6.
Adrián permanecía detrás de su escritorio con la vista fija en los documentos que Lorenzo Bianchi había colocado frente a él. Llevaban más de una hora revisando el testamento, el fideicomiso y cada una de las cláusulas firmadas por Vittorio. Aun así, la conclusión seguía siendo la misma.
—Quiero que vuelva a revisarlo —ordenó Adrián—. Debe existir alguna contradicción, una firma mal puesta, cualquier detalle que permita anularlo.
Lorenzo cerró la carpeta con paciencia. Había repetido la explicación de varias maneras, pero Adrián continuaba buscando una respuesta diferente.
—Su abuelo preparó este fideicomiso hace meses. Contó con notarios, médicos y especialistas que certificaron que estaba en pleno uso de sus facultades. También dejó grabaciones donde explica sus decisiones. No existe ningún argumento razonable para declarar que fue manipulado o que no comprendía lo que estaba firmando.
—Entonces impugnaremos la condición del hijo. Nadie puede obligarme a formar una familia para recibir lo que me pertenece.
—Nadie lo está obligando, señor De Luca. Puede negarse, pero el patrimonio continuará bajo la administración del fideicomiso y usted no recibirá las acciones de su abuelo. Mantendrá el cargo de director ejecutivo mientras el consejo lo considere conveniente, aunque no tendrá el control que esperaba heredar.
Adrián apretó la mandíbula. Había dirigido el grupo De Luca durante años, pero una gran parte de las acciones seguía perteneciendo a Vittorio. Sin ellas, quedaba expuesto a las decisiones del consejo y a cualquier alianza que pudiera formarse en su contra.
—¿Y si me divorcio?
—La cláusula es muy clara. Si el matrimonio termina sin que se cumpla la condición, usted pierde todo derecho sobre los bienes incluidos en el fideicomiso. Las acciones pasarán a las instituciones señaladas por don Vittorio y el resto del patrimonio se distribuirá según las disposiciones secundarias.
—¿Aunque Alma solicite el divorcio?
—También. Su abuelo no dejó esa posibilidad abierta.
Adrián apoyó ambas manos sobre el escritorio y bajó la cabeza. Vittorio había pensado en cada salida: el divorcio, una impugnación, la posibilidad de que Alma se marchara e incluso el nacimiento de un hijo fuera del matrimonio.
—Tiene que haber alguna manera de sustituirla —insistió—. Podría divorciarme, casarme con Valeria y tener el heredero con ella.
—El testamento nombra expresamente a su esposa legal, Alma. Un hijo con otra mujer no cumpliría la condición.
—Maldito viejo.
Lorenzo mantuvo la compostura.
—Lamento no poder ofrecerle otra respuesta. Puede contratar tantos abogados como desee, pero todos llegarán a la misma conclusión: si quiere recibir el patrimonio, tendrá que continuar casado con Alma y tener un hijo con ella.
La rabia de Adrián estalló. Tomó uno de los documentos y lo arrojó sobre el escritorio.
—¡Lárguese!
—Señor De Luca…
—He dicho que se retire. Ya escuché suficiente.
Lorenzo guardó el resto de los papeles dentro de su maletín. No intentó calmarlo ni justificó las decisiones de Vittorio. Se limitó a despedirse con una inclinación y abandonó el despacho.
Adrián caminó hasta los ventanales. Desde el último piso podía observar gran parte de la ciudad y varios de los edificios que llevaban el apellido De Luca. Había dedicado la mitad de su vida a expandir aquel imperio. Resultaba insoportable pensar que el control de todo dependía ahora de una mujer con la que nunca quiso casarse.
La puerta se abrió sin que nadie llamara.
Valeria entró con los ojos puestos en él y cerró a su espalda. Había esperado en la sala contigua mientras Lorenzo revisaba los documentos. Por la expresión de Adrián comprendió que las noticias no eran buenas.
—¿Qué dijo el abogado? —preguntó mientras se acercaba—. ¿Encontró alguna forma de anularlo?
Adrián regresó al escritorio y se sirvió un vaso de agua, más para contener el enojo que por sed.
—No hay ninguna. Mi abuelo dejó todo preparado para impedir que pudiera impugnarlo.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Que si me divorcio de Alma pierdo la herencia. Si tengo un hijo con otra mujer, tampoco cuenta. La única manera de recibir las acciones y el patrimonio es continuar casado con ella y tener el heredero que Vittorio exigió.
Valeria lo contempló sin hablar. La sorpresa fue dando paso a una mezcla de miedo y rabia.
—No. Tiene que existir otra solución. Contrata abogados fuera del país, lleva el caso a los tribunales o demuestra que tu abuelo no estaba bien de la cabeza cuando firmó todo eso.
