7.
Pasaba de la medianoche cuando Adrián entró en su apartamento. El silencio del penthouse se rompió con el golpe de la puerta al cerrarse. Estaba agotado. Aflojó el nudo de su corbata mientras caminaba hacia la sala, pero se detuvo al ver una silueta recortada contra los ventanales.
Valeria estaba sentada en el sofá, con una copa de vino a medio terminar en la mano. Tenía una copia de las llaves desde hacía más de un año.
—¿Qué haces aquí tan tarde? —preguntó Adrián, sin ocultar su cansancio.
Ella se levantó despacio y dejó la copa sobre la mesa de cristal.
—Te estaba esperando. Tenemos que hablar.
Adrián se quitó la chaqueta y la arrojó sobre un sillón cercano. Su actitud se tornó defensiva.
—Ya lo hicimos. Te fuiste llorando de mi oficina cuando te expliqué lo que iba a hacer. Y te lo advierto de una vez, Valeria: mi decisión no va a cambiar. Vengo de hablar con Alma y los trámites comenzarán pronto.
Valeria apretó los dientes. La rabia endureció sus facciones y sus nudillos se pusieron blancos. Tuvo que esforzarse para no gritarle, pero se obligó a respirar hondo.
Horas atrás, luego de salir furiosa de la empresa, había buscado consuelo en su familia. Sin embargo, sus padres no le ofrecieron abrazos. Se mostraron fríos y calculadores, obligándola a tragarse el orgullo y dejar los sentimientos a un lado.
«Adrián no puede perder esa fortuna», le había dicho su padre. «Deja que tenga al bastardo con esa mujer. Después nos deshacemos de él y, cuando te cases con Adrián, tu hijo será el único heredero legítimo».
El recuerdo de aquella conversación la ayudó a recuperar el control. Relajó el rostro y compuso una expresión de perfecta vulnerabilidad.
—Está bien, mi amor —dijo con suavidad.
Adrián frunció el ceño, desconcertado por el cambio radical en su tono.
—Perdóname por no haberte entendido esta tarde —continuó ella, acortando la distancia entre ambos—. Estaba muy sensible, dolida por el engaño de estos dos años. Actué por impulso y dije cosas que no sentía.
—Todo esto siempre ha sido por el bien del patrimonio. Lo sabes.
—Lo sé —suspiró Valeria—. Sigo sin entender por qué tu abuelo fue tan injusto. ¿De verdad prefiere proteger a una muerta de hambre en lugar de protegerte a ti? Pero ya no importa. Comprendí que, si queremos estar juntos, tendremos que hacer sacrificios, y estoy dispuesta a soportarlos.
Adrián entrecerró los ojos. Conocía a Valeria lo suficiente para saber que su orgullo no cedía con tanta facilidad.
—¿Cambiaste de opinión tan rápido? Hace unas horas me dijiste en la cara que no ibas a quedarte a ver cómo formaba una familia con otra mujer.
—Lo pensé mejor —respondió ella, clavando los ojos en los de él—. No quiero perderte, Adrián, y no voy a permitir que ese viejo arruine nuestra vida desde la tumba. Esperaré a que tengas a ese mocoso con ella y recuperes todo lo que te pertenece.
Valeria dio el último paso que los separaba. Levantó las manos y las deslizó lentamente por el pecho de Adrián, aferrándose a la tela de su camisa.
—Pero, a cambio, tengo dos condiciones —susurró.
Adrián no se apartó, aunque su cuerpo permaneció tenso.
—¿Cuáles?
—La primera: ese bebé no será concebido de manera natural. Exijo que utilicen inseminación artificial.
Él guardó silencio mientras asimilaba la firmeza de aquella exigencia.
—No pienso compartirte con esa mujer —continuó—. Puedo soportar que vivas con ella y que ambos finjan frente a la prensa, pero no voy a permitir que la toques. ¿No crees que ya sería demasiado? Llevas dos años sin acostarte conmigo por la promesa que le hiciste a tu abuelo de respetar los límites de ese matrimonio. He aceptado no tenerte en mi cama todo este tiempo y no voy a tolerar que esa cualquiera sea la primera en conseguirlo.
