8.
La jornada por las tiendas de lujo resultó agotadora. Flora conocía a la perfección las marcas, los tejidos y los cortes aceptados dentro del exigente círculo social de los De Luca. Alma escuchó las recomendaciones del ama de llaves, pero escogió cada prenda según su propio gusto: líneas limpias, colores sobrios y diseños elegantes. Rechazó todo lo que consideró excesivo o demasiado alejado de su personalidad, y Teresa aprobó sus elecciones con discretos asentimientos.
Luego acudieron al salón de belleza, donde Alma pasó horas entre tratamientos, tijeras, brochas y productos para el cabello. Cuando el maquillador terminó de darle el último retoque, se levantó del sillón y contempló su imagen en el espejo de cuerpo entero.
Por un momento no supo qué decir.
Las huellas del cansancio acumulado a lo largo de los últimos dos años habían desaparecido bajo el trabajo de los expertos. Llevaba el cabello suelto, con un corte moderno y un brillo impecable. Vestía un elegante conjunto de pantalón en seda oscura que realzaba su figura, acompañado de zapatos de tacón alto. El reflejo le devolvía la imagen de una mujer sofisticada y segura. El cambio era tan radical que le costaba reconocerse, pero entendió que necesitaría aquella nueva armadura para sobrevivir en el mundo de los De Luca.
Regresaron a la mansión al final de la tarde. El chófer se ocupó de llevar las bolsas al interior mientras Alma y Flora entraban en el vestíbulo. Al cruzar el arco que conducía a la sala, Alma detuvo el paso.
Una mujer descansaba en uno de los amplios sofás mientras hojeaba una revista. Su cabello pelirrojo resaltaba sobre el tapizado claro del mueble. Alma la reconoció de inmediato: era Rosaura, la hija de Enzo De Luca. Solo la había visto de lejos en algunas ocasiones y jamás habían intercambiado una palabra, pero conocía bien su reputación. Era clasista, arrogante y pedante.
Rosaura bajó la revista al escuchar los pasos. Levantó el rostro y examinó a Alma de pies a cabeza con una lentitud insolente. Aquella mirada bastó para dejar claro que no había ido a darle la bienvenida.
—Flora —llamó la pelirroja, sin molestarse en levantarse—. ¿Quién es esta mujer?
El ama de llaves avanzó un paso, manteniendo una actitud estrictamente profesional.
—Buenas tardes, señorita Rosaura. La dama es una invitada del señor De Luca.
Rosaura soltó una risa despectiva y arrojó la revista sobre la mesa de centro.
—¿Invitada? ¿Ella?
Se puso de pie y se acercó. Sus ojos se detuvieron en la mano izquierda de Alma, justo sobre el sencillo anillo de oro que llevaba en el dedo anular.
—¿Qué clase de invitada? —preguntó, arqueando una ceja—. Sentí curiosidad cuando un pajarito me contó que había una intrusa instalada en la casa del tío Vittorio. Vine a comprobarlo con mis propios ojos.
—Disculpe, señorita, pero… —intentó intervenir Flora.
Alma levantó una mano para detenerla. No permitiría que la pisotearan el primer día, mucho menos una integrante de la familia que se creía dueña de aquella residencia.
Avanzó un paso y sostuvo la mirada desdeñosa de Rosaura sin pestañear.
—No soy ninguna intrusa, Rosaura. Muy pronto sabrás quién soy, así que te agradecería que no volvieras a dirigirte a mí con tanta grosería.
Rosaura rio con abierto desprecio.
—¿Quién te crees que eres, estúpida? No sé quién demonios eres ni de dónde saliste, pero no te quiero en esta casa. ¿Sabes que Adrián es un hombre comprometido? ¿A qué viniste? Seguramente a meterte entre sus piernas y…
La bofetada le interrumpió la frase. La cabeza de Rosaura se ladeó por el impacto y un silencio absoluto cayó sobre la sala. Flora retrocedió, atónita.
Alma bajó la mano derecha, con la palma ardiéndole. Su propia reacción la había sorprendido. Jamás había golpeado a nadie, pero no estaba dispuesta a permitir que una desconocida la tratara como a una mujerzuela solo porque se creía superior.
La mejilla de Rosaura se tornó roja. Se llevó una mano al rostro y volvió a mirar a Alma con los ojos encendidos de odio.
—¿Cómo te atreves a tocarme? —masculló—. ¿Tienes idea de quién soy?
Unos pasos firmes resonaron a espaldas de Alma.
—¿Qué está pasando aquí?
La voz de Adrián llegó desde la entrada. En cuanto lo vio, Rosaura abandonó su actitud desafiante. Dejó caer los hombros, fingió un sollozo y corrió a refugiarse entre sus brazos.
—¡Adri! —lloriqueó mientras se aferraba a su chaqueta—. ¡Esta loca acaba de golpearme!
Alma se volvió y vio cómo Adrián sostenía a la chica. Él no se molestó en preguntar qué había sucedido; se limitó a dirigirle una expresión furiosa.
—¿Qué demonios te pasa? ¿Por qué la golpeaste?
