. En cambio, preferiste llamarme pueblerina delante de ella y después me trataste como una sanguijuela cuando intenté explicarte lo que necesitaba.
Adrián abrió la boca para responder, pero Alma no se lo permitió.
—Sé que para ti soy tan poca cosa que ni siquiera merezco respeto. También sé que te resulta fácil verme como alguien que tu familia compró y que ahora está obligada a hacer todo lo que ordenes. Pero soy un ser humano, Adrián. He pasado gran parte de mi vida soportando que me humillen, me miren por encima del hombro y me traten como si no valiera nada. No voy a seguir permitiendo eso.
Él aflojó un poco la presión sobre su muñeca, pero todavía no la soltó.
—Siempre hablas de los dos años que perdiste por este matrimonio, como si hubieras sido el único obligado a soportarlos. Yo también viví esos dos años atada a un hombre que fingía que no existía. Ahora nos han puesto una carga mayor sobre los hombros y eso significa que tendré que permanecer a tu lado durante más tiempo. Puedo aceptarlo, pero no voy a aceptar más desprecios.
Alma sostuvo sus ojos sin vacilar.
—Si vuelves a faltarme al respeto o permites que alguien de tu familia lo haga, habrá consecuencias iguales o peores que esta. Y créeme cuando te digo que no es una amenaza vacía. Lo único que tengo que perder en esta vida es a mi madre. Fuera de ella, no existe nada lo bastante importante como para obligarme a soportarte.
Él no encontró una respuesta inmediata. Las palabras de Alma lo habían dejado sin nada que pudiera usar en su contra. Entonces recordó el consejo de Valeria.
Había llegado dominado por el enojo y, al tener a Alma frente a él, olvidó por completo el motivo por el que debía controlar su temperamento. No había ido hasta allí para discutir otra vez, sino para convencerla de regresar.
Tomó aire, abrió la mano y por fin liberó su muñeca. Después retrocedió lo suficiente para dejar de acorralarla.
—Está bien —dijo con evidente esfuerzo—. Tienes razón. Lo siento mucho por todo.
Alma lo observó con desconcierto.
—¿Qué?
Adrián apretó los dientes. Pronunciar aquellas palabras ya le había resultado bastante difícil como para tener que repetirlas.
—Lo que oíste. Lo siento por lo que pasó —contestó con brusquedad—. Ahora recoge tus cosas y vuelve conmigo a la mansión.
Alma entrecerró los ojos. El tono autoritario, la rigidez de su postura y la molestia dibujada en su rostro contradecían cada palabra de la supuesta disculpa. Casi sintió ganas de reír al verlo esforzarse por fingir un arrepentimiento que no sentía.
Suspiró y se giró hacia la puerta para entrar.
—Buenas noches, Adrián. Que regreses bien a casa.
Él la sujetó del antebrazo para impedir que se alejara.
—¿Qué?
—Necesito entrar. Estoy cansada.
—¿No acabas de escuchar lo que te dije?
—Te escuché perfectamente.
Adrián esperó, cada vez más irritado.
—¿Y entonces?
Alma arqueó una ceja.
—¿Entonces qué?
—¿No piensas regresar conmigo?
—¿Por qué lo haría?
La pregunta pareció ofenderlo.
—Acabo de pedirte disculpas.
—No soy tonta. Parecías querer repetir un monólogo.
Él aflojó los dedos, sorprendido por la facilidad con la que ella había descubierto la mentira.
—No sabes de qué estás hablando.
—Si solo pretendes fingir que estás arrepentido, no pierdas el tiempo. Resulta vergonzoso viniendo de un hombre tan respetable y transparente como tú, Adrián.
El sarcasmo fue imposible de ignorar. Él la soltó sin saber cómo responder. ¿No le había creído ni una palabra? Valeria le aseguró que bastaría con mostrarse arrepentido.
¿Tan mal lo había hecho?
Ella aprovechó su desconcierto para acercarse a la puerta. Introdujo la llave en la cerradura y comenzó a girarla.
Adrián sintió que la poca paciencia que le quedaba se agotaba. No podía permitir que se encerrara y diera la conversación por terminada. Volvió a atraparla del brazo, esta vez por tercera ocasión, y la hizo girarse hacia él.
Alma ni siquiera alcanzó a reclamar. Sin pensar en lo que hacía, Adrián inclinó el rostro y la besó.
Fue un impulso torpe, nacido de la desesperación y del recuerdo de lo que Valeria le había dicho. Si Alma sentía algo por él, quizá un beso conseguiría romper aquella resistencia.
Sin embargo, en cuanto sus labios tocaron los de ella, Adrián comprendió que no tenía idea de qué hacer después. No profundizó el contacto ni se apartó. Permaneció allí, sorprendido por su propia acción, como si no hubiera sido él quien acababa de tomar la iniciativa.
Segundos después comprendió que quizás Valeria estaba equivocada. Si Alma sintiera algo por él, no le habría dado aquella bofetada que le dejó ardiendo la piel.