—Vittorio hizo que varios médicos certificaran su lucidez. Lorenzo asegura que una demanda solo nos haría perder tiempo y expondría el matrimonio ante la prensa.
—Entonces renuncia a la herencia.
Adrián dejó el vaso con demasiada fuerza.
—No volveremos a discutir eso. No voy a regalar lo que me pertenece por derecho.
—¿Y qué pretendes hacer? —La voz de Valeria comenzó a quebrarse—. ¿Mudarte con ella, llevarla a tu cama y tener un hijo mientras yo espero pacientemente a que termines?
—Será un acuerdo. No una relación.
—Tendrás que acostarte con tu esposa para darle ese hijo. No intentes presentarlo como un simple trámite porque no lo es. Estás pidiéndome que te comparta con otra mujer.
Adrián rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella.
—No es lo que quiero, pero no tenemos otra salida si deseo conservar el control de las empresas.
—Tú no tienes otra salida. Yo sí puedo irme.
—Valeria, no conviertas esto en una amenaza. Sabías cuánto significa para mí el grupo De Luca.
—También creía saber cuánto significaba yo.
Él intentó sujetarle las manos, pero ella se apartó.
—No pienso reemplazarte con Alma. El matrimonio seguirá siendo un acuerdo y, cuando nazca el niño, cumpliremos la condición y nos divorciaremos. Mis sentimientos por ti no van a cambiar.
—¿Y qué les dirás a los medios? Todo el mundo cree que vamos a casarnos. Cuando anuncies que llevas dos años casado, yo quedaré como la amante que se metió en tu matrimonio. ¿Eso es lo que quieres para mí?
Adrián sabía que ninguna estrategia de comunicación borraría las fotografías ni las entrevistas. Podían alegar que su relación con Valeria había comenzado tras una separación privada, pero Alma y él nunca habían solicitado el divorcio. La prensa investigaría cada fecha y convertiría la historia en un espectáculo.
—El equipo de comunicación buscará la forma de manejarlo. Diremos que Alma y yo estábamos separados y que decidimos retomar el matrimonio tras la muerte de mi abuelo.
—Nadie va a creerlo.
—No necesitamos que todos lo crean. Basta con controlar la versión oficial y evitar que el escándalo afecte a la empresa.
Valeria soltó una risa ahogada y se limpió una lágrima.
—Hablas de mi humillación como un problema de relaciones públicas.
—No he dicho que vaya a ser fácil para ti. Los dos tendremos que sacrificarnos esta vez, pero hay demasiado en juego. No pienso perder las empresas, las propiedades ni las acciones que mi familia construyó por el último capricho de Vittorio.
—No digas que los dos nos sacrificaremos. Tú conservarás tu fortuna y tendrás un hijo con tu esposa. Yo seré la mujer a la que apartaste cuando dejó de convenirte.
—No voy a apartarte.
—¿Entonces qué lugar tendré en tu vida cuando Alma viva contigo?
Adrián no respondió. Cualquier promesa resultaría vacía mientras no supiera qué condiciones aceptaría Alma ni cuánto tiempo tardarían en cumplir el testamento.
Las lágrimas continuaron cayendo por las mejillas de Valeria. Esta vez no permitió que él la consolara.
—No pienso quedarme aquí para verte organizar una familia con otra mujer —declaró—. Si decides seguir adelante, no esperes que sonría y finja que no me está destruyendo.
Tomó su bolso y se dirigió hacia la puerta. Adrián pronunció su nombre, pero ella no se detuvo. Salió del despacho y cerró con fuerza.
Él permaneció solo en medio de la oficina. La culpa le revolvía el estómago, pero no cambió su decisión. Había trabajado demasiado para permitir que la voluntad de un muerto lo despojara de todo.
Si la única forma de recuperar su herencia era cumplir aquella condición, lo haría.
***
Alma pasó la mañana en casa, tratando de concentrarse en las tareas cotidianas. Había guardado la carta de Vittorio dentro de un cajón de su habitación, aunque recordaba cada una de sus palabras. Saber que el tratamiento de su madre estaba cubierto le daba una tranquilidad que no había sentido en años, pero la petición del anciano seguía pesándole.
Cerca de las cuatro de la tarde, el ruido de un automóvil llamó su atención. Alma se asomó por la ventana y reconoció el vehículo de Adrián. La visita la sorprendió. Después de la manera en que la echó de la mansión, pensó que tardaría varios días en volver a dirigirle la palabra.
El timbre sonó. Alma abrió la puerta y lo encontró con una expresión sombría.
—Adrián, no esperaba verte.
—Necesito hablar contigo.
Alma se apartó para dejarlo entrar. Adrián cruzó la pequeña sala y observó el lugar con desagrado. La pintura de una pared comenzaba a deteriorarse, los muebles eran antiguos y la cocina resultaba demasiado estrecha. No podía comprender por qué Vittorio había instalado allí a la mujer que escogió para convertirla en su esposa.