Alma enderezó la espalda.
—Me faltó al respeto. Me insultó e insinuó cosas que no son ciertas.
—Eso no justifica que recurras a los golpes —la reprendió Adrián—. Se supone que ahora debes comportarte como una dama distinguida, no como una pueblerina. Aprende a medir tus acciones.
La palabra la humilló más que el resto del reproche. Alma bajó la vista hacia la ropa nueva, los zapatos costosos y sus manos recién arregladas. ¿De qué había servido toda aquella transformación? Para Adrián, debajo de la seda y el maquillaje, seguía siendo una mujer de clase baja que debía agachar la cabeza y soportar en silencio los desprecios de los verdaderos dueños de la casa.
La tristeza dio paso a la rabia. Alma alzó el rostro y lo enfrentó sin titubear.
—Si tu «distinguida» pariente vuelve a insultarme y continúa comportándose como una callejera malhablada, te aseguro que reaccionaré de la misma manera.
—¿Cómo me llamaste? —gritó Rosaura, fuera de sí—. ¡Adrián, ponla en su lugar! ¿Quién es esta mujer y por qué la trajiste a la casa? ¿Valeria sabe que está aquí?
Adrián la apartó de él para terminar con la escena.
—Deja de hacer un escándalo. Lo sabrás a su debido tiempo. Ahora quiero que te marches; necesito hablar con Alma.
Rosaura se desprendió de sus manos con un gesto ofendido.
—Así que se llama Alma. Muy bien. Dile que se disculpe conmigo por haberme golpeado.
—La que merece una disculpa soy yo —espetó Alma.
Adrián dejó escapar un suspiro de hartazgo. Se pasó una mano por el cabello, agotado.
—Rosaura, vete de una vez —ordenó, perdiendo la paciencia—. Estoy demasiado cansado para lidiar con líos de faldas.
Sin añadir más, miró a Alma.
—Ve a mi despacho.
Le dio la espalda y subió sin esperar una respuesta. Alma apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas. Lo vio alejarse con la sangre hirviéndole. Él ni siquiera le había puesto un alto a su prima. Fue la primera regla que ella le dejó clara en su vieja casa: no ser humillada en público, y eso incluía a su propia familia.
Rosaura esperó hasta que él desapareció al final del pasillo para acercarse a Alma y hablarle en voz baja.
—No sé quién eres, mosquita muerta, pero no vas a durar mucho aquí. Tampoco permitiré que te acerques a Adrián. Voy a encargarme personalmente de hacerte la vida imposible.
Giró sobre los tacones y abandonó la mansión con un portazo que hizo vibrar los cristales. Alma permaneció en el vestíbulo, tratando de contener la indignación que le ardía en el pecho. Sabía por qué había aceptado vivir en aquella casa y no olvidaba todo lo que Vittorio había hecho por su madre, pero su gratitud no la obligaba a convertirse en un tapete. Si iba a corresponder al último deseo del patriarca, lo haría sin renunciar a su dignidad.
Se volvió hacia Flora, que aún observaba la puerta por la que Rosaura acababa de marcharse.
—¿Dónde está el despacho del señor De Luca?
El ama de llaves parpadeó y tardó un momento en reaccionar.
—En el piso superior, al fondo del pasillo. Es la puerta de madera negra.
—Gracias.
Alma subió las escaleras con paso firme, recorrió el corredor y entró en el despacho sin llamar. Adrián se encontraba junto a un pequeño bar, terminando un vaso de licor. Al oírla, levantó la vista, preparado para reprenderla por lo sucedido en la sala, pero se detuvo al verla.
Durante la discusión no había prestado atención a su cambio. Ahora, con Alma de pie frente a él, resultaba imposible ignorarlo. El nuevo corte de cabello enmarcaba sus facciones y el elegante conjunto oscuro se adaptaba a su cuerpo, dejando al descubierto las curvas que el uniforme de camarera y esos trapos que se ponía siempre había ocultado.
Aunque no quisiera tenerla allí, Adrián no podía mentirse y aceptar que Alma era una mujer hermosa. La había mantenido durante tanto tiempo al margen de su vida que nunca se había detenido a mirarla de verdad.
La voz de ella interrumpió sus pensamientos.
—Creí que tú y yo habíamos llegado a un acuerdo, Adrián.
Él dejó el vaso sobre el mueble y recuperó la compostura.
—¿Qué sucede ahora?
—Me humillaste delante de esa mujer. En lugar de exigirle que me respetara, te pusiste de su lado.
—No defendí a nadie. Te pedí que no te comportaras como una salvaje.
—Sé que golpearla no fue la mejor manera de reaccionar —admitió Alma mientras cerraba la puerta—, pero tampoco voy a permitir que me trate como si fuera un trapo solo porque desconoce quién soy y qué hago en esta casa.
Avanzó hacia el escritorio sin apartar los ojos de él.
—Fui muy clara contigo. Estoy dispuesta a cumplir mi parte del trato, pero no a cambio de que tú y tu familia me pisoteen. Si no respetas nuestro acuerdo, no esperes que yo lo haga.