El hombre consideró sus palabras. Había estado tan concentrado en encontrar la manera de revocar el testamento que no se había detenido a pensar cómo concebirían al niño. La propuesta de Valeria parecía una solución sencilla. Tenía razón: no existía ninguna necesidad de acostarse con una mujer que no deseaba cuando un procedimiento médico podía resolver el problema.
—De acuerdo —aceptó—. ¿Cuál es la segunda condición?
—Cuando todo esto termine, te divorcies y por fin podamos casarnos, el hijo que tengamos tú y yo será tu verdadero heredero. No soportaría que sintieras preferencia por un bastardo. Eso nos haría sufrir demasiado, tanto a mí como a nuestro futuro bebé.
Él frunció más el ceño. La exigencia le pareció absurda. Nunca había pensado seriamente en la paternidad hasta que su abuelo le impuso aquella locura. Era un hombre de negocios; su vida transcurría entre oficinas y salas de juntas. No se sentía preparado para criar a nadie y hablar de futuros hijos con Valeria en ese momento solo aumentaba su agotamiento.
Sin embargo, necesitaba tranquilidad. Lo más urgente era recuperar su herencia y controlar el desastre que había provocado Vittorio. Fingir que aceptaba parecía la manera más rápida de calmarla.
—Está bien, puedo cumplir tus condiciones —dijo con voz plana—. Pero tú también tendrás que respetar las mías.
Valeria lo miró con desconfianza.
—¿Qué condiciones tienes?
—No visitarás la casa que voy a compartir con Alma. Ni se te ocurra aparecer por allí. Tampoco intentarás salir conmigo en público. No podemos permitir que nos vean juntos hasta que se cumpla el testamento. Solo quiero paz, Valeria. Necesito salir de este maldito matrimonio asfixiante cuanto antes y no lo conseguiré si, además, tengo que enfrentar escándalos.
El rostro de Valeria se relajó. Había conseguido lo que quería.
—Te lo prometo, mi amor —susurró mientras se pegaba a él y le rodeaba el torso con los brazos—. Si tú cumples, yo también lo haré.
Adrián no correspondió al abrazo. Permaneció con los brazos a los costados y levantó la mirada hacia el techo oscuro. Estaba demasiado agotado. Tratar con Valeria siempre lo dejaba exhausto; atender las exigencias emocionales de las mujeres que lo rodeaban le parecía más complicado que dirigir su propia compañía.
Apoyó las manos sobre los hombros de Valeria y la apartó con suavidad. Luego depositó un beso rápido y frío en su frente.
—Estoy cansado y quiero dormir. Regresa a tu casa.
No le permitió responder. Le dio la espalda, subió las escaleras con rapidez y entró en su habitación. Cerró con seguro y desabrochó el cuello de su camisa.
Cuando se encontró solo en la oscuridad, otra preocupación ocupó su mente: la prensa.
¿Cómo quedaría su imagen cuando todos descubrieran que llevaba dos años casado en secreto? Los planes de boda con Valeria tendrían que cancelarse públicamente. Los medios investigarían la historia oculta, hablarían de engaños y dobles vidas, y convertirían su matrimonio en un escándalo. Aquello dejaría una mancha difícil de borrar en la reputación impecable que había construido.
Pero la alternativa era perderlo todo.
Caminó hasta el ventanal, contempló las luces de la ciudad y cerró los puños.
—Maldito seas, abuelo.
***
Alma cerró la cremallera de su única maleta. Aquel equipaje resumía todo cuanto había acumulado en los últimos dos años. Miró las paredes desnudas de la pequeña sala, consciente de que quizá nunca volvería. La casa era modesta, estrecha y antigua, pero había sido su refugio.
Abandonarla significaba perder el único lugar donde todavía se sentía segura.
El claxon de un automóvil sonó en la calle. Alma tomó la maleta y salió. El chófer de siempre la esperaba junto al vehículo y se adelantó para quitarle el equipaje de las manos. Pesaba muy poco, pero el hombre no hizo ningún comentario. Se limitó a inclinar la cabeza con respeto y abrirle la puerta trasera.
El trayecto terminó frente a la residencia familiar. Alma conocía la propiedad por fuera, pero cruzar las rejas de hierro sabiendo que ahora viviría allí cambió por completo su percepción. Aquello no era una simple casa, sino una mansión imponente de piedra y cristal, rodeada de jardines extensos y diseñada para exhibir el poder de los De Luca.
