2.
La lluvia no dio tregua en toda la noche. Alma caminó sin rumbo por las aceras mojadas, abrazándose el cuerpo para contener los temblores. El uniforme de la empresa de catering se le pegaba a la piel, completamente empapado, y el maquillaje se había convertido en manchas oscuras alrededor de sus ojos.
Tenía frío, los zapatos le pesaban con cada paso y sentía la dignidad arrastrándose por el suelo.
Ya no le quedaban lágrimas. Las había derramado al salir del hotel, cuando las puertas se cerraron a su espalda y comprendió que Adrián había preferido humillarla delante de todos antes que dedicarle una sola palabra. Ahora solo conservaba aquel vacío insoportable en el pecho, una especie de entumecimiento que le permitía continuar caminando sin saber adónde iba.
Apretó el teléfono dentro del bolsillo y la voz grave del abogado volvió a resonar en su mente:
«Antes de morir, dejó una carta dirigida únicamente a usted».
—¿Está seguro de que no se trata de una equivocación? —le había preguntado.
—Completamente seguro —respondió el abogado—. El señor Vittorio me dio instrucciones muy precisas. Además, es necesario que se presente mañana para la lectura del testamento.
Alma cerró los ojos.
—No creo que sea buena idea que yo vaya.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
—Señora De Luca, ante la ley usted continúa siendo la esposa de Adrián. Su presencia no solo es necesaria, sino obligatoria.
Esposa.
La palabra cayó sobre ella con un peso insoportable. Qué manera tan absurda de llamarla después de lo ocurrido. No recordaba la última vez que Adrián había pronunciado su nombre, mucho menos que se hubiera referido a ella como su mujer.
Aquella noche la había mirado a los ojos, había reconocido perfectamente quién era y, aun así, ordenó que la echaran del salón como si se tratara de una empleada incompetente que lo avergonzaba.
—Está bien —aceptó sin fuerzas—. Allí estaré.
Casi al amanecer consiguió regresar a la pequeña casa donde vivía. La propiedad pertenecía a los De Luca, aunque no se parecía en nada a las mansiones ni a los edificios lujosos que la familia acostumbraba exhibir. Era un inmueble modesto y apartado, ubicado a las afueras de la ciudad, en una calle donde casi todos los vecinos eran ancianos que evitaban entrometerse en la vida ajena.
Un lugar escogido para esconderla.
Alma introdujo la llave en la cerradura con los dedos entumecidos y tuvo que intentarlo dos veces antes de conseguir abrir. Al cruzar el umbral, la recibió el mismo silencio de siempre.
Cerró la puerta y permaneció apoyada contra ella, mirando la pequeña sala en penumbra. La taza de café que había dejado esa mañana seguía sobre la encimera. Junto a la ventana descansaba el retrato de su madre, tomado antes de que la enfermedad comenzara a consumir su salud. No había objetos costosos, adornos elegantes ni una sola fotografía de boda.
Nada en aquella casa revelaba que la mujer que vivía allí llevaba el apellido De Luca.
Se quitó los zapatos mojados y avanzó descalza hasta la cocina. Dejó sobre la mesa el teléfono con el que había hablado con el abogado y abrió el cajón de un mueble para sacar otro aparato mucho más viejo.
Aquel teléfono era lento, tenía la pantalla rayada y debía mantenerse conectado al cargador casi todo el tiempo, pero guardaba algo demasiado importante: el número de su madre.
Alma marcó de memoria y esperó, rogando que respondieran rápido.
—¿Mamá?
La voz cansada de su madre llegó después de varios tonos.
—¿Almita? ¿Eres tú, mi amor?
Alma tragó saliva y obligó a su voz a sonar alegre. No quería preocuparla. Bastante tenía con los dolores, las terapias y las largas semanas recluida en una clínica.
—Sí, mamá. Soy yo. ¿Cómo te sientes hoy?
—Mucho mejor, cielo. El médico vino a verme esta mañana y me dijo que, si continúo reaccionando así a las terapias, pronto podré dar algunos pasos sola.
Una mezcla de alivio y tristeza le oprimió el pecho.
Ahí estaba la razón de todo.
Las operaciones, los especialistas, las clínicas privadas y los medicamentos que costaban más de lo que Alma habría podido ganar en varios años. Nada de eso habría sido posible sin el acuerdo que firmó con Adrián.
Aquel matrimonio era la cadena que la mantenía atada a él. Si se atrevía a romper el contrato, las transferencias se detendrían, su madre perdería el tratamiento y Alma no tendría manera de cubrir los gastos. El dinero que obtenía trabajando en eventos apenas le alcanzaba para sus necesidades más básicas.
—Me alegra mucho escucharte decir eso —murmuró—. Sabía que ibas a mejorar.
—Ha sido gracias a ti, hija. No sé qué habría hecho sin todo tu esfuerzo.
La culpa le desgarró el estómago. Si su madre supiera de dónde procedía realmente aquel dinero, jamás habría aceptado utilizarlo.
—No tienes que agradecerme nada. Lo único que quiero es verte bien.
—¿Te pasa algo? —preguntó la mujer después de una pausa—. Te oigo extraña… ¿Estás llorando?
Alma se limpió la mejilla con el dorso de la mano, como si su madre pudiera verla a través del teléfono.
—Claro que no. Salí tarde del trabajo y estoy un poco cansada. Eso es todo.
—Te matas trabajando, mi vida. Deberías cuidarte más. Ojalá ese marido tuyo pasara más tiempo en la ciudad y se ocupara de ti como mereces.
Alma cerró los ojos ante la punzada que aquellas palabras le provocaron.
Su madre nunca había conocido a Adrián. Alma le contó que se había casado con un hombre de negocios que debía viajar constantemente y que, debido a su agenda, apenas lograban coincidir. También fingía que era atento, cariñoso y que se preocupaba por ambas, aunque sus obligaciones lo mantuvieran lejos.
