9.
Adrián entornó los ojos. El desafío en la voz de Alma lo tomó por sorpresa, pero la impresión no tardó en convertirse en enojo.
Dejó el vaso sobre el mueble bar con más fuerza de la necesaria. El cristal golpeó la madera y el ruido quebró el silencio del despacho. Después rodeó el escritorio y avanzó hasta detenerse frente a ella. La diferencia de altura obligó a Alma a levantar el rostro, y él se inclinó lo suficiente para invadir su espacio.
—¿Quién te crees que eres para hablarme de esa manera en mi propia casa? —preguntó en un tono bajo y amenazante.
El pulso de Alma se aceleró, pero no retrocedió.
—Soy tu esposa. No una empleada que deba bajar la cabeza cada vez que te enojas, y mucho menos alguien a quien tú o tu familia puedan pisotear. Ya te lo dije, Adrián: si no cumples tu parte del trato, yo tampoco cumpliré la mía.
Una mueca desdeñosa torció los labios de Adrián.
—Tienes la maldita obligación de hacerlo —espetó, acercando aún más el rostro—. Mi familia te sacó de la miseria. Los De Luca les dieron techo, comida y pagaron el tratamiento de tu madre. ¿Y todavía vienes a exigirme condiciones? Por tu culpa perdí dos años de mi vida.
La forma en que habló de su madre terminó de encender la indignación de Alma.
—¡Nada de esto fue culpa mía! Si necesitas odiar a alguien, culpa a tu abuelo. Fue él quien lo decidió todo, no yo. Nunca te busqué, no te exigí nada y ni siquiera te pedí que me miraras. Durante dos años fui invisible para ti. No tienes derecho a descargar conmigo la rabia que sientes por algo que Vittorio te impuso.
Las facciones de Adrián se endurecieron. En un movimiento repentino, le sujetó el mentón y la obligó a sostenerle la vista. La presión de sus dedos le hizo daño. Estaban tan cerca que Alma percibió el licor en su aliento, mezclado con el aroma de su costosa loción.
—No intentes hacerte pasar por inocente —le advirtió—. Tú también fuiste una sanguijuela en toda esta historia. Viviste del dinero de mi familia sin dar nada a cambio. Solo fuiste una carga, un estorbo necesario. Así que deja de fingir dignidad y ofensa, porque estás metida hasta el cuello en esto.
Las palabras le dolieron más porque venían de él. Durante aquellos dos años de soledad, Alma había alimentado en secreto un sentimiento que nunca se atrevió a reconocer. Le gustaba Adrián. Había idealizado al hombre que aparecía en las revistas y llegó a convencerse de que, detrás de aquella fachada distante, existía alguien honorable que también era víctima de las decisiones de Vittorio.
Sin embargo, la presión agresiva de sus dedos, el desprecio con el que la observaba y la facilidad con que la reducía a una parásita destruyeron esa imagen. Adrián De Luca no era el hombre que ella había imaginado, sino un arrogante cruel, dispuesto a lastimarla para no asumir su propia frustración.
Alma le agarró la muñeca y apartó su mano de un tirón. Luego apoyó ambas palmas contra su pecho y lo empujó con tanta fuerza que consiguió hacerlo retroceder.
Adrián la contempló con asombro. No esperaba que se defendiera.
Ella permaneció frente a él, respirando con dificultad. Tenía los ojos húmedos, pero se negó a derramar una sola lágrima. Algo se había endurecido en su interior. Ya no lo veía con admiración ni con miedo.
—Bien —dijo con la voz ronca, aunque segura—. Tú elegiste este camino, Adrián. No me culpes por lo que ocurra después.
Dio media vuelta, abrió la puerta y abandonó el despacho. El portazo sacudió la madera negra y resonó por todo el piso.
Adrián apretó los dientes al quedarse solo. Se llevó una mano al pecho, justo al lugar donde ella lo había empujado. Había esperado que agachara la cabeza o rompiera a llorar, no que lo enfrentara con aquel desprecio.
