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4.

Ex Esposa, Perdóname 18+ — booknet.com · All chapters

4.

El silencio que siguió a la lectura del testamento se hizo insoportable. Lorenzo Bianchi cerró la carpeta y miró a los presentes con la serenidad de quien ya conocía el desastre que aquellas cláusulas provocarían.

—Eso es todo. Las disposiciones de don Vittorio entran en vigor desde este momento.

Sacó de su maletín un sobre sellado y lo dejó frente a Alma.

—También me encargó entregarle esta carta. Solo usted puede abrirla.

Alma contempló su nombre escrito a mano. Reconoció la caligrafía de Vittorio y sintió una presión dolorosa en la garganta. Guardó el sobre dentro de su bolso sin atreverse a mirar a nadie.

Adrián continuaba sentado, con la mandíbula tensa y las manos cerradas. Alma respiraba con dificultad. Ella no había pedido formar parte de aquella disputa ni convertirse en la condición necesaria para que él recibiera su herencia. Solo había querido salvar a su madre, pero el acuerdo que creyó conocer acababa de transformarse en algo mucho más peligroso.

—Dime que no es verdad —pidió Valeria.

Adrián levantó los ojos hacia ella.

—Acabas de oír el testamento.

—Quiero escucharlo de ti. —La voz de Valeria comenzó a quebrarse—. ¿Llevas dos años casado con esa mujer?

Él sostuvo su mirada.

—Sí.

La respuesta la hizo retroceder. Se llevó una mano al pecho y negó, tratando de ordenar todo lo que acababa de descubrir.

—¿Dos años? —repitió—. ¿Pensabas decírmelo alguna vez?

—No podía hacerlo.

Valeria soltó una risa amarga.

—¿No podías? Me llevaste a probarme vestidos, permitiste que concediera entrevistas hablando de nuestra boda y prometiste que formaríamos una familia. ¿En qué momento ibas a contarme que ya tenías esposa?

Adrián se levantó y trató de acercarse.

—Valeria, déjame explicarte.

—¡No me toques!

Ella apartó su mano. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, aunque la furia seguía dominando su expresión.

—Todo este tiempo dejaste que me presentaran como la futura señora De Luca. Anoche posé contigo frente a decenas de cámaras mientras tu verdadera esposa nos servía champán.

La palabra esposa hirió a Alma de una manera distinta.

Legalmente, ese lugar le pertenecía. Sin embargo, Valeria era quien caminaba del brazo de Adrián, quien aparecía junto a él en cada fotografía y conocía la calidez de sus sonrisas. Alma solo tenía un acta matrimonial escondida y dos años de silencio.

—Mi abuelo me obligó a casarme —explicó Adrián—. Si me negaba, perdía la dirección de la empresa.

—¿Eso te parece una justificación?

—No he dicho que lo sea.

—Me convertiste en la amante de un hombre casado sin que yo lo supiera. —Valeria se limpió las lágrimas con rabia—. Me humillaste delante de todo el país.

—Nadie conocía ni conoce el matrimonio.

—Ahora lo conocen todos los que están en este lugar. Y tarde o temprano lo sabrá la prensa.

Adrián intentó sujetarle las manos. Ella se resistió al principio, pero la rabia terminó vencida por el llanto. Apoyó la frente contra su pecho y él la rodeó con los brazos.

—Lo siento —murmuró Adrián—. Nunca quise que te enteraras de esta manera.

Alma apartó la vista.

Jamás había recibido un abrazo suyo. Tampoco una disculpa pronunciada con aquella preocupación. Para ella solo existían órdenes, silencios y miradas que la hacían sentirse indeseada. Incluso después de saber que su abuelo había convertido su matrimonio en la pieza principal de la herencia, Adrián seguía consolando a Valeria.

Enzo observaba la escena con el rostro serio. El notario organizó sus documentos, mientras Lorenzo mantenía la mirada fija en la carpeta. Ninguno intervino.

Alma comprendió que ya no tenía nada que hacer allí. Se levantó, sujetó el bolso y retrocedió hacia la salida con la intención de marcharse sin atraer más atención.

—Espera.

La voz de Adrián la detuvo.

Él soltó a Valeria y se dirigió hacia Alma. Sus ojos grises estaban llenos de una acusación que ella no comprendía.

—¿Qué le dijiste a mi abuelo?

—¿Qué?

—No juegues conmigo. —Adrián señaló el bolso donde había guardado la carta—. Vittorio no habría preparado todo esto sin que alguien le llenara la cabeza de ideas.

Alma abrió los ojos, desconcertada.

—Yo no hice nada.

—Claro que no.

—Hace meses que no veía a tu abuelo. Desde que su salud empeoró, dejaron de permitirme visitarlo.

—Eso no significa que no hablaras con él.

—Puede revisar sus llamadas si lo desea —intervino Lorenzo—. La señora Alma no tuvo ninguna participación en la modificación del fideicomiso.

