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3.

Ex Esposa, Perdóname 18+ — booknet.com · All chapters

3.

A las ocho y media de la mañana, un automóvil negro se detuvo frente a la pequeña casa donde vivía Alma. Ella lo observó desde la ventana con el corazón acelerado; sabía perfectamente quién lo había enviado.

Respiró hondo, se alisó el sencillo vestido que había elegido y tomó el bolso. Apenas salió, el chófer descendió del vehículo y la saludó con una inclinación respetuosa.

—Buenos días, señora De Luca.

Alma todavía no conseguía acostumbrarse a que la llamaran así.

—Buenos días.

El hombre abrió la puerta trasera.

—El señor De Luca ordenó que la llevara a la residencia para la lectura del testamento.

Ella se limitó a asentir y subió al automóvil.

Nadie habló durante el trayecto. Alma mantuvo las manos aferradas al bolso mientras las calles de la ciudad quedaban atrás. Poco a poco aparecieron las grandes propiedades, separadas entre sí por extensos terrenos privados, hasta que el vehículo se detuvo frente a una elegante reja de hierro.

Detrás se alzaba una enorme mansión rodeada de jardines y árboles centenarios. Vittorio De Luca había vivido allí durante los últimos treinta años. Alma conocía el lugar, aunque solo lo había visitado en contadas ocasiones y mucho antes de convertirse en la esposa de Adrián.

La primera vez había sido cinco años atrás.

Su madre trabajaba entonces como enfermera particular de Vittorio. Aquella tarde, el turno se había prolongado más de lo habitual y Alma fue a buscarla para evitar que regresara sola. Mientras esperaba en uno de los jardines, vio acercarse a un anciano de cabello completamente blanco que caminaba apoyándose en un bastón.

—Así que tú eres Alma —dijo al detenerse frente a ella.

Alma se puso de pie de inmediato.

—Sí, señor.

—Tu madre habla tanto de ti que siento que ya te conozco.

Vittorio De Luca tenía fama de ser un hombre severo, pero con ella fue amable desde el primer momento. La invitó a sentarse bajo uno de los árboles y conversaron durante casi una hora. Hablaron de libros, de música y del sueño de Alma de estudiar literatura. Él también le preguntó por la salud de su madre, que ya comenzaba a mostrar los primeros síntomas de la enfermedad.

Al despedirse, Vittorio le dijo algo que ella nunca olvidó:

—No permitas que las dificultades cambien la bondad de tu corazón. Si pierdes eso, habrás perdido algo muy valioso.

Después de aquella tarde volvieron a encontrarse un par de veces. Alma llegó a sentirle cariño, aunque nunca dejó de intimidarla el poder que poseía. Vittorio no necesitaba levantar la voz para conseguir que todos a su alrededor obedecieran.

Cuando la enfermedad de su madre empeoró, la vida de Alma comenzó a desmoronarse. Los tratamientos eran demasiado costosos, los bancos le negaron cada préstamo que solicitó y el dinero obtenido tras vender sus pertenencias apenas alcanzó para cubrir las primeras facturas.

Fue entonces cuando Vittorio la citó en su despacho.

—Existe una manera de ayudarte —le dijo.

Alma lo miró sin comprender.

—¿Qué tendría que hacer?

—Mi nieto Adrián necesita casarse. No será un matrimonio por amor, sino un acuerdo legal de duración indefinida y absolutamente secreto. A cambio, yo me haré cargo de todos los gastos médicos de tu madre.

Alma sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Casarme con su nieto?

—Así es.

—¿Y él está de acuerdo con esto?

Vittorio guardó silencio antes de contestar:

—Lo aceptará, aunque no sea lo que desea.

—¿Por qué yo?

—Porque necesito a alguien en quien pueda confiar. Conozco tu situación, pero también conozco tu carácter. Sé que cumplirás lo pactado y que no utilizarás el apellido de mi familia para beneficiarte.

Esa fue la primera vez que Alma escuchó el nombre de Adrián De Luca ligado a su propio futuro. Aceptó el acuerdo sin conocerlo, convencida de que cualquier sacrificio era pequeño si con él podía salvar a su madre.

El automóvil cruzó la entrada de la mansión y el recuerdo se desvaneció. Alma contempló la fachada con una tristeza inesperada. Vittorio había cambiado su vida para siempre y ahora estaba muerto, dejándole una carta cuyo contenido no podía imaginar.

Cuando el chófer abrió la puerta, descendió con las piernas tensas. Un mayordomo la recibió en el vestíbulo.

—La están esperando. Acompáñeme, por favor.

Alma lo siguió hasta un salón amplio y sobrio. Allí encontró a Adrián, Valeria, el abogado Lorenzo Bianchi, un notario y Enzo De Luca, el hermano menor de Vittorio y el único de sus hermanos que seguía con vida.

La presencia de Valeria la desconcertó. No pertenecía legalmente a la familia ni figuraba entre los herederos, pero permanecía sentada junto a Adrián como si ya fuera la señora de la casa.

Todos levantaron la vista cuando Alma entró.

Valeria fue la primera en reaccionar.

—¿Qué hace ella aquí?

Adrián tenía un semblante tenso. Su expresión se endureció todavía más al verla con aquel vestido negro y el bolso apretado contra el cuerpo, pero no se molestó en saludarla.

El abogado intervino antes de que Alma tuviera que responder.

—La presencia de la señora Alma fue solicitada expresamente por don Vittorio.

Valeria frunció el ceño.

—¿Por qué incluiría a una desconocida en un asunto privado?