Al pasar por la puerta principal, fue recibida por una mujer mayor. Su postura recta y el uniforme pulcro le daban un aire de autoridad.
—Buenos días, señora. Soy Flora, el ama de llaves —se presentó con cortesía—. El señor Adrián dejó instrucciones precisas para que sea instalada. Bienvenida.
—Gracias, Flora.
—Acompáñeme, por favor.
Subieron por una amplia escalera de mármol. Al final del pasillo Flora abrió una puerta doble y le permitió entrar. Alma se detuvo en el umbral, impresionada por el tamaño de la habitación. El suelo era de madera oscura, los enormes ventanales dejaban entrar abundante luz natural y los muebles parecían escogidos de una revista de diseño. En el centro había una cama tan grande que podían dormir tres personas sin rozarse.
Todo reflejaba lujo, exclusividad y una frialdad que la hizo sentirse todavía más fuera de lugar. Alma jamás había poseído nada parecido.
—Póngase cómoda —indicó Flora, señalando el interior—. Desempaque lo necesario y prepárese para salir. El chófer la esperará abajo.
Alma se volvió hacia ella, confundida.
—¿Salir? ¿Adónde?
—Al centro comercial. El señor dejó órdenes estrictas para renovar por completo su vestuario y atender sus arreglos personales. Tiene citas en la peluquería y con una maquilladora; también deberá comprar ropa adecuada para sus próximos eventos. Todo está coordinado y pagado.
Ella tragó saliva. El mensaje era muy claro, no podía presentarse ante la prensa ni ocupar un lugar en aquella mansión con su aspecto actual. Adrián necesitaba una esposa presentable, no una camarera.
—Ya veo. Bajaré enseguida.
Flora salió y cerró la puerta.
Alma colocó su vieja maleta sobre la gruesa alfombra y la abrió. Sacó varias blusas sencillas, sus pantalones de trabajo y un par de suéteres. Al colgar aquellas prendas dentro del inmenso vestidor, sintió una punzada de vergüenza. Su ropa lucía todavía más humilde rodeada de estantes vacíos, espejos y cajones hechos a la medida. Probablemente tendría que deshacerse de casi todo.
Revisó sus pertenencias y escogió el mejor conjunto que tenía: un pantalón oscuro de corte limpio y una blusa blanca. Se arregló el cabello frente al espejo del baño, respiró hondo y trató de adoptar una expresión segura. No quería demostrar cuánto la intimidaba aquel cambio.
Salió al pasillo y comenzó a bajar por la escalera. A mitad del descenso, escuchó varios murmullos. Tres empleadas de limpieza conversaban cerca del corredor que conducía al comedor, sin advertir su presencia.
—¿Quien es esa mujer? ¿Contrataron a otra sirvienta?
—Ni siquiera trajo ropa decente. ¿Viste esa maleta? Da pena.
—Dicen que el señor la instaló aquí por lástima.
Las tres mujeres levantaron la vista y descubrieron a Alma en la escalera. Ninguna se disculpó. Por el contrario, la examinaron de pies a cabeza con un desprecio que ni siquiera intentaron ocultar.
Los hombros de Alma se contrajeron por instinto. El calor de la humillación le cubrió el rostro y sus pasos perdieron seguridad.
Flora apareció desde un pasillo y dirigió a las empleadas una mirada severa. No necesitó pronunciar una sola palabra para que las tres bajaran la cabeza y se dispersaran de inmediato.
El ama de llaves se volvió hacia Alma sin hacer referencia al incidente.
—El automóvil está listo. Vamos.
Alma se detuvo en el último escalón, enderezó la espalda y llenó sus pulmones de aire. No tenía sentido concederles importancia a aquellos comentarios. Su llegada repentina había causado confusión entre el personal, pronto sabrían quien era y con el tiempo aprenderían a respetar su lugar.
Levantó la barbilla y avanzó hacia la puerta. Tendría que enfrentarse al personal, a la prensa y a la familia De Luca, pero estaba decidida a no permitir que el miedo la hiciera retroceder.
Era hora de comenzar su transformación.