—¿Siempre has vivido en estas condiciones? —preguntó.
Alma cerró la puerta y siguió la dirección de su mirada.
—La casa pertenece a tu familia. Fue la que me entregaron después de la boda.
—Mi abuelo pudo darte algo mejor.
—Nunca necesité una casa grande. Aquí estaba cerca de la clínica y podía mantenerme con lo que ganaba.
La respuesta le recordó a Adrián que Alma continuaba trabajando pese a la mensualidad recibida. No insistió en el tema y ocupó uno de los sillones. Ella se sentó frente a él, manteniendo las manos unidas sobre su falda.
—¿Quieres beber algo? Puedo preparar café.
—No es necesario. Vengo de hablar con Lorenzo y necesito explicarte lo que ocurrirá.
Alma advirtió que ya no la miraba con la misma furia del día anterior. Seguía distante, pero parecía haber empleado buena parte de su enojo en otra parte.
—¿Encontraron alguna manera de cambiar el testamento?
—No. Mi abuelo creó un fideicomiso imposible de modificar. Si nos divorciamos, pierdo la herencia. Si tengo un hijo con otra mujer, tampoco recibiré nada. Vittorio se aseguró de que la única salida fuera continuar casado contigo y tener ese niño.
Alma bajó la mirada. La carta ya se lo había explicado, aunque no sabía qué decisión tomaría Adrián.
—Entonces, ¿qué piensas hacer?
—Cumplir la condición.
Ella levantó la cabeza con sorpresa. Adrián sostuvo sus ojos.
—Nuestro matrimonio dejará de ser secreto. Informaremos a la familia, al consejo y luego a la prensa. Diremos que llevamos dos años casados y que decidimos mantenerlo en privado. También tendrás que mudarte conmigo y presentarte públicamente como mi esposa.
Alma tardó en asimilarlo.
—¿Y sobre el bebé?
—Tendremos el hijo que exige el testamento. Cuando nazca y las acciones pasen a mi nombre, podremos divorciarnos. Tú conservarás todo lo que Vittorio dejó para el tratamiento de tu madre y nuestro hijo tendrá la protección económica que le corresponde.
Ella sintió que las mejillas se le calentaban. Hablar de un bebé con Adrián resultaba demasiado íntimo después de dos años en los que ni siquiera se habían estrechado la mano.
—Lo dices como si ya estuviera decidido, pero estás hablando de traer un niño al mundo. No es igual que firmar otro documento.
—Sé perfectamente lo que significa. Tampoco era la vida que había planeado, pero no estoy dispuesto a perderlo todo.
—Podrías conservar tu cargo y renunciar a la herencia.
La expresión de Adrián se endureció.
—¿Te parece justo? Sacrifiqué dos años de mi vida aceptando un matrimonio que nunca quise. Cumplí las condiciones de mi abuelo porque creí que, tras su muerte, recibiría lo que me prometió y podría recuperar mi libertad. Ahora descubro que todo aquello no sirvió para nada.
Alma sintió el reproche escondido en sus palabras.
—Yo tampoco sabía que cambiaría las condiciones.
—Pero tú recibiste lo que te ofrecieron. Tu madre tuvo acceso a médicos, operaciones y tratamientos que necesitaba. Yo mantuve mi parte del acuerdo y, al final, soy el único que puede perder todo.
—Siempre estaré agradecida por lo que Vittorio hizo por ella. También sé que este matrimonio te fue impuesto, pero yo no le pedí que condicionara tu herencia.
—No estoy diciendo que conocieras el testamento. Vine porque necesito saber si colaborarás conmigo.
Alma desvió la vista hacia la ventana. La tarde comenzaba a oscurecer y el silencio de la casa hizo más difícil ignorar la magnitud de lo que Adrián le proponía.
—¿Qué ocurrirá con Valeria?
—Nuestra relación pública tendrá que terminar.
—¿Y en privado?
Adrián apoyó los brazos sobre las piernas y habló sin suavizar la verdad.
—No voy a mentirte. La amo. En mi corazón está otra mujer y eso tú ya lo sabes. El hecho de que vivamos juntos o tengamos un hijo no cambiará lo que siento por ella.
Las palabras dolieron, pero Alma agradeció que no tratara de engañarla con falsas promesas.
—Entonces quieres que viva contigo sabiendo que deseas estar con ella.
—Quiero que cumplamos el acuerdo y que ninguno confunda las cosas. Te trataré con respeto, tendrás todo lo necesario y nuestro hijo crecerá protegido. Cuando se libere la herencia, nos divorciaremos y cada uno podrá continuar con la vida que elija.
