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12.

Ex Esposa, Perdóname 18+ — booknet.com · All chapters

12.

—¿Por qué me pegaste? —Adrián se llevó una mano a la mejilla y miró a su esposa con absoluta incredulidad.

Alma respiraba de manera agitada, tratando de asimilar lo sucedido. Adrián la había besado. Durante mucho tiempo había soñado con recibir aquel beso, pero la realidad no se parecía en nada a lo que imaginó. En vez de sentirse querida, se sintió utilizada. No era tan ingenua como para creer que él había despertado de repente con sentimientos por ella.

—¿Por quién me tomas? —le reclamó—. ¿Por qué hiciste eso?

—Fue solo un beso. ¿De verdad tenías que golpearme? —respondió él, molesto—. Que sea la última vez.

—Y que sea la última vez que tú vuelves a besarme sin mi permiso. No me creas idiota, Adrián. Sé que intentas convencerme con trucos baratos, pero te advierto que no va a funcionar.

—No es ningún truco. Solo…

—¿Solo qué? Sigues con Valeria y no intentes negarlo. ¿Ahora pretendes hacerme creer que me besaste porque sientes algo por mí? Mírame a la cara y dime que estás siendo sincero.

Adrián desvió los ojos. Podía mentir durante una negociación sin mostrar el menor titubeo, pero no consiguió sostener la acusación de Alma mientras fingía algo que no sentía. Estaba desesperado por hacerla regresar y utilizaría cualquier estrategia que lo acercara a su objetivo. Eso era todo.

—Eso pensé —murmuró ella con una sonrisa triste—. Regresa a tu casa, Adrián. Es tarde.

Entró en la habitación y le cerró la puerta en la cara.

Adrián descargó el puño contra la pared, furioso por haber fracasado. ¿Qué demonios tendría que hacer para convencerla de volver? ¿Arrodillarse y suplicar?

Ni loco.

No pensaba rebajarse de esa manera por alguien como ella.

Condujo de regreso a su penthouse con la bofetada todavía ardiéndole en la cara. El dolor era lo de menos. Lo que realmente le jodía era haber tenido que tragarse el orgullo, ofrecer una disculpa falsa y hacer el ridículo delante de una don nadie que, para rematar, le había cerrado la puerta en las narices.

¿En qué momento perdió tanto el control?

El plan de Valeria había sido un fracaso. Alma no cayó en la mentira, no se conmovió con sus palabras y tampoco reaccionó al beso como una mujer enamorada. Al contrario: lo rechazó como si tocarla hubiera sido una ofensa.

Ahora no sabía qué más intentar. Esa maldita mujer tenía que volver a su lado de una forma u otra. Los días seguían pasando, el anuncio continuaba detenido y la herencia parecía alejarse cada vez más. Vittorio había conseguido poner toda su vida en manos de alguien que ni siquiera le temía lo suficiente para obedecerlo.

Cuando llegó al penthouse, entró con el humor por el suelo, se quitó el abrigo y lo arrojó sobre uno de los sofás.

—¿Cómo te fue?

La voz femenina surgió desde la sala a oscuras. Adrián giró de inmediato, sorprendido por no encontrarse solo. Una lámpara se encendió y reveló a Valeria sentada con las piernas cruzadas con una copa entre los dedos.

—¿Qué haces aquí? —le reclamó.

—Esperándote. Llevo más de una hora sentada en esta oscuridad porque no contestabas mis llamadas.

Adrián se aflojó la corbata y siguió caminando.

—Encontré a Alma. Fui a buscarla.

Valeria dejó la copa sobre la mesa y se levantó, interesada.

—¿Y qué pasó? ¿Aceptó regresar?

Él pasó junto a ella sin responder de inmediato. Se dirigió al bar, tomó una botella de whisky y se sirvió una cantidad generosa.

—No. Sigue haciéndose la digna.

—¿Cómo que no? —Valeria se acercó—. ¿Intentaste lo que te dije?

La mano de Adrián se detuvo con el vaso a medio camino de sus labios. El recuerdo del beso regresó junto con el golpe que recibió después. Eso no había formado parte del plan y Valeria no tenía por qué enterarse. Si se lo contaba, montaría una escena, lo acusaría de traicionarla y convertiría aquella noche en un problema todavía mayor.

Bebió un trago y ocultó cualquier señal de incomodidad.

—Sí, lo intenté. Pero no puedo pasar de despreciarla a comportarme como un marido enamorado en una sola conversación. Tengo que tantear el terreno y actuar con calma. Ya caerá.