Había construido un esposo imaginario para ocultar al verdadero.
Una mentira más para una lista que no dejaba de crecer.
—Sí, mamá… Ojalá.
—Prométeme que descansarás.
—Te lo prometo.
—Te quiero mucho, Almita.
Alma tuvo que apartar el teléfono de su boca para que su madre no escuchara cómo se le quebraba la respiración.
—Yo también te quiero. Mañana volveré a llamarte.
Terminó la llamada y dejó el aparato sobre la mesa con cuidado. Durante algunos instantes permaneció inmóvil, mirando el retrato junto a la ventana. Después se dejó caer en una silla, se cubrió la boca con una mano y permitió que el llanto que había contenido regresara.
Lloró sin emitir un solo sonido.
No había nadie en la casa a quien pudiera despertar, pero ya se había acostumbrado a tragarse hasta sus propios sollozos para no incomodar a los demás.
A varios kilómetros de allí, en el último piso de la torre corporativa de los De Luca, Adrián terminaba de revisar unas cifras con su equipo. Había cambiado el traje de la ceremonia por otro de color gris oscuro y no quedaba en su expresión ningún indicio de la celebración de la noche anterior.
Sus colaboradores abandonaron el despacho después de recibir las últimas instrucciones. Apenas se cerró la puerta, su asistente llamó dos veces antes de entrar.
—Señor De Luca.
Adrián continuó revisando uno de los informes.
—Habla.
—El representante legal de su abuelo se comunicó hace unos minutos.
La mano de Adrián se detuvo sobre la página. Levantó la mirada sin perder la compostura.
—¿Falleció?
—Sí, señor. Esta madrugada.
Adrián apoyó la espalda contra el sillón y guardó silencio. Nunca había mantenido una relación cercana con Vittorio. Su abuelo no era un hombre afectuoso ni dado a demostraciones sentimentales; dirigía a la familia con la misma dureza con la que levantó su imperio. Sin embargo, Adrián respetaba su carácter. Era uno de los pocos De Luca que defendía sus decisiones sin ceder ante amenazas, ruegos o conveniencias.
Durante años habían discutido por el control de la empresa, por las obligaciones familiares y, sobre todo, por el matrimonio que el anciano le había exigido para conservar su posición.
Aun así, la noticia de su muerte no consiguió quebrar el control de Adrián.
—¿A qué hora será la lectura de las cláusulas del testamento?
—Mañana a las diez, en la residencia.
Adrián cerró la carpeta que tenía delante.
—Avisa a recepción y despeja mi agenda de la mañana. No quiero reuniones ni llamadas.
—Sí, señor.
El asistente dio medio paso hacia la puerta, pero se detuvo. La vacilación no pasó inadvertida para Adrián.
—¿Hay algo más?
—El abogado pidió que le recalcara un detalle. Su esposa también debe presentarse.
El entrecejo de Adrián se arrugó de inmediato.
—¿Para qué la quieren allí?
—No me dieron explicaciones. Solo dijeron que su presencia es indispensable y que el señor Vittorio dejó instrucciones relacionadas con ella.
El silencio se adueñó del despacho.
Adrián desvió la mirada hacia los ventanales. Desde allí podía contemplar gran parte de la ciudad, todavía oscurecida por las nubes de tormenta. La mención de Alma le devolvió por un instante la escena ocurrida durante la ceremonia: ella con el uniforme del servicio, frente a Valeria, mirándolo como si esperara que interviniera.
No tendría que haber estado allí.
Las condiciones eran muy claras. Alma debía mantenerse alejada de su vida pública y evitar cualquier situación capaz de relacionarlos. Poco le importaba si su presencia en el evento había sido una coincidencia. Ella conocía las reglas.
—Que vaya —ordenó—. Dile a seguridad que pase a recogerla y que se asegure de que no provoque ningún espectáculo.
—Entendido, señor.
El asistente abandonó el despacho.
Adrián volvió a abrir la carpeta y retomó la lectura del informe como si la conversación no hubiera tenido importancia. No preguntó cómo estaba Alma después de que la expulsaran del hotel, tampoco si había conseguido regresar a casa bajo la lluvia.
Ni siquiera consideró que pudiera haber perdido el trabajo por su culpa.
Para Adrián, ella no era más que un nombre escrito junto al suyo en una hoja firmada. Una esposa necesaria para satisfacer las exigencias de su abuelo y conservar el control de las empresas. Fuera de los asuntos legales, Alma no debía ocupar ningún espacio en su vida.
***
Al caer la noche, Alma abrió el armario para decidir qué llevaría a la lectura del testamento. Revisó las pocas prendas que tenía hasta encontrar un vestido negro, sencillo y de corte discreto. No era elegante, pero resultaba apropiado para la ocasión.
Lo sacó del perchero, comprobó que estuviera limpio y lo dejó extendido sobre la cama. Después preparó unos zapatos bajos y el abrigo que usaría para protegerse del frío. No necesitaba nada más.
A la mañana siguiente tendría que enfrentarse sola a toda la familia De Luca. Entraría en una residencia donde nadie esperaba verla y ocuparía un lugar que seguramente muchos considerarían una ofensa. Tendría que soportar sus preguntas, sus miradas y, sobre todo, la frialdad de un esposo que la trataba como si su existencia fuera una molestia.
Alma ignoraba que la última voluntad de Vittorio estaba a punto de poner de cabeza a quienes creían tener asegurado el control de la herencia.
Pero ella no veía aquella cita como una oportunidad.
Solo como otro trámite doloroso durante el cual tendría que soportar la humillación de ser la esposa que Adrián De Luca nunca quiso reconocer.