Alma bajó la cabeza. Vittorio le había pedido aquel niño para proteger su linaje y mantener a los Montes lejos del imperio De Luca. También le aseguró que podía negarse y que el tratamiento de su madre continuaría cubierto. No estaba obligada a aceptar.
Sin embargo, marcharse significaba desentenderse de la última petición de un hombre que había salvado a su madre y la había protegido incluso después de muerto. Podía cuestionar sus métodos, pero no olvidar todo lo que hizo por ellas.
—Necesito que me prometas algunas cosas —dijo al fin—. Mi madre no puede conocer la verdad sobre nuestro matrimonio. Su recuperación sigue siendo delicada y no soportaría enterarse de que acepté casarme para pagar sus tratamientos.
—No tiene por qué saberlo.
—Tampoco quiero que me humilles frente a otras personas ni que Valeria entre en la casa donde vayamos a vivir. Comprendo que la ames y no voy a pedirte que cambies tus sentimientos, pero no podría soportar verla ocupando ese lugar mientras yo intento cumplir este acuerdo.
Adrián guardó silencio, valorando sus condiciones.
—Valeria no entrará en la casa. En público serás reconocida como mi esposa y nadie podrá faltarte al respeto.
—Y cuando nazca el bebé, no intentarás quitármelo.
—Será hijo de los dos, Alma. Tendremos que acordar la custodia cuando llegue el momento, pero nunca he pensado separarlo de su madre.
Ella asintió despacio.
—Quiero que todo quede por escrito y que el señor Bianchi lo revise. No porque quiera sacar provecho, sino porque habrá un niño involucrado y debemos protegerlo.
—Mis abogados prepararán el acuerdo. Lorenzo podrá revisarlo en tu nombre.
Adrián esperó su respuesta. Alma pensó en la letra firme de Vittorio, en sus disculpas y en el agradecimiento que le expresó al final de la carta. Si se negaba, nadie podría acusarla legalmente de incumplir nada, pero ella tendría que vivir sabiendo que abandonó la última voluntad del hombre que evitó que perdiera a su madre.
—Aceptaré —dijo finalmente—. No por la herencia ni porque crea que esta sea la mejor manera de formar una familia. Lo haré por tu abuelo, porque le debo más de lo que alguna vez podré devolverle. Irme ahora y desentenderme de todo me haría sentir una desagradecida.
Adrián sintió que parte de la tensión abandonaba sus hombros.
—No tendrás que preocuparte por nada. Me ocuparé de que cumplamos lo pactado sin afectar más de lo necesario nuestras vidas.
Alma no estaba segura de que algo así fuera posible, pero ya había dado su palabra.
—¿Cuándo piensas hacer público el matrimonio?
—El equipo de comunicación necesita preparar el anuncio y controlar la reacción de la prensa. También debemos informar al consejo y resolver algunos asuntos legales. Dentro de unas semanas te mudarás conmigo. Te avisaré la fecha exacta y enviaré personas para ayudarte con tus cosas.
—No tengo mucho que llevar.
Adrián miró otra vez la sala y pareció creerle.
—Necesitarás ropa adecuada para los eventos y las apariciones públicas. Alguien se encargará de eso.
Alma quiso decirle que podía escoger su propia ropa, pero decidió no convertir cada detalle en una discusión. Ya habría tiempo para establecer límites cuando llegara a la residencia.
Adrián se levantó y acomodó los botones de su chaqueta.
—Mañana Lorenzo se comunicará contigo. No firmarás nada hasta que él te explique cada punto. Cuando el acuerdo esté listo, comenzaremos a organizar la mudanza y el anuncio.
Alma también se puso de pie y lo acompañó hasta la puerta.
—Adrián, sé que esto tampoco es fácil para ti. Solo espero que podamos tratarnos con consideración. No quiero pasar los próximos meses sintiendo que me odias por una decisión que tomó Vittorio.
Él la miró con seriedad.
—No te odio. Estoy molesto por la situación y todavía tengo dudas sobre muchas cosas, pero si vas a cumplir tu parte, yo cumpliré la mía.
No era una respuesta afectuosa, aunque resultaba más de lo que Alma esperaba recibir.
Adrián salió y caminó hacia el automóvil. Ella permaneció en la puerta hasta verlo marcharse, luego entró y observó la pequeña casa que pronto tendría que abandonar.
Durante dos años, su matrimonio había existido únicamente en documentos escondidos. Dentro de pocas semanas, todos conocerían la verdad. Viviría bajo el mismo techo que Adrián, compartiría su apellido frente a las cámaras y tendría el hijo que Vittorio había exigido para proteger el linaje De Luca.
Alma sabía que aceptar aquel acuerdo podía destrozarle el corazón. Aun así, ya había dado su palabra.