Valeria estudió su expresión, buscando alguna señal de que las cosas hubieran salido peor de lo que admitía.

—¿Estás seguro de que puedes convencerla?

—Por supuesto. Además, me di cuenta de que tenías razón.

—¿Sobre qué?

Adrián apoyó el vaso en la barra y compuso una expresión confiada.

—Sobre que Alma siente algo por mí. Se le nota. Solo está resentida y quiere castigarme por cómo la traté, pero terminará regresando.

«Que le gusto, mis cojones» pensó en su interior, resentido.

Valeria se acercó y apoyó una mano sobre su hombro.

—Adrián, no olvides nuestro plan. Solo vas a utilizarla y a fingir que te importa, pero no pasarás a lo íntimo con ella. Recuerdas eso, ¿verdad? Tienes que serme fiel.

La expresión de Adrián se transformó, pues detestaba aquella faceta controladora de Valeria, como si ella tuviera derecho a decidir hasta dónde podía llegar o qué métodos debía utilizar. Le quitó la mano de encima y se apartó.

—Tú no tienes que decirme lo que debo hacer. Voy a utilizar cualquier recurso que sea necesario para recuperar lo que me pertenece.

La rubia se puso rígida.

—¿Qué significa eso? ¿Que incluso estarías dispuesto a meterte en su cama?

—Deja esos celos absurdos. Sabes que Alma no me gusta y que tampoco la deseo. ¿Cómo puedes pensar algo así? Llevamos tres años juntos y ahora vienes a dudar de mí.

—Precisamente por eso tengo miedo —confesó ella.

Se aproximó por detrás y le rodeó la cintura, apoyando la mejilla contra su espalda. Adrián no correspondió al abrazo, pero tampoco la rechazó.

—De esos tres años, llevamos dos sin tener intimidad —continuó Valeria—. No me has tocado desde que te casaste con ella, pero eres un hombre, Adrián. También tienes necesidades. Me preocupa que, al tener que convivir con esa mujer, termines…

—¿Termine qué?

—Acostándote con ella.

Adrián giró dentro de sus brazos y la enfrentó.

—Estás imaginando estupideces. Si durante estos dos años no pasó nada con ninguna mujer, ni siquiera con la que legalmente es mi esposa, ¿qué te hace pensar que ocurrirá ahora?

—Las circunstancias han cambiado. Tendrás que acercarte, tratarla bien y hacerle creer que sientes algo. Puede aprovecharse de eso. Alma es una arribista y ahora sabe que tiene poder sobre ti.

—Alma no tiene poder sobre mí —la corrigió con dureza—. Solo posee una ventaja temporal que pienso utilizar a mi favor. Cuando consiga lo que necesito, dejará de ser importante.

Las palabras consiguieron tranquilizar a Valeria. La tensión abandonó sus hombros y volvió a abrazarlo, esta vez con mayor seguridad.

Adrián seguía siendo suyo. Siempre lo había sido y siempre lo sería. Su corazón, su cuerpo y el futuro que construirían juntos le pertenecían. Ninguna camarera convertida en esposa por accidente conseguiría arrebatárselo.

—Lo sé —murmuró contra su pecho—. Sé que te has guardado para mí y para nuestro amor. Así quiero que siga siendo.

...

Adrián estaba sentado detrás de su escritorio, tamborileando los dedos sobre la superficie de madera. Frente a él, Alistair Bennett, su asistente personal, explicaba los cambios en la agenda de la semana y señalaba varias fechas en una tableta.

—La reunión con los inversionistas podría trasladarse al jueves. En cuanto a la presentación del nuevo proyecto, el equipo financiero recomienda…

Adrián no escuchaba. Su atención seguía atrapada en el problema que Alma representaba. Llevaba dos días intentando encontrar una manera de hacerla regresar sin tener que humillarse otra vez y no había llegado a ninguna conclusión útil.

Alistair interrumpió la explicación.

—Señor De Luca, ¿me está oyendo?

Adrián dejó de mover los dedos y levantó la cabeza.

—Alistair, ¿sabes cómo conquistar a una mujer?

El asistente bajó lentamente la tableta. La confusión en su cara fue inmediata.

—¿Perdón?

—Lo que acabas de escuchar.

—¿Peleó con la señorita Valeria?

—No. No se trata de… —Adrián calló al darse cuenta de lo que estaba a punto de revelar—. Maldición, olvida lo de conquistar. Digamos que necesitas convencer a una mujer de algo o conseguir que te perdone. ¿Qué harías?

Alistair tardó un poco en acomodarse a aquella conversación.