—Eso quedará claro durante la lectura —contestó Lorenzo—. También debo recordar que usted se encuentra aquí únicamente porque el señor Adrián pidió que se le permitiera acompañarlo. Todo lo que escuche en este salón es confidencial.

La aclaración no le gustó. Valeria cruzó las piernas y dirigió a Alma una mirada cargada de desprecio.

—Por mí no hay problema. Solo quiero saber qué tiene que ver una camarera con esta familia.

Alma sintió que le ardía el rostro, pero no bajó la mirada. Ya la había humillado bastante la noche anterior.

—Podemos comenzar —ordenó Adrián, perdiendo la paciencia.

Lorenzo le indicó a Alma que tomara asiento. Después abrió una carpeta, comprobó varios documentos junto al notario y colocó una pequeña grabadora sobre la mesa.

—Por petición de don Vittorio, primero escucharemos un mensaje que dejó para los presentes. Después procederé con la lectura legal de las cláusulas.

Presionó un botón y la voz del anciano llenó el salón.

—Si están escuchando estas palabras, significa que ya no estoy entre ustedes. Durante toda mi vida construí un imperio, pero comprendí demasiado tarde que el dinero sirve de poco cuando una familia pierde el sentido de la lealtad. Enzo, gracias por permanecer a mi lado hasta el final.

Enzo inclinó la cabeza y cerró los ojos, afectado.

La grabación continuó:

—Ahora hablaré de una decisión que sorprenderá a algunos y enfurecerá a otros. Hace dos años organicé el matrimonio entre mi nieto, Adrián De Luca, y Alma.

El rostro de Valeria perdió el color.

Giró lentamente hacia Adrián, esperando que negara lo que acababa de escuchar. Él no lo hizo. Permaneció rígido en el sillón, con las manos cerradas sobre los apoyabrazos.

—¿Matrimonio? —preguntó Valeria—. ¿De qué está hablando?

—Escucha —respondió Adrián entre dientes.

—No elegí a Alma por lástima —prosiguió Vittorio—. La elegí porque conocí su honestidad, su dignidad y el sacrificio que estuvo dispuesta a hacer por su madre. Virtudes que, dentro de esta familia, parecen escasear. Sé que mi nieto aceptó el matrimonio contra su voluntad, pero espero que algún día comprenda que una mujer leal vale más que cualquiera que solo codicie su apellido y su fortuna.

Valeria se levantó bruscamente.

—Apague esa grabación.

Lorenzo ni siquiera la miró.

—El mensaje todavía no ha terminado.

—¡Adrián, dime que esto no es verdad! —exigió ella—. Dime que no llevas dos años casado con esa mujer.

La mandíbula de Adrián se tensó.

—Hablaremos cuando esto termine.

—No quiero hablar después. Quiero que me respondas ahora.

—Siéntate, Valeria.

El tono fue tan frío que ella lo miró con incredulidad. Al final regresó a su asiento, aunque mantuvo los ojos clavados en Alma como si fuera la responsable del engaño.

La voz de Vittorio concluyó:

—Alma, lamento el peso que puse sobre tus hombros. Lo que hice no fue justo contigo, pero confío en que comprenderás mis razones cuando conozcas mi última voluntad.

La grabación terminó.

Lorenzo la apagó y abrió el documento principal.

—Procederé a leer las disposiciones relacionadas con el patrimonio. Don Vittorio ordenó la creación de un fideicomiso que administrará sus acciones, propiedades y bienes hasta que se cumpla una condición específica.

Adrián se inclinó hacia delante.

—¿Qué condición?

El abogado sostuvo su mirada.

—Usted solo podrá tomar posesión de la totalidad de la herencia cuando tenga un hijo con su esposa legal, Alma, y ese hijo sea reconocido como descendiente de ambos.

El silencio cayó sobre la sala. Alma sintió que el aire dejaba de entrar en sus pulmones. Valeria fue la primera en reaccionar.

—Esto tiene que ser una broma.

—No lo es —respondió Lorenzo.

—¿Está diciendo que Adrián tiene que acostarse con ella y darle un hijo para recibir lo que le pertenece?

Alma apretó los dedos alrededor del bolso. La crudeza de la pregunta la hizo sentirse expuesta delante de todos.

—Estoy informando la condición estipulada por el señor Vittorio —aclaró el abogado—. Mientras no se cumpla, las empresas permanecerán bajo la supervisión del consejo directivo. El señor Adrián conservará su puesto como director ejecutivo, pero no tendrá control absoluto sobre las acciones ni podrá disponer libremente del resto de la herencia.

Adrián se puso de pie.

—Esa cláusula no puede ser válida.

—Fue revisada por varios especialistas y formalizada ante notario —intervino Lorenzo—. Puede impugnarla si lo desea, pero su abuelo tomó precauciones para dificultar cualquier intento de anularla.

—¿Y el divorcio? —preguntó Adrián.

El abogado pasó a la siguiente página.

—Si el matrimonio se disuelve antes de que se cumpla la condición, usted perderá definitivamente sus derechos sobre la fortuna. Los bienes pasarán a las instituciones designadas en el documento.

Valeria soltó una risa nerviosa.

—Ese viejo perdió la cabeza.

Enzo le dirigió una mirada severa.

—Estás hablando de mi hermano. Mide tus palabras.

Alma apenas los escuchaba. Nunca había querido retener a Adrián ni obligarlo a compartir una vida con ella. Sin embargo, si se marchaba, él perdería la herencia y el acuerdo que financiaba el tratamiento de su madre quedaría roto.

Hasta ese momento había creído que su matrimonio no podía convertirse en una prisión peor.

Se equivocaba.

El verdadero encierro apenas acababa de comenzar.