Adrián ni siquiera giró hacia el abogado.

—No le pregunté a usted.

Alma apretó el bolso contra su cuerpo.

—No sabía lo que decía el testamento. Tampoco sé qué contiene la carta.

Adrián la observó con abierta desconfianza.

—Qué conveniente.

—Es la verdad.

—No me jures nada. Siempre supe que aceptarías cualquier cosa a cambio de dinero.

La crueldad de aquellas palabras la hizo palidecer.

—No acepté por dinero.

—¿Ah, no? Entonces dime por qué te casaste conmigo.

Alma sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero se negó a apartar la mirada.

—Porque mi madre se estaba muriendo.

—Y mi abuelo pagó su tratamiento.

—Sí, pero eso no significa que quisiera aprovecharme de ustedes.

—Aceptaste vender dos años de tu vida porque él se ofreció a pagar las cuentas —replicó Adrián—. Puedes adornarlo cuanto quieras, pero sigue siendo dinero.

Alma tragó saliva.

—Si hubiera existido otra manera de salvarla, no habría firmado ese contrato.

—Pero lo firmaste.

—Y he cumplido cada condición. Nunca hablé con la prensa, nunca utilicé tu apellido ni te pedí nada para mí.

Adrián dirigió una mirada hacia su bolso.

—Ahora ya no necesitas pedirlo. Mi abuelo se encargó de convertirte en la única mujer de la que depende toda mi herencia.

—¡Yo no voy a recibir nada! —La voz de Alma se alzó por primera vez—. El abogado lo dejó muy claro. No me corresponde una sola propiedad ni una acción de tu empresa.

—No necesitas heredar para beneficiarte. Mientras sigas casada conmigo, puedes utilizar esa cláusula para conseguir lo que quieras.

—No quiero nada de ti.

—Eso dices ahora.

La respuesta terminó de romper algo dentro de ella.

—¿De verdad piensas que soy capaz de hacerte esto?

Adrián no contestó.

El silencio fue suficiente.

Valeria se acercó con los ojos enrojecidos y se colocó junto a él.

—Ahora entiendo por qué estabas anoche en la ceremonia.

Alma la miró, confundida.

—Estaba trabajando.

—Qué casualidad. Te presentas justo cuando Adrián recibe el premio y al día siguiente descubrimos que su abuelo lo dejó atado a ti.

—Yo no sabía que el evento era para él hasta que llegué al hotel.

—¿Y esperas que te crea? —Valeria soltó una risa seca—. Seguro también fingías delante de Vittorio. La muchacha pobre, la madre enferma, la hija abnegada… Debiste convencerlo muy bien para que terminara poniéndote por encima de su propio nieto.

—No fingí nada. Vittorio conocía a mi madre desde mucho tiempo atrás.

—Y supiste aprovecharlo.

—Basta —ordenó Adrián.

Alma creyó que finalmente detendría los insultos de Valeria, pero él mantuvo la mirada fija en ella.

—No quiero seguir escuchándote. Vete.

El pecho le dolió al respirar.

—Adrián, déjame explicarte...

—No hay nada que explicar.

—Yo tampoco elegí esa condición. Estoy atrapada en esto igual que tú.

—¡He dicho que te vayas!

El grito retumbó en el salón. El notario levantó la cabeza y Lorenzo endureció el gesto, pero ninguno pronunció una palabra. Enzo tampoco hizo el menor intento por detenerlo.

Alma cerró los ojos, avergonzada por recibir aquel trato frente a todos. Aferró el bolso con las manos temblorosas y salió del salón. Ya había llegado al vestíbulo cuando la voz de Adrián volvió a alcanzarla.

—Y escucha bien.

Alma se detuvo y giró hacia él.

Adrián permanecía junto a la puerta del salón, observándola con la misma dureza.

—Mientras este maldito matrimonio continúe, no confundas el documento que firmamos con algo que no existe. Puedes llevar mi apellido ante la ley, pero nunca serás mi esposa.

Las lágrimas le nublaron la visión. No encontró fuerzas para responder.

Cruzó la entrada y se dirigió al automóvil donde el chófer la esperaba. El hombre salió a recibirla al notar su estado y abrió la puerta trasera.

—Señora De Luca...

Alma negó con la cabeza.

—Lléveme a casa, por favor.

El conductor no hizo preguntas.

En el trayecto, Alma apoyó la frente contra la ventana y dejó que las lágrimas cayeran en silencio. La frase de Adrián continuaba golpeándola por dentro: Nunca serás mi esposa.

Había llevado su apellido dos años. Sacrificó su libertad, ocultó su existencia y soportó la soledad para mantener con vida a su madre. Nunca le pidió joyas, viajes ni un lugar frente a las cámaras. Ni siquiera se atrevió a pedirle cariño.

Y el único hombre que tenía derecho a llamarla esposa acababa de dejarle claro que jamás la reconocería como tal.