—Supongo que empezaría por ofrecerle una disculpa sincera.

—Ya lo hice.

—¿Y no funcionó?

—No me creyó.

—¿Era sincera?

Adrián le dirigió una expresión poco amistosa.

—Eso no es asunto tuyo.

—Entiendo, señor —captó enseguida la advertencia—. ¿Le llevó flores?

—No. ¿Por qué tendría que hacerlo?

El asistente pestañeó.

—Porque acaba de preguntarme cómo ganarse el perdón de una mujer.

Adrián se apoyó en el respaldo de la silla. Aquello comenzaba a parecer ridículo.

—¿Y se supone que unas flores van a arreglarlo todo?

—No necesariamente, pero ayudan. A muchas mujeres les gustan los detalles, por pequeños que sean. Demuestran que uno está dispuesto a esforzarse. Estoy seguro de que la señorita Valeria lo perdonará con rapidez si acompaña el ramo con unas palabras amables.

Él se contuvo para no aclararle que las flores no eran para Valeria. Su relación con ella nunca había requerido esa clase de esfuerzo. Valeria no era complicada: una tarjeta de crédito para comprarse lo que quisiera, una cena en algún restaurante exclusivo o un viaje bastaban para mantenerla satisfecha. En tres años de noviazgo jamás tuvo que perseguirla ni romperse la cabeza tratando de adivinar qué quería escuchar.

Alma era diferente.

No se dejaba impresionar por su dinero y tampoco parecía interesada en los lujos que él podía ofrecerle. Había abandonado una mansión llena de comodidades para instalarse en una habitación miserable, todo por demostrar que no pensaba someterse. Aquella terquedad comenzaba a sacarlo de quicio.

—Consígueme un ramo —ordenó.

—¿Para cuándo lo necesita?

—Ahora.

—¿Alguna flor en particular?

Adrián no tenía idea de cuáles podrían gustarle a Alma. Ni siquiera sabía si tenía una flor favorita.

—Las mejores que encuentres. Que no parezca algo barato.

—Me encargaré de ello.

Alistair salió del despacho sin hacer más preguntas. En cuanto la puerta se cerró, Adrián desbloqueó el teléfono y abrió la conversación con el investigador privado que había contratado para localizar a Alma.

«Averigua dónde está trabajando actualmente».

Envió el mensaje y dejó el aparato sobre el escritorio. La respuesta llegó varios minutos después, acompañada por una dirección y los horarios de sus turnos.

Alma trabajaba como mesera en un restaurante del centro de Londres.

Él leyó la información dos veces. Presentarse allí implicaba exponerse en un lugar público, posiblemente frente a clientes que podían reconocerlo. Si alguien lo fotografiaba entregándole flores a una camarera, los medios comenzarían a hacer preguntas.

Consideró enviar a otra persona con el ramo, pero descartó la idea. Alma ya había descubierto una actuación suya; un gesto impersonal no serviría para convencerla de nada.

Además, tarde o temprano todos sabrían que era su esposa. Tendría que asumir el riesgo. Si quería que aquella farsa funcionara, debía hacerlo personalmente.

Media hora después, Adrián conducía hacia el restaurante con un enorme ramo de rosas rojas ocupando el asiento del copiloto. Las flores eran de tallos largos, pétalos perfectos y un tamaño tan exagerado que resultaban imposibles de ignorar.

Entre el envoltorio negro sobresalía una tarjeta. Alistair se había encargado de incluirla, pero Adrián no se molestó en leer lo que decía. Para él, el ramo era una herramienta más y no una declaración romántica.

Al llegar, estacionó frente al restaurante y fijó la atención en la entrada de cristal. A través de los ventanales podía distinguir las mesas ocupadas, a los meseros moviéndose por el salón y a varios clientes.

Tomó las rosas y apoyó la mano en la puerta del automóvil, pero entonces la puerta del restaurante se abrió.

Su esposa salió acompañada por un hombre al que Adrián nunca había visto. El desconocido caminaba muy cerca de ella y le decía algo que consiguió hacerla sonreír. Luego extendió la mano y tomó la de Alma con demasiada confianza.

Adrián no llegó a abrir la puerta. Sus dedos se cerraron sobre el envoltorio del ramo, arrugándolo.

¿Quién demonios era aquel tipejo y por qué estaba agarrando de la mano a su esposa?.

•••

Buenas, lectoras. Empezamos de nuevo con las actualizaciones, estuve enferma, y pues tuve que tomarme unos días. Gracias por la espera y sigan disfrutando ✨