Maldijo entre dientes, descargó una patada contra el escritorio y se sirvió otro vaso de licor. Sin embargo, ni siquiera el primer trago consiguió apartar de su mente la expresión con la que su esposa acababa de desafiarlo.
***
El cielo gris de Londres comenzaba a oscurecer cuando el automóvil de Adrián cruzó las imponentes rejas de hierro de la mansión De Luca.
Estaba agotado. Había pasado el día encerrado en la torre corporativa, reunido con abogados, asesores y el equipo de relaciones públicas. Al menos, todo había quedado preparado: a primera hora de la mañana se emitiría el comunicado que confirmaría su matrimonio. Sabía que la noticia provocaría un escándalo y dañaría su reputación, pero estaba dispuesto a soportar las consecuencias con tal de asegurar la herencia.
Entró en el vestíbulo aflojándose la corbata. Flora acudió a recibirlo y él le entregó el saco sin detenerse.
—¿Dónde está Alma? —preguntó camino a las escaleras—. ¿Ya se le pasó el berrinche?
Esperaba encontrarla encerrada en la habitación, enfadada y en silencio. Al no recibir respuesta, se detuvo al pie de los escalones y miró hacia atrás. Flora tenía los ojos fijos en el suelo de mármol y sujetaba la chaqueta con evidente nerviosismo.
—¿Y bien? ¿Te has quedado muda?
El ama de llaves tragó saliva antes de contestar.
—Es que, señor… poco después de que usted se marchara a la empresa, la señorita Alma bajó con su maleta. Recogió las pocas pertenencias que había traído y se fue.
Adrián tardó un momento en comprender lo que acababa de escuchar.
—¿Cómo que se fue?
—Pidió un taxi y abandonó la residencia.
—¿Por qué diablos nadie me avisó? —exigió mientras avanzaba hacia ella.
Flora retrocedió por instinto.
—Lo siento mucho, señor. Su asistente nos dejó órdenes estrictas de no interrumpirlo durante las reuniones de hoy. Pensamos que…
—¡Debieron llamarme en el maldito instante en que la vieron con esa maleta!
Sacó el teléfono del bolsillo dispuesto a comunicarse con Alma. Le ordenaría que regresara de inmediato, antes de que complicara aún más la situación. Desbloqueó la pantalla, abrió la lista de contactos y escribió su nombre.
No apareció ningún resultado.
La certeza lo golpeó de repente: no tenía su número. Jamás se había molestado en guardarlo. Después de dos años de matrimonio, Adrián ni siquiera sabía cómo comunicarse directamente con su propia esposa.
Tampoco conocía a sus amigos, los lugares que frecuentaba ni sus costumbres, salvo los datos básicos incluidos en los informes de sus abogados. Alma había formado parte de su vida durante dos años y, aun así, no sabía prácticamente nada de ella.
—Maldita sea.
Guardó el teléfono y salió de la mansión, dejando a Flora en el vestíbulo. Subió al automóvil, encendió el motor y recorrió a toda velocidad el camino de grava rumbo a la ciudad.
El tráfico de la tarde no hizo más que empeorar su humor. Cada semáforo y cada vehículo que le cerraba el paso aumentaban su impaciencia. Aferró el volante hasta que sus nudillos perdieron el color.
¿Cómo se atrevía a marcharse? ¿Acaso pensaba romper el acuerdo después de haber dado su palabra? ¿Quién demonios se creía para dejarlo plantado a pocas horas del anuncio público más importante de su vida?
Entonces recordó con claridad lo último que Alma le había dicho en el despacho:
«Tú elegiste este camino, Adrián. No me culpes por lo que ocurra después».
Aceleró para adelantar a otro automóvil. Aquella advertencia cobraba sentido ahora. Alma no había hablado por impulso; desde que salió del despacho había decidido largarse sin darle ninguna explicación.
Adrián se dirigió a la antigua casa de las afueras donde ella había vivido. La encontraría, la haría subir al automóvil y le dejaría claro que nadie jugaba con él. Mucho menos una mujer que le debía la vida de su madre a la familia De Luca.